Tierra sin hombres

Inma Chacon · Capítulo 71 de 82

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Tierra sin hombres

Capítulo 70

70

 

Durante el viaje de regreso a la aldea Sabela mantuvo los ojos cerrados, sentada junto a su madre en el último asiento de la furgoneta, un banco de madera corrido que podrían haber ocupado otros tres pasajeros, pero que solo compartieron con don Cosme.

El sacerdote dirigió los misterios del rosario por el alma de la difunta mientras Sabela permanecía en silencio, con la cabeza reclinada hacia atrás. Hacía tiempo que había dejado de ir a la iglesia y al párroco no le extrañó su mutismo; sin embargo, al recitar el padrenuestro se giró hacia ella para que supiera que debería estar rezando también.

Aún llovía cuando llegaron a las cocheras. Los aldeanos fueron saliendo del autocar y se desperdigaron de vuelta a sus casas, bajo sus paraguas negros, cabizbajos y sin ganas de hablar, compadecidos por Eloy y su mala fortuna. Ninguno había mirado a Sabela cuando entró en el vehículo, y ella tampoco quiso mirarlos. La fama que la perseguía desde que nació se había acrecentado, sobre todo después de sus visitas a la choza de la tía Camuña, por lo que evitaba cruzar la mirada con los vecinos.

Sabía que sus subidas y bajadas del cabo Prior no pasaban desapercibidas. No era una ingenua, nunca lo fue, pero seguía ocultándose con su toca cada víspera de luna llena mientras las vecinas continuaban bajando la voz cuando ella pasaba a su lado.

No podría calcular el número de veces que había escuchado el «Sola vayas». Se había acostumbrado tanto a él que acabó por entenderlo como un saludo más que como una invocación para espantar los males que le atribuían.

Y sola iba, sin echar de menos la compañía de nadie, salvo la de su tío Manuel.

El día de su muerte le vio agacharse con la mano en el cierre de la tienda, aferrado al postigo como si pudiera salvarle. La miró igual que cuando volvió en sí en la playa, pidiéndole un perdón que él no podía concederse, recuperando el recuerdo que Sabela había intentado borrar con las gotas que le echaba en la almohada.

La gente decía que se había vuelto loca intentando resucitarlo. Sus gritos debieron de oírse en todo el concejo, llamándole una y otra vez como si sus oídos no estuvieran sordos, arrodillada junto a él, con un dolor insoportable que le apretaba el estómago.

Sin embargo, nadie la oyó cuando se acercó a sus ojos sin vida para que le leyera los labios mientras le rogaba que él también la perdonase.

Debería haberse dado cuenta a tiempo de que, realmente, no era su tío el que la miró salir del agua. No debería haberse acercado, ni pedirle el poncho, ni dejarle que le secase la espalda, ni haberse bañado desnuda. Tal vez, ni haberle condenado al silencio.

Quizá hubiera sido mejor que pagasen su culpa. Si lo hubieran hecho, cuando nació la niña los vecinos no habrían hablado del bosque y de sus bailes a la luz de la luna. Porque era cierto que bailaba entre los árboles cuando los demás lo hacían en la verbena. Sola. Desnuda. Buscando el placer.

Debería haber admitido sus propios pecados y pagarlos sin arrastrar a nadie detrás. Pero hay fuerzas que se conjuran sin haberlas invocado y sin ninguna razón aparente. Don Cosme fue una de ellas.

Cuando empezó el rumor sobre el maligno, fue a confesarse con él y le pidió que aplacara aquellas calumnias.

—¡Ay, pecadora! Desataste muchas iras. ¿Ahora vienes a mí, cuando todo el mundo sabe que eres la aprendiza de la tía Carmuña? Si me hubieras consultado antes, te habría advertido de que un burro solo puede enseñar a rebuznar.

—No soy aprendiza de nadie, padre.

—¿A qué viene, entonces, lo del chozo del cabo Prior?

—Me da algunas hierbas como medicinas.

—¿Medicinas? ¡Para eso están las boticas! ¿Es que no tienes bastante con lo que tienes, que has de excitar las mentes de todos? El Maligno tiene muchas formas, hija mía. Y a ti te engañó bien.

—Yo no hice nada…

—¿Nada? ¿Y qué pasó en la playa?

—Él apareció de repente. Yo… No sé…, se me fue la cabeza. Mi tío…

—¿Tu tío? ¿Y aún dices que no hiciste nada, alma de Dios? ¿Te parece poco provocar a un bendito que tiene una tara? ¿Sabes qué pasará si lo dices? ¿Qué dirá la gente? ¿Cómo crees que reaccionarán? ¿A quién culparán más, a él o a ti?

