Verdades ocultas
Capítulo 06
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
Estaba secando al bebé, después del baño vespertino, cuando Robert llegó a casa, horas más tarde, Lynn, inclinada junto a la bañera, intuyó su presencia en el umbral a sus espaldas, pero no se volvió para saludarlo; atrás había quedado la época de cariñosas bienvenidas. Esperó a que él hablara primero, para responder con cortesía.
—Llegué —dijo él.
Algo en su voz la hizo levantar la mirada y vio que tenía aspecto de muerte. Se había desabrochado el primer botón de la camisa y aflojado la corbata; él, Robert Ferguson, ¡volver así desaliñado en el tren!
—¿Qué pasa? —exclamó.
—No lo vas a creer —respondió.
—Si me lo cuentas, tal vez lo crea.
—Pídele a Annie que acueste a Bobby. No le importará. Y ven abajo. Necesito un trago.
Está enfermo, pensó. Es eso. Le han dicho que tiene cáncer o que se está quedando ciego. Se estremeció de compasión y temor.
—Whisky Glenfiddich. Bébelo —dijo Robert, como hablando para sí—. Y sírvete otro.
La botella tintineó sobre la bandeja de plata. El se sentó.
—Bueno, Lynn, tengo novedades. General American Appliance y yo hemos terminado. Nos separamos. Se acabó.
—¿Se acabó? —repitió ella, sin encontrarle sentido a las palabras.
—No me dieron el ascenso, así que renuncié. Por eso llegué tarde. Estuve vaciando mi escritorio.
—No entiendo —murmuró Lynn.
Robert se puso de pie y fue hasta la gran ventana saliente que daba a la calle y al farol encendido al pie del camino de entrada de los Stevens. Como un centinela de guardia, giró, caminó hasta la ventana del otro lado y se quedó allí, contemplando el jardín oscuro y la sombra negra de la colina. Cuando se volvió otra vez hacia Lynn, ella vio que tenía los ojos brillantes de lágrimas. Se sentó y empezó a hablar en rápidas ráfagas.
—Sí, estuve vaciando mi escritorio. Veintitrés años de mi vida. ¿Y sabes cómo me entero? En el ascensor, cuando volvía a la oficina, a la tarde. No había estado allí en todo el día. Del tren me había ido directamente a una reunión. Había un par chicos hablando, cadetes o muchachos de la parte de correspondencia; ni siquiera me reconocieron. Estaban hablando de Budapest y de que Bruce Lehman sería el jefe de la nueva oficina allí. Creí que era un disparate y no les presté atención, aunque me resultó divertido. Y después me llamó Warren. Me mostró un fax de Monacco y vi que era cierto. Seguía sin poder creerlo.
Robert se tapó la cara con las manos. Apoyó los codos sobré las rodillas y bajó la cabeza. Lynn tenía delante un hombre vencido, tan fuera de lugar en esa sala elegante como un mendigo tirado sobre una escalinata de mármol.
—Le dije que debía de haber algún error, que todo el mundo sabía que me habían prometido el puesto. ¿Por qué Lehman? No tenía sentido. Le informé que quería hablar con Monacco allí mismo. Así que Warren llamó a California, pero dimos con Monacco. Le exigí que me dijera todo lo que sabía. No iba a pasarme la noche sin dormir tratando de imaginar qué había salido mal. ¡Mierda! De todos modos, no voy a dormir.
Y se levantó otra vez para caminar de un lado a otro. Se detuvo junto a la repisa para acomodar las figulinas Herend, que Eudora había corrido al limpiar.
—Recuerdo cuando las compre —dijo—; creía tener el mundo a mis pies. Y lo tenía. Discúlpame. Estas lágrimas del diablo. Me avergüenza que tengas que verlas.
—No hay nada de qué avergonzarse, Robert. Un hombre también tiene derecho a demostrar su sufrimiento.
Habló con suavidad, no solamente por compasión, sino por su propia perplejidad ante esta demoledora complicación.
—¿Y qué te dijo Warren? ¿Te dio un motivo?
—Sí. Claro que sí. Con mucha diplomacia, sabes, con mucha delicadeza. ¡Pero cómo lo disfrutó! Seguro que ahora está en su casa, contándoselo a su esposa o a sus amigos del club. Dios, con todo lo que trabajé; nadie nunca hizo crecer las ventas de esta manera; ¿y qué logró Lehman en todos estos años, comparado conmigo? Un pelmazo, sin imaginación…
—No me dijiste el motivo —insistió Lynn, con paciencia.
—¿El motivo? Ah, sí. Te dije que se mostró muy delicado. Al parecer, la gente… alguien ha estado diciendo cosas, cosas personales, exageraciones… ¡Dios! Todo el mundo, todos los matrimonios tienen problemas de algún tipo, problemas que se solucionan, que quedan atrás. Le expliqué que eran chismes que nada tenían que ver con la realidad, nada. ¿Qué derecho tienen los desconocidos a sacar conclusiones de lo que pasa entre un hombre y su esposa? Es increíble que un hombre como Monacco tenga tan poco sentido común como para ponerse a escuchar chismes descabellados.
—Descabellados —murmuró Lynn en voz tan baja, que él no la oyó.
Todos los susurros se habían unido hasta formar un grito desgarrador, un bramido que había llegado a California. Era una confirmación, de algún modo, pero inútil para ella, porque ¿adónde llevaría? Y el camino a seguir, que le había parecido tan claro, aunque doloroso, había desembocado en un callejón sin salida.
—¿Puedes creer que un hombre como Monacco se haya rebajado de esa forma? ¿Qué he hecho de tan terrible, después de todo? —Al ver que ella callaba, su voz adquirió una nota de sospecha. —Me pregunto quién habrá desparramado esos chismes sucios. ¿No habrás… no les contaste nada a los Lehman, no?
Lynn lo interrumpió.
—¡No te atrevas a decirme una cosa así!
—Ah, bueno, te creo. ¿Pero quién, entonces? ¿Cómo pudo pasar?
La pregunta quedó colgando entre ellos y él esperaba una respuesta. Pero Lynn estaba aturdida y no podía dársela. Todo ese horror tenía esa especie de fascinación que hacía que una persona, en contra de su voluntad, se acercara a mirar un accidente, contemplar los despojos sangrientos.
Robert siguió:
—Warren dijo —y estaba hablando de parte de Monacco, «siguiendo instrucciones», según él— que por supuesto, tenía total libertad de quedarme en mi puesto actual. «Por supuesto» —ironizó Robert.
