Verdades ocultas

Belva Plain · Capítulo 1 de 8

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Verdades ocultas

Primera Parte

 

Primavera de 1985

Capítulo 01

Al esquivar la mano de Robert, la mano furiosa dirigida hacia cara, cayó y se golpeó contra el borde de la puerta abierta del armario. Ahora, en el suelo, aturdida por una oleada de dolor, se apoyó contra la pared, se tocó la mejilla y, como maravillada, contempló la sangre entre los dedos.

Los ojos y la boca de Robert se habían convertido en tres agujeros redondos y oscuros en el rostro.

—¡Ay, Dios mío! —Se arrodilló junto a ella. —Déjame ver. No, Lynn, ¡déjame ver! Gracias a Dios no es nada. Apenas un raspón. Un accidente… buscaré una toalla y hielo. Ven, te ayudaré a levantarte.

—¡No me toques, maldito! —Alejó la mano de él de un empujón y se incorporó, sentándose después sobre la cama, entre las valijas. La cara le ardía; tocó con los dedos la hinchazón en el pómulo. Otra hinchazón, de furia y lágrimas, le cerró la garganta.

Robert iba de un lado a otro entre el dormitorio y el baño.

—Caray, ¿dónde está la hielera? En un hotel de primera clase como este, se supone que… ah, aquí está. Recuéstate. Te acomodaré las almohadas. Sostén esto contra tu cara. ¿Te duele mucho?

Sus frases preocupadas le daban náuseas. Cerró los ojos. Si hubiera podido cerrar los oídos, lo hubiera hecho. La voz de él, tan profunda, tan bien modulada, trataba de calmarla.

—Tropezaste. Sé que te levanté la mano, pero tropezaste. Lo siento, pero estabas tan enojada que creí que te pondrías histérica, Lynn, tenía que detenerte de alguna forma.

Ella abrió los ojos.

—¿Yo? ¿Yo estaba enojada? ¿Yo estaba al borde de la histeria? Piensa de nuevo y di la verdad, si puedes.

—Bueno, sí, me salí un poco de las casillas, lo admito. ¿Pero puedes culparme? Sabías que contaba contigo para que hicieras la valija, sabías lo importante que era esta convención; era una posibilidad de ascenso a la casa matriz de Nueva York, la oportunidad de mi vida, y aquí estoy, sin traje de etiqueta.

—No lo hice a propósito. Por tercera vez, te repito lo que me dijo Kitty Lombard: los hombres no irán de esmoquin. Se lo pregunté especialmente.

—¡Kitty Lombard! Te mintió adrede y eres tan tonta que no te das cuenta. ¿Cuántas veces te dije que a las personas como ella nada les gusta más que hacer quedar mal a alguien? Sobre todo en el mundo empresario. Todos quieren serrucharte el piso. ¿Cuándo vas a dejar de confiar en cualquier Fulano que se te cruza? Nunca, supongo. —Atravesando la habitación a zancadas, indignado, Robert parecía medir tres metros. —¿Y ya que estamos, puedo recordarte que no se dice esmoquin sino «traje de etiqueta»?

—Está bien, está bien. Soy una ignorante de pueblo, ¿recuerdas? Mi padre tenía una ferretería. Nunca vi un traje de etiqueta, salvo en películas, hasta que te conocí. Pero tampoco vi a un hombre levantándole la mano a una mujer.

—¡Ay, basta, Lynn! No tiene sentido seguir con esto toda la noche. Son casi las seis, y la cena es a las siete. Se te está derritiendo el hielo. Déjame ver.

—Yo me las arreglaré, gracias. Déjame en paz.

En el baño, cerró la puerta. El espejo de cuerpo entero reflejaba la imagen de una mujer baja, pecosa, con aire aniñado, a pesar de los treinta y seis años, flequillo y una melenita curva de pelo lacio, rubio, peinado como en la escuela secundaria. La cara, agradable, sin ningún rasgo extraordinario salvo un par de bonitos ojos claros, ahora estaba desfigurada por el magullón, mucho más grande de lo que ella había imaginado y espantosamente azulado y verdoso. Se horrorizó.

Robert abrió la puerta.

—¡Caray! ¿Cómo vas a bajar con ese aspecto? A menos que… —Frunció el entrecejo, pensativo.

—¿A menos que qué, a ver?

—Bueno, no sé. Podría decir que la aerolínea perdió mi valija y que tienes un virus estomacal, uno de esos ataques de veinticuatro horas. Ponte cómoda, date un baño caliente, déjate el hielo en la cara, métete en la cama y lee. Llama al servicio de habitaciones y pídete una buena cena. Te hará bien descansar y relajarte. Una cena tranquila, sin chicos.

Lynn lo miró.

—El rey de la eficiencia. Tienes todo resuelto, como siempre.

Todo estaba arruinado: el fin de semana esperado con tantas expectativas, el vestido nuevo de seda verde con botones de cristal, el perfume nuevo, las manos embellecidas por una manicura, toda la alegría. Se había arruinado sórdidamente. Y él parado allí, seguro de sí, buen mozo, tranquilo, lista para lidiar con todo y seguir avanzando.

—Te odio.

—Ay, Lynn, termínala. No voy a seguir con esto hasta el infinito, te lo repito. Serénate. Yo tengo que hacerlo por los dos, tengo que bajar y aprovechar al máximo esta oportunidad. Estarán todos los jerarcas y no puedo darme el lujo de estar alterado. Tengo que poder pensar con claridad. Ahora me voy a vestir. Por suerte tengo el otro traje planchado.

—Claro. Te lo planché yo.

—Bueno, al menos hiciste algo bien.

—Paso todos los días de mi vida tratando de arreglar tus cosas.

—¿Quieres bajar la voz? Se te puede oír desde el corredor. ¿Quieres hacernos quedar mal a ambos?

De pronto, como agua que se va por el desagüe, la fuerza la abandonó. Los brazos, las piernas y hasta la voz dejaron de funcionarle; se dejó caer boca abajo sobre la cama, entre las valijas abiertas. Sus labios se movían en silencio:

—Paz, paz —decían.

Robert iba de un lado a otro; se oyó un tintineo de llaves mientras se vestía. Cuando estuvo listo, se acercó a la cama.

—¿Y, Lynn? ¿Te vas a quedar así, con toda la ropa arrugada?

Los labios de ella se movieron, pero en silencio, otra vez.

—Vete. Vete de una vez —dijeron.

La puerta se cerró. En ese instante, la tensión estalló.

La furia ante la injusticia, y la humillación de la derrota fluyeron en un torrente de lágrimas, lágrimas que ella no hubiera podido derramar delante de otra persona.

«Siempre fuiste una cosita con mucho amor propio y energía», solía decir su padre. ¡Ay, sí, amor propio y energía! pensó, sucumbiendo a demoledores sollozos.

Tiempo después, en forma tan abrupta como comenzó, el torrente se detuvo. Estaba vacía, serena, aliviada. Fría y tiesa por haber estado tanto tiempo destapada, se levantó y a falta de otra cosa que hacer, fue a la ventana. Cuarenta pisos más abajo se movían luces por las calles; las luces delineaban las siluetas de las torres de Chicago. El crepúsculo perlado iluminaba el Lago Michigan. Nubes pequeñas, oscuras, fragmentadas, corrían por entre la luz plateada y se disolvían en ella. Todo estaba en movimiento; el viento invisible hacía vibrar el vidrio de la ventana.

A sus espaldas, la habitación estaba en silencio. Los cuartos de hotel, cuando se estaba solo, eran deprimentes como una casa que ha sido vaciada después de una muerte. Y Lynn, estremeciéndose, corrió hacia su bolso, sacó la foto de sus hijas y la puso sobre la cómoda, diciendo en voz alta:

—¡Listo! —Habían creado una presencia en un instante.

