Tómame fuertemente
Capítulo 12
12
C OLE
ME DOLÍA LA CABEZA, pero eso no detenía a Dec de causarme molestias.
Estaba tan cabreado después de que dejé a Hannah aquel día, que llegué a
casa y me terminé una botella de whisky. No lo hacía desde la universidad.
Ahora pagaba las consecuencias, no solo por por la bebida, sino por la
manera en que le había gritado a Hannah.
Dec había estado atado en el hospital en Bozeman y luego con el
trabajo, por lo que no fue sino hasta esta mañana que tuve la oportunidad de
comentarle lo que había ocurrido. Se suponía que veríamos a Hannah en el
almuerzo como siempre, pero empezamos a discutir y no nos detuvimos.
Sin necesidad de palabras, Dec demostraba no estar complacido con mi
posición de hombre-incapaz-de-perdonar. No, estaba más cabreado que yo.
“No puedo creer que le hayas dicho que habíamos terminado con ella
sin darle una oportunidad de explicar”.
Me retorcí al escucharlo. Mis entrañas se batieron y no había sido por el
whisky.
“No le dije exactamente que habíamos terminado con ella”.
Su suspiro estaba lleno de disgusto. “Pues sonó a que sí”. Lanzó su
palma contra el muro y me sobresaltó. Mi cabeza estaba a punto de caer de
mis hombros. Fui a un estante, saqué el Tylenol, tomé unas pastillas y
coloqué mi cabeza en el grifo de la cocina para pasarlas.
“Por Dios, Cole, se suponía que la convenceríamos para que contara con
nosotros. Decirle que somos de fiar…”.
“Nosotros somos de fiar, ¿pero qué me dices de ella? En lugar de
sermonearme, quizás deberíamos preocuparnos más en saber si ella es de
fiar”.
La mirada que me dio era casi compasiva. “Sé que tienes dificultad para
confiar en las mujeres…”.
Le di una corta y sarcástica carcajada por el entendimiento, pasé la
mano por mi cara y sentí mi barba luego de un día muy largo. Decir
“dificultad para confiar” es decir poco. “¿Puedes culparme por ello?”.
Negó con la cabeza. “Claro que no”.
Sabía que él decía la verdad. Había estado ahí durante el peor momento
de mi vida. Como mi mejor amigo, había estado cerca constantemente
cuando mi papá conoció por primera vez a Courtney y la trajo a nuestras
vidas. Había visto con sus propios ojos lo falsa y manipuladora que ella
podía ser. Peor, vio cómo mi padre caía en su trampa. Él había sido un
idiota y terminó pagándolo con su vida. “No voy a repetir los errores de mi
padre”.
Dec asintió, comprensivo. “Lo entiendo, Cole. Pero una cosa es
desconfianza y otra es solo idiotez. Hannah no es Courtney. No se parece en
nada a ella”.
Abrí mi boca para protestar, pero él me detuvo levantando la mano.
“¿De veras piensas que ella vino aquí, a Bridgewater sobre cualquier otro
lugar, solo porque buscara a unos hombres para estafar?”.
Cruzando los brazos, miré a mi mejor amigo. Si lo pone de esa
manera...
“Y si ella viniera a timar gente, ¿qué hace salvando a un hombre con
asfixia, haciéndole una traqueotomía en mitad del suelo de la cafetería?”.
Su voz tenía un tono de frustración.
“Quizás tengas razón”, le gruñí. Mi boca se sentía como si hubiera
muerto una rata ahí. Fui al refrigerador, me serví un vaso de jugo de naranja
y lo bebí hasta el fondo. No estaba molesto con él. Estaba molesto conmigo
mismo. Limpié mis labios con la mano. “Pero aun así, ella nos oculta algo”.
