Tierra sin hombres
Parte dos
SEGUNDA PARTE
CAPÍTULO CINCO
LA POSADA DEL PATÍN
Ya lo sé, amor;
ya sé que te preocupa que el mar
un día despierte seco.
En un triángulo de ausencias.
HILARIO JIMÉNEZ GÓMEZ.
41
Al finalizar el entierro, los miembros de la familia se dirigieron a la casa de Covarradeiras para desayunar en una gran mesa que había construido el tío Manuel cuando reformó la vivienda.
Elisa y Sabela presidieron desde las cabeceras, y Rosalía se empeñó en quedarse levantada, apoyada en su bastón, para servir el chocolate y los dulces que había preparado antes del funeral.
Era la primera vez que las hermanas compartían mesa y mantel desde hacía casi una década. Sabela no había querido ir al velatorio ni a la misa de cuerpo presente, no sabía si su hermana le hubiera dejado acompañarla, ni si era su lugar, dadas las circunstancias, pero nadie podía negarle el derecho a presidir aquella reunión igual que Elisa, como nadie le había quitado el de asistir al entierro.
Elisa no le dirigió la palabra en toda la mañana, ni en el cementerio ni en el desayuno. No se miraron ni siguieron las conversaciones que Rosalía intentó entablar con sus nietos para rebajar la tensión. No obstante, nada más levantarse todos de la mesa, Sabela se acercó a su hermana y quiso entregarle un paquete que Elisa rechazó con un movimiento negativo de las manos.
Se trataba de unas docenas de sobres amarillentos y sin abrir, sujetos por un cordón negro. Sabela alargó el brazo e insistió en que Elisa cogiera las cartas:
—Son tuyas. Madre no las quemó.
—No las quise entonces, ¿por qué iba a quererlas hoy?
—Porque ya es hora de que olvidemos.
Su aspecto era muy diferente al que ella recordaba. Ya no llevaba su mata de pelo rizado, sino una trenza enrollada en la nuca. No había engordado más que cuatro o cinco kilos, pero sus formas se habían redondeado bastante, sobre todo en la cintura y en la cadera, y había perdido la dureza de las facciones, donde la intemperie ya había empezado a dejarle las huellas que marcaban a su madre. Conservaba la misma viveza en los ojos, tan negros como siempre; no obstante, su mirada había adquirido un poso de serenidad que contrastaba con la actitud de su cuerpo, erguido y rígido, como a la defensiva.
Mientras se dirigía a la aldea, en los planes de Elisa no figuraba el de hablar con su hermana, no había nada que añadir al silencio que guardaban desde que se marchó de Cobas, pero don Cosme se había acercado a ella después de la misa funeral y le había hecho prometer que escucharía a Sabela.
—Ese rencor que te empeñas en mantener no es de buen cristiano, hija mía. Prométeme que arreglarás las cosas con tu hermana hoy mismo.
—No hay nada que arreglar, padre.
—En ese caso, no tendrás inconveniente en hablar con ella.
—Tampoco hay nada de qué hablar.
—A eso se le llama soberbia, Elisa, ¡arderás en el infierno por esto! ¿Desde cuándo no te confiesas?
Don Cosme había envejecido tanto que casi no se le reconocía. Lo único que conservaba del hombre fuerte de antaño era el poder que continuaba ejerciendo sobre sus feligreses. Al mudarse a Ferrol, Elisa había dejado de ser una de ellos, y aunque mantenía su fe, hacía mucho tiempo que se había alejado de las prácticas religiosas y de la influencia de cualquier sacerdote.
—¿Cómo sabe que no me confieso?
—Se te nota en la cara, hija mía. La hiel no se puede disimular. El pecado siempre deja su rastro.
—Martín decía que el pecado lo tiñe todo de negro —dijo como si estuviera pensando en voz alta, sin mirar al párroco— y que yo siempre estuve tan blanca como las sábanas de hilo. ¿Sabe una cosa, padre? —continuó como si don Cosme no estuviera presente, mirando hacia el techo de la parroquia—. No pude confesarme en todos estos años porque usted tenía razón: nunca tuve propósito de enmienda. El amor no depende de la voluntad. Yo no lo busqué, pero no me arrepiento de haberlo aceptado cuando se me puso delante.
—Y el amor de Dios, ¿dónde lo dejas? —exclamó el párroco indignado—. ¡Cómo pudiste alejarte tanto de él!
Elisa le miró igual que a un niño que acaba de descubrir que a las rosas se llega por el tallo, y que este está lleno de espinas.
—¡No se enfade usted conmigo, don Cosme! Hoy sí puedo confesarme. Me pondré a bien con la Iglesia y con todos los mandamientos, para que se quede tranquilo.
—¿Con propósito de enmienda?
Y entonces fue cuando le prometió que hablaría con su hermana. No sabía si quería solucionar sus problemas con ella, ni siquiera si le hacía falta. El tiempo se había encargado de cicatrizar las heridas y le había demostrado que hay culpas que se pagan sin necesidad de haberlas confesado. Sabela había pagado las suyas, no cabía duda alguna, aunque quizá se las había confesado a don Cosme, y de ahí su insistencia en que tenía que escucharla.
Su madre y sus hijos se habían marchado al patio del pozo en cuanto ellas se levantaron de la mesa y empezaron a hablar. Había dejado de llover. Las voces de los niños llegaban desde el exterior, entre gritos y carcajadas, mientras chapoteaban con sus botas de goma en los charcos que había dejado el aguacero.
Ante la negativa de Elisa a coger las cartas, Sabela las había dejado encima de la mesa y había cruzado los brazos manteniendo la actitud defensiva con la que había iniciado la conversación.
—¿No crees que ya es hora de olvidar?
—No se puede olvidar lo que no se sabe. Aún no me contaste la verdad.
—Sí lo hice. No fue él.
—¿Y por qué dejaste que todos lo creyesen?
—Te dije que tú no les creyeras.
—¡Ah, Sabela, no tienes remedio ni lo tendrás! ¿Ni en cien años que vivieras podrías contarme lo que pasó?
—¡Ni en cien vidas tampoco!
—Al menos podrías decirme por qué decidiste que yo no tenía derecho a saberlo.
—¡Por lo que más quieras, y por la memoria del hombre que acabamos de dejar en el cementerio, coge las cartas y léelas! —Y añadió descruzando los brazos para extenderlos en un gesto de súplica—: ¡Por favor!
Elisa dirigió la mirada hacia la mesa y distinguió de un golpe de vista la letra de Martín.
—¡Por favor! —volvió a suplicarle Sabela mientras cogía las cartas y se las ponía en las manos.
Su madre le había llevado esas cartas a Ferrol una por una. La primera llegó dos meses después de la marcha de Martín y las restantes cada semana o cada dos o tres días. Hasta que se fueron espaciando y dejaron de llegar.
Todas las esperaba, todas hubiera querido leerlas con la misma ansiedad, y todas las rechazó ordenándole a su madre que las quemara en la chimenea.