Verdades ocultas
Cuarta Parte
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Primavera de 1989
Otoño de 1990
Capítulo 05
El enorme salón estaba abarrotado. Todas las mesas estaban ocupadas y, reflejadas en la pared con espejos del salón de baile de hotel, típicamente llamativo, la cantidad de gente resultaba impresionante.
—Este hombre —decía el alcalde—, este hombre, a quien entregamos con gratitud el Premio Hombre del Año, ha alcanzado más logros para nuestra comunidad en los poco años que ha estado entre nosotros que muchos de los que hemos nacido aquí, entre los que me incluyo.
Risas afectuosas y amistosas dieron su aprobación a la modestia del alcalde. No obstante, pensó Lynn en la cúspide del orgullo, es cierto.
—La lista de sus actividades llena una hoja entera impresa a espacio simple. Está su trabajo para el hospital, la investigación sobre el cáncer, la biblioteca nueva, tan necesitada, el sida, la educación, el programa de reciclado que marcó un ejemplo para las ciudades que nos rodean. Podría seguir un rato más, pero sé que quieren oír hablar a Robert Ferguson en persona.
Robert tenía clase. A su lado, en el podio, los funcionarios del pueblo, tres hombres y una mujer de rostro agradable y pelo blanco azulado, perdían nitidez. Siempre era así. Dondequiera que fuera, se destacaba.
—El alcalde Williams habló de una lista —dijo—. Mis listas son mucho más largas. Contienen los nombres de los que son realmente responsables por el éxito de las causas para las que he estado colaborando. Llevaría horas contarles quiénes son y quizá me olvide de algunos, lo que sería imperdonable. De modo que les diré solamente que debemos nuestro agradecimiento a todos aquellos que se encargaron de las llamadas telefónicas, de recaudar los fondos que necesitábamos, de llenar los sobres, de organizar cenas, de escribir informes y que se quedaron despiertos toda la noche para lograr sus objetivos.
Tenía una voz profunda, resonante, dicción clara y pura, pero no afectada. No se oía una tos ni un susurro entre el público.
—Y sobre todo, debo dejar que todo el mérito se lo lleve la compañía de la cual tengo la suerte de formar parte. General American Appliance, de cuyas magnánimas donaciones, no solamente aquí sino en todo el país, seguramente todos están enterados. La extraordinaria generosidad de estas grandes corporaciones norteamericanas es la maravilla del mundo. Y GAA siempre se ha destacado por servir al público. Nos preocupamos. Y aquí, en este rinconcito de los Estados Unidos, han podido ver los frutos de nuestra preocupación.
«De manera que agradezco a mis superiores de GAA por alentar mis pequeños proyectos aquí y por cubrirme las espaldas cuando fue necesario, para que yo tuviera la posibilidad de encontrar el tiempo que necesitaba».
«Y por último… mi familia. Mi maravillosa esposa, Lynn…».
Todos los ojos se volvieron hacia Lynn, con su vestido de verano floreado. Robert había tenido razón en insistir en que se comprara un vestido despampanante. Frente a ella, en la mesa redonda, estaban Bruce y Josie, flanqueados por funcionarios municipales. Bruce sonrió al interceptar su mirada; Josie, que parecía estar mirando las arañas que colgaban del techo, carecía de expresión. Y un pensamiento cruzó por la mente de Lynn: Robert no mencionó a Bruce.
—… Mis preciosas hijas, Emily y Annie, que nunca se quejan cuando les quito algo del tiempo que les debo para ir a una reunión. Emily termina el secundario el martes e ingresará en Yale en el otoño.
Emily, serena, de blanco, inclinó la cabeza ante el aplauso con la sencilla dignidad de un personaje de la realeza. La dignidad de su padre.
—… Y nuestro Bobby, que hoy cumple cuatro meses, también ha colaborado mucho. Me aguanta…
Siguieron risas, más aplausos, un discurso final, un movimiento de sillas y el salón se vació. En el vestíbulo, la gente se arremolinó alrededor de Robert; los había seducido.
—¿Qué les parece un trago? Vengan a casa, es temprano, todavía.
—Gracias, pero mi mujer es una madre con todas las letras, está amamantando y Bobby la espera —dijo Robert.
Irradiaba luz. Era como si hubiera una llama dentro de él, calentándole la piel. Lynn la sintió cuando se paró a su lado, junto a la cuna, observando al bebé dormirse de nuevo luego de alimentarse. Y sin duda alguna, la sintió cuando más tarde, en la cama, él se volvió hacia ella.
—Tantos meses que perdimos por el bebé —susurró Robert—. Tenemos que ponernos al día.
En la oscuridad de la cama, sin ver, Lynn supo que tendría los ojos encendidos, negros de tan azules, oscurecidos por la pasión. Extendió la mano para sentir los latidos de su corazón, el calor y la llama.
Los egresados, por orden alfabético, marchaban por el campo de fútbol en la luz amarilla de la tarde.
—Por suerte el apellido de ese chico empieza con W —susurró Robert.
Puede estar al final de la fila, pensó Lynn, pero es el que hará el discurso de despedida.
Era lo culminante de esta ceremonia lo que resultaba tan conmovedor. La infancia había terminado. Estos chicos y chicas se dispersarían; estos jóvenes, orgullosos y algo incómodos con sus togas y sombreros, se irían. El dormitorio quedaría vacío, la silla del comedor desocupada, y la familia se achicaría. Nada volvería a ser igual. Dos lágrimas se formaron en los ojos de Lynn. Cuando buscaba un pañuelo en la cartera, sintió una mano en el brazo.
—Toma, usa el mío —dijo Josie—. Yo también necesito uno.