Se quedó contemplando la foto, extrañando desesperadamente a esas dos chicas a las que había dejado en casa, en St. Louis, solamente esa mañana, contenta, como cualquier madre, de alejarse de ellas por un tiempo. Ahora, si pudiera, haría la valija de nuevo y volaría de regreso hacia ellas. Su preciosa Emily, el retrato de Robert, estaría en la fiesta de primer año esa noche. Annie estaría volviendo a casa de tía Helen después del cumpleaños de un compañero de tercer grado. La inteligente Annie, graciosa, misteriosa, sensible, difícil. Sí, volaría a casa en ese mismo momento si pudiera. Pero Robert tenía los pasajes y el dinero. Ella nunca tenía un centavo, salvo el dinero semanal para los gastos de la casa. Y además, pensó, recordando, ¿cómo podría aparecerme en casa con esta cara y sin su padre?

El silencio comenzó a zumbarle en los oídos. La inundó una sensación de temor, como ante una aterradora e inexplicable amenaza. Las paredes se le vinieron encima.

—Tengo que salir de aquí —dijo en voz alta.

Se puso el abrigo, le subió el cuello y se envolvió la cabeza en un pañuelo, levantándoselo alrededor de las mejillas como la babushka de una campesina. Pero no alcanzaba a ocultar el golpe. Por suerte, había solamente dos personas más en el ascensor durante el largo descenso: una pareja muy joven vestida de gala y tan tiernamente concentrados el uno en el otro que ni siquiera le dirigieron una mirada. En el vestíbulo de mármoles, la gente iba desde el salón de cócteles al comedor o se detenía ante las vitrinas con sus exhibiciones de refulgente esplendor, joyas, cueros, sedas y pieles.

Afuera, el aire frío de primavera le hizo arder el magullón. En una farmacia, se detuvo para comprarse algo, gasa, un ungüento, cualquier cosa.

—Choqué contra una puerta. ¿Qué tonta, no? —comentó. Luego, horrorizada ante el espectáculo de sus ojos hinchados en el espejo detrás de la cabeza del hombre, añadió con torpeza: —Y encima tengo esta espantosa alergia. Los ojos…

Los ojos del hombre, cuando le entregó un paquetito de pastillas para la alergia y un ungüento calmante, reflejaba su incredulidad y compasión. Avergonzada por su propia ingenuidad, Lynn se perdió en el anonimato de la calle.

Luego, caminando en dirección al lago, recordó, de una visita anterior, que allí había un espacio verde con bancos y paseos. Hacía demasiado frío para quedarse sentada inmóvil, pero lo hizo de todos modos, se ajustó el abrigo alrededor del cuerpo y contempló la línea donde el agua se encontraba con el cielo. Había parejas paseando con perros y hablando pacíficamente. Le dolía tanto verlas que se hubiera puesto a llorar, si no hubiera agotado, ya, sus lágrimas.

El día había empezado tan bien. El vuelo había sido corto, así que habían tenido tiempo de pasear por la Avenida Michigan antes de ir a la habitación a cambiarse. A Robert le encantaba mirar vidrieras. Disfrutaba al ver la madera oscura y añeja de las librerías, grabados ingleses del siglo XVIII que mostraban campos y granjas, esculturas clásicas, alfombras antiguas: todas cosas apacibles, dignas, costosas. De tanto en tanto, se detenía también a admirar un hermoso vestido, como el que habían visto esa tarde, un vestido de baile de seda color durazno, con incrustaciones de perlas.

—Te quedaría fantástico —había comentado él.

—¿Quieres que me lo ponga para ir al cine los sábados por la noche? — bromeó ella.

—Cuando esté entre los ejecutivos más altos, habrá ocasiones para un vestido así —respondió él, añadiendo luego—: Va contigo. Es liviano, delicado y suave, como tú.

Había empezado tan bien… Su vida juntos había empezado tan bien…

 

—¿Por qué te dicen «Nani»? —le había preguntado. Hasta ese día, nunca se había fijado en ella. Pero claro, él era jefe de departamento, mientras que ella ocupaba el escritorio de una dactilógrafa. —En la lista dice que te llamas Lynn Riemer.

—Siempre me dijeron así. Hasta en casa. Es diminutivo de «enana». Supongo que fue porque mi hermana era alta.

—No eres enana en absoluto. —La miró de arriba abajo con toda seriedad. —Un metro cincuenta y cinco, diría.

Fueron sus ojos lo que la impresionaron, el color azul brillante, que se oscurecía o aclaraba según su estado de ánimo; esos ojos que llamaban la atención de todas las mujeres de la oficina y, posiblemente, de un modo distinto, también de los hombres. Los hombres tenían que respetar la autoridad: la autoridad podía elogiar y ascender; la autoridad también podía despedir a un hombre y hacerlo volver derrotado a su casa. Pero el temor que Robert Ferguson inspiraba a las mujeres estaba mitigado por un trémulo y osado fervor sexual. Ese fervor debía guardarse en secreto. Todas se hubieran avergonzado de contárselo a las compañeras, por miedo a hacer el ridículo: sabían perfectamente que Robert Ferguson estaba fuera de su alcance, a un mundo de distancia de los hombres con los que se habían criado y con los que salían.

No se trataba solamente de que con esos ojos vivaces y los huesos largos y patricios fuera extraordinariamente buen mozo. Lo rodeaba una aureola. Tenía absoluta confianza en sí mismo. Tenía dicción perfecta, ropa perfecta y exigía perfección de todos los que trabajaban con él. La impuntualidad no se toleraba. Los papeles que se dejaban sobre su escritorio para firmar no podían tener ningún error. Sus iniciales tenían que estar bien: V. W. Robert Victor William Ferguson. Su auto debía guardarse en un lugar accesible de la playa de estacionamiento. Sin embargo, a pesar de todo eso, era considerado y amable. Cuando algo le agradaba, era generoso con los cumplidos. Se acordaba de los cumpleaños y los festejaba en la oficina. Si alguien se enfermaba, se interesaba con sinceridad. Se sabía que trabajaba como voluntario en el ala masculina del hospital.

—Es un enigma —había comentado Lynn una vez, cuando hablaban de Robert, cosa que sucedía con frecuencia.

—A partir de hoy, voy a llamarte Lynn —dijo ese día— y daré indicaciones para que todos aquí hagan lo mismo.

Ella no tenía idea de por qué le había prestado atención suficiente como para preocuparse por su nombre. Era una tontería. Sin embargo, se sintió tan halagada por el suceso que le informó a su hermana Helen que ya no contestaría cuando le dijeran «Nani».

—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo?

—Tengo un lindo nombre y no soy enana. Hasta mi jefe dice que es ridículo.

Helen le había dirigido una mirada divertida que recordó durante mucho tiempo después. Después de su casamiento y el posterior nacimiento de dos hijos, Helen había asumido un aire superior de protección maternal.

—¿Tu jefe? Me parece que hablas mucho de él.

—Para nada.

—Te digo que sí. Tal vez no te des cuenta, pero es así. «Mi jefe tiene un equipo de música en la oficina. Mi jefe nos invitó a todos con una pizza. A mi jefe le dieron un aumento desde la oficina central».

Era cierto que cada vez formaba más parte de los pensamientos de Lynn; que ella, disimuladamente, esperaba sus llegadas y partidas. Había comenzado a tener apasionadas fantasías. Quizá Helen tuviera razón…

Y entonces, un día, Robert la invitó a salir.

—Pareces flotar sobre el aire —observó Helen.

—Es que floto. Todavía sigo pensando; ¿por qué a mí?

—¿Y por qué no? Tienes más vida y más energía que seis personas juntas. ¿Por qué crees que todos los muchachos…?

—No entiendes. Este hombre es distinto. Es distinguido. Su cara se parece a las que ves en las estatuas o en esas viejas monedas de la colección de papá.

—¿Cuántos años tiene?

—Veintisiete.

—Y tú veinte. Veinte, como si fueran catorce. Llena de sueños.

Lynn todavía tenía el vestido que había usado aquella noche. Sentimental casi por demás, se aferraba a todo, desde su vestido de novia y los de bautismo de sus hijas hasta las flores del ramo que Robert le había enviado después de esa primera cena, rosas blancas atadas con cinta rosada.

—Cuéntame sobre ti —le había dicho en cuanto se sentaron, con una vela encendida entre ambos.

Ella respondió con ligereza:

—No hay mucho que contar.

—Siempre hay, en cualquier vida. Comienza desde el principio. ¿Naciste aquí, en la ciudad?

