Un Verano, Una Mujer

Lavyrle Spencer · Capítulo 1 de 5 · parte 3/3

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Un Verano, Una Mujer

Capítulo 1

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

–Bien, ¿qué tal es? – preguntó de repente.

Gabriel se apartó de la puerta, volvió a entrar y también reanudó su trabajo.

–¡Dios, es un desastre! La ropa, el cabello, la casa… lo que se te ocurra nombrarme, todo es un desastre. Ella y las niñas parecen una manada de huérfanos vagabundos.

–Entonces ¿por qué estás ahí parado, tan exasperado por su culpa?

–No sé… Supongo que porque mañana tengo que volver allá y enfrentarme a ella de nuevo.

–Bueno, diablos… tal vez no la encuentres, si la casa está tan mal. Tal vez

decida ir a vivir a algún otro lugar.

–Oh, sí que la encontraré. Es muy probable que esté sentada frente a su piano, tocando y cantando como loca en medio de toda esa mugre. Te digo, Seth, que fue lo más increíble que he visto nunca. Volví a entrar después de ayudar a descargar todos los bártulos, y allí estaba ella, sentada, tocando el piano, como si no hubiera una maldita cosa fuera de lugar. ¡Y sus hijas cantaban desde arriba! Podías haber pensado que viven en el Taj Mahal.

¿Pero sabes qué? Son felices. Y una de esas niñas, la menor de las tres…

bueno, tiene una buena cabeza sobre los hombros. ¡Y qué lenguaje! He leído artículos en los periódicos que no empleaban un lenguaje como el suyo. ¿Sabes qué dijo? Que ella y sus hermanas escribieron una ópera. ¡En latín! ¿Qué te parece?

Seth interrumpió el trabajo y lo miró estupefacto.

–¿Qué edad has dicho que tiene esa niña?

–Diez años.

–Diez años. ¿Nada más?

–Sí, diez.

Se quedaron un rato pensativos, imaginándose ellos mismos a los diez años.

–¡Por todos los cielos! – exclamó Seth-. Yo apenas sabía limpiarme el trasero cuando tenía diez años.

Gabriel soltó una carcajada.

–Creo recordarlo. Algunas veces te lo limpié yo.

Era casi cierto. Gabe era cuatro años mayor que Seth, y a menudo ayudaba a su madre. Los pensamientos de Gabe volvieron a la precoz Lydia.

–¿Cómo supones que una niña alcanza una inteligencia tan aguda a los diez años?

–No sé.

–Por la manera en que habló, su madre les enseña mucho.

–Ésa es la… eh… la mujer con los cabellos y los vestidos tan descuidados.

Gabriel dirigió una mirada a su hermano.

–¿Adónde quieres llegar, Farley?

–Desde que murió Caroline, nunca habías hablado tanto de una mujer. ¿Lo sabes?

Gabe emitió un sonido gutural que no era ni un gruñido ni una risita.

–Estás loco. Ya te he dicho que tiene una lengua que podría cortar seis filetes de rodaballo de una sola vez, y tampoco es muy femenina.

–Déjame echarle una mirada primero y después te diré si soy un demente.

Fuiste tú quien dijo que corriste a curiosear porque oíste que era divorciada.

–Bueno, tal vez lo hiciera, pero es casi tan atractiva como un mocasín para la lluvia. Así que no empieces a divulgar ningún rumor. ¿Entendido?

Seth sofocó una risita.

–¡Sí, señor! ¡Entendido!

La lluvia amainó al atardecer. Gabriel depositó la caja de madera de sus herramientas en la parte trasera de su camión Ford C, subió puso el motor en marcha y dio tres pasos más antes de salir para girar la manivela del camión. El motor tosió al arrancar y Gabriel alzó una mano en señal de

despedida mientras volvía a subir.

Al realizar todas esas maniobras para arrancar el camión, volvió a acordarse de Roberta. Ella había dicho que tenía intención de comprar un automóvil.

Qué estupidez. Lo primero que haría sería romperse un brazo al tratar de arrancarlo. ¿Y cómo podía recordar todo lo que necesitaba saber antes siquiera de empuñar la manivela?

Además, ¿qué diría la gente? Las damas no hacían esas cosas.

Sin embargo, a pesar de lo mucho que ella protestara, él no creía que fuese una dama.

Pero ¿por qué diablos perdía tiempo pensando en ella?

Tendría que pensar en alguna otra cosa.

Era un atardecer muy bonito. Por detrás de la montaña Ragged el cielo estaba aclarando; el resplandor rosado que iluminaba los bordes de las nubes, a pesar de que todavía tenían un color gris verdoso como el caparazón de una langosta vieja, así lo indicaba. Pero las nubes estaban en movimiento, subían, se disolvían y anticipaban un día claro.

Tomó Chestnut hasta la ciudad y después dobló hacia Bayview, donde se hallaba su negocio, entre la calle y la costa rocosa. Dejó el camión en marcha mientras se dirigía al interior. Las puertas estaban cerradas con llave, pero Terrence, el empleado, había dejado algunas notas clavadas con tachuelas en la pared, junto a la caja de madera del teléfono: la señora Harvey había pasado por allí y quería saber cuánto le cobrarían por reemplazar el travesaño roto de una silla; el pastor de la iglesia congregacional quería hablar con él sobre encabezar un comité para la limpieza del cementerio; su hija había pasado por allí después de la escuela y quería saber a qué hora llegaría a casa para la cena; el teatro de la Ópera estaba interesado en algunos bastidores de escenario para una próxima producción.

Tiró las notas sobre un escritorio polvoriento, tomó algunas listas de precios y catálogos y volvió a cerrar con llave antes de subir al camión para dirigirse a su casa.

Vivía en la calle Belmont, en una casa blanca, alta y angosta, con un pequeño galpón en el fondo, al que le había agregado un colgadizo para su camión. Desde el galpón, un sendero de piedras escalonadas conducía a la casa, cubierto por una pérgola blanca justo hasta afuera de la puerta de la cocina. Pasó debajo de la pérgola en su camino a través del patio, mientras echaba una mirada a los tallos de las rosas trepadoras para ver si asomaban algunos capullos. Eran lo único que había conservado de las flores de Caroline; cada otoño las protegía con mucho cuidado con paja, y durante todo el verano las mantenía podadas y fertilizadas. Hacía mucho que había dejado que el resto del jardín cayera víctima de la maleza, y ahora, al cabo de siete años, ni siquiera podía decir dónde se encontraba el jardín. Esto a veces lo entristecía, porque, cuando pensaba en Caroline, la veía con su cofia para el sol, con las manos enguantadas, doblada sobre uno de los cultivos, cuidado de las flores que tanto había amado.

