Tómame fuertemente

Vanessa Vale · Capítulo 5 de 21

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Tómame fuertemente

Capítulo 4

4

 

 

H ANNAH

 

ESTO ERA UN ERROR. Sabía que era una mala idea el haber dicho que sí,

finalmente, cuando fui persuadida por la mitad del pueblo para salir con

Cole y Declan, pero tan pronto abrí la puerta y me encontré con mis dos

sensuales citas, de pie en el umbral de la puerta, pareció no importarme.

Quizás por el hecho de no haber sido el objeto de tan halagadora atención

masculina en años… Si no era que jamás.

Estaban de pie, uno al lado del otro en el rellano de las escaleras.

Ambos vestían camisas de botones y pantalones vaqueros, pero ahí era

donde terminaban las similitudes. Declan era unas cuantas pulgadas más

alto que Cole, aunque más esbelto. Los hombros anchos de Cole podrían

derribar a su amigo del rellano si se movía un poco. El cabello rojizo de

Declan estaba un poco húmedo, como si recién hubiera salido de la ducha, y

eso tuvo a mi mente dirigiéndose en la dirección incorrecta. Ambos

sostenían sus sombreros en sus manos y sus ojos, bueno, sus ojos estaban concentrados de lleno sobre mí. Les gustó lo que vieron y lo demostraban a

través de sus intensas miradas.

Ya estaba en problemas aquí y ni siquiera había dicho “hola”.

¿Era por el hecho de estar justo en medio de una sequía masculina o era

que estos hombres tenían ese efecto particular sobre mí? Cuando Declan

tomó mi codo y me guió al bajar por las escaleras, abrió la puerta para mí y

me ayudó a entrar en la cabina del camión de Cole. La parte racional de mi

cerebro que me había estado diciendo que esto era una terrible idea durante

la tarde, se quedó completamente en silencio.

En vez de eso, parecía que mis sentidos estaban a cargo. Y Dios, parecía

que ambos venían del cielo. Traté de concentrarme en hacia dónde me

estaban conduciendo, pero no podía dejar de pensar en la sensación de sus

muslos presionados contra los míos. Eran cálidos y fuertes bajo esos

vaqueros desteñidos y me costó toda mi fuerza de voluntad no moverme,

por lo que los presionaba con más fuerza aun. Pensé hasta en estirar una

mano y sentir alguna de esas musculosas piernas.

¿Qué haría Declan si yo pasaba mi mano por su pierna? ¿O Cole? Él

podría estar conduciendo, pero algo me decía que estaría más que contento

de pararse de un momento a otro y tomarme justo allí, si le daba la más

mínima oportunidad.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo.

“¿Tienes frío?”, Declan estiró su mano y apagó el aire acondicionado,

pese a haber preguntado.

“Estoy bien”. Dios mío, cálmate. Cualquiera pensaría que esta era mi

primera vez en una cita.

Aunque, a decir verdad, era la primera cita que tenía en mucho

tiempo… Y absolutamente, la primera con dos hombres a la vez.

“Entonces, ¿a dónde vamos?”. Eso era lo mejor con lo que mi cerebro

pudo salir. Maldita sea, estos tipos olían bien. Naturalmente bien, no como

esos tipos metrosexuales que olían bien porque usaban colonia. O peor: esa porquería de lociones corporales. No, estos olían a jabón, a tierra y a

hombre.

“El Perro Ladrador, el bar local”, dijo Declan.

Cierto. Ya me lo habían dicho más temprano. Yo era una doctora y con

estos dos hombres me estaba rebajando a una estúpida sin cerebro. Estreché

mis manos y las dejé sobre mi regazo, para evitar estar inquieta. Quizás

Cole se percató, porque extendió una de sus manos y apretó las mías

gentilmente, antes de soltarlas. Su tacto era firme, pero gentil. Cálido,

aunque sentí sus ásperos callos y eso hizo que otro escalofrío me recorriera

de nuevo.

Me estaba empezando a sentir un poco mejor por no sobreactuar ante su

contacto. Me tomó por sorpresa las primeras veces que me agarraron, como

si tuvieran todo el derecho de estar en mi espacio. Supuse que me estaba

acostumbrando o, quizás, empezaba a confiar un poco en ellos. Lo

suficiente como para no pensar que tenían malas intenciones conmigo, por

lo menos, no durante el viaje por el pueblo.

Además de tener la aprobación de Jessie y del resto de la multitud en el

restaurante, ellos no habían sido más que caballeros desde el primer

momento cuando los conocí: atentos, curiosos, determinados.

