Un Verano, Una Mujer

Lavyrle Spencer · Capítulo 1 de 5 · parte 2/3

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Un Verano, Una Mujer

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–¡Elfred! ¿Ese letrero decía «garaje»?

–Vamos, Roberta, ni lo pienses.

–¡Pero decía eso! Quiero que des la vuelta y volvamos allí. ¡Insisto, Elfred!

–Roberta, no seas tonta.

–¡Maldito seas, Elfred, obedece! ¡Cuándo digo que des la vuelta, hablo en serio!

En el asiento de atrás las niñas empezaron a reírse.

–Creo que habla en serio, tío Elfred -comentó Rebecca.

Con un largo suspiro de resignación, Elfred frenó, cambió de marcha y se dispuso a dar la vuelta. Mientras esperaba que pasara un carruaje, le habló a su cuñada.

–Roberta, entiendo que no hayas tenido que responder ante ningún hombre durante mucho tiempo. Pero esta vez tienes que escuchar. Las mujeres no pueden tener automóviles, sencillamente porque no pueden manejarlos.

–¿Y por qué no?

Iniciaron el regreso al centro de la ciudad.

–Porque puedes romperte el brazo al tratar de maniobrarlo. Y porque es pesado e incómodo ponerle gasolina, y los motores se descomponen con bastante regularidad, y los carburadores necesitan permanentes ajustes. Y

los neumáticos necesitan ser emparchados, algunas veces justo en medio del camino. ¿Y qué hay si eso sucede cuando estás completamente sola en algún lugar, sin ningún hombre que te ayude? Por favor, Roberta, sé sensata.

–¿Cuánto cuesta un automóvil, Elfred?

–No me estas escuchando.

–Te escucho. Es sólo que no te daré la razón hasta que explore mejor las posibilidades, porque, verás, he pensado durante mucho tiempo en esto. Ha sido una parte de mi plan. ¿Cuánto cuesta un automóvil?

Elfred se negó a contestar.

–Puedo averiguarlo yo misma, y con facilidad.

–Está bien -respondió exasperado-. Este cuesta ochocientos cincuenta dólares. Un coche abierto podría costar unos seiscientos dólares, más o menos.

–No dispongo de tanto, pero a pesar de eso pienso comprarme uno. De alguna manera conseguiré el dinero.

–No seas ridícula, Birdy. No puedes.

–¿Por qué no? Tú lo has hecho.

–Sí, pero yo soy hombre. Los hombres pueden manejarlos.

–¡Elfred -replicó indignada-, me insultas sin el menor esfuerzo!

–¡Birdy, eres la mujer más exasperante que conozco!

–Desvíate hacia la derecha. – Y después de un segundo repitió con más energía-: ¡He dicho que te desvíes, Elfred!

El lo hizo, mientras refunfuñaba.

–No puedo entender que tú y Grace seáis hermanas.

Elfred se detuvo frente a la farmacia Boynton. La vereda era flamante y el coche se ladeó un poco hacia ella mientras el motor seguía con su cloqueo y

hacía balancear el coche con su ritmo. Las gotas de lluvia golpeaban el techo de cuero y rodaban por las ventanillas convirtiendo la vista de los edificios del otro lado de la calle Main en imágenes borrosas, como una acuarela desteñida.

Roberta entornó los párpados y acercó la cara a la ventana.

–«Compañía de Automóviles Boynton» -leyó en voz alta-. ¡Alabado sea, Elfred! ¿Lo compraste aquí mismo?

Elfred se negó a contestar. De todos modos, la respuesta era obvia. Debajo de ese letrero colgaba otro: GARAJE CAMDEN. El aguacero hacía ilegible la letra más pequeña de los dos letreros.

–Niñas, ¿podéis leer eso?

Rebecca lo intentó.

–No muy bien… agencia… mantenimiento… es todo lo que puedo descifrar.

–¿Guardan los automóviles aquí, Elfred?

–En invierno, sí. Con el frío los motores se estropean y los caminos se vuelven intransitables.

–¿Dónde se compra la gasolina?

–Birdy, por favor… Tu hermana se enojará mucho conmigo si sabe que te he ayudado con esta idea loca.

–No te preocupes, Elfred; yo te absolveré de todos los pecados. Me aseguraré de que Grace sepa, sin ninguna duda, que todo ha sido idea mía.

Elfred empezaba a darse cuenta de que esa mujer tenía una lengua tan afilada como un hacha de doble hoja y que disfrutaba mucho azuzándolo,

con la esperanza de que él se acobardara. Pero Elfred no era de ésos. Le gustaban las mujeres y ésa en particular estimulaba su interés con su flamante estado de celibato, su descaro, su lenguaje soez y sus costumbres liberales. Ningún hombre en su sano juicio la soportaría mucho tiempo -no era extraño que George Jewett se hubiera dado a la fuga-, pero como entretenimiento, la señora Birdy Jewett haría muy buen papel.

–La gasolina se compra en la quincallería. Y ahora, ¿puedo llevarte a tu casa?

Roberta sonrió con afectación y se echó hacia atrás en su asiento como si ya hubiese tomado una decisión.

–Sí, por favor.

La calle Alden se hallaba sobre una colina muy próxima al centro de la ciudad. La casa Breckenridge era tan vieja como la misma Camden y durante las dos últimas décadas estuvo habitada por el último representante del clan, un tal Sebastian Dougal Breckenridge. Sebastian había pasado sus años productivos en el mar, y éste había sido su única novia. Se había resignado a pasar sus últimos días de reumático allí, desde donde podía ver los vapores que entraban en el puerto, observar a los pescadores que salían todas las mañanas y regresaban todos los atardeceres, oír los chillidos de las gaviotas cuando se resguardaban junto a sus ventanas y recordar el aire salobre de su juventud cuando recorría las rutas comerciales a través de un mar agitado.

La gente de la ciudad recordaba los días en que Sebastian cuidaba su casa, cuando las petunias florecían en los macizos del jardín debajo de las ventanas del frente, cuando el ancla clavada en ángulo oblicuo en el terreno del jardín del frente mantenía su resplandeciente pintura blanca. Pero habían pasado muchos años desde que las viejas articulaciones crujientes de Sebastian podían soportar la tortura de arrodillarse para arrancar las malas hierbas del jardín, o desde que sus brazos artríticos podían sostener una brocha, o desde que su voluntad debilitada le recordara que la casa

necesitaba de cuidados si no quería que se desplomara.

Roberta miró boquiabierta la casa y sintió un vuelco en el estómago.

–¿Es ésta?