Entró en la cocina y fue recibido por una niña delgada como un junco, que había heredado de él su estatura y sus pies grandes, pero poco más. Se parecía a Caroline en todo, desde el cuerpo esmirriado hasta el cabello rojo.

Aunque no era una belleza en el sentido clásico, tenía su atractivo. Su cutis era terso e inmaculado pero, a diferencia de la mayoría de las pelirrojas, no tenía una sola peca. Sus ojos verdes, ligeramente levantados en los extremos, estaban enmarcados por cejas y pestañas tan claras que podrían haber sido una ilusión. Por desgracia, las orejas le sobresalían hacia afuera igual que las de Caroline, y consciente de ello, las mantenía cubiertas en todo momento.

–Hola, papito. Pensé que no llegarías nunca. Me muero de hambre.

–Tú siempre te mueres de hambre. ¿Qué hay para cenar?

–Bocadillos de pescado y patatas hervidas.

Otra vez bocadillos de pescado. ¡Por misericordia! Estaba cansado de los bocadillos de pescado. Pero la chica hacía lo que podía después de la escuela. Más de lo que un padre debería esperar. A menudo se sentía culpable de que tuviera que dedicar tanto tiempo libre en tareas que corresponderían a una esposa y madre.

Colgó el impermeable en un perchero de pared junto a la puerta.

–¿Qué tal la escuela? – inquirió.

–Aburrida. Las mismas cosas de siempre… las lecciones de la señorita Tripton, las reprimendas de la señora Lohmer, y la señorita Bisbee que nos trata como a niños en quienes no se puede confiar ni un minuto mientras ella está fuera del aula. ¡En serio, hasta nombra un monitor de la clase cuando sale!

–Bueno, no falta mucho para las vacaciones.

Gabriel volcó agua en una marmita y se lavó las manos mientras la niña ponía los bocadillos de pescado en dos platos, las patatas hervidas en un cuenco, servía leche para ella y café para él. Se secó las manos con una toalla, las restregó bien y se acercó a la mesa mientras ella le llenaba su taza.

–Hoy he conocido a unas chicas nuevas.

–¿Chicas? ¿Quieres decir de mi edad?

–Una de ellas.

Arrojó la toalla a un costado y los dos se sentaron, empezaron a aplastar las patatas y a untarlas con mantequilla.

–Las otras dos tienen dieciséis y diez años.

–¿Y quiénes eran? ¿Cómo es que no van a la escuela?

–Lo harán dentro de muy poco. Acaban de mudarse a la ciudad y son primas de las niñas Spear.

–¿Cómo son?

–La más pequeña es más lista que una anguila. Es con la que hablé. Creo que las tres son bastante aficionadas a la música. Aparte de eso, no sé mucho sobre ellas, excepto que parecen unas andrajosas.

–¿Dónde las has conocido?

–En la oficina de la compañía naviera. Después me enteré de que se iban a mudar a la vieja casa Breckenridge, así que fui hasta allí para ver si podía concretar algún pequeño negocio.

–¡Oh, cielos! Nadie me miraría si viviera en esa cueva de cerdos. Deben de ser muy pobres si tienen que vivir allí.

–Creo que lo son.

–¿Su padre va a trabajar en la fábrica?

Gabriel tomó un sorbo de café mientras pensaba su respuesta.

–Eh, no… En realidad… no hay ningún padre. Sólo una madre.

–Ah…

Isobel se quedó en silencio, pensativa. A ella, que había sido criada casi exclusivamente por Gabriel y apenas recordaba a su madre, le resultaba difícil imaginar que se pudiera crecer sin padre.

–Pobres niñas.

–Creo que lo hacen bastante bien. Por cierto que no les falta imaginación y

parecen ser bastante felices. Cantan, tocan el piano, escriben óperas.

–¡Escriben óperas!

–Eso es lo que dijo la más pequeña. Se llama Lydia. Dijo que ella y sus hermanas escribieron una ópera en latín.

–¡Dios mío! ¡Deben de ser muy inteligentes!

–Es lo que yo pensé. Bueno, de todos modos, es posible que las conozcas pronto. – Apartó el plato-. Gracias por hacer los bocadillos de pescado, mi amor. ¿Tienes que estudiar esta noche?

Isobel se puso seria.

–Ortografía y gobierno civil. Mañana tenemos un examen de esas dos materias.

Gabriel se puso de pie y levantó los platos y tazas.

–Entonces yo me encargo de los platos. Los lavaré más tarde, primero tengo que trabajar en un presupuesto para las Jewett.

–¿Las Jewett?

–Así se llaman las niñas nuevas: Rebecca, Susan y Lydia Jewett.

Isobel encogió los hombros y se dio la vuelta.

–Es probable que las conozca cuando vayan a la escuela. Entonces veré si me gustan o no.

–Aja. Bueno, yo tengo que trabajar en ese presupuesto. Así que ve a buscar tus libros y te dejaré libre la mitad de la mesa.

Pasaron las dos horas siguientes sentados debajo de la nueva luz eléctrica en

su cocina pintada de blanco, mientras la marmita silbaba una suave canción.

Era un lugar confortable, con techo de cinc prensado, revestimientos de madera y una curiosa combinación de artefactos anticuados y modernizados, evidencia de la habilidad del propietario para mejorar y remodelar la casa él solo. Las luces eran eléctricas, la cocina, de leña. El fregadero tenía una tubería de desagüe pero ningún grifo, sólo una bomba.

La mesa y las sillas de roble, que Gabriel había hecho con sus propias manos, se remontaban al año de su casamiento, pero los armarios con puertas de vidrio eran recientes y a petición de Isobel los había adornado con perillas de vidrio transparente.

Entró una gata lanuda color caramelo, se acomodó hecha un ovillo sobre un tercer asiento debajo de la mesa, encogió las patas y miró de soslayo mientras bostezaba. El sonido de su ronroneo se unió a la música de la marmita, mientras afuera oscurecía. Gabriel se levantó tres veces para volver a llenar su taza de café. Isobel se levantó una sola vez, a buscar dos pastelillos de miel. Cuando terminó de comerlos y de estudiar, cerró su libro y alzó los ojos. Entonces vio que su padre miraba fijamente al vacío y el lápiz colgaba ocioso de su mano.

