Tómame fuertemente
Capítulo 2
2
D ECLAN
COLE SE SENTÓ en la mesa conmigo y revisó su teléfono por una
millonésima vez. “Quizás ella no trabaje hoy”.
Le seguí la discusión con un suspiro. “Jessie dijo que ella trabajaría a la
hora del almuerzo, ¿no? Si alguien conoce su horario, es Jessie. Ella estará
aquí. Solo relájate”.
La verdad era que yo estaba tan frustrado como Cole, pero lo podía
esconder mejor. No estaba preocupado de que Hannah no apareciera —la
nueva mesera nunca había llegado tarde en los últimos cinco días que
hemos venido a verla—, pero aún tenía mis reservas. Hannah Lauren era la
primera mujer a la que le habíamos puesto el ojo, ¿aun cuando ella era una
extraña de la que no conocíamos nada? Sí, eso definitivamente me ponía al
borde.
No cambiaba el hecho de que la quería —la queríamos—, pero mi
corazón me decía que algo le pasaba. Como policía que soy, esa corazonada
era lo que me mantenía vivo. Por eso la escuchaba.
Aquí en Bridgewater, los hombres sabemos reconocer cuándo
encontramos a la indicada. Era una costumbre que una mujer conviviera
con dos esposos, a veces hasta con tres. Fuimos criados para escuchar a
nuestros corazones e ir tras nuestra mujer con todo lo que teníamos. Nací en
una familia que creyó en ese concepto y que lo vivió. Tuve dos papás, vi la
dinámica entre ellos y mi mamá. Reconocía el amor cuando lo veía.
Reconocí que ellos se encargaban de cada una de las necesidades de mi
mamá. La ponían como la más alta prioridad. La consideraban el centro de
su mundo. Yo creía en eso, y quería eso para mi también. Cole y yo
habíamos decidido hacía años que compartiríamos una mujer. El problema
era que no la habíamos encontrado aún…, hasta ahora.
Sin embargo, esa voz en mi cabeza —la que me hizo un buen policía—
era muy difícil de callar, incluso si creía que Hannah podría ser nuestra.
Ella era hermosa, de eso no había duda, y había chispas en el aire
cuando ella estaba cerca. Demonios, se me ponía dura cada vez que la veía,
y sabía que Cole sentía lo mismo.
En mi mente, no cabía duda de que la atracción era mutua. No
necesitaba ser policía para saber eso. Sus ojos de esmeralda se ponían
intensos cuando hablábamos con ella, y ella se sonrojaba cada vez que le
lanzábamos un piropo o le dábamos un cumplido sugestivo. Habría
apostado a que pasaba tanto tiempo pensando en cómo seríamos nosotros en
la cama como nosotros pensando en cómo cogerla en todas las formas
posibles una vez que la hiciéramos nuestra.
¿Y cuál era el problema? La queríamos, ella nos quería…, deberíamos
celebrar el hecho de que, por fin, la habíamos encontrado, al sentarnos aquí,
mirándonos entre nosotros como dos animales enjaulados. Esperando. Sabía
cuál era el problema con Cole; él tenía mucho que superar antes de confiar
en una mujer, después de lo que les hizo su madrastra a él y su padre. Yo
sabía todo el asunto y andaba bien con eso. Al igual que mis padres y abuelos, sabía que una vez que viniera la chica ideal, ella ayudaría a Cole a
superarlo.
Nunca pensé que yo sería el acomplejado cuando la conocimos, y mi
problema era más difícil de descifrar. Desde el momento en que vimos a
Hannah hacía cinco días, sabía que era la indicada para nosotros. No
obstante, mientras más sabía sobre ella —o mejor dicho, mientras más
desconocíamos de ella en nuestras conversaciones—, más me advertía mi
policía interior que me detuviera y buscara respuestas.
Jessie se dirigió a nuestra mesa con una jarra de café. Ella era la única
en el pueblo que sabía todo sobre Hannah, quien apareció de la nada hacía
dos semanas. Por lo que pude averiguar, o bien ella no sabía mucho después
de todo o no quería contarnos. Podía guardar secretos mucho mejor que una
bóveda sellada. Aunque apreciaba eso, en este caso, realmente quería
llevarla a la estación e interrogarla hasta que hablara.
“Jessie, ¿ella trabajará hoy?”, preguntó Cole.
El tema de ella salió sin querer. Cole y yo no éramos exactamente
sutiles respecto a lo que nos interesaba.