Y esta noche, ellos habían sido caballerosos al viejo estilo: a las siete en

punto se habían presentado en mi puerta como prometieron. Yo estaba

vistiendo la única ropa bonita que había traído conmigo —un sencillo

vestido negro con mangas y falda corta—. No era increíblemente sexy, pero

me quedaba mucho mejor que ese condenado uniforme. Además del

vestido, llevaba algo de maquillaje y mi cabello caía sobre mis hombros en

vez de la cola de caballo, de hecho, me sentí bonita por primera vez en

mucho tiempo. Y la diferencia de estaturas entre nosotros, su manera gentil

y atenta de tratarme me hicieron sentir femenina.

Ellos no habían intentado nada en el apartamento o luego de ayudarme a

subir en el camión. Así que quizás era verdad, solo querían tener una cita conmigo. Ambos. Si alguien me hubiera dicho, semanas atrás, que estaría

en una cita con dos sensuales sementales en Montana, me habría reído hasta

morir. Era difícil de creer que estos dos hombres realmente creían en lo que

habían dicho, de querer que yo fuera la indicada, es decir, ¿quién lo hubiera

imaginado? Pero bueno, ellos parecían sinceros.

Sinceros, sí. Aunque también habían dicho algunas cosas que hicieron

que mis pantis se humedecieran. Habían dicho que no querían ser mis

amigos, que querían que estuviera con ellos y supe que no se referían solo

en el camión. Aun cuando eran unos caballeros, no tenía duda de que si les

daba luz verde, ellos serían de todo menos eso. Habían dicho que me

querían como su esposa. ¿Quién decía algo como eso tan solo después de

unas cuantas conversaciones?

Ese asunto debería asustarme. Y lo hizo. Dios, lo hizo porque tenía la

sensación de que estos dos realmente estaban hablando en serio. Pero no

importaba. Ni siquiera tenía que preocuparme por esa posibilidad porque no

estaría por acá mucho tiempo, como para involucrarme demasiado. Una vez

que Brad se fuera al extranjero, entonces podría retomar mi vida. Ir a casa

en Los Ángeles y volver a ser una doctora.

Por lo menos, podría disfrutar esta noche. Me merecía una bonita velada

con dos caballeros que, al parecer, tenían la intención de ofrecerme un buen

momento. ¿Y si quisiera más? Podría tener una noche salvaje entre dos

sensuales vaqueros nuevamente. Sería estúpido no hacerlo. Eran bellos y yo

tenía la fuerte sensación de que ellos eran capaces de hacer muchas cosas en

la cama. ¿Y por una noche? Me retorcí en el asiento; mis pantis estaban

empapadas.

El recordar que yo era la que tenía el control aquí y no los dos grandes y

dominantes vaqueros me permitió dejar atrás un poco los nervios que me

tenían pasmada y con mi columna derecha como una vara de acero. Me

permití descansar la espalda contra el asiento del camión y fui

recompensada con una sonrisa de Declan que hizo que mi boca se secara.

Cuando llegamos al bar, el cual tenía un aire similar al Salvaje Oeste,

fue obvio que estos chicos conocían a todo el mundo. Mientras pasábamos

frente a una pared con una línea de bancos, parecía que las personas en cada

mesa estaban gritando felicitaciones.

Reconocí a Cara y a sus hombres cuando ellos nos saludaron, pero los

míos me empujaron hacia una de las mesas con bancos corridos, sin

detenerse a presentarme a todos sus amigos. No se tomó como algo

descortés, sino más como si ellos me quisieran para sí mismos. Cole se

sentó primero y yo me deslicé a su lado. Para mi sorpresa, Declan se sentó a

mi otro lado, por lo que los tres estábamos sentados en la misma banca;

bonitos y cómodos.

Bueno, quizás cómodos no era la palabra ideal para ello. Sus muslos se

apretujaban con los míos otra vez y sus brazos también. Podía sentir la

musculatura de los dos a ambos lados de mi ser. Era imposible no pensar en

cómo se verían esas vigorosas extremidades, en cómo se sentirían en mis

manos. Estaba atrapada entre ellos, pero no tenía miedo —me gustó—. Por

primera vez en mucho, mucho tiempo, me sentí completamente protegida

del resto del mundo.

Declan llamó a una mesera y ambos voltearon a mirarme para que yo

ordenara antes. Las damas primero. Dios, ¿todavía siguen esa regla aquí en

Montana? Probablemente, había encontrado el último lugar en el mundo en

el que la caballerosidad no había muerto.

Cuando la mesera se retiró, se colocaron en ángulo con sus cuerpos

hacia mí, mirándome. “Entonces, Hannah, ¿por qué no nos cuentas un

poquito sobre ti?”, dijo Declan. “¿De dónde eres?”.