–Dios mío -murmuró una de las niñas, seguida por un absoluto silencio de incredulidad desde el asiento trasero.

–Elfred, no puedes hablar en serio. ¡Gastaste mi dinero en «esto»!

–Doscientos dólares no es mucho, Birdy. Yo podría haberte conseguido una casa mucho más bonita sobre la calle Limerock por cuatrocientos dólares, pero tú dijiste que doscientos era tu límite.

Doscientos para la casa, doscientos para el coche. Sí, ése había sido su plan.

Ahora poseía una choza en ruinas y podía pagar apenas un tercio de un automóvil y no tenía manera de conseguir pronto el resto.

–¡Oh, Elfred! ¿Cómo pudiste? ¡Por Dios! ¡No es más que una… una ruina!

–Tiene los cimientos bien firmes, estufas de leña que funcionan y ventanas que cierran.

–Sin vidrios -señaló ella con los ojos vueltos hacia arriba.

En el segundo piso, el panel de una ventana se veía cubierto con una lámina de madera. No había duda de que el lugar no había sido pintado en diez años. Había grandes cantidades de excrementos de las gaviotas sobre las tejas de pizarra, y debajo de los bordes de las ventanas, y a lo largo del frente de un pórtico bajo, donde una fila de pájaros se alineaba sobre la barandilla de la escalera, cuyos peldaños eran tan irregulares como los dientes de un lobo marino viejo. A través de las ventanas inferiores, Roberta echó un vistazo a los bienes de Sebastian Dougal Breckenridge. Vio lo que parecían ser unas pilas de diarios viejos y flotadores de redes portuguesas de pescar alineados en los antepechos de las ventanas.

–El vidrio se puede volver a poner -afirmó Elfred.

–Yo no puedo. ¡No soy ningún vidriero, Elfred!

La desilusión de Roberta se transformaba por momentos en cólera.

–Tú dijiste que tenías tres buenas ayudantes, así que confié en tu palabra y en que querías ahorrar dinero con una construcción que pudiera arreglarse.

Supuse que habías apartado algún dinero para ese propósito.

–¡Yo dije «arreglar», Elfred, no «reconstruir»!

Roberta se quedó sentada en el coche, mirando con ojos incrédulos su nuevo domicilio.

–¿Quieres entrar y echar una mirada?

–No. Quiero colgarte del árbol más alto que haya en Camden… ¡de los tendones de tus tobillos, Elfred Spear!

–Roberta…

–… y después haré apuestas sobre cuándo te pudrirás por fin y te caerás a pedazos.

Elfred se tapó la boca con una mano y sonrió a sus espaldas, mientras ella hervía de furia con los dientes apretados.

–Oh, vamos, Birdy… al menos entra y echa una mirada.

Ella estaba tan perturbada que bajó del automóvil sin paraguas y avanzó entre la maleza alta del terreno sin esperar a nadie.

–¡Fuera! – les gritó a las gaviotas-. ¡Quitad vuestros sucios traseros de mi pórtico!

Elfred paró rápidamente el motor y echó a correr con un paraguas. La alcanzó al pie de los escalones del pórtico, adonde ella acababa de llegar, apretando los dientes para no insultarlo. Al hacer un examen más de cerca, le pareció que el mismo pórtico se iba a pudrir por completo antes de que llegara Elfred. El suelo tenía agujeros por todas partes. Se detuvo con las manos en las caderas.

–Esto es deplorable. Sencillamente deplorable.

Elfred la animó a subir los escalones por las tablas que se hallaban en buen estado y abrió la puerta de la entrada. Ella entró delante de él en lo que se suponía que era un recibidor. Milagro de los milagros… ¡Tenía luz eléctrica! Pero los cables estaban tendidos por fuera de las paredes y las lamparillas colgaban peladas. Había diarios por todas partes, incluso cubriendo las paredes. El viejo los había coleccionado y yacían amontonados en pilas alrededor de la habitación, junto con jarros vacíos de vidrio y más flotadores portugueses. Unas grandes manchas de hollín destacaban en el techo, encima de la estufa, y había basura diseminada por todo el piso. El lugar apestaba a orina y podredumbre.

–Quiero que me devuelvan mi dinero -anunció Roberta.

–No puedo recuperarlo -contestó Elfred-. La operación de venta está cerrada.

Roberta caminó hacia él, le quitó el paraguas plegado y se lo clavó en el medio del estómago. Elfred se dobló hacia adelante y soltó un gruñido.

–¡Ay…! Ro… Roberta… qué diablos…

–¿Cómo se supone que viviremos en esto? ¿Cómo, Elfred? ¡¿Quieres explicármelo?! – gritó.

Elfred se abrazó el estómago y la miró fijamente, estupefacto. Las niñas habían llegado hasta el pórtico y se quedaron mirándolo, dubitativas.

Rebecca subió hasta la entrada y las demás la siguieron, eligiendo con cuidado el camino. Susan echó una mirada a una escalera destartalada que dividía las dos habitaciones de la planta baja. Rebecca fue hasta una de las paredes y arrancó una tira de papel de diario. Debajo apareció el viejo empapelado manchado de humedad.

–No estará tan mal, mamá, una vez que quememos los papeles de diario y pintemos las paredes.

A pesar de todo, Rebecca era siempre la optimista del grupo.

–¡Es inadecuada hasta para una comadreja!

Había una cocina contigua a la sala de estar. Lydia se aventuró a entrar y las demás la siguieron. Abrió una puerta debajo de un fregadero seco y salió un olor fétido. Algo que parecía ser un cubo de basura, vacío quizá por algún capricho benevolente del destino, había dejado una mancha indeleble en la madera del suelo.

–¡Cierra esa puerta, Lydia! – gritó Roberta-. ¡Y no vuelvas a tocar esa cosa inmunda! ¡Por lo que sabemos, es muy probable que haya orinado adentro!

– Se volvió bruscamente hacia Elfred y agregó-: Supongo que no hay cuarto de baño.

–No. Sólo un retrete fuera de la casa.

Le volvió la espalda, demasiado enojada para mirarlo de frente.

–Escúchame, Birdy, tú dijiste doscientos dólares. Esto es lo que se consigue por doscientos dólares.

–Yo podría haber gastado doscientos dólares en algo habitable mientras financiaba el resto con una hipoteca.

–Tú me dijiste que no querías hipoteca, así que imaginé que podrías reparar esta casa con un poco de ayuda.

Se giró hacia él y señaló una pared.

–¡Entonces repárala tú, Elfred, porque yo no tengo tiempo! ¡Yo tengo que salir a ganar un salario para mis hijas! ¿Y mientras tanto, quieres que las deje dentro de esta inmundicia?

