Un tornado en su corazón
Capítulo 8
NO PASA nada, Sam. ¿Por qué no me cuentas el sueño?
Ella negó con la cabeza. Le daba vergüenza. Solo quería seguir en sus brazos, sentir su calor, permitirse a sí misma un momento de ilusión…
¿Ilusión de qué?
De amor, de no estar sola.
Tuvo que hacer un esfuerzo para recuperar la compostura, respirando profundamente, pasándose una mano por el pelo.
–Yo… lo siento. No pensaba encontrarme contigo, así, en camisón.
–No te preocupes, no se te ve nada. Aunque eso no impide que mi imaginación trabaje febrilmente.
–Por favor, David…
–¿Por favor qué? ¿Por favor hazme el amor? ¿Por favor, no me hagas el amor?
–Por favor, no hables así.
–Es lo que pienso, Sam. Pienso en hacer el amor contigo, pienso en…
–No, por favor.
Él levantó su barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
–¿Por qué no? ¿Tan terrible es que te desee?
Samantha tragó saliva.
–No quiero que me desees.
Su vida sería mucho más fácil si él no la desara, si solo fuera un hombre con el que compartía casa de forma temporal. Un hombre que no la enviaba flores, que no la invitaba a comer, que no hacía que su corazón se acelerase cada vez que estaba cerca.
–¿Y tú qué, Sam? ¿Tú no me deseas?
–No –mintió ella.
–Yo creo que sí. Y no quieres desearme. ¿Tengo razón?
Era absurdo intentar engañarlo. David ya sabía la verdad.
–Sí.
–Pues me temo que tenemos un problema.
–¿Un problema? ¿Por qué?
–Porque estos sentimientos no van a desaparecer así como así. Yo no quiero que desaparezcan. Me gusta sentir lo que siento cuando te miro, cuando pienso en ti.
–Pero te vas a México en octubre.
–Aún faltan tres meses.
Samantha quería rendirse, quería besarlo, hacerle el amor, vivir un momento mágico. Tres meses de felicidad eran tres meses de felicidad. Pero pensar en el dolor que le causaría la separación…
–Entonces, tendremos que controlar nuestros sentimientos –suspiró, dando un paso atrás–. Y creo que ahora un té me iría muy bien.
–Muy bien. Yo barreré esto.
Mientras llenaba la tetera de agua, Sam miraba el oscuro jardín por la ventana. Al recordar sus fantasías de pasar la noche con un hombre casi tuvo que sonreír. No era esa escena la que había imaginado, él barriendo el suelo y ella haciendo té.
Podrían estar en la cama, haciendo el amor…
Había llegado la hora. No podía esperar más. Cuando Samantha se marchó a trabajar, David llamó por teléfono a Tara.
–Necesito tu ayuda.
–Lo que quieras… mientras sea legal –rio su prima.
–No estoy seguro.
Cuando David le contó lo que quería hacer, al otro lado del hilo hubo un silencio.
–No puedes hacer eso.
–Claro que puedo.
–Sam te denunciará.
–No lo creo.
–¡Estás loco! ¿Seguro que quieres hacerlo?
–Sí –contestó David–. Muy seguro.
–Muy bien, te ayudaré. Pero tendrás que entrar en su habitación y mirar en los cajones para…
–No pienso hacer eso.
–Mira, David, en el amor y en la guerra todo está permitido, ya lo sabes.
–Pero no puedo hacerlo, Tara.
–Si quieres hacer esto, no te queda más remedio.
David se sentía como un delincuente mientras rebuscaba entre las cosas de Sam, sin dejar de hablar con Tara, que iba dándole instrucciones.
Cuando sacó un sujetador blanco del cajón no podía creer lo que estaba haciendo. Se había vuelto loco.
«Deja de mandarme bombones». Samantha se lo había dicho después de que le enviase la segunda caja. Él lo esperaba, claro. De modo que dejó de enviarle bombones y le envió diez globos rojos.
–No vas a rendirte nunca, ¿verdad? –le espetó ella cuando volvió a casa por la noche.
–Nunca. Quiero llevar diversión y frivolidad a tu vida. ¿No dijiste que la semana que viene no tenías clases?
–Sí, pero…
–Y que querías dormir durante tres días seguidos.
–Me gustaría, pero…
–¿Qué tal si nos vamos de viaje?
–¿Qué?
–¿Qué te parecería ir a Nueva Orleans en el avión de la empresa, comer allí y…?