–¿Papá?

–¿Hummm?

Gabriel salió de su ensueño. Por alguna extraña razón había estado pensando en esa mujer, la señora Jewett.

–¿Qué?

–Tal vez deberías dejarlo e irte a la cama. Tienes la mirada perdida.

–¿Sí? Bueno, no estoy cansado. Sólo distraído. Escucha, ya casi he terminado con este presupuesto y tengo que entregárselo a Elfred Spear. ¿Te importaría si se lo llevo ahora?

–¿Esta noche? – preguntó sorprendida-. Es algo tarde, ¿no?

Gabriel miró su reloj de bolsillo.

–Las nueve. No es tan tarde.

Volvió a guardar el reloj, empujó la silla hacia atrás, juntó las hojas del presupuesto y fue en busca de una chaqueta ligera.

–Ya ha dejado de llover; supongo que no necesito mi impermeable. No tardaré mucho.

Isobel se echó hacia atrás en su silla y se desperezó.

–De acuerdo. Buenas noches, papá.

–Nos veremos por la mañana.

Se fue sin tocarla o besarla. Sólo pensaba en lo agradecido que estaba por tenerla y se preguntaba qué sería de él dentro de dos, cuatro, o seis años, cuando su hija se casara y dejara su casa.

Perturbado por la perspectiva de soledad, apartó la idea de su mente.

Afuera, el pasto estaba aplastado entre las piedras del sendero y el cielo había aclarado. Las estrellas brillaban en el cielo, sobre su cabeza, y en algún lugar arrullan los pichones de primavera. Te extraño, Caroline, pensó como lo hacía a menudo cuando pasó por debajo de la pérgola de rosas.

Debajo del cobertizo olía a petróleo y a tierra mojada. La oscuridad lo envolvía cuando se dirigió hasta el camión, donde echó gotas de agua en los cristales de carburo de los faros. Abrió los cristales y los encendió. Después hizo lo mismo con las luces laterales. Dentro del camión ejecutó todo el régimen de ajustes -palanca de cambio en punto muerto, válvula reguladora, freno de emergencia, cable del carburador y llave de encendido-, antes de salir para girar la manivela de arranque del motor. Cuando regresó al asiento del conductor, bajó la palanca de cambio a posición de marcha,

cerró la válvula reguladora, tiró un poco hacia arriba el freno de emergencia y maniobró los pedales hasta que por fin rodó hacia adelante, fuera del cobertizo.

¡Ridículo pensar que esa tal Jewett pueda hacer todo eso!

¿Qué era lo que volvía a ponerla en su mente? Había estado pensando en ella cuando Isobel lo sacó de su ensimismamiento, y ahora otra vez, aunque no conseguía entender por qué. Tal vez sólo por la cuestión del automóvil, pensó. La osadía de una mujer que creía que podía tener uno, cuando había que hacer tantas cosas sólo para que arrancara. ¡Por no hablar de manejarlo y mantenerlo en condiciones!

No… no. Debía de estar loca para querer comprar un automóvil.

Pero si alguna vez en su vida había conocido a una mujer que hiciera tal locura, era muy probable que esa mujer fuera Roberta.

Estacionó en el patio de Elfred y dejó el motor en marcha mientras cruzaba por delante de las luces de carburo y se acercaba a la puerta de entrada.

El mismo Elfred respondió al llamador.

–¡Por Dios, Gabe! ¿Qué haces aquí a estas horas?

–Te he traído este presupuesto.

Elfred se quitó el cigarro de la boca y miró los papeles algo sorprendido.

–¿A las nueve de la noche?

Un ligero destello apareció en sus ojos mientras aceptaba las hojas.

–Parece que tienes prisa, ¿eh, Gabe? – comentó con una risita conspiradora.

Gabriel bajó el mentón y se rascó la patilla izquierda.

–Bueno… pensé que debía ocuparme de esto ahora mismo. Me viene bien el trabajo.

–Seguro, Gabe.

Elfred echó una mirada rápida al presupuesto.

–Ni siquiera sé por qué te molesté pidiéndotelo por escrito. Ella no es la clase de mujer a la que un hombre le niega algo, ¿verdad?

Gabriel puso la mano sobre el picaporte de la puerta, ansioso por marcharse.

No tenía ningún sentido ocultar motivos ulteriores al apurarse con el presupuesto, después de los chistes malintencionados que él y Elfred habían hecho a expensas de la mujer.

Con una sonrisa maliciosa, Elfred le dio unas palmaditas en la mejilla como si le aplicara una loción con esencia de laurel.

–Adelante, Gabe. Vuélvela loca.

Gabe regresó a grandes zancadas a su camión.

¡Que el cielo me condene, pero odio a ese Elfred! ¡Es un hombre de lo más repugnante!, pensó.

Condujo en medio de la noche primaveral. Los árboles empezaban a echar brotes y el agua de lluvia que había caído durante todo el día corría a lo largo de los bordes de la calle hasta el puerto, allá abajo. Una vez más oyó el croar de las ranas y olió la tierra mojada.

Primavera sin Caroline… qué dulce amargura.

Ya en su casa, aparcó debajo del cobertizo y paró el motor. Después caminó despacio a lo largo del sendero de piedras, debajo de la pérgola, y entró en

la cocina, donde Isobel había dejado encendida la nueva luz eléctrica.

Con gesto de cansancio se quitó la chaqueta, la colgó y se volvió para mirar el lugar donde se había hecho cargo de tantas tareas domésticas desde la muerte de Caroline. Isobel se ocupaba de la casa, pero él también. A menudo, como aquella noche, aunque se sintiera cansado y hubiera preferido irse a la cama.

Había agua en la cisterna de reserva y en la marmita. Llenó el fregadero y lavó los platos, los secó, limpió la mesa y puso un bonito tapete limpio en el centro, igual que Caroline hacía siempre. Era un tapete tejido por ella misma. Puso encima la planta de filodendro, tal como acostumbraba a hacerlo su esposa. Con un paño húmedo para secar platos limpió algunas huellas de dedos de un panel de vidrio de la puerta de un armario, después dobló el paño y lo colgó de un toallero que había hecho él mismo. Su última tarea fue bombear agua para llenar tanto la cisterna de reserva como la marmita, para la mañana.

