Verdades ocultas
Capítulo 07
Había pasado tantas horas en esta silla, delante de ese hombre, Kane, cuyas mejillas rubicundas, pelo canoso y hombros fuertes estaban enmarcados por una pared de libros y revistas legales, que ya se sentía casi completamente a sus anchas.
—Es curioso —dijo—, aunque sé perfectamente bien que no es cierto, todavía, después de tantos meses, tengo la sensación de que algo así puede sucederles solamente a los pobres, a los desprotegidos. ¿Cómo puede haberme pasado a mí?, me pregunto. ¿Qué tontería, no?
Kane se encogió de hombros.
—Sí, aunque mucha gente como usted se asombraría al enterarse de que el veinte por ciento de los norteamericanos encuestados opinan que está bien darle una paliza al cónyuge de tanto en tanto. ¿Sabe usted que cada quince segundos una mujer es golpeada por su marido o su pareja, en este país? No tiene nada de novedoso, tampoco. ¿Oyó hablar de la «ley del pulgar»? Viene de la ley común inglesa y dice que un hombre puede pegarle a su mujer, siempre y cuando la vara no sea más gruesa que su pulgar.
—¡Qué tonta fui! ¡Qué débil y qué tonta! —murmuró Lynn en voz apenas audible.
—Ya le he dicho hasta el cansancio que deje de culparse. Es muy fácil para el mundo verla como débil por haberse quedado tanto tiempo. Pero, para sus propios ojos, usted era fuerte, mantenía el hogar intacto para sus hijos. Quería un hogar, con ambos progenitores presentes. En ese sentido, fue realmente fuerte, Lynn.
La mente de ella corría hacia atrás en una nebulosa de años, como cuando en un tren expreso, sentada en sentido contrario al tren, uno ve pasar de un vistazo el sitio donde acaba de estar. Al mismo tiempo, su mirada se posó sobre la calle, donde una fría lluvia de abril chorreaba por la vidriera de una papelería, adornada todavía con huevos y gallinitas de papel, aunque la Pascua había pasado hacía tiempo. Qué deprimentes resultaban los adornos de las fiestas cuando estas pasaban… Robert acostumbraba teñir los huevos y esconderlos en el jardín.
—Y además, en su caso —estaba diciendo Kane—, podría decirse que tenía motivos para mostrarse esperanzada. Es lo que sucede, cuando no se tiene el beneficio del conocimiento y la experiencia con estos casos.
Formó una torre con los dedos; su pose era pontifical. A los hombres con autoridad les gusta esa pose, pensó Lynn, observándolo.
—Es un hombre extraordinariamente inteligente, según Tom Lawrence y el abogado de él. Y desde luego, estaba su estatus. No quiero decir que fuera algo que usted buscaba, pero él era admirable a ojos del público y eso debía de tener efecto sobre usted.
—Es posible. ¡Pero qué infeliz debe de haber sido en su juventud!
—Sí, pero esa no es excusa para hacer que otra persona —la esposa— pague por eso. Es que sirve como explicación, claro.
—Cuando perdió ese ascenso, perdió todo. Llegué a temer que pudiera matarse.
—Era más probable que la matara a usted, parece.
Kane se encogió de hombros otra vez. Era una costumbre molesta, pero, sin embargo, el hombre le caía bien. Era sensato y práctico.
—Tengo entendido que ha recibido una oferta de trabajo en una empresa que se instalará en México. Probablemente se alegre de ir, aunque por menos dinero del que estaba acostumbrado a ganar. Pero tuvo suerte, y su abogado es consciente de eso. Usted le facilitó bastante las cosas. Ni denuncias ni publicidad.
—Lo hice por mis hijos. Ya tienen un recuerdo terrible de lo que pasó. Annie sigue teniendo pesadillas, a pesar de que hace terapia.
—Bueno, está fuera de sus vidas, se vaya o no a México. Su abogado dice que está satisfecho con la custodia… ¡más le conviene estarlo! Sus hijos son todos suyos, Lynn. Dijo que piensa que será mejor para ellos y para él mismo no verlos.
—Mis hijas no quieren verlo. Pero es terrible para un hombre perder a sus hijos, así que, si alguna vez desean verlo, yo no me opondré. Pero, por ahora, se niegan a hacerlo.
—Y él lo sabe. Creo que se refería al varoncito.
El varoncito, ahora ya corría por toda la casa. La primera semana después de la desaparición de Robert había llamado a «papi», pero, ahora, cada vez que venía Tom, parecía estar tan cómodo jugando en el suelo con él como lo había estado con Robert.
—Bobby no lo recordará —dijo Lynn y pensó: es la segunda vez que Robert pierde un hijo.
—Bueno, entonces, como no hay objeciones, esto avanzará con facilidad. Quedará libre antes de darse cuenta, Lynn. —La miró con aire bondadoso y paternal. —¿Cómo le va con la repostería? La torta que me envió para el cumpleaños de los mellizos era espectacular. Todavía están hablando de eso.
—Estuve trabajando bastante. Un conocido le dice a otro y recibo pedidos. Pero he estado demasiado preocupada como para concentrarme en algo.
—Y con razón. ¿Tiene alguna otra pregunta que quiera hacerme hoy?