—No, en Iowa. En una ciudad agropecuaria, al sur de Des Moines. Mi madre murió y mi padre sigue viviendo allí. Mi hermana se mudó aquí cuando se casó, así que creo que por eso me vine yo también, al terminar la secundaria. No había empleos en mi pueblo, de todos modos. Este es mi primer empleo; espero estar cumpliendo bien.

—Seguro que sí.

—Quería conocer la ciudad, ver cosas y lo he pasado muy bien. Vivir en un departamento, ir a conciertos…

El asintió.

—Una orquesta de categoría mundial. Tan buena como cualquiera de Nueva York.

—No conozco Nueva York.

—Cuando estudiaba en Wharton, iba seguido al teatro. El viaje desde Filadelfia es muy corto.

A Lynn se le estaba soltando la lengua. Tal vez el vino ayudaba.

—Me gustaría conocer el este. Y Europa, Inglaterra, Francia, Roma.

Los ojos, de él brillaban y le sonreían.

—¿Los lugares sobre los que leíste la semana pasada en Retrato de una dama?

Ella se asombró.

—¿Cómo lo sabes?

—Es sencillo: vi el libro sobre tu escritorio. ¿Acaso no me llaman «Ojo de lince» en la oficina?

Lynn rio y se sonrojó.

—¿Cómo te enteraste? Nadie lo dice…

—Tengo buen oído, también.

—¿Por eso me invitaste a cenar? —preguntó ella con audacia—. ¿Por qué leo a Henry James?

—Eso tuvo algo que ver, sí. Sentía curiosidad. Debes admitir que el resto del personal no va mucho más allá de las revistas de la farándula, ¿no?

—Son mis amigos. Ese tipo de cosas no me importan —respondió ella, leal—. No son cosas que cuentan.

—No pienses que soy esnob. No juzgo a la gente por sus conocimientos de lo que hay en los libros. Pero tienes que admitir que es un placer estar con personas a las que les gustan las mismas cosas que a ti. Además, eres hermosa. Eso debe de haber tenido algo que ver, también, ¿no crees?

—Gracias.

—¿No crees que eres hermosa, verdad? Tus ojos me dicen que dudas. Te lo diré: eres una muñeca de porcelana. Tienes la piel blanca como la leche.

—¿Y es lindo parecerse a una muñeca de porcelana? —contraatacó ella.

—Para mí, sí. Lo dije como un cumplido.

El diálogo era ciertamente distinto de cualquiera que hubiera tenido antes, con Bill o cualquier otra persona. Y no sabía bien qué le correspondía decir.

—Bueno, sigue con la historia de tu vida. Acabas de comenzar.

—No hay mucho más. Papá no podía pagarme la universidad, de modo que fui a una excelente academia de secretariado que tenía cursos de literatura inglesa. Siempre me encantó leer, y es allí donde aprendí a elegir bien los libros. Así que leo y cocino. Ese es mi segundo pasatiempo. Tal vez parezca presumida, pero la verdad es que soy muy buena cocinera. Eso es todo, creo. Ahora te toca a ti.

—De acuerdo. Nací y me crie en Pittsburgh. Era hijo único, lo que me hacía algo solitario. Pero lo pasaba bien, de todos modos. Mis padres eran sumamente cariñosos. Creo que me malcriaban bastante. A su manera, eran gente fuera de lo común. Mi madre tocaba el piano y me enseñó a hacerlo. No soy demasiado bueno, pero toco porque me hace recordarla. Mi padre era un hombre culto, muy callado y amable, con una dignidad algo anticuada. Su trabajo lo hacía viajar por el mundo. Todos los veranos iban a Salzburgo para asistir al festival de música. —Hizo una pausa. —Se mataron en un accidente automovilístico el verano en que terminé la universidad.

Ella sintió una punzada de espanto.

—¡Qué horrible para ti! Ya bastante feo es cuando alguien muere de un infarto, como mi madre. Pero un accidente automovilístico es tan… tan innecesario, ¡tan absurdo!

—Sí. Bueno, la vida continúa. —Su rostro se hundió en la tristeza; la boca y los ojos habían perdido vitalidad.

En un extremo de la habitación, el pianista cantaba: «Una historia contada por un desconocido, por un nuevo amor, una noche azul del mes rosado de mayo».

Las emotivas palabras de los años 40, tan viejas, en ese momento de revelación de Robert, le llenaron el pecho de unas ansias casi dolorosas, una confusión de tristeza y gozo. Los ojos se le llenaron de lágrimas.

El las vio y le tocó la mano.

—Qué dulce eres… Pero basta con esto. Vamos, llegaremos tarde al cine.

Lynn volvió a su casa y se quedó despierta la mitad de la noche. Quiero vivir con él el resto de mi vida, pensó. Es el hombre. Pero soy una idiota. Salimos una vez, nada más. No puede desearme en serio. No estoy a su altura. No me va a querer.

Pero él la deseaba, sin ninguna duda. En la oficina disimulaban la intensa emoción; al pasar uno junto al otro, apartaban la mirada. Llena de gozo, Lynn guardaba el secreto. Ella sola conocía la otra faceta de ese hombre al que otros consideraban imperioso, tenía acceso a la parte de él que tenía tanta ternura. Solo ella estaba enterada de la tragedia de la muerte de sus padres y de sus otras penas.

Él le confesó:

—Estuve casado.

Lynn se sintió invadida por una repentina decepción y por una punzada de celos.

—Nos conocimos en la universidad y nos casamos la semana que entregaron los diplomas. Al recordar, me pregunto cómo pudo suceder. Ella era hermosa y muy rica, pero malcriada e irresponsable, también, así que no teníamos ninguna afinidad. Querida —la llamaban así porque la madre era española— era «artística». Pintaba acuarelas. No quiero desmerecerla, pero no tenía demasiado talento. Aceptó un empleo en una pequeña galería de arte y en su día libre trabajaba de voluntaria en el museo. Cualquier cosa, con tal de salir de la casa. Detestaba la casa. Y como ama de casa era un desastre: todo era un asco, no había nada que comer, la mitad de las veces ni siquiera mandaba la ropa a lavar, estaba todo sin hacer. Nunca podía traer a nadie de la oficina a casa, para solidificar los contactos que se necesitan en el mundo de los negocios. —Se encogió de hombros. —¿Qué puedo decir salvo que su modo de vida era totalmente distinto al que yo estaba acostumbrado? Nos irritábamos los nervios mutuamente y, en consecuencia, discutíamos casi a diario. A ella no le gustaban mis amigos y yo no sentía demasiado afecto por los suyos, te lo aseguro. —Sonrió con pesar. —Nos hubiéramos separado mucho antes de no haber sido por el niño. Jeremy. Tiene seis años.

—¿Qué pasó con él?

—No lo he visto desde que tenía un año. Pero lo mantengo, aunque no pasaría necesidades, si no lo hiciera. Querida volvió a vivir con sus padres, así que él se está criando en una mansión. Ella no quiso compartir la custodia, dijo que no le haría bien al niño y yo no tuve ganas de ponerme a pelear.

—¡Pero qué terrible para ti no verlo! Y para él no conocerte.

Robert suspiró.

—Sí. Sí, lo es. Pero él no me recuerda, así que para él debe de ser como si hubiera muerto. Pero espero que quiera verme cuando tenga la edad suficiente para comprender. —Volvió a suspirar.

—Seguro que será así —respondió Lynn, apenada.

—Bueno, sabrá cómo encontrarme. Deposito el dinero para él en el Banco, todos los meses. Y así termina mi historia.

—Es una historia triste.

—Sí, pero podría ser peor, Lynn. Es como si hubiera sucedido hace muchísimos años —declaró con vehemencia—. Nunca hablé con nadie de esto. Es demasiado íntimo. Y soy una persona que da mucha importancia a lo íntimo y a lo privado, como te habrás dado cuenta.