–¿Comer en Nueva Orleans? –lo interrumpió Samantha, atónita.
–Dos ejecutivos de la empresa tienen que asistir a una reunión, así que podríamos ir con ellos.
–¿En un avión privado?
–Es pequeño, no te preocupes. Pero muy cómodo.
David vio que Sam se lo pensaba. En su rostro había una mezcla de emociones: duda, alegría, tentación y, después, un anhelo que no podía disimular.
–Iremos al barrio francés a comer y después, de vuelta al avión.
Samantha le hizo un par de preguntas y él respondió como pudo. Desafortunadamente, tuvo que mentir un poco. Se sentía culpable por ello, pero no quedaba más remedio.
Y, por fin, Sam aceptó.
La primera parte del plan estaba funcionando. El resto era más complicado.
El lunes por la mañana, Samantha entró en el avión y miró alrededor, perpleja.
–Es precioso.
El suelo estaba cubierto de moqueta y los asientos eran de suave cuero color beige. Había un ordenador, un teléfono y una televisión. Era una mezcla de despacho y lujosa habitación de hotel.
Cuando ocuparon sus asientos, la azafata se acercó con una bandeja de café y pasteles. Los dos hombres que iban sentados detrás de ellos estaban hablando de trabajo y no parecían en absoluto impresionados por el avión.
De modo que así era como los ricos hacían negocios, pensó Sam. No viajaban con las masas, no esperaban en ruidosos aeropuertos, no cargaban con pesadas maletas por la terminal.
Frente a ella había un montón de periódicos y revistas de todo tipo: de moda, de diseño, de decoración. Las portadas con lujosas fotografías llamaron su atención y tomó una de moda, fantaseando con ponerse algún día uno de esos vestidos carísimos, viajando a países exóticos: Brasil, Tailandia… y viviendo en una mansión en California o Hawai.
No era su mundo, pero podía soñar un poco.
En el aeropuerto se despidieron de los dos ejecutivos y una limusina los llevó al barrio francés. Samantha lo había visto en la televisión, pero no era lo mismo. De cerca, los edificios antiguos tenían el encanto del viejo mundo, con sus balcones llenos de flores. Era un sitio mágico, incluso a la luz del día.
Era un sitio lejos de la tienda, de sus clases, de su aburrida vida. Y lo estaba pasando bien.
–Bueno, vamos a comer –sonrió David cuando la limusina se detuvo delante de un restaurante. Y menudo restaurante.
–Pensé que íbamos a comer a un sitio menos… no sé. Esto es demasiado.
Él la tomó del brazo.
–Vamos, entra. Y disfruta de la comida, es excelente.
–No me gusta esto –insistió Sam, observando los manteles de hilo blanco, con velas y flores.
–¿No te gusta el restaurante?
–Claro que sí. Lo que no me gusta es que yo no puedo invitarte a comer en un sitio así.
–Puedes devolverme el favor –sonrió David.
–¿Teniendo una aventura contigo? No estoy en venta, querido.
David soltó una carcajada.
–Por favor, Samantha. Estamos pasándolo bien, ¿no? Puedes devolverme el favor regalándome el placer de tu compañía. Solo quiero que pasemos un buen rato, de verdad.
–Ahora me siento como uno de tus proyectos: Hacer feliz a Samantha.
–A mí no me suena mal.
Sam levantó los ojos al cielo. Aquel hombre era irresistible. Las flores, los bombones, los globos… y después aquello. Bueno, si eso era lo que quería, ¿por qué iba a quejarse?
Podía sentirse ofendida o disfrutar del almuerzo.
Era una elección fácil.
–Muy bien. ¿Quieres que lo pasemos bien? Pues vamos a pasarlo bien.
Él volvió a soltar una carcajada.
–Desde luego eres tremenda, Samantha.
De vuelta en el avión, Sam apenas podía mantener los ojos abiertos. Entre las dos copas de vino y el asiento reclinado se estaba quedando dormida…
Cuando despertó, David no estaba en su asiento. Samantha miró por la ventanilla y le pareció que el sol estaba muy bajo en el horizonte. Miró su reloj: las seis. Pero no podía ser. En Virginia el sol no se ponía hasta mucho más tarde.
David salió entonces de la cabina, donde debía haber estado charlando con la tripulación.
–Ah, ya estás despierta.
–¿Qué hora es? Creo que mi reloj se ha estropeado.
