Tierra sin hombres
Capítulo 57
57
Elisa bajó los peldaños de las escaleras de dos en dos. No podía ser él. Pero, si Guzmán la seguía desde antes de que ella le descubriese en los soportales y le había escrito dándole razón de dónde vivía, los tiempos casaban. Un mes para que la carta llegase a Cuba y otro para la travesía de su barco.
El corazón se le iba a salir por la boca, y el sudor le corría por todas partes. La ola de calor que estaba azotando el país aún no había remitido. La noche había sido un ir y venir de la cama a la sera para humedecer un pañuelo y ponérselo alrededor del cuello. Y la mañana había salido igual de calurosa, sin relente y sin un respiro.
Al llegar al último escalón, se detuvo para recuperar el aliento y colocarse la blusa. Otra vez se le había salido la leche. Se distribuyó las chorreras para que le taparan las manchas, se las sujetó con un alfiler y respiró hondo para atravesar el zaguán y situarse frente a la puerta cerrada.
Solo quedaba abrir. Acercar la mano al pestillo y correr el cerrojo hacia un lado. Después, tirar de la abrazadera de hierro para batir el portón hacia dentro y decidirse a pisar el umbral.
El brazo se extendió solo hasta el picaporte, ignorando sus latidos, que debían de oírse desde el otro lado de la puerta, y la mano descorrió el pasador. Le temblaban los párpados, las piernas se le doblaban y respiraba tan deprisa que al aire no le daba tiempo a llegar a los pulmones.
El portal, en penumbra, guardaba todo el calor de los últimos días, húmedo y reconcentrado, asfixiante. La madera del portalón tenía unas pequeñas fisuras por donde se insinuaba la luz de la calle, a modo de advertencia sobre la temperatura que esperaba en el exterior, que seguiría subiendo conforme avanzasen las horas.
El sudor le resbalaba de la frente y le escocía en los ojos, la leche le había empapado la blusa y el corazón no quería callarse.
En el momento en que iba a tirar de la puerta hacia ella, sintió un dolor en el pecho que la obligó a detenerse.
¿Qué hacía corriendo hacia él? ¿Dónde estaba su orgullo? ¿Dónde la herida? ¿Qué impulso la había hecho bajar las escaleras con el corazón a lo loco?
No podía salir del portal. No podía ponerse delante de él sin evitar que la viera temblando fuera de sí, deseando echarse en sus brazos. ¿Cómo podría respetarse a sí misma después?
No. No podía. No podía.
Y echó a correr escaleras arriba.
Amelia la estaba esperando en el rellano, acodada en la barandilla. No se había movido de allí desde que Elisa empezó a bajar los escalones a pares.
—¡No quiero verle! —dijo respirando a duras penas mientras empujaba a su amiga hacia el recibidor y cerraba el piso con llave.
Una vez se sintió a salvo, apoyó la espalda contra la puerta e intentó respirar lentamente.
Hacía un rato que Jovita había empezado a quejarse dormida. Amelia la había oído desde el descansillo, debía de tener calor, igual que Manuela. Mientras Elisa intentaba tranquilizarse, la madrina fue al dormitorio de las niñas para refrescarles los brazos y las piernas con un paño húmedo. Manuela tenía los ojos abiertos, como si estuviese atenta a lo que estaba ocurriendo y lo quisiera entender. Amelia la refrescó igual que a su prima, les dio a chupar una especie de bolsa de tela del tamaño de la boca, con la que solía calmarlas —rellena de azúcar y terminada en un nudo grande para evitar el peligro de que se la tragasen— y regresó con Elisa, que continuaba apoyada en la puerta, con los brazos extendidos hacia atrás y las palmas de las manos abiertas contra la madera.
Aún no había conseguido dejar de temblar cuando sonaron unos pasos que subían y, después de un silencio en el que Elisa contuvo la respiración, unos golpes con el picaporte.
En ese momento recordó que no había echado el cerrojo de abajo. Elisa se apartó de la puerta, se llevó el dedo índice a los labios para que la madrina guardase silencio y susurró:
—¡No abras!