—Y no lo vas a hacer —observó Lynn, reconociendo la ironía.
—¡Por Dios, Lynn! Presenté mi renuncia allí mismo. ¿Por quién me tomas? Después de una bofetada así, ¿crees que podría quedarme? ¿Mientras Bruce Lehman disfruta de la recompensa que me pertenece?
—Bruce nunca la quiso —dijo Lynn.
—Pero bien que la aceptó.
El mundo da vueltas a mí alrededor y no entiendo nada, pensó Lynn. Y por necesidad de decir algo, preguntó:
—¿Estás seguro de que haces lo correcto al renunciar?
—Segurísimo. Además, quieren que me vaya, ¿no te das cuenta? Encontrarían la forma de sacarme de en medio. Me harían la vida imposible, para que me fuera. —El rostro desencajado de Robert era una máscara trágica: las mejillas hinchadas, las cejas arqueadas, la boca abierta. —¡Estoy arruinado, Lynn! Destruido. Deshonrado. Me arrojaron a la calle como basura. Como basura.
Era todo verdad. Se lo había hecho a sí mismo, pero seguía siendo verdad. ¿Qué podía decir ella, qué? Lo único que se le ocurrió fue un consuelo trivial.
—¿Te preparo algo para comer? No cenaste.
—No puedo comer. —Miró el reloj. Son las ocho y media. No es demasiado larde para ir a ver a Bruce. Vamos.
—¿A Bruce? ¿Pero para qué?
—Para felicitarlo, por supuesto.
Espantada, buscó una excusa sensata.
—No recibe visitas. No le gustará que vayamos, Robert.
—Tonterías. Le gustará que lo felicite. Llevaremos una botella de champagne.
—No, no. Está de luto. No se puede —protestó Lynn.
—Esto no tiene nada que ver con el luto. Es una cuestión que atañe el honor de Robert Ferguson y su buen gusto, su distinción. Quiero que vea que soy capaz de tomar esto como un hombre.
—¿Para qué torturarte así, Robert? Con una llamada alcanza.
—No. Trae el champagne. Podrá enfriarlo en el freezer una media hora.
Ella preguntó para sus adentros: ¿A quién estás tratando de engañar con este despliegue de valor? Acabas de admitir que estás muerto por dentro.
—Si lo que quieres es festejar —dijo con suavidad—, abotónate la camisa y cámbiate la corbata. Está manchada.
A Bruce no le importaría, pero Robert se vería en un espejo y se horrorizaría.
No había estado en casa de Bruce desde aquel día. Cuando llegaron, estaba leyendo; abrió la puerta con el libro en la mano. La noche estaba fría y ventosa, presagiaba el invierno y, al parecer, Bruce había estado usando la manta tejida de Josie sobre el sofá donde habían estado juntos, donde él había cubierto la desnudez de ella con esa mismísima manta.
Y se preguntó si él estaría pensando lo mismo; no pudo mirar a Bruce ni al sofá, de modo que disimuló saludando al gato con efusividad.
Bruce les preguntó si les molestaba que guardara el champagne para otra ocasión en que estuvieran juntos.
—Todavía no estoy para eso. Fue un día bastante malo para mí, Robert.
—¿Pero por qué, hombre?
—Es muy sencillo. El puesto era tuyo. Te lo ganaste y tendría que haber sido para ti.
Robert se encogió de hombros.
—Es generoso de tu parte, Bruce, pero no tuve suerte, qué le vas a hacer.
El comentario fue casi descuidado; podía haber despertado compasión por el intento de ocultar la desazón o, puesto que las otras dos personas presentes sabían por qué «no había tenido suerte», podía despertar enojo, también.
Pero Bruce se mostró compasivo.
—Tengo que confesarte que estoy abrumado. No va a ser fácil seguirte los pasos, Robert. Solo espero poder estar a la altura del puesto.
—Estaré disponible para colaborar contigo en lo que puedas necesitar. Tal vez fuera buena idea que vinieras a casa una de estas noches para que te dé información sobre lo que ya se ha hecho allí.
—Bueno, gracias, pero todavía no. Esto me ha caído encima como una tonelada de ladrillos, en un momento en el que todavía estoy bajo una montaña de ladrillos. No puedo pensar con demasiada claridad.
—Comprendo —asintió Robert.
—Por lo menos, me obligará a irme de aquí. Últimamente estuve deseando poder alejarme de mí mismo en alguna parte, Mongolia, quizá, o el Polo Sur. Y ahora resulta que va a ser Hungría. No es que me signifique una gran diferencia. Tengo que ir conmigo a cuestas y soy una carga bastante difícil de llevar.
Bruce no había mirado a Lynn, pero ahora se volvió hacia ella, de frente y le dijo:
—Estoy preocupado por Barney. —El gato, acurrucado delante del fuego, parecía una bola de nieve. Al oír su nombre, levantó la cabeza. —No puedo llevarlo conmigo y Josie me perseguiría hasta el fin de mis días si no le consiguiera un buen hogar. ¿Crees que podrías adoptarlo, Lynn? No quiero traerte más problemas ni inconvenientes, pero no sé qué hacer.
—No conoces a Lynn si puedes decir eso —declaró Robert—. Adoptaría a cualquier criatura de cuatro patas que se te ocurra.
—Claro que lo haré —se apresuró a contestar ella.
—No, no conoces a Lynn —repitió Robert.
Pero conoce a Lynn, y muy, pero muy bien. Las palabras, en la punta de la lengua de Lynn, estuvieron tan cerca de salir que ella se horrorizó.
—¿Cuáles son tus planes? —preguntó Robert.
—Me iré en diciembre, creo. —Y Bruce volvió a decir: —Es todo tan repentino… tendré a Barney aquí hasta que me vaya… Es muy bondadoso de tu parte… Te lo agradezco… Josie te lo agradecería.
—Está perdido en la niebla. No va a dar la talla. No sabe lo que le espera —dijo Robert cuando se fueron.
En casa, reanudó su caminata diciendo:
—No va a dar la talla.
Annie entró en puntas de pie, tan sigilosamente que su voz los sobresaltó.
—¿Qué pasa? ¿Pasó algo? ¿Emily se enfermó otra vez?
Robert emitió un sonido ahogado.
—Ay, Annie. Ay, mi chiquita. No, Emily está bien, gracias a Dios. Gracias a Dios, todos estamos bien. —Y abrazando a Annie, le besó la cabeza y dijo con ternura: —Encontraré la manera de cuidarlos. Piensan que me arruinaron, pero no van a aplastarme el espíritu, no… —Se echó a llorar.
