Tómame fuertemente
Capítulo 3
3
D ECLAN
“O H”, dijo ella, en un tono tan caído como sus hombros.
“Más que una cosa de amigos. Mucho más”, añadió Cole. “Una cita
conmigo y Dec”.
“¿Con los dos?”, preguntó ella, con los ojos abiertos.
“Verás”, comencé a decir. “Bridgewater es un poco inusual a su
manera…”.
“A su manera”, repitió ella lentamente, como si ello ayudara a despejar
lo ambiguo de mis palabras. Obviamente, Jessie no le había dicho nada.
“Bridgewater fue fundado por personas que creían que una mujer
debería tener siempre a su lado a alguien que la cuidara… y que la
quisiera”, dijo Cole.
Ella pestañeó rápidamente, como si Cole estuviera hablando en una
lengua extranjera y no comprendiera.
Pensé que lo mejor era acabar con esto de una vez, tan rápidamente
como quitar una curita de una herida. “Aquí en Bridgewater, por lo general una mujer se casa con dos hombres”.
Luego de un breve silencio, Hannah dejó escapar una carcajada. “Dos
hombres. Claro”, dijo ella, estirando esa última palabra. “Están bromeando,
¿verdad?”.
Justo en ese momento, la campana sobre la puerta del frente sonó y
entró mi hermana Cara junto a sus dos esposos, Mike y Tyler. Aunque
nunca me había agradado que mi pequeña hermana tuviera citas, debía
admitir que sus hombres pusieron un anillo en su dedo una vez que ellos la
habían tenido en la mira, y eran buenos para ella. Asentí hacia ellos. “Mira
por ti misma. Esa es mi hermana, Cara, y sus esposos”.
Mike envolvió un brazo alrededor de la cadera de Cara, mientras se
dirigían a una mesa en la parte trasera, y Tyler tomó su mano, enroscándole
sus dedos. Hannah no podía dudar de mis palabras; mi hermana y yo
compartíamos el mismo cabello rojo.
“Oh, mi Dios”, dijo Hannah silenciosamente, mientras miraba con
atención, pero Cole y yo la escuchamos. Se revolvió en el asiento de la
mesa para levantarse. “Yo, em… Tengo que volver al trabajo”.
Aunque más clientes comenzaron a acomodarse en el restaurante, aún
no estaba lleno. “Quédate, Hannah”, le dije.
¿Fue mi imaginación o ella se encogió de miedo? Sabía que las
costumbres en Bridgewater eran diferentes, especialmente para una
forastera como Hannah, pero ella estaba nerviosa en vez de sorprendida.
“No hagas juicios hasta que los veas en acción”, dijo Cole, mirándola.
“La tasa de divorcio en este pueblo es extremadamente baja y las relaciones
duran toda la vida”.
Como antiguas residentes de Bridgewater —y chismosas del pueblo—
Violeta Kane y su amiga Sally Martin, se sentaron en la mesa con bancas
detrás de nosotros y ni siquiera intentaron disimular que escuchaban nuestra
conversación.
“¿Te dieron las noticias, eh?”, dijo Sally, con una estruendosa carcajada.
La agente de bienes raíces almorzaba todos los días en la misma mesa con
bancas y no se le había escapado nuestra propia presencia diaria en la
sección de Hannah en el restaurante. Ella tenía dos esposos, al igual que
Violeta; ésta última con su hijo Sam —quien junto con su primo Jack—
justo se habían comprometido con Katie Andrews. Estas mujeres estaban
muy familiarizadas con las costumbres de Bridgewater. Las vivían y hasta
se las inculcaron a sus hijos. “Deberías ver tu rostro”.
Violeta levantó su dedo anular y mostró su anillo de matrimonio.
“Treinta y cinco años de un sano y fuerte matrimonio con mis dos
hombres”.
“Eso, uh… Eso es genial”. La sonrisa de Hannah había regresado, pero
claramente seguía aturdida. “Dos hombres. Guau”.
Atrapé su mirada con la mía, devolviendo su atención hacia nosotros.
“Entonces, ¿qué dices? ¿Saldrás esta noche con Cole y conmigo?”.
Cole le dedicó esa sonrisa torcida que todas las chicas parecían amar.
“Solo un trago, cariño”.
Abrió sus ojos desmesuradamente y, un segundo de silencio después,
sacudió su cabeza como despertándose de un letargo. “Disculpen, es solo
que… No puedo creer que me están invitando a salir dos hombres al mismo
tiempo. Y, debo admitirlo, no he tenido mucha suerte ni siquiera con uno”.