Declan soltó un largo suspiro y se dejó caer sobre una sillas de la
cocina, estirando sus piernas. “Claro que oculta algo. Lo sabíamos desde el
principio. Era tímida, se ponía nerviosa con nosotros, y no porque la
quisiéramos los dos. A este punto, lo que sabemos es que escondía su
conocimiento médico, no tenemos ninguna maldita evidencia de que sea
una estafadora como tu madrastra”.
“Bien, es paramédico o doctora. Enfermera, tal vez. Ella no podía venir
aquí a esconder el hecho de que sabe lo suyo. ¿Qué estará escondiendo en
realidad?”.
La culpa me estaba carcomiendo en cuanto sus palabras llegaban a mi
cabeza. Dentro de mí había llegado a la misma conclusión, pero a veces mi
odio por Courtney me nublaba el juicio. Incluso luego de su escape a
Florida con el dinero de mi padre, ella continuó jodiéndome la vida. Pero
esta vez, fue mi error por no haber dejado ir esa mierda de mi cabeza.
Sentía una amarga sensación dentro de mí… como si hubiera cometido un
gran error. No podía culpar al whisky por lo que le dije a Hannah.
“No sé lo que es, pero algo me dice que está asustada”. Declan meneó la
cabeza. “¿No te diste cuenta que evitaba tocarnos cuando la conocimos por
primera vez? ¿O el miedo que tenía en sus ojos recién llegada al pueblo?”.
Me había dado cuenta. Los dos lo hicimos. Lo habíamos hablado. Pero
se me había olvidado todo lo ocurrido ayer y lo anterior por mi rabia, e hizo que actuara como un idiota. Ahora, me había dado cuenta de que no estaba
siendo manipulado. Solo fui el idiota.
Mierda. Le debía una disculpa a Hannah. Solo esperaba que no fuera
tarde.
Mi teléfono cortó la conversación. Lo tomé de la mesa. “¿Jessie?
Cálmate, ¿qué ocurre?”.
Dec se acercó, inclinándose para escuchar el teléfono.
Ella me dijo que bajara a la cafetería, que necesitaba hablar con Hannah
o algo así. Colgué y le resumí a Dec eso mientras tomaba las llaves de la
camioneta y me dirigía a la puerta. Cuando me di cuenta de que no tenía
zapatos, grité todas las groserías juntas y me regresé a buscarlos.
“¿Quieres que vaya contigo?”.
Negué con la cabeza, me tiré en el vestíbulo y me acomodé la primera
bota. “Necesito disculparme por mi cuenta. Esta probablemente sea la
forma en que Jessie me dice que vaya a hacer eso”.
Se echó a reír. “Muy bien. Entonces voy a la estación. Si Hannah nos
necesita, avísame”.
Lo prometí y ambos salimos. Jessie había sido tan confusa, que estaba
casi convencido de que era su manera de actuar como mediadora. Pero con
el detalle de que ella no estaba exagerando, y que Hannah realmente estaba
molesta, pisé el acelerador a fondo y me dirigí a toda velocidad hacia allá.
Cuando llegué a la cafetería, estaba casi vacía. La clientela del almuerzo
se había ido y era muy temprano para la cena.
Jessie me miró desde el otro lado del mostrador, donde le servía más
café a un cliente, y luego apuntó al techo. Me di la vuelta, salí del salón y
corrí hacia el otro lado del edificio. Subí las escaleras al apartamento de
Hannah, de a dos escalones a la vez. Mi cabeza retumbaba, pero podía vivir
con eso. Antes de que pudiera tocar la puerta, se abrió.
Ella se detuvo, con los ojos bien abiertos y llenos de miedo al verme.
Llevaba unos pantalones de jean, una camiseta blanca simple y zapatillas. Tenía una pequeña mochila en la mano, como si fuera a algún lado. Algún
lado lejos de aquí.
“Hannah”. Mientras hablaba, estiré la mano para tocarla, pero ella jadeó
y retrocedió, casi tropezando al entrar a la sala del apartamento mientras
intentaba alejarse de mí.