A estas alturas gritaba y gesticulaba con furia.

–¡Tú nos metiste en este nido de zorrillos! ¡Y tú te encargarás de hacerlo habitable pagando lo que haga falta! ¡Que Dios me ayude, Elfred, yo confié en ti!

Elfred retrocedía, porque Birdy blandía otra vez el paraguas. Extendió las dos manos como si quisiera detenerla.

–Está bien, Birdy, está bien… Lo haré. Yo me ocuparé.

–¡Y hazlo rápido, porque ésta no es una vivienda adecuada para mis hijas!

–Muy bien, ahora mismo iré a ver a Gabriel Farley.

–Sí, señor, lo harás -dijo una voz grave desde la puerta.

Y el mismísimo Gabriel Farley entró en la cocina.

–Hola, otra vez.

–Vaya. ¿Qué haces tú aquí? – preguntó Elfred, sorprendido.

–Imaginé que podrías necesitarme. Si estas damas van a vivir en la cueva del viejo Sebastian, habrá que hacer algunos arreglos.

Cruzó los brazos, hundió las manos debajo de las axilas y repasó las paredes con la mirada.

–No tendría inconveniente en proporcionarle un presupuesto.

Roberta se frotó las palmas de las manos y le lanzó una mirada ácida.

–Bueno, eso sí que es velocidad -observó con frialdad.

–Fue una suerte que nos conociéramos en el muelle, o no me hubiera enterado de que este lugar iba a ser habitado otra vez.

Roberta se preguntó si realmente había sido suerte.

–¿Entonces es usted carpintero, señor Farley?

–Carpintero, pintor, artesano general, todo en uno. Puedo arreglar la mayoría de las cosas.

La mirada de Roberta iba de un hombre a otro.

–Ya, ¿y no podría ser que ustedes dos se hubieran confabulado? Que Elfred

«por casualidad» hubiese comprado esta ruina para mí y tal vez el señor Farley «por casualidad» entrara en el momento oportuno en la oficina naviera cuando nosotros estábamos allí y ahora «por casualidad» tenga tiempo para reparar este pedazo de chatarra? ¿A qué clase de precio inflado, si puedo preguntar?

Farley no dijo nada. Se quedó quieto, con las manos metidas en las axilas y las piernas abiertas, mientras la estudiaba. Era corpulento y el impermeable de hule lo hacía parecer más grande. Tenía unos pies enormes y unas cejas hirsutas. Pero ningún imbécil fornido iba a intimidar a Roberta Jewett.

–Bien, señor Farley, ¿tengo razón?

Gabe Farley, siempre sereno, volvió a estudiar con mayor detalle a Roberta Jewett. Era la primera mujer divorciada que conocía en su vida, y no estaba seguro de qué conclusiones sacar. Allí estaba, parada, haciéndoles frente a él y a Elfred con sus sospechas, exactamente igual que lo haría un hombre.

¡Sin temor, sin escrúpulos! Tampoco se preocupaba mucho por su apariencia. Eso resultó evidente desde el primer momento. Sus cabellos parecían un montón de pasto de pantano después de un huracán, y su abrigo, todo arrugado, estaba sin abrochar. Nada de sombrero, nada de guantes, nada de modales refinados. Tenía los pies casi tan abiertos como los de Gabe. ¡Cielos! ¡Cómo van a hablar de ella las mujeres de la ciudad a sus espaldas!, pensó él, y también los hombres.

Se quitó la gorra y se rascó la cabeza. Volvió a ponérsela inclinada hacia un costado y tiró del borde hasta que le ocultó la ceja derecha.

–Bueno, señora Jewett, usted podría tener razón. Sin embargo, también podría estar equivocada. Así que supongo que es usted quien tiene que decidir si quiere mi ayuda o no.

–Bueno, contésteme con franqueza, señor Farley. ¿Está conchabado con mi cuñado?

–No.

Ella había esperado una negativa más extensa. Sorprendida por su respuesta monosilábica, se dio la vuelta y recorrió la habitación.

–Bien, aun si lo estuviera, supongo que no hay ningún problema, porque Elfred acaba de aceptar financiar las reparaciones de esta casa. ¿No es así, Elfred? Verá, señor Farley, yo no tengo dinero. Bueno, eso no es del todo exacto. Tenía cuatrocientos dólares, pero Elfred tomó doscientos para comprar este montón de basura, con lo que me quedan doscientos, que pienso usar para comprarme un automóvil.

–Un automóvil -repitió Farley, de la manera en que un tío se lo diría a una sobrina de cinco años.

–¡No se ría de mí, señor Farley!

–No me río de usted, señora Jewett.

–Sí, lo está haciendo. No soy idiota, tampoco estoy incapacitada para tomar decisiones, y he decidido, contra viento y marea, que tendré un automóvil.

–¡Excelente por usted! Pero no hemos aclarado la cuestión de si quiere o no que le repare esta casa.

–Pregúntele a Elfred. Él me metió en este embrollo, y él me sacará.

Elfred se aclaró la garganta y se adelantó unos pasos.

–Adelante, Gabe, prepara un presupuesto y tráemelo. De alguna manera lo resolveremos entre Roberta y yo. Ella tiene que vivir en algún lugar.

–Muy bien, veré qué puedo hacer. Y ahora, si me perdonan… -Se dirigió a Roberta, dio un toque ligero a su gorra y salió de la habitación.

Las niñas se habían ido a explorar. Rebecca y Susan la llamaron desde el pórtico de delante.

–¡Mamá, ven aquí!

Roberta salió a reunirse con ellas, que estaban paradas junto a la barandilla del porche y miraban hacia afuera a través de la lluvia.

–¡Mira, mamá! – exclamó Becky, entusiasmada-. ¡Desde aquí podremos ver el puerto, y todas las embarcaciones, y las islas! Seguro que cuando deje de llover podremos verlas. ¡Y las salidas del sol! ¡Oh, mamá, será magnífico!

Imagínate esta barandilla y el suelo arreglados, y nuestros viejos sillones de mimbre aquí afuera, y algo con una deliciosa fragancia que florezca allí, junto a los escalones. – Saltó sobre dos tablas rotas y se paró en el extremo opuesto del pórtico-. Y quizá una hamaca aquí, a la sombra, para las tardes tórridas del verano, y yo escribiré un poema sobre el puerto y me pararé al final de estos escalones, como si fuese el escenario del teatro de la Ópera, y te lo recitaré mientras tú te acuestas sobre el césped fresco con los pies descalzos y el cuello levantado hasta el cielo.