Ella levantó una mano y echó hacia atrás un mechón de cabello rebelde, y
me percaté de la manera en la cual su mano se sacudió. “Entonces, ¿cómo
funciona esto? ¿Siempre salen en una cita juntos?”.
Sacudí mi cabeza. Sonaban voces a través de mi radio policial sobre la
mesa, por lo que ajusté el volumen al mínimo. Si había una emergencia,
debería sonar un pitido primero. “No siempre. Eres especial”.
“¿Espe…?”. La desconfianza la hizo sonreír con vacilación. “¿Especial?
¿Cómo?”.
“Eres nuestra”. La voz de Cole era baja y sorprendentemente posesiva.
Le lancé una mirada de advertencia cuando Hanna dio un pequeño paso
hacia atrás.
“No les pertenezco”, dijo ella, con un tono cortante y con rabia en sus
ojos.
Yo quería volver a ver esa coqueta sonrisa en sus labios. En vez de eso,
sus mejillas estaban pálidas y, si las miradas mataran, Cole ya estaría
muerto. Esta no era la manera en la que quería que se dieran las cosas.
Mierda, estábamos echando a perder nuestra oportunidad.
“Lo que Cole está intentando decir es que estamos interesados en ti, en
algo más que amigos. Creemos que tú puedes ser la indicada”, dije
rápidamente. Entonces, tuve que explicarle cómo los hombres en
Bridgewater saben, instintivamente, cuando conocen a sus parejas; el cómo
estaba predestinado.
Sus cejas se juntaron en un gesto de incredulidad, pero ni siquiera
intentó reírse. “¿Y eso es lo que ustedes creen, que yo estoy destinada a
ser…, qué carajos, su esposa?”.
“Lo creemos, sí”, dijo Cole. Su respuesta careció del tono posesivo de
hacía un rato, pero era un tono completamente serio y lo demostró con su
mirada.
“Pero nos gustaría que salieras con nosotros para que puedas verlo por ti
misma”, añadí.
“¿Que ustedes serían buenos maridos? Los dos”, dijo ella, como si ese
hecho ya fuera muy repetitivo. “Al mismo tiempo…”.
Observé que Cole sonreía satisfecho, pero ella pareció no darse cuenta,
gracias a Dios. Estaba ocupada mirando a la mesa en donde estaban Sally y
Violeta, para ver si estaban chismoseando. Yo no lo dudaba.
“Es correcto”, añadió Cole.
Se suponía que debíamos invitar a salir a esta mujer como caballeros, y
yo estaba muy seguro de no querer asustarla con una conversación sobre tríos. Aún no, por lo menos. De por sí, ella era bastante tímida.
Necesitábamos hacerla entrar en confianza con la idea, no darle un
garrotazo en la cabeza y llevárnosla a nuestra cama. Por lo menos, no
todavía.
No obstante, ¿cómo le dices a una mujer que quieres poseerla junto a
otro hombre? ¿Cómo le decíamos que no estábamos jugando? ¿Que
estábamos siendo totalmente honestos sobre esto? Sobre ella. ¿Cómo
íbamos a hacer con una mujer que parecía tener una evidente aversión hacia
los hombres posesivos? Intenté tomármelo con calma y esperar.
Sin embargo, Cole, aparentemente, tuvo otras ideas. Se echó a la carga y
tomó su mano. “Al mismo tiempo y de cualquier manera imaginable: tu
lugar está con nosotros, Hannah. Haremos que te des cuenta de ello”.
Yo supe lo que pasaría, y tuve la razón. Ella retiró su mano y dio un
paso para atrás con tal velocidad que pensé se tropezaría. Mierda. Le volví a
lanzar a Cole una mirada de advertencia. Aparentemente, él no se había
percatado de su reacción cuando yo había tomado la mano de ella antes que
él. Lo que sea que esta mujer estaba escondiendo sobre su pasado era
porque tenía miedo y nosotros solo lo habíamos empeorado. Era obvio que
había tenido novios que habían sido algo posesivos y eso no encajaba bien
conmigo. Alguien cargando con ese tipo de cosas del pasado podría,
fácilmente, malinterpretar nuestro interés por ser un poco dominantes y
tomarnos por obsesivos.
Mantuve mi voz baja y calmada, y traté de no moverme hacia ella.
“Hannah, lo sentimos. No queremos obligarte a nada, lo juro. Pero hemos
estado interesados en ti desde que ambos te vimos. Hemos estado viniendo
cada día desde entonces, esperando tan solo verte sonreírnos”.
