Un tornado en su corazón

Karen Van Der Zee · Capítulo 2 de 14

Páginas del PDF

Un tornado en su corazón

Capítulo 2

 

SAMANTHA se quedó helada. El hombre era muy alto, atlético, un morenazo de ojos oscuros. La miró con cara de sorpresa, pero enseguida sonrió.

–No sabía que estuvieras en casa –dijo, dejando la botella de whisky en la encimera–. No quería asustarte.

Sam no podía hablar. Había un extraño en la casa. Un extraño medio desnudo que, supuestamente, no quería asustarla. ¿Qué esperaba, un abrazo de bienvenida?

¿Quién era aquel hombre… aquel hombre tan guapo? Sus facciones eran irregulares; tenía el mentón cuadrado, pero la nariz ligeramente torcida le daba un aire muy masculino. Todo en él era muy masculino: el torso ancho, los bíceps marcados, las piernas cubiertas de vello oscuro… aquel hombre irradiaba una virilidad turbadora.

Curiosamente, se percató de eso a pesar del susto y a pesar del cansancio. Gina estaría encantada de saber que sus hormonas seguían funcionando a la perfección.

–¿Quién es usted?

–¿No has oído mis mensajes? –preguntó él, con los pies firmemente plantados en el suelo, como si estuviera en su propia casa–. Ayer te dejé dos mensajes en el contestador.

–No he oído nada –contestó Sam.

El contestador automático estaba en el despacho de Andrew, pero siempre se le olvidaba que existía.

–Supongo que tú eres Samantha.

–Y tú debes de ser David –dijo ella entonces, sin pensar.

–¿No dices que no has oído los mensajes?

–Y no los he oído.

–Pero sabes mi nombre.

No podía ser. No podía llamarse David. Era demasiada coincidencia.

Samantha tragó saliva.

–Lo he dicho por decir.

–¿Ah, sí? ¿Y entre miles de posibilidades se te ha ocurrido David? ¿Por qué?

«Porque cuando te he visto desnudo al borde de la piscina me has recordado al David de Miguel Ángel».

Pero no pensaba decirle eso, claro.

–Porque… tienes pinta de llamarte David.

–Ah. Pues me alegro. No me gustaría tener pinta de llamarme Flip o Chucky.

Lo había dicho con un brillo burlón en los ojos y Samantha se preguntó si estaba riéndose de ella. Nerviosa, se cruzó de brazos. Con apenas un metro cincuenta y ocho, parecía una niña al lado de aquel gigante de metro noventa.

–Bueno, ¿va a decirme quién es y qué hace en mi casa?

Curiosamente, no tenía miedo. El extraño emanaba fuerza, pero no parecía amenazador en absoluto.

–Soy David, ya te lo he dicho.

–Si no me dice quién es, llamaré a la policía.

Él no pareció impresionado por la amenaza. Todo lo contrario; levantó una ceja como si la encontrase muy divertida.

–No es tu casa. Es la casa de Susan y Andrew McMillan. Y yo soy David McMillan, el primo de Andrew.

«Sí, Majestad», estuvo a punto de decir Samantha.

–Ah, ya veo. Pero yo estoy aquí cuidando de la casa durante seis meses. ¿Qué derecho tienes a invadir mi privacidad?

–No era mi intención invadir nada, por eso te dejé varios mensajes en el contestador. Pero necesito una habitación para los próximos meses y como tengo la llave…

–¿Qué? ¿Vas a quedarte aquí? –exclamó Samantha–. ¡De eso nada!

Se mostraba muy valiente para estar frente a un hombre tan grande, un hombre que parecía capaz de hacer cualquier cosa que se propusiera.

–Me temo que sí, Samantha Bennett.

Ella lo miró, furiosa y agotada. Y, de repente, sus ojos se llenaron de lágrimas, algo que no le ocurría nunca. ¿Qué le estaba pasando? Primero alucinaba y luego le entraban ganas de llorar. Aunque, en realidad, no había alucinado. David McMillan era de carne y hueso.

Sam se pasó una mano por la frente para borrar la imagen de aquel hombre desnudo al lado de la piscina. No estaba en condiciones de recordar esa aparición.