Josie comprendía. Bruce también, porque acababa de tomar la otra mano de Josie y apretarla sobre su rodilla. El año pasado, para esta época, las cosas habían sido diferentes para Emily, sola y desesperada con su secreto. Ahora anunciaban su nombre, le entregaban el documento blanco enrollado:
—Emily Ferguson, con los más altos honores.
Pero Robert reía, estallaba. Su hija. Su hija. Fue el primero en bajar de las gradas para fotografiarla y felicitarla.
Por todas partes había cámaras fotográficas, besos, risas y gritos. La Asociación de Padres y Maestros había armado mesas sobre el césped, sobre las que había ponche y masitas. La gente se agrupaba, se separaba, los padres hablaban con los maestros, los hermanos menores buscaban a sus amigos.
Lynn, de pie junto a una mesa para volver a llenar su copa de ponche, oyó la voz de Bruce a un metro.
—Sí, claro que es una ciencia y un arte. Tienes suerte, a tu edad, de estar tan seguro de lo que quieres hacer.
—Bueno, es útil —oyó decir a Harris—. Eso y la docencia son las únicas cosas verdaderamente esenciales… —Y luego, en tono de disculpa tan contrita que lo imaginó sonrojándose: —… no quiero decir que los negocios no sean útiles, señor Lehman. A veces no me expreso bien.
—No te disculpes. Estoy de acuerdo contigo. Si hubiera tenido la capacidad necesaria, habría sido médico o profesor de algo.
Vieron a Lynn, que había llenado su copa. Como había imaginado ella, Harris estaba rojo como una remolacha.
—Felicitaciones, Harris —dijo Lynn.
—Gracias. Muchas gracias. No encuentro a mi familia. Será mejor que los busque.
Lo observaron perderse entre la gente.
—Emociona ver a un chico como él. No puedes menos que desear que la vida lo trate con gentileza —dijo Bruce.
—Te entiendo. Siento lo mismo.
—Robert nos mataría si nos oyera.
—Lo sé.
No tendría que haberlo dicho; era complicidad con Bruce contra Robert. Mientras bebía de los vasos de papel, esquivó la mirada de Bruce. De pronto se le ocurrió que nunca habían tenido un diálogo. Siempre estaban de a cuatro o más.
Un rato después, Lynn dijo:
—Emily dará una fiesta pequeña esta noche. ¿Quieren venir a supervisar un poco? Son todos mayores de dieciocho y Robert les va a permitir una copa de champagne a cada uno. Solo una.
—Gracias, pero no. Nos iremos a casa.
Qué extraño. Estaba pensando en la negativa de Bruce cuando se encontró con Robert.
—¿Viste a Bruce hablando con el chico Weber? —dijo él.
—Fue un segundo, nada más.
—Bueno, pero lo estuve mirando. Bruce fue y lo buscó. Qué buen amiguito tienes. Lo considero una deslealtad. Imperdonable.
A Lynn no le gustó el sarcasmo del «buen amiguito», de manera que replicó:
—Pero vas a tener que perdonarlo, ¿no es cierto?, pues no hay nada que puedas hacer al respecto.
—Sí, por desgracia.
—Es algo que ya pasó, de todos modos. Emily empezó un capítulo nuevo. Vayamos a casa, a su fiesta.
Al día siguiente, a media tarde, llamó Bruce; Lynn se asustó, y de inmediato pensó en Robert.
El se dio cuenta.
—No te asustes. No se trata de Robert y no estoy en la oficina. Hoy no fui. —Su voz sonaba forzada, como si tuviera algún problema en la laringe. —A Josie la operaron esta mañana. Estoy en el hospital, en su habitación. Todavía está en la sala de recuperación.
—¿Pero por qué? ¿Qué pasa? —balbuceó Lynn—. No será…
—Sí —dijo él, con la misma voz ronca—. Sí. Los ganglios. El hígado. Está por todas partes.
A Lynn le corrió un frío por el cuerpo. Pasos sobre mi tumba, solía decir mi abuela. No, sobre la tumba de Josie. Y tiene treinta y nueve años.
Se echó a llorar.
—No lo puedo creer. ¿Te levantas una mañana y te encuentras con la muerte mirándote a los ojos? ¿Así nomás? Ayer, en la graduación estaba tan contenta por Emily. En ningún momento dijo… Lo que me estás contando no tiene sentido. No le encuentro sentido.
—Espera. Espera, Lynn. Tenemos que mantener la calma, por el bien de ella. Escúchame. No fue tan repentino. Hace meses que está con eso. Todos esos resfríos que decía tener el invierno pasado cuando fui a St. Louis a buscar a Annie, eran puramente excusas. Estaba en casa, sin poder moverse. Ayer casi no llega a la graduación. No quiso hacerse quimioterapia.
—¿Pero por qué? ¡Ya se la hizo antes y le fue tan bien!
—Esto es diferente. Fuimos a Nueva York, a Boston y todos fueron francos con nosotros. Prueben con quimioterapia, pero sin demasiadas esperanzas. Ese era el mensaje general, bajo las palabras diplomáticas. Entonces Josie se negó y yo la entiendo, sabe Dios que la entiendo.
—¿Entonces por qué la operación? —exclamó Lynn.
—Bueno, la vio otro hombre y tuvo una idea, quiso probar algo nuevo. Josie estuvo a punto de negarse, también, pero uno se aferra a cualquier cosa y la convencí de que lo intentara. Me equivoqué. —La voz de Bruce se perdió.
—Tantos meses. ¿Por qué lo ocultó? ¿Para qué están los amigos? Deberías habérnoslo contado. Bruce, aun si ella no quería.
—Me lo prohibió terminantemente. Me hizo prometerle que no te causaría preocupaciones. Dijo que ya tenías bastante con el bebé y… —No terminó.