—Sí, tengo algo. —Levantó del piso una caja de cartón y se la entregó a Kane, diciendo solamente: —¿Puede dársela al abogado de Robert? Es de él.
—¿Qué es? Necesito saberlo.
—Son joyas, algunas cosas que ya no quiero.
—¿Todas sus joyas?
—Sí, todas.
—Vamos, Lynn. Eso es absurdo. Déjeme ver.
—Ábrala, si quiere.
Adentro de la caja, en sus estuches individuales de terciopelo, estaban el anillo de casamiento de brillantes, el solitario, las perlas, las pulseras y los aros, veinte años de reluciente acumulación.
—Macizas. De lo mejor —dijo el abogado, colocándolas sobre el escritorio.
—Robert nunca compraba nada barato —respondió Lynn con ironía.
Kane sacudió la cabeza.
—No la entiendo. ¿Qué está haciendo? Estas alhajas son suyas.
—Eran mías, sí, pero ya no las quiero.
—No sea tonta. Cuando esto termine, recibirá una suma insignificante, lo sabe. Aquí debe de haber más de cien mil dólares en joyas.
—No podría volver a usarlas. Cada vez que las tocara, pensaría… — Apoyó un dedo sobre la pulsera de piedras redondas en hilera, esmeralda, rubí, zafiro, esmeralda, rubí… —Me traerían demasiados recuerdos.
Recordaría la alianza de diamantes el día de la boda: flores, raso y nubes pasajeras. Recordaría los aros comprados la semana que concibieron a Bobby, cuando el viento susurraba entre las palmeras. Recordaría el banco junto al lago en Chicago, la noche helada, ventosa, la desesperación, la pordiosera riendo. Y apartó el dedo, como si las joyas fueran venenosas.
—Entonces véndalas y guárdese el dinero. No tendrá nada que le traiga recuerdos. —Kane rio. —El dinero no tiene nada de sentimental.
—No, quiero cortar del todo, limpiamente. Consiga todo lo que pueda para mis hijos del hombre que es su padre. Para mí, no aceptaré nada, solamente la casa o lo que quede de la venta después que se salde la hipoteca.
Kane volvió a sacudir la cabeza.
—Usted es increíble, ¿sabe? No sé qué pensar de usted.
La miraba tan fijamente que Lynn se preguntó si la vería con admiración o si la estaba descartando como una excéntrica digna de lástima.
—Nunca tuve una clienta como usted. Pero, bueno, Tom Lawrence me dijo que era única.
Lynn sonrió.
—Tom exagera.
—Siempre se preocupa por usted.
—Ha sido un verdadero amigo en todo este dolor. Conmigo y con mis hijos. Annie lo adora.
Annie pregunta: ¿Te casarás con Tom, mami? Espero que sí.
Y Emily, y hasta Eudora, ponen cara rara cada vez que se menciona su nombre, la misma cara que está poniendo Kane ahora.
Bueno, es maravilloso sentirse querida, pensó, y tal vez lo acepte cuando quede libre, pero por ahora, no estoy preparada.
—A propósito, el abogado mencionó algo sobre los libros de Robert. Querrá venir a buscarlos. Le haré saber la fecha. Tal vez sea mejor que usted los embale, para que pueda llevárselos rápido. Y tiene que haber alguien en la casa con usted cuando llegue él.
—Lo haré.
—La casa debería venderse rápido. Aun con el mercado alicaído, los mejores lugares tienen mucha demanda. Es una lástima que la hipoteca se lleve casi todo.
—Sí, una lástima; para mí fue una sorpresa, también.
Lynn se puso de pie y le tendió la mano. Él se la estrechó y se la retuvo un momento, mientras le decía con gentileza:
—Ha tenido más sorpresas en su corta vida que las que esperaba, me parece.
—Sí. Y lo más sorprendente es el misterio.
—¿El misterio?
—Que cuando está todo dicho y todo hecho, cuando está todo explicado, todavía no sé por qué…
—¿Por qué, Lynn?
—Por qué lo amaba con toda el alma.
Lo que tendría que hacer usted es volver a casarse —declaró Eudora unos meses más tarde—. Es de esas personas tienen que estar casadas.
—¿Le parece?
Eudora se había ido convirtiendo en una gallina clueca, cuidaba a sus pollos y repartía consejos y compartía preocupaciones. Se quedaba a dormir varias noches por semana en la casa, según decía porque «extrañaba a Bobby», probablemente porque temía que, a pesar de las cerraduras nuevas y las alarmas antirrobo, Robert pudiera meterse en la casa.
Resultaba natural, entonces, que un par de mujeres en una casa sin hombres desarrollaran la clase de relación estrecha que le permitía a Eudora decir lo que acababa de decir.
—Estaba pensando que quizá no le convenga firmar los papeles para vender la casa, todavía. —Hablaba de espaldas a Lynn, mientras lustraba las ollas con fondo de cobre. —Tal vez quiera quedarse aquí, quién sabe — añadió y no dijo nada más.
Por supuesto, todos sabían a qué se refería. Tom Lawrence estaba en la mente de toda la familia, incluida la de Lynn. Las dos chicas, Annie y Emily, que había venido a pasar el fin de semana de Acción de Gracias, estaban almorzando en la mesa de la cocina e intercambiaron miradas traviesas.