–Siéntate –le ordenó él entonces, poniendo una mano en su hombro–. Pareces a punto de desmayarte.

Samantha, exhausta, se dejó caer en la silla como un saco de patatas.

–No tienes nada de qué preocuparte. No soy un psicópata ni un estafador. Puedes llamar mañana a mi primo para quedarte tranquila.

–Podemos llamarlo ahora mismo –replicó ella.

–Me temo que en Turquía son las tres de la mañana. Toma un sorbo de whisky, te calmará un poco.

Samantha apretó los dientes.

–¿Acostumbras a dar órdenes a todo el mundo?

Él la miró, perplejo, como si ese comentario lo hubiera pillado por sorpresa.

–Me temo que sí –contestó por fin–. Relájate, mujer, toma una copa.

–No puedo. No he comido nada en todo el día.

–Ah, ya me parecía a mí que tenías cara de hambre. Te haré un bocadillo –dijo David entonces.

Un metro noventa de hombre, acostumbrado a dar órdenes y a hacerse obedecer, haciéndole un bocadillo.

Sam, que no tenía fuerzas para negarse, se quedó mirando cómo sacaba jamón y queso de la nevera.

–¿Leche? –preguntó él–. ¿Café, té?

–Leche. Si hay, que no lo sé.

–Hay de todo. He ido al supermercado antes de venir.

Afortunadamente, pensó Sam, observándolo mientras sacaba un cartón de leche de la nevera. Sus manos eran grandes y fuertes, como todo él.

Le parecía absurdamente normal estar en la cocina, con aquel hombre. Pero no lo era. No lo conocía en absoluto. Era un completo extraño y, sin embargo, allí estaba. Él con una toalla y ella en albornoz, como si se conocieran de toda la vida.

Quizá todo era un sueño y por la mañana descubriría que nada de aquello había pasado. Si le contaba a Gina esa fantasía nocturna, su amiga le diría que eran sus hormonas femeninas llamándole la atención. «Necesitas un hombre», le diría. Pero no era verdad. Lo que necesitaba era un título universitario y cierta seguridad económica.

–No te oí llegar y tampoco he visto tu coche –dijo David entonces. Su voz era fuerte, ronca, una voz que la turbaba profundamente.

–He venido andando. Me quedé sin gasolina a dos kilómetros de aquí.

–Pareces agotada.

–Porque lo estoy.

–¿Trabajas muchas horas?

–Trabajo para mi abuelo, que cada día está más temperamental. Y su salud me preocupa mucho.

¿Por qué le estaba contando eso? Ella no era de las que le cuentan su vida a cualquiera.

–¿A qué te dedicas?

–Eso depende de a quién le preguntes –rio Samantha, mordiendo el bocadillo–. Mi abuelo te diría que le echo una mano con las cuentas. Tiene una tienda de muebles.

–Pero, en realidad, quien la lleva eres tú, ¿no?

–Así es. Él aparenta no darse cuenta, pero lo sabe. El negocio no va muy bien, pero… mi abuelo no quiere aceptarlo.

No había recibido un aumento de sueldo en años; sencillamente, porque no había dinero. Con grandes superficies por todas partes, una pequeña tienda de muebles tenía pocas posibilidades de sobrevivir. Por eso necesitaba su título universitario. Necesitaba encontrar un trabajo donde la pagasen bien porque tenía que mantener a su hijo.

Kevin, de diez años, estaba pasando el verano en Florida, con su hermana y su cuñado, que dirigían un campamento juvenil. Lo estaba pasando de maravilla y así Samantha podía estudiar por las noches para terminar la carrera, pero lo echaba de menos. Cuando Kevin volviese del campamento tendría que buscar un piso… aunque no quería pensar en eso por el momento.

–¿Te encuentras bien? –preguntó David.

–Sí, es que estoy muy cansada –contestó ella, terminando el bocadillo–. Me voy a dormir.

Pero no encontraba fuerzas para levantarse de la silla. Su cuerpo parecía pesar cien kilos y tuvo que agarrarse a la mesa para mantener el equilibrio.

