Tómame fuertemente

Vanessa Vale · Capítulo 3 de 21

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Tómame fuertemente

Capítulo 2

2

 

D ECLAN

 

COLE SE SENTÓ en la mesa conmigo y revisó su teléfono por una

millonésima vez. “Quizás ella no trabaje hoy”.

Le seguí la discusión con un suspiro. “Jessie dijo que ella trabajaría a la

hora del almuerzo, ¿no? Si alguien conoce su horario, es Jessie. Ella estará

aquí. Solo relájate”.

La verdad era que yo estaba tan frustrado como Cole, pero lo podía

esconder mejor. No estaba preocupado de que Hannah no apareciera —la

nueva mesera nunca había llegado tarde en los últimos cinco días que

hemos venido a verla—, pero aún tenía mis reservas. Hannah Lauren era la

primera mujer a la que le habíamos puesto el ojo, ¿aun cuando ella era una

extraña de la que no conocíamos nada? Sí, eso definitivamente me ponía al

borde.

No cambiaba el hecho de que la quería —la queríamos—, pero mi

corazón me decía que algo le pasaba. Como policía que soy, esa corazonada

era lo que me mantenía vivo. Por eso la escuchaba.

Aquí en Bridgewater, los hombres sabemos reconocer cuándo

encontramos a la indicada. Era una costumbre que una mujer conviviera

con dos esposos, a veces hasta con tres. Fuimos criados para escuchar a

nuestros corazones e ir tras nuestra mujer con todo lo que teníamos. Nací en

una familia que creyó en ese concepto y que lo vivió. Tuve dos papás, vi la

dinámica entre ellos y mi mamá. Reconocía el amor cuando lo veía.

Reconocí que ellos se encargaban de cada una de las necesidades de mi

mamá. La ponían como la más alta prioridad. La consideraban el centro de

su mundo. Yo creía en eso, y quería eso para mi también. Cole y yo

habíamos decidido hacía años que compartiríamos una mujer. El problema

era que no la habíamos encontrado aún…, hasta ahora.

Sin embargo, esa voz en mi cabeza —la que me hizo un buen policía—

era muy difícil de callar, incluso si creía que Hannah podría ser nuestra.

Ella era hermosa, de eso no había duda, y había chispas en el aire

cuando ella estaba cerca. Demonios, se me ponía dura cada vez que la veía,

y sabía que Cole sentía lo mismo.

En mi mente, no cabía duda de que la atracción era mutua. No

necesitaba ser policía para saber eso. Sus ojos de esmeralda se ponían

intensos cuando hablábamos con ella, y ella se sonrojaba cada vez que le

lanzábamos un piropo o le dábamos un cumplido sugestivo. Habría

apostado a que pasaba tanto tiempo pensando en cómo seríamos nosotros en

la cama como nosotros pensando en cómo cogerla en todas las formas

posibles una vez que la hiciéramos nuestra.

¿Y cuál era el problema? La queríamos, ella nos quería…, deberíamos

celebrar el hecho de que, por fin, la habíamos encontrado, al sentarnos aquí,

mirándonos entre nosotros como dos animales enjaulados. Esperando. Sabía

cuál era el problema con Cole; él tenía mucho que superar antes de confiar

en una mujer, después de lo que les hizo su madrastra a él y su padre. Yo

sabía todo el asunto y andaba bien con eso. Al igual que mis padres y abuelos, sabía que una vez que viniera la chica ideal, ella ayudaría a Cole a

superarlo.

Nunca pensé que yo sería el acomplejado cuando la conocimos, y mi

problema era más difícil de descifrar. Desde el momento en que vimos a

Hannah hacía cinco días, sabía que era la indicada para nosotros. No

obstante, mientras más sabía sobre ella —o mejor dicho, mientras más

desconocíamos de ella en nuestras conversaciones—, más me advertía mi

policía interior que me detuviera y buscara respuestas.

Jessie se dirigió a nuestra mesa con una jarra de café. Ella era la única

en el pueblo que sabía todo sobre Hannah, quien apareció de la nada hacía

dos semanas. Por lo que pude averiguar, o bien ella no sabía mucho después

de todo o no quería contarnos. Podía guardar secretos mucho mejor que una

bóveda sellada. Aunque apreciaba eso, en este caso, realmente quería

llevarla a la estación e interrogarla hasta que hablara.

“Jessie, ¿ella trabajará hoy?”, preguntó Cole.