—No voy a quedarme en esta casa —dijo Lynn con firmeza, mientras rompía huevos para hacer un bizcochuelo—. Ocho, nueve… no, ocho. Me ha hecho perder la cuenta. Me he quedado aquí hasta ahora porque el abogado me recomendó que lo hiciera hasta que todo esté resuelto.
Divorcio era una palabra fea y fría y no le gustaba decirla. Todo la reemplazaba muy bien.
—¿Y cuándo será eso? —quiso saber Emily.
—Pronto.
—Pronto —gritó Bobby, que empujaba un autito de madera por entre los pies de todo el mundo.
—Repite todo. Y sabe un montón de palabras. ¿Crees que mente entiende lo que dice? —preguntó Annie.
Eudora respondió de inmediato.
—Por supuesto. Es un muchachito muy inteligente. Un muchachito muy inteligente, ¿no es así, mi precioso?
—Se vuelve loco por Tom —le contó Annie a Emily—. No lo has visto juntos tanto como yo. Tom se pasa media hora en el suelo con él cada vez que viene a buscar a mamá para salir.
La estaban presionando para sonsacarle información; Lynn se daba cuenta. Lo que querían era alguna certeza: junto con el alivio de saber que el horror, los horrores por los que habían pasado no se repetirían, se sentían algo perdidas. No había ancla ni destino; la familia flotaba, sencillamente. Querían saber, entonces, lo que vendría y ella no estaba preparada para responder a esa pregunta.
—Voy a probar una receta nueva con el pavo que sobró —anunció, en cambio—. La salsa tiene higos negros. Suena bien, ¿no?
—¿Por qué, qué festejamos? —preguntó Emily—. ¿Quién viene?
—Nadie. Celebramos que estás en casa. ¿Quieres invitar a Harris?
—Gracias, mami. Lo voy a llamar.
—¿Y Tom?
—No, pero estará mañana a la tarde. Tiene que venir tu padre a buscar los libros.
Lynn se estremeció de temor, a pesar de su voluntad. No había visto a Robert desde aquella noche horrenda. Y ahora, mientras batía la masa amarilla, el temor creció dentro de ella. Pero iba a estar con Tom…
—Eudora va a poner a Bobby en el cuarto mientras él esté aquí y les voy a pedir que no estén en casa. Vayan a lo de alguna amiga, o al cine, si quieren.
—De acuerdo —dijo Emily alegremente—. Se puso de pie y apoyó la mejilla contra la de Lynn. Sé que te preocupas por nosotros. Pero Annie y yo ya estamos bien, estamos fuertes. Tan fuertes como podría esperarse y eso es bastante, me parece.
—Gracias, tesoro, gracias.
Tan fuertes como podía esperarse. No, nadie nunca terminaba de sobreponerse a lo que ellas habían visto. Las acompañaría durante el resto de sus vidas y tendrían que abrirse camino a pesar de eso. Y era lo que estaban haciendo; en su segundo año, Emily tenía un buen promedio y Annie… bueno Annie avanzaba despacio, a su manera.
Instantes después, a solas en la cocina, los pensamientos de Lynn se centraron en Tom. No había hombre que pudiera ser más atento. Durante todos esos meses de problemas, siempre había estado allí, fuerte como una roca, permitiéndole apoyarse en él. Y a medida que los problemas comenzaron a disminuir, poco a poco, a quedar en el pasado, sobre todo en estos últimos meses, Lynn había empezado a sentir vez otra el despertar de la alegría y la diversión. Bailaron, rieron y bebieron champagne para conmemorar el día en que desapareció su última cicatriz. Tom le había traído otra vez la alegría que lo rodeaba aquella noche fatídica de la cena en su casa.
Nunca la besaba ni la acariciaba y eso la desconcertaba, pues ¿cuántas veces desde que se conocían le había dicho que era hermosa? No era que ella quisiese que lo intentara; de hecho, lo hubiera detenido, pues algo había muerto dentro de ella. Tal vez él lo intuía y simplemente se mostraba paciente. Pero la preocupaba pensar que tal vez nunca volviera a ser la mujer apasionada de antes.
Y Robert siempre había dicho: «Al mirarte, nadie lo diría».
No obstante, estaba segura de que Tom terminaría por pedirle lo que las chicas estaban esperando. A veces le parecía que cuando llegase ese momento, tendría que decirle que no, porque lo que faltaba, suponía, era el doloroso, maravilloso ardor que dice: Tú y nadie más por el resto de nuestras vidas. ¿Pero, y por qué no él, con su inteligencia, su humor, su encanto y su bondad? Una mujer tiene que tener un hombre, un buen hombre. Era terrible estar sola, enfrentar sola los largos años de camino en descenso.
Tendría que decidirse y pronto. Pues esa misma mañana, por teléfono, él había aceptado su invitación a quedarse a almorzar después de la venida de Robert:
—Sí, me quedaré. Hace tiempo que quiero hablar contigo.
El día era diáfano. Lynn había pensado con esmero lo que se pondría, rojo oscuro si llovía o, si había sol, el azul más claro que tuviera. Cuando terminó de vestirse, se estudió desde la punta de los zapatos azules de taco bajo hasta el pelo rubio bien peinado y se declaró satisfecha como no lo había estado en mucho tiempo. La sencillez podía resultar atractiva, sin necesidad de alhajas.
