Tierra sin hombres
Capítulo cuatro - El viaje
CAPÍTULO CUATRO
EL VIAJE
No me quejaré de la ola que entró violentamente, sino de la playa que resultó
demasiado acogedora.
«Esplendor», La novela de Genji.
MURASAKI SHIKIBU.
31
Los vecinos habían acudido en bloque al cementerio para acompañar a la familia, saltándose la costumbre de que solo los hombres asistían al entierro. Uno a uno pasaron ante la viuda y los hijos inclinando la cabeza en señal de duelo, primero los hombres, después las mujeres, cubiertas todavía con el velo que habían llevado en el funeral de cuerpo presente. Elisa recibió sus condolencias sin detenerse en ninguna mirada, parecía tan lejos de ellos que su reacción podría equipararse a la que hubiera tenido ante cualquier desconocido.
Nadie lloraba. Nadie depositó una flor sobre la tierra removida.
A lo lejos, el mar continuaba lanzando su oleaje contra las rocas, obstinado, imponiendo su presencia, enfurecido, violento, acusador, prestándoles su voz a aquellas gentes que se entregaron sin reparo a las murmuraciones en otro tiempo, y ahora pasaban en silencio por delante de la tumba, como si le debieran respeto al difunto solo por el hecho de estar muerto.
Hacía demasiado tiempo que Elisa había abandonado la aldea, la mayor parte de los que inclinaban la cabeza ante ella no había entendido su manera de vivir, la forma en la que había amado a aquel hombre que ahora dormía bajo el manto de conchas. El resto quizá lo hubiera querido entender, aunque no se lo demostró. El amor tiene más caras de las que se muestran a simple vista, es capaz de mirar de muchas formas y desde distintas perspectivas. A Elisa la había mirado desde dos ángulos opuestos y ella no se había resistido a ninguno de los dos. El amor también tiene esas cosas, puede sembrar la duda donde creemos que solo hay certeza. Y a los ojos del pueblo, Elisa no había sabido distinguir. Demasiados claroscuros en una historia que habían vivido con ella desde que empezó. Una parte de la aldea le reprochaba las sombras; la otra, la luz que debería haberla iluminado.
Debería haberse abierto más a ellos, haber dejado que vieran la contradicción en la que se había debatido en los últimos años. Pero nunca les dio la oportunidad de entenderla. Se había encerrado en una concha que no abrió para nadie, y ninguno de los presentes pudo ponerse nunca en su piel.
Los había despreciado tantas veces que incluso dudaban de si debían acompañarla. Es más, hubieran preferido no hacerlo, pero el párroco había colgado en la cantina y en la puerta de la parroquia las esquelas que informaban de la hora del funeral y del entierro, y se sintieron en la obligación.
Para bien o para mal, todos habían sido testigos de su vida desde que empezó a respirar, pero muchos se preguntaban por qué enterraba al marido en la aldea después de tantos años sin pisarla.
La vida da para muchos errores y componendas. Elisa había vivido los suyos encerrada en su caparazón, intentando ocultar sus sentimientos. Sin embargo, los hechos eran los hechos, y el pueblo los había presenciado; a veces dividido, y otras con la convicción unánime de que se estaba equivocando. El primer error fue romper su compromiso con Eloy por un hombre que la puso en boca de todos, al que consentía y perdonaba más de lo que debía. Y el segundo, permitir que el hijo del pescadero siguiese demostrándole su amor después de la boda.
A nadie se le escapó el excesivo interés con que continuaba pendiente de cada cosa que ocurría en el pazo de las Cocheras. Todo el pueblo sabía que, un día sí y otro también, el hijo del pescadero le preguntaba a Rosalía por su hija, que miraba de reojo a la recién casada en la parroquia y que, a la menor oportunidad, se hacía el encontradizo con ella.
En cierta ocasión, unas semanas después del segundo aborto, se colocó en su camino y estuvieron charlando. Nadie escuchó de qué hablaron, pero dicen que alguien vio cómo él intentaba darle algo que Elisa rechazó, y que antes de despedirse ella se secó unas lágrimas, quién sabe si de arrepentimiento o de pena. Porque lo que nadie podía negar era que cada vez que se encontraban parecía que saltaban chispas entre ellos, y muchos aseguraban que terminarían quemándose.
Tantos años después, la aldea continuaba dividida entre los que pensaban que el tiempo les había dado la razón y los que preferían no creerlo.
De modo que, en cierta forma, más que como una obligación, los vecinos vivieron la asistencia a las exequias como un derecho. El punto final de una historia que también era la de ellos.
Sabela los miró de reojo, como siempre. Rosalía estaba tan mal de salud que en cualquier momento se la podría llevar un mal aire, como le había sucedido a su cuñado hacía unos años.
¡Pobre hombre! Dicen que se lo encontró su sobrina una noche en la quincallería, con el cierre a medio echar, un pie dentro y otro fuera de la tienda. ¡Lo dicen, aunque nadie vio a Sabela, ni pudo asegurar que estuvo allí! ¡Y aún dicen que se volvió como loca y que quiso resucitarle!