—¡Pero no ves que la asustas! —exclamó Lynn—. Papá está angustiado, Annie, por un serio problema de trabajo. Se va de la empresa. Está angustiado.
La chiquilla se soltó y se quedó mirando a Robert, como si nunca lo hubiese visto antes. Una gama de expresiones le cruzó por el rostro: curiosidad, desagrado, temor.
—Necesito hablar con Emily —dijo Robert—. Tráeme el número, Lynn.
—Le darás un susto terrible. Espera a estar más tranquilo.
—Estoy tranquilo —dijo, entre lágrimas—. Estoy tranquilo. Necesito hablarle, decirle que lo lamento. Somos una familia, cometemos errores, ahora tenemos que mantenernos unidos. ¿Cómo es el número, Annie?
Si no hubiese visto lo poco que bebió, diría que es el whisky, pensó Lynn.
—Emily, Emily —decía Robert por el teléfono—. No, no te asustes, todos estamos bien. Es solo que renuncié a CAA. Es una larga historia, no te la puedo contar por teléfono, pero —perdóname, estoy muy sensible, siento que se me ha caído el cielo encima— pero voy a recuperarme y… bueno, quiero disculparme, arreglar las cosas entre tú y yo. He estado sufriendo mucho por eso. Quiero pedirte perdón por no comprenderte, por no tratar de entender. Solo quiero decirte que no te preocupes por los gastos de estudio, los pagaré, no me he quedado sin dinero todavía. Quédate allí y trabaja duro y que Dios te bendiga, tesoro. Te quiero, Emily. Estoy tan orgulloso de ti… Dime, ¿cómo está Harris?
Más tarde, en el dormitorio, se calmó; suspiró, interrogante:
—Dime, ¿me merezco esto, nos merecemos esto? Quería todo para ti y ahora… ¿ahora qué?
Se volvió y viendo que ella estaba de espaldas a él, la atrajo hacía sí. Y Lynn comprendió que lo que deseaba era seguridad, un alivio físico de la tensión, una dulce recompensa por la pérdida. Quería demostrar que seguía siendo un hombre, su hombre. Si se lo hubiera pedido unas horas atrás, antes de que el desastre le cayera encima, Lynn se hubiera negado, le hubiera pegado y arañado. Pero ahora no tenía el coraje de herirlo todavía más. ¿Qué importancia tenía, al fin y al cabo? Una podía quedarse allí tendida como una piedra, sin sentir nada. En pocos minutos, todo habría pasado.
Tantas veces, durante las últimas semanas, había imaginado la humillación de Robert Ferguson, y sin embargo ahora que había sido humillado más allá de lo imaginable, el espectáculo era demasiado atroz. Sintió el dolor de él como si ella misma estuviera dentro de su piel.
En el pequeño mundo de la empresa, cuya mayoría de ejecutivos vivían en la ciudad, las noticias corrieron como reguero de pólvora. El sábado, en el supermercado, un grupo de mujeres evidentemente había estado hablando de los Ferguson, pues no bien vieron a Lynn, interrumpieron la charla y la saludaron con inusitada efusividad.
No es que me importe, pensó Lynn, y es ridículo de mi parte preguntar, pero tengo que saber cómo sucedió esto. De modo que fue a un teléfono público y llamó a Tom. Tal vez él lo supiera. Y si no lo sabía, podría averiguarlo.
—Se trata de Robert. ¿Te enteraste de que dejó la empresa? Descubrieron que… —Se le quebró la voz.
—Sí, me enteré. Ven para aquí, Lynn. Estaré en casa toda la mañana.
En el amplio salón donde había brillado la mesa aquella noche que había originado el problema presente, Lynn se sintió empequeñecida.
—¿Cómo te enteraste? —preguntó.
—Me llamó Monacco. No sé por qué, siempre creyó que Robert y yo éramos amigos.
—¿Pero para qué te llamó? ¿Para contarte o para preguntarte?
—Las dos cosas. Me contó que le había llegado una carta y me preguntó si las acusaciones que había allí eran ciertas, si yo sabía algo del tema.
—Una carta —repitió Lynn.
—No sé quién la mandó. Era una carta anónima, de una mujer. Pero sonaba auténtica, dijo Monacco, como si la hubiera escrito la esposa de algún ejecutivo de la empresa. Tenía bastantes pruebas, una de las cuales era un informe de unos vecinos.
Tom bajó la vista y se miró los zapatos antes de continuar. Después, miró a Lynn directamente a los ojos, como si estuviera considerando la decisión de seguir y dijo:
—Fue sobre lo que sucedió la noche que viniste a cocinar aquí.
—¡Una carta anónima! ¡Qué bajeza!
Estaba pensando a toda velocidad: ¿quién, aparte de los Stevens, podía estar enterado de lo que había sucedido aquella noche? Estaban emparentados con la familia de esa niña Susan. Y Eudora, que había visto demasiado, era amiga de la mujer que trabajaba para los Stevens.
—Y como la carta decía que habían llamado a la policía, Monacco lo hizo verificar.
Weber. Después de todo, no lo había «enterrado». Weber se había querido vengar de Robert por las cosas que este había dicho.
—Entonces, hicieron la verificación y descubrieron que había habido una denuncia y que alguien del departamento de policía había tratado de ocultarla, la había ocultado, a decir verdad.
Había juzgado mal a Weber. Llena de culpa y dolor, preguntó a Tom:
—¿Tuvo problemas, el hombre que la ocultó?
—No. El jefe de policía es amigo mío y tuvimos una conversación.
—Entonces estás al tanto de lo de Emily y su hijo —murmuró Lynn.
—Solo sé que salen juntos. —Tom sonrió. —¿Todavía se dice «andar noviando»? Mi vocabulario adolescente está decididamente pasado de moda.
—No lo sé. Es todo un embrollo —se lamentó Lynn.
Tom asintió.
—Embrollo es la palabra. Hasta el policía del club sabía todo. Trabajaba como jardinero aquí, antes de entrar en la policía, y me cuenta cosas. Te sorprenderías al enterarte de la cantidad de cosas que se saben sobre Robert; algunas son ciertas, otras no. Es lo que sucede en estos pueblos; uno entra en la corriente de chismes y muy pronto todo el mundo sabe qué marca de cereal comes con el desayuno.
—¡Qué ruin!