Se volvió con afecto hacia su madre.

–Sé que ahora está muy mal, pero no te preocupes. A nosotras nos gusta.

Queremos quedarnos aquí.

Roberta estudió un instante a sus hijas. Su mayor tesoro. Ella había comprado esa choza destartalada. Y ellas, ¡bendita fuera su ignorancia!, pensaban que podía ser un hogar. De pronto, se echó a reír.

–¿Quién dice que soy pobre, cuando os tengo a vosotras? ¡Venid aquí, hijas!

Abrió los brazos y sus hijas fueron hacia ella, se refugiaron en su pecho y le rodearon la cintura. Allí estaban, como tres nudos de pescadores en la misma soga, mientras observaban la lluvia que se escurría por el techo del pórtico y picoteaba la tierra saturada de agua. Del suelo fértil emanaba una fragancia pura y un aire rico y húmedo que prometía un espléndido verdor para el verano. La montaña que se alzaba a sus espaldas las protegía de los vientos preponderantes del sudoeste. A sus pies, la tierra caía en declive y unas cuantas casas, árboles y comercios las separaban de la bahía Penobscot. Abajo y hacia la derecha se veía una parte del techo de la fábrica de lana, y a su lado la chimenea de ladrillos se elevaba como un cuchillo en el cielo encapotado, donde el vaho de la lluvia se confundía con el humo.

Una gaviota pasó junto a ellas en vuelo rasante emitiendo toda una serie de gritos roncos; después batió las alas mientras se apostaba sobre la veleta del techo de un cobertizo en un terreno más bajo. Roberta la observó durante todo el trayecto, hasta que se posó y se detuvo. En Boston habían vivido muy lejos del mar. Tierra adentro, las gaviotas hablaban un lenguaje diferente del que utilizaban a la vista del océano. La presencia del Atlántico daba a estas gaviotas una impetuosidad que gustaba mucho a Roberta.

Nadie podía decirle a una gaviota de Camden que debía quedarse callada, o ser obediente, o decorosa, o que debía amoldarse, o que no podía volar sola.

Tal vez había tomado sus ideas de las gaviotas.

–Si es que vamos a quedarnos, necesitaré que me ayudéis -dijo Roberta a sus dos hijas mayores.

–Claro, mamá.

–Por supuesto.

–Y aunque os puedo asegurar que no tendremos mucho, ninguna irá a trabajar a esa fábrica.

Miró hacia abajo, al techo de pizarra gris oscuro.

–Nosotras no necesitamos mucho -le aseguró Rebecca para infundirle confianza.

–Vais a pasar mucho tiempo solas. ¿No os importa?

–¿Quién fue la que nos enseñó que «cuando tienes imaginación nunca estás sola»?

–¡Esa es mi hija!

Acompañó la exclamación con un codazo a Rebecca y después a las dos a la vez.

La gaviota volvió. Seguía sola y aún protestaba. Roberta observó cómo destellaban sus ojos negros y giraba la cabeza con curiosidad mientras planeaba sobre ellas y las miraba.

–Las casas nunca han sido muy importantes para mí-comentó-. Mientras sean cálidas y secas y tengan una buena cantidad de risas en su interior, y quizá algunos libros y música… Eso es suficiente, ¿de acuerdo?

–De acuerdo -respondieron las niñas al unísono.

–Entonces nos quedamos.

Los puños de Rebecca y Susan se apretaron en su cintura y Roberta pensó que había tomado la decisión correcta. Eso era todo lo que necesitaba, y a partir de ese momento estaría satisfecha con su decisión.

–¿Dónde está Lydia?

–Arriba, investigando.

–¿Vamos a buscarla?

Sonrientes, las tres fueron arriba.

Lydia estaba explorando a fondo la casa. Había leído algunos de los titulares de los diarios pegados a la pared, que se remontaban a treinta años atrás. Había escogido algunos flotadores de vidrio de colores vivos de entre los objetos flotantes de Sebastian Dougal. Eran rojos, azul agua y amarillo azafrán y lucirían magníficos cuando colgaran de la barandilla del porche en verano. Los dejó al pie de la escalera, después miró hacia arriba, soñando despierta y canturreando « lástima el destino de quien ama demasiado….».

A principios de aquel año, en su escuela de Boston había representado el papel de Joséphine en Pinafore, y ahora se sentía transportada a un barco en alta mar. Inmersa en el ensueño, con la frente apoyada en el doblez del codo y el brazo extendido sobre la baranda acanalada, volvió a subir, sin dejar de canturrear en todo el camino hasta arriba. «Pesado el dolor que dobla la cabeza…», cantaba mientras entraba en el dormitorio de atrás, el que miraba hacia el monte Mount Battie. El techo seguía la línea empinada del tejado y en un extremo tenía un par de ventanas largas y angostas que llegaban casi hasta el suelo. Con una rodilla en tierra, el señor Farley examinaba la pared donde estaban las ventanas y silbaba por entre los dientes. Su silbido sonaba como las alas de los patos cuando vuelan bajo.

–Hola… -murmuró ella.

Él dejó de silbar y miró hacia atrás por encima del hombro.

–Ah… hola.

–Yo soy Lydia.

Farley giró en redondo.

–Encantado de conocerte, Lydia. Yo soy el señor Farley.

–Lo sé. ¿Tú vas a arreglar esta casa para nosotras?

–Creo que sí.

–Es un desastre, ¿no?

El echó una mirada a la casa.

–Bueno, no está tan mal. Habrá que reemplazar aquella ventana del otro dormitorio. – Señaló con un nudillo mientras mantenía la muñeca apoyada en la rodilla-. Y parece que va a ser necesario rehacer el pórtico de entrada, pero el techo está entejado con pizarra y puede durar otros cien años.

–Esta va a ser mi habitación -afirmó Lydia.

–¿Ah, sí?

–Mía y de Becky y Susan. Mamá ocupará aquella otra -aseguró mientras señalaba hacia atrás.

–¿Ya hablaron sobre eso?

–No, pero mamá casi siempre nos deja hacer las cosas a nuestra manera.

–Sí, ¿verdad?

–Casi siempre. A menos que sea perjudicial para alguien, o malo para

nuestra mente. Nosotras queremos quedarnos, así que sé que accederá.

–¿Por qué queréis quedaros?

–Porque aquí tenemos una abuela, y primas, y a la tía Grace y el tío Elfred, y ya era hora de que los conociéramos. Y porque aquí hay un teatro de ópera y mamá dice que iremos con frecuencia, y excelentes escuelas, y si asistes aquí a la escuela secundaria, te permiten el ingreso directamente en la universidad sin necesidad de pasar un examen. ¿Sabías eso?

