Un tornado en su corazón
Capítulo 4
DAVID sabía que no iba a dar saltos de entusiasmo por la invitación. Aunque, viendo la desvencijada oficina en la que Samantha pasaba tantas horas, era comprensible que no fuese muy entusiasta.
Le encantaría invitarla a comer todos los días para que pudiera salir un rato de aquel sitio tan deprimente.
–Quieres invitarme a comer, ¿no? –dijo entonces Samantha.
–Así es.
–Pues seguro que esto te sorprende, pero no puedo marcharme de aquí solo porque tú desees invitarme a comer.
–¿Por qué no?
–Tengo trabajo y tú no eres mi jefe.
–Pero si estás a cargo de la tienda…
–Cierto –replicó ella, desafiante. Llevaba una de esas blusas suyas, tan serias, de color azul cielo con botoncitos. Pero el primer botón se había desabrochado y David podía ver el encaje blanco de su sujetador.
–¿Lo que estás haciendo no puede esperar una hora?
–No.
–Pero si quisieras, vendrías a comer conmigo.
–Si quisiera, sí.
–¿Y no quieres?
David sabía muy bien por qué se resistía. Llevaba una semana apartándose de su camino, pero tenía que hacer algo, aunque solo fuera comer con ella.
–No, no quiero.
–¿Por qué no?
–Porque no me gusta que me digan lo que tengo que hacer.
–¿Aunque sea una invitación para almorzar? ¿Aunque te ofrezca una comida rica en vitaminas, saludable, que te dará fuerzas para el resto del día?
–No –repitió Sam, obstinada.
Era dura aquella chica. Y aunque a veces resultaba irritante, a David le parecía irresistible. Hubiera deseado tomarla en brazos, sacarla de allí y hacerle el amor en una isla desierta…
Unas campanitas de alarma empezaron a sonar en su cabeza, pero no les hizo caso. No había nada malo en un pequeño romance, se dijo. Sería bueno para los dos. Él había mantenido relaciones con muchas mujeres independientes que no querían saber nada de compromisos. Y las relaciones terminaban de forma amistosa, como a él le gustaba.
Como tenía que ser.
–¿Y si te digo que voy a llevarte al Caribe?
–No me gustan las preguntas hipotéticas –contestó Samantha.
Pero, por un segundo, David vio en sus ojos un brillo de ilusión. Y se sintió culpable. ¿Por qué le había dicho esa tontería?
Samantha soltó el clip y apoyó los codos en la mesa.
–Puede que tú estés acostumbrado a decirle a la gente lo que tiene que hacer, pero a mí no me gusta. ¿Debo recordarte que no soy empleada tuya?
–Cierto –asintió él, intentando no sonreír. Y aunque fuera empleada suya, seguramente actuaría de la misma forma.
–Pues ya lo sabes. Así que ya puedes marcharte.
–A mí tampoco me gusta que me den órdenes.
–Pues entonces quédate –replicó Sam.
Evidentemente, así no estaba consiguiendo nada, de modo que lo mejor sería buscar otra forma de convencerla.
–Tengo una idea mejor. Voy a empezar otra vez.
Samantha levantó los ojos al cielo.
–A ver…
–Quiero pedirte disculpas.
–¿Por qué?
–Porque debería haberte pedido «por favor» que vinieras a comer conmigo. Lo siento, Sam.
–No lo sientes –replicó ella, volviéndose para mirar la pantalla del ordenador.
–Samantha, por favor…
–¿Qué?
Tenía unos ojos preciosos, pensó David.
–Se me acaba de ocurrir que casi nunca nos vemos a la luz del día.
–¿Y qué?
–Que he pasado por aquí para ver si te apetecía comer conmigo.
Sam no contestó inmediatamente, como si estuviera pensándoselo. Se echó hacia atrás en la silla, jugando con el bolígrafo y, al hacerlo, la blusa se ahuecó un poco más, mostrando el nacimiento de sus pechos. Para ser tan delgada, tenía unos pechos sorprendentemente generosos.
–Considerando que tengo mucho que hacer y considerando que no me caes nada bien, ¿por qué iba a apetecerme comer contigo?
A David se le ocurrían un par de razones: para empezar, el aburrido sándwich que llevaba en el bolso. La había visto hacerlo por la mañana.
–¿Por la comida? –sugirió.
–No se te ocurrirá pedir por mí, ¿no?
–Por supuesto que no –rio él–. No me atrevería.
–Muy bien. Estaré lista en un minuto.
Se había rendido, pensó David. Qué milagro.
–Háblame de tu hijo –dijo David.