Muy pronto instalaría un baño y algunos radiadores, se prometió. También una cocina moderna. Era tonto tener electricidad y no hacer uso de todas las comodidades que podía brindar.

Debería buscar tiempo para realizar ese trabajo.

Antes de girar la palanca de la luz eléctrica, echó una mirada al lugar y lo encontró satisfactorio. Las alfombrillas bien alineadas con el fregadero y la puerta de atrás, los armarios limpios, las sillas en su lugar.

Tal como le hubiera gustado a Caroline.

Cerca de las once de la noche, subió la escalera con pasos pesados y fue al encuentro de su cama solitaria.

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Capítulo 4

Las Jewett se fueron a la cama pasadas las once de la noche. Por la mañana se despertaron tarde y desayunaron fideos hervidos con mantequilla. Todo era un caos tan grande que las niñas no lograron encontrar sus peines y se turnaron para usar el de su madre. Tampoco lograron encontrar ropa interior limpia o medias, así que usaron las mismas del día anterior. Sus vestidos estaban arrugados por el viaje, pero a nadie pareció importarle.

Era tarde cuando salieron todas juntas en su primer día de escuela.

–Mirad eso -comentó Roberta al divisar el puerto, más abajo-. Parece uno de los flotadores de Lydia.

Durante la noche la lluvia había amainado y el agua tenía un color azul tan intenso que parecía que el sol la iluminara desde abajo y no desde arriba. La vista era espléndida desde lo alto de la calle. Había embarcaciones amarradas junto a los muelles del pueblo y otras que se dirigían hacia la bruma plateada del horizonte. Algunas tenían velamen blanco, otras navegaban a vapor y dejaban tras de sí una estela de humo. Las numerosas islas que salpicaban la bahía Penobscot parecían bolitas de hielo con las cimas derretidas bajo la luz del sol.

Era una mañana ruidosa. Las gaviotas contribuían a ello, y también los trabajadores del astillero Bean. Los golpes de sus martillos se unían al sonido más musical que salía del galpón de un labrador de piedra en Tannery Lane.

–¡Escuchad! – exclamó Roberta-. En mis viejos tiempos me despertaba con el sonido de esos martillos.

Por la colina ascendían también los ruidos del tránsito: el rechinar de los tranvías, el zumbido de las máquinas de los barcos y el traqueteo de los automóviles. Todas esas notas, filtradas por la mañana de abril, se convertían en una armonía delicada mientras la tierra, lavada por la lluvia del día anterior, desprendía un olor fresco e intenso.

Las Jewett contemplaban extasiadas el nuevo paisaje que en el futuro les resultaría familiar.

Caminaron bajo un remolino de gaviotas que chillaban sin interrupción.

Susan las miró y chillo a su vez:

–¡Cricri!

–¿Son cormoranes? – preguntó Lydia.

–No, son gaviotas plateadas -respondió Susan.

Rebecca empezó a recitar una poesía de Swinburne.

Roberta levantó la cabeza y observó a las aves.

–Son hermosas, pero no pueden ser cormoranes. No en esta costa. Estoy de acuerdo con Susan, creo que son gaviotas plateadas.

–Espero que me guste la maestra de inglés -comentó Rebecca.

–Y la maestra de música -agregó Susan.

–Me gusta esta ciudad -intervino Lydia, la pesimista, para sorpresa de todas-. Es bonita.

Era una conversación desordenada, pero muy propia de las Jewett. Sus intereses eran tan variados que pasaban de un tema a otro con gran rapidez.

En la escuela de la calle Knowlton se presentaron ante la directora, la

señorita Abernathy. Era una mujer robusta de unos cuarenta años, con anteojos y cabellos grises ondulados que llevaban recogidos en un rodete.

Les dio la bienvenida pero cuando miró su reloj observó que ya eran cerca de las nueve y media de la mañana.

–Las clases empiezan a las ocho, señora Jewett.

–Sí, lo sé -respondió Roberta, serena-. Pero en el camino estuvimos recitando a Swinburne.

–¿A Swinburne? – repitió la señorita Abernathy.

–Algernoon-Swinburne, el poeta inglés.

La señorita Abernathy dejó la pluma en su soporte y sonrió indulgente.

–Sí, por supuesto. Sé quién es Swinburne. Sin embargo, no es común que nuestras alumnas estén familiarizadas con sus obras.

–Oh, mis hijas están familiarizadas con muchos poetas. Y también con compositores y autores.

–¿De veras? Entonces tenemos aquí un trío de verdaderas estudiosas.

–¿Estudiosas? – reflexionó Roberta-. Tal vez no. Pero son inquisitivas y tienen imaginación.

–Entonces debería irles muy bien.

Roberta las dejó en la escuela sin la más mínima duda de que eso era exactamente lo que sucedería.

Cuando regresó a su casa, el camión de Gabriel Farley estaba estacionado en la calle y él esperaba sentado en los escalones de la entrada.

–¿Qué quiere? – le preguntó ella con tono áspero.

Farley se levantó con movimientos pesados y alcanzó toda su altura justo cuando ella llegaba a los escalones del pórtico.

–He venido a reparar su casa.

–Ah…

Roberta entró sin siquiera demorar el paso.

Farley se quedó parado en medio de la maleza pisoteada del jardín de delante, mientras la seguía con la mirada a través de la puerta abierta. Desde el porche tenía una visión directa hasta la cocina y la puerta en el extremo opuesto. La observó hasta que dobló a la derecha y desapareció detrás de una pared de la cocina. Volvió la mirada hacia el ancla oxidada medio enterrada, después se pasó la lengua por los dientes y sacudió la cabeza de un lado a otro. El día anterior había metido la pata. De eso estaba seguro.

Aunque no le importaba mucho, ya que en realidad esa mujer no le gustaba tanto.

Resignado a la realidad, se acercó al camión a buscar su caja de herramientas.

Tras examinar el exterior de la casa, decidió que era mejor empezar por tirar abajo el porche y reconstruirlo, ya que con ese suelo medio podrido era muy peligroso y él tendría que cruzarlo cientos de veces durante las próximas dos semanas. De la demolición podría encargarse solo, después Seth le ayudaría a reconstruirlo.

Subió los escalones del porche, espió adentro y oyó que Roberta arrastraba cajas hacia la cocina para desempaquetar las cosas.