Le parecía que, al exponer a Robert, el gentío chismoso y malvado los había expuesto a todos, a ella, a las chicas y hasta al bebé. Furiosa, protestó:
—¡Podrían buscarse algo mejor que hacer que hurgar en los problemas de los demás!
—Como poder, podrían, pero no es lo que sucede. —Y Tom añadió: — Monacco no tolera escándalos, sabes, ni siquiera una sombra de escándalo.
—¡No es justo! Está todo salido de proporción. El problema es entre Robert y yo, ¿o no? No tiene nada que ver GAA, ni el pueblo. ¿Por qué lo que me haya hecho a mí tiene que afectar su trabajo? ¿Por qué? —exclamó.
La expresión de Tom, cuando arqueó las cejas y meneó la cabeza, dio a entender que se entregaba.
—¡Qué pasa, piensas que soy una ingenua!
—Sí, muy. Las corporaciones tienen que mantener una imagen, Lynn. Una ética. ¿Cómo pretendes que un subordinado te respete si tu propio comportamiento es… dudoso, por decirlo así?
—Está bien, está bien. Fue una pregunta tonta, lo admito.
Siguiendo la mirada de Tom, se dio cuenta de que se había estado retorciendo los anillos, los dedos. Apoyó con firmeza las manos en los brazos del sillón. Tenía que volver a casa; había oído lo que había oído y no tenía sentido quedarse más tiempo.
—Monacco estaba apenadísimo —dijo Tom con suavidad—. No es algo que a uno le gusta hacerle a un hombre por el que siente admiración. Y, por supuesto, dijo lo que es de esperar, que era lo último que hubiese creído de Robert, brillante como es, y con tanto futuro.
—Como cuando ves la fotografía de un asesino en el periódico, supongo. ¡Ay, pero si tiene cara de bueno! ¿Es así, no es cierto? Y Lynn volvió a retorcerse los anillos.
Tom extendió el brazo y le tomó una mano.
—Para ti es atroz, lo sé.
—Sufro por Robert, a pesar de todo. No duerme, se pasea por la casa toda la noche, sube, baja. Apenas come. Ha envejecido diez años. La decepción… la humillación…
—¿Sobre todo porque el que obtuvo el ascenso fue Bruce?
—Bueno, es natural. Jamás se le ocurrió que Bruce, justamente Bruce, fuera a hacerle competencia.
—¿Por qué dices «justamente Bruce»?
—Yo no lo digo, Robert lo dice. Siempre dijo que Bruce no era competitivo.
—Pues se equivocó de cabo a rabo. Cuando surgió el proyecto de Hungría, Bruce estaba entre los candidatos.
—¿Cómo lo sabes? Puedes estar emparentado con Monacco, pero no trabajas en GAA. ¿Cómo sabes todas esas cosas?
—Nunca me importó nada GAA. Pero esta vez, me quise meter. Quería que a Robert le dieran un ascenso. Lo hice por ti.
Lynn sacó su mano de la de él tan rápido que Tom también se apresuró a hablar.
—Yo sabía, pues no era difícil verlo, que a pesar de tus protestas, el matrimonio no duraría. Y después necesitarías un buen arreglo económico. Hoy en día los tribunales no les asignan demasiado a las esposas.
La habitación estaba en absoluto silencio. Sonó un teléfono en alguna parte de la casa y después de un rato, calló. Un hombre que pasaba por la calle rio en voz alta y una mujer le devolvió la risa. El sonido se apagó. ¡La gente seguía riendo en el mundo! Se le ocurrió que tal vez nunca más tendría motivos para reír. Y otro pensamiento le cruzó por la mente, una pregunta, esta vez: si estuviera libre, ahora, sin el peso de los acontecimientos, ¿aceptaría a este hombre curioso, lleno de humor, bondadoso, que está aquí, sentado, mirándose los zapatos en lugar de mirarme a mí? Sin duda, sus últimas palabras significaban algo: Lo hice por ti.
—¡Qué bueno eres! —exclamó y hubiera dicho más, pero calló, por temor a echarse a llorar.
—Bueno —respondió Tom—, me gusta ver las cosas bien hechas. Es el mal de los abogados, sabes. Somos ordenados. Así que dime, ¿qué hacemos ahora? ¿O mejor debería decir, qué haces ahora?
—¿Qué puedo hacer, Tom? El hombre está mal. Pide perdón, no solo por las cosas malas, sino por su fracaso. Tiene muy poco dinero ahorrado Me sorprendió descubrirlo. Necesita un empleo y lo conseguirá pronto, pero antes tendrá que recuperar algo de orgullo y valor. Quiere mudarse de aquí, comenzar de nuevo. Yo no sé qué hacer. No sé nada. Estoy con una piedra sobre el corazón, Tom. Es un capítulo totalmente nuevo, extraño y triste. Está tan sumiso, tan cambiado.
—No, Lynn. No ha cambiado.
—No puedes decir eso. No lo has visto. Por teléfono, cuando habló con Emily, sollozaba.
—No necesito verlo. Eres demasiado buena —dijo Tom—. Ese es el problema.
—¿Acaso hay que hacer leña del tronco caído?
Tom no contestó y ella se tapó la cara con las manos, pensando que Tom, después de todo, no podía entender lo que le retorcía las entrañas. ¡Veinte años juntos, con tantas cosas buenas! Sí, malas también, malas también. Y no obstante, eran uno solo, una sola carne, aun cuando la lastimaba; ahora sentía el sufrimiento de él como ninguna otra persona, por más sutil que fuera, podía sentirlo.
Levantó la cara hacia Tom, suplicando comprensión.
—No puedo abandonar el barco que se hunde, Tom. No puedo irme.
El asintió.
—Pero lo harás; en algún momento, lo harás —le aseguró.
Fue un tiempo de espera, una inquietante suspensión de la vida habitual. Los días pasaban despacio y, aunque era otoño, parecían largos. Desde la casa, rodeada por un denso follaje, Lynn contemplaba una paleta de colores apagados, de verdes suavizados a grises y rojos oxidados, tristes y a la vez bellos en su melancolía. Le parecía que la tierra reflejaba el estado de ánimo de la casa, puesto que el otoño debía ser brillante y encendido. Pero todo está en la mente, se dijo: uno ve lo que necesita ver.
En el jardín, bajo un arce, Annie estaba leyendo Huckleberry Finn, cumpliendo con la lectura asignada por la escuela. Robert, de rodillas sobre el césped, extendía los brazos hacia Bobby que, con sus diez meses, había comenzado a dar sus primeros pasos independientes. Robert estaba orgulloso: el muchacho sería atlético; jugaría bien al tenis, nadaría como un pez, sería una estrella en la pista de atletismo.