De nuevo estaba dándole órdenes. Pero Samantha la dejó pasar, sintiéndose magnánima. De modo que, mientras tomaba su ensalada de gambas, le habló de Kevin, intentando no parecer una madre ñoña. Pero le resultaba difícil porque Kevin era un niño estupendo y estaba muy orgullosa de él. Lo que no sabía era por qué David se mostraba tan interesado; los hombres que ella conocía nunca habían mostrado interés por saber nada de su hijo… pero David quiso ver la fotografía que llevaba en el bolso.
–¿El niño ve a su padre?
–No. Su padre murió cuando tenía cuatro meses.
Se alegraba de no tener que decir que su marido la había abandonado. Sonaba tan… melodramático.
–Lo siento –dijo David.
–Ocurrió hace mucho tiempo.
–¿Tienes más parientes, además de tu hermana y tu abuelo?
Samantha le habló de sus padres, que murieron en un accidente de barco cuando Kevin tenía cinco años; el mismo año que su hermana se fue a Florida. Fue un momento terrible y se sintió muy sola, pero eso no se lo contó.
–¿Y desde entonces trabajas para tu abuelo?
–Así es.
Entonces le preguntó por su trabajo, por qué no había buscado otro más interesante…
–Lo he pensado muchas veces, pero no puedo dejar solo a mi abuelo.
–Pero podría contratar a otra persona.
–Por el dinero que me paga a mí, imposible. Además, es muy mayor y no puedo abandonarlo.
–Tienes el corazón blando, Samantha –sonrió David–. Por mucho que intentes disimularlo.
–Es mi abuelo. De pequeña me regalaba caramelos y muñecos de peluche. ¿Qué quieres que haga?
–¿Por qué no va bien el negocio?
–Una combinación de factores. Sobre todo, porque las grandes superficies se llevan todas las ventas. Además, mi abuelo ya no sabe lo que quiere la gente, vive en otro mundo –suspiró Sam–. Debería retirarse, pero está solo y esa tienda es toda su vida.
–¿Y qué va a pasar?
–No lo sé. No puede vender el negocio porque no se lo comprarían – contestó ella–. Pero lo que más me preocupa es lo que pasará cuando sepa que debe cerrar la tienda. Aparte de que yo me quedaré sin trabajo.
–Quieres mucho a tu abuelo, ¿no?
–Sí, claro. Lo quiero mucho, pero me vuelve loca. Es un gruñón, fuma puros a pesar de los consejos del médico y se niega a hacerse las revisiones anuales.
David apretó su mano.
–¿De verdad no quieres una copa de vino?
–Bueno, ¿por qué no?
Nunca tomaba vino durante el almuerzo. Pero claro, ella nunca comía fuera de la tienda. Era agradable comer en un restaurante, sobre todo en uno tan elegante como aquel. A su alrededor había plantas y cuadros de la campiña inglesa; casas rústicas con muchas flores y persianas pintadas de color verde.
–¿Te gustan?
–Mucho. Son una fantasía.
–¿Tu fantasía?
Samantha sonrió.
–Si soy realista, no.
–Las fantasías no tienen nada que ver con la realidad.
–Hay fantasías y fantasías –dijo Sam entonces–. Algunas pueden convertirse en realidad, otras, es imposible.
–Pues háblame de alguna fantasía tuya que pueda hacerse realidad.
–Dormir tres días seguidos, por ejemplo. Y no me digas que es una fantasía patética.
–No lo es. Yo he tenido ese mismo deseo algunas veces.
–En julio tengo tres semanas de vacaciones, así que intentaré hacerla realidad –sonrió Samantha–. Pienso meterme en la cama y no levantarme en tres días.
David asintió solemnemente.
–Y yo te llevaré la comida a la cama: cruasanes, salmón, helado de chocolate.
–No quiero que me molesten.
–Muy bien. Intentaré no hacer ruido –sonrió él, levantando su copa–. Brindo por un día en el que tengas fantasías menos prosaicas.
–¿Por ejemplo?
–Fantasías sobre las cosas bonitas de la vida: romance, pasión, un baño a la luz de la luna, un paseo por la playa, una historia de amor… ¿Quieres saber cuál es mi fantasía?
Sam apartó la mirada.
–Mejor no.
–Te la contaré de todas formas. Quiero dar un paseo contigo, de noche. Para enseñarte Venus, para que huelas las rosas y la hierba bajo tus pies desnudos.
Ella levantó una ceja.
–¿Eso es todo?
–Bueno, también te besaría a la luz de la luna, te quitaría la ropa y te haría el amor sobre la hierba.
–Una fantasía muy mansa.
