Un tornado en su corazón
Capítulo 7
DAVID no se movió ni un centímetro, los pies anclados al suelo como si estuviera en su propia habitación.
–Fuera de aquí –repitió Sam, intentando controlar la rabia.
–Aún no. Samantha, cálmate, ¿quieres? Te estás poniendo furiosa por nada.
–¡No estoy furiosa!
–Sam…
–¡Que me dejes en paz!
–No.
–¿Qué es lo que quieres, David?
–Quiero que me escuches. Y luego me marcharé.
Ella se cruzó de brazos.
–Muy bien.
–Tara es mi prima. Crecimos juntos. Su padre, mi padre y el padre de Andrew son hermanos. Se ha ido de casa y no quiere que su marido la encuentre, por eso ha venido aquí.
Podría estar mintiendo. O quizá no.
–¿Por qué no quiere que la encuentre su marido? No, no, déjalo, no es asunto mío.
–Porque se ha gastado su dinero –contestó David–. Es un ludópata que se niega a recibir tratamiento psicológico. Tara ha decidido divorciarse y él no está dispuesto a cooperar. Por eso va a quedarse aquí, hasta que su abogado lo arregle todo.
–Lo siento.
–Tara es una chica dura y sabía que esto iba a pasar tarde o temprano.
–Pensé que…
–Ya sé lo que has pensado –la interrumpió David.
–Esta mañana la vi saliendo de tu dormitorio.
–Porque está durmiendo allí. Yo he dormido en el sofá del despacho.
Podría haber dormido en el cuarto de Susan y Andrew, pero también él parecía creer que ese era terreno privado.
De modo que estaba equivocada sobre Tara… era su prima de verdad. Y ella había tenido celos. Unos celos absurdos.
–Siento haberme enfadado.
–Yo no. Me anima mucho –sonrió David, levantando su barbilla con un dedo–. Me alegro de que no seas tan indiferente como quieres aparentar.
Samantha dio un paso atrás.
–No digas bobadas.
–Tienes que disfrutar de la vida, Sam. Tienes que reírte, pasarlo bien…
–Y acostarme contigo, ¿no?
–Eso también. Quiero llevarte a bailar, a navegar. Y quiero hacerte el amor sobre la hierba.
–¿Rodeados de mosquitos? No, gracias.
David soltó una risotada.
–Ya encontraré la forma.
–¿Cómo?
–Encontraré la forma de rescatarte, de hacerte reír, de hacerte el amor apasionadamente… en una cama, en la playa o sobre la hierba.
–No es tan sencillo –replicó Samantha.
–No tiene por qué ser complicado –dijo él, inclinando la cabeza para rozar sus labios–. Esto no es complicado, ¿verdad?
–Quizá no lo es para ti, pero yo no me acuesto con cualquiera solo porque sea divertido.
Sam deseaba que la quisieran, deseaba ser feliz. Y deseaba no tener tanto miedo de que volviesen a abandonarla.
Pero David no la haría olvidar ese miedo. Para él, solo sería una aventura pasajera.
Y ella quería olvidar, aunque fuera por una noche. Estaba cansada de tener miedo, de preocuparse por el futuro. Quería placer, felicidad, libertad.
Pero no quería el dolor que, sin duda, llegaría después.
–Por favor, vete –dijo en voz baja.
–Parece que no se ha alegrado mucho de verte –sonrió Tara–. La he oído gritar desde aquí. ¿Qué has hecho para que se callara, ponerle una almohada en la cabeza?
–Le he dicho la verdad –contestó David.
–¿Qué verdad?
–Que tú no eres una fresca.
Tara soltó una risita.
–¿Y te ha creído?
–Por supuesto.
–Le ha dolido verme aquí, ¿no?
–Le ha dolido pensar que dormíamos juntos.
–¿Está celosa?
–Más bien enfadada porque he traído una mujer a casa. Aunque ella no deja de decir que no está interesada en mis atenciones.
–Ah, horror. Eso es malo para tu ego.
–Mi ego está perfectamente, gracias –rio David, tomando un sorbo de vino.
–Es muy delgadita.
–Normal. Lo único que hace es trabajar y estudiar… Si sigue así, se pondrá enferma.