–Cuidado…

David se levantó para sujetarla y Samantha cayó en sus brazos como una muñeca de trapo.

Con la cara aplastada contra el torso del hombre se sentía cómoda, segura. Y no recordaba cuándo fue la última vez que se sintió segura…

Respiraba el olor de su colonia, tan agradable, sentía el suave vello masculino rozando su mejilla. Aquello era un sueño, tenía que serlo. Pero no le importaba, estaba muy cómoda. Como si no tuviera una sola preocupación en el mundo. Ah, qué alegría.

Entonces sintió algo más. Su corazón latía acelerado y una especie de fuego interno la hacía temblar de pies a cabeza…

Se quedó helada al darse cuenta de lo que le estaba ocurriendo y dio un paso atrás.

–Lo siento… yo…

David sonrió.

–No tienes que sentir nada. Me gusta que me abracen.

–Yo…

–Venga, te acompaño a la habitación.

–Estoy bien, gracias –dijo Sam, cortada–. Buenas noches.

–Buenas noches, Samantha.

¿Había una sonrisa burlona en sus ojos? No estaba segura.

 

¿Se había vuelto loca?, se preguntó a sí misma cuando estaba en la cama. ¿Podía dormir con un extraño en la casa? Un extraño que había conseguido excitarla, además. Sam lanzó un gemido de angustia. ¿Debía creerlo, debía creer que era el primo de Andrew?

Bueno, la verdad era que se parecían. Los dos eran altos, morenos, los dos eran hombres seguros de sí mismos. Podrían haber sido hermanos. Lo cual no probaba nada sobre las buenas intenciones del extraño.

¿Qué estaba haciendo allí? Ni siquiera se lo había preguntado. ¿Qué le pasaba, dónde tenía la cabeza?

Pero le daba igual qué hiciera allí David McMillan. Solo quería dormir. Necesitaba un largo y reparador sueño.

El canto de los pájaros la despertó por la mañana. La luz del sol entraba a través de las persianas y Samantha se estiró perezosamente… Pero entonces se levantó de un salto. ¡El coche! ¡Llegaba tarde!

¡El extraño! Había un extraño en la casa. Entonces recordó su cuerpo desnudo, el calor de su torso… pero no tenía tiempo de pensar en eso. Y aunque lo tuviera, no quería ni pensarlo.

Después de ducharse rápidamente, se puso una falda azul marino y una blusa blanca y corrió hacia la cocina. Olía a café. David estaba sentado en el porche leyendo el periódico, como si tuviera todo el tiempo del mundo. Y quizá era así. Al verla, entró en la cocina para darle los buenos días.

–¿Te encuentras mejor?

–Sí. Y quería pedirte disculpas por… el absurdo desmayo victoriano de anoche –dijo Samantha–. No quería…

–¿Te apetece desayunar? –la interrumpió David.

Tan tranquilo. Era admirable.

–Tengo que irme corriendo. Es muy tarde.

–No tienes gasolina –le recordó él.

Samantha dejó escapar un suspiro.

–Por eso. Me llevaré el coche de Susan a la gasolinera para comprar un bidón y luego…

–Demasiado complicado –volvió a interrumpirla él–. Iré contigo. Así no tendrás que volver andando al coche.

–No tienes por qué hacerlo.

–Ya lo sé.

Sería una gran ayuda, desde luego, pero aquella actitud tan autoritaria era irritante.

–¿Por qué lo haces?

David levantó una ceja.

–¿Siempre eres tan recelosa?

–Cuando se refiere a los hombres, sí.

Sus palabras la sorprendieron. Lo había dicho sin pensar. No solía buscar confrontaciones con extraños; sin embargo, aquel hombre la afectaba de una forma peculiar. Y estaba a la defensiva después de aquel absurdo tropezón de la noche anterior.

–¿Tuviste una mala experiencia y piensas hacérsela pagar a todos los hombres?

Samantha lo miró, nerviosa. ¿Lo habría adivinado?