Eudora le dirigió una mirada penetrante cuando bajó.
—Está preciosa, señora Ferguson. —Y asintió, como si hubiera complicidad entre ellas.
Eudora creía que el vestido era en honor a Tom, cosa que era cierta, pero de un modo extraño, también lo había elegido para beneficio de Robert; que viera, sobre todo con Tom en la casa, que Lynn seguía siendo atractiva y deseada.
Los libros estaban embalados y las cajas, en el vestíbulo. Tom ya estaba allí cuando el coche se detuvo en la entrada.
—Trae al conductor para que lo ayude a cargarlos —le informó a Lynn que estaba semioculta en la sala—. ¿Tienes miedo? ¿Por qué no vuelves al escritorio?
—No. No sabía por qué quería ver a Robert; tal vez fuera solamente curiosidad morbosa.
Tenía puesto un impecable traje azul. Lynn no supo si sorprenderse o no por el hecho de que estuviera tan perfecto y digno como siempre.
Robert y Tom no se saludaron. Cargar los libros significó varias idas y venidas y todas se hicieron en silencio. Lynn había pensado y temido que tal vez él intentara hablarle y suplicar, pero Robert no pareció notar su presencia.
En el último viaje, Eudora salió de la cocina para dedicarle una sonrisa vengativa al pasar.
Ay, no, Eudora, no lo haga. Es tan triste. Tan triste. Usted no comprende. ¿Cómo puede comprender, como puede entenderlo alguien que no seamos Robert y yo?
En la puerta, Juliet apareció, moviendo la cola al ver al hombre que había sido su preferido en la familia. Al verlo inclinarse para acariciar a la perra, Lynn corrió hacia la puerta. Algo la impulsaba y la mano de Tom no pudo detenerla.
—Robert —dijo—. Lamento tanto, tanto que nuestra vida taya terminado así.
El levantó la mirada. Los ojos azules, su mayor belleza, se habían vuelto de hielo; sin responder, le dirigió una mirada de furia tan helada, de fuerza tan implacable y carente de perdón, que involuntariamente, Lynn dio un paso atrás, para quedar fuera de su alcance.
Tom cerró la puerta. Ella fue a la ventana para ver a Robert bajar por el sendero; era como si quisiera asegurarse de que se había ido realmente.
Cuando Tom le puso una mano tranquilizadora sobre el hombro, ella estaba susurrando:
—Y pensar que era toda mi vida, mi mundo. No lo puedo creer.
Con la otra mano, él la obligó a volverse.
—Escúchame bien; se terminó todo —dijo en voz baja—. Basta, deja que se termine. Bueno, creo que me prometiste un almuerzo.
Sobre una mesita, delante del ventanal, ella había puesto la mesa para dos con un centro de mesa de diminutos crisantemos rosados.
—Si no se puede comer afuera cuando llega el frío, al menos se puede mirar hacia afuera —dijo, para empezar la conversación.
Y siguió la mirada de él hacia el jardín, que seguía de un color verde esmeralda, a pesar de que los árboles que extendían sus ramas oscuras hacia el cielo, estaban completamente desnudos.
Hablaron y Lynn se dio cuenta de que eran trivialidades, que a pesar de la confianza que había entre ellos, por debajo corría un cierto nerviosismo. El momento se acercaba. Antes de que fueran a abandonar esa habitación, estaba segura de que se habría hecho una pregunta de suma importancia. Era increíble que todavía no supiera qué respuesta daría, aunque con el correr de los minutos, le parecía que tenía que ser afirmativa.
Con aire pensativo, Tom peló una pera, comió un bocado, la hizo a un lado y comenzó:
Hemos hecho crecer una relación especial entre los dos, ¿no es así? —Y se detuvo, buscando confirmación. Lynn se la dio.
—Es cierto.
—Hay cosas que quiero decir, cosas en las que he estado pensando desde hace tiempo. Lo que trajo todo a este punto culminante es que has llegado a un hito en tu camino. Kane me dijo el otro día que estás por quedar libre. — Tomó la pera, pero volvió a dejarla en el plato. —No estoy diciendo nada con claridad, me parece…
—Eso no es habitual en ti —respondió Lynn con ligereza.
—No, es cierto. Por lo general, soy muy seguro de mí mismo. Y no doy vueltas, voy directo al grano.
—Uy, sí —replicó ella, todavía con ligereza—. Lo descubrí un día en la piscina del club.
Tom rio y ella pensó: se comporta como un chico, un muchacho que tiene miedo de que lo rechacen.
—Bueno —continuó Tom—, es mejor que reordene mis pensamientos, que empiece desde el principio. Recuerdas que te conté que aquella noche en casa, mientras bailábamos, tenía la intención de llevarte bailando directamente a la cama, eras tan fresca, tan ingenua, tan dulce… y yo siempre he tenido éxito con las mujeres. No se puede decir una cosa así en 1990, así que perdóname por decirlo, ¿eh? Y no te ofendas.
—No; bueno, sigue.
—Aparte de eso, me equivoqué al estar tan seguro de ti aquella noche. Lo comprendí más tarde y sentí vergüenza, sobre todo a la mañana siguiente, cuando vi en el problema que te habías metido. Por nada del mundo iba a agregarle complicaciones a tu vida. Debes de estar preguntándote a qué viene toda esta palabrería…
—Que quieres ser sincero acerca de tus sentimientos, ¿no?