–Como te pasó a ti–dijo Tara entonces.
David no quería pensar en aquel oscuro momento de su vida. Un momento en el que le daba igual vivir que morir. Una pesadilla que no quería revivir jamás.
–Quiero que Samantha se relaje, que disfrute de la vida.
No se atrevía a hablarle a Tara de su plan, aunque pronto tendría que pedirle ayuda.
–¿Vas en serio con ella?
–Pues… quiero ayudarla.
–Quieres rescatarla.
–Eso suena un poco dramático, ¿no?
–Pero es cierto.
David dejó escapar un suspiro.
–Sí, supongo que sí –murmuró, mirando hacia la ventana.
–Y Samantha no quiere que la rescaten. Quiere que te metas en tus cosas.
–¿Has hablado con ella? –bromeó David.
–No, pero me imagino lo que siente. Y supongo que, celosa o no, no está interesada en tener una simple aventura de verano.
–Yo no tengo aventuras de verano –replicó él, molesto.
–Entonces, ¿cómo debo llamarlo? ¿Una relación sin compromiso entre dos personas maduras?
–¿Y qué hay de malo en eso?
Tara se encogió de hombros.
–Nada, si es lo que los dos queréis. Pero creo que Samantha no quiere eso, David. Seguramente pensará que, al final, será ella quien pierda.
–¿Por qué?
–Por lo que me has contado, su vida no es precisamente fácil. Y entonces llegas tú, con tu dinero, con ganas de pasarlo bien…
–No eres justa, Tara. Yo no quiero aprovecharme de Sam.
–¿Debo recordarte que dentro de un par de meses te irás a México? Se está protegiendo a sí misma, nada más.
–Por favor… Hablas como si ya la hubiera dejado con el corazón roto.
–¿Vas a casarte con ella?
–¿Qué?
–Que yo sepa, no has vuelto a mostrar ningún interés en el matrimonio ni en compromiso de ningún tipo.
–No lo tengo.
–¿Te da miedo? –preguntó Tara entonces.
–Eso no sería lógico, ¿no te parece? –replicó David, sin mirarla.
–Pero sería muy comprensible. Lo que te pasó fue muy doloroso y es lógico que quieras protegerte…
–No me analices, Tara.
–Ha pasado mucho tiempo. No me digas que quieres seguir solo toda la vida, ir de un sitio a otro…
David se levantó, como dando por terminada la conversación.
–Me gusta lo que hago. Quiero ser libre y hacer lo que me apetece.
–Eso es lo que te dices a ti mismo.
–No voy a casarme otra vez, Tara. Nunca.
–Porque tienes miedo.
–Muy bien –suspiró él, apretando los puños–. Tengo miedo.
Se había equivocado.
Sam estaba cepillándose los dientes frente al espejo con el mismo vigor que ponía cuando fregaba el suelo de la cocina. Desde el salón, oía las voces de David y su preciosa prima.
David McMillan no era hombre para ella. Era demasiado sofisticado, demasiado rico, demasiado libre, demasiado todo.
Además, se marcharía del país en unos meses. Y seguramente tenía relaciones sentimentales en todas partes, relaciones que duraban lo que duraba su estancia. Nada más.
Y ella ya había pasado por eso. Estuvo enamorada y la abandonaron dejándola con un niño. Sin educación universitaria y sin dinero. Una vez era más que suficiente.
Pero no podía dormir. Estuvo dando vueltas durante horas, pensando en David, que estaría en el sofá del despacho. Hubiera querido ir allí y hacerle el amor apasionadamente, olvidándose de todo, olvidando lo que era más importante para ella: su independencia, su hijo, su futuro.
Pero no podía ser. Si se enamoraba de David acabaría con el corazón roto, sin planes, sin saber qué hacer.
«Tengo que concentrarme en lo que es importante para mí», se dijo a sí misma. «Tengo que concentrarme, tengo que concentrarme».
El ruido del mar era ensordecedor y el miedo lo mantenía paralizado. David observaba a Celia en la arena, con un vestido blanco, una mano sujetando el sombrero. Su rostro estaba en sombras, pero veía su cuerpo recortado contra la luz del atardecer. Podía ver su abdomen hinchado, aún no mucho, aunque ya era visible el embarazo.