El tema de ella salió sin querer. Cole y yo no éramos exactamente

sutiles respecto a lo que nos interesaba.

“Ella llegará en cualquier minuto”. Jessie llenó la taza de Cole y luego

la mía, formando una amplia sonrisa en sus labios.

Jessie había iniciado el restaurante con sus dos esposos mucho antes de

que yo naciera. Decir que estaba complacida por nuestro interés en su nueva

mesera sería decir poco. Era una casamentera impresionante, y nosotros

habíamos evitado sus esfuerzos anteriormente, aunque ahora, buscábamos

su ayuda y ella disfrutaba vernos rogar.

“¿Has podido averiguar algo más sobre Hannah, como de dónde

viene?”, pregunté. “¿O qué está haciendo aquí? Si anda de paso o tal vez…

”.

Ella puso su mano en la cadera.

“Declan MacDonald, ya te lo he dicho mil veces y te lo vuelvo a decir.

No se nada más de lo que ya te dije. Si quieres saber más de la chica, te sugiero que le preguntes tú mismo”.

Cole sonrió en dirección a mí por encima de su taza. Como un

estudiante de primaria, mi mejor amigo pensaba que era divertido ver cómo

me regañaban. Yo sabía que nos reservábamos por Hannah, pero él se veía

como si pensara en que todo el misterio que rodeaba a esa mujer se

revelaría una vez que la sacáramos de esta cafetería y la lleváramos a

nuestra cama.

“Es solo curiosidad”, murmuré, tratando de evitar la mirada gruñona de

Jessie. Ella había sido cuidadosa y protectora con su nueva mesera, como si

fuera su propia hija.

“Cada día me haces las mismas preguntas”, dijo Jessie, chasqueando su

lengua mientras esperaba que Cole pusiera su taza para volverla a llenar. “Si

tanto te gusta la chica, deberías callar esa cabeza de policía tuya y empezar

a conocerla como un hombre normal”.

Sus palabras tenían más razón de la que ella creía. Mi “cabeza de

policía”, como ella lo llamaba, moría por conseguir respuestas. Hannah

Lauren era un misterio. Ni siquiera tenía carro, por lo que no podía buscarla

por el sistema del Departamento de Vehículos. No había registros sobre su

nombre. Demonios, no salía nada cuando buscaba a Hannah Lauren.

Parecía como si ella hubiera salido de la nada.

Mi instinto estaba diciéndome que había más información sobre ella de

la que ella mostraba, pero también me indicaba que no era ninguna

criminal. Rayos, hasta mimaba al señor Kirby, que era tan cascarrabias

como un gato recién caído al río. Ella se juntó con Sally y Violeta, las

amigas de Jessie y las chismosas del pueblo. Hannah parecía querer a todo

el mundo. ¡Hasta parecía que, incluso, nos quería a nosotros! Hasta cierto

punto, eso era lo que indicaba mi instinto.

Jessie me miró entrecerrando sus ojos, como si leyera mis

pensamientos. “Será mejor que te detengas, Declan. Ella es una chica muy dulce, y estoy realmente segura de que no es una asesina en serie

escondiéndose, si es lo que querías escuchar”.

Cole se reía sin parar ante mi disconformidad y tuve que contener el

deseo de golpearle en la cara mientras sentía cómo hervía mi sangre. Ella

estaba en lo cierto y yo lo sabía. Yo había sido policía desde que terminé la

universidad y esa manera de pensar era difícil de quitar. Investigar crímenes

e, incluso, las bromas juveniles o ebrios al volante, que eran casos poco

frecuentes en nuestro pueblo, me hacían sospechar. La gente de

Bridgewater tendía a confiar entre sí y, aun, en extraños. Era algo bueno,

pero a veces, las cosas malas podían pasarle a la gente buena.

Jessie tenía un punto a favor y se lo resalté, lo que apagó parte del fuego

en sus ojos. “Muy bien”. Estaría condenado si la mirada de Jessie no

estuviera llena de picardía mientras apuntaba a Cole y luego a mí. “Ustedes

dos deberían dejar de perder el maldito tiempo e invitarla a salir, si me lo

preguntan”.

Cole y yo intercambiamos miradas. Planeábamos hacer eso

exactamente, dada la oportunidad. Ya habíamos acordado que ella sería

nuestra chica, ahora era solo cuestión de encontrar el momento adecuado

para invitarla a salir. Habíamos querido hacerlo estos últimos días, pero ella

se veía muy ocupada trabajando como para preguntarle.