Asombrado por la firmeza de su arenga, Gabriel se aclaró la garganta.

–No, no lo sabía.

–Mamá dice que la educación es primordial.

«Mamá dice.» Gabriel examinó a esa niña precoz. No le llegaba ni a la altura de los hombros y tenía un aspecto bastante desaliñado con sus gastados zapatos marrones abotinados y un delantal marrón con forma de bolsa y bolsillos sobrepuestos deformados. Las trenzas color arena estaban desarregladas y se le habían soltado unos mechones, que se apartaba con frecuencia de las sienes. Tenía las uñas sucias, pero sus mejillas eran rosadas, y sus ojos, tan vivaces como los de una golondrina de mar.

Además, su vocabulario y su dicción sorprendieron a Gabe, que la escrutó más a fondo.

–¿Cuántos años tienes?

–Diez.

–Es asombroso lo bien que hablas para tener diez años.

–Mamá nos lee mucho y nos alienta a ser inquisitivas sobre el significado de las palabras y a crear.

–¿Crear qué?

–Lo que sea. Música, poesías, piezas teatrales, ensayos literarios, pinturas, hasta exhibiciones botánicas. Una vez escribimos una ópera.

–Una ópera… -repitió Gabe con franca sorpresa.

–En latín.

–¡Virgen Santa!

–Bueno, lo intentamos en latín, pero cometimos tantos errores que mamá se cansó de corregirlos, así que cambiamos al inglés. ¿Tú tienes hijos?

–Sí. Tengo una hija, Isobel. Tiene catorce años.

–Susan tiene catorce años. Quizá nos hagamos todas amigas.

–Estoy seguro de que a Isobel le gustaría.

–Y Rebecca tiene dieciséis años. Susan y Rebecca lo hacen todo juntas, pero yo soy la menor y a veces no me dejan intervenir. Pero al menos me permiten actuar en las piezas de teatro. Bueno, ahora creo que es mejor que me vaya.

Al darse la vuelta chocó con su tío Elfred, que acababa de subir.

–¡Cuidado, pequeña! – exclamó y dio un paso al costado.

Ella levantó los ojos.

–Perdóname, tío Elfred, sólo iba a buscar a mi madre.

–Está abajo, en el pórtico de entrada, con tus hermanas.

Lydia bajó ruidosamente las escaleras y Elfred fue al encuentro de su amigo en el dormitorio de atrás. Se detuvo debajo de la lamparilla apagada y buscó

un cigarro en el bolsillo de su chaleco.

–Bueno, ¿qué piensas? – preguntó.

Farley se levantó.

–¿Sobre la casa o sobre ella?

Elfred estaba recortando la punta del cigarro con los dientes y al estallar en una carcajada hizo volar las fibras marrones hasta un friso.

–Lo que más te guste -respondió.

Raspó un fósforo con la uña de un pulgar y encendió el cigarro.

En ese momento, Roberta había subido hasta la mitad de la escalera, seguida por sus hijas. Se giró y con un dedo sobre los labios les ordenó silencio y les indicó que se quedaran quietas. Subió de puntillas por el borde de los escalones, que no crujían, y una vez arriba se apretó contra una pared y aguzó el oído para escuchar todo lo que pudiera.

Farley hablaba en voz baja.

–A ella no le importa mucho lo que dice, ¿verdad?

–O qué aspecto tiene -agregó Elfred.

–O qué aspecto tienen sus hijas.

–Sin embargo, ella tiene lo que le gusta a un hombre para ponerle las manos encima y eso es lo único que importa. ¿No es así, Gabe?

Farley rió entre dientes.

–Bueno, me recuperé bastante rápido. ¡Pero qué diablos!, nunca antes había visto de cerca a una mujer divorciada. Sentí curiosidad.

–También yo. También yo… -farfulló el cuñado.

El olor de su cigarro llegaba hasta Roberta.

–¿También tú qué, Elfred?

–Bueno, ya sabes… -dijo con un tono socarrón-. La tanteé un poquito.

–¿La tanteaste? Vaya, Elfred -aprobó Farley con tono risueño-. Tú… un hombre casado.

–Fue sólo en broma.

–¿Qué hizo ella?

Farley casi susurraba.

Aunque Roberta no oyó la respuesta de Elfred, se imaginó una mueca maliciosa que significaba cualquier cosa que una mente lujuriosa quisiera imaginar, antes de que Farley contestara:

–Eres un demonio, Elfred.

Y los dos hombres se echaron a reír.

Por el tono con que hablaba, Roberta imaginó que Elfred tenía el cigarro enganchado entre los dientes.

–Sí, señor… Ella es ardiente, Gabe. Un poco colérica, tal vez…

Debía haberse quitado el cigarro de la boca, ya que siguió en el tono confidencial de un seductor experimentado que ayuda a otro.

–Acepta un consejo, sin embargo. Primero deja que entre un poco en calor.

A veces se muestra beligerante.

–Creí que sólo la habías tanteado.

–Se mostró así con respecto a la casa.

–¿La casa?

–Montó en cólera cuando vio en qué condiciones estaba, y me dio un golpe en el estómago con su propio paraguas. Fue una reacción abominable.

Abominable.

–Supongo que te lo merecías. Y no hablo de las condiciones de la casa.

Roberta había escuchado suficiente. Con la cara roja de furia, irrumpió en la habitación y se enfrentó a los dos hombres. Durante ese instante de repentina inmovilidad, cuando cada uno de los presentes sabía sobre qué habían versado los susurros y las risitas, Roberta fijó sus ojos glaciales en Farley.

–¿Cuándo podemos empezar a trabajar?

Farley ni siquiera se sonrojó.

–Mañana.

–Y tú, Elfred… tú pagarás.

Nadie podía equivocarse en cuanto al segundo sentido del tono de sus palabras.

–Y te asegurarás de que Grace lo sepa, de manera que más adelante no haya ningún problema entre ella y yo.

–Me aseguraré de ello.

–Y usted -con un énfasis de desagrado en la palabra, miró a Farley con un

cierto desprecio en sus ojos- se asegurará de terminar el trabajo y salir de aquí cuanto antes. ¿Está claro?

–Sí, señora -respondió-. Lo que usted diga.

Roberta giró en redondo con un aire tan majestuoso como si llevase un miriñaque de tafetán y se dirigió hacia la puerta.

–Ya están aquí los carros con mis pertenencias. ¿Quiere, por favor, ayudar a descargarlos?