“Ella llegará en cualquier minuto”. Jessie llenó la taza de Cole y luego
la mía, formando una amplia sonrisa en sus labios.
Jessie había iniciado el restaurante con sus dos esposos mucho antes de
que yo naciera. Decir que estaba complacida por nuestro interés en su nueva
mesera sería decir poco. Era una casamentera impresionante, y nosotros
habíamos evitado sus esfuerzos anteriormente, aunque ahora, buscábamos
su ayuda y ella disfrutaba vernos rogar.
“¿Has podido averiguar algo más sobre Hannah, como de dónde
viene?”, pregunté. “¿O qué está haciendo aquí? Si anda de paso o tal vez…
”.
Ella puso su mano en la cadera.
“Declan MacDonald, ya te lo he dicho mil veces y te lo vuelvo a decir.
No se nada más de lo que ya te dije. Si quieres saber más de la chica, te sugiero que le preguntes tú mismo”.
Cole sonrió en dirección a mí por encima de su taza. Como un
estudiante de primaria, mi mejor amigo pensaba que era divertido ver cómo
me regañaban. Yo sabía que nos reservábamos por Hannah, pero él se veía
como si pensara en que todo el misterio que rodeaba a esa mujer se
revelaría una vez que la sacáramos de esta cafetería y la lleváramos a
nuestra cama.
“Es solo curiosidad”, murmuré, tratando de evitar la mirada gruñona de
Jessie. Ella había sido cuidadosa y protectora con su nueva mesera, como si
fuera su propia hija.
“Cada día me haces las mismas preguntas”, dijo Jessie, chasqueando su
lengua mientras esperaba que Cole pusiera su taza para volverla a llenar. “Si
tanto te gusta la chica, deberías callar esa cabeza de policía tuya y empezar
a conocerla como un hombre normal”.
Sus palabras tenían más razón de la que ella creía. Mi “cabeza de
policía”, como ella lo llamaba, moría por conseguir respuestas. Hannah
Lauren era un misterio. Ni siquiera tenía carro, por lo que no podía buscarla
por el sistema del Departamento de Vehículos. No había registros sobre su
nombre. Demonios, no salía nada cuando buscaba a Hannah Lauren.
Parecía como si ella hubiera salido de la nada.
Mi instinto estaba diciéndome que había más información sobre ella de
la que ella mostraba, pero también me indicaba que no era ninguna
criminal. Rayos, hasta mimaba al señor Kirby, que era tan cascarrabias
como un gato recién caído al río. Ella se juntó con Sally y Violeta, las
amigas de Jessie y las chismosas del pueblo. Hannah parecía querer a todo
el mundo. ¡Hasta parecía que, incluso, nos quería a nosotros! Hasta cierto
punto, eso era lo que indicaba mi instinto.
Jessie me miró entrecerrando sus ojos, como si leyera mis
pensamientos. “Será mejor que te detengas, Declan. Ella es una chica muy dulce, y estoy realmente segura de que no es una asesina en serie
escondiéndose, si es lo que querías escuchar”.
Cole se reía sin parar ante mi disconformidad y tuve que contener el
deseo de golpearle en la cara mientras sentía cómo hervía mi sangre. Ella
estaba en lo cierto y yo lo sabía. Yo había sido policía desde que terminé la
universidad y esa manera de pensar era difícil de quitar. Investigar crímenes
e, incluso, las bromas juveniles o ebrios al volante, que eran casos poco
frecuentes en nuestro pueblo, me hacían sospechar. La gente de
Bridgewater tendía a confiar entre sí y, aun, en extraños. Era algo bueno,
pero a veces, las cosas malas podían pasarle a la gente buena.
Jessie tenía un punto a favor y se lo resalté, lo que apagó parte del fuego
en sus ojos. “Muy bien”. Estaría condenado si la mirada de Jessie no
estuviera llena de picardía mientras apuntaba a Cole y luego a mí. “Ustedes
dos deberían dejar de perder el maldito tiempo e invitarla a salir, si me lo
preguntan”.
Cole y yo intercambiamos miradas. Planeábamos hacer eso
exactamente, dada la oportunidad. Ya habíamos acordado que ella sería
nuestra chica, ahora era solo cuestión de encontrar el momento adecuado
para invitarla a salir. Habíamos querido hacerlo estos últimos días, pero ella
se veía muy ocupada trabajando como para preguntarle.