“¿Lo crees?”, Cole nunca había sido del tipo revelador.

Jessie asintió. “Puedes apostar a que sí. Hannah es una dulzura y linda

como una pintura. Ella sería un buen partido para ustedes”.

“Espero que no se lo hayas dicho”, le dije, tratando de voltear mis ojos.

Si bien era estupendo que Jessie nos diera su opinión sobre Hannah, un

hombre no necesitaba una madre sustituta haciendo su trabajo por él. Estaba

sorprendido de que mi madre real aún no hubiera escuchado de nuestro

interés por la nueva mesera. Había estado esperando la llamada por días.

“No queremos asustarla”.

Jessie resopló. “Claro que no. Dejaré que ustedes le digan que son un

paquete todo-incluido y están cazando una esposa. Yo solo le dije que los

dos son hombres jóvenes y solteros”. Ella nos guiñó el ojo. “Yo ya hice mi

parte. Ahora les toca a los dos el resto”.

“Daremos lo mejor de nosotros”, le dije. “Y te prometo que no haré

nada de preguntas policiales de aquí en adelante. La conoceré de la manera

tradicional”.

Si la forma tradicional se refiriera a besarla hasta dejarla sin aliento,

conocer cada una de sus curvas y hacerla gemir, que se sienta caliente y

hacer que se corra, entonces sí me apuntaría a la tarea.

Cuando Jessie se alejó, hizo una sonrisa de satisfacción ante el hecho de

haber ganado el argumento.

“Le acabas de mentir a esa amable señora”, dijo Cole mientras Jessie se

dirigía hacia la barra. “No lo vas a evitar, ¿verdad? Eres como un perro con

un hueso cuando piensas que hay algo fuera de lugar”.

Me incliné sobre la mesa y bajé la voz. “No voy a cazar brujas, si es a lo

que te refieres. Solo quiero conocerla más, de dónde viene, qué la trae por

aquí. Si Hannah es la indicada para nosotros, pienso que querrías saberlo

también”.

Cole removió su taza entre sus manos. Le tomó mucho tiempo admitir

que ella podía ser la indicada, y ahora yo podía ver, prácticamente, cómo

empezaba a trabajar su cerebro. “Si ella es la indicada para nosotros…”,

dijo. “No estamos del todo seguros”.

Di un resoplido de asombro, justo antes de tomar un sorbo de mi café.

“¿Ahora quién es el mentiroso? He visto la manera en que la miras. No

puedes quitarle los ojos de encima. De esas largas piernas y sensuales

curvas”.

Él asintió lentamente. “No lo puedo negar. Esa mujer es candente como

el infierno y sensual como el pecado”.

“Y…”, le pinché. Quería escuchar esas palabras salir de su boca.

Él frunció el ceño. “Y sabes tan bien como yo que espero que realmente

sea nuestra”.

Traté de no sonreír —admitir eso fue más que suficiente—. Solo me

alegraba saber que estábamos de acuerdo. Hannah era nuestra.

“Hay una conexión entre nosotros tres”, dijo lentamente. “Y espero, por

nuestro bien, que nuestros instintos tengan razón”.

Por Dios, había más. “Pero…”.

Cole se acercó a la mesa y meneó la cabeza. “Tú sabes muy bien por

qué me reservo”.

Lo sabía, y también sabía que una vez que conociéramos a Hannah, él lo

superaría. Al igual que yo superaría mi problema una vez que la dejáramos

entrar a nuestras vidas. Tenía dudas sobre la mujer en sí, lo que podría

resolverse en unas cuantas citas. Cole tenía problemas con su pasado que

nublaba su juicio hacia cualquier otra mujer. Si Hannah era digna de ser

nuestra esposa, entonces esos problemas no lo iban a acosar.

“Cole, ella no se parece en nada a Courtney. Tienes que entenderlo”.

La madrastra de Cole era una buscatesoros que había tomado a su papá

como mina de oro. Fue una experiencia cruel y rara. Ella había preparado

sus trucos para atrapar al pobre viudo y casarse con él, solo para divorciarse

un tiempo después y llevarse parte de su dinero. Con la propiedad vasta de

aquel hombre, se había quedado con parte de la la riqueza de Montana. Era

rico, pero no lo presumía. Cole, que era un adolescente en ese entonces,

podía ver con impotencia cómo esa perra aplastaba el espíritu del pobre

hombre. Cole creía que sus acciones fueron la razón por la que su padre

tuvo un ataque cardíaco y murió meses después.