—Exacto. Sincero y franco, lo que me trae al presente.
Se detuvo para beber un trago de agua que, sin duda, no necesitaba; era solo una forma de estirar el momento. Tenía tres profundas líneas de preocupación en la frente.
—Bueno, lo que quiero decir es… ay, caramba, qué difícil es… creo que hemos llegado al punto en que deberíamos dejar de vernos.
—¿Dejar de vernos? —repitió ella.
—¡Ay, Lynn, si supieras cómo he sufrido por esto! Lo pensé y repensé mil veces. Creo que tendría que haberle puesto fin hace meses, pero no podía hacerlo porque no quería hacerlo. Pero ahora sé que es necesario. No sería justo para ti ni para mí que siguiéramos engañándonos.
Tom tomó otro sorbo de agua y para disimular su agitación, se acomodó la correa del reloj. Lynn estaba ardiendo de vergüenza, la sangre le latía en el cuello.
—No me has engañado para nada —exclamó—. ¡No sé de dónde sacaste esa idea!
Él le tomó ambas manos. Lynn trató de soltarse, pero Tom se lo impidió.
—Tú no te conformarías con una aventura, Lynn, y yo sí. Pero yo no quiero volver a casarme. No soy hombre para empezar otra vida criando a una adolescente y a un niñito. Jugar con Bobby una hora es algo muy distinto. No seríamos felices ninguno de los dos.
Qué ironía increíble, pensaba Lynn. Qué tonta fui al haberme sentido tan segura, al haberme equivocado así…
Tom le apretaba las manos con fuerza, mientras hablaba en tono vehemente y triste.
—Lynn, si empezara mi vida otra vez, sin todas las experiencias que tuve, buscaría una esposa como tú. No he conocido a ninguna otra mujer con quien me hubiera gustado tanto pasar el resto de mi vida. Si te hubiera conocido en un principio, hubiera descubierto cosas de mí mismo… Me he divorciado dos veces, como sabes, y he tenido muchas relaciones pasajeras. Ahora vivo a mi modo, sin obligaciones. Es una larga historia. No, no saques las manos, por favor. Sé que no me pediste que me psicoanalice aquí, pero tengo que decírtelo… no te haría feliz, Lynn, a largo plazo no te haría feliz. En la clase de vida que llevo, con las personas que conozco, somos muy cautelosos los unos con los otros. No creemos en las cosas perdurables.
—Yo tampoco pretendo nada. Ya no. Y no tienes por qué decirme todo esto.
—Pero quería decírtelo. Necesitaba hacerlo, porque algún día, espero que encuentres a alguien estable y permanente, no como yo. Yo hubiera podido ser así, de eso me he dado cuenta. Pero ahora… bueno, ahora ya es demasiado tarde para convertirme en un tipo fiel, y eso también lo sé.
—Robert era fiel —comentó ella sin lógica alguna, e hizo una mueca.
—Sí. ¿Qué raro, no?
Lynn se soltó de las manos de Tom. Él no opuso resistencia.
—Te he herido. Herí tu orgullo y no era lo que quería hacer.
—¡Orgullo! —ironizó ella.
—Sí, ¿por qué no? Tienes motivos para eso. ¡Ay, sabía que con mi torpeza no iba a poder explicártelo bien! Pero no podía sencillamente dejar de llamarte y de verte, ¿no? ¿Sin darte explicaciones? Hubiera sido peor dejarte pensando qué había pasado. Lo que quiero es que sigas adelante, Lynn, y no puedes hacerlo conmigo o con otro hombre dando vueltas a tu alrededor.
Ella seguía sin decir nada, mientras pensaba. He sido rechazada. La idea le dolió. Una mujer despreciada.
Sin embargo, no la había despreciado.
—¿Lynn? Escúchame. Yo no quería engañarte, aun a pesar de que dices que no esperabas nada.
—Y es así —declaró, con la frente alta.
—Entonces, me alegro. Bastante has sido engañada, ya.
Cuando se levantó de la mesa, ella también lo hizo y le preguntó con dignidad si ya se iba.
—No. Sentémonos en alguna otra parte, si me lo permites. Tengo más cosas que decir.
Se sentó en un sillón junto al fuego y suspiró. Lynn nunca lo había visto tan preocupado.
—¿Te conté, una vez, recuerdas, que solía tomar casos de divorcio? Dejé porque me hacía mal. Demasiadas lágrimas, demasiado rencor y sufrimiento. El precio era muy alto. Pero lo que me dejó como enseñanza fue que ahora veo a las personas —y me incluyo— con mucha más claridad que antes.
—Bien; me dices entonces que me case con un hombre fiel y permanente, un hombre que esté dispuesto a manejar a mis hijos. Pero eso no es lo que deseo. Por ahora, no quiero volver a depender de un hombre.
—¡Exacto! —La palabra retumbó en la habitación. —¡Exacto! Lo que iba a decirte es que no te busques ningún hombre. Por ahora, no. Búscate a ti misma, nada más. Ponte en orden. No necesitas a nadie. Ese ha sido tu problema, Lynn.