—Pero Josie es la que siempre dice que hay que enfrentarse a la realidad.
—Sí, tu propia realidad. Ella está enfrentándose a la suya y con mucha valentía. Es solo que no quería cargar a los demás con su realidad mientras pudiera hacerle frente sola. ¿Lo entiendes?
—«¡A los demás!». ¿Su mejor amiga es «los demás»? Yo la hubiera podido ayudar… —Temiendo la respuesta, Lynn murmuró la pregunta: — ¿Qué va a pasar?
—No queda mucho, me dijeron.
Lynn se secó los ojos, pero una lágrima se deslizó por entre sus dedos y cayó sobre el escritorio, donde quedó brillando sobre la superficie de cuero oscuro.
—¿Cuándo puedo verla? —murmuró.
—No lo sé. Averiguaré. Tal vez mañana.
—¿Robert está enterado?
—Lo llamé esta mañana a la oficina. Había que cancelar mis citas. Tengo que cortar, Lynn.
—Bruce, los queremos tanto, Emily y Annie… no sé cómo decírselo a Annie.
—Hablaré con ella. Annie y yo… bueno, has visto que hay algo especial entre nosotros.
—Lo sé.
—Bueno, tengo que cortar, Lynn.
Lynn colgó el teléfono y apoyó la mano sobre el escritorio.
—Se me rompe el corazón —dijo en voz alta. Y las palabras tenían sentido literal, pues sentía un peso en el pecho y no podía dejar de estremecerse. Josie, mi amiga. Josie, la fuerte, la sabia, la activa, la que habla rápido, la que siempre está allí. Josie, de treinta y nueve años.
Se hubiera podido quedar sentada envuelta en una niebla de pena toda la tarde si el llanto de Bobby no hubiera penetrado la nube. Después de levantarlo de la siesta y alimentarlo, lo llevó afuera, al corral de juego en la terraza. Con el estómago lleno y un cómodo pañal limpio, se quedó tendido, agitando un sonajero. Los puntos de luz que brillaban por entre la sombra color esmeralda le provocaban placer, porque de tanto en tanto su parloteo estallaba en algo que parecía risa. ¡A los cuatro meses! Lynn se quedó contemplando su inocencia, consciente de que no existía en el mundo la forma de protegerlo del sufrimiento, del dolor.
Después de un rato, llevó el corral hasta el cantero de plantas perennes, para que él pudiera verla mientras arrancaba malezas. De pronto, había reaccionado con la necesidad de moverse, de tener certeza de su propia vitalidad.
Desde una resistente raíz central, la maleza extendía sus múltiples brazos y piernas como un pulpo, avanzando como el cáncer entre los flox y los iris, las peonías y los ásteres, todas las alegres y gloriosas muestras de vida. Con odio feroz, cavó hasta sacar las raíces y las arrojó a un lado.
El sol se había ocultado detrás de la colina y el césped había pasado de verde jade a verde aceituna cuando oyó el ruido de los neumáticos sobre la grava. Robert, en camino desde la estación, había pasado a buscar a las chicas por la piscina y los tres venían hacia ella. Se puso de pie. Al ver sus caras, comprendió que Robert les había dado la noticia.
—¿Se va a morir? —preguntó Annie, sin rodeos.
La verdad era todavía impronunciable. Ahora podía pensar en ella, pero ponerla en palabras, no. Así que respondió:
—No sabemos nada, salvo que está muy grave.
—Tal vez —dijo Emily—, con la operación hayan podido sacarle todo. Mi profesor de matemáticas de primer año tuvo cáncer a los treinta y cinco años y ahora está bien.
—Tal vez —dijo Robert—. Esperemos que sea así.
A solas con Lynn, dejó escapar un largo suspiro.
—Pobre hombre. Pobre Bruce. Ay, si se tratara de ti…
—¿No nos estaremos apresurando a sacar conclusiones? —imploró Lynn, apretándose las manos—. ¿De verdad no hay esperanzas?
—No. Me dijo que lo único que queda por esperar es que sea rápido.
Medido por el calendario, fue rápido; abarcó solamente el breve período del verano. Y sin embargo, parecía que cada día tuviera el doble de horas, por la lentitud con que pasaban.
En una oportunidad, un fin de semana, intentaron traer a Josie a casa. Pesaba tan poco que Bruce, que la llevaba en brazos, pudo subir corriendo los escalones. La sentó junto a la ventana, para que pudiera ver los árboles y fue a buscarle un pouf para los pies. El día era cálido, pero ella temblaba; Bruce le cubrió los frágiles hombros con un chal.
El gato se le subió de un salto a las rodillas y Josie sonrió.
—No me ha olvidado. Pensé que ya no me reconocería.
—¿Olvidarte? Claro que no —respondió Bruce con tono enérgico.
Todos estamos actuando, pensó Lynn. Como no nos atrevemos a dejar salir una lágrima, hablamos fuerte y rápido, por a que se haga un silencio; vamos de un lado a otro y creemos que nos estamos comportando con normalidad.
Había comenzado a caer una lluvia fina; el verde del verano estaba opacado bajo una fina tela gris plateada. Josie pidió que abrieran la ventana.
—Escuchen —dijo—. Se oye la lluvia caer sobre las hojas. —Y volvió a sonreír. —Es la clase de día que más me gusta de la época del año que más me gusta.
El año que viene, para esta época, pensó Lynn y tuvo que mirar hacia otra parte. Había traído comida, algo sencillo y liviano, blanco de pollo con hierbas. Josie comió unos bocados y dejó el tenedor.
—No tengo apetito —se disculpó, y enseguida añadió—: Pero como siempre, tu comida es deliciosa. Algún día harás algo verdaderamente importante con tu talento. Deberías empezar a experimentar ahora.