Estaba muy lejos de ser una súplica. Era una orden dada en el tono de alguien cuyo disgusto era tan grande, que sólo podía hacerle frente descargándolo sobre los causantes de su enojo.

Cuando ser fue, Gabe y Elfred intercambiaron mensajes silenciosos enarcando las cejas, y luego rieron entre dientes una vez más.

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Capítulo 3

Sus muebles estaban en tan malas condiciones como ella, una colección de piezas deslustradas que desde el punto de vista estético no tenían ningún valor.

–¡No se preocupen si se mojan! – les gritó a los carreteros-. ¡Sólo tráiganlos aquí dentro!

–Tal vez sería mejor que pasarais esta noche con nosotros en nuestra casa -

le sugirió Elfred.

–Por nada del mundo. ¿Qué haríais con nosotras cuatro?

Elfred no sabía qué harían con las cuatro. Lo había sugerido por una cuestión de cortesía, pero en realidad se sintió aliviado de que ella no hubiese aceptado su ofrecimiento.

–Ésta es nuestra casa. Éstas son nuestras cosas. Nos arreglaremos. ¡Bueno, no se quede ahí parado, Farley, haga algo útil! ¡Tú también, Elfred!

Elfred se empapó hasta los huesos. Roberta se alegró cuando lo vio mirarse el traje de lana mojado, preocupado por si encogía. Farley, que todavía vestía su impermeable de plástico marrón, no tenía ese problema, así que ella le pidió que ayudara a los carreteros a descargar las piezas más pesadas, incluido el piano, que -así esperaba- le provocaría una hernia considerable.

Murmurar. ¿Era eso lo que hacían?

Maldita raza de puercos. Que acarreen como bestias de carga. Los hombres podían hacer al menos eso, aunque para Roberta Jewett no servían para mucho más.

A Elfred le disgustaba bastante verse obligado a realizar semejante esfuerzo físico, y en el momento oportuno, decidió que necesitaba ir a su oficina.

Farley también se fue.

Roberta mandó a las niñas arriba, con instrucciones de desempaquetar algunas cajas de ropa de vestir y de ropa de cama. Ella se dirigió al comedor y recorrió con la vista la colección de canastos y baúles apilados en un rincón como un rompecabezas chino. Se preguntó dónde podría encontrar los utensilios de cocina entre todos aquellos cajones. Era cerca de mediodía y las niñas debían de tener hambre. Sería mejor ir en busca de alguna tienda de comestibles y traer algunos suministros, encender un fuego para calentar el ambiente, intentar desenterrar la tetera y el lavamanos y algunos baldes, trapos y toallas. De repente, le pareció todo demasiado duro. Además, el aire que entraba por la puerta abierta, aunque húmedo, le traía el olor del océano y de la tierra que empezaba a verdear y de los capullos de lilas, y el sonido de las gaviotas y de las boyas de campana distantes, que siempre había amado. Así que localizó las patas con forma de garras del taburete del piano, que asomaban de la montaña de canastos, quitó un montón de cajas de delante del instrumento, levantó la tapa del teclado, se sentó y tocó Art Is Calling for Me, de Naughty Marietta. Atacó la pieza con energía y al oír la décima barra de compás, las niñas empezaron a cantar desde arriba.

« Mamá es una reina… y papá es un rey… así que soy una princesa, y lo sé. »

De pronto, Roberta Jewett se sintió inmensamente feliz.

Tenía a sus hijas, y un lugar donde cobijarlas, y un trabajo que la esperaba.

No había ningún esposo que le quitara lo que era suyo o que volviera a ponerla en ridículo. Más allá del pórtico delantero la esperaba la vista del puerto para disfrutarla todas las veces que quisiera apoyarse contra el marco de la puerta y calentarse al sol. Aquél era un nuevo comienzo de su vida, y ella y las niñas iban a ser muy, pero que muy, felices.

Terminó la canción con un arpegio veloz y giró en redondo sobre el taburete del piano.

Se encontró cara a cara con Gabriel Farley.

Estaba apoyado contra el marco de la puerta, con las manos metidas debajo de las axilas en posición de descanso, como si llevara un buen rato allí.

Un repentino malhumor se reflejó en el rostro de Roberta.

–Pensé que se había ido.

–Así es. Pero he vuelto.

–Bueno, podía haber llamado a la puerta.

Se giró otra vez hacia el piano, cerró de un golpe la tapa del teclado y se puso en pie de un salto.

–Lo hice, pero usted no me oyó, a causa del alboroto.

Ella lo miró de costado, ceñuda.

–¿Alboroto? Bueno, gracias, señor Farley. ¡Qué cortés de su parte!

Farley había permanecido en la puerta durante todo un minuto, mientras observaba y escuchaba y se preguntaba qué clase de mujer dejaba abierta la puerta de entrada con esa lluvia y se sentaba al piano ignorando el montón de paquetes y cajas de mudanza que debían ser desembalados y la limpieza a fondo que necesitaba esa ruina de casa.

–En realidad, diría que he disfrutado bastante. Sus niñas cantan muy bien.

Se oyó la voz de Rebecca, desde el piso de arriba.

–¿Mamá, quién está ahí?

–¡El señor Farley! – respondió Roberta.

–¿Qué desea?

–No lo sé. – Se volvió hacia él-. ¿Qué es lo que desea, señor Farley?

Se apartó de la puerta y entró.

–Pensé que le vendría bien un poco de ayuda con las cajas más pesadas, o tal vez para echar un vistazo a las tuberías del fogón de la chimenea. Podría haber nidos de ardillas dentro de ellas.

–No, gracias. Nos arreglaremos.

Se dirigió hacia las cajas, eligió una y la sopesó para bajarla.

Él se acercó y se la quitó de las manos mientras todavía las tenía en el aire.

Su mayor altura se lo permitía sin ningún esfuerzo.

Roberta se dio la vuelta y le dirigió una mirada despectiva.

–¿No tiene ningún trabajo que hacer en alguna otra parte?

–Sí.

–Entonces, ¿por qué no está allí?

–Tengo mi propio negocio, mío y de mi hermano. Él está trabajando ahora cerca de Lily Pond y se arreglará muy bien hasta que yo llegue. ¿Dónde quiere esto?

La caja contenía sus cacerolas y sartenes de hierro fundido. Él la sostenía como su estuviera vacía.

–En la cocina.

Farley la llevó hasta allí y ella fue detrás. Lo observó mientras la dejaba sobre el piso junto a la cocina económica de hierro.