De nuevo aquella sensación de estar sin aire, de tener los pies clavados en la arena, sin poder moverse, sin poder salvarla.
No podía respirar.
Entonces Celia empezó a correr hacia él, riendo. Su sombrero cayó al agua… y no era Celia, era Samantha.
Sam, que se echaba en sus brazos.
De repente, los pulmones de David se llenaron de aire y despertó, jadeando, cubierto de sudor, con el corazón a mil por hora.
Estaba lloviendo, una lluvia de verano que golpeaba furiosamente los cristales de las ventanas.
Aquel sueño… No había ni sol, ni mar, ni arena. Cuando ocurrió estaban en las montañas. Ella llevaba botas de campo y una gorra de visera. El sueño estaba equivocado.
Pero no era Celia. Era Samantha quien corría hacia él.
Por la mañana, cuando entró en la cocina, Sam se encontró con una escena muy familiar: Tara, en pantalón corto y camiseta, sacando una bandeja de bollos del horno. La mesa estaba puesta para tres, con tres vasos de zumo de naranja y tres tazas.
Tara no llevaba ni gota de maquillaje y, aunque seguía siendo preciosa, no era tan apabullante como la noche anterior.
–Buenos días, Sam. Espero que tengas ganas de desayunar.
–Buenos días –contestó ella, sorprendida. ¿Había hecho bollos caseros? Eso sí que era sorprendente–. ¿Los has hecho tú?
Tara se encogió de hombros.
–Me desperté temprano y como no tenía otra cosa que hacer… Espero que no te importe.
–No, claro que no. Además, esta no es mi casa.
–Pero vives aquí. Bueno, también he hecho tortilla francesa de queso y jamón, por si te apetece.
David entraba en ese momento en la cocina.
–Qué hambre tengo. ¿El desayuno está listo?
–Sí, señor –sonrió Tara–. Sírvase usted mismo.
Resultaba difícil odiar a Tara. En realidad, era una chica encantadora, descubrió Samantha durante los días siguientes. No pedía nada, cocinaba de maravilla y era muy simpática. Cuando volvía de clase, se encontraba siempre con la cena hecha y, además, su presencia en la casa hacía que la relación con David fuera menos tensa. Aunque él seguía mirándola con una intensidad que despertaba anhelos dormidos.
El sábado, después de cenar, Tara le pidió a Samantha que fuese a dar un paseo con ella. David estaba encerrado en el despacho hablando por teléfono y no daba señales de que fuese a terminar pronto.
–Debería hacer más ejercicio –dijo Sam, respirando el fresco aire del anochecer–. Pero es que no tengo tiempo.
–Cuando consigas el título universitario, podrás relajarte un poco, ¿no?
–Eso espero. Pero no me des una charla, por favor. David no para de hacerlo –replicó Samantha.
Tara soltó una carcajada.
–Muy bien, nada de charlas.
Cuando llegaron a la cabaña, Sam comprobó que David había hecho progresos. Las paredes ya estaban levantadas y empezaba a tomar forma. Iba a ser un sitio precioso.
–Es estupendo que esté construyendo esta casita –comentó Tara–. Es un principio.
–¿De qué?
–Lleva mucho tiempo yendo de un lado para otro y construir esta cabaña puede ser una señal de que, por fin, quiere algo permanente.
–¿Por qué va de un lado para otro? –preguntó Samantha.
Tara miró hacia atrás antes de contestar:
–Yo creo que está huyendo de sí mismo.
Parecía incómoda. Quizá temía haber dicho algo que no debería.
Pero David no parecía un hombre que huía de sí mismo, todo lo contrario. Aunque, en realidad, ella apenas lo conocía.
Cada tres o cuatro días llegaba un ramo de flores a la tienda. Todos ellos preciosos y todos con una nota.
–No tienes por qué seguir enviándome flores –le dijo una mañana, antes de irse a trabajar. Tara ya se había marchado y David estaba haciendo huevos revueltos.
–Tengo una buena razón para enviarte flores.
