Tómame fuertemente

Vanessa Vale · Capítulo 1 de 21

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Tómame fuertemente

Prólogo

 

H ANNAH

 

LAS MANOS de ellos estaban encima de mí. Sí, hablé en plural. Dos pares de

grandes y robustas manos sobre mi piel desnuda estimulaban cada nervio

por donde pasaban. Podía sentirlos, uno a cada lado. Estaba atrapada entre

dos cuerpos fuertes y bien marcados, con sus penes erectos presionando mis

caderas. Ellos me deseaban, eso era seguro.

¿Pero tenían que ser dos hombres? Era una doctora. Mi vida social

consistía en descansos de una hora a medianoche entre casos de

emergencias. La única variación de mi guardarropa era cuando debía

escoger entre ropa azul o verde para llevar bajo la bata blanca de doctor. Mi

maquillaje se había vencido en mi segundo año de mi carrera en medicina y

nunca me había peinado de otra forma que no fuera con una cola de caballo,

de manera que pudiera mantener mi cabello fuera de mi cara durante toda

mi vida.

No era capaz de seducir un hombre para llevarlo a mi cama, mucho

menos a dos. Bueno, seduje a un idiota, pero no había pasado por algo como esto. Nunca me había sentido tan caliente y necesitada, tan frenética

y… traviesa. Uno de ellos llegó hasta mi rodilla y me levantó la pierna. El

otro hizo lo mismo con la otra y quedé recostada sobre mi espalda, con las

piernas abiertas. Con las manos de ambos sujetándome, me encontraba a su

merced, disponible para cualquier cosa que quisieran hacer conmigo. Y eso

incluía unos gentiles dedos rodeando la punta de mi clítoris.

“Estás muy mojada bajo tus pantis”, dijo el de la voz profunda y firme.

Se veía muy complacido de que estuviera excitada por él. Y, de hecho,

estaba mojada; podía sentir el sedoso fluido correr por mi intimidad. Una

barba áspera rozó mi cuello mientras su portador me besaba. Arqueando mi

cabeza, le ofrecí un mejor acceso. Sentí que tiraron de mí por la cadera y

escuché cómo rasgaron mi delicada ropa interior. Era mi único capricho

femenino. Unos lujosos pantis. Y ahora estaban destrozados, solo eran un

retazo de tela desecha, pero no me importaba. Un sujeto me había

desgarrado mis pantis y no iba a discutir por ello.

“¿Nunca habías tratado con dos hombres antes?”. Esas palabras fueron

susurradas en mi oído. Era el segundo hombre, con una voz más áspera, si

eso era posible. Sentí cómo se me erizaba la piel con solo escucharlo.

Negué con la cabeza y golpeé su frente por accidente.

“Te va a encantar”.

Una mano rozó mi pezón desnudo y me dejó sin aliento. Mi cuerpo

estaba tan sensible que la punta de mi seno se endureció rápidamente.

Arqueé mi espalda, deseosa por más. No me bastaba con esa suave caricia

solamente.

Sí. Definitivamente me iba a encantar.

Un dedo rodeó mi entrada inferior, dando vueltas y vueltas, pero sin

intenciones de entrar.

“Por favor”, le rogué. Sabía lo que quería y era tenerlos a los dos, eso

era todo lo que ellos podían darme.

“Paciencia. Las buenas chicas reciben justo lo que se merecen”, dijo la

voz mientras deslizaba su dedo en mí.

“¡Oh, sí!”.

Y de repente, sentí frío, las manos gentiles y ardientes se habían

esfumado. Ya no las tenía a mi alrededor. Estaba sola. Todo estaba oscuro y

en lugar de sentirme apasionada, me sentía sucia. Asustada. Expuesta.

“Las chicas malas reciben justo lo que se merecen”.

Aquella voz.

Por Dios. Conocía esa voz.

No había sido la voz de ninguno de los otros hombres. No, ese era Brad.

Él era un demente e iracundo. Avergonzada, me enrollé como una bola

para protegerme.

Percibí el olor de su familiar y empalagosa colonia. “Eres mía. Nunca

lograrás alejarte de mí”.

Me levanté de la cama rápidamente, jadeando mientras luchaba por

liberar mis piernas de las sábanas, tratando de salir.

Fue un sueño.

Cielos, todo fue un sueño.

Nada de hombres sensuales. Nada de Brad.

Me encontraba en mi nuevo apartamento, justo encima de la cafetería.

Sola. Lejos de Brad, pero no estaba del todo libre.

Estaba cubierta de sudor, con mi franela mojada y respirando

agitadamente. Sentí escalofríos recorriendo toda mi piel y mis pezones se

habían endurecido. Mi vagina me ardía, recordando la forma en que fui

tocada en el sueño. Deslicé mi mano bajo la cobija y acomodé mis pantis.

Estaban mojadas y lujuriosas por aquel sueño. Quería esos dedos

excitándome, incluso con la disparatada idea de formar un trío. Fue algo

loco e irreal, pero no fue nada más que un sueño. Un sensual y sudoroso

sueño, que Brad arruinó. Él no solo arruinaba mi sueño, también, mi vigilia.

Él lo arruinó todo.

Pude haber logrado escapar de Los Ángeles y de la crueldad de ese

hombre, pero la voz en mi sueño tenía mucha razón.

No podía escapar de él.

 

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