—¿Qué haces, ahora, me retas? —El día había sido horrible, primero ver a Robert y ahora soportar esa humillación, porque al fin y al cabo, era una humillación. —Si me estás retando, eres inhumano.
—Lo siento. No quise que sonara así. Sucede que sé lo que eres y lo que puedes ser. Quiero que des tu máximo, Lynn. —Terminó en voz baja. — Robert no lo quería así. Quería que dependieras de él.
La mano derecha de ella buscó la izquierda, para hacen girar los anillos que ya no estaban allí. Lo recordó y apoyó las manos sobre los apoyabrazos del sillón. Vio la mirada consternada de Tom y admitió:
—Hasta el día en que se fue, nunca había hecho el balance de un resumen de cuenta. Y pocas veces había firmado un cheque.
—Pero ahora haces ambas cosas.
—Claro que sí. Tuve que hacerlo.
—Dime, ¿qué pasó con Platos Deliciosos?
—Ya sabes lo que pasó. Tuve a Bobby, en cambio.
—¿Por qué no puedes tener las dos cosas? —preguntó Tom con suavidad.
Lynn sacudió la cabeza.
—La sola idea me aturde. Manejar dinero y un niño, un lugar… el tiempo… no sé por dónde empezar.
—Ahora no lo sabes, pero puedes aprender. Hay personas que te pueden aconsejar sobre cómo iniciar una empresa, dónde conseguir a alguien que te cuide el bebé, todo lo que necesitas saber. Sal al mundo, Lynn. No es tan hostil como muchas veces parece.
Por un instante, sus ojos chispearon, pero la expresión preocupada le volvió en seguida y le pidió, como quien pide un favor:
—¿No podrías intentar mirar de frente la realidad de las cosas?
Lynn sonrió apenas.
—Sí, es lo que siempre decía Josie.
—Y tenía razón.
El gato entró desde la cocina, meneó la cola y se echó a los pies de Tom.
—¿Está a sus anchas aquí, no? ¿Qué sabes de Bruce?
El cambio de tema la alivió.
—Envía postales con paisajes pintorescos. Nos escribe a Annie y a mí, nos cuenta del trabajo, que parece estar yendo bien, pero aparte de eso, no dice demasiado.
—Yo también recibí una postal, unas pocas líneas, algo melancólicas, me parecieron.
—Nunca se sobrepondrá a la pérdida de Josie.
—Creo que jamás sentí algo de esa intensidad —dijo Tom, pensativo—. Me parece que me he perdido algo.
—No. Diría que tienes suerte.
—No lo dices en serio.
—Bueno, tal vez no.
—¿Pensarás en lo que te dije? ¿Sí, Lynn?
Fue su mirada, afectuosa y preocupada, lo que finalmente la atravesó y mitigó su pesar. Viendo que él se disponía a irse, se puso de pie y se acercó a tomarle la mano.
—Eres el mejor amigo que una persona podría desear. Y sí, pensaré seriamente en lo que me has dicho.
Así terminó, y por segunda vez ese día, se quedó junto a la ventana viendo a un hombre alejarse de su vida.
Le había dicho unas cuantas verdades duras: Ponte en orden. Sé lo mejor que puedas ser.
En cierto modo, esas recomendaciones la asustaban. En realidad, podía, quería y tendría que comenzar a ganarse la vida de nuevo. Ya había estado pensando en refrescar sus habilidades secretariales, alquilar un departamento y ahorrar las inevitables emergencias lo que pudiera quedarle después de que se pagara la hipoteca.
Sería un magro ingreso para una mujer con familia, pero resultaría manejable: un horario siempre igual, lo que facilitaría la búsqueda de una guardería para Bobby. Pero eso no era lo que Tom había querido decir cuando le pidió que «fuera lo mejor que pudiese ser».
Entró en la cocina y se quedó allí, mirando a su alrededor. Todo relucía, todo estaba lustrado, desde las ollas hasta los mosaicos, desde las hojas húmedas de las violetas africanas a las elegantes tapas de los libros de cocina en los estantes. Sobre la mesada, unos duraznos ostentaban sus mejillas cremosas dentro de un recipiente de vidrio y la lechuga morada recién lavada goteaba desde el colador a la pileta. Tomó conciencia de que esta habitación era el único lugar de la casa que había sido completamente suyo; aquí había trabajado hora tras hora, cantando, feliz.
Sin saber por qué, tomó un libro de recetas de un estante; abrió en la tarta de almendras que había hecho para aquella fatídica cena en lo de Tom Lawrence. Y se quedó allí con el libro en la mano, pensando, pensando…
Le Cirque, habían dicho, felicitándola. Los mejores restaurantes de París… Bueno, eso era algo exagerado, absurdo… ¿O no?
Volvió a la sala en la que había estado con Tom. «Ponte en orden», le había dicho. Así que, posibilidades había. Uno empezaba lentamente, tomaba cursos, estudiaba, aprendía. Todo el mundo lo hacía, ¿no? Uno aceptaba lo que podía llamarse un riesgo cauteloso…
Después de un rato, supo lo que tenía que hacer. Lo importante era actuar rápido. La vacilación solo daría lugar a motivos para no mudarse. Fue al teléfono y llamó a su herma Helen.
—Tengo una sorpresa para ti —anunció.