–Lo sé, lo sé. Para recordarme que la vida está llena de cosas bonitas – replicó Sam, dejándose caer sobre la silla–. Deja de mandarme flores, por favor. Me hace sentir incómoda.
Y David dejó de enviarle flores. En cambio, le envió una caja de bombones suizos tan extravagante que Sam se quedó mirándola durante cinco minutos, atónita.
¿Qué podía hacer? ¿Pedirle que tampoco le enviase bombones, devolver la caja, comérselos y luego exigir que no volviese a regalarle nada?
Ella era débil con el chocolate. Después de todo, si David quería gastarse el dinero a lo tonto… Además, podría decirle que había tirado la caja a la basura. Sí, claro, como que iba a creérselo.
Sonriendo, Sam eligió un bombón de aspecto delicioso. Estaba comiéndoselo cuando apareció su abuelo fumando un puro y, rápidamente, ella tapó los bombones para evitar que los contaminase con el humo.
Su abuelo le dio un papel con la cifra de ventas del mes anterior, diciendo que debía haberse equivocado porque eran demasiado bajas. Pero le decía aquello todos los meses.
–No me he equivocado.
–Entonces, ¿qué pasa?
–Creo que es hora de enfrentarse con la verdad –contestó ella, sintiendo una terrible compasión por aquel hombre, que había abierto la tienda cincuenta años antes.
–¿Y cuál es?
–Que las grandes superficies nos han ganado la batalla, abuelo.
Él asintió.
–No te preocupes, cariño. Todo se arreglará.
El corazón de Sam latía como un tambor. Estaba en medio de la carretera, de noche, con Kevin en el asiento de atrás, llorando porque tenía hambre.
Estaba sola en el mundo, sin trabajo, sin educación, sin casa. Susan le había dicho que no podía seguir viviendo en la suya, de modo que Kevin y ella dormían en el coche.
Cada vez que buscaba un trabajo, la gente se reía de ella porque no tenía titulación y su experiencia en la tienda no valía para nada.
No tenía sitio donde ir, nadie que la ayudase. Y Kevin estaba llorando. Tenía hambre y a ella solo le quedaba un dólar. Y allí estaban, tirados en el arcén porque se había quedado sin gasolina.
Sin gasolina. Se había quedado sin gasolina, como Gina había predicho. Y ni siquiera tenía puestos los zapatos. ¿Dónde estaban sus zapatos?
No tenía zapatos.
Sam se despertó con los ojos llenos de lágrimas y un puño apretándole el corazón.
Había sido una pesadilla. La pesadilla de siempre.
Las tres y media, marcaba el despertador. Samantha se secó las lágrimas con la sábana. Solo había sido un mal sueño y sin embargo… no valía de nada decirse a sí misma que estaba a punto de conseguir el título, que tenía amigos y familia que la ayudarían siempre, que no estaba sola en el mundo, que trabajar para su abuelo era una experiencia importante y que, sin duda, encontraría un buen trabajo en el futuro.
Ella era una mujer competente, fuerte, seria, se decía. Pero nada podía ahuyentar el miedo que había provocado esa aterradora pesadilla.
–Qué tonta soy… –murmuró, levantándose de la cama.
Entró en la cocina para hacerse un té, pero estaba tan nerviosa que se le cayó la taza al suelo. Y, de repente, al verla hecha añicos en el suelo, la angustia fue más fuerte que ella y rompió a llorar.
–¿Qué ha pasado? –preguntó David, que entraba en ese momento en la cocina.
–Se me ha roto una taza –contestó Samantha, sin mirarlo.
–No, en serio. ¿Qué ha pasado?
–Que he tenido una pesadilla. Nada, una tontería. No podía dormir y había venido para hacerme una taza de té…
David estaba muy cerca y Sam tuvo que luchar contra el impulso de apoyar la cara contra su torso desnudo. Para sentir, aunque solo fuera por un momento, que no estaba sola.
Era un impulso peligroso. En momentos de miedo o debilidad era demasiado fácil buscar consuelo en el sitio equivocado. Demasiado fácil ser ciego.
Pero él la abrazó sin decir nada, como si hubiera leído sus pensamientos.
–Lo siento –murmuró Samantha, sin poder contener las lágrimas–. Lo siento.
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