–¿Señora Jewett? – llamó.

Apareció en el umbral entre dos habitaciones, con un par de ollas azules en

la mano y una toalla atada alrededor de la falda.

–¿Qué?

–Voy a empezar con el porche de la entrada, siempre que esté de acuerdo.

–No me importa por dónde empiece.

Sin decir más, volvió a desaparecer.

–¡Tengo que tirarlo abajo por completo y reconstruirlo! – gritó él.

Roberta volvió a asomar la cabeza.

–He dicho que no me importa. Haga lo que tenga que hacer… ¡siempre que no me moleste!

Gabriel cogió una escalera de mano, subió al tejado y empezó a quitar las tablas de madera porosa, mientras se preguntaba por qué el techo del cuerpo principal de la casa había sido construido con pizarra. Aquellas casas eran viejas y ésa, en particular, tal vez tenía cien años o más. A veces los porches y los colgadizos habían sido agregados posteriormente. Los hongos se habían comido aquel tejado.

Trabajó en ello hasta bien entrada la mañana. El sol empezaba a calentar, el patio se cubrió de clavos doblados y pedazos rotos de madera podrida.

Hacia el mediodía había expuesto las vigas y estaba golpeando una con un martillo cuando creyó oír un grito.

–¡Señor Farley!

Miró hacia abajo y vio que la señora Jewett miraba hacia arriba, con una mano a modo de pantalla sobre los ojos. Todavía llevaba la toalla alrededor de la falda de su vestido marrón. Tenía los cabellos revueltos y los bordes de las mangas mojados.

–Sí -respondió.

–¿Puedo hacerle unas preguntas sobre su automóvil?

–Sí. ¡Cuidado con esto!

Roberta retrocedió unos pasos y él dejó caer una tabla de madera descolorida.

–No es un automóvil; es un camión.

–Ah…

–Un camión Ford C.

Roberta giró la cabeza hacia el camión y después otra vez hacia él.

–¿Cuánto hace que lo tiene?

–Unos dos años.

–¿Y le gusta?

–Sí, me gusta.

–¿Más que un caballo?

–¿Cuánto va a durar esto? ¿Le molesta si bajo y hablamos ahí? – Él había mantenido el equilibrio con las caderas apoyadas contra la escalera y la cintura doblada para mirar hacia abajo.

–No, por supuesto que no. Baje.

Gabriel deslizó el martillo dentro de una presilla de su cinturón de cuero para herramientas y bajó de espaldas. Se quedaron parados a distancia, separados por tablas de tejado que despedían un olor parecido al de un

tinglado viejo sin usar. Las ramas extendidas de un olmo todavía sin hojas arrojaba delgados surcos de sombra sobre ellos mientras hablaban.

–Un camión es mucho más cómodo que un caballo. No necesita alimentarlo ni bañarlo. Aunque en invierno, en esta zona, el camión no llega a todos los lugares y un caballo sí. Pero, bueno, en ese caso tiene el tranvía.

–¿Un camión es diferente de un automóvil?

–Sólo en el tamaño. El chasis es el mismo.

–¿Entonces arranca y corre igual?

–Sí.

–Elfred dice que una mujer no puede tener uno, porque no podría arrancarlo. ¿Está usted de acuerdo?

Gabriel se rascó una patilla y miró hacia el camión. Tenía un aspecto extraño, sin puertas, con un toldo de cuero negro en forma de ola marina que se curvaba sobre el asiento para hacer de techo.

–Es difícil decirlo. Nunca he visto a una mujer que arrancara uno.

–Bueno, ¿usted qué cree?

La mirada de Gabriel se volvió hacia ella.

–¿Quiere convencerse por sí misma?

Roberta frunció las cejas mientras se decidía.

–Sí, supongo que sí.

–De acuerdo, entonces. Venga, veamos lo que puede hacer. Tenga cuidado, hay clavos por todas partes.

Pasaron de las tablas quebradizas al colchón mullido del pasto seco de invierno y Gabriel la dejó pasar antes que él por la abertura de un cerco desparejo de lirios y coronas de novia que bordeaba el jardín. Entonces observó que llevaba los mismos zapatos gastados del día anterior. La calle estaba pavimentada con grava y salpicada con charcos de barro después de la lluvia. Esquivaron unos cuantos y llegaron hasta el camión, donde las cortinas laterales estaban enrolladas y atadas hacia afuera.

–Suba a la cabina -le indicó-. Es mejor que lo haga todo desde un principio.

Roberta subió al estribo, forcejeó para desenganchar la falda de la palanca de freno y se sentó en el asiento de cuero.

–Yo la guiaré paso a paso.

Apoyó un pie en el estribo y señaló hacia adentro mientras hablaba.

–Bien, esa palanca de allí, sobre la columna del volante, es el mecanismo de cambio. Tiene que estar en punto muerto, que es como está en este momento. Si por accidente pone una marcha, el coche dará un salto cuando trate de girar la palanca de arranque, y es posible que se lastime. Estos cacharros tienen fama de haber roto más de un cráneo. Es importante poner siempre la palanca en punto muerto.

–Palanca en punto muerto -repitió y tocó la palanca con cautela.

Le señaló la columna del volante.

–Esto de aquí es el cebador, y debe estar mitad hacia arriba cuando vaya a arrancar. Eso hace pasar la gasolina.

–Cebador mitad hacia arriba.

–Y esto de aquí -estiró una mano hacia la palanca del freno- es el freno de emergencia, pero tiene mucho que ver con el cambio, así que asegúrese de

que esté toda hacia atrás, contra el asiento. Tiene que apretar las palancas juntas mientras tira ¿ve?

Retiró la mano y dejó que ella lo intentara.

–Bien -dijo-, ahora baje. Tenemos que ir a la parte delantera del camión.

Mientras ella bajaba de espaldas, él se quedó atrás y observó el nudo blanco de la toalla en medio de la espalda. Pensó que, si hubiera sido otra mujer, le habría ofrecido una mano para bajar. Pero la dureza con que lo había reprendido el día anterior hizo que procediera con cautela.

La condujo hasta la parte delantera del vehículo y le mostró una abrazadera que sobresalía del costado izquierdo del radiador.

–Ése es el cable del carburador. Tire hacia afuera.

Ella obedeció sin hacer comentarios.