Pensó en Jason, que la dejó plantada con un niño recién nacido. Se casaron nada más graduarse en el instituto, pero cuatro meses después de que naciera Kevin, Jason hizo las maletas y se marchó de casa. Unos días después murió en un accidente de trabajo, dejándola viuda y con un niño, a los diecinueve años. Samantha no podía creerlo. ¿Cómo podía Jason abandonarla después de tener un hijo que, supuestamente, deseaba tanto? Había insistido en que no era necesario esperar a que ella terminase la carrera, que había ahorrado suficiente dinero trabajando en la construcción como para mantener a un niño. Sam tardó algún tiempo en descubrir cuál era la motivación de Jason para querer un hijo… y no tenía nada que ver con el deseo de ser padre, sino con sabotear su educación porque se sentía amenazado.

Descubrió entonces una cara de Jason que no conocía. Qué ingenua había sido, cómo se dejó manipular…

Y allí estaba David, preguntando si había tenido una mala experiencia, como si pudiera leer sus pensamientos.

–No confío demasiado en los hombres, la verdad.

–Ya veo. Pero mis motivos para echarte una mano se basan en que prefiero la paz a la guerra. Como vamos a compartir esta casa durante unos meses, lo mejor es que nos llevemos bien, ¿no crees?

–Pero…

–Si tienes la llave del coche de Susan, podemos resolver tu problema enseguida.

Samantha siempre había tenido mucha imaginación. Algo estupendo cuando Kevin era pequeño porque la usaba para contarle cuentos increíbles, pero en aquel momento no le hacía demasiada falta. Sin embargo, allí estaba. ¿Y si aquel tipo no era quien decía ser? ¿Y si era un inteligente y sofisticado ladrón? ¿Y si robaba el coche de Susan? ¿Y si vaciaba la casa mientras ella estaba trabajando? ¿No debería hacer algo?

–¿Te importaría enseñarme tu documentación? Anoche estaba tan cansada que no se me ocurrió pedírtela.

Seguramente no estaba acostumbrado a que le pidieran que se identificase, pero si le molestaba, peor para él.

Sin decir nada, David sacó una cartera del bolsillo del pantalón y le mostró su documento de identidad.

David Colin McMillan. E incluso en aquella fotografía salía guapo. Nadie estaba guapo en la fotografía del documento de identidad.

–¿Dónde está tu coche? –preguntó Sam–. No lo vi anoche cuando llegué.

–Es que no tengo.

–¿No tienes coche? ¿Y cómo has llegado hasta aquí?

–Me trajeron –contestó él, guardando la cartera.

–¿Y cómo vas a moverte sin coche?

–Usaré el de Susan hasta que consiga uno.

A Samantha no le gustó nada ese comentario. ¿Cómo podía no tener coche? Todo el mundo tenía coche en Washington D.C. Sobre todo, si vivían en las afueras. Allí no había autobuses ni trenes, ningún medio de transporte.

Quizá no tenía coche porque acababa de salir de la cárcel, pensó entonces. O porque se había escapado. Por muy primo de Andrew que fuese, también podría ser un delincuente. Qué pesadilla.

–Relájate, Samantha –sonrió él.

–Estoy relajada.

–Sí, claro. Como las cuerdas de un violín. No tengo coche porque acabo de llegar de Bolivia. He estado tres años viviendo allí.

Sí, claro. Muy sencillo. En lugar de confesar que había estado en la cárcel, decía haber estado en Bolivia.

«Por favor, Sam, cálmate», se dijo a sí misma.

–Quiero hablar con Susan. Un momento, por favor.

Era lo más sensato, se dijo, mientras entraba en el despacho de Andrew. Pero cuando marcó el teléfono que le habían dado, no contestó nadie. Samantha colgó, frustrada. ¿Qué podía hacer?

«A la porra con todo», pensó, tomando las llaves del coche.

–Vámonos.

–Toma –dijo David entonces, ofreciéndole el sándwich de queso–. Puedes comértelo en el coche.

–Gracias –murmuró ella, sin mirarlo–. ¿Quieres conducir tú?

No debería, pero era una forma de darle las gracias por el sándwich.

–Como quieras. ¿Has hablado con Susan?

–No. Nadie contestaba al teléfono. Pensé que estaban en un hotel… no sé.