–No he dicho que no tenga otras –rio David.
Era encantador, pero Samantha no pensaba dejarse seducir por una sonrisa y una ensalada de gambas.
Era demasiado peligroso.
Aunque, en realidad, lo estaba pasando bien. Una hora más tarde estaría de vuelta en la oficina, donde la realidad la rescataría inmediatamente de tanta fantasía.
De modo que se relajó para disfrutar de la comida, tomó su copa de vino y pidió un postre lleno de calorías.
David inspeccionó las vigas de madera que el camión había llevado por la mañana.
La parcela estaba en un lugar precioso, con el bosque detrás y una vista de las montañas Ridge. Mientras estaba admirando el paisaje, una imagen de Sam apareció en su mente.
Incómodo, empezó a bajar el equipo y la maquinaria de la furgoneta. Se marcharía en otoño, de modo que solo tenía hasta mediados de octubre para construir la cabaña. Y cuando estuviese acabada tendría una residencia permanente, aunque no viviese allí durante gran parte del año.
Intentaba no pensar en la magnífica casa de estilo colonial que una vez compartió con una mujer bellísima, la casa que fue su hogar.
Fue la última vez que vivió de forma permanente en un sitio y nunca volvería a tener lo que tuvo entonces. Se había hecho a la idea, decidido a no volver a pasar por aquel infierno. Quería que su vida fuera sencilla, fácil, sin riesgos.
Impaciente por aquellos pensamientos, David cerró la puerta de la furgoneta con más fuerza de la necesaria.
Las dos y cuarto. Sam miró el despertador y volvió a cerrar los ojos. Últimamente le pasaba eso a menudo; se despertaba en medio de la noche sin saber por qué y luego tenía problemas para dormirse de nuevo. Empezaba a pensar en el trabajo, en los estudios, en Kevin… Le parecía como si llevara siglos apartada de él. Echaba de menos sus ojitos azules, su sentido del humor, el ruido y la actividad que iban con él. Pero Kevin lo estaba pasando bien en el campamento y no tenía razones para sentirse culpable. Además, estaba en buenas manos; su cuñado era un hombre estupendo.
¿Y si le pasaba algo? ¿Y si sufría un accidente?
«Por favor, no pienses esas cosas», se dijo, con el corazón en un puño. Angustiada, se levantó de la cama y fue a la cocina a hacerse un té. Estaba de pie frente a la encimera cuando oyó ruido en el despacho.
Con la taza en la mano, se acercó a la puerta. Podía oír el ruido del fax y a David hablando por teléfono. Estaba de espaldas, pero debió notar su presencia porque se volvió. Al verla, le hizo un gesto con la mano, sin soltar el teléfono.
De repente, Sam se dio cuenta de que estaba despeinada, descalza, con un camisón blanco muy arrugado.
–Te llamaré cuando revise el informe, dentro de un par de horas –dijo él, antes de colgar–. ¿Te he despertado?
–No. Te he oído desde la cocina. ¿Qué haces despierto a estas horas?
David se levantó para estirarse perezosamente y Sam tuvo que apartar la mirada de aquellos bíceps.
–Trabajar.
–¿A las dos de la mañana?
–En Singapur es por la tarde.
–Ah, ya.
–¿Y tú qué haces levantada?
–Me desperté y no podía volver a dormir.
El fax dejó de hacer ruido y la música clásica que llegaba del salón, una música apasionada y exótica, pareció envolverlos a los dos.
Tras la puerta de cristal, la noche era misteriosa y oscura. Sam sintió un escalofrío de aprensión cuando David clavó su mirada en ella.
–Será mejor que me vaya –dijo en voz baja.
–No tienes que irte.
Unas palabras tan sencillas. Samantha intentó moverse, pero le pesaban las piernas y se sentía diminuta a su lado. De repente, le costaba trabajo respirar. David parecía irradiar un poder invisible que la rodeaba, que la mantenía cautiva.
–Hueles muy bien –murmuró él, inclinándose para buscar su boca.
Sam no se movió. Sintió los brazos del hombre rodeándola, apretándola contra su pecho. El beso estaba cargado de sensualidad, de un deseo que no podía disimular.
«Tócame», pensó. Quería sentir el calor de sus manos, quería…
Y entonces, como si hubiera leído sus pensamientos, David puso las manos sobre sus pechos; una caricia suave, delicada, que la hizo sentir un estremecimiento.
–Y sabes muy bien –siguió él con voz ronca.
Samantha supo que sería muy fácil seguir besándolo, muy fácil irse a la cama con él, donde la acariciaría por todas partes, donde le haría el amor…
Por eso salió corriendo, con el corazón en un puño.