Robert la corrigió.
—Está muy ocupada en casa. ¿No es cierto, Lynn?
—No lo sé —respondió Lynn, pensando que la piel de Josie, su hermosa piel, parecía un viejo periódico amarillento.
—Pero yo sí lo sé —insistió Josie, tozuda.
Al anochecer, pidió volver al hospital y Bruce la llevó.
Quedó piel y huesos, con los ojos hundidos dentro de las cavidades huesudas y los dientes enormes en la hendidura de las mandíbulas. Sin embargo, un fogonazo breve de energía podía hacerla sonreír, lo que traía armonía al rostro devastado. Los medicamentos parecían soltarle la lengua. De hecho, cuando estaba lúcida, lo admitía abiertamente.
—Ayer dije algo que quizá no debí haber dicho —le confesó a Lynn una tarde—. Ahora lo recuerdo con toda claridad. ¿No es curioso?
—Yo no me acuerdo de nada —le aseguró Lynn, aunque lo tenía muy presente.
—Fue cuando te mostré las rosas que me trajo Tom Lawrence. Me sorprendí muchísimo. No esperaba una visita suya. Lo conocemos muy poco.
—Aprecia mucho a Bruce, lo sabemos todos.
—Lo mismo me contestaste ayer. Y yo dije: No, te aprecia a ti, Lynn. Somos su contacto contigo, puesto que no puede verte cuando Robert no está y no quiere verte cuando él está. Dije eso, y te pusiste mal.
—En absoluto. ¿Por qué iba a ponerme mal, si es un disparate?
—Tú sabes cuál es la respuesta a eso. Pero nunca quisiste contarme qué piensas de Tom. Nunca quisiste contarme nada que te tocara profundamente en lo más recóndito de tu corazón. Eres demasiado reservada, Lynn.
—¿Yo no te conté nada, Josie? —le reprochó Lynn con suavidad—. ¿Y tú? Has estado enferma por seis meses y no me dijiste ni una palabra.
—¡Si no había nada que pudieras hacer! —Cuando Lynn comenzó a protestar, exclamó: —¡No me retes otra vez por lo mismo!
El tono quejumbroso, tan distinto de la forma clara y rápida de hablar que tenía Josie, carecía de toda esperanza y era impotente, como las manos esqueléticas sobre la colcha.
—¡Acaso yo estaba tan metida en mí misma, en mi bebé, en mi vida, que no vi lo que te sucedía! —se lamentó Lynn—. ¡Cómo pude cegarme así a tus necesidades?
—Lynn querida, no. Tuve días buenos y malos. Lo que no dejé es que ni tú ni nadie vieran los malos. Y eres la última persona a la que se podría acusar de egoísmo. Sería mejor para ti que pensaras un poco más en ti misma.
—Pero si lo hago —protestó Lynn.
—No. Has construido una pared a tu alrededor. Hasta tu hermana es consciente de eso. Nadie puede llegar realmente hasta ti. Pero no se puede seguir haciendo indefinidamente lo que haces. —Josie se dio vuelta en la cama, buscando una posición más tolerable y prosiguió: —Por eso es que desearía… desearía que tuvieras un hombre como Tom. Moriría sabiendo que te tratan bien. Que estás segura…
—Josie, Josie, estoy bien. Y estoy segura, a salvo. ¡No hables de morir! —Ni de Robert…
—Sí, ahora tengo que hacerlo. Hay un momento para todo. Hace seis meses no era necesario. Ahora lo es.
Lynn miró las paredes, las deprimentes paredes verdes de hospital, que si pudieran hablar, contarían miles de angustias, dolores y despedidas. Ahora, aquí se producía otra. Era demasiado difícil imaginar un día en el que levantaría el teléfono para llamar a Josie y recordaría que Josie ya no estaba.
—Has sido mi apoyo —dijo, al borde de las lágrimas—. Cada vez que me preocupo por Annie, cosa que hago todo el tiempo, eres mi apoyo. Me has ayudado a cargar con todos mis problemas.
La sonrisa cansada de Josie tenía un dejo de amargura.
—No, todos no. No quieres enfrentar la verdad sobre Robert.
—¿Sobre Robert? —le reprochó Lynn con suavidad—. Pero somos muy felices, Josie… Ahora todo va bien.
—No, no. —La cabeza de Josie rodó sobre la almohada—. Soy asistente social, no lo olvides. Veo cosas que nunca imaginarías. Veo las cosas como realmente son. —De pronto, arañó la sábana con los dedos y su cuerpo se retorció. —Ay, ¿por qué no puedes ser franca conmigo cuando sufro tanto, cuando voy a morirme y dejar a Bruce? ¡Ay, Dios, cómo duele!
A Lynn le estallaba el corazón.
—Voy a buscar a la enfermera —dijo y huyó.
Aun ahora, al borde del delirio, Josie indaga, pensó en el camino de vuelta.
Josie y Helen.
Todo era demasiado para ella. Sus pensamientos profundos fluían como un río subterráneo.
El verano siguió su curso, creando su rutina. A insistencia de Robert, Bruce venía a cenar casi todas las noches, antes de ir al hospital.
—Debe de haber perdido siete kilos —comentó Robert—. No podemos dejar que siga así. Es una cuestión de responsabilidad. Al fin y al cabo, es parte de la empresa GAA.
Annie partió a su campamento de exploradores y Lynn dijo:
—Me alegro de que se haya ido. Sería demasiado para ella estar aquí cuando… —Mirando a Bruce, se interrumpió.