Uff. Tenía miedo de que esto ocurriera. Me había ido muy bien

evadiendo respuestas directas, pero era difícil relajarse cuando podía meter

la pata en cualquier momento y revelar cosas demás. ¿Ya no me habían

preguntado esto? Claramente, no iban a dejarlo ahí a menos que yo

empezara a dar algunas respuestas.

“Crecí en la Costa Este. Así que, ¿ustedes vienen para acá a menudo?

Parecen conocer a todo el mundo”.

“¿Te mudaste para acá desde el este?”, preguntó Cole.

Encontré su mirada y miré para otra parte rápidamente. Era muy

intensa. Como si él pudiera percibir que yo estaba siendo imprecisa a

propósito. Miré a Declan, pero su expresión tampoco me calmaba. Oh, él

estaba sonriendo. Él siempre parecía estar sonriendo, pero podría apostar

que debajo de esa cubierta de tímido vaquero, su cerebro de oficial de

policía estaba trabajando en torno a la misteriosa y nueva mesera.

Mierda. Quizás, si compartía un poco más de información, ellos

dejarían de ser tan curiosos. Despejé mi garganta —luego de permanecer

callada por tanto tiempo—, y fue sorprendentemente difícil hablar sobre mí

misma. “No”, dije. “Me mudé a California por mi carrera universitaria y

nunca me fui”.

Listo. Esa era la verdad.

“¿A qué universidad fuiste?”, preguntó Declan. Tomó un maní del

cuenco en el centro de la mesa, y comenzó a descascararlo.

“Stanford”.

Todas las miradas estaban sobre mí y supe cuál sería su próxima

pregunta antes de que la hicieran. “¿Qué has estado haciendo en California

desde la graduación?”, dijo Declan.

Les di mi más inocente sonrisa. “Disfrutando del sol”. Era un chiste que

había dicho a menudo en el restaurante, en vez de una respuesta concreta.

¿Esta vez? Definitivamente, no funcionó.

Cole bebió un sorbo de la cerveza que la mesera había puesto frente a

él. “¿Estabas trabajando de mesera?”.

No exactamente. Por un momento, tuve la necesidad de contarles mis

secretos a estos hombres. De contarles todo acerca de que, recientemente,

había sido aceptada para una práctica médica en Los Ángeles. Después de

todos estos años de trabajo como residente y como interna, al fin había alcanzado mi meta. ¡Qué bueno sería contarles a estos chicos sobre eso!

Pero no podía. Debía mantenerme escondida, con la cabeza abajo hasta que

Brad se fuera. Cualquier oportunidad de ser encontrada sería peligrosa para

mí y para todos los demás. ¿Qué pasaría si Brad sabía que estaba teniendo

una cita con otro tipo? Se volvería loco. Y ¿con dos hombres? Ni siquiera

quería pensarlo…

En su lugar, dije: “estaba entre dos trabajos. Esa es una parte de la razón

por la que me fui. Me pareció una buena idea para conocer el país”.

Observé la mirada que ambos se dieron el uno al otro. Antes de que

cualquiera de ellos pudiera empezar con más preguntas, yo quería hacerlos

hablar. “¿Qué hay de ustedes? ¿A qué se dedican?”.

Cole me contó sobre el rancho de su familia, del cual ahora era el dueño

y lo mantenía. Como yo era una chica citadina de la cabeza a los pies, la

ganadería era algo de lo que no sabía nada, así que él contestó mis

preguntas pacientemente. No tenía idea de que cuidar vacas fuera tan

complicado. Declan me contó que era policía, cosa que ya sabía, y cómo era

que lo había deseado desde que era un niño. Esta noche no estaba de

servicio, estaba sin radio y sin arma colgando de su cadera.

“Él habla en serio”, añadió Cole. “Este tipo solía correr por el patio de

juegos haciendo que arrestaba a los chicos malos en el receso”.

Me reí ante la imagen. “Entonces, ustedes dos han compartido todo

desde hace muchísimo tiempo, ¿eh?”.

“Hemos sido amigos desde el prescolar”, dijo Declan. “Incluso antes de

eso”.

Cole asintió. “Cuanto tenía diecisiete, mi padre murió y me mudé con

Declan y su familia hasta cumplir los dieciocho; entonces, me hice cargo

del rancho”. Los dos hombres intercambiaron miradas y yo tuve la peculiar

impresión de que, de alguna manera, se estaban comunicando

silenciosamente.

“Ese fue el año en el que decidimos que tendríamos una esposa juntos”.

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