Si con eso se consuela, pensó Lynn, que disfrute pensando así. Era extraño verlo en casa a media tarde. Eudora, que iba y venía por la casa y el jardín, también debía de pensar lo mismo.
Pobre mujer, hacía solamente una semana, había venido, vacilante y avergonzada, a hacer una confesión.
—Tengo que decirle algo, señora Ferguson. Me enteré por mi amiga de todo el problema del señor Ferguson; ella estuvo mal en hablar, pero yo también. No debería haberlo hecho, lo sé. Es que estábamos almorzando en la iglesia y sabe, cuando uno trabaja en casa de otras personas, oye cosas y se pone a hablar. Yo no quise perjudicarlos, se lo juro. Ni siquiera al señor Ferguson, es un caballero y yo realmente le tenía aprecio hasta que…
Lynn la detuvo.
—Eudora, querida, la entiendo. Y no fue ni usted ni su amiga que trabaja en lo de Stevens. Hasta el policía del club lo sabía, al parecer, al igual que mucha otra gente. No llore, por favor. No me vuelva aún más difíciles las cosas.
Pero no había forma de detener la contrición.
—Por nada del mundo la perjudicaría. Ha sido tan buena conmigo, toda esa ropa que me dio, no solo las cosas usadas, sino los regalos para mi cumpleaños y para Navidad. Ha sido una amiga para mí. No pude soportarlo cuando llegué esa mañana y vi lo que le estaba haciendo, pequeñita como es usted, si no debe pesar más de cincuenta kilos. Tan pequeñita.
Los ojos bondadosos y preocupados habían estado haciendo una pregunta que Eudora no se atrevía a poner en palabras: «¿Se va a quedar, señora Ferguson? ¿De verdad?».
Lynn irguió el mentón levemente para mostrar su decisión respondió:
—Siempre hay que mirar hacia adelante en la vida, no hacia atrás. Lo pasado, pisado.
Y al decirlo, se sintió fuerte y madura.
«Es entre Robert y yo, un asunto solamente nuestro», le había asegurado a Tom Lawrence.
Pero por supuesto, no lo era. Era la proverbial piedra arrojada al estanque; las olitas cada vez llegaban más lejos. Se trataba también de Emily y Annie…
Annie había sido una sorpresa. La resistencia de la muchachita que tantas veces tenía problemas resultaba asombrosa. A menos que se estuviera guardando todo…
—Tío Bruce me dijo que no creyera lo que dicen los chicos. Me dijo que ni siquiera les conteste. Quieren que te enojes y llores, me dijo. Pero si no haces ninguna de las dos cosas, se aburrirán y te dejarán en paz. Hablamos mucho por teléfono. Tío Bruce me da buenos consejos —terminó, decidida. Luego, cambiando de tema, preguntó: —¿Por qué ya no viene más a casa?
—Ha estado muy ocupado con los preparativos para la mudanza — explicó Lynn.
No sabía si Bruce se preocupaba más por evitar a Robert o evitarla a ella.
Deseaba que Bruce hablara con Emily, pero también estaba segura de que a ella no le diría lo mismo que a Annie. De todos modos, Emily estaba decidida a no dejarse conmover.
Al hablar con su hija, unos días después de la llamada desesperada de Robert, Lynn se encontró con un muro de resistencia.
—Mamá, estás cometiendo un gravísimo error —le había dicho en tono de desaprobación—. Gravísimo. Estuve leyendo mucho sobre matrimonios como el tuyo.
—Ya sé. Vi un libro en tu cuarto. Esas estadísticas no sirven para todos los casos, Emily. Las personas no son estadísticas.
—Pero hay un patrón de comportamiento, a pesar de lo diferente que pueda parecer cada caso. Todavía estamos con el tema del maltrato a las mujeres en el curso de sociología y te aseguro, mamá, que me dieron escalofríos. Tienes que cuidarte, mami. Ya no puedes confiar en papá. Tienes que irte, lo antes posible.
—No. Si pudieras ver a tu padre, entenderías lo que veo. Es otro hombre. Esto le ha hecho algo drástico, algo terrible.
—Puedes estar mirándolo, pero no lo ves.
—¿No tienes misericordia ni capacidad de perdonar, Emily? ¿Ni compasión?
—Sí. Compasión por ti. —Y agregó: —Bueno, mamá, tienes que hacer lo que te parezca mejor.
Ofendida y vencida, Lynn replicó con frialdad:
—Claro. ¿Acaso no es lo que hacemos todos? —Pero se ablandó e intentó nuevamente: —A pesar de sus preocupaciones, papá está esperando ansiosamente la Navidad, para que estemos juntos. ¿Te gustaría traer a Harris a cenar, también? Prepararé un festín, con bûche de Noël y todo.
—Harris tiene su propia cena familiar —respondió Emily con el tono seco que había adquirido últimamente.
—Bueno, algún día de las vacaciones, entonces.
—Veremos —respondió Emily.
¡Qué obstinada! Cuando Robert se estaba esforzando tanto por enmendar sus errores.
—No le cuentes a Emily que estoy preocupado por lo que voy a hacer — decía él todo el tiempo—. No quiero que afecte su rendimiento. Necesita tener la mente en claro.
—¿Pero qué es lo que vas a hacer? —le había preguntado Lynn, otra vez, la noche anterior.
—Todavía no lo sé. Necesito más tiempo para pensar. Mientras tanto, podemos arreglárnoslas con mi indemnización. —Hablaba con tono apesadumbrado y sus planes eran vagos, por cierto. —Algo, encontraré algo.
El día del cumpleaños de Lynn, colocó una rosa de tallo largo sobre su plato.
—Es lo mejor que puedo permitirme en este momento. No me gusta comprar joyas que no sean perfectas, lo sabes. Así que, en cambio, una rosa perfecta. —Enderezó los hombros y con una sonrisa que intentaba ser valiente, añadió: —Pero el año que viene, este mismo día, habrá una caja brillante atada con una cinta.
A Lynn no le había agradado esa imagen; tomó la rosa, tan viva en su perfecta sencillez y se la llevó a la mejilla.
—Esto está muy bien, Robert. Gracias.
Podría haberle dicho: Yo no mido las cosas por el brillo y la cinta, ¿no lo sabes, todavía?
Pero hubiera sonado mojigato y virtuoso, cosa que no era su intención, así que lo dejó ir al piano donde él le tocó una canción de cumpleaños, mientras ella terminaba el desayuno.
