Un Verano, Una Mujer

Lavyrle Spencer · Capítulo 1 de 5 · parte 1/3

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Un Verano, Una Mujer

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Camden, Maine, 1916

Roberta Jewett había alimentado esperanzas de que reinara buen tiempo el día que se mudó con sus hijas a Camden, Maine. En lugar de eso, una mezcla de lluvia punzante como agujas y de niebla densa había acompañado al barco de Boston durante todo el trayecto a lo largo de la costa. El agua, convertida en un oleaje furioso por un viento persistente del sudoeste, contribuyó a que el viaje fuese un verdadero infierno. La pobre Lydia vomitó durante toda la noche.

La niña, de diez años, estaba tendida sobre el duro banco de madera con la cabeza en el regazo de Roberta, los ojos cerrados, la piel cetrina y las puntas de las trenzas deshechas como pedazos viejos de soga.

–¿Cuánto falta, mamá? – preguntó con los ojos en blanco y voz quejumbrosa.

Roberta miró a su hija menor y le apartó de la cara los cabellos desgreñados. Lydia, a diferencia de sus hermanas, nunca había sido una buena marinera.

–Ya no mucho.

–¿Qué hora es?

Roberta consultó su reloj.

–Van a ser las siete.

–¿Crees que llegaremos a la hora prevista?

–Déjame ver dónde nos encontramos. – Con suavidad, bajó la cabeza de Lydia de su regazo y la apoyó sobre un abrigo enrollado a modo de almohada-. Enseguida vuelvo.

Echó una mirada a sus otras dos hijas, Susan y Rebecca, dormidas cerca de ellas, con las mejillas y los brazos apoyados sobre una mesa barnizada.

Alrededor de ellas, otros pasajeros dormitaban en los incómodos asientos correspondientes a los pasajes más baratos. Algunos roncaban. A otros les colgaban hilos de saliva de las comisuras de los labios. Otros se despertaban, ahora que estaba por despuntar el alba y se acercaba el final del viaje. Si aquél hubiese sido un viaje transoceánico que llevara inmigrantes a América, esa cabina se habría denominado «bodega». Pero como se trataba de la muy distinguida Eastern Steamship Line que hacía el trayecto costero diario de Boston a Bangor, el folleto evitaba términos tan degradantes y prefería utilizar el pomposo nombre de «salón de tercera clase». Pero cualquiera que hubiese pasado en ese lugar trece horas seguidas habría sabido que el nombre correcto era «bodega».

Allí no había vistas panorámicas, sino sólo unas minúsculas portillas.

Roberta se encaminó hacia una de ellas y vio que las ráfagas de lluvia golpeaban contra los vidrios como si arrojaran baldazos desde la popa. El cristal estaba empañado. Lo limpió con la manga de su abrigo y miró al otro lado.

Eran poco menos de las siete de la mañana y el cielo empezaba a clarear.

Calculó que ya debían de haber rodeado la punta Beauchamp por fuera de la bahía Rockport. Con la frente apoyada en el vidrio helado, miró al exterior pero sólo distinguió una línea de playa, oscura y tosca, borrosa por el mal tiempo. En ese momento sonó la campana de una boya y Roberta miró en la otra dirección. Sí, allí estaba la boya luminosa de la Isla Negro. Llegaban a casa.

Cuando pasaron por la punta de Sherman vio mecerse la boya entre las olas.

A lo lejos, el aguacero desdibujaba la silueta del caserío que se alzaba frente al puerto, pero aun así resultaba visible. Lo examinó con sentido práctico, animada más por un instinto de defensa que por la nostalgia.

Al amparo del puerto, las aguas estaban más calmadas y el vapor enderezó el rumbo. La masa sin rasgos característicos que se extendía a lo largo de la costa empezó a adquirir identidad: el monte Battie, que se elevaba por detrás de Camden; el muelle donde iba a amarrar el Belfast; el entramado

de calles que ascendían por la ladera oriental de la montaña; las agujas de las iglesias conocidas, la episcopal, la bautista y la congregacional, a la que había asistido hasta que se marchó de allí; la omnipresente chimenea humeante de la hilandería de lana Knox, que daba sustento a la mayor parte de la ciudad y donde ella misma estaría trabajando todavía si su madre se hubiese salido con la suya.

En algún lugar, ahí afuera, los obreros del turno de mañana se dirigirían a la fábrica para transformar la lana en los uniformes destinados a los muchachos «del frente de batalla». Otros obreros se dirigirían a las canteras en Rockport; Grace le había escrito que Camden tenía ahora una línea de tranvía y que los trabajadores viajaban en él hasta Rockport.

Roberta supuso que conocía a algunos de esos hombres, o los había conocido cuando eran sus compañeros de clase en la escuela. También a algunas de sus esposas. ¿Qué pensarían ahora de ella, que volvía como una mujer divorciada? Era muy probable que lo mismo que su madre. ¡Cómo la había decepcionado su madre con sus conceptos tan duros y lapidarios!

«Ninguna mujer decente rompe con un matrimonio, Roberta. Estoy segura de que te das cuenta de eso.»

¡Al diablo con todos ellos!, pensó. ¡Déjalos que piensen lo que quieran! Si las mujeres pueden ir como enfermeras al frente de batalla, también pueden divorciarse.

Su madre no podría bajar hasta el muelle a horas tan tempranas, el lumbago o algún otro achaque oportuno la obligaría a permanecer en cama. Pero la hermana de Roberta, Grace, estaría esperándola a la llegada del vapor, junto a Elfred, su esposo, de quien Roberta sólo conservaba un vago recuerdo.

Las luces del pequeño pueblo marítimo asomaron a través de la bruma y entonces volvió a donde estaban sus hijas.

–¡Rebecca, Susan! ¡Despertad!

Las sacudió por los hombros y después fue hasta el banco para ayudar a

Lydia a incorporarse. Se sentó y pasó un brazo por debajo del cuerpo de su hija menor.

–Ya casi hemos llegado. Estamos entrando en el puerto de Camden. ¿Cómo estás?

–Fatal.

Junto a la mesa, Rebecca, de dieciséis años, se enderezó de golpe. Bostezó y se desperezó al tiempo que preguntaba:

–¿Lydia se encuentra mal todavía?

–Nunca me he encontrado peor -respondió la propia Lydia.

Roberta le pasó una mano por la trenza deshecha.

–No será por mucho tiempo. Una vez que estemos en tierra firme te sentirás mejor.

–No quiero viajar nunca más en este barco.

Lydia hundió la cabeza en el pecho de su madre.