—No me importa cargar con la culpa. Pero usted puede hacer algo para que los vecinos dejen de imaginarse lo que no fue. Porque lo que llevo en el vientre…

—Lo que llevas ahí dentro ya está condenado, criatura. Diga yo lo que diga. ¿O crees que la Iglesia consiente las supersticiones? ¡Naturalmente que no! Pero de una cosa no tengo duda ninguna: cuando te metiste en el agua como Dios te trajo al mundo, no ibas precisamente con el Creador. Y en el bosque, tampoco.

—Me está diciendo que…

—Solo te digo que, hagas lo que hagas y digas lo que digas, a ese niño le llamarán de dos formas: o hijo de una aberración o del mismo demonio.

—Pero usted puede…

—Puedo aconsejarte que calles por el bien de la criatura. Y que te inventes un novio para que los supersticiosos se olviden del bosque y yo pueda intentar que recuperen su sano juicio.

Aquella noche, después de la cena, Rosalía habló de los rumores sobre Martín, dando por hecho que sabía que había sido él, como lo sabía el resto del pueblo.

Nadie podría creerse la historia de un novio; de haber existido, al pueblo tampoco se le habría escapado. Pero Martín cargaba su fama de pendenciero como si no le pesase y había bailado con ella aquella noche.

Así es que calló. Mejor de Martín que del Maligno. Mejor el fruto de una seducción que el de una locura. Mejor de su cuñado que del hermano de su padre. Mejor de un adulterio que de un baile en el bosque. Mejor. Mejor. Mejor.

Hay fuerzas tan poderosas que se convierten en vendavales capaces de zarandear los cimientos más asentados, hasta resquebrajarlos y hacerlos caer.

La huida de Elisa facilitó la verosimilitud de la historia. Si la propia esposa del minero le creía culpable, cómo no iban a creerlo los demás, por mucho que Sabela lo negara.

—No fue él.

Pero solo si había sido él, el pueblo se olvidaría del bosque y ella podría conservar a su hijo. Bastardo, sí, no sería el primero ni el último de la aldea, pero no maldito desde la cuna.

Y solo si había sido él, su madre la aceptaría bajo su techo. Rosalía no hubiera consentido que la traición se hubiera cometido contra ella. El tío Manuel era suyo, solo suyo. Si llegara a enterarse, la acusaría de haberle provocado y la echaría de la vida que ella misma le reservó cuando supo que Mateo no volvería y decidió que su hermana podría aspirar a una buena boda.

La casa, las tierras, la antigua quincallería y el almacén de tejidos en que se había transformado. Todo era suyo. Le habían correspondido en el reparto que les impuso su madre. No Eloy. No un matrimonio. No una vida nueva fuera de la aldea. No un héroe de cuentos que la rescatase.

Elisa, sin embargo, despreció todo lo que ella había soñado y luego se llevó al único hombre que la invitó una vez a bailar. La casa de las cocheras, con su cocina de varios fuegos, los amigos de la mina, las tardes alrededor de la chimenea, los vestidos y los sombreros elegantes, los cuidados de un esposo que la amaba, pese a su empeño por alimentar su fama de conquistador.

—No fue él.

Y mientras más lo negaba, más parecía que sí había sido. Él se marchó huyendo de la guerra y de las deudas del juego, después de jurar que jamás contaría lo que vio en la playa. Cumplió su palabra, aunque a la vuelta de Cuba consiguió hacerle creer a Elisa que no era el padre de la niña.

A ella, en cambio, su hermana no quiso creerla nunca. Se marchó de la aldea de noche, poniendo en peligro un embarazo precedido por dos abortos, y se encerró en su papel de mujer traicionada. ¡Pobre Elisa! Le había abierto la puerta de su dormitorio a Martín después de cada aventura, pero no pudo con la que no sucedió. Si la hubiera creído, se habría ahorrado un sufrimiento inútil, el mismo que desvió la atención de los que hubieran condenado a su hijo a un infierno.

Por primera vez en la vida de Sabela el destino decidió jugar a su favor, las fuerzas que se conjuraron por sí solas le permitirían criar a su pequeño, aunque su hermana dejase de hablarle.

No contó con que, en el reparto de Rosalía, le había tocado también la facilidad de parir sin que su cuerpo la avisara previamente, y que su hija se deslizaría entre sus piernas a la vista de todos, con los ojos abiertos, enormes y vivos, para recordarle a cualquiera que quisiera creerlo que habían visto a su madre bailar en el bosque a la luz de la luna, sola y desnuda.