Las chorreras de la blusa se habían movido de su sitio y le habían dejado los cercos a la vista otra vez. Amelia se las colocó y, sin decir una palabra, le dio la vuelta a la llave y abrió.
Después la madrina se dirigió al cuarto donde dormían Jovita y Manuela, y dejó a Elisa paralizada, frente al ramo de rosas que abultaba más que ella.
—Son veinte. Más una por cada carta que no contestaste.
Se había quedado en el descansillo, dudando si entrar o esperar a que ella le invitase. Le temblaba la voz y sujetaba las flores rodeándolas con el brazo izquierdo, sin ofrecérselas, como si temiera que pudiese rechazarlas.
En la mano derecha llevaba el sombrero y el bastón, y le brillaba la cara empapada.
La joven le hizo una señal con la mano para que pasase al recibidor y la siguiera a la salita de estar, donde le ofreció una silla que él rechazó dándole las gracias.
Elisa se situó detrás de la mesa y permaneció también de pie, sorprendida por la calma que le producía verle temblar, más nervioso que ella.
Él se mantuvo a distancia de la camilla. Se había cambiado el ramo de posición: ahora lo sujetaba por los tallos, con las flores hacia el suelo como si ya no importasen, y trataba de quitarse el flequillo de la frente con el antebrazo.
Al ver que su mujer guardaba silencio, el minero volvió a mencionar las cartas:
—Te escribí muchas veces.
—Todas sobraron.
—Debiste leerlas antes de echarlas al fuego. Te pedía que no creyeses los rumores.
—No necesité leer ninguna de sus patrañas, y ahora siguen estando de más.
—Sabela no te mintió. Bailamos un par de piezas y luego la vi en la playa, pero no fui yo. Has de creerme.
—Lo mismo que dijo mi hermana, punto por punto.
—No puedo decir nada más.
—Y después de la playa, la acompañó a casa.
—Es cierto, la acompañé porque era muy tarde y ella estaba temblando. No podía dejarla sola en esas condiciones. La llevé a su casa y allí la dejé.
—Cuanto más dice, más empeora.
—No fui yo, Elisa. ¿Qué puedo decirte?
—Dígame algo que no escuchase yo antes mil veces.
Martín llevaba un pantalón blanco y una camisa por fuera del mismo color, adornada con jaretas por delante y con las costuras de los lados terminadas en abierto, una prenda de verano que Elisa le había visto algunas veces al marido de doña Josefa, cuando acompañaba a la familia en alguna excursión a la playa.
Como era habitual en él, el bastón era de mango de plata, y el sombrero, panamá, de paja tupida, de los que tanto le gustaban para el buen tiempo.
Ninguno de los dos se había movido un centímetro de su posición, con la mesa por frontera, Martín sin dejar de temblar y Elisa tan serena como desde que entraron en la salita.
Las rosas que correspondían a los veinte años que cumplía la nodriza eran rojas; las de las cartas, al menos otras tantas más, blancas. El ramo continuaba boca abajo, Martín extendió el brazo y colocó las flores hacia arriba para mostrárselas.
—Me dijeron en la tienda que las blancas sirven para pedir perdón. Las rojas, ya sabes…
Pero Elisa seguía con la guardia más alta que nunca, sonrió como si le hubiese pillado en un renuncio y le preguntó sarcástica:
—¿Perdón? ¿Por qué, si no hizo nada?
Martín la miró con una dulzura que ella no esperaba. Suponía que acudiría al ataque para defenderse, a la indignación del inocente o al descaro del culpable que mantendría su historia contra todas las evidencias. Pero nunca hubiese imaginado que, como respuesta a sus últimas preguntas, la iba a dejar en una encrucijada de la que no habría forma de salir.
—Lo siento, miña vida, no quiero perderte. Si no puedes creerme, tendrás que perdonarme.
Y dejó el ramo de rosas sobre la mesa para marcharse sin añadir nada más y sin haberle pedido conocer a las niñas.