–No creo que sea necesario. Venimos a quedarnos. Hemos comprado la casa y el empleo es mío, así que nada, excepto un huracán, nos obligará a mudarnos otra vez. ¿De acuerdo?

Nadie contestó. Roberta miró a sus otras dos hijas, pero todavía tenían sueño y la larga noche en el mar les había hecho perder el entusiasmo.

–Niñas, venid aquí -ordenó a las dos mayores.

Se levantaron con perezosa resignación y se sentaron a la derecha de su madre. Mientras Roberta les hablaba, Susan, de catorce años, apoyó la cabeza contra el brazo de su madre.

–Ahora escuchadme bien las tres. Lamento mucho no haber podido pagar un camarote. Sé que ha sido un viaje espantoso, pero necesitamos cada centavo para la casa y para nuestros primeros pasos aquí. Me entendéis,

¿verdad?

–Está todo bien, mamá -la tranquilizó Rebecca.

Becky nunca se quejaba de nada. Incluso reprendía a sus hermanas cuando ellas lo hacían. Lydia lo intentó ahora con un ligero gimoteo en la voz.

–Pero yo quería ver los camarotes. El folleto decía que tienen literas individuales y jofainas de bronce auténtico.

–Mamá hace lo que puede -la increpó Rebecca-. Y además, ¿qué diferencia hay entre vomitar en una palangana de bronce o en ese cubo asqueroso?

Vomitar es vomitar.

Ya más despierta, esta vez fue Susan la que habló:

–Mamá, dile que se calle.

–Ya basta, Becky. Ahora escuchad. – Roberta se dirigió a las tres-.

Arreglaos las faldas y el pelo y recoged todas vuestras cosas, porque pronto desembarcaremos. ¿Oyes eso, Lydia? El mar está tranquilo. Eso quiere decir que nos acercamos a la costa.

Se pusieron de pie, se sacudieron las faldas y se abotonaron los abrigos, pero fue poco lo que hicieron por arreglarse el pelo. Cuando el silbato del vapor sonó por vez primera, tenían un aspecto tan desaliñado que parecía que nunca hubiesen tenido en sus manos un peine o una plancha.

El barco redujo velocidad.

–Aseguraos de que lo tenéis todo -dijo Roberta-, en especial los paraguas. Y

ahora vamos hacia adelante.

Recogieron sus pertenencias y caminaron hacia la parte del salón donde se encontraba una escalera que desembocaba en la cubierta del primer piso.

Allí las ventanas eran más amplias y otros pasajeros ya se apiñaban junto a ellas para mirar hacia afuera mientras esperaban el momento de desembarcar. Las niñas estiraron el cuello para ver por encima de las cabezas que tenían delante.

–Esa es la torre de la iglesia bautista, ¿veis? Y la chimenea de la fábrica.

¿Recordáis que os conté que mi madre quería que yo trabajara allí? ¿La veis?

–Sí, mamá, la vemos -respondió Becky por las tres.

–Me pregunto si las niñas estarán con Grace y Elfred.

–¿Cuántos años tienen? – preguntó Lydia.

–Casi los mismos que vosotras. Marcelyn, dieciséis, Trudy, trece, y Corinda, creo que diez.

–Espero que no sean tan horripilantes como sus nombres. Y espero que no sean unas presumidas y no se crean superiores sólo porque han vivido toda la vida aquí y nosotras no.

Por lo general, siempre era Lydia la más negativa.

Y, como de costumbre, Rebecca hacía de pacificadora.

–Por lo que sabemos, ellas también opinan que nuestros nombres son horripilantes. Además, creo que sus nombres son dramáticos.

–Tú piensas que todo es dramático.

–Todo menos tú. Lo único que sabes hacer es decir que no a todo.

–Niñas…

Bastó ésa sola palabra de Roberta para que se calmaran y esperaran entre los otros pasajeros, andrajosos y sucios, con ojos que mostraban signos de haber dormido poco y dientes que necesitaban con urgencia un buen cepillado. Un hombre detrás de ellas lo demostró cuando abrió la boca en un gran bostezo y apestó el aire con olor a ajo.

Susan se apretó la nariz y atrajo la mirada de Rebecca.

–Creo que los botones de la espalda de mi vestido se han podrido -

murmuró.

Rebecca rió entre dientes y recibió un fuerte codazo en la espalda.

–¡Ay, mamá!

–Vigilad vuestros modales -las amonestó Roberta en voz baja, aunque con una mueca en la comisura de los labios.

–Él debería vigilar los suyos -susurró Rebecca por encima del hombro.

–Sí, debería -coincidió Roberta-. O tal vez deberíamos girarnos todas juntas y bostezarle en la cara.

Roberta y sus dos hijas empezaron a reír, llamando la atención de los pasajeros que se hallaban cerca. Lydia levantó la mirada y tiró fuerte de la mano de su madre.

–¿De qué os reís?

Roberta se inclinó y le susurró al oído:

–Te lo diré después, conejita. Ahora reserva tu mejor comportamiento para la tía Grace y el tío Elfred.

–Mamá, si me lo dices una vez más, me esconderé en algún lugar y volveré a Boston como polizón. ¿Y tienes que llamarme conejita como si fuese un bebé en pañales? Ya tengo diez años, ¿sabías?

Roberta sonrió y apoyó con mucho afecto una mano sobre los cabellos desordenados de Lydia. Después volvió su atención al grupo de personas que se hallaban en el muelle.

Tenía sentimientos ambivalentes sobre su regreso a aquel lugar, pero las niñas necesitaban estabilidad, y tampoco les vendría mal una pequeña dosis de familia. Nunca habían conocido a su abuela, su tía, su tío o sus primos, y ya era hora de que lo hicieran. Ojalá mi familia sea tolerante, pensó. Que se muestren tolerantes, es todo lo que pido. Yo me ocuparé de mantener a mis hijas, darles un hogar y procurarles amor y tolerancia. Pero cuando yo ya no esté con ellas, necesitarán a mi familia.

El silbato del barco volvió a sonar y el Belfast chocó contra el muelle. Las vibraciones ascendieron desde las cubiertas inferiores y a través de las suelas de los zapatos de Roberta hasta su corazón, como un aviso de que, para bien o para mal, después de dieciocho años se encontraba otra vez en su casa.

Apretujadas bajo dos paraguas negros, las cuatro Jewett descendieron por la escalerilla acanalada y antes de llegar a la mitad ya tenían empapados los costados de las faldas. Un hombre muy bien vestido, protegido debajo de su paraguas negro, se separó del gentío que esperaba en el muelle y corrió hacia ellas. Con la mano libre se sujetaba el bombín sobre la cabeza, mientras los faldones de su abrigo aleteaban.