El terminó su pensamiento:
—¿Cuando llegue el final? Annie y yo hemos hablado muy a fondo sobre eso y creo que no van a tener que preocuparse por ella. Está preparada —dijo con firmeza—, como debería estarlo yo. —Sonrió. —Pero no lo estoy.
Nadie habló, hasta que Emily dijo, muy seria.
—¿Esto hace que todo lo que pasa en el mundo parezca pequeño, no?
Una ola de calor, que golpeaba la región, llegó al cuerpo humano, con intención de extraerle el aliento. Las petunias desfallecían en los canteros y los pájaros habían enmudecido. Hasta la perra, después de estar uno o dos minutos afuera, jadeaba para volver a entrar. Y en la casa, el aire refrigerado estaba rancio. Era como si hasta el clima se hubiera puesto de acuerdo con los acontecimientos para abrumarlos a todos.
—Lleva demasiado tiempo morir —dijo Emily.
Y tiempo después, una mañana, durante el desayuno, Emily anunció que tenía algo que decirles, algo muy serio.
—Se espantarán. Me da miedo decírselo —vaciló.
Dos caras preocupadas levantaron la vista del plato.
—No sé por dónde empezar.
—Por el principio —dijo Robert con impaciencia.
La muchacha se aferraba al borde de la mesa como si necesitara apoyo. Había círculos negros debajo de sus ojos; resultaba evidente que no había pasado una buena noche. Tragó con fuerza y habló.
—No voy a ir a Yale.
Robert se puso de pie, haciendo chirriar la silla contra el suelo y arrojó la servilleta contra el plato.
—¿Qué? ¿Qué? ¿Que no vas a ir a Yale?
—Ya les escribí. Quiero ir a Tulane.
Dios mío, a Robert le va a dar un infarto, pensó Lynn, mientras la sangre le subía por el cuello. Vio el latido en las sienes de él y le puso la mano sobre el brazo para calmarlo.
—¿Tulane? —Ah, claro —dijo él—, es el clima del sur, ¿no es cierto? Te gusta más que el de Yale. Por supuesto, debe de ser eso. —E hizo un gesto de burlona cortesía con el brazo.
Emily respondió en voz baja y serena.
—No, papá. Es porque Harris consiguió una beca allí. —Y miró a su padre a los ojos, sin titubeos.
Robert se quedó mirándola. Dos pares de ojos firmes se enfrentaron y Lynn miró a su hija, asustada, pero decidida, y al hombre furioso, luego otra vez a la muchacha. ¿Cómo era posible que estuviera haciéndoles esto? Había dado su palabra. ¿Cómo iba a hacerse una cosa así a sí misma? Después de todo lo que habían dicho, de las explicaciones bien pensadas, de los consejos amables, sensatos. ¿Le había entrado todo por una oreja y salido por la otra?
Como si leyera los pensamientos de su madre, Emily dijo:
—No les he mentido, si es eso lo que están pensando. No lo he visto ni una vez desde… desde lo que pasó esa vez. Pero hablamos por teléfono. Te lo conté, mamá.
—¿Qué? —gritó Robert—. ¡Sabías que hablaban por teléfono y los dejaste!
—Su ira, como un torrente desviado, ahora cayó con estruendo sobre Lynn. Ella se preparó.
—Sí. No me pareció que tuviera nada de malo. —Los ojos de él lanzaban fuego y hielo; el hielo quemaba. —Es decir, pensé…
—No pensaste y no sabes lo que quieres decir. Es solamente otro ejemplo de tu ineptitud. Todo este asunto estuvo mal manejado desde un principio. Debí de haber hecho lo que quería hacer, mandarla a una escuela privada.
—¿Dónde no hubiera teléfonos?
—Eso podría haberse arreglado —masculló Robert. Recogió la servilleta abollada y la lanzó de nuevo hacia el plato. Si hubiera sido dura, lo habría hecho añicos. —¡Carajo, no sé cómo hago para no perder la razón! ¡Tengo miles de cosas en la cabeza y ahora esto! Si me diera un derrame, tendrían muchas preguntas que hacerse, las dos. Es todo…
—No. No culpes a mamá —lo interrumpió Emily—. No es justo. La culpa es mía. La decisión es mía. Papá, tengo diecinueve años. Por favor, deja que decida algo por mi cuenta. Es mi vida. No estoy tratando de ir contra la voluntad de ustedes; solo quiero ser feliz. No queremos estar separados por cuatro años. No, por favor, escúchame —se apresuró a decir—. No se repetirá lo del año pasado. Comprendo que los asuste la idea. Pero tendremos mucho cuidado, estaremos tan ocupados para mantener altas las calificaciones que todo eso quedará reducido al mínimo, de todos modos.
—¡No quiero oír detalles de tu vida sexual! —rugió Robert.
—Hace un año que no tengo vida sexual. Me refería…
—¡Dije que no me interesa!
—¡Esto es horrible! —exclamó Lynn.
Cerró los ojos. ¡Qué espanto, estar los tres una mañana de verano llenando la luz azulada de ira roja! Apretó los párpados con fuerza, queriendo dejarla afuera.
El reloj del comedor anunció la media hora.
—Dios Todopoderoso —dijo Robert—. Me quedan quince minutos para llegar a la estación. Con suerte, quizá me embista un camión por el camino así todos quedarán libres para tomar el camino al infierno sin mi interferencia. — Tomó el maletín y al llegar a la puerta, se volvió. —¿Dijiste que ya escribiste a Yale?
—Sí. Renuncié a mi lugar.
—Ajá. Muy bien, te diré una cosa. No voy a pagarte los estudios en ningún lado que no sea Yale. ¿Está claro, jovencita? Así que vuelve a escribirles o llama o ve hasta allí y arregla este lío o no irás a ninguna parte. No voy a pagar fortunas para que vayas a enredarte otra vez con ese chico.