La voz de Helen tenía una nota de curiosidad.
—Creo que sé de qué se trata.
—Apuesto a que no.
—Se trata de un hombre llamado Tom. Emily y Annie me han estado contando cosas. ¿No es el que te regaló la silla tapizada para Bobby?
—Tienes una memoria de elefante. No, no se trata de él ni de ningún otro hombre. Se trata de mí y de lo que voy a hacer con mi vida. Voy a ponerme a trabajar por mi cuenta.
El entusiasmo le burbujeaba en la garganta. Era asombroso cómo una idea, al ponerla en palabras, se volvía tan factible, tan inevitable, tan llena de vida.
Casi pudo sentir la reacción de Helen, como si el teléfono pudiera transmitir la respiración contenida, la boca abierta, los ojos enormes.
—¡Trabajar por tu cuenta! ¿En qué, por Dios?
—Servicios de comidas, por supuesto. Al fin y al cabo, lo que mejor hago es cocinar. He estado haciendo tortas por pedido, pero de eso no podemos vivir.
—¿Cuándo lo decidiste?
—Hace un par de horas.
—¿Así nomás? ¿De un momento a otro?
—Bueno, no. Hace años que tengo esa idea, que juego con ella. Y ahora se me ha dado todo. Tengo la oportunidad y la necesidad de hacerlo.
—Y el coraje —dijo Helen con voz seria—. Pero se necesita dinero para abrir un negocio. ¿Tu abogado te consiguió algo más de Robert?
—Nada nuevo.
—No es mucho, Lynn.
—No aceptaría más dinero de él ni aun si lo tuviera.
—Pues yo, sí. Eres el colmo, te lo aseguro. ¿Y dónde pondrás esta empresa, se puede saber?
—En alguna parte de Connecticut. Pero aquí, no. Quiero mudarme.
Hubo un silencio.
—¿Helen, me oyes?
—Sí. Estoy pensando. ¿Ya que quieres mudarte de donde estás, por qué no mudarte a lo grande e irte bien lejos?
—¿Adónde, por ejemplo?
—Aquí, por ejemplo. Has estado lejos solamente cuatro años y todo el mundo te conoce. La gente te dará una oportunidad, aquí. ¿No te parece razonable?
Lynn se quedó pensando un buen rato. Tenía sentido, sí. No se le había ocurrido volver a «casa» porque era como buscar refugio en la familia y en un lugar conocido. ¿Pero qué tenía eso de malo?
—¿No te parece razonable? —repitió Helen.
—Sí. Sí, creo que sí.
—¡Será estupendo tenerte aquí de nuevo! ¡Darwin —la oyó gritar Lynn —, ven a escuchar las noticias! ¡Lynn vuelve a casa!
La casa, con todo el mobiliario, se vendió de un día para otro. Una pareja formal, impresionada por la elegancia de las habitaciones formales de Robert, la recorrió una sola vez e hizo una oferta razonable al día siguiente.
Con excepción del contenido de la cocina y los libros familiares, había poco que llevar. Estaba el escritorio de Emily y la bicicleta de diez velocidades de Annie; ante la sorpresa de Lynn, ella también pidió conservar el piano, aunque no lo había tocado desde aquella noche. Con cuidado, en una caja forrada con papel de seda, Lynn embaló cuadros y fotografías, recuerdos atesorados de sus padres el día de su boda, de sus abuelos y de sus hijos, desde el nacimiento hasta la graduación. Una vez que terminó, se quedó vacilando, con el retrato de Robert enmarcado en plata entre las manos. Como si tuvieran vida, sus ojos la observaban. Sintió un impulso de arrojarlo a la basura, con marco y todo, mientras que por otra parte, pensó que otra generación, tal vez en el siglo XXI, sintiera curiosidad por ver cómo era un bisabuelo. Para entonces, ya nadie sabría cómo había sido Robert Ferguson realmente y sus descendientes podrían elogiar su estampa distinguida y complacerse ante ella. Así que la dejaría envuelta en el desván hasta ese momento.
Dos acontecimientos inesperados sucedieron justo antes del día de la mudanza. El primero fue una visita de domingo a la tarde hecha por el teniente Weber y su esposa.
—No sabíamos si nos recibiría —dijo el teniente, cuando Lynn abrió la puerta—. Pero Harris nos lo aseguró. Quería viniéramos a despedirnos.
—Me alegro de que lo hayan hecho —respondió Lynn con sinceridad. Era bueno irse de un lugar sin dejar atrás rencores de ninguna clase.
Cuando se sentaron, la señora Weber explicó:
—Harris pensó que… bueno, puesto que se van, teníamos que conocernos y no terminar como desconocidos —concluyó, acentuando la palabra desconocidos. Supongo que lo dijo por si él y Emily… —se interrumpió de nuevo.
Lynn acudió a su rescate.
—Por si se casan, quiere que seamos amigos. Pero claro que sí. ¿Por qué no íbamos a serlo? Nunca nos hemos hecho nada malo.
—Doy gracias de que lo sienta así —acotó Weber—. Traté de hacer lo mejor, pero lamentablemente, no salió bien.
—Todo aquello ya parece perdido en el pasado —sonrió Lynn—. ¿Pueden creer que ya están a mitad del segundo año?