–¿Birdy? – gritó por encima del ruido del viento.

–¿Elfred? – contestó Roberta a gritos-. ¿Eres tú?

–Sí, soy yo. Y éstas deben de ser tus hijas.

Se acercó tanto que sus paraguas chocaron, y ella vio que era el hombre que

recordaba, aunque ahora llevaba bigote.

–Sí, estas tres. Niñas, éste es el tío Elfred.

–Venid, Grace os está esperando dentro.

Las llevó en fila hasta la oficina de la compañía naviera, una estructura baja y alargada, azotada por la tormenta, con bancos empapados a lo largo de las paredes exteriores y una moderna iluminación eléctrica que enviaba sus reflejos a través de las ventanas. Dentro, una mujer fornida, que llevaba un sombrero alto adornado con frutas, abrió los brazos y corrió hacia ellas.

–¡Birdy! ¡Oh Birdy! No me puedo creer que estés aquí.

–¡Grace, qué alegría volver a verte!

Se fundieron en un fuerte abrazo y bloquearon la entrada a los otros pasajeros que se apretujaban alrededor de ellas.

–¡Nuestra pequeña Birdy ha vuelto por fin al hogar!

–¡Cielos! Hacía tanto tiempo que no me llamaban así.

Durante los primeros años de su matrimonio, Roberta había regresado de vez en cuando a casa, siempre sin su marido. Pero en los últimos diez años, cuando se acentuó la vida de tenorio de su esposo, no había vuelto más, para no tener que enfrentarse a las preguntas.

Terminó por fin el abrazo y las dos mujeres dieron un paso atrás para estudiarse una a la otra. Grace era apenas una sombra de lo que había sido, con su poco más de un metro cincuenta de estatura, una matrona empaquetada con la forma de un barril de galletas, con una cara regordeta y un enorme y repugnante lunar en el lado derecho del labio superior. Su pelo estaba peinado con pulcritud y sus ropas eran caras. Detrás de sus gafas metálicas asomaban lágrimas a sus ojos azules.

Por el contrario, los ojos azul grisáceo de Roberta estaban secos y firmes, tal vez un rasgo de reserva. Le sacaba una cabeza a su hermana mayor. Sus ropas eran baratas y estaban arrugadas. Se burlaba de los convencionalismos prescindiendo del sombrero, y su abundante cabellera color caoba -recogida en un moño mal hecho la tarde anterior- estaba descuidada. En las comisuras de los ojos se le formaban pequeñas arrugas, y su cintura mostraba algunos michelines. Todo en ella decía: «Me encamino a los cuarenta años y no me avergüenza. Y aquí están mis tres razones para que sea así.»

–Vamos, Grace, ven a conocer a mis hijas -propuso con inocultable orgullo en su voz-. Niñas, presentaos a la tía Grace.

Lo hicieron con tono declamatorio y modales solemnes que contrastaban con su pobre aspecto. Durante las presentaciones, Grace las abrazó a las tres y Elfred se quitó el sombrero y, a su turno, se inclinó para darles la mano.

Pronunció sus nombres y se cercioró de la edad de cada una. Entonces se volvió por fin hacia su madre, para compensar el saludo precipitado que habían intercambiado afuera, bajo la lluvia.

–Bueno, Birdy, hola. ¡Caramba, cómo has cambiado!

–¿No hemos cambiado todos, Elfred?

Él vestía con elegancia, su ropa estaba limpia, y sus mejillas bien afeitadas destacaban el vistoso bigote plateado que se levantaba en las puntas como una sonrisa. La lluvia liberó de su piel un aroma a ron con esencia de laurel, que envolvió el aire por encima de su cabeza bien peinada, como perfume suspendido. Se había vuelto algo más fornido y tenía también algunas hebras plateadas en las sienes, pero la edad madura, cuarenta o un poco más, le sentaba bien. Él parecía saberlo, lo cual arruinaba todo el efecto. Su sonrisa dejaba ver el poder de un sorprendente par de hoyuelos y de unos estremecedores ojos castaños de larguísimas pestañas. Algún sexto sentido le advirtió a Roberta que él los usaba con ese propósito cada vez que le convenía, y aguantó la mano enguantada sobre su hombro un rato más del necesario.

–Bienvenida a Camden -dijo el hombre.

–Gracias. ¿Está preparada la casa?

Elfred vendía propiedades y se había ocupado de la compra de la casa de Roberta.

–Bueno, Roberta, «preparada» es un término relativo. Te advertí que necesita algunos trabajos.

–Estoy acostumbrada a trabajar. Además, cuento con tres ayudantes voluntarias. ¿Cuándo puedo verla?

–Cuando quieras, pero Grace esperaba que primeros pasaras por nuestra casa para desayunar. A menos, por supuesto, que hayáis comido en el barco.

–Lo único que hemos comido en el barco fueron unos sándwiches de queso, ayer, alrededor de las seis de la tarde. Las cuatro estamos famélicas.

Grace, radiante, dijo:

–¡Entonces venís a casa! ¡Magnífico! Les hemos dado permiso a las niñas para que vayan un poco más tarde a la escuela, así podrán conocer a tus hijas. A esta hora deben de estar vestidas y nos esperan. Elfred, ¿qué hay de los baúles de Roberta? ¿Puedes hablar con el despachante de la estación marítima y preguntarle por ellos? Me imagino que ella querrá…

–Yo misma hablaré con el despachante marítimo -la interrumpió Roberta.

–Ah… bueno… sí, por supuesto -tartamudeó Grace.

Sus ojos lanzaron una mirada fugaz a su esposo, como si esperara que tomase partido.

–Sí, por supuesto… me imagino que lo harás -agregó vacilante-. Entonces

nosotros…

–Buenos días Elfred, señora Spear…

Les saludó un hombre que pasaba junto a ellos y se dirigía hacia el interior.

Vestía un impermeable marrón que chorreaba agua, botas Wellington y una gorra de lana a cuadros, ladeada sobre la oreja izquierda. Su cara estaba curtida por el viento, sus cabellos castaños hirsutos sobresalían por debajo de la gorra. Parecía tener más o menos la misma edad que Elfred.

–¡Eh, Gabriel, no tan rápido! – lo llamó Elfred-. Ven a conocer a la hermana de Grace, Roberta. Acaba de llegar de Boston con sus tres hijas. Puede que hasta la recuerdes. Fue a la escuela aquí, pero ahora su apellido es Jewett.

Birdy, ¿recuerdas a Gabriel Farley?

–No, creo que no. Mucho gusto, señor Farley.