“¿Lo crees?”, Cole nunca había sido del tipo revelador.
Jessie asintió. “Puedes apostar a que sí. Hannah es una dulzura y linda
como una pintura. Ella sería un buen partido para ustedes”.
“Espero que no se lo hayas dicho”, le dije, tratando de voltear mis ojos.
Si bien era estupendo que Jessie nos diera su opinión sobre Hannah, un
hombre no necesitaba una madre sustituta haciendo su trabajo por él. Estaba
sorprendido de que mi madre real aún no hubiera escuchado de nuestro
interés por la nueva mesera. Había estado esperando la llamada por días.
“No queremos asustarla”.
Jessie resopló. “Claro que no. Dejaré que ustedes le digan que son un
paquete todo-incluido y están cazando una esposa. Yo solo le dije que los
dos son hombres jóvenes y solteros”. Ella nos guiñó el ojo. “Yo ya hice mi
parte. Ahora les toca a los dos el resto”.
“Daremos lo mejor de nosotros”, le dije. “Y te prometo que no haré
nada de preguntas policiales de aquí en adelante. La conoceré de la manera
tradicional”.
Si la forma tradicional se refiriera a besarla hasta dejarla sin aliento,
conocer cada una de sus curvas y hacerla gemir, que se sienta caliente y
hacer que se corra, entonces sí me apuntaría a la tarea.
Cuando Jessie se alejó, hizo una sonrisa de satisfacción ante el hecho de
haber ganado el argumento.
“Le acabas de mentir a esa amable señora”, dijo Cole mientras Jessie se
dirigía hacia la barra. “No lo vas a evitar, ¿verdad? Eres como un perro con
un hueso cuando piensas que hay algo fuera de lugar”.
Me incliné sobre la mesa y bajé la voz. “No voy a cazar brujas, si es a lo
que te refieres. Solo quiero conocerla más, de dónde viene, qué la trae por
aquí. Si Hannah es la indicada para nosotros, pienso que querrías saberlo
también”.
Cole removió su taza entre sus manos. Le tomó mucho tiempo admitir
que ella podía ser la indicada, y ahora yo podía ver, prácticamente, cómo
empezaba a trabajar su cerebro. “Si ella es la indicada para nosotros…”,
dijo. “No estamos del todo seguros”.
Di un resoplido de asombro, justo antes de tomar un sorbo de mi café.
“¿Ahora quién es el mentiroso? He visto la manera en que la miras. No
puedes quitarle los ojos de encima. De esas largas piernas y sensuales
curvas”.
Él asintió lentamente. “No lo puedo negar. Esa mujer es candente como
el infierno y sensual como el pecado”.
“Y…”, le pinché. Quería escuchar esas palabras salir de su boca.
Él frunció el ceño. “Y sabes tan bien como yo que espero que realmente
sea nuestra”.
Traté de no sonreír —admitir eso fue más que suficiente—. Solo me
alegraba saber que estábamos de acuerdo. Hannah era nuestra.
“Hay una conexión entre nosotros tres”, dijo lentamente. “Y espero, por
nuestro bien, que nuestros instintos tengan razón”.
Por Dios, había más. “Pero…”.
Cole se acercó a la mesa y meneó la cabeza. “Tú sabes muy bien por
qué me reservo”.
Lo sabía, y también sabía que una vez que conociéramos a Hannah, él lo
superaría. Al igual que yo superaría mi problema una vez que la dejáramos
entrar a nuestras vidas. Tenía dudas sobre la mujer en sí, lo que podría
resolverse en unas cuantas citas. Cole tenía problemas con su pasado que
nublaba su juicio hacia cualquier otra mujer. Si Hannah era digna de ser
nuestra esposa, entonces esos problemas no lo iban a acosar.
“Cole, ella no se parece en nada a Courtney. Tienes que entenderlo”.
La madrastra de Cole era una buscatesoros que había tomado a su papá
como mina de oro. Fue una experiencia cruel y rara. Ella había preparado
sus trucos para atrapar al pobre viudo y casarse con él, solo para divorciarse
un tiempo después y llevarse parte de su dinero. Con la propiedad vasta de
aquel hombre, se había quedado con parte de la la riqueza de Montana. Era
rico, pero no lo presumía. Cole, que era un adolescente en ese entonces,
podía ver con impotencia cómo esa perra aplastaba el espíritu del pobre
hombre. Cole creía que sus acciones fueron la razón por la que su padre
tuvo un ataque cardíaco y murió meses después.