—Y con tan buenas calificaciones —asintió Weber—. Parecen competir entre ellos, ¿no? En el último examen, Emily lo superó, pero a Harris no le molesta. Hoy en día, es diferente. Cuando yo era chico, no me hubiese gustado que a mi novia le fuera mejor que a mí.
—Sí, es cierto, las cosas son diferentes —respondió Lynn.
Fue fácil hablar con ellos, una vez que la mujer perdió su timidez inicial. Muy pronto, Lynn se descubrió contándoles sus planes, el local que había alquilado y la casa que Darwin les había encontrado.
—Los tíos de mi cuñado se mudaron a Florida, pero no quieren vender la casa de St. Louis porque el mercado está tan mal. Así que me permitirán vivir ahí por un alquiler mínimo, nada más que para que la cuide. Seremos niñeros de la casa.
La señora Weber echó una mirada a la sala, que estaba tan elegante como siempre, salvo por la funda que cubría el sofá manchado de sangre. Lynn comprendió la mirada y respondió:
—No echaré nada de esto de menos, ni siquiera la cocina.
—Sí, Emily nos habló de su cocina.
—Se la mostraré antes de que se vayan. Es espectacular, sí. Con mi último dinero, mi único dinero, me pondré una igual en el local. Es una lotería y estoy dispuesta a apostar.
La conversación siguió su curso: hablaron de Emily y Harris, con orgullo y preocupación. Admiraron la cocina y se fueron.
—Nada afectados —se dijo Lynn, una vez que se hubieron marchado—. Si lo de Emily y Harris llega a algo, estará en buena compañía. Son gente excelente.
El segundo acontecimiento inesperado lo originó Eudora. Se echó a llorar.
—Nunca creí que se iría de aquí. Estaba segura de que usted y el señor Lawrence…
—Pues se equivocó. Todos se equivocaron.
—Extrañaré a mi muchachito. Y a Annie. Y a usted también, señora Ferguson. Pensaré en usted cada vez que prepare los crêpes que me enseñó a hacer. Me enseñó tantas cosas. La voy a extrañar mucho.
—Y nosotros a usted, Eudora, lo sabe, ¿no? Pero no puedo seguir pagándole. Y la casa no es nada parecida a esta. Es chiquita, cualquier mujer podría tenerla impecable con una mano atada en la espalda.
Eudora se quedó pensando en eso. Luego su rostro se iluminó con una idea.
—Va a necesitar alguien en el local, ¿no es así? ¿Cómo va a cocinar, hornear y servir usted sola?
—No voy a poder, por supuesto. Tendré que buscarme una ayudante, tal vez dos, si tengo suerte y el negocio marcha bien.
—No tendrían que ser expertas como usted, ¿no? Es decir, serían personas que harían lo más fácil y a las que usted les iría enseñando.
Hubo un silencio. Y de pronto, el rostro de Lynn también se iluminó. ¿Por qué no? Eudora aprendía rápido y se la veía tan esperanzada, mirándola con anhelo y súplica en los ojos.
—¿Eudora, me está diciendo que usted se…?
—Le estoy diciendo que me gustaría que me llevara con usted.
Llegó el día en que el camión que trasladaría el piano y las demás cosas subió por el camino de entrada. Era un día gris, bajo un cielo inmóvil. El grupito, casi tan desamparado como el aire gris, se paró en la puerta de entrada a ver cómo sus pocas pertenencias iban a parar dentro del camión.
—¡Espere! —dijo Lynn al conductor—. Hay algo en el jardín atrás de la casa. Es una bañera para pájaros, un fuentón enorme. ¿Cree que habrá lugar?
El hombre sonrió, divertido.
—¿Una bañera para pájaros, señora?
—Sí, es muy valiosa, es de mármol, con palomas en el borde y no quiero que se raye ni se quiebre.
—Muy bien. Le haremos lugar.
—¿Mami, para qué la llevas? —preguntó Annie.
—No lo sé. Porque la quiero tener, nada más.
—¿Por qué te la regaló tío Bruce?
Esta chiquilla perspicaz trataba de leerle la mente.
—Sí, tal vez. Trae a Barney dentro de la jaula y ponle la correa a Juliet. No olvides la comida y un recipiente para agua. El viaje es largo.
Y el momento llegó. El camión se alejó, dejando la camioneta familiar sola, en la entrada. Por un momento, todos se volvieron hacia la casa para mirarla por última vez. Serena como siempre, se erguía entre los jardines y la colina, aguardando a los nuevos ocupantes como una vez los había esperado a ellos.
—Esta casa no nos va a extrañar —declaró Lynn— y nosotros tampoco la extrañaremos a ella. Vamos, todo el mundo al coche.
La camioneta iba llena. Annie viajaba adelante, Eudora y Bobby iban en la segunda fila y en la tercera, junto a Barney en la jaula, iba Juliet, orgullosamente erguida, con la cabeza casi rozando el techo.
—¡Partimos! —exclamó Lynn. Y sin poder aprehender realmente el tumulto de incertidumbre, esperanza y coraje que le corría por las venas, solo atinó a repetir la palabra, lanzándola con valor al aire silencioso: —¡Partimos!
La camioneta bajó por el camino de entrada, giró al llegar a la calle y tomó hacia el oeste.