Él se llevó la mano a la gorra a modo de saludo.

–Señora Jewett -dijo-. Según he oído, se muda aquí, y esta vez para quedarse.

–Sí, así es -respondió Roberta, sorprendida de que lo supiera.

–A la casa de Breckenridge -aclaró Elfred.

–¡La casa de Breckenridge!

Farley levantó una ceja. Las tenía de un color castaño claro y tan tupidas y rebeldes que le daban un aspecto gruñón cuando las fruncía.

–¿Ella sabe dónde se mete?

–No la asustes, Gabe. Todavía no la ha visto.

Farley se inclinó hacia Roberta, como si fuera a revelarle la mayor de las confidencias.

–Tiene que vigilar a este individuo -murmuró.

Sin entrar en detalles, dirigió una mueca burlona a Elfred y se despidió de ellos.

–Bueno, ¡qué tenga suerte! Encantado de conocerla. Tengo que bajar algunos suministros del barco, así que es mejor que vaya a ver al agente.

Señoras… -concluyó con un último y rápido toque a su gorra.

Cuando el hombre se hubo retirado, Roberta encaró a su cuñado.

–Muy bien, Elfred, ¿quieres decirme exactamente en qué me estás metiendo?

–En la mejor casa que pude conseguir, dado que en estos tiempos las propiedades son tan escasas como los dientes de una gallina. Desde que llegó la línea de tranvía y con la producción de lana en continuo aumento por causa de la guerra, la ciudad está en pleno crecimiento. Dime, ¿seguro que no quieres que le pregunte al despachante de la estación marítima por tus baúles?

–Por supuesto. He pasado dieciocho años de mi vida con un esposo negligente que rara vez estaba en casa, y a estas alturas no tengo ninguna intención de empezar a confiar en un hombre. Lo único que necesito es la dirección, la calle y el número.

–Sólo dile que es la vieja casa Breckenridge. Él ya sabe que está en la calle Alden.

Cuando Roberta se alejó para cumplir con el trámite, los ojos de Grace giraron hacia Elfred con una expresión que decía con toda claridad: «¿Ves?

¡Ya te dije cómo era!»

Una vez sellados los baúles reclamados y contratados unos carros de tiro para que transportaran la carga hasta la vivienda de la calle Alden, toda la tropa se dispuso a ir a casa de Elfred y Grace para desayunar.

Para gran asombro de las Jewett, Elfred las hizo subir a un reluciente automóvil negro.

–¿De veras es tuyo? – exclamó Becky con ojos desorbitados de admiración.

Elfred se echó a reír.

–Sí, es mío.

–¡Cielos! Nunca he viajado en uno de éstos.

Tampoco Roberta, pero de inmediato lo prefirió al traqueteo de un carruaje y al olor de un caballo.

Elfred las condujo a una bellísima casa de tres pisos, estilo Reina Ana, sobre la calle Elm. Era evidente que a Elfred le iba muy bien con la venta de propiedades. También resultaba obvio que Elm era la mejor calle para vivir en Camden, con casas magníficas que se alzaban lejos de la acera, detrás de amplios parques de césped. La casa de Elfred y Grace era majestuosa, enorme, pintada en un intenso color vino con diferentes tonos.

Dentro, estaba engalanada con un exceso de madera lustrada, cristales y empapelado muy elaborado. Los muebles eran suntuosos y estaban dispuestos con gran solemnidad; las alfombras, importadas; las lámparas, eléctricas. Todo es tan perfecto y ordenado, pensó Roberta mientras desde el vestíbulo echaba una mirada al salón, que me pregunto dónde disfrutan de su vida.

–¡Qué hermosa es, Grace! – exclamó mientras Elfred se ponía detrás de ella para cogerle el abrigo.

¡Por Dios! ¿Ha sido su cuerpo el que me ha dado un topetazo desde atrás cuando Grace no miraba?, pensó, echándose hacia adelante.

Roberta se giró, pero también lo hizo Elfred, que se alejó para colgar su abrigo en un perchero de bronce que había dentro de un pequeño cuarto en la entrada, y también para ocuparse de los abrigos de las niñas.

Quizá fue accidental, se dijo, y se dirigió a su hermana.

–Insisto en hacer un recorrido completo.

En ese momento regresó Elfred, que la miró desde una respetuosa distancia ya que Grace lo observaba.

–Perdóname, Birdy. Puedo llamarte Birdy, ¿verdad? – Se frotó las palmas de las manos y le dedicó una seductora sonrisa-. Dado que soy el proveedor de propiedades, ¿puedo sugerir que sea yo quien te acompañe a hacer el recorrido mientras Grace se ocupa del desayuno? De esa manera puedo explicarte algunas de las características que hacen tan atractiva esta casa.

Roberta estuvo a punto de preguntarle si él quería señalarle los detalles distinguidos de la decoración de su hermana. Tuvo que hacer un gran esfuerzo para tragarse las palabras.

–Mejor déjalo para después del desayuno, Elfred -le aconsejó Grace-. Estoy segura de que Sophie tendrá todo en orden para entonces.

Se reclinó sobre la baranda ornamentada y miró hacia arriba:

–¿Estáis ahí, niñas?

Enseguida bajaron tres jovencitas remilgadas, todas enfundadas en vestidos almidonados y con unos moños descomunales en el cabello. Sus zapatos estaban tan perfectos como lo fueron sus modales cuando les presentaron a las tres primas.

La mayor, Marcelyn, actuó de portavoz de las tres.

–Mucho gusto. Mamá ha preparado una mesa de desayuno especial para nosotras en el solario. ¿Os gustaría verla?

Las tres Jewett la siguieron, hipnotizadas, con los ojos en alto mientras pasaban debajo de las modernas luces eléctricas encendidas hasta en los pasillos interiores. En el solario, una construcción hexagonal ubicada en un ángulo trasero de la casa, sobre una mesa de hierro blanco filigranado relucía la más fina porcelana. Por encima de unos bastidores de metal colocados en hilera crecían frondosos helechos y palmeras y florecían orquídeas, mientras afuera la lluvia helada golpeaba contra las ventanas y retumbaba algún que otro trueno.

–¡Virgen Santa! – exclamó Rebecca-. ¡Esta gente debe de tener muchísimo dinero!

Las niñas Spear cruzaron un par de miradas dubitativas, seguidas por algunas risitas nerviosas.

–¿Qué es lo gracioso? – preguntó Rebecca.

–¿Siempre dices todo lo que piensas?

Rebecca se encogió de hombros.

–Casi siempre.

–A mamá le daría un ataque si hablásemos de esa manera.

–Entonces hacedlo cuando ella no pueda oíros.