Hacía tiempo que la tienda se había transformado en una gran mercería con diferentes secciones y productos, desde paños de todo tipo hasta alfileres con cabezas de color. El primer almacén de tejidos del concejo, una condición de la que una parte del pueblo solía presumir —pues atraía la clientela desde varios kilómetros a la redonda—, mientras la otra parte lo sufría como un agravio, ¡no era justo que la suerte mimase así a la leiteira y a ellos les hubiera soltado de la mano!
El cierre de la mina se llevó por delante la mitad de los negocios de frutas y verduras, asfixiados de tanto como hubo que tirar. Pero Rosalía tuvo más vista que nadie y transformó el suyo en un establecimiento moderno, donde no se vendía ni un solo producto perecedero. Quitó los animales del establo, se deshizo de las cubas de leche y se quedó al cargo del almacén. Lo rebautizaron El Buen Gusto, pero en el pueblo se le siguió conociendo como La Quincalla de siempre. ¡Qué bonita les quedó! ¡No parecía la misma!
¡A Sabela le vino Dios a ver! ¡Parecía otra! ¡Qué cosas! ¡Tan fea que fue…! ¡Tan desaliñada…! ¡Tan deslucida…! El carácter, en cambio, no le mudó demasiado. Siguió igual de seca y de agria. Ya lo dice el refrán: no se puede privar al perro de ladrar ni al agua de correr.
¿Y guapa?, ¡casi tanto como la hermana! Hay quien dice que el cambio se produjo cuando empezó a ayudar a su tío en la quincallería, todavía sin reformar. ¡Y aún hubo quién la vio como una real moza el día de la boda de la otra!
Pero lo cierto era que, para la mayor parte de los vecinos, Sabela siempre fue alguien de quien huir. ¡Hasta su propia madre debía de pensarlo! ¿Por qué, si no, ese empeño en que no atendiera en el mostrador, ni en la quincallería vieja ni en la nueva? ¿Porque sabía que espantaría a las clientas, o para no tenerla demasiado cerca?
El caso es que se volvió como loca la noche que murió su tío Manuel. Parece ser que aquella misma tarde discutieron por algo, y ella le miró muy fijamente y le señaló con el dedo, como si le estuviera echando el mal de ojo. Dos horas después, le encontró tirado en el suelo e intentó meterle aire en los pulmones con su propia boca. ¡Eso dicen! Aunque nadie vio lo uno ni lo otro.
En la aldea no se hablaba de otra cosa.
La fama de Sabela le venía de largo, podría decirse que desde que nació, pero, sobre todo, desde el segundo aborto de su hermana. Hasta entonces nadie se atrevió a asegurar que la hubiera visto utilizar los poderes que le suponían, y no había prueba alguna de que los hubiera ejercido contra nadie. Pero aquel domingo en la misa de doce, cuando el minero se levantó de su banco y corrió hacia el de su mujer, el pueblo entero vio la mano de Sabela en el vientre que se estaba malogrando. ¡Qué más prueba se podía pedir!
Cuando el minero cogió en brazos a Elisa, Sabela metió la mano en la faltriquera y no la volvió a sacar. Desde entonces siempre anduvo con la mano escondida y la cabeza gacha, sin mirar a nadie, como si temiera el daño que podía provocar.
Dicen que su cuñado la defendía cuando alguien se iba de la lengua.
—Eso son cuentos de viejas —solía responder ante cualquier intento de acusarla —, tontaes y bobaes, como dice mi amigo el Asturiano.
Pero también dicen que, al poco del aborto, en una de sus partidas de póquer un jugador le enseñó una figa de azabache y, en cuanto la vio, se apostó su mejor bastón y se la ganó. ¡Por algo querría un remedio contra todas las meigas!
A partir de ese día a Elisa no se la vio nunca sin su colgante al cuello y, en cierto sentido, el pueblo empezó a mirar a Martín con otros ojos.
Se había ganado bastantes simpatías cuando le llevaron preso durante la huelga minera e intercedió para que soltaran a su amigo el Asturiano, pero aún no había conseguido despejar los recelos que despertó la primera vez que apareció en el baile de la Patrona, con su aspecto de galán y su fama de seductor. Y mucho menos había conseguido que la aldea olvidase la afrenta contra el hijo de la tía Juanita y el tío Mauricio, o sus escarceos en casas de mala reputación. Porque aunque muchos no se atreverían a tirar la primera piedra contra el minero, a ninguno más que a él se le podía acusar de su falta de discreción.
Por otro lado, el comportamiento de Eloy comenzó a entenderse como fuera de la norma. Elisa ya estaba casada, no debía mirarla. No era decente. No era oportuno. No era digno. Como tampoco era decente, ni oportuno ni digno, que insistiera en seguir dando que hablar.