Como era inevitable, el romance entre Robert y Lynn había tomado estado público. A los dos meses de comenzada la relación, ella lo llevó a casa de Helen. Darwin, el marido de Helen, era un hombre de buen carácter y facciones redondas, con doble mentón. A su lado, Robert resplandecía con su camisa blanca impecable asomando por encima del saco azul oscuro. Darwin parecía desaliñado, como si hubiera estado dormitando vestido. Complacida —¿o no tanto?— Lynn se sintió orgullosa de que Helen viera el contraste entre ambos, pero un dejo de vergüenza empañó su orgullo.

Al día siguiente, Helen dijo:

—Por supuesto, querrás saber lo que me pareció tu hombre; te lo diré con toda sinceridad: no me cayó demasiado bien.

—¿Qué? —gritó Lynn por el teléfono.

—Siempre soy franca contigo, Lynn. Sé que a veces soy demasiado abrupta… pero no es tu tipo. Se pone sarcástico, veo, y me da la impresión de que es esnob. Se cree mejor que otra gente.

Lynn se puso furiosa.

—¿Tienes alguna otra cosa agradable que decir de un hombre al que no conoces? ¿Alguna otra intuición?

—Tiene lengua muy crítica y mordaz.

—Yo no me di cuenta.

—Me pareció de mal gusto, hasta cruel, que hablara de esa chica de la oficina que tiene las uñas tan largas. «Uñas largas y sucias. ¿Se imaginan las bacterias que anidarán debajo?». No tenía por qué nombrarla ni desmerecerla así. A Darwin le pareció lo mismo.

—¡Ay, ay, ay! —Lamento que tú y Darwin no lo aprueben. Realmente lo lamento.

—No te enojes, Lynn. ¿Quién puede desearte más felicidad que yo? Bueno, que papá y yo. Es solo que no quiero que te equivoques. Veo que estás encandilada. Se te nota en la cara.

—No estoy encandilada.

—Algo muy dentro de mí me dice que no es el hombre indicado para ti.

—¿Y no se te ocurre muy dentro de ti que quizá yo no sea la mujer indicada para él? Robert es brillante. Es Jefe de Marketing de computadoras de toda la región. Oigo hablar a los vendedores… —La indignación le hacía perder el aliento.

—Una compañía internacional.

—¿Eso es lo que te tiene tan impactada? Escucha, Lynn. Con las grandes corporaciones nunca se sabe. Un día estás arriba y al día siguiente te echan. Es mejor ser independiente, aun con una empresita, en lugar de estar a merced de otra gente.

El marido de Helen tenía una pequeña empresa de plomería con cinco empleados.

—¿Me estás acusando de ambiciosa? ¿A mí? ¿Crees que eso es lo que veo en Robert?

—No, no, no quise decir eso. Eres una de las personas menos materialistas que conozco. No me expresé bien. Quiero decir que quizá sientes… admiración, que lo ves como a un héroe, nada más que porque le va tan bien y… bueno, que no lo tomes tan en serio tan pronto.

—¿Sabes qué pienso? Que eres una idiota —dijo Lynn y cortó.

Pero no era propio de su personalidad guardar rencor durante mucho tiempo. Helen era transparente. No era consciente de ello y lo negaría con vehemencia, pero lo que sentía era envidia, aunque vivía muy feliz con Darwin. Lisa y llana envidia. Y Lynn se lo perdonaba.

Pasaron casi tres meses hasta que se acostaron juntos; Lynn tuvo que esperar a que sus compañeras de departamento se fueran de viaje.

Cuando eso por fin sucedió, un fin de semana, las dos mujeres no tuvieron tiempo de llegar al aeropuerto que Lynn ya tenía lista una cena opípara. El llegó con flores, discos y champagne. En el primer momento, se quedaron mirándose, como si esa súbita y maravillosa libertad los hubiera paralizado; un instante después, todo se movió. Las flores envueltas en celofán verde fueron a parar a la mesa, el abrigo de él a una silla de la cocina y Lynn, a los brazos de Robert.

Rápidamente, con pericia, en la penumbra del día invernal, él le quitó la ropa: el suéter, la blusa blanca con cuello de encaje, la pollera a cuadros y la ropa interior. El corazón de Lynn latía a toda velocidad. Hasta podía oírlo.

—Yo nunca… es la primera vez, Robert.

—Iremos muy despacio —murmuró él.

Y así fue. El se mostró persistente, gentil, tierno; susurraba palabras suaves y cariñosas mientras la abrazaba.

—Dulce, dulce… tan hermosa… te amo tanto.

Cualquier temor que Lynn hubiera podido tener, se disolvió, y ella se entregó con apasionada confianza.

Mucho más tarde, cuando se soltaron, Lynn se echó a reír.

—Estaba pensando que por suerte no había prendido el horno cuando llegaste. Hubiéramos tenido que comer cenizas.

Mientras disfrutaban de la deliciosa ratatouille y la tarta normanda, hablaron sobre sí mismos.

—Hoy en día ya no se encuentran muchas vírgenes de veinte años — comentó Robert.

—Me alegro de haber esperado. —No se atrevía a decir: «Me hace pertenecerte mucho más». Porque… ¿si no duraba? Ella tenía confianza, pero no había garantías. No habían hablado de eso. Pero si me deja, me muero, pensaba Lynn.

Volvieron a la cama. Esta vez no fue necesario ser suave. Ella vibraba ante la fuerza de Robert. Para ser un hombre tan delgado, era sumamente fuerte. Y se sorprendió al descubrirse reaccionando con una fuerza y un deseo iguales a los de él. Durmieron hasta que, mucho antes del amanecer, ella lo sintió volver y lo recibió con brazos dispuestos. Se durmieron otra vez, hasta después de la madrugada y despertaron para ver que una pesada nevada oscurecía el mundo.

—Quedémonos adentro todo el día —susurró Robert—. Adentro, en la cama.

Durante todo el sábado y el domingo no se tomaron descanso.

—Estoy obsesionado contigo —declaró Robert—. Eres la mujer más erótica que… no he conocido a nadie como tú. Y pareces tan inocente con tus suéteres y polleras. Nadie lo adivinaría.

Al atardecer del domingo, Lynn miró el reloj.

—Robert, el avión de las chicas llega a las diez. Por desgracia, vas a tener que huir.

Él lanzó un quejido.

—¿Cuándo podremos repetir esto?

—No lo sé —se lamentó Lynn.

—¡Esto no es vida! —exclamó él, casi gritando—. Detesto las relaciones a escondidas, los hoteluchos junto a la ruta. Y tampoco quiero que vivamos juntos. Lo nuestro tiene que ser permanente. Lynn, vas a casarte conmigo.

 

Fijaron la boda para junio, aprovechando las vacaciones de Robert para pasar la luna de miel en México.

—Vas a tener que dejar tu trabajo, por supuesto —le dijo él—. No podemos estar en la misma oficina.

—Me buscaré otro enseguida.

—No, todavía no. Necesitarás tiempo para amoblar un departamento. Hay que hacerlo con esmero. Comprar cosas de calidad, que duren.

Helen ofreció generosamente su casa para la recepción.

—No puedes hacerla en lo de papá, puesto que ahora solamente tiene tres ambientes —dijo—. Con suerte, y si el tiempo ayuda, podremos hacer todo en el jardín. Darwin tiene planeado hacer un cantero de flores perennes y ya sabes lo bueno que es para todo lo relacionado con plantas. Va a quedar hermoso.

Helen no dijo una palabra de censura desde el momento en que se anunció el compromiso. Besó a Lynn, admiró el anillo, que era importante, y deseó a la pareja toda la felicidad del mundo.

—Toda la felicidad del mundo —dijo Lynn ahora, mientras el viento frío soplaba desde el Lago Michigan. La pareja que paseaba los perros, que había dado la vuelta, se volvió a mirarla. Una mujer excéntrica, acurrucada allí, hablando sola; eso era ella. Algo para mirar. Y bueno, no se podían detener los recuerdos una vez que empezaban a fluir…

 

Robert se ganó el cariño de todos durante aquella primavera encantada que precedió a la boda. Los hijos de Helen lo adoraban; les compró bates de béisbol, les enseñó a lanzar la pelota, los llevó a partidos y les hizo demostraciones de lucha. Mientras duró el hielo, fueron todos a patinar y, cuando los días se hicieron más templados, salieron al campo a almorzar y pasar la tarde.