Mierda. El miedo en sus ojos era inconfundible. Subí las manos,
colocándolas como si estuviera bajo arresto. “Tranquila, cariño. Soy solo
yo”.
Parte de la tensión desapareció de ella, pero la precaución seguía en sus
ojos y eso me mataba. La culpa brotaba de mis entrañas. Había sido un
imbécil. Ella no había salido para estafarnos ni para tomarnos por idiotas.
Había dejado que mis asuntos con la zorra de mi madrastra me nublaran la
mente y casi perdiera al amor de nuestras vidas.
Dec había tenido razón; esta chica huía asustada. Y estaba huyendo
ahora.
Ella dejó caer su mochila con un golpe seco y se dio la vuelta
alejándose de donde yo estaba. Me acerqué y cerré la puerta detrás de mí,
pero manteniendo la distancia. “Hannah, lo siento. No quise ser rudo
contigo ayer. Me lancé a las peores conclusiones y por eso pido disculpas”.
Ella me miró por encima del hombro, parpadeó unas cuantas veces y sus
ojos empezaron a enfocarse en mí. Eso era buena señal, al menos. No podía
soportar ver a esta mujer, luchadora e independiente, asustada. Alguien
estaba persiguiéndola. Ahora lo sabía. Podía verse tan claro como el agua.
Sea quien fuera el que le había hecho esto lo pagaría con creces. Pero
primero, debíamos cuidar a nuestra mujer, empezando desde ahora.
Me acerqué lentamente para tomar su mano y ella me dejó. Me dejó
darle la vuelta para quedar mirándome. “Tienes que saber algo, cariño.
Quizás sea un imbécil a veces y Dios sabe que tengo un terrible
temperamento. Tú, yo, incluso Dec, tendremos nuestras quejas y
discusiones, pero ninguno de nosotros te podría un dedo encima”.
Ella estuvo callada tanto tiempo que pensé que nunca iba a responder.
Cuando lo hizo, su voz era suave y dulce. “¿Así que sigues pensando que
puede haber un tú, yo y Dec?”.
Le sonreí y ella me dio una sonrisa tímida en respuesta. “Cariño, no te
desharás de nosotros tan fácilmente. No estamos ni cerca de renunciar a ti.
Si te vas, nos vamos contigo”. Me incliné y le di un beso. “No cabe ninguna
duda de que tú eres la indicada para nosotros”.
Ella suspiró y el resto de la tensión desapareció. La tomé en mis brazos
y ella descansó su cabeza en mi pecho. “Pero tienes que decirnos qué
sucede. Es la única forma de ayudarte”.
Podía sentir como ella asentía. “De acuerdo”.
“¿Tienes miedo de quedarte aquí?”, le pregunté. Ella estaba escapando,
y muy asustada. ¿Estará escapando de alguien en el pueblo? ¿De alguien de
su pasado?
Ella asintió. Mierda, nadie debería estar asustado de permanecer en su
propio apartamento.
“Vamos, busquemos a Dec y así nos podrás contar todo lo que ocurre”.
Llamé a Dec desde la camioneta y él nos estaba esperando en mi rancho
en cuanto llegamos. Él no dijo mucho cuando Hannah salió de la cabina,
solo le dio una mirada para acercarse a ella y rodearla con un brazo,
mientras la invitaba a entrar.
Aunque ambos buscábamos respuestas, su comodidad estaba primero.
Ella estaba realmente asustada cuando la encontré. Aunque logró calmarse
bastante, se había sentido… frágil. Dec le preparó comida mientras que yo
le arreglé la bañera. No fue hasta que estuviera alimentada, bañada y
sentada frente a nosotros que empezamos con las preguntas.
Nos contó todo sobre su abusivo exnovio y de cómo ella había logrado
escapar. Dec y yo nos quedamos quietos, pero me hervía la sangre. Pagaría
por darle a ese imbécil la paliza de su vida. Sabía que Dec sentía lo mismo,
a juzgar por la forma en la que sostenía su taza, no me sorprendería si la taza llegaba a desmoronarse de su mano. Pero Hannah no necesitaba
nuestra rabia. Ella necesitaba que la escucháramos, por lo que mantuvimos
nuestro enojo bajo la mesa.