Mi honestidad pareció ayudar, ya que su postura se relajó un poquito.
“Sally y Violeta, demonios, incluso Jessie, pueden dar fe de nosotros”.
No podía ver a las señoras a mis espaldas, aunque tuve que asumir que o estaban asintiendo con sus cabezas o haciendo señas con los pulgares hacia
arriba. Cole estaba mirando sobre mi hombro, sonriendo.
“A nosotros solo… nos gustas, y queremos conocerte un poco más”.
Esa era una completa mentira. No solo nos gustaba, la queríamos. Sabía
que ella iba a ser nuestra.
Hannah ojeó a las señoras, pero aún parecía temerosa. Por lo menos, no
había salido corriendo. Se paró junto a nuestra mesa, a una distancia segura,
mientras jugueteaba con su libreta y lapicera. Su mirada pasaba de Cole a
mí, y luego de vuelta.
“Si yo fuera treinta años más joven, cariño”, dijo Sally, “no me lo
pensaría demasiado tratándose de estos dos. Debes admitirlo, tienes a dos
hombres apuestos listos para hacerte suya. No son bichos raros, son
hombres de Bridgewater. Esa es la forma en la que están hechos por aquí:
grandes, dominantes y demasiado sexys para su propio bien. Si me dijeran
que me quisieran entre ellos, ¿crees que estaría aquí sentada? Carajo, no. Ve
a por ello. Y, por ello, quiero decir ambos”.
Debería recordar mandarle un gran ramo de flores a Sally más tarde por
su ayuda.
Para mi sorpresa, percibí algo en los ojos de Hannah, algo
escondiéndose entre el miedo y la desconfianza.
Atracción. ¡Sí! Había estado allí todo este tiempo, tal como habíamos
pensado. Había química entre nosotros. Química compartida, pero la había
espantado con todo nuestro parloteo sexual.
“Somos muy malos en tratar de invitar a salir a una mujer, ¿verdad?”,
pregunté, mirando cómo Hannah se mordía el labio inferior. “Dale una
oportunidad a estos dos idiotas”.
“Él es el idiota”, atajó Cole. “Te he dicho que te quiero, te quiero entre
nosotros. Eso es algo que no puedo arruinar”.
Miré a Cole, quien tomó un sorbo de café con una expresión petulante e
insoportable. Quizás él no era un idiota después de todo. Si una fantasía de estar con los dos era lo que nos daba la oportunidad de estar con ella, la
apoyaba en su totalidad.
Sin embargo, Hannah aún no había dicho que sí y yo tenía miedo de
presionar demasiado. Quizás ella estaba tentada, pero un simple tropezón la
haría salir corriendo velozmente como un rayo.
El destino, en forma de vecino entrometido, intervino.
Violeta añadió a las palabras de Sally. “Mujer, si dejas que estos chicos
se te escapen de entre los dedos, lo lamentarás. Y si estás preocupada por
toda esta cháchara cavernícola, ellos lo dicen en un buen sentido, créeme.
¡Por todos los cielos! Confía en la palabra de, prácticamente, cada mujer
casada de este pueblo”.
Hannah se sonrojó con un bonito tono rosado cuando se hizo evidente
que las mesas a nuestro alrededor, las cuales estaban repletas de clientes
tomando el almuerzo, estaban haciendo de esto su asunto. Sí, todos
supieron que nosotros estábamos interesados en ella. Demonios, la
habíamos estado visitando toda la semana. Nadie protestó ni dijeron que era
incorrecto que ella tuviera a dos hombres que le dijeran, en público, que
estaban interesados en hacerla su esposa. Más bien, todo lo contrario.
Teníamos al pueblo de nuestro lado.
Cole le guiñó un ojo.
“Es verdad. Todo lo que ellos han dicho desde que empezamos a
escucharlos”, añadió Violeta. “He conocido a estos chicos toda mi vida. No
podrías pedir hombres más finos que estos dos. ¿Verdad, Jessie?”.
Jessie caminaba por allí con una bandeja repleta de comida. “Ya le he
dicho que está loca si no permite que estos chicos le regalen un poco de
diversión. El Señor sabe que los necesita”.
El color en las mejillas de Hannah se hizo más brillante mientras fijaba
su mirada en sus manos, las cuales estaban sobre la mesa… O mirando a
cualquier otra parte para evitar hacer contacto visual. Claramente, Jessie
había dado en el clavo. Esta mujer necesitaba un poco de diversión. Y nosotros seríamos los hombres que se la daríamos. Probablemente, un
orgasmo o tres podrían ayudar a esta mujer a relajarse y abrirse un poquito
con nosotros.