Escandalizadas, las primas anfitrionas se cruzaron más miradas rápidas antes de que Marcelyn, con mucha cortesía, invitara a sus huéspedes a tomar asiento.

–¿Es eso lo que haces tú? – inquirió, fascinada a pesar de su buena educación.

Rebecca todavía miraba asombrada a su alrededor.

–¿Hacer qué?

–¿Decir cualquier cosa que te venga en gana a espaldas de tu madre?

–¡Cielos, no! Nosotras podemos decir todo lo que queremos delante de ella.

Si a ella no le gusta, lo discutimos y entonces nos da un pequeño discurso sobre las ventajas de los buenos modales y su impacto sobre la libertad individual. Verás, nuestra madre cree que tienes que vivir tu vida de la manera que mejor te parezca.

–¡Dios mío! – resolló Marcelyn.

–¿Por qué dices eso?

–Bueno… nuestra madre podría… quiero decir… bueno. ¡Dios mío!

–Ah, ya entiendo. A tu madre no le gustaría oír semejante lenguaje de boca de sus hij…

–Shhh… -chistó Marcelyn, con un dedo sobre los labios-. En cualquier momento entrará Sophie con el desayuno, y ella le informa de todo a nuestra madre.

Como si respondiese a alguna señal, en ese momento entró una mujer rolliza de cabellos grises que al caminar movía las caderas como un pato.

Llevaba una bandeja enorme que le aplastaba el vientre prominente. Las niñas se quedaron quietas mientras la mujer les ponía delante los platos humeantes.

–Aquí tenéis un sabroso kedgeree bien caliente.

Lydia miró la albóndiga que tenía en su plato.

–¿Qué es esto?

–¿Qué es eso? ¡Bueno! Es pescado y arroz en salsa de huevos. Cualquier nativo de Maine sabe qué es el kedgeree.

–Nosotras no somos de Maine.

–Pero tu madre sí.

–Sí, pero nuestra madre no cocina mucho.

–¡No cocina mucho! – Sophie se quedó perpleja-. ¡Cómo! ¡No puede ser!

Con disimulo, Rebecca pellizcó la pierna de Lydia por debajo de la mesa para que se callara. Sophie sirvió bollos calientes, mantequilla y jalea de arándanos.

–¿Puedes traerme un poco de café, Sophie? – le pidió Marcelyn.

–¡Vaya, Marcelyn Melrose Spear! Sabes muy bien que tu madre me despediría en el acto si yo te permitiera tomar café.

–¿Qué hay de malo en probarlo?

Sophie arrugó la cara en un gesto de disgusto, hasta que su papada se triplicó y entonces abandonó el solano.

–Ahora aseguraos de dejar los platos bien limpios -les ordenó al salir.

En el mismo momento en que la mujer desapareció de la vista, Susan y Lydia se dispusieron a hacer precisamente eso, con unos modales que dejaban mucho que desear. Tomaban grandes bocados, masticaban con la boca abierta y se la limpiaban con el dorso de la mano.

Mientras comía, Rebecca hizo una observación con la boca llena.

–Melrose es un segundo nombre bastante extraño.

–Viene de mi tatarabuela paterna -explicó Marcelyn-. Dicen que cuando tenía trece años dio a luz a su primer hijo en la nieve, junto al río Megunticook, lo envolvió en una manta de pieles y lo llevó hasta la factoría, donde encontró a su esposo, borracho como una cuba, acostado con una mujer india. Acostó al bebé entre los dos, le cortó la oreja izquierda al esposo y le dijo: «Ahí tienes. Ahora las mujeres no te encontrarán tan hermoso y tendrás que quedarte en casa, que es donde debes estar.»

Tuvieron otros ocho hijos y, por lo que contaban los indios, la mitad nació sin la oreja izquierda. ¿Alguna vez en tu vida has oído alguna historia tan triste, patética y romántica?

–¡Por todos los diablos, qué drama se podría hacer! Alguna vez deberíamos escribirlo y representarlo.

Marcelyn estaba otra vez escandalizada porque una niña de dieciséis años usara la palabra «diablos», pero nadie dijo nada sobre ello.

–¿Escribirlo? – se limitó a preguntar.

–Como una obra teatral.

–¿Vosotras escribís obras de teatro?

–Por supuesto.

–¿Y también las representáis?

–¡Oh, sí! Siempre hacemos alguna representación.

–¿Para quién?

–Bueno, para nuestra madre, claro. Y para nuestros amigos y maestros… en realidad, para cualquiera que se quede sentado a mirarnos el tiempo suficiente.

–¿Y tu madre se sienta a ver cómo representáis esas obras?

–Ah, sí, es la más entusiasta. Dejaría cualquier tarea para vernos actuar, cantar, tocar el piano, recitar poesías… Y ya ha empezado a enseñarle a Lydia a tocar la flauta dulce. Yo sé tocar unos cuantos instrumentos y formamos tríos, y a veces también cuartetos, cuando podemos convencer a nuestra madre de que se una a nosotras. En realidad, cuando representamos una función, primero tocamos con los instrumentos nuestras propias oberturas, después nos vamos rápidamente detrás del escenario e interpretamos nuestros papeles. Entonces volvemos a salir para tocar la pieza final. ¿Vosotras nunca representáis? ¿Nunca?

Rebecca parecía tan perpleja por ese déficit cultural como lo había estado su prima ante la palabra «diablos».

–Nosotras, eh… bueno, no. Es decir, nunca lo hemos pensado.

–¿Tocáis instrumentos? ¿Alguna de vosotras?

Becky las miró a las tres y pensó que nunca en su vida había visto un grupo de niñas tan desabridas.

–No.

–Entonces seguro que recitáis poesías.

–No, tampoco.

–Bueno, ¿entonces qué hacéis para divertiros?

–Eh…

Marcelyn todavía en su papel de portavoz de sus hermanas, miró a cada una de ellas y después, otra vez, a su inquisitiva prima.

–Nosotras cosemos.

–¡Coser! ¡Yo hablaba de diversión!

–Y asistimos a conferencias educativas…

–¡Qué aburrido! Yo preferiría dar una conferencia, antes que tener que escucharla. ¿Qué más?

–Bueno, a veces vamos a remar.

–¿A navegar no?

–¡Válgame Dios, no! Mamá nunca nos permitiría navegar. Es demasiado peligroso.

–Entonces imagino que tampoco vais a pescar.

–Por Dios, no. Yo no pondría mi mano sobre un pescado viscoso. Pero una vez hicimos un picnic en la playa de la caleta Sherman. Comimos almejas cocidas sobre piedras calientes.