Mientras David conducía, Sam iba comiéndose el sándwich. Estaba muy rico. Queso Cheddar, del fuerte. A ella le gustaban los sabores fuertes y, aparentemente, a David McMillan también.

–¿Por qué llevas una mochila llena de libros?

–Porque voy a la universidad cuando salgo del trabajo. No tengo tiempo de volver a casa, así que me llevo los libros a la tienda.

–¿Qué estudias?

–Dirección de empresas.

–Una carrera muy práctica –sonrió él.

Sin razón aparente, aquel comentario la puso a la defensiva. Pero no había razón para enfadarse. ¿Qué había de malo en ser práctica, en aprender algo que le permitiese encontrar un buen trabajo?

Nada, absolutamente nada.

Aunque estudiar dirección de empresas no era lo que Sam había soñado siempre. Ella quiso ser profesora de guardería y, en lugar de eso, acabó trabajando en la tienda de su abuelo.

Por Jason.

No. Porque se dejó manipular por él.

Una traidora mezcla de rabia y remordimientos la envolvió y tuvo que darle un mordisco al sándwich para pensar en otra cosa. Había sido un detalle por parte de David, desde luego. Y la noche anterior también le hizo la cena. Sin conocerla de nada. «Tienes cara de hambre», le había dicho. No le extrañaba. Cada día tenía menos tiempo para comer y se estaba quedando en los huesos.

Estaba terminando el sándwich cuando pasaron por delante de su coche, abandonado en el arcén. Era de un verde espantoso. Lo compró tres años antes de segunda mano y, a pesar del color, le había servido fielmente.

–¿Ese es tu coche? –preguntó David, con una sonrisa burlona.

Samantha asintió con la cabeza.

–Lo único que me interesa es que me lleve de un lado a otro.

–Eres práctica en todo, ¿no?

–¿Hay algo malo en eso? –replicó ella, irritada.

–Desde luego que no. ¿Dónde está la gasolinera?

–A cinco kilómetros, más o menos.

No podía dejar de mirar sus manos mientras conducía. No llevaba alianza. Debía tener de treinta a treinta y cinco años y se preguntó si estaría casado, si tendría hijos. Y qué estaría haciendo en casa de los McMillan. ¿Tendría casa propia? Aunque le daban igual las respuestas. Ni siquiera le importaba por qué estaba en casa de Susan y Andrew, solo que estuviera allí. Porque no le hacía ninguna gracia. La molestaba. Era un problema.

Y ella no tenía tiempo para problemas.

No tenía tiempo para nada más que para trabajar y para estudiar.

–¿Qué hacías en Bolivia? –le preguntó, por decir algo. Aunque, si era sincera consigo misma, debía reconocer que sentía cierta curiosidad.

–Construir un puente.

Era ingeniero de caminos, le contó. Y había estado en Bolivia supervisando la construcción de un puente sobre uno de los afluentes del Amazonas. Antes de eso, había estado en Malasia y otros países.

Resultaba fácil imaginarlo en paisajes exóticos, semidesnudo, con un casco en la cabeza, dirigiendo a un grupo de obreros.

Cuando llegaron a la gasolinera, David saltó del coche antes de que ella pudiera abrir la puerta.

–Yo me encargo de todo –le dijo.

Refunfuñando, Samantha se quedó en el coche mientras él llenaba un bidón en uno de los tanques de gasolina.

–¿Cuánto ha costado? –le preguntó.

–Déjalo.

–No, gracias. Quiero saber cuánto ha costado.

Suspirando, David sacó el recibo del bolsillo.

–Toma.

–Gracias –dijo Samantha, sacando el dinero del bolso.

–De nada.

Había algo en David McMillan que empezaba a molestarla. Tenía la sospecha de que estaba riéndose de ella, de que la encontraba graciosa.

De vuelta en su feo coche verde, Sam llenó el depósito de gasolina, volvió a darle las gracias y, con un suspiro de alivio, se despidió.

Sola otra vez. Por fin.

Pero iba rezando para que David no robase el coche de Susan y todo lo que había de valor en la casa…

David observó el coche verde alejándose por la carretera. No podía recordar cuándo fue la última vez que vio a una mujer más cansada, más frágil y más necesitada de un abrazo. Bueno, él la había abrazado, pensó, sonriendo. Pero, sin querer, el gesto se convirtió en algo más que un abrazo fraternal.