Me amargó el solo pensar en lo que había hecho esa bruja. Pero en el
caso de Cole, eso lo había hartado. Lo hizo pensar que las mujeres no eran
de fiar, mucho menos para confiarles su corazón. Mi instinto me decía que
algo le ocurría a Hannah, pero no era que estuviera interesada en el rancho y el dinero de Cole, lo que lo podría llevar a la misma situación que pasó
antes con Courtney. Rayos, incluso antes de que sus padres fallecieran.
Él se encogió de hombros, pero antes de que pudiera decir algo sobre el
tema, lo detuve. “Ya está aquí”.
Cole se dio la vuelta sobre su asiento para ver a la mujer en cuestión y,
entonces, nos quedamos mirándola, avergonzados. Demonios, estábamos
hipnotizados. Hannah. Ella era como una brisa fresca cruzando la entrada
de la cafetería. Incluso si no hubiera escuchado la campana pegada a la
entrada, me hubiera dado cuenta de que había llegado. Quizás yo era un
romántico, pero podía haber jurado que la atmósfera se había sentido
pesada hasta hacía un momento. Por Dios, ¡cuánto la deseo! Me removí en
mi asiento debido a mi dura erección. Mi mente quizás tuviera dudas
respecto a ella, pero mi pene, no.
Hannah nos vio enseguida y tras una breve pausa, tan breve que la
mayoría de la gente no se dio cuenta, siguió caminando a través del
restaurante para llegar a nuestra mesa después de dejar su bolso en la barra.
Sí, vino directamente hacia nosotros. Estaba interesada.
Dios, era tan jodidamente hermosa. Me moría por levantar mi mano y
pasar mi dedo índice por su mejilla. Sin maquillaje y con una cola de
caballo, esa mujer seguía siendo atractiva. Unos pómulos altos y una mirada
con enormes ojos verdes le daban un aspecto exótico —bueno, exótico para
Bridgewater, al menos—. Su pelo oscuro arreglado en una cola de caballo,
como siempre, y ese uniforme que no debería ser sexy —demonios, no
había nada sexy en él cuando Jessie lo usaba— y aun así, le quedaba muy
bien a Hannah. Me hacía querer saber lo que llevaba debajo. Ella era
pequeña, con senos muy redondos y unas buenas curvas en su trasero. Y
esas piernas…, mierda, había soñado con tener esas piernas alrededor de mi
cadera por primera vez desde que la vi.
Ella llegó a nuestra mesa y se detuvo, con papel y lápiz en mano. “Hola,
chicos. Veo que ya tienen el café listo. ¿Qué más puedo hacer por ustedes?”.
Fue lo mismo que ella decía todos los días de la semana. La diferencia,
esta vez, era que habíamos llegado antes y habíamos tomado nuestro café.
No necesitábamos más nada aparte de ella. La cafetería no se iba a empezar
a llenar hasta los próximos, al menos, veinte minutos, lo que significaba que
ella podía quedarse a charlar. Esta vez, no podía huir de nosotros sin darnos
la oportunidad de pedirle una cita.
Cole no perdió el tiempo. “Cálmate, Hannah. Acabas de llegar al trabajo
y no hay nadie más aquí. ¿Por qué no tomas asiento y nos haces compañía
un rato, antes de que tu turno empiece de verdad?”.
Para reforzar sus palabras, me moví de mi asiento y le di palmadas al
espacio vacío a mi lado.
Y fue justo ahí, en sus ojos. Podía jurar haber visto un rasgo de cautela
en sus lindos gestos faciales antes de que mostrara ese hoyuelo en su mejilla
que solía aparecer cuando le sonreía a todos los clientes. Miró a su
alrededor, contemplando el casi vacío restaurante. “No estoy segura de si
debería…”.
“Jessie, dile a Hannah que tomarse cinco minutos de descanso no es un
crimen en este pueblo”, dijo Cole.
“Acabo de llegar. ¡No puedo tomar un descanso así nomás!”.
La risa de Jessie recorrió todo el restaurante. “Tómate un descanso,
chica. Has estado desgastándote con tus turnos toda la semana. Donna y yo
nos podemos encargar del almuerzo”.
Para darle crédito, Hannah se rindió mostrando una pequeña sonrisa y
se sentó a la mesa, a mi lado, aunque ella mantenía unos vasta distancia de
centímetros entre mi ancho hombro y el suyo, pequeño y cubierto por el
uniforme.