–Ahora podríamos ir adentro y ponerlo en marcha, pero hay un pequeño truco para hacerlo arrancar más deprisa. Haga así… ¿ve? Tire tres o cuatro veces del cigüeñal, con el motor apagado, eso hace que pase más gasolina al cilindro. Puede hacerlo o no, usted decide. Ahora, venga.

Roberta lo siguió hasta el costado del conductor.

–Estire la mano y gire la llave a posición de encendido… Bien, veamos si puede arrancarlo sola.

El cigüeñal tenía una palanca de madera sin pintar. Cuando estiró el brazo, él se lo apartó bruscamente.

–Espere un minuto. Ésta es la parte más peligrosa. Recuerde siempre que tiene que tirar hacia arriba. Nunca empujar hacia abajo, porque usted quiere darle un golpe de compresión.

–¿Golpe de compresión?

–Tiene que ver con el motor, pero no necesita entenderlo. Sólo recuerde…

siempre arriba, nunca abajo. Y otra cosa más. No rodee la palanca con el pulgar, sólo apóyelo arriba. De esa manera, si le da una patada hacia atrás, podrá liberar la mano con más facilidad. Así, ¿ve?

Se lo demostró y después se apartó para dejar que Roberta se hiciera cargo.

Mientras aferraba la palanca, Roberta sintió que el corazón le daba un brinco. Alzó la mirada y se encontró con los ojos de Farley.

–Lo hará bien -la animó-. Todo está en orden, así que inténtelo. Si puede engranarlo, puede arrancarlo. Adelante.

Roberta apretó las mandíbulas y tiró hacia arriba con tanta fuerza que sintió un tirón en el músculo del hombro. El motor se puso en marcha y se echó hacia atrás con una mano en el corazón.

–¡Lo he conseguido!

–¡Vamos! – le gritó él por encima del ruido-. ¡Suba! ¡Todavía no ha terminado!

Subieron los dos. El ruido era terrible y el motor balanceaba el vehículo de un lado a otro.

–Bien, ya le he mostrado esto antes: es la puesta en marcha. Empújelo hacia adelante mientras el motor está en marcha, eso le dará más potencia.

Ella lo hizo tal y como él le indicaba.

–¿Recuerda cuál es el cebador?

–Este.

–Bien. Empújelo hacia arriba.

Roberta obedeció y el traqueteo disminuyó.

–¿Quiere conducirlo?

–¿Dejaría que lo hiciera? – preguntó Roberta, asombrada.

–¿De qué otra manera va a aprender, si quiere tener su propio automóvil?

Roberta tuvo que pensar un instante antes de contestar.

–Gracias, señor Farley. Sí, me gustaría intentarlo.

–Las manos sobre el volante, entonces.

Se aferró al volante de madera y se sentó, tensa, en el borde del asiento.

–Relájese un poco.

–¿Relajarme? ¿Mientras hago esto? ¡No puede hablar en serio!

Gabe sonrió para sus adentros satisfecho y le señaló las piernas.

–Sólo siéntese un poco más atrás. Su falda está tapando los pedales.

Se movió ligeramente hacia atrás, todavía aferrada al volante.

–Bien, esos tres pedales más el freno de emergencia son los que lo hacen andar.

Los tres pedales con forma de rombo estaban dispuestos en un triángulo a la altura de los pies.

–El de la izquierda es el embrague, el del medio es la marcha atrás y el de la derecha es el freno. Primero levante hasta la mitad el freno de mano y

empuje el pedal del embrague hasta abajo. No se asuste… Freno de mano arriba, hasta la mitad.

Siguió las órdenes con mucha menor resolución de la que había mostrado cuando le dijo a Elfred que quería tener uno de esos artefactos. Cuando terminó de realizar los movimientos, dejó escapar un suspiro entrecortado, pero sus nudillos se habían puesto blancos de tanto apretar el volante.

–Ahora empuje el freno de emergencia todo hacia adelante, y su pie, todo hacia abajo. Así pone la primera marcha.

Hizo el cambio con mucho cuidado y el coche se sacudió hacia adelante.

Entonces empezó a rodar por la alameda central, mitad sobre el sendero de peatones, mitad sobre la calle.

–Muy bien. Allá vamos. Use el acelerador.

–¿Dónde está el acelerador? – gritó.

Él le tomó la mano derecha la guió hasta la palanca del acelerador.

–Justo ahí. Ahora acelere un poco… despacio.

Roberta aceleró y avanzaron a tumbos por la alameda de Alden.

–¡Dios mío, espero que no nos matemos!

–Gire el volante.

Él la ayudó a girarlo y bajaron hacia la calle.

–Ahora quite el pie del pedal izquierdo y pondrá la directa.

Siguieron hasta un cruce. El camión saltaba cada vez que las ruedas tocaban un bache y salpicaba agua sucia sobre los estribos.

–Ahora pruebe el freno… ¡no, el otro pie!

–Me confundo, con tres pedales.

–Se acostumbrará. En la esquina mire a ambos lados, después apriete el embrague y eso disminuirá la velocidad para poder dar la vuelta. Gire a la izquierda y suba la colina.

Ella apretó el embrague y, tal como él había dicho, disminuyó la marcha.

Farley la ayudó a controlar el volante en la esquina. Después le habló durante el tiempo que tardaron en subir la ladera del monte Battie.

–Relájese -le repitió.

–No puedo. Estoy aterrorizada.

–Lo está haciendo muy bien. ¿Quiere tener su propio automóvil?

–Por favor, señor Farley. No puedo hablar y conducir al mismo tiempo.

–De acuerdo. Me callaré.

Se echó hacia atrás en el asiento y la observó. Ella mostraba una lucidez que nunca antes había visto en una mujer, y no podía negar que le despertaba admiración. No conocía a ninguna otra mujer que se hubiera puesto detrás de un volante.

–¿Está lista ahora para intentar dar la vuelta en redondo?

–¡Oh, Dios! – exclamó Roberta.

–Lo hará muy bien.

Farley le dio instrucciones para disminuir la marcha, dar la vuelta y descender por la montaña.

A mitad del camino de la pendiente vieron un coche que subía.

–¡Señor Farley! – gritó-. ¡¿Qué debo hacer?!

Él resistió el impulso de coger el volante.

–Sólo échese hacia la derecha.

Roberta lo hizo, mientras rezaba en voz alta: «Dios mío, Dios mío.» Gabriel sonrió para sus adentros y saludó con la mano a Seba Poole, que miró boquiabierto cuando los coches se cruzaron.