En la cocina de Helen, Lynn preparaba cenas deliciosas, tartas, cazuelas y soufflés sacados del nuevo libro de recetas de Julia Child.

—Me haces quedar mal —decía Helen.

Después de cenar, Robert se sentaba frente al viejo piano y tocaba cualquier cosa que le pidieran: jazz, melodías de películas u obras teatrales, un vals de Chopin.

Por sugerencia de él, las dos parejas fueron a escuchar la sinfónica de St. Louis. Darwin nunca había ido antes y se sorprendió al descubrir que le gustaba.

—Una vez que le tomes el gusto, no podrás estar sin música —le dijo Robert—. Para mí, es como otra clase de alimento. Tenemos que sacar abonos de temporada para el año que viene Lynn.

Con ingenuidad y bondad, Darwin elogiaba a Robert.

—No puedo creer, Lynn, todo lo que sabe. Yo apenas si puedo terminar de leer el diario del día. Y también sabe cómo pasarlo bien y amoldarse a las personas.

El padre de Lynn también dio su aprobación.

—Me gusta —dijo, después de la visita de fin de semana de Lynn y Robert. —Será lindo tener un hijo. Y a él le hará bien una familia. Es duro para un joven haber perdido así a sus padres. ¿Qué clase de gente eran? ¿Sabes algo sobre ellos?

—¿Qué tengo que saber? Están muertos —respondió Lynn con impaciencia.

—¿No tiene más familiares que esa vieja tía en Pittsburgh?

—Y un tío en Vancouver.

—Está prácticamente solo en el mundo —se compadeció su padre.

En la ferretería, cuando lo presentaban a los clientes que iban llegando, casi todos desde las granjas, Robert sabía adaptarse a su jovial simplicidad. Ella veía que le demostraban aprobación, como había hecho su padre.

—Me gusta, Nani —decía su padre una y otra vez—. Te has conseguido un hombre, no como esos muchachos que siempre tenías detrás. Sin ofender a nadie. Eran buenos chicos, pero todavía andaban con pañales. Este es un hombre. Lo que me gusta es que no se le han subido los humos de su educación ni de su empleo a la cabeza. Me hará feliz bailar en tu casamiento.

 

Una mujer recuerda cada detalle del día de su casamiento. Ella recordaba el viaje en coche, los sonidos del órgano, las caras vueltas hacia ella cuando avanzaba hacia el altar.

La mano le temblaba sobre el brazo de su padre. Tranquila, había dicho él, al sentir el temblor. Allí está Robert, esperándote. No hay nada que temer. Y luego Robert le tomó la mano, y juntos escucharon las suaves y solemnes recomendaciones: Sean pacientes y amorosos el uno con el otro.

El resto del día fue alegría, música, baile, besos, bromas y risas amistosas. Vinieron todos los de la oficina, por supuesto y amigos del pueblo natal. Estaban todos los amigos de Helen y Darwin y Robert había invitado a los amigos que se había hecho en St. Louis; había estado ausente de Pittsburgh durante tanto tiempo que no pretendía que vinieran a su casamiento personas a las que ya casi no conocía.

Vino una de sus parientas, la tía Jean de Pittsburgh. El tío de Vancouver no estaba bien como para soportar el viaje. Era curioso, reflexionó Lynn ahora, que una mujercita tan agradable y tímida, con rizos canosos y un sencillo vestido estampado, hubiera sido la causa de una de las dos notas discordantes de la boda.

No había sido culpa de la anciana, sino de Robert. Estaban sentados a la mesa, toda la familia, después de la ceremonia, cuando la tía Jean comentó:

—Uno de estos días tendré que atacar la montaña de fotografías, etiquetarlas y traerlas cuando venga a visitarlos. Hay algunas de Robert que tienes que guardarlas tú, Lynn. No vas a creerlo, pero tenía el pelo…

—Tía Jean, por una vez —interrumpió Robert— ¿puedes guardarte la descripción de los rizos rubios que tenía cuando cumplí un año? A nadie le importa.

La anciana no dijo nada más y Lynn, con una mirada de suave reproche en dirección a Robert, comentó alegremente:

—A mí sí me importa, tía Jean. Quiero escuchar todo lo que puedas contarme sobre Robert y su familia, sus padres, abuelos, primos…

—Es una familia chica —respondió Jean—. No tenemos primos, de ninguno de los dos lados.

Entonces el padre de Lynn, que había oído solamente el último comentario, exclamó:

—¿No tienen primos? Caray, con gusto les prestaríamos algunos. De mi lado, solamente, hay una docena, en Iowa, en Missouri y hasta dos en California. —Y con su modo amistoso, preguntó si Jean estaba emparentada con la madre o con el padre de Robert.

—Su madre era mi hermana.

—Heredó de ella el gusto por la música, ¿no? —preguntó Lynn—. Y su padre debe de haber sido un hombre notable, por lo que Robert me dice.

—Así es.

—Qué tragedia, la forma en que murieron.

—Sí. Sí, lo fue.

—Debe de haber sido una infancia solitaria para Robert. La Navidad solamente con sus padres y usted.

—Bueno, pusimos lo mejor de nuestra parte —respondió Jean— y creció y aquí está. —Sonrió con cariño a Robert.

—Sí, aquí estamos todos y ¿qué les parece si miramos hacia adelante? Las reminiscencias son cosa de viejos —dijo Robert y palmeó la mano de su tía.

Estaba tratando de compensar su anterior dureza con ella. Pero la amable anciana lo irritaba. Y no parecía haber motivos para ello.

En un día como este, en un momento de soledad y desesperación, recuerdas estas notas discordantes, pensó Lynn ahora.

Habían bailado sobre la tarima construida por el propio Darwin. En el jardín, el cantero resplandecía con tonos de rosado y rojo: peonías y phlox, amapolas orientales y campanitas encendían el azul del crepúsculo. Robert estaba contra la baranda, contemplándolas.

—¿No es maravilloso lo que ha hecho Darwin con la casa? —comentó Lynn.

Él sonrió —recordaba muy bien la sonrisa— y respondió:

—Supongo que sí, pero la verdad es que no deja de ser una covacha. Yo te daré algo mucho mejor. Ya verás.

Lo dijo con buena intención, pero del mismo modo en que a ella le había dolido oírlo tratar mal a su tía, le dolió oírlo burlarse del jardín de Darwin, de la casa de Helen. Detalles pequeños, para haberlos recordado durante tanto tiempo…

 

Todas las noches, durante el viaje por México, cuando la puerta de la habitación se cerraba, Robert volvía a decir:

—¿No es maravilloso? No tener que andar buscando un lugar donde encontrarnos. Aquí estamos, por siempre y para siempre.

Sí, era maravilloso, todo era maravilloso. Los días soleados cuando, en zapatillas y anchos sombreros, recorrían ruinas mayas en el Yucatán, tomaban tequilas en la playa o caminaban por rocosos pueblos de montaña o cenaban elegantemente en Ciudad de México.

Y hubo catorce noches de pasión y amor.

—¿Te sientes feliz? —preguntaba Robert por las mañanas.

—¡Ay, mi amor! ¿Cómo se te ocurre preguntar?

—Sabes —le comentó él un día—, tu padre es una buena persona. ¿Adivina qué me dijo cuando salíamos para el aeropuerto? «Sé bueno con mi chiquita», me dijo.

Lynn rio.

—Qué comentario tan dulce y anticuado, ¿no?

—Pero tiene razón. Sé a qué se refería. Y seré bueno contigo.

—Seremos bueno el uno con el otro. Estamos sobre la cima del mundo, tú y yo.

El último día, fueron a hacer compras en Acapulco. Robert vio algo en la vidriera de una tienda de hombres y al mismo tiempo, Lynn vio otra cosa en una tienda a media cuadra.

—Ve a hacer tu compra; yo haré la mía y nos encontraremos allí —dijo él.