Me amargó el solo pensar en lo que había hecho esa bruja. Pero en el

caso de Cole, eso lo había hartado. Lo hizo pensar que las mujeres no eran

de fiar, mucho menos para confiarles su corazón. Mi instinto me decía que

algo le ocurría a Hannah, pero no era que estuviera interesada en el rancho y el dinero de Cole, lo que lo podría llevar a la misma situación que pasó

antes con Courtney. Rayos, incluso antes de que sus padres fallecieran.

Él se encogió de hombros, pero antes de que pudiera decir algo sobre el

tema, lo detuve. “Ya está aquí”.

Cole se dio la vuelta sobre su asiento para ver a la mujer en cuestión y,

entonces, nos quedamos mirándola, avergonzados. Demonios, estábamos

hipnotizados. Hannah. Ella era como una brisa fresca cruzando la entrada

de la cafetería. Incluso si no hubiera escuchado la campana pegada a la

entrada, me hubiera dado cuenta de que había llegado. Quizás yo era un

romántico, pero podía haber jurado que la atmósfera se había sentido

pesada hasta hacía un momento. Por Dios, ¡cuánto la deseo! Me removí en

mi asiento debido a mi dura erección. Mi mente quizás tuviera dudas

respecto a ella, pero mi pene, no.

Hannah nos vio enseguida y tras una breve pausa, tan breve que la

mayoría de la gente no se dio cuenta, siguió caminando a través del

restaurante para llegar a nuestra mesa después de dejar su bolso en la barra.

Sí, vino directamente hacia nosotros. Estaba interesada.

Dios, era tan jodidamente hermosa. Me moría por levantar mi mano y

pasar mi dedo índice por su mejilla. Sin maquillaje y con una cola de

caballo, esa mujer seguía siendo atractiva. Unos pómulos altos y una mirada

con enormes ojos verdes le daban un aspecto exótico —bueno, exótico para

Bridgewater, al menos—. Su pelo oscuro arreglado en una cola de caballo,

como siempre, y ese uniforme que no debería ser sexy —demonios, no

había nada sexy en él cuando Jessie lo usaba— y aun así, le quedaba muy

bien a Hannah. Me hacía querer saber lo que llevaba debajo. Ella era

pequeña, con senos muy redondos y unas buenas curvas en su trasero. Y

esas piernas…, mierda, había soñado con tener esas piernas alrededor de mi

cadera por primera vez desde que la vi.

Ella llegó a nuestra mesa y se detuvo, con papel y lápiz en mano. “Hola,

chicos. Veo que ya tienen el café listo. ¿Qué más puedo hacer por ustedes?”.

Fue lo mismo que ella decía todos los días de la semana. La diferencia,

esta vez, era que habíamos llegado antes y habíamos tomado nuestro café.

No necesitábamos más nada aparte de ella. La cafetería no se iba a empezar

a llenar hasta los próximos, al menos, veinte minutos, lo que significaba que

ella podía quedarse a charlar. Esta vez, no podía huir de nosotros sin darnos

la oportunidad de pedirle una cita.

Cole no perdió el tiempo. “Cálmate, Hannah. Acabas de llegar al trabajo

y no hay nadie más aquí. ¿Por qué no tomas asiento y nos haces compañía

un rato, antes de que tu turno empiece de verdad?”.

Para reforzar sus palabras, me moví de mi asiento y le di palmadas al

espacio vacío a mi lado.

Y fue justo ahí, en sus ojos. Podía jurar haber visto un rasgo de cautela

en sus lindos gestos faciales antes de que mostrara ese hoyuelo en su mejilla

que solía aparecer cuando le sonreía a todos los clientes. Miró a su

alrededor, contemplando el casi vacío restaurante. “No estoy segura de si

debería…”.

“Jessie, dile a Hannah que tomarse cinco minutos de descanso no es un

crimen en este pueblo”, dijo Cole.

“Acabo de llegar. ¡No puedo tomar un descanso así nomás!”.

La risa de Jessie recorrió todo el restaurante. “Tómate un descanso,

chica. Has estado desgastándote con tus turnos toda la semana. Donna y yo

nos podemos encargar del almuerzo”.

Para darle crédito, Hannah se rindió mostrando una pequeña sonrisa y

se sentó a la mesa, a mi lado, aunque ella mantenía unos vasta distancia de

centímetros entre mi ancho hombro y el suyo, pequeño y cubierto por el

uniforme.

