Tómame fuertemente
Prólogo
H ANNAH
LAS MANOS de ellos estaban encima de mí. Sí, hablé en plural. Dos pares de
grandes y robustas manos sobre mi piel desnuda estimulaban cada nervio
por donde pasaban. Podía sentirlos, uno a cada lado. Estaba atrapada entre
dos cuerpos fuertes y bien marcados, con sus penes erectos presionando mis
caderas. Ellos me deseaban, eso era seguro.
¿Pero tenían que ser dos hombres? Era una doctora. Mi vida social
consistía en descansos de una hora a medianoche entre casos de
emergencias. La única variación de mi guardarropa era cuando debía
escoger entre ropa azul o verde para llevar bajo la bata blanca de doctor. Mi
maquillaje se había vencido en mi segundo año de mi carrera en medicina y
nunca me había peinado de otra forma que no fuera con una cola de caballo,
de manera que pudiera mantener mi cabello fuera de mi cara durante toda
mi vida.
No era capaz de seducir un hombre para llevarlo a mi cama, mucho
menos a dos. Bueno, seduje a un idiota, pero no había pasado por algo como esto. Nunca me había sentido tan caliente y necesitada, tan frenética
y… traviesa. Uno de ellos llegó hasta mi rodilla y me levantó la pierna. El
otro hizo lo mismo con la otra y quedé recostada sobre mi espalda, con las
piernas abiertas. Con las manos de ambos sujetándome, me encontraba a su
merced, disponible para cualquier cosa que quisieran hacer conmigo. Y eso
incluía unos gentiles dedos rodeando la punta de mi clítoris.
“Estás muy mojada bajo tus pantis”, dijo el de la voz profunda y firme.
Se veía muy complacido de que estuviera excitada por él. Y, de hecho,
estaba mojada; podía sentir el sedoso fluido correr por mi intimidad. Una
barba áspera rozó mi cuello mientras su portador me besaba. Arqueando mi
cabeza, le ofrecí un mejor acceso. Sentí que tiraron de mí por la cadera y
escuché cómo rasgaron mi delicada ropa interior. Era mi único capricho
femenino. Unos lujosos pantis. Y ahora estaban destrozados, solo eran un
retazo de tela desecha, pero no me importaba. Un sujeto me había
desgarrado mis pantis y no iba a discutir por ello.
“¿Nunca habías tratado con dos hombres antes?”. Esas palabras fueron
susurradas en mi oído. Era el segundo hombre, con una voz más áspera, si
eso era posible. Sentí cómo se me erizaba la piel con solo escucharlo.
Negué con la cabeza y golpeé su frente por accidente.
“Te va a encantar”.
Una mano rozó mi pezón desnudo y me dejó sin aliento. Mi cuerpo
estaba tan sensible que la punta de mi seno se endureció rápidamente.
Arqueé mi espalda, deseosa por más. No me bastaba con esa suave caricia
solamente.
Sí. Definitivamente me iba a encantar.
Un dedo rodeó mi entrada inferior, dando vueltas y vueltas, pero sin
intenciones de entrar.
“Por favor”, le rogué. Sabía lo que quería y era tenerlos a los dos, eso
era todo lo que ellos podían darme.
“Paciencia. Las buenas chicas reciben justo lo que se merecen”, dijo la
voz mientras deslizaba su dedo en mí.
“¡Oh, sí!”.
Y de repente, sentí frío, las manos gentiles y ardientes se habían
esfumado. Ya no las tenía a mi alrededor. Estaba sola. Todo estaba oscuro y
en lugar de sentirme apasionada, me sentía sucia. Asustada. Expuesta.
“Las chicas malas reciben justo lo que se merecen”.
Aquella voz.
Por Dios. Conocía esa voz.
No había sido la voz de ninguno de los otros hombres. No, ese era Brad.
Él era un demente e iracundo. Avergonzada, me enrollé como una bola
para protegerme.
Percibí el olor de su familiar y empalagosa colonia. “Eres mía. Nunca
lograrás alejarte de mí”.
Me levanté de la cama rápidamente, jadeando mientras luchaba por
liberar mis piernas de las sábanas, tratando de salir.
Fue un sueño.
Cielos, todo fue un sueño.
Nada de hombres sensuales. Nada de Brad.
Me encontraba en mi nuevo apartamento, justo encima de la cafetería.
Sola. Lejos de Brad, pero no estaba del todo libre.
Estaba cubierta de sudor, con mi franela mojada y respirando
agitadamente. Sentí escalofríos recorriendo toda mi piel y mis pezones se
habían endurecido. Mi vagina me ardía, recordando la forma en que fui
tocada en el sueño. Deslicé mi mano bajo la cobija y acomodé mis pantis.
Estaban mojadas y lujuriosas por aquel sueño. Quería esos dedos
excitándome, incluso con la disparatada idea de formar un trío. Fue algo
loco e irreal, pero no fue nada más que un sueño. Un sensual y sudoroso
sueño, que Brad arruinó. Él no solo arruinaba mi sueño, también, mi vigilia.
Él lo arruinó todo.
Pude haber logrado escapar de Los Ángeles y de la crueldad de ese
hombre, pero la voz en mi sueño tenía mucha razón.
No podía escapar de él.
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