Y se separaron. Como terminó enseguida, Lynn caminó unos metros para encontrarse con él. Pasaron unos minutos y Robert no aparecía, de modo que fue a la tienda de hombres y allí se enteró de que él había salido hacía unos minutos. Desconcertada, caminó de vuelta. Para ese entonces, una horda de turistas recién salidos de un crucero inundaba las aceras y alborotaba el tránsito. Era imposible ver algo por entre el mar de cabezas. Lynn sintió una punzada de alarma. Pero era absurdo; luchó contra su reacción y razonó: tiene que estar aquí. Quizá del otro lado de la calle. O por ese callejón, más allá de la multitud. En este mismo instante, me debe de estar buscando. O quizás, al no encontrar lo que buscaba, caminó hasta la otra cuadra.

El temor volvió. Al cabo de una hora, decidió que su búsqueda no tenía sentido. Lo más lógico era volver al hotel; seguramente él había hecho lo mismo y estaría esperándola allí.

Cuando el taxi se detuvo en la entrada, Robert estaba allí. Lynn rio, aliviada.

—Qué desencuentro tan tonto, ¿no? Te busqué por todas partes.

—¿Tonto? —replicó él con frialdad—. No lo llamaría así. Ven arriba. Quiero hablarte.

El inesperado enojo de él la inquietó. Queriendo calmarlo, dijo con ligereza:

—Seguro que estuvimos andando en círculos, buscándonos mutuamente. ¡Qué par de tontos!

—No me incluyas. —El cerró la puerta de la habitación. —Cuando llegaste, estaba por ir a la recepción y pedir que llamaran a la policía.

—¿Policía? ¿Por qué? Me alegro de que no lo hayas hecho.

—Te dije que me esperaras delante de esa tienda y no lo hiciste.

Fastidiada por el tono de voz de él, Lynn respondió:

—Caminé para encontrarme contigo. ¿Qué tiene de malo?

—Creo que el resultado te dice lo que tiene de malo. Hábitos desordenados; aquí tienes el resultado. Dices una cosa y linces otra.

—No me sermonees, Robert —exclamó Lynn, enojada—. No hagas un escándalo por esta pavada.

El la miraba fijamente. En ese momento, Lynn se dio cuenta de que estaba furioso. No enojado, furioso.

—¡No lo puedo creer! —exclamó, cuando él la sujetó. Sus manos se hundieron en la carne de sus brazos y la apretaron contra los huesos. Temblando de furia, la sacudió.

—¡Suéltame! —gritó ella—. ¡Me duele! ¡Suéltame los brazos!

Las manos de él le apretaron los brazos con más fuerza; el dolor era horroroso. Luego la arrojó contra la cama, donde ella quedó tendida, sollozando.

—Me lastimaste… me lastimaste.

Con la misma velocidad con que se había encendido, la furia de Robert se apagó.

—Perdóname. Ay, perdóname, por favor. No quise hacerlo. Pero estaba aterrado, Lynn. Podrían haberte secuestrado… sí, en pleno día, te podrían haber arrastrado por un callejón, metido en un auto y violado, qué sé yo. Este país está lleno de malvivientes. —Le besó las lágrimas. —Estaba enloquecido de angustia. ¿No lo entiendes?

Le besó una y otra vez las mejillas, la frente, las manos y cuando, por fin, ella se volvió hacia él, los labios.

—Si te pasara algo, no querría seguir viviendo. Tenía mucho miedo. Te amo tanto…

Lynn lo abrazó.

—Está bien. Está bien, tesoro. Robert, olvídalo, ya pasó. Fue un malentendido. No es nada. Nada.

Y todo volvió a ser como antes, una gloria, salvo por las feas marcas azules en sus brazos.

 

Dos días más tarde, estaban de regreso, visitando al padre de Lynn. Hacía calor; Lynn se olvidó de los magullones y se puso un solero.

—¿Qué diablos son esas marcas? —preguntó su padre de inmediato. Estaban solos en la casa.

—¿Ah, estas? No sé. No me acuerdo cómo me las hice.

Su padre se sacó los anteojos y se acercó.

—Idénticas, simétricas, en ambos brazos. Alguien te las hizo con manos fuertes y furiosas, Lynn. ¿Quién fue?

Ella no contestó.

—¿Fue Robert? Cuéntame, Lynn o se lo preguntaré yo mismo.

—No. No. ¡Ay, por favor! No es nada. Fue sin querer, lo que pasa es que estaba tan asustado… —La historia salió a borbotones. —Fue mi culpa, de verdad. Estaba aterrado de que pudiera pasarme algo. Me dijo que lo esperara en la calle y yo di la vuelta a la esquina y me perdí. Mi sentido de ubicación…

—No tiene nada que ver con estas marcas. ¿Acaso crees que yo nunca me enojé con tu madre? No se puede estar casado sin enojarse de tanto en tanto. Pero nunca le puse una mano encima. No es civilizado. Caray, no es civilizado. Voy a hablar unas palabras con Robert… nada feo, solamente una charla sensata.

—No, papá. No puedes. No me hagas esto. Robert es mi marido y lo quiero. Nos queremos. No hagas escándalo por esto.

—Para mí es importante.

—No, no lo es, y no puedes interponerte entre nosotros. No debes hacerlo.

Su padre suspiró.

—Era más fácil cuando uno se casaba con gente de la misma ciudad. Uno sabía bien con quién se metía.

—Papá, no podemos volver al pasado.

El volvió a suspirar.

—Yo… ya no pienso igual… bueno, respecto de las cosas en general.

—Quieres decir que ya no piensas igual con respecto a Robert.

Esta vez fue él el que no contestó. Y eso molestó a Lynn. Estaban yendo demasiado lejos con un episodio sin importancia. Vio avecinarse una crisis, una crisis que podría cambiar o matizar todo su futuro. Así que se obligó a hablar con paciencia y serenidad.

—Papá, es una tontería. No te preocupes por mí. Estás dándole demasiada importancia a algo que sucedió una sola vez. De acuerdo, no tendría que haber pasado, pero pasó. Quiero que te lo saques de la cabeza, porque yo ya lo hice. ¿De acuerdo? —Le puso una mano sobre el hombro. —¿De acuerdo? ¿Me lo prometes?

El se volvió y esbozó su sonrisa de siempre, una sonrisa que inspiraba confianza.

—Bueno, si es lo que quieres, te lo prometo. Lo dejaremos así. Porque es lo que quieres, Nani.

Nunca volvieron a hablar del tema. Pero ni Helen ni su padre habían tenido motivo alguno para cuestionar el matrimonio de Robert y Lynn. Eran, a ojos de cualquiera que los mirase, una pareja hermosa y bien constituida.

Emily nació a los once meses de matrimonio. Casi no habían terminado de equipar el departamento, cuando Robert compró una casa, una casa de estilo campestre no lejos de lo de Helen, pero el doble en tamaño.

—Tendremos más hijos, así que lo mismo da hacerlo ahora que más adelante —dijo.

Juntos, la amoblaron. Robert compraba cualquier cosa que le gustara y Lynn no tenía más que admirar una silla o una lámpara y antes de que hubiera tenido tiempo de mirar el precio, él ya la había comprado. Al principio, ella cuidaba los gastos, pero vio que a Robert le daban bonificaciones a medida que los negocios se expandían. Y además, él le decía que no pensara en eso. Las finanzas eran asunto de él. Lynn nunca tenía efectivo. Compraba a crédito, y él pagaba las facturas sin protestar.

—A mí eso no me gustaría —comentó Helen una vez.

—¿Qué importancia puede tener? —respondió Lynn, echando una mirada a la bonita habitación infantil donde su preciosa hija se estaba despertando de una siesta—. Tengo todo. Sobre todo, esto. —Y levantó a su hijita, la hija que ya tenía las facciones de Robert, el mismo pelo negro sedoso y sus ojos azules.

Puesto que Robert era tan quisquilloso con los nombres, había elegido el de la beba con sutil cuidado.

—Los nombres tienen colores —le dijo—. Emily es azul. Cuando lo digo con los ojos cerrados veo un cielo de octubre sin una nube.

Caroline llegó dieciocho meses después. «Caroline» era de un dorado tan pálido que casi era plateado.

Y los recuerdos, como un rollo de película al revés, seguían rodando…

 

—¡Qué casa fabulosa! —exclamó Lynn.