Mierda. Odié el tener que admitir que Cole tenía la razón, pero parecía
que él sabía lo que estaba haciendo desde el comienzo: apelar al interés
sexual de Hannah y dejar que la idea de cuán genial seríamos los tres juntos
hiciera su efecto. “¿Saldrás con nosotros?”.
Ella finalmente levantó su mirada hacia mí.
Bajé el tono de mi voz y dejé que percibiera el deseo que estaba
intentando esconder. “¿Nos darías la oportunidad de brindarte un poco de
diversión?”.
Ella lamió sus labios y mi pene se endureció inmediatamente. Podía
adivinar que estaba pensando en cómo le íbamos a dar un poco de
diversión. Mierda, esta mujer estaba excitada y el simple hecho de saber
que tenía una pizca de curiosidad al respecto, me tenía preparado y listo
para la acción. Podía seguir curioseando, hacerme el interesado y llevar eso
un paso más allá de la excitación. ¡Qué no daría por probar esos dulces
labios, y otras partes de su cuerpo también!
La llegada repentina de mi hermana a nuestra mesa fue la ducha de agua
fría que necesitaba para mantener el control, para recordar que todos nos
estaban mirando y escuchando. Y entrometiéndose.
“¿Qué está pasando aquí?”, preguntó con una sonrisa pícara. “Todos en
este lugar están mirándolos intentando conquistar a la nueva y atractiva
mesera. Sin mucho éxito, si me permiten añadir, basándome en su rostro”.
Hannah se rio ante el comentario, lo cual rompió toda la tensión en su
cuerpo, y la sonrisa de mi hermana se hizo más ancha. “¿Qué tal?, soy
Cara”.
“Hannah Lauren”. Ella asintió. “Un placer conocerte”.
Mi hermana, quien era unas cuantas pulgadas más alta que Hannah,
pasó un brazo alrededor de ella, como si hubieran sido las mejores amigas por siempre. “Entonces, ¿qué te frena, señorita? ¿Necesitas que otra mujer
dé fe de estos chicos? Puedo decirte ahora que no podrías hacer nada mejor;
incluso si uno de ellos es mi fastidioso hermano mayor”.
Cole dejó escapar un bufido de diversión y levantó la mirada hacia
Hannah. “Ella tiene con qué para decirlo. Dec es un pesado”.
“Y tú eres prácticamente mi hermano, lo cual te hace tan fastidioso
como él”, añadió Cara. Se volteó hacia Hannah. “Es verdad. No estoy
siendo del todo justa”. Ella bajó su voz, como si quisiera evitar que los
chismosos oyeran. “Pero, de una mujer a otra, puedo decirte lo que te
perderías si no le das una oportunidad a la tradición de Bridgewater”.
Cara lanzó una mirada a su mesa, en donde Mike y Tyler estaban
sentados, y Hannah miró también. El susurro de mi hermana fue lo
suficientemente alto para que Cole y yo, y todos los demás a nuestro
alrededor, escucharan. “En serio, cariño. Te debes a ti misma y a todo el
género femenino el darles una oportunidad a estos chicos”.
Con un guiño exagerado dejó caer su brazo y se dirigió de vuelta hacia
su mesa, diciendo, “Necesitamos nuestras bebidas pronto, Hannah. Te daré
todos los jugosos chismes sobre mi hermano”.
Hannah me dio la espalda; esos brillantes ojos verdes aún estaban
iluminados por la risa. Dios santo, ella era hermosa.
“Entonces, ¿qué dices?”, preguntó Sally.
Teníamos al pueblo en este asunto de preguntar todo sobre nosotros. No
estaba seguro si Cole y yo éramos completamente patéticos o si Hannah
necesitaba un poquito más de convencimiento que la mayoría. “Gracias a
todos, creo que Hannah entendió”, dije.
Todas las miradas estaban sobre Hannah y, finalmente, se rindió con una
sonrisa. “Claro, ¿por qué no? Además, todos me odiarían si no voy, por lo
menos a una cita contigo. Con ambos”.
“¡Escuché eso!”, dijo Jessie, volviendo a pasar. “Ahora que está todo
arreglado, dejen que la chica vuelva al trabajo”.
Hannah nos ofreció una última sonrisa antes de irse corriendo a tomar la
orden en una de las mesas donde se habían sentado comensales recién
llegados. Miré a Cole, quien se estaban echando hacia atrás en su asiento,
viéndose completamente complacido consigo mismo.