—Es que no vamos… te dije… te lo prometo. ¿Cumplí mi promesa, no? Si solamente me escucharas… —gimoteó Emily.
—Y yo también te lo dije: no te pago los estudios. Espero que lo hayas entendido. ¿Lo entendiste?
Sin poder hablar, Emily asintió.
—Perfecto. Así que no gastes energías volviendo a preguntármelo. No te pago los estudios. Ni un centavo. Y la culpa es tuya. Me voy.
Se quedaron paradas, cada una detrás de su silla, como inmovilizadas, mientras la puerta se cerraba y poco después se oía el motor y el ruido de los neumáticos sobre la grava.
Lynn se sentó y Emily la imitó. Al parecer, se imponía una conversación a fondo, aunque Lynn estaba demasiado aturdida y confundida para darle comienzo. Emily, con la cabeza gacha, jugueteaba con los cubiertos. El tintineo fue intolerable para Lynn.
—Termina con eso —le ordenó. Luego, con más suavidad, agregó: —Y bien, has logrado incendiar la casa de nuevo, ¿no?
Emily no tenía derecho. No tenía derecho.
—Es papá Es implacable —contestó Emily.
—No. Está golpeado, eso es lo que pasa. Y no cambies de tema. ¡Renunciar a Yale! Después de tanto esfuerzo de tu parte y esperanzas nuestras. ¿Por qué no lo dijiste abiertamente, por lo menos? Podríamos haberlo hablado. Esto es verdaderamente… verdaderamente ruin. Confié en ti. Y ahora me haces quedar como una idiota. No, ¿qué estoy diciendo? No quiero hablar de mí, de tu padre y yo. Eso no importa. ¿Pero y tú? ¿Qué estás haciendo con tu vida, chiquilina tonta, tonta, caprichosa e insensata?
—No creo ser tonta ni insensata, mamá. —El tono era vehemente y razonable, en contraposición a las lágrimas que le rodaban por la cara. — Queremos casarnos. No, todavía no. Sabemos que es demasiado pronto. Pero es lo que queremos, mamá. ¿Por qué no hablé de esto antes de mandar la carta a Yale? Porque sabes tan bien como yo que papá me hubiera quitado la idea de la cabeza y hubiera terminado haciendo lo que él quiere que haga. Es tan autoritario que consigue lo que quiere. ¡Ay, ojalá nuestra familia fuera como la de Harris!
¡Cómo dolía eso! ¿Qué otra cosa había deseado Lynn alguna vez que no fuera construir para sus hijos una vida que recordaran con felicidad? Y ahora esa chica, por cuya cara y mente pasaban los sentimientos más delicados y sutiles, deseaba que fueran «como la familia de Harris».
—¿Sí? ¿Y cómo son? —preguntó en voz inexpresiva.
—Bueno, les contamos lo que pensábamos. No es que estén felices con la idea de que estemos juntos en la universidad, pero consideran que somos lo suficientemente grandes como para equivocarnos solos. Su madre dijo que ya cometimos un error, así que probablemente eso serviría de advertencia para no cometer otro. Y tiene razón. Claro, tú piensas…
—No sabes lo que pienso —replicó Lynn amargamente. Y era realmente amargo estar en el medio de esa enemistad, hija contra padre.
—Bueno, papá piensa…
—Sí, trata de imaginar lo que piensa. Trabaja tanto por nosotras.
—Trabaja porque le da placer, mami. Por como lo dices, cada vez que alguien le lleva la contra a papá, le echas la culpa a esa persona porque papá «trabaja tanto». El padre de Harris también trabaja mucho. ¿Crees que la vida de un policía es fácil? —Las palabras brotaban como un torrente. —Y no vayas a pensar que se mueren porque Harris se case conmigo. Tienen demasiada buena opinión de su hijo como para casarlo con una familia que no lo quiere. Se alegran de que esperemos. Pero entienden el hecho de que no queramos estar separados. ¿Es tan malo, eso? ¿Es tan malo?
Sí, era bastante malo; era una jugarreta baja lo que había hecho esa chiquilina astuta.
—Esto es todo teoría —dijo Lynn—, puesto que sin dinero, no puedes ir a Tulane ni a ninguna otra parte. —La voz se le quebró en un sollozo. —Adiós a la universidad y a la carrera de medicina. Ambas cosas. Así, de un plumazo.
—¿No quieres dármelo tú, mamá?
—¿Dinero? No tengo.
—El lo haría realmente —dijo Emily, preguntándolo y enunciándolo al mismo tiempo.
—Sabes que sí.
—¿Entonces me darías tú el dinero, mamá? ¿Aunque no estés de acuerdo?
—Te acabo de decir, no tengo. No tengo un centavo de dinero propio.
—¿Ni un centavo? ¡Nada! —exclamó Emily, azorada.
—Nunca tuve. Tu padre me da todo lo que necesito o deseo.
La muchacha se quedó pensando. Y Lynn, que conocía tan bien los matices de la expresión de su hija, vio muy claro el desagrado y se sintió humillada por él.
—¿Y tía Helen, quizá? ¡Para el primer semestre, por lo menos!
—No seas tonta. La tía Helen no puede gastar eso.
No era cierto. A Darwin le iba bien últimamente y habían podido comprarse una casa más linda en un barrio mejor. Pero no iba a ventilar sus trapos sucios delante de Helen.
—Si tengo para el primer semestre, estoy segura de que podría conseguir un préstamo estudiantil. Y un empleo. De cualquier cosa.
—No es tan fácil conseguir un préstamo. Cuando averigüen la posición económica de tu padre, no te lo darán ni por asomo.
—¿Ay, mamá, qué voy a hacer?