–Las seis y cinco. Llevas dos horas durmiendo.
Allí pasaba algo muy raro. Si el sol estaba tan bajo a las seis de la tarde, no podían estar en Virginia. Y llevaban dos horas volando, de modo que ya debían haber llegado.
–¿David?
–¿Sí?
–¿Por qué no estamos en casa?
–Porque no vamos directamente a Virginia –contestó él.
Lo había dicho como si fuera la cosa más normal del mundo. Y Sam se puso furiosa.
–¿Dónde vamos? –preguntó, intentando mantener la calma.
–Vamos a pasar un par de días en una isla del Caribe.
–¿Qué?
–Que vas a tener unas minivacaciones de lujo. Puedes dormir todo lo que quieras. ¿Por qué dormir en Virginia cuando puedes hacerlo en una isla romántica, bajo las palmeras?
Samantha se quedó atónita. Aquello era una locura. Y él lo contaba como si fuera la cosa más natural del mundo.
–¡No me lo puedo creer! ¿Estás secuestrándome?
–Te estoy abduciendo, en realidad. En los secuestros suele pedirse un rescate.
–¡No puedes hacer eso!
–Lo estoy haciendo.
–¡Puedo denunciarte a las autoridades!
–Buena idea –sonrió David–. Podrías demandarme por una enorme cantidad de dinero.
Sam lo miró, perpleja.
–No me tientes –murmuró. Pero entonces recordó algo terrible–. ¡Mi abuelo!
–No te preocupes, ya he hablado con él. Le ha parecido muy buena idea, por cierto.
–¿Que le has contado a mi abuelo que ibas a secuestrarme y le ha parecido buena idea?
–No, le dije que iba a llevarte a pasar un par de días en la playa.
–Pero… ¿y la tienda?
–Tu abuelo puede llevarla solo, no te preocupes.
–¿Y mi hermana, en Florida? No puedo desaparecer…
–No vas a desaparecer. Llámala por teléfono. Aunque seguramente tu abuelo ya se lo habrá contado. Además, he cambiado el mensaje del contestador y he dejado mi número de teléfono por si alguien quiere localizarnos.
–Esto no puede ser… pero si no tengo pasaporte.
–No te preocupes. Es una isla muy pequeña y me conocen bien.
–¿Ah, sí? ¿Y como voy contigo ya es suficiente? –le espetó Samantha–. ¿Qué pasa, que tu familia es la propietaria de la isla?
–Oficialmente, no.
Oficialmente no. Pero seguramente lo sería.
–No me mires con esa cara. No voy a hacerte nada. Mi familia posee una villa en la isla desde hace años y uno de mis primos está casado con la hija de…
–¡Por favor, otro primo!
David soltó una carcajada.
–Es que tengo unos cuantos.
–Has pensado en todo, ¿no?
–Espero que sí.
–¿Y la ropa? ¿Se te ha ocurrido pensar en eso? No tengo nada, ni siquiera pasta de dientes.
–No te preocupes. Llevo una maleta llena de cosas: ropa, zapatos, una bolsa de aseo… Tara ha comprado de todo para ti. Como ella ha conspirado conmigo, también puedes demandarla.
Samantha estaba atónita.
–¿Tara me ha comprado ropa?
–Sí, y espero que te guste.
–Esto es absurdo. Es como una película.
–Ya te dije que la vida…
–Me has mentido, David.
–Sí, es verdad. Pero solo porque quería que pasaras un buen fin de semana. Espero que me perdones.
–Me estás manipulando para que haga algo que no quiero hacer. ¿Crees que así me harás feliz?
–¿No te apetece tumbarte en la arena durante dos días? ¿No te apetece disfrutar y relajarte en una isla paradisíaca? ¿No te apetece…?
–¿Acostarme contigo?
–Solo si tú quieres –sonrió David.
–¡Pues lo siento, pero no quiero! No me gusta que me obliguen a nada.
–Yo no te obligo a nada, Sam. Solo quería darte una sorpresa, pero si no te apetece, volveremos a casa mañana por la mañana.
Una sorpresa. Llevarla a una isla en el Caribe, como si fuera tan normal. No podía ser. Debía estar soñando.
–¿Samantha?
–¿Qué?
–Mira.
Sam miró por la ventanilla del avión y vio una isla verde con playas de arena blanca, el mar azul turquesa y el sol naranja escondiéndose en el horizonte…
–Es como una postal. Nunca pensé que esos colores fueran de verdad.