–¿Una vez?

–Bueno, a mamá no le gusta que nos quitemos los zapatos y que se ensucien los bordes de nuestras faldas.

Rebecca lo pensó, mientras masticaba un poco de kedgeree, que, según descubrió, era muy sabroso.

–Mi madre no se preocupa mucho por los dobladillos, limpios o sucios. Y

ha habido veranos en los que casi vivíamos de almejas y langostas, cualquier cosa que pudiéramos sacar gratis del mar. Ella se preocupa más por nuestras mentes, dice que nunca debemos malgastar un solo minuto en insignificancias que con el tiempo dejarán de importar. Pero insiste en que la imaginación es un don inapreciable que debemos cultivar en todo

momento, así como todas y cada una de nuestras capacidades innatas.

¿Quieres participar en la próxima representación que hagamos?

Marcelyn Melrose Spear miró radiante a su recién llegada prima. Había heredado de su madre el cabello castaño claro y, de algún otro desventurado antecesor, una nariz ligeramente bulbosa. Pero de su padre tenía los hermosos ojos castaños, de pestañas muy largas y ángulos levantados. En ese momento centelleaban de entusiasmo.

–¡Ay, Rebecca! – exclamó-. ¿Lo dices en serio?

–Por supuesto que lo digo en serio. Y llámame Becky. En nuestra próxima obra contaremos la historia de tu abuela y, si lo deseas, puedes ser el personaje a quien le cortamos la oreja. Así podrás hacer toda la parte de gritos, contorsiones de dolor y maldiciones. Será una oportunidad para emocionar. Por supuesto, deberemos decidir qué vamos a usar para simular la sangre, y tendremos que hacer una peluca de trapos negros para la que vaya a representar a la mujer india. Y en cuanto al bebé… -Echó una rápida mirada estimativa a las dos niñas de diez años, Lydia y Corinda.

–No, no, por supuesto que no. Sois demasiado mayores, ¿no te parece?

Bueno, nos ocuparemos de ese problema cuando llegue el momento.

Podríamos usar muñecas, y vosotras, las más pequeñas, podéis llorar desde fuera del escenario. ¡Debemos empezar ya mismo a trabajar en el argumento!

Marcelyn se inclinó hacia adelante en actitud de conspiración.

–Escuchad todas -murmuró-. Debemos hacer un pacto. A mamá no vamos a contarle nada de lo que se ha dicho aquí esta mañana… ¿entendido? –

concluyó, con una severa mirada de advertencia a Trudy y Corinda.

–Pero ella preguntará -balbuceó Corinda.

–Entonces dile que tuvimos una charla encantadora. Y ni una palabra más.

–Pero Marcy.

–Tú quieres participar en las obras, ¿no es así?

Y de esa manera, menos de una hora después de haberse conocido, las dos primas mayores estaban organizando su próxima reunión.

Mientras tanto, en el clima más formal del comedor, los adultos habían terminado de desayunar y disfrutaban de una taza de café caliente. Elfred, echado hacia atrás en su silla, jugaba con un mondadientes y dirigía algunas sonrisas inquietantes a Roberta cuando Grace no miraba. Como a Grace le interesaba más entrar en materia, lo que ella consideraba su deber obligado en su carácter de hermana mayor, no miraba mucho a Elfred.

–Y bien, Birdy -dijo con tono complaciente-, esperaba que mencionaras…

eso.

–¿Eso?

–El… bueno, ya sabes.

Grace agitó las manos como si estuviera doblando una masa de hojaldre.

–El divorcio -susurró al fin.

–¿Por qué susurras, Grace?

El semblante de Grace se endureció un poco, pero continuó con voz más alta:

–No seas torpe, Roberta. ¿En serio que lo hiciste?

–Sí, lo hice.

–¡Oh, Roberta! ¿Cómo pudiste?

Sin inmutarse, Roberta le hizo eco.

–¡Oh, Grace! ¿Cómo no podría? ¿Te interesaría saber con cuántas mujeres se acostó a lo largo de los años?

Grace se ruborizó y volvió al tono susurrante.

–¡Birdy, por el amor de Dios!

–¡Un momento…! A ver si te entiendo bien… ¿Es correcto que él juegue al eterno amante, pero no es correcto que yo hable de ello en compañía de gente bien educada?

–Yo no he dicho eso.

–No, pero estaba implícito en tus palabras. Es evidente que desapruebas que haya obtenido el divorcio. Entonces, ¿qué debía haber hecho? ¿Quedarme con él durante otros diecisiete años y a la vez permitirle que saliera a la caza de mujeres durante semanas, y que despilfarrara el poco dinero que ganaba, y que volviera a mí cuando se le agotaran los fondos o cuando su otra mujer se hartara de él y lo echara a la calle? Porque eso es lo que yo hice, Grace, una y otra vez, hasta que no pude tolerarlo más. Él no mantuvo viva a mi familia, lo hice yo. Y como no había dudas de que él no haría nada bueno por mi vida o por la vida de mis hijas, tomé la iniciativa. Y me divorcié.

–Pero George era tan seductor.

Roberta no pudo evitar poner los ojos en blanco.

¿Cómo tu propio seductor, Elfred, aquí presente, que en este mismo momento, desde el otro lado de esta misma mesa y delante de tus narices, me envía mensajes galantes?

Había en él algo solapado, insidioso, cuando adoptaba poses que sugerían una secreta intimidad y después, justo antes de que Grace desviara la mirada hacia él, se enderezaba con un aire circunspecto. En ese preciso

momento estaba sentado así, ligeramente reclinado, con un codo junto a la taza de café y acariciándose el bigote con el dedo índice. Pero encima y debajo de ese dedo, sus ojos y sus labios le telegrafiaban una invitación inequívoca.

Roberta hizo caso omiso de su cuñado y respondió a su hermana:

–Tú lo has visto muy pocas veces, pero en eso tienes razón. Sedujo a una mujer detrás de otra… trece, según tengo entendido.

–No obstante, madre y yo estamos totalmente en contra de este divorcio.

¿Qué va a decir la gente, Birdy?

–Me importa un bledo lo que diga la gente. Yo tenía que hacer lo que era justo para mí y para mis hijas. Y lo hice.

–¡Haciendo caso omiso de todos los convencionalismos!

–Sí, de la misma manera que lo hizo George.

–¿Y en serio te propones aceptar ese empleo como enfermera del condado y recorrer todo el distrito rural?

–Ya lo he aceptado. Empezaré tan pronto como nos hayamos establecido en nuestra casa.

–¿Y quién se ocupará de tus hijas mientras estés ausente?