—En tu lugar, volvería a Yale y daría las gracias.
—Pero entiéndeme… ¡no puedo! Es demasiado tarde. Ya ocuparon mi puesto con alguien de la lista de espera.
Chiquilina estúpida, estúpida… La desilusión, el desastre, hicieron que Lynn perdiera los estribos.
—Entonces quemaste los puentes, así que supongo que esto termina aquí.
Emily se puso de pie.
—No hay nada que puedas decirme, entonces.
—¿Y qué puedo decirte? Nada más que voy a visitar a una mujer moribunda —dijo, sabiendo que era cruel—. Si quieres, puedes venir.
—No, me voy arriba.
Lynn hundió el rostro entre las manos. Estaba furiosa con Emily, y, sin embargo, sentía el dolor de su hija desgarrándole su propia carne. Supongo que terminaré por ir a arrastrarme delante de Helen, pensó. Tendré que soportar sus preguntas sarcásticas. ¿Qué me estás diciendo? ¿Qué Robert se niega a pagar? Pero también era probable que Helen le dijera que no. Tenían que educar a sus propios hijos; uno de ellos estaba cursando estudios de posgrado. La casa nueva estaría hipotecada, sin duda. A Darwin no podía estar yéndole tan bien… Los pensamientos le corrían por la cabeza. Tal vez si fuera a otra parte, donde no encontrara a ese muchacho, Robert accedería a pagar. Pero no, no iba a hacerlo. Se había metido en la cabeza que su hermosa hija iría a Yale. Robert nunca se retractaba.
Se levantó de la mesa y fue hasta la ventana. Afuera, en el jardín, Eudora cantaba mientras colgaba ropa de la cuerda. Eudora sostenía que la ropa blanca tenía que secarse al sol. Bobby estaba sentado en el corral. Caía hacia atrás y volvía a incorporarse, orgulloso de su nueva capacidad de mirar al mundo desde otro ángulo. Eudora se inclinó para decirle algo. La escena era alegre. Saludable. Saludable. Una buena palabra.
Adentro, la casa no era saludable. Desde el pie de la escalera, veía la puerta cerrada del cuarto de Emily y la imaginaba llorando boca abajo sobre la cama, desesperada. Una parte de ella deseaba subir a consolarla, a acariciar los hombros temblorosos. ¡Magro consuelo! decía la parte de Lynn que todavía hervía de furia.
Buscó la llave del auto y salió hacia el hospital. Practicó en el espejo retrovisor para poder poner cara inexpresiva, la única cara con que se podía aparecer ante una persona agonizante; nada de lágrimas ni de excesiva seriedad.
Pero se traicionó a sí misma. Josie estaba despierta y muy lúcida ese día. Cuando entró Lynn, Bruce le estaba contando algo acerca del gato.
—Ay, qué estúpida —exclamó—. Hace un calor de perros y te había preparado helado con frambuesas frescas. Te refrescas con solo mirarlo y pensé que te iba a gustar, pero me lo olvidé, puedes creer. Qué cabeza… —Se llevó la mano a la frente.
Josie la miró con aire interrogante.
—¿Qué te pasa? Nunca olvidas nada, mucho menos algo para mí? ¿Qué sucedió?
—Nada del otro mundo, en realidad.
Pero estallaba; el problema era incontenible.
—Cuéntanos —pidió Josie.
Y Lynn lo hizo. Cuando terminó el relato, Bruce y Josie estaban serios.
—Es tenaz, hay que decirlo —comentó Josie—. Eso, al menos, es digno de admiración.
Lynn suspiró.
—Sí, tenaz como Robert.
—No —la corrigió Josie—. Como ella misma.
Resultaba evidente que no quería que Emily se pareciera a Robert. De algún modo, Lynn tenía que defenderlo.
—Nos hizo creer que había terminado con Harris. Nos mintió.
—No recuerdo —dijo Bruce con tranquilidad— que en algún momento haya dicho que había «terminado». Dijo que no lo vería en todo el año y cumplió.
—Bueno, fue una mentira por omisión, ¿no?
—Si cuando tenías un año más que Emily ahora, alguien te hubiera dicho que te mantuvieras alejada de Robert por otros cuatro años, tiempo durante el cual sin duda lo perderías, ¿hubieras obedecido? —preguntó Bruce.
Lynn bajó la mirada bajo los ojos penetrantes de Bruce.
—No —respondió y luego, se recuperó y protestó: —Pero es distinto. Robert era mayor. Era un hombre.
—Tonterías —dijo Josie. La voz sonaba cansada, pero la palabra fue terminante. —Tonterías. Se incorporó sobre la almohada. —Por lo que he visto, el joven Harris es hombre como el que más.
—Pero Yale —se lamentó Lynn—. ¡Renunciar a eso! Robert está destruido. —¿No lo entienden? —dijo, suplicante.
—Pero Yale, no, pero Emily —contraatacó Josie—. Es una cuestión de prioridades.
Bruce frunció el entrecejo con su habitual expresión de concentración.
—Sí, entiendo a Robert. Ella debió habérselo dicho, debió ser franca y no lo fue. Tuvo miedo, y eso también hay que entenderlo.
—La están dejando sola con su error —dijo Josie, en tono de reproche—. La están dejando sola para que recoja los añicos.
A su modo, la estaban retando, pensó Lynn.
—Es una chica fuera de lo común —insistió Josie, con todo el vigor que pudo reunir—. Y Robert lo sabe mejor que nadie. Se lo he oído decir un millón de veces. ¿Qué quiere, sacarle todo, su oportunidad de seguir medicina, todo eso, para después tener la mezquina satisfacción de poder decirle: «Te lo advertí». Fuiste contra mi voluntad, así que tuviste que pagar. ¿Qué quiere, que pague con el resto de su vida?