El día anterior, que había llovido, él se lo había pasado tocando nocturnos en el piano, pensó Lynn, mientras observaba tambalearse por el césped al bebé y caer en brazos de Robert. ¿Hasta cuándo podía seguir así? No salía a ninguna parte, ni siquiera a hacer una compra al centro comercial, por temor a encontrarse con alguien conocido.
—Tienes que salir y mantener alta la cabeza —le repetía Lynn—. Al fin y al cabo, no eres un asesino, ¿no? Además, todos los días hay algo nuevo para que la gente comente. Seguro que tu separación de GAA ya es noticia antigua, olvidada.
Pero eso no era cierto. En el supermercado, ya no había miradas curiosas ni conversaciones interrumpidas de pronto, pero el teléfono de la casa, un instrumento que había sonado con mucha frecuencia, ahora estaba mudo. Y recordó la conversación en la mesa de la cabaña de Monacco, sobre la luz en la casa vacía del otro lado donde había vivido aquella pareja «de quien nadie lo hubiera creído».
Robert la vio junto a la ventana y saludó. Ella la abrió.
—Llamó Bruce cuando habías salido —dijo él—. Está vaciando la casa y tiene algo que quiere darnos, aunque no imagino qué puede ser. ¿Quieres ir con la camioneta? Dice que lo traería él, pero que no le entra en el automóvil. ¿Puedes ir ahora?
—¿Por qué no vas tú?
—Preferiría no tener que hablar con él —suplicó Robert.
Lynn se desesperó. Vestida como estaba, sabía que se sentiría desnuda en esa habitación con Bruce, sin una tercera persona que le permitiera pasar inadvertida. Y no obstante, mientras cerraba la ventana, pensó: lo he dejado abandonado y era, es, o mejor dicho él y Josie eran nuestros mejores amigos. ¡Qué vergonzoso era haber estado tan metida en sus propios problemas como para olvidar que la pérdida de él era mucho mayor! Sí, por un lado, tenía que recordar aquella tarde; ¿cómo van a mirarse a la cara, Lynn, quieres decírmelo? Pero por otra parte… Y se quedó allí, sin querer ir y un instante después, avergonzada, deseando ir hacia allí.
Tiempo atrás, antes de la muerte de Josie, había pensado regalarle una colección de fotografías que habían tomado juntas a través de los años. La carpeta estaba en la cajonera del vestíbulo, un recuerdo de las horas radiantes que habían deseado conservar: el pícnic del 4 de Julio, los cumpleaños, las excursiones, y los sombreros ridículos la víspera de Año Nuevo. Seguramente Bruce apreciaría ese tesoro. Disfrutaría con cada migaja de recuerdos. Sí.
El estaba de pie en una casa medio vacía cuando llegó Lynn. Lo primero que notó ella fue que el sofá ya no estaba. Un par de baúles antiguos era lo único que quedaba en la habitación.
—Los nuevos dueños compraron las cosas más lindas —dijo Bruce—. El reloj que estaba bajo la escalera, la mesa, todo eso. Lo demás lo doné a la organización que ayuda a los que no tienen hogar. Ven, te mostraré lo que pensé que podía quedar bien en tu jardín. Los dueños nuevos no lo quieren.
Por la puerta del jardín, que estaba abierta, señaló la bañera para pájaros que había comprado en su único viaje al exterior con Josie. Era un gran cuenco de mármol en cuyo borde había un par de palomas de mármol, bebiendo. Bruce había hecho bromas sobre él:
—Me salió más caro mandar el maldito cacharro desde Italia que lo que lo pagué. Pero Josie se enamoró de las palomas. Y es realmente lindo, tengo que admitir.
Entonces dijo:
—¿Te gustaría tenerlo? Si es así, puedo pedirle al hijo de mi vecino que me ayude a cargártelo en el coche.
—Es hermoso, Bruce. Pero ¿estás seguro…? —vaciló Lynn.
—¿Que no volveré a usarlo? Sí, Lynn. Estoy seguro. Tuve mi tiempo para el hogar y ese tiempo ya pasó.
Qué lástima, pensó ella, sentirse tan viejo a su edad. Aunque estaba empezando a recuperar su aspecto habitual; ya no tenía la cara tan demacrada; el cuerpo trata de cicatrizar, aun cuando el espíritu no puede hacerlo. El sol brillaba sobre su pelo ondulado, desteñido por el verano. Qué curioso, pensó Lynn, no había notado que tenía pestañas doradas.
Seguían parados en la puerta. Una mariposa blanca revoloteó y se posó sobre una mata de flores secas.
—Mariposas —murmuró Lynn—. Ya casi llegamos a Acción de Gracias.
El, aparentemente sin deseos de seguir hablando, estaba inmóvil, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, los anteojos levantados contra el pelo ondulado, la mirada perdida en algo que no era la tarde serena, sino una cosa lejana, distinta.
Lynn se sintió de más y se dispuso a volver.
—¿Dijiste que el muchacho de al lado te ayudaría a cargarlo? —preguntó, vacilante.
—Sí, el hijo del vecino. Viven enfrente. Saldré por la puerta de adelante a buscarlo.
Las alacenas de la cocina estaban a medio vaciar, vio Lynn, mientras lo seguía. El suelo estaba abarrotado de cosas, había una escoba en un rincón, junto a un baúl nuevo y una pila de libros aguardaba junto a unos cajones resistentes.
—Me llevo mis libros y los de Josie; es lo único que quiero guardarme.
—Ay —dijo Lynn—, casi me olvido. Tengo una colección de fotografías que te gustará. La dejé en el coche. Se remontan hasta la época en que ustedes llegaron a St. Louis. Qué cabeza la mía.
—Has tenido otras cosas en la cabeza últimamente —comentó Bruce. ¿Cómo está Robert?
—Apagado. No lo reconocerías. Apagado y preocupado, pero no es nada comparado con cómo estaba al principio, gracias a Dios. Jamás olvidaré cómo lloró en el teléfono con Emily. Nunca había visto a un hombre expresar su angustia así, aunque no hay motivo para que no pueda hacerlo. Pero, de todos modos, mi padre, aun después del funeral de mi madre… —De pronto se dio cuenta de su falta de tino al mencionar funerales y calló.
—Sé que te quedas, Lynn. —Al ver que asentía, añadió con suavidad:
—Pensé que era probable que lo hicieras.
—Ha cambiado —le dijo Lynn y tomó conciencia de que era la misma palabra que había usado con Emily y con Tom.