“No sabía qué más hacer y por eso escapé”, terminó de contar su
historia.
“Me alegra que nos contaras”, dijo Dec. “Ahora podemos protegerte.
No tienes que lidiar con esto, con él, tú sola”.
Doctora Hannah Winters. Era una maldita doctora. Una que había ido a
Stanford y había terminado su residencia. Ella estaba trabajando en la sala
de emergencias de Los Ángeles cuando su ex le empezó a arruinar la vida.
Una increíble doctora, con cualquier tipo de servicios sociales a su
disposición, estaba tan asustada que tenía que huir, esconderse. Escondió su
identidad, incluso de nosotros. Y podía haber continuado de no ser por la
asfixia de ese hombre y la traqueotomía de emergencia.
Hannah negó con la cabeza. “No quiero arrastrarlos a ustedes en esto,
chicos. Brad es un verdadero dolor de cabeza. Podrían salir heridos…”.
Antes de que pudiera terminar, la agarré y la puse sobre mis piernas, de
manera que mis brazos la cubrieran. Si alguien me preguntara si eso fue
para confortarla a ella o a mí, diría que fue para hacerme sentir mejor.
Sabiendo que ella estaba en mi regazo, sana y salva, era lo único que
calmaba mi ira. “Qué dulce de tu parte preocuparte por nosotros, cariño,
pero te equivocas. Eres nuestra para que nosotros te protejamos y queramos.
Nuestro privilegio es cuidarte. Tus problemas son nuestros ahora,
¿entiendes?”.
Ella asintió en mi pecho y le di un beso de recompensa. “Dime, doctora
Winters, ¿cómo podemos alejar tus pesares de tu mente y hacer que te
relajes?”.
Vi cómo salía una sonrisa de sus labios y mi corazón se derritió. Se
sentía tan bien ver que ya no había miedo en sus ojos, solo felicidad. Dec se
acercó al sofá y una de sus manos empezó a acariciar su pierna.
Después de su baño, le había dejado una de mis franelas para que se
pusiera, lo que le quedaba como un vestido que revelaba sus piernas largas
y sensuales. Escuché cómo jadeó sobresaltada cuando la mano de Dec llegó
al final de la franela y acarició su suave muslo.
Mi verga se endureció de solo pensar en las muchas formas en que
podríamos distraerla. A juzgar por la manera en que ella sacudía su culo en
mis piernas, ella lo sintió. La mordí en el cuello mientras veíamos el
progreso lento y seguro de Dec. Él solo estaba jugando con ella. Para
Cuando su mano llegó a su vagina, ella estaba retorciéndose e intentando
soltarse de mí.
Pero eso no iba a suceder tan rápido. Ella tenía una lección que
aprender. Con un movimiento, la levanté para que quedara acostada sobre
mis piernas, la franela se levantó, mostrando su trasero redondo y desnudo
de manera tentadora, que pensé que podría correrme ahí y ahora.
Ella gimió cuando bajé mi mano y azoté ese culo, tras ver la marca en
rosa de mi mano.
“Cuando tomamos el control, cariño, significa que debes despejar tu
mente. Solo debes sentir. Hay control, pero tienes el poder. Somos hombres
posesivos. Brad no lo era. Él era un maldito acosador”. La azoté
suavemente. “¿Entiendes la diferencia?”.
“Sí”, respondió, hundida sobre mí, empezando a entregarse.
Le di otra nalgada. “Esto es por no contarnos tus problemas, cariño”.
Cuando lo hice otra vez, con más fuerza, ella soltó un gemido. Dec
abrió sus piernas y levanté mi mano una vez más. En cuanto la bajé, él
metió sus dedos en su vagina.
“Oh, Dios”.