–Mire, señor Farley -dijo bajando la voz-, lo oí cuchichear y reírse entre dientes con mi cuñado allá arriba. Creo que tengo una idea bastante aproximada de qué trataba todo eso, así que, ¿por qué no deja que desempaquetemos nosotras y se despide de una vez? Yo no soy la clase de mujer que usted piensa, y no va a sacar ningún provecho si se queda dando vueltas por aquí y actúa como si fuese indispensable. Ya tengo mi piano adentro. Eso es para lo único que le necesito, y le doy las gracias.

Él enderezó poco a poco la columna vertebral mientras la miraba con expresión divertida.

–Caramba, señora Jewett, está cometiendo una injusticia conmigo -dijo mientras se frotaba las palmas de las manos.

–No, señor Farley, usted comete una injusticia conmigo. Se lo dije antes: no soy estúpida. Conozco a los hombres y sus costumbres, y sé muy bien qué idea preconcebida despierta en sus mentes la palabra «divorciada». ¿Al menos podemos ponernos de acuerdo en que soy lo bastante inteligente para haberme imaginado sobre qué murmuraban usted y Elfred ahí arriba?

Farley la estudió detenidamente. ¡Por Jehová! Nunca había conocido una mujer como ella. Y a decir verdad, no sabía con certeza por qué estaba allí.

No obstante, decidió que una admisión sincera de su primer error los pondría en términos más amistosos.

–Muy bien. Por favor, acepte mis disculpas.

–No, no lo haré.

Farley no supo si reírse o quedarse con la boca abierta. Como nunca antes le habían rechazado una disculpa, se quedó con la boca abierta. Y echó el mentón hacia adelante como si acabara de tragarse un moscardón.

–¿No lo hará?

–No, no lo haré. Porque lo que usted hizo fue muy grosero. Y como no tengo ningún deseo de fomentar nuestra relación, opto por no aceptar sus disculpas.

Pasaron algunos segundos antes de que él pudiera balbucear:

–Bueno, que me condenen al fuego eterno…

–Bien, eso es una buena idea -concluyó Roberta, tajante, antes de darse la vuelta y alejarse con la nariz levantada.

Se dirigió al salón y lo dejó otra vez boquiabierto. Farley se quitó la gorra, se rascó la cabeza aunque no lo necesitaba, echó una mirada a la cocina, sintió curiosidad por la energía acumulada de esa mujer, se caló la gorra, más inclinada que de costumbre sobre la sien, y la siguió.

Desde el vano de la puerta, entre los dos cuartos, observó cómo se encaramaba sobre unos paquetes embalados y estiraba el brazo para alcanzar una sombrerera redonda que estaba encima de una pila. Por detrás, su falda estaba llena de arrugas y sus cabellos eran un desastre. Al inclinarse hacia adelante, levantó los tacones de sus zapatos negros abotinados, descubriendo que estaban tan maltratados y gastados que casi no le quedaban suelas. La examinó mejor y no hizo ningún otro ofrecimiento de ayuda.

–Me voy.

–Sí, hágalo, por favor.

–¿Entonces no quiere que haga los trabajos de la casa?

–Haga lo que quiera. Eso es entre usted y Elfred. Pero si lo hace, quiero que quede bien entendido que debe llamar a la puerta antes de entrar y que

dejará de mirarme el trasero de la manera en que lo hace en este mismo momento. No estoy interesada, señor Farley. Ni en usted ni en ningún hombre, ¿está claro?

Se bajó con la sombrerera en la mano y lo miró a la cara.

Otra vez se quitó la gorra y se rascó la cabeza con fuerza. No salía de su asombro.

–¡Por Dios, consigue asustarme! Siempre está dispuesta a atacar, ¿no es así?

–Sí, así es. Usted no ha vivido lo que he vivido yo, señor Farley, así que no me juzgue.

Farley resolvió cambiar de actitud y le apuntó con el índice levantado.

–Es mejor que entienda bien una cosa. Las mujeres por aquí no hablan de esa manera. Y si quiere tener amigos, ¡es mejor que usted tampoco lo haga!

–¿Hablar cómo?

–¡Usted sabe a qué me refiero! Como… ¡como eso! ¡Cómo lo hace usted!

–Ah, ¿usted quiere decir que las mujeres de aquí hacen ver que no saben que los hombres hacen comentarios obscenos sobre ellas, en voz baja y a sus espaldas?

–¡Ya me he disculpado por eso!

Le apuntó otra vez con el índice, pero empezó a ponerse colorado.

–Y después se queda parado en la puerta mirándome como si yo fuese lady Godiva. ¡Qué vergüenza, señor Farley! ¿Qué pensaría su esposa?

Se dio la vuelta, puso la caja de sombreros sobre el taburete del piano, levantó la tapa y la dejó colgar del cordoncillo de seda. Del interior sacó un

sombrero de paja negra con una rosa y una pila de chalinas y pañuelos de cabeza doblados.

Farley se había quedado inmóvil detrás de ella, de mal humor y desconcertado, molesto por el tono de reprimenda que había usado Roberta al preguntarle qué habría pensado su esposa. Cambió el peso del cuerpo de un pie a otro, antes de defenderse con la excusa más baladí.

–No tengo esposa.

–No me sorprende -replicó ella secamente mientras de espaldas a él se anudaba hacia atrás un pañuelo de cabeza.

Cuando terminó, se giró y lo vio parado en el mismo lugar donde había estado todo ese tiempo, mirándola con una expresión como si quisiera aplastarla contra la pared de un buen batacazo.

–¿Qué hace todavía aquí, señor Farley?

–¡Maldita sea si lo sé! – exclamó él, fuera de sí.

Con paso enérgico atravesó la salita, cruzó el pórtico, bajó los escalones desvencijados y salió a la lluvia. Lo último que Roberta vio de él fue un faldón de su impermeable marrón cuando giró hacia la izquierda y desapareció de su vista.

–Suerte que me he librado de ese tipo -murmuró para sí, y se dispuso a trabajar.

Gabriel Farley, nacido y criado en Maine, estaba acostumbrado a los caprichos del clima, pero ese día la humedad y la lluvia le exasperaban.

Bueno, tal vez no sólo la humedad y la lluvia. Era bastante difícil quitarse de la mente a una mujer insolente como aquélla. Sobre todo porque había dado justo en el clavo sobre los motivos que lo llevaron a acechar a su alrededor. Y él había tratado de disculpar sus actos con una observación tan

inconsistente como «no tengo esposa».

¡Maldición! ¿Por qué había dicho eso?