A diferencia de los otros dos. Bruce no objetó, sino que la miró con una expresión de máxima dulzura. Apoyado contra la mesada, se quedó contemplándola frente a él, ambos parados en medio del desorden de un hogar abandonado. Ninguno de los dos se atrevía a hablar de lo que les pasaba por la cabeza. Lynn pensaba, mientras lo miraba, que para ella siempre había sido absolutamente imposible tener relaciones con un hombre que no fuera Robert y, sin embargo, había sucedido con Bruce.
—Es tu lealtad —dijo Bruce de pronto, como si pensara en voz alta—. Sientes su dolor como si fuera tuyo propio.
—Sí —asintió Lynn, sorprendida de que pudiera expresar sus sentimientos en forma tan acertada—. Supongo que no tiene sentido para ti. No puedes entenderlo. Y Josie se pondría furiosa conmigo si pudiera saberlo.
—Te equivocas. Josie trataría de hacerte cambiar de idea, pero te entendería. Hay muy pocas cosas que Josie no podía entender o perdonar.
Se refería a lo que había sucedido entre ambos aquel día en que ella agonizaba. A eso se refería.
—Ella no era ninguna santa —siguió diciendo Bruce—. No quiero construir falsas imágenes. Merece que la recordemos como realmente era.
¡No, santa no, con su mirada penetrante y su lengua mordaz! Solamente buena, intrínsecamente buena, hasta el último día.
Bruce hizo un gesto con las dos manos, indicando un vacío.
—Dicen que cuando te amputan un brazo o una pierna, sigues sintiendo dolor. Así que supongo que no tiene mucho sentido irme, puesto que me llevaré el dolor conmigo. De todas formas, me alivia tener esta oportunidad, aunque no a expensas de Robert, tengo que admitir.
—¿Cuándo te vas?
—La semana que viene. El martes.
—¿Por cuánto tiempo?
—Por años, espero. Me dicen que estoy subiendo por la escalera. No lo sé. Si me va bien en Budapest, habrá otros destinos, dicen. Moscú, tal vez. No me importa, Lynn. Pero los comunistas han dejado mucho por limpiar en lo que se refiere a ecología y eso sí me importa. —Sonrió. —Por las Emilys y las Annies y los Bobbies del mundo, me importa.
El gato se levantó de donde había estado durmiendo, dentro de una caja vacía, cruzó la habitación y se detuvo junto a la pierna de Lynn. Conmovida por las palabras y los recuerdos que acababan de pasar, ella se inclinó para acariciarlo y el gato levantó su carita, su boca rosada, sus asombrosos ojos azulados.
—¿De verdad quieres que nos lo llevemos, no, Bruce?
—Si todavía lo quieres.
—Puede venir conmigo ahora mismo —declaró, buscando una razón para no tener que volver a ver a Bruce, sino para irse ahora, despedirse con tranquilidad y acabar con todo—. Lo cuidaré bien. No te preocupes.
—¿Recuerdas que Josie solía decir que se había casado conmigo porque me gustaban los gatos?
—Sí, lo recuerdo. —Y pensó, aunque no lo dijo: Fue porque tus ojos sonríen, también. —¿Tienes instrucciones especiales sobre la comida de Barney y esas cosas? —preguntó, en cambio.
—Te las daré por escrito. ¿Dónde hay un lápiz? Revolvió las cosas y en un evidente intento de mostrarse alegre, siguió hablando: —Veamos, la caja para sus necesidades, la jaula para transportarlo, el collar, la correa por las dudas, comida enlatada. Ah, y cuando coman pescado, le encantan las sobras.
—¿Filet de lenguado? —rio ella, para parecer despreocupada.
El siguió su ejemplo.
—Por supuesto. Solamente lo mejor. Y de tanto en tanto, puedes darle un par de cucharadas de helado. De cualquier gusto, menos de café. No le gusta el café.
En el camino de entrada, Lynn se quedó mirando, mientras Bruce y el hijo del vecino metía la bañera para pájaros y el gato con sus pertenencias dentro de la camioneta. Llegó el momento de la partida y de pronto, no hubo nada que decir. Nerviosa por el vacío, Lynn comentó que el muchacho del vecino parecía buen chico, maduro para sus quince años.
—Eso tienes que lograr con Bobby —respondió él.
—Ojalá. Haré lo posible.
—Ya lo sé.
—Bueno, me despido, entonces —dijo Lynn y como una tonta, extendió la mano.
—¿La mano, Lynn? —Bruce le tomó la cara entre las manos y la besó suavemente. Luego la abrazó con fuerza y volvió a besarla.
—Cuídate, Lynn. Cuídate mucho.
—Y tú también.
—Me preocupo tanto por ti. Hace mucho tiempo, ya.
—No es necesario Estaré bien. Soy fuerte.
—Bueno, pero si alguna vez necesitas algo, llama a Tom Lawrence.
—No necesitaré nada. Créeme.
—Tom te tiene mucho cariño, Lynn.
Y Tom dice lo mismo de ti, pensó Lynn. Sería cómico si no fuera todo tan difícil. Y volviéndose para que no viera sus lágrimas, subió al automóvil.
—No dejes de escribirnos de tanto en tanto, sobre todo a Annie.
—Mi Annie, mi chiquita especial. Siempre estaré disponible para ella.
—Eres tan bueno… tan bueno… —Y sin poder seguir hablando, puso en marcha el motor.
Lo último que vio de Bruce cuando el coche se alejó fue el sol sobre sus anteojos y el brazo levantado en un último saludo. Lo último que vio de la casita fue la ventana de la cocina, donde todavía colgaban las cortinas a cuadritos de Josie. Lloraba tanto que apenas podía ver el camino.
Es probable que Robert tenga razón: no creo que vuelva a casarse. Está perdido. Y la palabra hizo eco: perdido. Era un tañido de campana, triste y terminante. Probablemente no volviera a verlo. Cada uno tomaría por su lado y sus caminos no volverían a encontrarse.
En casa hubo bullicio y alboroto. Inmediatamente, Annie se hizo cargo del gato.
—Soy la que más conoce —insistió—. Tiene que ser mío. Me encargaré de la comida, las idas al veterinario y todo.
—¿Y también de limpiar la caja?
—Sí. Ahora tengo que ir a presentárselo a Juliet. No creo que vaya a haber problemas, ¿verdad?
—No. Y si los hay, aprenderemos a manejarlos.