“Está tan mojada”, dijo. Con su mano libre, se bajó los jeans mientras
seguía masturbándola con sus dedos. Solo se detuvo para sacar un condón
de su bolsillo y ponérselo.
Le di otras nalgadas, más suaves, hasta que Dec se arrodilló en el suelo
detrás de ella. Cuando la penetró, la envolví en mis brazos, acariciando sus
pezones a través de la tela de la franela. La tuve en su lugar, sobre mi
regazo, mientras él le daba en su coño.
“¡Dec, por favor!”, jadeó.
“¿Qué necesitas, dulzura?”, preguntó, con su mano acercándose por la
cadera, hasta su coqueto —y rosado— culo. “¿Esto?”.
Sabía que su pulgar había entrado en ella cuando se arqueó, para sacarlo
luego de su trasero.
“¡Oh, Dios!”, gimió nuevamente.
Dec no se detuvo, siguió cogiéndola con su pene y su pulgar. Él se
corrió rapido y Hannah seguía pidiendo más. Ella necesitaba descargarse —
cosa que él todavía no le había permitido— algo de lo que yo me
aseguraría. Pero no hasta que aprendiera la lección.
Cuando se apartó para deshacerse del condón, le di una nalgada más.
“No hay secretos entre nosotros”. Abrí sus piernas y coloqué mi mano abajo
otra vez, esta vez asegurándome de que su vagina tuviera un ligero azote.
“¿Quedó claro, cariño?”, cuando no respondió de inmediato, la azoté
nuevamente.
Esta vez, ella agitó su culo en el aire, pidiendo silenciosamente más.
Dec se sentó en el sofá a mi lado, con su pene guardado y sus pantalones
puestos.
“Sí”. Fue como una mezcla de susurro y gemido, y eso me excitó
enseguida. La moví en el sofá para que se recostara sobre su vientre y con
su cabeza sobre las piernas de Dec. Cuando me moví detrás de ella, levantó
su cadera y abrió sus piernas, ofreciéndose. Podía ver su culo enrojecido y
su resbaladizo coño. Todo lo de ella, y me lo ofrecía a mí.
Deslicé mi pene dentro con un golpe duro, demostrándole quién estaba
a cargo. La rodeé con un brazo y encontré su clítoris con mis dedos,
haciéndola soltar un grito de placer.
“No te detengas, Cole”, suplicó.
No podía parar de cogerla ni aunque quisiera. Estaba tan mojada y
apretada, y con unos roces más en su clítoris, ambos nos corrimos juntos.
Después, cuando los tres estábamos contentos y relajados en el sofá, con
nuestra chica entre nosotros y ella con mi franela puesta, Hannah se giró
hacia mí con una sonrisa traviesa. “Creí haber escuchado que no me
pondrían un dedo encima”.
Le sonreí y bajé la mano ahuecada para colocarla en su vagina. Todavía
se sentía húmeda, y ella gimió y se retorció en mis brazos. Su ansiedad por
nosotros parecía no tener fin. “Unas nalgadas son otra cosa. A veces
necesitas saber quién está a cargo. Y además, te gustó, ¿no?”.
Ella gimió en aprobación.
“Por cierto, tenemos que meternos en esa cabeza dura tuya para que no
tengas que lidiar con todo tú sola”.
Dec deslizó una mano bajo su franela y le pellizcó un pezón.
Trabajábamos conjuntamente para mostrarle qué se sentía estar entre
nosotros. Cómo siempre estaríamos allí, cuidándola. “Necesitas aprender a
soltarte. Déjanos tener el control cuando se trate de cuidarte”.
Su respiración se acortaba mientras que los dedos de Dec rodeaban sus
pezones, y podía sentir cómo se mojaba su coño de nuevo. Me giré hacia
Dec. “Quizás debamos mostrarle lo bien que podemos cuidarla”.
La levanté y la llevé a mi cama, prometiéndome que nunca me cansaría
de mostrársela.
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