Textos escogidos

Ignacio M. Altamirano · Capítulo 13 de 27

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Capítulo II

 

Lo repetimos: el movimiento literario es visible. Hace algunos meses todavía, la

prensa no publicaba sino escritos políticos u obras literarias extranjeras. Hoy se están

publicando a un tiempo varias novelas, poesías, folletines de literatura, artículos de

costumbres y estudios históricos, todo obra de jóvenes mexicanos, impulsados por el

entusiasmo que cunde más cada día. El público, cansado de las áridas discusiones de

la política, recibe con placer estas publicaciones, las lee con avidez, las aplaude; y

todo nos hace creer que dentro de poco, podrá la protección pública venir en auxilio

de la literatura y recompensar los afanes de los literatos, no siendo ya este trabajo

estéril y sin esperanza.

Hace poco, en España, rica sólo con El Quijote, no había nacido aún la novela

moderna, y el teatro nada producía al poeta dramático. Los traductores de la novela o

del teatro de la vecina Francia eran los únicos que podían vivir de su miserable

trabajo. Hoy Fernández y González, Pérez Escrich, Fernán Caballero, Larra y Eguilaz

tienen habitaciones muy diferentes del zaquizamí de Cervantes, y reciben por sus

obras sendos billetes de banco, no un puñado de reales de vellón como aquellos con

que mezquinas empresas pagaban el gran ingenio de Bretón de los Herreros cuando

joven.

¡Ojalá que en México pronto podamos decir lo mismo! Lo deseamos por el

progreso de la literatura, porque es indudable que la recompensa es un estímulo para

el trabajo. ¿Y por qué no había de realizarse esta esperanza? ¿Acaso en nuestra patria

no hay un campo vastísimo de que pueden sacar provecho el novelista, el historiador

y el poeta para sus leyendas, sus estudios y sus epopeyas o sus dramas?

¡Oh!, si algo es rico en elementos para el literato, es este país, del mismo modo

que lo es para el agricultor y para el industrial.

La historia antigua de México es una mina inagotable. Los sabios extranjeros le

dirigen miradas llenas de interés, los viajeros ilustres visitan a porfía las grandiosas

ruinas de Yucatán, de Palenque y de Puebla, con la misma curiosidad con que visitan

las de Egipto, de la India y de Pompeya. Las páginas de Gomara, de Ixtlilxóchitl y de

Clavijero se traducen en todos los idiomas, y dan lugar a profundas indagaciones.

Lord Kingsborough sacrificó un inmenso capital a la investigación sobre

antigüedades mexicanas, siendo el resultado de ellas una obra bellísima e interesante,

muy difícil de conseguirse ahora. Podía hacerse una biblioteca con las publicaciones

extranjeras que sobre nuestra patria aparecen cada día. Pero estos tesoros a nadie

deben enriquecer más que a los historiadores mexicanos. El extranjero charlatán

desnaturaliza los sucesos del pueblo azteca en ridículas leyendas, que se leen, sin

embargo, con avidez en Europa. Los tres siglos de la dominación española son un

manantial de leyendas poéticas y magníficas. Ahí está Cortés con sus atrevidos

aventureros; ahí está Muñoz con sus horcas y sus asesinatos; ahí está esa larga serie

de virreyes, ilustres los unos y benéficos, tiránicos los otros, pero notables los más por los monumentos que dejaron.

Ahí están esos misioneros que predican y convierten a la religión de la Cruz a

pueblos numerosos e idólatras; ahí están los encomenderos con sus expoliaciones y

sus tremendas aventuras; ahí están los obispos opulentos como reyes, esos conventos

ricos como palacios; ahí está esa inquisición terrible que viene también de Europa

pretendiendo «quemar las ideas» en América; ahí están esas iglesias dispersas en las

campiñas y en las gargantas de las cordilleras, como castillos feudales, con almenas y

aspilleras, con foso y poterna, con horca y campanario. Ahí están esos pueblecitos

hermosísimos, que se cuelgan como canastillos de flores en los flancos de las

montañas y en las crestas de la sierra, donde se refugiaron los teopixques y los

tlatoanis de la vencida monarquía, obstinados en no mezclarse con la raza

conquistadora y en no hacer oración en los nuevos adoratorios que se levantaban

sobre los escombros de sus teocallis. Allí, en esos pueblecitos, permaneció por

mucho tiempo viva y venerada la religión azteca; y no seremos temerarios si

aseguramos que permanece aún oculta, secreta, pero ardiente y disimulada con las

fiestas del catolicismo, tras de las cuales se esconden las solemnidades místicas de

Huitzilopochtli, de Cinanteutli y de Mitlanteutli, el Marte, la Ceres y la Proserpina de

nuestros mayores.