–Todavía no he resuelto ese aspecto, pero lo haré.

–Roberta, no seas escandalosa.

–¿Qué tiene de escandaloso ganarse la vida para mantener a los propios hijos?

–Tú sabes a qué me refiero. Una mujer divorciada que va de una ciudad a

otra… Bueno, es algo que no se hace.

–Ah… ya veo.

Roberta examinó a su pobre hermana, que vivía engañada, que no podía, o no quería, reconocer que tenía un marido que parecía pensar que todas las mujeres eran presa fácil. Sin lugar a dudas, ésa era la impresión que le daba a Roberta mientras en todo ese rato se burlaba en silencio de su esposa.

De manera abrupta, Roberta desvió la conversación hacia él.

–Dime, Elfred, ¿tú compartes el bajo concepto que tiene Grace acerca del estado de divorciada?

Elfred se aclaró la garganta, se enderezó en su silla y volvió a llenar su taza de café.

–Debes admitir, Birdy, que se divorcian pocas mujeres. Y se verá bastante sospechoso que aceptes un empleo que te llevará por todo el distrito rural.

Grace se inclinó hacia adelante con semblante muy serio.

–Escúchame, Birdy. Pon a tus hijas a trabajar en la fábrica y consigue tú también un empleo allí. De esa manera puedes estar con ellas y con la gente de la ciudad, y así no tendrán tantas razones para cuestionar tus motivos.

Roberta se levantó de un salto.

–¡Cuestionar mis motivos! – estalló-. ¡Por todos los cielos, escúchate, Grace! ¡Me estás diciendo que soy yo quien tiene que exculparse, sólo porque soy la parte femenina en este asunto! ¡Tendrás que esperar a que se congele el infierno antes de oír cualquier justificación de mi parte! ¡Y en cuanto a poner a mis hijas a trabajar en la fábrica, no mientras yo viva!

Ellas van a disfrutar de todas las facilidades culturales que yo pueda brindarles… lecciones de música, viajes a Boston para visitar las galerías de arte, y tiempo para explorar la naturaleza y cualquier cosa que quieran crear,

y a usar sus manos y su mente. En primer lugar, para completar su educación. Nada de eso sería posible si las pusiera a trabajar en la hilandería.

Grace se dio aire con las dos manos.

–Está bien… lo lamento. Sólo era una idea, nada más. Pensé que tres salarios extra podrían ayudar, dado que ya no tienes un esposo que te mantenga. Siéntate, Birdy.

–Me he cansado de estar sentada. En realidad, estoy impaciente por ver mi casa. Así que, Elfred, si fueses tan amable…

Elfred se limpió el bigote con la servilleta de lino y se puso de pie.

–Cuando tú digas, hermana. ¿Me permitirás primero que te enseñe nuestra casa?

–Creo que será mejor que lo dejemos para otra vez. Ha sido una noche muy larga y estoy ansiosa por instalarme.

–Muy bien.

Elfred acomodó su silla debajo de la mesa, sacó un reloj de bolsillo de su chaleco y con un golpe rígido del pulgar levantó la tapa.

–Calculo que para estas horas las carretas con tus cosas ya habrán llegado a tu casa. Vamos a buscar a las niñas.

En la puerta, una vez que se pusieron los abrigos, Grace tomó a Birdy de las manos y apretó la mejilla contra la de ella.

–No te enfades conmigo. Pronto iré a visitarte y podremos hablar un poco más.

–Sí, hazlo -respondió Birdy con frialdad.

–Y tú irás a ver a nuestra madre, ¿verdad?

–Tan pronto como disponga de un minuto libre.

Birdy se soltó de las manos de Grace y se abrochó el último botón del abrigo.

–Me imagino que es inútil esperar que madre se digne ir a verme.

–Vamos, Birdy, no seas así. Es el deber de una hija. Y después de todo, eres tú quien ha estado lejos todos estos años. Ella debe de estar ansiosa por verte.

–Sin duda, para darme otra conferencia sobre todos los infortunios que acarrea el divorcio.

–Niñas, despedíos de vuestras primas.

Las niñas intercambiaron amistosos saludos de despedida.

–Y venid cuando queráis -dijo Grace a sus sobrinas.

En el revuelo de la partida, Elfred se aseguró de mantener su mano oculta, cuando cogió por la cintura a Roberta de la manera en que sólo un esposo lo haría con un sugestivo apretón.

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Capítulo 2

–¡Elfred, basta!

Había dejado que las niñas corrieran delante bajo la lluvia, mientras ella y Elfred abrían sus paraguas en lo alto de la escalinata.

–Perdón, ¿qué dices?

–Tócame una vez más y te pongo un ojo negro.

–¿Tocarte? ¡Vaya, hermana Birdy! ¿A qué te refieres?

–¡Sabes perfectamente a qué me refiero! ¡Y no me llames hermana Birdy!

¡Yo no soy tu hermana!

–De acuerdo. ¿Birdy está bien?

–Supongo que sí. Ahora, ¿aclaramos dónde deben estar tus manos de aquí en adelante?

–¡Oooh! ¡Qué quisquillosa eres!

–Guárdate las manos para ti mismo y nos llevaremos muy bien, Elfred.

Con una sonrisa que hubiera cautivado hasta a una ceñuda matrona cuáquera, se quitó el sombrero hongo y le indicó que caminara delante de él por el sendero.

–Como quieras. ¿Vamos al encuentro de las niñas?

Las llevó en medio de la lluvia en su lujoso automóvil negro. Detrás, las

niñas, excitadas, probaron los asientos mullidos, miraron con curiosidad el interior del vehículo y le preguntaron a Elfred si querría tocar el claxon. Lo hizo una vez, mientras Roberta se mantenía en el asiento delantero y miraba por la ventanilla.

–Y bien, ¿qué piensas de nuestros eléctricos? – inquirió Elfred.

–¿Eléctricos?

–Los tranvías.

–¡Ah! Bueno, seguro que han cambiado la ciudad, ¿no?

–Bastante progreso para una ciudad de este tamaño, ¿no crees?

Ella observó un tranvía que pasó rechinando junto a ellos.

–¿Ya has viajado en uno?

–Claro. Todo el mundo viaja en los eléctricos. Es la manera más rápida para llegar hasta Rockland y Warren.

–¿Más rápido que en tu automóvil?

–Bueno, yo no diría tanto. No.

–Tantos automóviles.

Después de ver pasar uno, se volvió bruscamente hacia su cuñado para preguntarle:

–¿Te gusta el tuyo, Elfred?

–Sí, pero algunos de mis clientes rehúsan subir en él. La gente todavía se fía más del caballo.