Demonios, su aroma era mejor de lo que había recordado. Limpia y

femenina, la esencia de su jabón y champú, o lo que sea que usara, me tenía

drogado. Fresas, sandías o algo dulce que hacía que quisiera lamer todo su cuerpo. “Así que, Hannah”, dije, con una voz más áspera. “Cuéntanos sobre

ti”.

Cole levantó una ceja, pero lo ignoré. Estaba muy ocupado viendo la

reacción de Hannah por la pregunta. Esa sonrisa ni se movió cuando ella

encogió un hombro. “A decir verdad, no hay mucho que decir. ¿Qué hay de

ustedes? ¿Cuánto tiempo llevan viviendo en Bridgewater?”.

“Nacimos aquí y aquí nos criaron”, dijo Cole.

“¿De dónde vienes?”, intenté de nuevo.

“Pues vengo de aquí y de allá”. Su sonrisa se amplió más y pude ver ese

pequeño hoyuelo en su mejilla. “Me considero una clase de nómada”.

La mirada de Cole se cruzó con la mía, y sabía que ella estaba

consciente de que estaba evitando la pregunta. “¿Por casualidad eres de

Montana?”.

Él echó un vistazo en dirección hacia mí y pude leer su sonrisa clara

como el día. Había preguntado eso para el beneficio de mi curiosidad.

Quizás pensaba que me estaba volviendo paranoico, pero solo entró para

jugar conmigo, especialmente cuando sus tácticas de evasión eran muy

obvias.

“No, y siento envidia por eso”, respondió. “No puedo imaginarme un

mejor lugar para crecer. Ustedes debieron tener grandes aventuras en esas

montañas”. Ella señaló la ventana en dirección a los Picos Españoles, muy

lejos.

Su mirada era ingenua cuando la dirigía hacia mi lado, pero podía ver

una chispa de inteligencia ahí —ella sabía exactamente lo que estaba

haciendo—, y lo estaba haciendo bien. Rayos, ella podía dar un curso sobre

distracciones en la academia de policía.

Claro, Cole mordió el anzuelo y le contó una historia sobre nuestra

infancia, sobre la vez que nos encontramos atrapados en una tormenta de

nieve mientras acampábamos en el bosque. Era una historia que habíamos contado muchas veces, que podíamos recitarla sin problemas, y la risa de

Hannah sonó genuina.

Yo casi no le presté atención a la historia, estaba muy enfocado en ver

las reacciones de Hannah y en tratar de averiguar cómo preguntarle algo

más sin que esta charla se transformase en un interrogatorio. Para el

momento en que la historia de Cole terminó, me di cuenta de que él tenía

una buena idea. Si queríamos que ella nos abriera su corazón,

necesitábamos abrir el nuestro primero. Esa era la razón por la cual

queríamos invitarla a salir. Una vez que saliéramos en una cita apropiada,

con suerte, ella se animaría a conocernos mejor y, entonces, estaría

dispuesta a mostrarse tal cual era.

“No te gustaría estar mucho por aquí en enero, cuando hay pisos de

nieve de un metro de grosor y el frío no deja que sientas los dedos por

meses”, dijo Cole, finalizando su historia.

Hannah empezó a moverse de su puesto, preparándose para levantarse.

“Será mejor que regrese a trabajar”.

Puse mi mano sobre la de ella. “No tan rápid…”.

Ella soltó su mano por debajo de la mía tan velozmente que me dejó

sorprendido. Seguí hablando, pretendiendo que no me había dado cuenta

del sonrojo que salía de sus mejillas. Sin embargo, no era timidez o

vergüenza lo que la alejaba de mí. Mi instinto se retorció al ver el destello

de miedo en sus ojos. Fue por un segundo y se esfumó, pero no podía

haberlo ignorado. Rayos, no fue mi intención asustarla.

“No te vayas todavía. Cole y yo queremos pedirte algo”.

Sus hombros estaban rígidos, pero ella permanecía sentada. Miró entre

nosotros dos como si viera un partido de tenis.

“Queremos salir contigo esta noche”, dijo Cole.

Su confusión fue tan clara como el día mientras nos miraba. “¿Cómo?

¿Como amigos?”.

Cole y yo intercambiamos miradas antes de que yo explicara. “No como

amigos. Definitivamente, no”.

 

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