“¿Te diste cuenta de que aceptó salir con nosotros solo para quitarse de
encima a todo el mundo, verdad?”, le pregunté.
Eso no pareció afectarle. Se encogió de hombros. “Lo que sea que
debamos hacer para que ella esté entre nosotros. Realmente no importa
¿verdad? Si ella es la que es, se lo probaremos. Solo necesitamos una
oportunidad”.
No podía discutir eso. Si teníamos la oportunidad, le mostraríamos
cómo sería estar con nosotros. También en la cama juntos, Cole debajo de
ella, con su cuerpo aprisionado sobre él; y yo por detrás, tomándola hasta
que chille de placer.
Aun así, la miré cuidadosamente mientras comíamos nuestro almuerzo
y ella paseaba por el restaurante, tomando órdenes y entregando platos
llenos de comida. Nos tomábamos más tiempo del normal con nuestra
comida, ninguno de los dos quería salir del lugar sin una confirmación de
nuestros planes.
Cole podría alardear mucho, pero hasta él podía ver que aquel “sí” había
sido logrado por la persuasión de nuestros bien intencionados amigos.
Demonios, prácticamente de todo el maldito pueblo.
Finalmente, cuando hubo un momento de calma en el local, ella terminó
de vuelta en nuestra mesa. Sally y Violeta se habían ido, al igual que Cara y
sus hombres. Limpiando sus manos con su delantal, nos regaló una sonrisa
burlona y luego se mordió el labio. “Ya se fueron todos, así que… um.
Miren, no tenemos que seguir con esto de la cita”.
“Oh, no. No te vas a echar para atrás ahora”, dijo Cole, levantando su
mano.
Lo pateé bajo la mesa pero, al menos, esta vez Hannah no pareció tan
atemorizada por su tono posesivo. De hecho, ella actuó como si no lo
hubiera escuchado para nada. “Estoy segura de que todos tienen razón, y
que ustedes son unos muy buenos chicos. Pero el meollo del asunto es que
no estoy buscando una relación con un hombre, mucho menos con dos”.
“Puede que no estés buscando, pero te encontramos”, le dije.
Su risa fue suave y dulce. “Lo aprecio, realmente lo hago. Pero no creo
que una noche vaya a hacerme cambiar de parecer. Podemos ahorrarnos un
poco de tiempo”.
Eso, ahí mismo, sonó como un reto. Intercambié una mirada con Cole y
supe que él estaba pensando lo mismo. Si ella nos daba una noche, nos
aseguraríamos de que suplicara por más.
Cole se inclinó al frente, pero esta vez no trató de tomar su mano.
Quizás ya estaba entendiendo, después de todo. “Mira, cariño, esto no será
una aventura de una noche. Tú nos perteneces, en nuestra cama y en
nuestras vidas. Dános una noche para demostrártelo. Si no quieres seguir
luego, te dejaremos ir”.
Sus labios se habían separado cuando él mencionó nuestra cama.
Maldita sea, yo la tenía tiesa como una roca. Su mente podría estar
diciéndole lo contrario, pero Hannah lo deseaba. Nos deseaba. Sus pezones
estaban duros a la altura de nuestros ojos y ese maldito uniforme no hacía
nada para ocultarlos. Yo no podía esperar para poseerla. Sin embargo, no la
iba a obligar. Esperar por su respuesta me estaba matando.
Finalmente, se rindió dando un suspiro. “De acuerdo. Una noche. Pero,
no prometo nada después de ello”.
Le sonreí. “Me parece bien. Te recogeremos a las siete y te llevaremos a
El Perro Ladrador, no es lujoso, pero nos gusta”.
Ella se enderezó un poquito. “No tienen que venir por mí. Puedo
encontrarme con ustedes allí”.
Cole estaba tratando de disimular su carcajada, pero falló. Yo le sonreí a
ella. “Como policía, admiro lo que estás haciendo. No deberías decirles a
hombres extraños en donde vives. Pero, como una residente de Bridgewater,
tengo que decirte que… es en vano. Todos saben que la nueva mesera vive
aquí, subiendo las escaleras. Además, somos caballeros y te recogeremos en
la puerta”.
Ella dejó escapar un suspiro de resignación. “¡Muy bien, muy bien! Los
veré a las siete”.
La observamos alejarse, con ese pequeño y perfecto trasero meciéndose
bajo la falda del uniforme. No podía esperar a sacarle el maldito vestido y
meterla en nuestra cama. Esta noche. Teníamos una sola oportunidad para
impresionarla y dejarle ver cuán bueno podría ser esto.
Claro. Sin presión.
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