–Lo son.
Una hora más tarde hacía cosas que tampoco le parecían reales. Como por ejemplo, viajar en un descapotable por una isla diminuta del Caribe o alojarse en una villa preciosa rodeada de vegetación. O tener una maleta llena de ropa: vestidos, faldas, tops, sandalias de tacón, biquinis, ropa interior… Era como un sueño.
Tara no había olvidado nada. Ni el albornoz, ni la bolsa de aseo, ni los cosméticos. Y, como capricho, dos novelas de amor.
Samantha se sentó en la cama, intentando entender lo que estaba pasando. Todo parecía tan irreal… Entonces vio que dentro de la bolsa de aseo había una postal de Tara:
Samantha, lo he pasado estupendamente comprando para ti. Espero que la ropa te guste y te quede bien. Relájate y pásalo de maravilla. Te lo mereces.
Tara
Sam respiró profundamente. No sabía si se lo merecía, pero ya que el destino la había llevado allí lo menos que podía hacer era disfrutar.
Después de ducharse, se puso un vestido de flores y se miró al espejo. ¿Esa era ella? Estaba guapa, pensó. Respirando profundamente, salió de la habitación y se reunió con David en el porche.
«Regálame el placer de tu compañía», le había dicho él unas horas antes.
David se levantó temprano al día siguiente, nadó un rato y después fue a desayunar. A las nueve, Samantha todavía no había aparecido. Evidentemente, estaba haciendo realidad una de sus fantasías: dormir a pierna suelta.
David se sentó en el porche a leer un rato. Eran casi las once cuando Sam por fin apareció, con un pantalón corto y un top azul claro que destacaba el color de sus ojos. Estaba guapísima.
–Buenos días. Espero que hayas dormido bien.
–Como un tronco. El sonido del mar es muy relajante. ¿Es demasiado tarde para desayunar?
–Puedes pedir lo que quieras. La señora Tweedie está a tu servicio.
–Solo quiero café y una tostada.
Pero la señora Tweedie, el ama de llaves, también debió verla muy delgada y le sirvió café, ensalada de mango, zumo de naranja y una tortilla de queso.
–Ay, qué maravilla –suspiró Samantha.
–¿Quieres que volvamos a casa? –preguntó David.
–¿Crees que estoy loca?
Él soltó una carcajada.
–¿De qué te ríes?
–De ti. Primero te pones toda digna y después capitulas por completo.
–No estoy capitulando. Simplemente, he reconsiderado mis opciones y he decidido disfrutar de lo que el destino me ha deparado.
–¿El destino? Creí que había sido yo quien te trajo aquí.
–Bueno, tú eres el instrumento del destino –sonrió Samantha.
–Touché. Entonces, ¿solo soy un peon manipulado por el destino para servirte?
–Algo así.
–Estupendo. Salvado por la campana.
–¿Cómo?
–Que no te he abducido yo. El diablo me obligó a hacerlo y soy inocente por completo.
Sam se encogió de hombros.
–Lo que quieras. Pero ahora me gustaría nadar un rato.
–Te acompaño.
Pasaron la mañana en la playa, fueron a navegar por la tarde y por la noche cenaron en el porche. David se sentía feliz al verla contenta, como si de verdad hubiera olvidado, por una vez, las preocupaciones y las prisas.
Cuando estaban tomando el postre recibieron una inesperada visita: unos vecinos daneses que llevaban mucho tiempo en la isla. En cualquier otro momento David se habría alegrado de verlos, pero no entonces, cuando por fin estaba con Samantha.
Pero no podía hacer nada más que invitarlos a una copa.
Dos horas más tarde seguían allí y Sam se caía de sueño.
–¿Por qué no te vas a dormir? –sugirió David.
–Lo siento, no quiero ser grosera. Es el aire de la isla –sonrió ella antes de escapar a su habitación.
Samantha se incorporó, sobresaltada, unas horas después. Algo la había despertado, un ruido. Cuando miró el reloj vio que eran las tres de la mañana. Aguzó el oído, pero solo escuchaba el ruido de las olas y el viento moviendo las ramas de los árboles.
Entonces lo oyó. El ruido. Algo dentro de su habitación. Algo que parecía estar arañando el suelo. Algo se arrastraba por el suelo de su habitación, cerca de la cómoda. Sam se llevó una mano al pecho.