La casa pertenecía a los padres de sus vecinos, que celebraban el cumpleaños de la nieta de cinco años. La terraza se abría al jardín, este se perdía en una pradera distante que bajaba hacia un laguito, apenas visible al pie de la barranca.

—¡Qué lindo día para una fiesta! —volvió a exclamar.

Era, verdaderamente, un precioso día de verano, fresco, con todo florecido y una brisa susurrante entre los robles. Debajo de los robles estaban preparadas las mesas para el almuerzo; la de los niños, decorada con papel crepé y un globo atado a cada silla. Parecía, pensó Lynn, una escena de una de esas películas inglesas en las que las mujeres, vestidas de seda o hilo blanco, se movían contra un trasfondo de paredes cubiertas por enredaderas. Ella, cuyo atuendo diario eran los pantalones cortos y los jeans, estaba vestida de seda amarilla y sus chicas tenían vestidos rosados idénticos y zapatitos blancos.

—Casi parecen mellizas —comentó una de las mujeres—. Caroline es alta para su edad, ¿no es cierto?

—A veces nos parece que está por cumplir diez en vez de cuatro —rio Lynn.

No había nada que produjera más satisfacción a una madre que saber que sus hijas eran dignas de admiración. Ningún libro ni sinfonía ni obra de arte, estaba segura, podía rivalizar con la alegría, el orgullo y la gratitud que le producían estas creaciones, estas dos niñitas inteligentes, dulces, sanas.

Su gratitud aumentaba cuando pensaba en sus dos amigas que no podían tener hijos. Y durante todo el almuerzo, salpicado de chismes y comentarios, tuvo conciencia de un profundo agradecimiento dentro de su ser. La vida era linda.

Después del almuerzo llegó un payaso para entretener a los niños, que estaban sentados en ronda sobre el césped. Durante unos minutos las madres lo observaron, pero al ver que los chicos estaban absortos y fascinados, pudieron volver a sus mesas a la sombra.

—Y después dicen que los chicos no tienen poder de concentración — comentó una madre—. Hace más de media hora que los tiene hipnotizados.

La fiesta estaba por terminar. Emily vino trotando hasta donde estaba Lynn con una bolsita de cotillón y un globo.

—¿Dónde está Caroline? —preguntó Lynn.

—No lo sé —respondió la niña.

—Pero estaban sentadas juntas.

—Sí —dijo Emily.

—Bueno, ¿dónde puede estar? —dijo Lynn, sintiendo una leve inquietud. La reprimió de inmediato, porque no había motivos para sentir temor en ese lugar.

—Debe de haber ido al baño.

Buscaron en el baño y por toda la casa; buscaron entre los arbustos donde podía haberse escondido para hacer una broma. La inquietud se convirtió en pánico. ¿Secuestradores? ¿Pero cómo iba a haber entrado alguien sin que lo vieran? Buscaron por todo el jardín y por la pradera, entre los pastos altos. Y después pensaron, aunque nadie quiso decirlo en voz alta, que tal vez, como era una niña aventurera, Caroline había ido hasta el estanque.

Y allí estaba, boca abajo, con su vestidito con volados. Muy cerca de la orilla, yacía en agua tan poco profunda que podría haberse parado y caminado hasta el borde.

Una de las mujeres era salvavidas de la Cruz Roja. Tendió a Caroline en el pasto y se puso a trabajar con ella mientras Lynn, arrodillada, miraba fijamente a su hijita, sin poder creer que… ¡no, no era posible!

Los adultos alejaban a los niños de la escena. Alguien había llamado una ambulancia; otra persona había llamado al vecino, que era médico. Había alboroto y movimientos y sin embargo, silencio. Casi se podía oírlo y oír el suspiro colectivo que siguió.

Llegaron hombres, dos jóvenes, vestidos de blanco. Lynn se puso de pie tambaleándose, aferró a uno de la manga y suplicó:

—¡Díganmelo! ¡Díganmelo!

Como respuesta, él le pasó un brazo por encima de los hombros. Y ella comprendió. Al oír llorar a las mujeres, comprendió. No obstante, insistió:

—¡No! No es posible… No. No lo puedo creer. No.

Contempló la ronda de caras; todas reflejaban espanto y compasión. Y entonces gritó, gritó al cielo claro, al pasto ondeante, al mundo estival. Gritó y gritó. Y después, la llevaron a su casa.

Estaba loca de desesperación; todo su ser lo negaba. Lo sabía, pero no se permitía asimilarlo. Tuvieron que sujetarla y sedarla.

Cuando despertó, estaba en la sala. La casa estaba llena de gente. Parecía que cien voces hablaban al mismo tiempo; las puertas se abrían y se cerraban; el teléfono no dejaba de sonar; atendían y luego volvía a sonar.

Helen decía:

—Déjala en paz, Robert. Ni siquiera se despertó.

Robert decía:

—¿Cómo pudo haber sido tan estúpida, tan descuidada? Jamás se lo perdonará.

Lynn no podía decidir si quería despertar o no. Por un lado, soñar era intolerable, así que quizá fuera mejor abrir los ojos y librarse del sueño; pero por otro lado, tal vez no fuera un sueño, en cuyo caso sería mejor dormir y no enterarse de nada.

Pero seguía oyendo los sollozos de Robert y su voz, que repetía sin cesar:

—No se lo va a perdonar nunca.

Entonces oyó otra voz, perteneciente a alguien que le sostenía la muñeca:

—Silencio, por favor. Le estoy tomando el pulso —dijo con severidad—. Reconoció a Bill White, el médico de la familia.

—Será mejor que termines con eso de que no se lo perdonará —dijo Bill White—. En primer lugar, son pavadas. Habría podido suceder aunque tú hubieses estado allí, Robert. Además, no vuelvas a decirlo, a menos que quieras tener una esposa enferma por el resto de su vida. ¿No crees que ya va a torturarse bastante ella sola?

Y así había sido, y seguía siendo, aquí, en este banco junto al lago Michigan. Las imágenes estaban grabadas en su mente. Caroline riendo con el payaso… Caroline —cuántos minutos después— muerta en el agua. La carita de Emily fruncida de terror y llanto. Ella misma rodeada por brazos amables y palabras suaves en el funeral desgarrador.

—No sé por qué tuvo que venir mi tía —se quejó Robert—. ¿Quién la mandó llamar, en primer lugar?

—Helen buscó su número en mi libreta. Es tu única parienta, y su lugar está aquí, junto a nosotros.

Era extraño que él nunca quisiera ver a Jean. Lo irritaba, decía. Bueno, tal vez. Quizá su bondad lo irritara. A veces los hombres eran así. Pero Jean había ayudado tanto en aquellos espantosos primeros días, consolando a Emily en sus brazos tiernos y vaciando el cuarto de Caroline, donde ni Lynn ni Robert hubieran soportado entrar.

Y, de algún modo, habían sobrevivido.

—Si un matrimonio aguanta esto —decía la gente— aguanta cualquier cosa. ¡Imagínate los sentimientos de culpa!

Sí, imagínenselos si pueden, pensó Lynn. Pero Robert se había tomado en serio las palabras de Bill White. Durante muchas noches crueles, la había abrazado con fuerza contra él. Y durante mucho tiempo, habían andado sin hacer ruido por la casa, hablando en susurros; ella había caminado en puntas de pie hasta que Robert le llamó suavemente la atención. La había salvado de la locura. Debía recordar eso cuando las cosas no anduvieran bien…

Sin embargo ¿cómo podía un hombre tan comprensivo, tan cariñoso con su familia, ser presa de iras tan terribles? ¿Cómo la de esta noche, como los otros arrebatos esporádicos en los que había caído a través de los años? Vivir con Robert era disfrutar del sol durante meses y meses; de pronto, una tormenta salvaje sumía todo en la oscuridad. Y con la misma velocidad con que había estallado, la tormenta pasaba, dejando un recuerdo que se borroneaba en la distancia, y la esperanza de que esa hubiera sido la última.

Las chicas no lo sabían, ni lo sabrían nunca. Porque… ¿cómo podía explicarles algo que ni ella misma comprendía?