–Eres idiota –murmuró para sí misma–. Te portas como si fueras una adolescente. Das pena.
No durmió mucho aquella noche. No podía dejar de sentir la boca de David sobre la suya, las manos en sus pechos. Seguía oyendo su voz, ronca de deseo: «Sabes muy bien».
David miró el informe que debía revisar. Pero en lugar de ver las cifras, veía el rostro de Sam. La había pillado desprevenida. Allí, con su camisón blanco, sus rizos despeinados, como un ángel…
Afortunadamente, estaba hablando por teléfono. Su reacción al verla así había sido muy poderosa y agradeció tener unos segundos para respirar.
Pero no pudo resistirse al deseo de besarla. No se equivocaba al pensar que ella lo deseaba también; había visto ese anhelo en sus ojos, sintió la reacción cuando acarició sus pechos. Pero esos sentimientos la asustaban y Samantha salió corriendo como si él fuera el propio demonio.
¿Qué le estaba pasando?, se preguntó David. No debería besarla, no debería ponerla en esa situación. No era justo ni para ella ni para él.
Pero, ¿por qué no? Los dos eran adultos. ¿Qué había de malo en tener un romance? Nada en absoluto. Y él estaba preparado para ello.
Bostezando, David apartó el informe. Lo leería al día siguiente. Sería mejor dormir un poco, se dijo.
Intentando no hacer ruido, salió al pasillo. La puerta del dormitorio de Sam no estaba cerrada del todo y podía ver luz en el interior.
Sin poder evitarlo, asomó la cabeza. Ella estaba tumbada, con la sábana por la cintura, el pelo extendido sobre la almohada. Dormía con los labios entreabiertos… Se sentía culpable por mirarla, pero lo envolvió una extraña sensación de ternura y volvió a su dormitorio, sorprendido.
¿Por qué al mirar a Sam había sentido esa emoción? ¿Y por qué ella precisamente, tan evasiva, tan estresada, tan evidentemente poco interesada en una relación pasajera?
Había muchas preguntas sin respuesta en su vida.
Lo único que sabía era que Sam removía algo dentro de él, que lo hacía sentir vivo. Que con ella recuperaba una alegría que creía muerta.
Ese pensamiento le dio miedo. Era una puerta que no quería abrir.
Debería dejarla en paz, pero no estaba seguro de poder hacerlo.
Samantha estaba sentada en la cama, mirando un libro con gesto de asco. Derecho mercantil. Lo odiaba. ¿Cómo podía no entender aquello? Ella no era tonta, todo lo contrario… Furiosa, lanzó el libro contra la pared. Desgraciadamente, golpeó la lámpara de la cómoda y tiró al suelo un vaso de agua.
Un segundo después, David estaba llamando a la puerta de su dormitorio.
–¡Samantha! ¿Qué pasa?
–¡Nada!
David abrió sin pedir permiso.
–¿Qué ha pasado…? Ah, ya veo –sonrió, al ver el vaso hecho añicos en el suelo–. Tirando libros, ¿eh? Sam, ¿por qué eres tan testaruda? ¿Por qué no dejas que te ayude? Ven a la cocina y te echaré una mano con esto.
Cuando él salió de la habitación, Samantha cerró los ojos, irritada. David intentaba ser amable, pero a veces la ponía de los nervios.
Sin embargo, estaba siendo absurdamente obstinada. ¿Por qué no dejaba que le echase una mano?
Cuando entró en la cocina lo vio sentado en el porche, leyendo un libro.
–¿De verdad quieres ayudarme con el derecho mercantil?
–Claro.
Cinco minutos después, Samantha se dio cuenta de que había cometido un error. No podía pensar en el derecho mercantil porque David estaba demasiado cerca y el sonido de su voz mientras le explicaba cada tema… provocaba un incendio en su interior.
No podía concentrarse. Tenía que irse de allí antes de que él se diera cuenta, antes de echarse en sus brazos como una loca.
Ella no haría eso. Era una mujer fuerte, independiente y no iba a sucumbir a aquel ridículo y frívolo capricho de su cuerpo con un hombre al que apenas conocía.
Aunque fuera el David de Miguel Ángel en persona.
–Lo siento, estoy demasiado cansada. ¿Te importa si hacemos esto en otro momento?
–Claro que no.
Sam recogió sus papeles e intentó hacer una salida digna, pero fue saboteada por la alfombra, con la que tropezó miserablemente. Intentó sujetarse a la silla, pero cayó al suelo hecha un lío de libros, brazos y piernas.
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