Demonios, su aroma era mejor de lo que había recordado. Limpia y
femenina, la esencia de su jabón y champú, o lo que sea que usara, me tenía
drogado. Fresas, sandías o algo dulce que hacía que quisiera lamer todo su cuerpo. “Así que, Hannah”, dije, con una voz más áspera. “Cuéntanos sobre
ti”.
Cole levantó una ceja, pero lo ignoré. Estaba muy ocupado viendo la
reacción de Hannah por la pregunta. Esa sonrisa ni se movió cuando ella
encogió un hombro. “A decir verdad, no hay mucho que decir. ¿Qué hay de
ustedes? ¿Cuánto tiempo llevan viviendo en Bridgewater?”.
“Nacimos aquí y aquí nos criaron”, dijo Cole.
“¿De dónde vienes?”, intenté de nuevo.
“Pues vengo de aquí y de allá”. Su sonrisa se amplió más y pude ver ese
pequeño hoyuelo en su mejilla. “Me considero una clase de nómada”.
La mirada de Cole se cruzó con la mía, y sabía que ella estaba
consciente de que estaba evitando la pregunta. “¿Por casualidad eres de
Montana?”.
Él echó un vistazo en dirección hacia mí y pude leer su sonrisa clara
como el día. Había preguntado eso para el beneficio de mi curiosidad.
Quizás pensaba que me estaba volviendo paranoico, pero solo entró para
jugar conmigo, especialmente cuando sus tácticas de evasión eran muy
obvias.
“No, y siento envidia por eso”, respondió. “No puedo imaginarme un
mejor lugar para crecer. Ustedes debieron tener grandes aventuras en esas
montañas”. Ella señaló la ventana en dirección a los Picos Españoles, muy
lejos.
Su mirada era ingenua cuando la dirigía hacia mi lado, pero podía ver
una chispa de inteligencia ahí —ella sabía exactamente lo que estaba
haciendo—, y lo estaba haciendo bien. Rayos, ella podía dar un curso sobre
distracciones en la academia de policía.
Claro, Cole mordió el anzuelo y le contó una historia sobre nuestra
infancia, sobre la vez que nos encontramos atrapados en una tormenta de
nieve mientras acampábamos en el bosque. Era una historia que habíamos contado muchas veces, que podíamos recitarla sin problemas, y la risa de
Hannah sonó genuina.
Yo casi no le presté atención a la historia, estaba muy enfocado en ver
las reacciones de Hannah y en tratar de averiguar cómo preguntarle algo
más sin que esta charla se transformase en un interrogatorio. Para el
momento en que la historia de Cole terminó, me di cuenta de que él tenía
una buena idea. Si queríamos que ella nos abriera su corazón,
necesitábamos abrir el nuestro primero. Esa era la razón por la cual
queríamos invitarla a salir. Una vez que saliéramos en una cita apropiada,
con suerte, ella se animaría a conocernos mejor y, entonces, estaría
dispuesta a mostrarse tal cual era.
“No te gustaría estar mucho por aquí en enero, cuando hay pisos de
nieve de un metro de grosor y el frío no deja que sientas los dedos por
meses”, dijo Cole, finalizando su historia.
Hannah empezó a moverse de su puesto, preparándose para levantarse.
“Será mejor que regrese a trabajar”.
Puse mi mano sobre la de ella. “No tan rápid…”.
Ella soltó su mano por debajo de la mía tan velozmente que me dejó
sorprendido. Seguí hablando, pretendiendo que no me había dado cuenta
del sonrojo que salía de sus mejillas. Sin embargo, no era timidez o
vergüenza lo que la alejaba de mí. Mi instinto se retorció al ver el destello
de miedo en sus ojos. Fue por un segundo y se esfumó, pero no podía
haberlo ignorado. Rayos, no fue mi intención asustarla.
“No te vayas todavía. Cole y yo queremos pedirte algo”.
Sus hombros estaban rígidos, pero ella permanecía sentada. Miró entre
nosotros dos como si viera un partido de tenis.
“Queremos salir contigo esta noche”, dijo Cole.
Su confusión fue tan clara como el día mientras nos miraba. “¿Cómo?
¿Como amigos?”.
Cole y yo intercambiamos miradas antes de que yo explicara. “No como
amigos. Definitivamente, no”.
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