¿Quién al ver los risueños lagos del valle de México, sus volcanes poblados de

fantasmas, cuyas leyendas recogen los habitantes de la falda, sus pueblos fértiles, sus

encantados jardines y sus bosques seculares, por donde parecen pasearse aún las

sombras de los antiguos sultanes del Anáhuac y las de sus bellas odaliscas princesas,

no se ve tentado de crear la leyenda mexicana?

¿Quién no desea recoger en interesantes páginas las guerras de los indios de

Yucatán, que son los araucanos de México, las tradiciones del pueblo tarasco, tan

inteligente y tan poético, las terribles escenas de la frontera del norte, en cuyos

desiertos cruzan ligeras las tribus salvajes y viven sobresaltados los colonos de raza

española, con el arma al brazo y librando combates espantosos cada día?

¿Pues acaso Fenimore Cooper tuvo más ricos elementos para crear la novela

americana y rivalizar con Walter Scott en originalidad y en fuerza de imaginación?

¿Pues acaso el novelista escocés necesitó más que estudiar las antiguas tradiciones de

la tierra de Fingal para revestirlas con los magníficos colores de la fantasía y llamar la

atención del mundo sobre su nebuloso país, antes tan desconocido?

Nuestras guerras de independencia son fecundas en grandes hechos y terribles

dramas. Nuestras guerras civiles son ricas de episodios, y notables por sus resultados.

Las guerras civiles que han sacado a luz a tantos varones insignes y a tantos

monstruos, que han producido tantas acciones ilustres y tantos crímenes, no han sido

todavía recogidas por la historia ni por la leyenda.

¡Nuestra era republicana se presenta a los ojos del observador, interesantísima con

sus dictadores y sus víctimas, sus prisiones sombrías, sus cadalsos, su corrupción, su

pueblo agitado y turbulento, sus grandezas y sus miserias, sus desengaños y sus esperanzas!

¿Y el último imperio? ¿Pues se quiere además de las guerras de nuestra

independencia un asunto mejor para la epopeya? ¡El vástago de una familia de

Césares, apoyado por los primeros ejércitos del mundo, esclavizando a este pueblo!

¡Este pueblo mísero y despreciado, levantándose poderoso y enérgico, sin auxilio, sin

dirección y sin elementos, despedazando el trono para levantar con sus restos un

cadalso, al que hace subir al príncipe, víctima de su ceguedad! ¡Aquella cabeza

sagrada en Europa, rodando al pie de la democracia americana, implacable con los

reyes! ¡Una princesa hermosa y altiva, loca en su castillo solitario, de donde su

esposo partió en medio de aclamaciones, y a donde no volverá jamás!…

Y luego aquel sitio de Querétaro tan grandioso y tan sangriento, aquellos sitiados

tan valientes, aquellos sitiados tan esforzados, aquel monarca tan bravo y tan digno

como guerrero, así como fue tan ciego como político; aquella tragedia del cerro de las

Campanas; todo eso que irá tomando a nuestra vista formas colosales a medida que se

aleje: ¿qué asunto mejor para el historiador, para el novelista y para el poeta épico?

¿Pues necesitan nuestros jóvenes literatos otra cosa que voluntad y consagración,

puesto que talento no les falta, ni se atreven a negárselo a los mexicanos sus más

encarnizados enemigos?

En cuanto a la novela nacional, a la novela mexicana, con su color americano

propio, nacerá bella, interesante, maravillosa. Mientras que nos limitemos a imitar la

novela francesa, cuya forma es inadaptable a nuestras costumbres y a nuestro modo

de ser, no haremos sino pálidas y mezquinas imitaciones, así como no hemos

producido más que cantos débiles imitando a los trovadores españoles y a los poetas

ingleses y a los franceses. La poesía y la novela mexicanas deben ser vírgenes,

vigorosas, originales, como lo son nuestro suelo, nuestras montañas, nuestra

vegetación.