Un ratón, tenía que ser un ratón. ¿Había ratones en la isla? No tenía ni idea. Alargando una mano, encendió la lámpara y miró alrededor. No había nada.
Quizá no era un ratón, quizá era algo más peligroso. Samantha saltó de la cama. No pensaba quedarse allí con aquel animal. Llevándose con ella la sábana y la almohada, fue de puntillas por el pasillo y se instaló en el sofá del salón.
Intentó relajarse mirando la luna, pero la relajación duró poco porque David apareció un minuto después.
–¿Qué haces aquí?
–Nada. Vete a la cama.
«Por favor, vete a la cama». Parecía una escultura viviente a la luz de la luna.
–Pero, ¿por qué estás en el sofá?
–No podía dormir y me apetecía un cambio de paisaje.
Si le decía que había salido corriendo por un ratón se reiría de ella. Y no le apetecía nada.
–Te haré compañía.
–No, por favor. Quiero dormir.
«Por favor, no te quedes». «Por favor, por favor».
Sin embargo, David se sentó en el sofá. Solo llevaba unos pantalones cortos que debía haberse puesto para salir de la cama… de modo que dormía desnudo. Y Samantha no quería pensar esas cosas, no quería tenerlo tan cerca.
–¿Sam?
–¿Qué?
–Tenemos que dejar de hacer esto.
–¿Hacer qué?
–Tener estas citas nocturnas, medio desnudos.
–Estoy de acuerdo. Me gustaría poder dormir de un tirón, sin despertarme una sola vez. Bueno, anoche dormí de maravilla.
–Parece que tienes problemas de sueño.
–Me temo que sí. A veces he tomado pastillas, pero por la mañana me encuentro fatal. Además, no quiero acostumbrarme.
–No puedes dormir en el sofá, Samantha. ¿Seguro que no quieres volver a la cama?
–He oído ruidos en mi habitación –le confesó ella por fin.
–¿Ruidos?
–Un ratón, creo.
–¿Un ratón? Pues no te he oído gritar.
–Porque no he gritado.
–Ah, qué valiente.
No se reía de ella, ¿o sí? Pero David estaba acariciando su pelo y le gustaba tanto… Sam cerró los ojos y, poco a poco, se quedó dormida.
La luz del sol que entraba a través de las persianas despertó a Sam que, con los ojos cerrados, se volvió para enterrar la cara en la almohada. Era maravilloso no oír el despertador…
Samantha abrió los ojos y… ¡No estaba en su cama! Estaba en la cama de David y no tenía ni idea de cómo había ido a parar allí. El susodicho entró un minuto después con una bandeja en la mano.
–Buenos días, cariño. Te traigo el desayuno.
Atónita, Sam vio que, además del café y los cruasanes, había una preciosa orquídea en un jarroncito de cristal. Y David llevaba solo un albornoz de seda negro.
–¿Cómo he llegado aquí?
–Te traje yo. Pero antes te drogué para poder propasarme a gusto, por supuesto, aunque estoy seguro de que no te acuerdas. Anda, toma un poco de café.
–Oye…
–Estás muy guapa esta mañana, querida.
–Cállate, anda.
–Me encanta cuando tienes el pelo suelto. Por no hablar del camisón que llevas. Es muy sexy.
–Lo compró Tara.
–¿Quieres saber lo que pasó anoche?
–Ya me lo has dicho.
–Era mentira –sonrió David.
–Ya lo sé, bobo.
–Anda, tómate el café antes de que se enfríe.
–Anoche me quedé dormida en el sofá, de modo que has tenido que traerme tú. Pero no me acuerdo de nada –suspiró Sam.
–Estabas muy cansada.
–Si me hubieras despertado habría sido como arcilla en tus manos –dijo ella entonces.
–¿En serio?
–En serio. ¿Por qué no me despertaste?
–Porque pensé que no me respetarías por la mañana –contestó David.
Samantha soltó una carcajada.
–¿Y eso te molestaría?
–Puede que te sorprenda, pero en la cabeza tengo algo más que sexo.
–¿No me digas? ¿Y qué más tienes en la cabeza?
–Muchas cosas –contestó él, tomando la orquídea–. Mira, para ti, la he cortado yo mismo.
En los pétalos de la flor todavía había gotas de rocío.
–¿Por qué haces todo esto?
David apretó su mano entonces, mirándola a los ojos.
–Porque me tocas el corazón, Sam.
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