–¿Tú también?

–No.

Ella podía no haber aprobado a Elfred a nivel personal, pero todo lo que Grace había escrito sobre ese hombre le aseguraba a Roberta que tenía algo más que una bonita cabeza sobre los hombros.

–Entonces, si tú fueses una mujer, ¿adquirirías un automóvil en lugar de un caballo?

–¡Ah, no! ¡Espera un momento, Birdy! ¡No me digas que estás pensando en comprar un automóvil!

–¿Por qué no?

–¡Porque eres una mujer!

Ella soltó un bufido que a Elfred le recordó que no era su servicial esposa con quien estaba hablando.

–Con mis propios planes -replicó Roberta, tajante.

–Ten cuidado, Roberta. La gente va a hablar.

–¿De qué? ¿Del automóvil?

–Bueno, eres divorciada, Birdy. Tú tienes que ser más cuidadosa que la mayoría.

Había bajado la voz hasta un tono de cuchicheo.

–No tienes ninguna necesidad de susurrar, Elfred. Mis hijas saben que soy divorciada y que el mundo mira con malos ojos a las mujeres divorciadas.

¿No es cierto que lo sabéis, niñas?

–De todos modos nuestro padre no estaba nunca en casa -comentó Lydia.

–Y cuando estaba, lo único que hacía era sacarle dinero a nuestra madre y desaparecer otra vez -agregó Rebecca-. Pero la última vez ella se negó a dárselo.

También Susan intercedió a favor de su madre.

–Nosotras creemos que es bueno que se haya divorciado de él.

Pudo haber parecido que Roberta actuaba con un poco de presunción cuando comentó:

–Según mi experiencia, Elfred, por lo general las personas hablan sobre los demás porque no tienen suficiente con sus propias vidas para mantenerse ocupadas. Ésa es la razón principal de que la gente meta sus narices en los asuntos de otras personas. Hazme un favor, ¿quieres, Elfred? Llévame hasta la calle Main.

–¿Para qué?

–Quiero ver qué aspecto tiene.

–El mismo de siempre.

–No lo creo. Grace me escribió sobre toda clase de cambios. Quiero recorrerla en toda su extensión y ver todos esos cambios… a menos, por supuesto, que tú sientas que podrías mancillar tu reputación si te ven con una mujer divorciada.

Su sarcasmo, una estocada directa a la tentativa de Elfred de escamotear el asunto, fue tomado como un desafío.

–De acuerdo. Un recorrido rápido y volvemos a subir la cuesta hasta Alden.

–Muy bien, Elfred -respondió ella con fingida sumisión.

Se reclinó en su asiento y se dispuso a disfrutar el paseo por la ciudad en la que había crecido.

Camden era agradable aún en un día de lluvia. Las montañas se elevaban por detrás en curvas suaves; la pequeña aldea se enroscaba como un collar en su garganta. La curva pronunciada de la costa rocosa delineaba el contorno de Camden y formaba un puerto natural sereno, mucho más sereno todavía por las docenas de islas que salpicaban la línea exterior de la Bahía Penobscot y actuaban como muro de contención contra el embate de hasta los más violentos temporales que amenazaban la costa del Atlántico.

En los años transcurridos desde que Roberta se había ido, muchos entusiastas de los yates de las grandes ciudades de Nueva Inglaterra habían descubierto la seguridad del pequeño puerto de Camden y acudían allí para matricular sus embarcaciones. Los mástiles de los barcos de placer ahora compartían los amarraderos con la propia flota pesquera del lugar, aunque a esa hora del día, a media mañana, las embarcaciones de trabajo, junto con sus patronos, palos y redes, habían ido mar adentro para ganarse la vida en medio de la lluvia.

–En Boston vivíamos tierra adentro -comentó Roberta-. Es agradable estar otra vez cerca del agua. Los sonidos y los olores son diferentes junto al mar.

Permanecieron un momento cerca de los muelles de la ciudad, arrullados por el motor del automóvil de Elfred. A través de las ventanillas les llegaba la tocata de martillos de los astilleros, la polifonía de las gaviotas, la nota de contralto del motor de una embarcación solitaria que se dirigía hacia afuera.

–Escuchad lo que está sonando -dijo Roberta a las niñas.

–¿Qué es? – preguntó Elfred.

Pero Roberta agitó una mano para hacerlo callar, mientras ella y las niñas, que entendieron sin hacer preguntas, escuchaban la serenata de la ciudad marítima. El aire salado se adhería con fuerza contra sus rostros, como una

tela fría y mojada. El olor a rocas tapizadas de algas marinas que se deslizaban con la marea baja, la madera de los muelles hinchada por años de humedad y el tenue olor de los hornos de cal viva que subía desde Rockport cada vez que soplaba viento del sudoeste.

Cuando hubieron escuchado suficiente, Roberta se volvió hacia Elfred.

–Vamos, Elfred. Ahora muéstrame la calle Main.

La calle Main serpenteaba como una anguila y ascendía en el extremo norte. Las estructuras de madera blanca del sector comercial, que Roberta recordaba de su infancia, habían sido destruidas por el fuego, en 1892. En su lugar había ahora edificios de dos y tres plantas, de ladrillo rojo. Pero aunque los edificios eran diferentes, el carácter de la ciudad era el mismo.

Roberta, como cualquier viajero que regresa al hogar, buscó los sitios característicos que le eran familiares. Sobre la cúpula blanca de la iglesia bautista, el reloj de la ciudad todavía marcaba el paso de la vida cotidiana.

Junto a ella, el Village Green permanecía inalterable. Más abajo, en el astillero Bean, un barco de cuatro mástiles estaba en la plataforma de construcción, a medio terminar, exactamente igual que cuando era una niña.

El pequeño río Megunticook todavía caía en cascada por la pendiente del puerto, pasaba por los molinos de lana y hacía funcionar sus máquinas. Y la fábrica aún reinaba sobre toda la ciudad; era de presumir que con niños en su nómina de personal.

Pero el progreso había dejado en Camden algunas cosas más que los tranvías eléctricos. Un ómnibus a motor del hotel Elms iba hacia ellos y se dirigía al embarcadero con su carga de turistas. Los postes telefónicos se alineaban a lo largo de la calle Main. A los postes les seguían las veredas de hormigón. Había tomas de agua para incendios e iluminación eléctrica y un edificio nuevo y costoso de la Asociación Cristiana de Jóvenes. Pero a Roberta le llamó la atención algo que colgaba de un edificio en el extremo norte de la calle Main, donde doblaba para convertirse en Belfast Road.

Seguir: parte 2 de 3