Juan Carlos Gómez, José Mármol, Rivera Indarte, Esteban Echeverría, a quien

llaman en Francia el Lamartine del Plata, Arboleda Pombo, por eso impresionan

tanto. Cantan su América del Sur, su hermosa virgen morena, de ojos de gacela y de

cabellera salvaje. No hacen de ella ni una dama española de mantilla, ni una

entretenue francesa envuelta en encajes de Flandes.

¡Esos poetas cantan sus Andes, su Plata, su Magdalena, su Apurimac, sus

pampas, sus gauchos, sus pichi reyes; transportan a uno bajo la sombra de su ombú, o

al pie de las ruinas de sus templos del Sol, o al borde de sus pavorosos abismos, o al

fondo de sus bosques inmensos; y le muestran sus gigantescos árboles, sus

prodigiosas flores, o le hacen asistir a sus heroicas guerras, escuchar el rugido de sus

fieras terribles, adormecerse a los cantos de sus mujeres lánguidas y ardientes, y

delirar con sus amores frenéticos, y amar su libertad, y meditar a orillas de sus mares,

y suspirar debajo de su cielo!

Nosotros todavía tenemos mucho apego a esa literatura hermafrodita que se ha

formado de la mezcla monstruosa de las escuelas española y francesa en que hemos aprendido y que sólo será bastante a expulsar y a extinguir, la poderosa e invencible

sátira de Ramírez, que él sí es tan original y tan consumado, como habrá pocos en el

Nuevo Continente.

No negamos la gran utilidad de estudiar todas las escuelas literarias del mundo

civilizado; seríamos incapaces de este desatino, nosotros que adoramos los recuerdos

clásicos de Grecia y de Roma, nosotros que meditamos sobre los libros de Dante y de

Shakespeare, que admiramos la escuela alemana y que desearíamos ser dignos de

hablar la lengua de Cervantes y de fray Luis de León. No: al contrario, creemos que

estos estudios son indispensables; pero deseamos que se cree una literatura

absolutamente nuestra, como todos los pueblos tienen, los cuales también estudian los

monumentos de los otros, pero no fundan su orgullo en imitarlos servilmente.

Por otra parte, la literatura tendrá hoy una misión patriótica del más alto interés, y

justamente es la época de hacerse útil cumpliendo con ella.

Nuestra última guerra ha hecho atraer sobre nosotros las miradas del mundo

civilizado. Se desea conocer a este pueblo singular, que tantas y tan codiciadas

riquezas encierra, que no ha podido ser domado por las fuerzas europeas, que

viviendo en medio de constantes agitaciones no ha perdido ni su vigor ni su fe. Se

quiere conocer su historia, sus costumbres públicas, su vida íntima, sus virtudes y sus

vicios; y por eso se devora todo cuanto extranjeros ignorantes y apasionados cuentan

en Europa, disfrazando sus mentiras con el ropaje seductor de la leyenda y de las

impresiones de viaje. Corremos el peligro de que se nos crea tales como se nos pinta,

si nosotros no tomamos el pincel y decimos al mundo: «Así somos en México».

Hasta ahora aquellos pueblos no han visto más que las páginas muy atrasadas de

Tomás Gage o los estudios del barón de Humboldt, muy buenos ciertamente, pero

que no pudieron ser hechos sino sobre un pueblo esclavizado todavía. Además, el

ilustre sabio daba mayor importancia a sus indagaciones científicas que a sus retratos

morales.

Después de él, casi todos los viajeros nos han calumniado, desde Löwenstern y la

señora Calderón, hasta los escritores y escritoras de la corte de Maximiliano, que

especulan con la curiosidad pública, vendiéndole sus sátiras menipeas contra

nosotros.

Es la ocasión, pues, de hacer de la bella literatura una arma de defensa. Hay

campo, hay riquezas, hay tiempo, es preciso que haya voluntad. Talentos hay en

nuestra patria que pueden rivalizar con los que brillan en el Viejo Mundo.

Cultivar pueden todos los géneros. Pulsarán con éxito desde la lira de Homero

hasta el laúd de los trovadores, manejarán victoriosamente desde el buril de diamante

de Tácito y de Jenofonte, hasta la pluma ligera y traviesa de Adisson y de Fígaro.

Todo es accesible al genio mexicano.

La reunión que asiste a las veladas literarias, es el apostolado del porvenir. Allí se

escucha el acento sublime de la oda, la voz vibrante del canto guerrero, las

suspirantes notas de la trova amorosa, la voz risueña de la burla. Allí la sátira habla su lenguaje punzador y tremendo, la crítica analiza los monumentos literarios de las