Se había pasado casi toda la tarde dando vueltas de un lado a otro, con las mandíbulas apretadas y la frente fruncida antes de que su hermano se animara por fin a hablarle.

–¿Qué mosca te ha picado hoy?

–Ninguna.

–¿Pasa algo con Isobel?

–No.

–¿Mamá?

–No.

–Bueno, ¿entonces qué es?

–No te metas en lo que no te importa, Seth.

Seth siguió midiendo un travesaño para las puertas dobles de un garaje cubierto que él y Gabe construían en ese momento para una de las familias ricas que tenían casas en Boston y cabañas de verano allí. Un banco de taller de madera terciada y unos caballetes de aserrar ocupaban el centro de la estructura construida hacía poco. Seth se inclinó sobre el banco, hizo una marca, se colocó el lápiz gordo de carpintero detrás de la oreja y silbó por lo bajo.

Conocía muy bien a Gabriel. La mejor manera de sacar algo de él era dejar de preguntar.

Silbó un rato más mientras Gabe montaba una pequeña ventana.

Más pronto de lo esperado, se decidió por fin a hablar.

–Mañana voy a empezar un trabajo para Elfred Spear. Así que dejaré que tú termines éste.

–¿Qué va a hacer Elfred?

–Bueno, no es precisamente un trabajo para Elfred. Él es quien me paga para hacerlo.

–¿Cómo?

–Es la vieja casa de Breckenridge.

–¡No hablas en serio! ¿Esa vieja ruina?

–Esta mañana he estado allí y le eché una mirada. Desde el punto de vista de la estructura es bastante sólida. Y tiene el techo de pizarra.

–El viejo Sebastian estaba más loco que una cabra cuando murió. Casi puedo imaginar cómo es por dentro.

–De acuerdo, es un desastre. Pero nada que no pueda arreglarse con un poco de agua y jabón y mucha pintura. Necesita un par de entrepaños nuevos de ventana y mucha masilla alrededor de los viejos. En algunos lugares hay que reforzar los cimientos con un poco de argamasa entre las piedras, pero puedo hacerlo todo con bastante facilidad. Tiraré abajo todo el pórtico de entrada y levantaré uno nuevo. Puede que entonces te necesite.

–Avísame cuando llegue el momento.

–Sí.

Trabajaron un rato más en silencio, hasta que Seth se animó a preguntar.

–Y bien, ¿con quién está ocupado Elfred estos días?

–No lo dijo -respondió Gabriel, sin dejar de aserrar.

–Siento lástima por su esposa.

–Lo que no sabe no puede lastimarla.

–Vamos, Gabe. El hombre la engaña y, por añadidura, tiene tres hijas.

–¿Quieres decirme que nunca te has ido de juerga a espaldas de Aurelia?

–¡Acertaste! Eso es lo que digo. Podremos tener nuestras pequeñas peleas, pero nunca le haría eso a Aurelia.

Seth continuó con su trabajo uno o dos minutos más, en silencio, hasta que preguntó:

–No irás a decirme que tú engañaste a Caroline, ¿verdad?

–¡Por Dios, no! No mientras le quedaba un hálito de vida.

–Entonces ¿cómo puedes justificar a un libertino como Spear?

Gabriel dejó caer las herramientas, se frotó con fuerza los ojos y suspiró.

Durante todo el día se había sentido descontento consigo mismo y muy incómodo por lo que había pasado allá arriba, en la vieja casa Breckenridge.

–Demonios, no lo sé, Seth. Supongo que es porque yo mismo estoy muy nervioso. Estoy angustiado y cansado de toda esta vida en soledad.

–Tú no vives en soledad. Tienes a Isobel.

Gabe observó a su hermano en silencio, después caminó hasta el vano de la puerta sin terminar y se quedó mirando la lluvia. A Caroline nunca le había molestado la lluvia, como a la mayoría de la gente. Muchas veces había

trabajado afuera en medio de un aguacero.

–Sí, lo sé. Tengo a Isobel. Y cuanto más mayor se hace, más me recuerda a su madre.

Seth dejó el trabajo que tenía entre manos y cruzó el cobertizo para pararse junto a su hermano. Puso una mano sobre el hombro de Gabriel y le dio un ligero apretón.

–Se acerca el aniversario de su fallecimiento. ¿Es eso?

–Sí. Cada año es peor por estas fechas.

La lluvia había abierto un canal debajo de los bordes de los aleros nuevos y resonaba cuando caía dentro de los charcos. Todo en el aire olía a almizcle.

Allá afuera, en el pequeño lago conocido como Lily Pond, las ranas cantaban como si amaran ese clima. Tal vez aprovechaban para poner sus huevos allí. Los petirrojos estaban de regreso y ya habían construido sus nidos. Días atrás, en las afueras de la ciudad, Gabriel había visto a un par de somorgujos ejecutar un espléndido y ondulante ballet sobre la superficie del agua, como dos bailarinas con sus zapatillas de punta. La primavera… cruel primavera. Siempre era difícil pasar la primavera sin Caroline.

–¿Quieres saber qué ha pasado hoy?

Seth levantó la mano del hombro de Gabe y esperó. Gabriel deslizó las manos debajo de sus axilas, se apoyó con todo su peso contra la abertura de la puerta sin terminar y siguió mirando la lluvia.

–Me topé con Elfred en el embarcadero y esa mujer estaba con él… bueno, en realidad es su cuñada. Resulta que está divorciada.

–¡Divorciada! ¡Ah, vamos, Gabe! ¡Tú puedes inventar algo mejor!

–Déjame terminar. Está divorciada, tiene tres hijas y se iba a mudar a esa inmundicia que Sebastian Breckenridge dejó cuando se murió. Oí eso y

rápidamente me dirigí allí para ver si necesitaba un carpintero.

Gabe sacudió la cabeza de un lado a otro, un poco avergonzado ahora que lo había pensado.

–Me mostré más rápido que un ganso cuando se abalanza sobre una chinche de verano. Pero ella me pescó al vuelo y te aseguro, Seth, que me puso en mi lugar. Fue una situación muy embarazosa.

Seth le dio unas palmadas en la espalda y empezó a reír.

–Así que por eso estás tan alterado.

Con la punta de su bota, Gabriel empujó dentro del charco un par de astillas de madera del nuevo suelo de pino.

–Sí… supongo que sí. La verdad es que me hizo sentir como un tonto.

Seth volvió a su trabajo. Dio unos martillazos en diagonal sobre el travesaño de la puerta y después empezó a buscar una tabla de cedro para hacer otro; encontró una y midió el largo a ojo.

Seguir: parte 3 de 3