–¡Tiene suerte de que no nos hayamos matado, Farley! ¡No sabía que los caminos fuesen tan angostos!

–Lo ha hecho muy bien. Seba todavía está en el camino y usted también.

Roberta se relajó un poco.

–¿Quién era ése? – preguntó Roberta.

–Seba Poole; es el dueño del vivero de peces que hay en la desembocadura del lago Megunticook. Le gustan los chismes, así que muy pronto correrá la voz de que usted conducía mi camión.

Ella le echó una rápida mirada.

–Lo siento por usted -comentó mientras estudiaba la expresión de su rostro.

Durante el resto del camino no conversaron. Pero entre ellos había nacido un mutuo respeto. Ella había descubierto que era un hombre paciente y bueno dando explicaciones. Él la encontraba resuelta y admiraba su entereza, a pesar de algún que otro grito pidiendo ayuda.

Roberta se detuvo frente a la casa y él le indicó cómo debía desconectar el

motor y dejar las palancas en la posición correcta.

–Así no me quebraré el brazo la próxima vez que quiera arrancarlo -le explicó.

Cuando el motor se paró, Roberta soltó un suspiro de alivio y retiró los dedos del volante. No habían terminado de aflojarse sus hombros, cuando ya volvía a erguirlos con determinación.

–¿Puedo repasar todo esto otra vez más para estar segura de que recuerdo los pasos correctos?

–Por supuesto.

Repitió todo lo que había aprendido, sin un solo error. Cuando terminó, se encontró con la mirada atenta de Gabriel.

–¿Cómo lo he hecho?

–A la perfección.

Se quedaron parados junto al vehículo, mientras ella lo estudiaba como si deseara evaluar las posibilidades.

–Elfred me dio una larga lista de razones por las cuales una mujer no debería siquiera pensar en tener un automóvil -comentó por fin-. Dice que se rompen con bastante regularidad y que los neumáticos necesitan parches y que hay algo más que necesita ajustes permanentes…

–El carburador.

–Sí, eso.

–Los carburadores son delicados, es verdad. Pero yo puedo enseñarle a ajustados. No es muy complicado.

–Elfred dice que poner la gasolina es pesado e incómodo.

–No tanto para que usted no lo pueda hacer.

–¿Dónde va?

–El tanque de gasolina está debajo del asiento. Se lo mostraré.

Se inclinó dentro del camión y levantó el asiento, con lo que quedó a la vista el suelo de madera con un agujero por donde asomaba la boca del tanque de gasolina.

–La gasolina se pone aquí.

Dio un paso atrás para que ella pudiera verlo. Roberta se inclinó y vio el conducto. Junto a éste había una varilla de madera atada a una cuerda.

–¿Qué es esto?

–Es una vara para medir cuánta gasolina queda.

Ella examinó los números tallados en la vara.

–¿Galones? – preguntó.

–Sí.

–Hummm… es sencillo.

Dejó la varilla y retrocedió mientras Gabriel volvía a colocar el asiento y se frotaba las palmas de las manos.

–Bien, ahora dígame, señor Farley, puede ser franco conmigo. ¿Piensa que estoy loca por querer tener mi propio automóvil?

–Bueno, está claro que puede conducir. Hoy lo ha demostrado.

–En la ciudad hay un garaje donde podría hacerlo reparar en caso necesario,

¿no es así?

–Bueno… sí. Siempre que, de manera muy oportuna, el problema se presente cuando está en la ciudad. Elfred sabe que estas cosas suceden constantemente. Señora Jewett, ¿le importaría decirme para qué quiere tener un automóvil?

–He conseguido un empleo como enfermera pública.

–¿Quiere decir que tiene que viajar?

–Sí, a lo largo y a lo ancho del condado.

–¿Siempre sola? – Parecía sorprendido.

–Sí.

–En ese caso… -dejó en suspenso la frase mientras escondía las manos debajo de las axilas. Ella empezaba a comprender que esa pose escondía algunas respuestas tácitas.

–¡En ese caso olvídese del automóvil! Ha querido decir eso, ¿verdad?

–Bueno, déjeme expresarlo de esta manera. No me gustaría que ninguna mujer allegada a mí condujera por todas esas montañas con una de estas cosas.

–Sí… bueno… Verá, señor Farley, por suerte ya no tengo que responder ante ningún hombre por lo que hago.

–Usted me ha preguntado mi opinión, y yo se la he dado.

–Gracias, señor Farley -replicó-. Ahora es mejor que vuelva a mi trabajo.

Se marchó adentro y lo dejó parado debajo de los delgados surcos de sombra que arrojaban las ramas desnudas del abedul. Él reanudó su trabajo preguntándose por qué le había pedido su opinión, si no la aceptaba.

Algunas veces, desde arriba de la escalera, veía volar basura que salía por la puerta de la entrada. Una vez la vio arrojar un balde de agua jabonosa y minutos después oyó que empezaba a tocar el piano e interrumpió su trabajo para escuchar.

Qué extraña mujer, se pone a tocar el piano mientras está fregando.

Un rato después le llegó un aroma a café. Pero ella no le ofreció ninguna taza. Poco antes del mediodía llegó, a pie, la madre de Roberta.

–¿Señor Farley, es usted? – lo saludó.

–Hola, señora Halburton.

Con el cuello estirado hacia arriba, lo miraba con expresión malhumorada.

Era una mujer entrada en kilos, mofletuda, con un sombrero en forma de cacerola, que apretaba contra el pecho una cartera negra.

–No puedo creer que lo haya contratado a usted para arreglar esta vieja ruina. Bueno, es difícil creer que valga la pena el esfuerzo que exigirá poner en orden este lugar.

Por lo que él podía recordar, nunca había oído a Myra Halburton saludar a alguien de otra manera que no fuera con quejas. Le proporcionó un cierto placer contrariarla.

–¡Quién sabe! Puede que se sorprenda cuando termine con todo esto.

La mujer agitó una mano con gesto de disgusto.

–Esa chica nunca me ha escuchado, ni un solo día en toda su vida. Y si me

lo pregunta, le diré que está loca de remate al poner su dinero en semejante cueva. No consigo imaginar en qué estaba pensando Elfred. Además, hay que subir esa maldita colina para llegar hasta aquí, y mis piernas ya no me responden. ¡Pero claro, ella no habrá pensado en eso!