Robert seguía en el jardín, con Bobby. El niñito estaba tendido en el césped con Juliet y ambos observaban a Robert que martillaba una casa de juguete. Hace todo bien, pensó Lynn, notando la rápida destreza y la gracia masculina.
Él la vio y gritó:
—¿Te gusta? Bobby podrá usarla dentro de muy poco tiempo.
—Es hora de bañarlo. —Salió y levantó al bebé. —Uy, estás empapado. Al agua, muchachito.
El niño rio y le tiró del pelo. Robert los miró con tanta intensidad que ella le preguntó:
—¿Qué pasa?
—Nada. Son ustedes. Los dos juntos. Tu hermoso espíritu tranquilo. No los merezco.
Lynn no quería dejarse conmover. Quería paz, serenidad, practicidad amigable.
—Dejaré que la cena se caliente mientras baño a Bobby. Después tengo la reunión del campamento de Annie. Es para madres e hijas; ¿podrás acostarlo?
—Claro que sí.
—Ven a ver, cuando termines con eso —dijo desde la puerta—. Traje el gato de Bruce.
Después cerró la puerta y llevó a Bobby arriba. «Me preocupo por ti», había dicho Bruce, como dando a entender que corría alguna clase de peligro. Pero no era así, porque iba a manejar la situación. Puedo llevar adelante la casa y la familia a la perfección, se dijo, abrazando a su hijo. Puedo mantener un orden feliz y puedo hacerle frente a lo que venga.
Era fuerte, y se sentía orgullosa.
Días más tarde, fue a Nueva York para las liquidaciones que precedían la Navidad. Ahora que su futuro economía era incierto, tenía que comprar con sumo cuidado, algo que no había hecho en mucho tiempo. Mientras volvía con paso rápido hacia la estación, entre un ejército de Papás Noel de organizaciones de caridad y vidrieras decoradas con bolas de cristal y arabescos plateados, pensó si el abrigo y las polleras le quedarían bien a Annie.
Pero tenía otra cosa en la cabeza, algo que, debido a la muerte de Josie y la depresión de Robert, había quedado sepultado en un rincón de su mente. No obstante, no aceptaba su destierro sino que pugnaba por emerger, como obligándola a detenerse a considerarlo.
Había algo extraño en la conexión de tía Jean con Querida, siempre y cuando lo que había dicho Emily fuera cierto. Y siempre y cuando la tienda perteneciera a esa Querida, cosa que bien podía no ser así, pensó, buscando la sensatez.
Estaba cerca de allí y recibió un impacto mental repentino, como sucede después de un acorde, un aroma, un sabor: recordó el día en que los acontecimientos se habían estrellado unos contra otros como automóviles sobre una autopista con niebla; el ataque de Robert en la cocina, su huida a los brazos de Bruce, la despedida triste de Emily. Y le pareció que todas estas cosas estaban relacionadas de un modo que ella no podía entender, que tenían su origen en un lugar, en un momento.
Tengo que saberlo, pensó al llegar a la calle, al negocio. Con el corazón que le latía como un martillo, se quedó mirando la vidriera.
Había una hilera de cuadros de perros en exhibición. Estaban de moda en esos días, se usaba el estilo de las casas campestres inglesas, elegancia casual entre acres rurales para los hogares de gente que jamás había tenido un acre ni un perro ni los quería, tampoco, pensó, contemplando los altivos pequineses, preferidos de la reina Victoria, los deportivos setters, con las orgullosas colas erguidas. Pero allí, entre ellos, había una criatura desconocida, una bestia extraña, tan parecida a Juliet que podría haber sido ella.
Sus pies tomaron la decisión de entrar y Lynn se encontró junto al mostrador.
—Una mujer pequeña, morena, se acercó rengueando y sacó a Juliet de la vidriera.
—No es antiguo —explicó, respondiendo a la pregunta de Lynn—. Lo puse con los otros porque tiene un aire del siglo XIX. En realidad, es obra de un hombre al que le gusta retratar perros de cualquier clase.
—Es precioso.
El perro, sentado sobre unos escalones de entrada, tenía la misma expresión alerta, consternada, que ponía Juliet cuando la familia salía sin ella.
—Sí, me doy cuenta por su expresión de que le gusta mucho —comentó la mujer.
—Es el vivo retrato de nuestra perra.
A Lynn le galopaba el corazón y mientras miraba el cuadro, también observaba a la mujer. ¿No había hablado Robert acaso de «un trabajo en una galería»? Pero su «belleza» nada tenía que ver con esa persona, cuya cara angular con los chatos ojos negros estaba coronada por pelo grueso, negro. Lynn sintió una oleada de alivio mezclado con decepción. Tenía que saber, de algún modo, necesitaba ver a la mujer que había ocupado su puesto; pero por otra parte, le daba miedo.
Volvió a concentrarse en el cuadro. Sería una linda sorpresa para Robert, algo que lo alegraría. Tal vez lo colgaran en el escritorio o mejor aún, en su oficina. Por un instante, olvidó que ya no tenía oficina.
—No es caro. El precio está en la etiqueta.
El precio era muy razonable. Como era un cuadro pequeño, podría llevarlo a su casa ahora mismo. Entregó su tarjeta de crédito.
La mujer se quedó mirando la tarjeta y luego levantó la mirada hacia Lynn.
—Robert V. W. Ferguson. Así que ahora vino usted también —dijo—. Me preguntaba si vendría.
Lynn tuvo que sentarse sobre el banquito junto al mostrador, pues se le habían aflojado las rodillas.
—No… no entiendo —balbuceó.
—Su hija Emily estuvo aquí hace un tiempo, el día después de Acción de Gracias.
¿Emily, en Nueva York? ¡Pero Emily estaba en Nueva Orleans! Hablamos por teléfono el día de Acción de Gracias. Debió de venir en avión a ver a esta mujer y volver a la universidad sin avisarnos…
La mujer la observaba con franca curiosidad.
—Tenía muchas preguntas, pero no se las contesté. Es demasiado joven, demasiado dulce y joven. Además, le corresponde a usted decirle lo que sepa.
—No sé nada —susurró Lynn.
—¿Nada?
—No mucho, salvo que no se llevaban bien.
—¡No nos llevábamos bien! Va un poco más allá de eso, se lo aseguro.
Los ojos negros la atravesaban.
—Usted es una mujer bonita. Le gustaban las rubias, recuerdo.
Lynn se sintió presa de pánico. Había venido aquí en busca de ¿de qué? De alguna pista sobre Robert que otras personas —la tía Jean— habían mantenido oculta. Y ahora que estaba aquí, temblaba de miedo.