Y la reacción física que había experimentado al tocarla lo sorprendió por completo. Él ya no era un crío.

Samantha tenía unos ojos azules enormes, muy expresivos, y una masa de rizos castaños que eran una tentación. Despertaba en él una especie de instinto protector, pero eso no era todo.

David se quedó sentado en el coche durante unos minutos, sorprendido por tales sentimientos. Era algo que no había experimentado en mucho tiempo…

Entonces sintió miedo.

Nervioso, se pasó una mano por la cara, como para aclararse las ideas. Pero no, eso eran tonterías.

Una vez en casa se dispuso a escribir un artículo sobre proyectos de ingeniería en países en vías de desarrollo, donde la mano de obra especializada era difícil de encontrar y las barreras culturales, un problema añadido. Trabajar durante tres años en la jungla sin perder la cabeza no resultaba fácil y había aprendido mucho sobre sí mismo y sobre el trabajo.

En realidad, también él estaba cansado.

Pero, sobre todo, cansado de estar solo.

 

Cuando Samantha llegó a casa por la noche temió mirar hacia la piscina, por si David estaba desnudo otra vez.

Pero miró de todas formas. Nada. No había nadie. Afortunadamente, claro.

Al abrir la puerta oyó música. En vaqueros y camiseta, David tecleaba furiosamente en un ordenador portátil. Estaba tan concentrado que tardó un minuto en levantar la cabeza.

–Ah, hola –dijo, sonriendo–. Has vuelto del mundo del comercio y la economía. ¿Cómo estás?

–Exhausta.

David saltó de la silla con una explosión de energía que la dejó desconcertada.

–¿Qué tal un baño? ¿Y una copa de vino para relajarnos?

Un baño. Una copa de vino. Sonaba maravilloso. Samantha se imaginó a sí misma en la piscina, flotando, bajo un cielo lleno de estrellas… y su corazón empezó a galopar. Era una locura. No lo conocía de nada.

–No, gracias. Tengo cosas que hacer. La colada, por ejemplo. Eso es más útil que mirar las estrellas.

–Eres una persona muy activa –sonrió él.

–Pues sí.

–¿Qué sueles hacer en tu tiempo libre?

–Nunca tengo tiempo libre.

–¿Nunca?

–Últimamente, no. Tengo que trabajar, ir a clase, estudiar, cuidar de la casa…

Afortunadamente, en eso no tardaba mucho porque Susan insistió en que la señora de la limpieza siguiera yendo cada semana y del jardín se encargaba un jardinero. Aunque ella nunca los veía porque no estaba en casa por las mañanas.

–¿Nunca vas al cine o al teatro?

–Hace siglos que no voy. Si tengo tiempo, duermo un rato.

–¿Nada de romances, nada de diversión?

–No tengo tiempo para eso. Bueno, voy a cambiarme.

Cuando estaba metiendo la ropa sucia en la lavadora, David apareció con dos copas de vino en la mano.

–Toma esto, te sentará bien.

Lo último que Samantha necesitaba era que la viese doblando su práctica y poco interesante ropa interior. Se habían conocido apenas veinticuatro horas antes y ya la ponía de los nervios.

Pero le sentaría bien la copa de vino. ¿Por qué no?

–Gracias –murmuró, intentando no fijarse en lo bien que le quedaban los vaqueros.

–Llevo todo el día intentando ponerme en contacto con Susan y Andrew, pero parece que han desaparecido en Turquía. Volveré a intentarlo mañana.

Sam arrugó el ceño.

–¿Por qué intentabas ponerte en contacto con ellos?

–Para que te confirmen que soy un ciudadano modelo y no un convicto ni un estafador.

De nuevo, lo decía con tono burlón. Como si la idea de que alguien lo tomase por un delincuente fuera increíblemente cómica.

–Ya veo. Pues la verdad es que me gustaría hablar con ellos –replicó Sam, doblando una toalla. Esperaba que se fuera de allí, pero parecía absolutamente cómodo apoyado en el quicio de la puerta.