Myra avanzó con dificultad hacia la casa.

–Sea como fuere, ¿cómo se supone que una persona puede entrar aquí?

–Manténgase junto a la pared del porche -le aconsejó Gabriel.

Llegó hasta la puerta, sin dejar de quejarse por el revoltijo de materiales de construcción.

–¡Roberta! – llamó-. ¿Estás ahí?

–Madre, ¿eres tú? – Apareció por un instante en la puerta mientras miraba hacia abajo a través de las vigas rotas-. Hola, madre, pasa. – Su voz había perdido todo matiz.

–Es una bonita manera de saludar, cuando una hija ni siquiera va a visitar a su propia madre. Pensaba que te acercarías ayer a verme.

–Y yo pensaba que estarías en casa de Elfred y Grace.

–Esa Sophie hace una comida demasiado pesada para mí. Es mala para mi vesícula.

Gabe las perdió de vista cuando entraron en la casa.

–¡Por Dios misericordioso! ¿Has perdido el juicio, para comprar una casa como ésta?

–Es todo lo que me permiten mis recursos.

–Huele como los cubos de agua sucia de Sebastian Breckenridge. Ese viejo

estaba más loco que una cabra. ¡Bueno, tú no puedes mantener a tus hijas en estas condiciones! ¿Qué tiene? ¿Tres dormitorios?

–Dos.

–Dos dormitorios. Roberta, ¿en qué demonios estabas pensando?

–Estaba pensando en que es importante que mis hijas conozcan a su abuela.

–Bueno, por supuesto que sí. Ésa es la razón por la que ayer te esperé durante todo el día.

–Estuve muy ocupada. Después de llegar y desayunar, tuve que esperar que los carreteros descargaran todos nuestros efectos, y preparar las camas. Era casi medianoche cuando nos fuimos a acostar.

Myra le echó otra mirada rápida al lugar, con la desaprobación escrita en el rostro.

–Todo esto es innecesario, Roberta. Esto es lo que te pasa por divorciarte.

Tenías un hogar decente, y un esposo, y ahora tienes… esto.

–¿Cómo sabes que tenía un hogar decente, madre? Nunca fuiste a verlo.

–Ah, sí, ahora échame la culpa. Fuiste tú la que… la que te fuiste de casa en el mismo momento en que tuviste edad suficiente, como si tu familia no significara nada para ti.

–Me fui porque quería ir a la universidad. Y me quedé con George porque tenía que hacerlo. ¿Qué otra cosa puede hacer una esposa? Pero ahora todo eso ha terminado. Puedo hacer exactamente lo que me plazca.

–Pero la deshonra, Roberta… Todo el mundo en la ciudad sabe que te divorciaste de él.

–Él tenía queridas, madre.

–¡Oh, por favor!

Myra cerró los ojos y levantó las dos manos, espantada.

–¡Por favor, no seas vulgar!

–Tenía queridas, una detrás de la otra, mujeres de las que podía vivir, hasta que por fin se daban cuenta de que no era otra cosa que un gigoló. Entonces lo echaban y él volvía a mí de rodillas, me engañaba diciéndome que regresaba porque me quería, y me pedía una nueva oportunidad. Una y otra vez lo perdoné. Hasta que no pude más. La última vez que volvió le cerré la puerta en la cara y consulté con las niñas la posibilidad de pedir el divorcio.

Ellas me alentaron a hacerlo, y me niego a andar con la cabeza baja por hacer lo que tenía que hacer para lograr una vida mejor para mí y para mis hijas.

–¡Pero es que eso no se hace, Roberta! Es impropio de una mujer respetable. Tú no lo entiendes. La gente susurra al oído esa palabra…

–Por supuesto que entiendo. Ya he oído que la susurraba a mis espaldas desde que estoy aquí.

–Y es obvio que no te molesta o habrías empezado por mantenerlo en secreto en lugar de pregonarlo por todas partes.

–Yo no lo he pregonado. Tú y Elfred y Grace lo habéis hecho por mí. De lo contrario, ¿cómo podría haberlo sabido la gente aun antes de que yo llegara aquí?

–¿Quién lo sabía?

–Farley, por lo menos. Lo conocí en la oficina de la compañía naviera y ya lo sabía. No fui yo, por cierto, quien se lo dijo.

–Es que las cosas se saben, la gente empieza a hablar… ¿Y cómo se supone

que una madre puede mantener la frente alta?

–Puedes intentar decirle a la gente que tengo tres hijas encantadoras, que me propongo mantenerlas sola y que he conseguido un trabajo como enfermera pública.

–¿Y que viajarás por todo el condado sin que nadie te acompañe? Ah, sí, eso impresionaría mucho a mis amistades. Y ya que hablamos del tema,

¿cómo piensas hacerlo?

–Voy a comprar un automóvil.

–¡Un automóvil! ¿Quién va a conducirlo?

–Yo misma.

–¡Oh, por todos los cielos! No hay ninguna manera de hacerte entrar en razón, ¿verdad? Siempre has sido testaruda y todavía lo eres. Pero grábate mis palabras, Roberta: no tendrás amigos en esta ciudad. ¡No mientras alardees de tu independencia de la manera en que lo haces! ¿Por qué no puedes buscar un trabajo en la fábrica, como las demás mujeres? También las niñas podrían entrar a trabajar allí y ayudarte un poco.

–¡Otra vez la fábrica! ¡Madre, ya discutimos sobre la fábrica, cuando me fui de aquí hace dieciocho años!

–Siempre te creíste demasiado buena para la fábrica, ¿no?

–La cuestión no es ésa, sino qué clase de vida quería. Y esa clase de vida no era trabajar en un recinto cerrado, cosiendo fieltro diez horas al día durante el resto de mi vida. ¡Y puedes estar segura de que tampoco impondría esa condena a mis hijas! Son unas niñas inteligentes, con imaginación y vocación. Sacarlas de la escuela secundaria para que trabajen en la fábrica haría pedazos esa vocación y anularía esa imaginación. ¿No puedes entenderlo?

–De todas las cosas, lo único que entiendo es que años atrás me desafiaste y te fuiste a gastar el dinero que tus abuelos te habían dejado para estudiar enfermería. Y mira lo que has conseguido. Esta casa. Esta casa… patética.

–Oh, madre, por una vez en tu vida, ¿por qué no puedes sentirte orgullosa de mí?