¡Cómo odiaba a Robert! El odio le había dado fuerzas para hablar así y ahora, exhausta, se recostó nuevamente.
Y a Lynn le pasó algo que nunca le había sucedido antes: pensamientos que no debían haber sido revelados salieron en forma de palabras y se oyó a sí misma decir sin ninguna clase de rencor.
—Siempre sentiste desprecio hacia Robert.
—Sí —respondió Josie con sencillez—. Es verdad. —Y cerró los ojos.
Lynn se sentía mareada. Era el sofocante aroma de las flores que había sobre el alféizar. Josie no habría dicho eso si no hubiese estado sufriendo y bajo los efectos de la medicación. Bruce, sacudiendo la cabeza, formó las mismas palabras con los labios, en silencio: son las drogas.
—Déjala que vaya —dijo Josie, con voz muy débil.
Tuvieron que inclinarse hacia ella, pues no estaban seguros de haberla oído bien. Lynn le acarició la frente ardiente y le alisó el pelo enredado hacia atrás.
—¿Qué dijiste, mi amor? —preguntó Bruce.
—Que vaya. Tuvo las mejores calificaciones… —Josie respiraba con dificultad. Una buena chica… mujer… Déjala que vaya… Necesita… Dale mi dinero.
Lynn luchaba para contener las lágrimas.
—No, tesoro. No podemos hacer eso. Eres un ángel, pero no podemos hacer eso.
—¡Dije que sí! —Las manos de Josie se movían frenéticas, ante una nueva puñalada de dolor. —Bruce, escúchame.
—Mi amor, te estoy escuchando. Haremos lo que digas. Te prometo que le daré a Emily lo que necesite. Ella lo aceptará, si yo se lo doy.
—No —jadeó Josie—. El mío… Poder ante un abogado… que no aparezca tu nombre… No te mezcles… la oficina. Tú no.
Bruce se volvió, impotente, hacia Lynn.
—Dice que mi interferencia podría complicar las cosas entre Robert y yo. Sí, entiendo. Y sería terrible para ti también. Lynn, ¿me dejarás sacar el dinero para Emily de la cuenta de Josie? ¿Me lo permitirás?
Lynn estaba más allá de todo razonamiento, pero sentía que de algún modo, eso era lo correcto; confundida y angustiada por Josie, asintió con la cabeza.
Cuando salía, se encontró con la enfermera que entraba. Oyó a Josie repetir en un grito:
—¡Deja que Emily se vaya!
Robert estaba abatido. Emily, con los ojos hinchados y descompuesta, se había llevado un plato con cereal a su dormitorio, así que Lynn estaba sola con él en la mesa. Ninguno hablaba y la comida estaba casi intacta.
Lo único que Robert dijo en un momento fue:
—Se arruinó la vida. Se arruinó la vida.
—¿Aceptarías mandarla a otro lado, a alguna universidad lejos de donde irá Harris? —preguntó Lynn.
—No. Tal vez dentro de uno o dos años. Veré. Tiene que aprender la lección. No debe desafiar la autoridad de los padres. No.
El padre de Lynn había tenido un antiguo refrán para cada ocasión: El árbol rígido se quiebra en la tormenta, pero el que es flexible se dobla y vuelve a su sitio.
Le hubiera gustado decirle eso a Robert, para consolarlo y hacerle una advertencia a la vez, pero esa noche, no tenía sentido, así que calló y esperó hasta que él se hubiera dormido para ver a Emily.
La muchacha lloró cuando Lynn le contó lo que iba a hacer Josie. Lloró, se alegró y se mostró agradecida. Y vacilante, también.
—¿Papá lo sabe?
—No tuve ánimo para decírselo esta noche.
—¿Animo?
Fuerzas, tendría que haber dicho. Se iba a enfurecer. Y mucho.
Se miraron. Y Lynn dijo con franqueza:
—Yo también estaba enojada, sabes. Fueron Josie y Bruce los que dijeron que… sobre todo Josie… —No pudo seguir.
—Lo sé, mamá. Entiendo.
—¿De veras, Emily?
—Más de lo que te has dado cuenta.
La mañana comenzó con temor. En la cocina, Lynn preparó café y jugo de naranjas en puntas de pie y sin hacer ruido con los utensilios, para que Robert durmiera un rato más y se retrasara el momento en que aparecería y tendría que hablarle.
Tal vez por el mismo motivo, Emily entró sigilosamente y susurró:
—Tío Bruce me llamó por teléfono. Tengo que ir enseguida para allá con la cuenta de la universidad para que me dé el cheque antes de irse al hospital. ¡Son tan buenos conmigo, mamá! No entiendo por qué quieren hacer esto por mí.
—Porque te quieren, nada más. —Y añadió. —Y confían en ti.
—¿Y tú? ¿Confías en mí tú también?
—Tienes edad suficiente para merecer mi confianza, así que tendré que hacerlo.
—No te arrepentirás, mami. Te lo prometo. Y voy a devolverles cada centavo. No sé cuánto tiempo me llevará, pero lo haré.
¡Tan joven y tan segura de sí misma! Bueno, el mundo no duraría demasiado si los adolescentes de esa edad no sintieran esa confianza en sí mismos. Y se le estrujó el corazón al pensar en la juventud y el coraje de Emily.
—Si tuviera dinero propio, haría cualquier cosa por ti, Emily, ¿sabes? ¡Ojalá tuviera dinero mío del cual disponer! Pero… —Se detuvo y terminó la frase en su mente. Pero tú padre nunca me lo dejó tener, decía que no era necesario porque me daba lo que yo quisiera. Y así era. Pero era tratarme como una niña, como una imbécil, ¡demonios!