Ojalá no fuese tan guapo. Ya tenía suficientes problemas en la vida y no necesitaba un hombre. Y menos uno tan mandón como David McMillan.

–Bueno, ¿qué has hecho hoy?

–Trabajar. ¿Y tú?

–Corrí un rato esta mañana, hice varias llamadas, leí un poco y después me puse a redactar un informe.

–Parece que has estado muy ocupado.

–No, en realidad ha sido un descanso.

¿Un descanso? ¿Un descanso de qué? Él no parecía necesitar descanso alguno.

–¿Más vino?

Antes de que Sam pudiera contestar, David desapareció por el pasillo con su copa en la mano. Aparentemente, no iba a poder librarse de él.

Y, por supuesto, ocurrió lo inevitable: el vino desató su lengua, como siempre. Quince minutos después estaba contándole lo preocupada que estaba por su abuelo, que vivía en la Edad Media y no se enteraba de que el negocio iba fatal, que Susan y ella eran amigas desde el instituto, que debía encontrar un apartamento a primeros de septiembre porque Kevin empezaba el colegio…

De repente se calló, cortada. ¿Qué la había poseído para contarle todo eso a aquel hombre? Era su voz, tan sexy, tan tentadora: «ven aquí, deja que te abrace, yo haré que te sientas segura» parecía decir. Como si ella necesitara protección. Como si él fuera el príncipe azul rescatando a Cenicienta.

El vino… había sido el vino. Menos mal que no le había contado que Jason la dejó tirada y que sus padres habían muerto en un accidente o estaría llorando a moco tendido.

–¿Kevin? –repitió David.

–Mi hijo. Está en un campamento de verano, en Florida.

–Tienes un hijo… qué increíble. ¿Cuántos años tiene?

–Diez.

–¿Diez? Pero si tú…

No terminó la frase, pero Sam imaginaba lo que iba a decir. Tenía veintinueve años, pero aparentaba veinticuatro o veinticinco.

–Y para tu información, estaba casada cuando lo tuve.

–Vaya, qué alivio. No sé si habríamos podido vivir bajo el mismo techo siendo tú una pecadora con tantos secretos escondidos.

Samantha soltó una carcajada.

–Bueno, me voy a dormir.

–Y yo voy a nadar un rato. ¿Seguro que no quieres venir conmigo?

–Sí… no, gracias.

Cuando estaba en la cama, lo imaginó nadando en la piscina. ¿Lo haría desnudo o con bañador?

–Eres patética –murmuró, para sí misma–. Te portas como una adolescente obsesionada por el sexo. Cálmate, rica.

La verdad era que hacía mucho tiempo que no estaba en los brazos de un hombre. Y en las circunstancias apropiadas y con el hombre apropiado, ese era un sitio estupendo para estar.

–Duérmete de una vez, pesada.

Y lo hizo. Y soñó.

Estaba nadando en la piscina, con David. Sin ropa. Era maravilloso porque hacía mucho tiempo que se conocían. Y después se iban a la cama y David la abrazaba, solo la abrazaba.

 

Con el corazón acelerado, David la vio tumbarse en la hierba; su ropa llena de barro, una hoja seca en el pelo. No podía hacer nada más que mirar mientras ella estaba allí tumbada, con los pájaros cantando alrededor, sobre las ramas de los árboles. Estaba paralizado, hasta que el pánico lo hizo despertar, cubierto de sudor.

Entonces se sentó en la cama y encendió la lámpara.

–Por favor, otra vez no…

Agitado, se puso unos calzoncillos y fue a la cocina para servirse un vaso de whisky. Lo tomó en el porche, apoyado en la barandilla, mirando las estrellas. Intentaba no pensar en nada, concentrarse solo en la respiración, una técnica de relajación que aprendió en un incierto hospital, en una isla perdida del mar de China.

Recordaba a las enfermeras, siempre sonrientes, y al monje budista…

Entonces sonrió. No pasaba nada. La noche era muy agradable y los grillos daban su típica serenata. Suspirando, se quedó allí mucho rato, intentando recuperar la tranquilidad perdida.

OceanofPDF.com