Annie, sobre todo, nunca debía saberlo. Annie, tan joven y vulnerable. Había sido distinta y difícil desde el comienzo. Una beba rubicunda, morena, chillona, furiosa. En algunos aspectos, seguía siendo así, una criatura de estados de ánimo variables, que podía ser dulce e infantil o curiosamente adulta. En esas ocasiones, uno sentía que ella se daba cuenta de la menor evasión o excusa. Sin embargo, en el colegio no se destacaba. Era regordeta y torpe en deportes, a pesar de que Robert, que hacía todo tan bien, trataba de enseñarle. El se sentía secretamente desilusionado con la niña, Lynn lo sabía. ¡Que una hija suya, aunque solo tuviera ocho años, diera muestras de no hacer nada bien en absoluto!

La fuerza del amor de Robert recaía sobre Emily, tan parecida a él, tenaz, segura, competente en todo, desde matemáticas hasta tenis. Además de todo eso, a los quince años ya tenía éxito con los varones. La vida sería fácil para Emily.

Mis hijas… Ay, Dios, si no fuera por ellas, lloró Lynn en silencio, no volvería a casa. Me tomaría un avión e iría a… a cualquier parte, a Australia, o más lejos todavía. Pero era una tontería pensar así. Pensar en lo imposible. Además, si hubiera metido el traje en la valija, nada de eso hubiera sucedido. La culpa era suya…

Estaba haciendo frío. Un viento cortante soplaba desde el lago, trayendo el aroma penetrante de la primavera septentrional. Lynn hundió las manos en los bolsillos y se cerró bien el abrigo. La mejilla le latía.

Era una estupidez quedarse allí, temblando, esperando a que la asaltaran. Pero no tenía ánimos para moverse ni preocuparse. ¡Si solamente tuviera cerca a otra mujer para contarle sus penas! A Helen, o a Josie; Josie, tan sabía y buena, la mejor amiga que ella y Helen habían tenido en la vida. Se habían puesto el apodo de Las Tres Mosqueteras.

—Hemos transferido a un hombre, que ahora será mi asistente de marketing —había anunciado Robert, un día, hacía más de siete años—. Bruce Lehman, de Milwaukee. Judío y muy agradable, pero no me entusiasma demasiado. Me da la impresión de que le falta fuerza. Es difícil describirlo, pero cuando lo veo en un hombre, me doy cuenta. A ti te gustará, de todos modos. Es culto y colecciona antigüedades. Su mujer es asistente social. No tienen hijos. Tendrás que llamarlos e invitarlos. Es lo que corresponde.

Y así comenzó la amistad. Si pudiera hablar con ella ahora, pensó Lynn. Aunque, llegado el momento, seguro que no le contaría la verdad. Josie analizaría y yo me marchitaría bajo su análisis clínico.

Y en cuanto a confiarle esto a Helen, es imposible. Me previno contra Robert una vez hace mucho mucho tiempo y no voy a ir a lloriquear sobre su hombro ni sobre el de ninguna otra persona. Manejaré esto yo misma, aunque no sé cómo.

Se puso rígida. El corazón le dio un vuelco. De entre las sombras violetas, más allá del farol, una mujer desaliñada, ebria o drogada, se acercó tambaleándose a Lynn y se detuvo.

—¿Sentada sola en la oscuridad? Y tienes un ojo negro —dijo, acercándose para escudriñarle la cara. Cuando tocó el brazo de Lynn, ella dio un respingo y miró el rostro ajado, triste, brutal.

—Supongo que te habrás dado contra una puerta. Una puerta con puños. —La mujer rio y se sentó en el banco. —Tendrás que inventar algo mejor que eso, querida.

Lynn se puso de pie y corrió a la avenida, donde el tránsito todavía era fluido.

La mujer la había asustado tanto que, a pesar del frío, estaba transpirando. La única opción era volver al hotel. Cuando el ascensor se detuvo en el piso de su habitación, tuvo un impulso de dar media vuelta y volver a bajar. Pero no podía dormir en la calle. Y quizá Robert, furioso como estaba, no hubiera vuelto a la habitación. Introdujo la llave en la cerradura y abrió la puerta.

Robert, completamente vestido, estaba sentado sobre la cama con la cara entre las manos. Al verla, se levantó de un salto y Lynn se dio cuenta de que estaba desesperado.

—Te busqué por todas partes. ¡Son las doce de la noche! —exclamó. Por el amor de Dios, ¿dónde estabas? Te busqué por todo el hotel, por las calles, por todas partes. Pensé… no sé qué pensé. —Estaba demacrado y le temblaba la voz.

—¿Qué importa dónde estaba?

—No sabía qué podías haber hecho. Estaba aterrado.

—No hay necesidad de estarlo. Estoy bien. —Bueno, enteraa, al menos, pensó.

Cuando se quitó la pañoleta y quedó bajo la luz de la lámpara, Robert desvió la mirada. Se levantó y fue a la ventana; se quedó mirando la oscuridad. Ella observó sus hombros encorvados y sintió vergüenza por él, por ella misma y por el matrimonio del señor Robert Ferguson y señora, ciudadanos y padres respetables y respetados.

Tiempo después, todavía de espaldas a Lynn, él dijo:

—Soy muy irascible. A veces reacciono en forma desmedida. Pero nunca te lastimé de verdad, ¿no es cierto? Fueron solamente algunas bofetadas, ¿no? ¿Y cuántas veces lo he hecho?

Demasiadas. Aunque no habían sido tantas. Pero el ardor de la humillación duraba mucho más que el momentáneo dolor físico. El magullón de humillación duraba mucho más que los moretones sobre los antebrazos, provocados por apretones y sacudidas. Un suspiro profundo brotó de su corazón.

—¿Cuándo fue la última vez que pasó? —siguió preguntando él, como suplicando. Creo que ni siquiera debes recordarlo, fue hace tanto tiempo.

—Sí. Sí que lo recuerdo. Fue la semana de Acción de Gracias, del año pasado, cuando Emily llegó a casa a las dos de la mañana y estabas furioso. Y pensé, después que lo hablamos y te arrepentiste tanto, que sería realmente la última vez y que habíamos terminado con eso.

—Quería que fuera así. Te lo aseguro —respondió, con el mismo tono suplicante—. Pero no vivimos en un mundo perfecto. Suceden cosas que no deberían suceder.

—¿Pero por qué, Robert? ¿Por qué?

—No sé. Me odio a mí mismo, después, cada vez que sucede.

—¿No quieres ir a hablar con alguien, conseguir ayuda? Para descubrir por qué.

—No lo necesito. Saldré de esto por mis propios medios. —Al ver que ella se quedaba callada ante la conocida respuesta, continuó. —Dime la verdad, Lynn. Sabes que soy un marido amante y bueno contigo todo el resto del tiempo y que también soy buen padre. Te consta. —Se volvió hacia ella, implorando. —¿No es cierto?

Lynn no dijo nada.

—Estuve mal esta noche, aunque en parte fue un accidente. Pero te dije lo importante que era. Lo único en que pensaba era en lo que podía significar para nosotros. Nueva York con un aumento de sueldo del cincuenta por ciento, quizá. Y después de eso, ¿quién sabe? —Sus manos aferraban la barra de madera del respaldo de la silla, como si quisieran romperla. La súplica continuaba. —Es duro, Lynn, cada día es una lucha. Y no siempre te lo cuento, pues no quiero amargarte, pero es un mundo cruel, donde todos se pisan la cabeza. Por eso esa mujer te engañó acerca del traje. La gente hace cosas así. Tú no puedes imaginarlo porque eres tan honesta, tan buena, pero créeme, es la verdad. Tienes que estar alerta en todo momento. No pasa un instante en el que no esté pensando en nosotros, en ti, en mí y en las chicas. Somos uno, una unidad estrecha en un mundo indiferente. En última instancia, somos los únicos que nos preocupamos los unos por los otros.

Lynn, ante la insistencia de él, iba cayendo poco a poco de nuevo en la realidad. Los hijos, la familia, el hogar. Y el hombre, parado allí, con el que todos esos lazos la conectaban. Los pensamientos impulsivos de aviones volando a los confines del mundo, de volar libre y renovada, no eran la realidad… El hogar, los hijos, los amigos, el trabajo, la escuela, el hogar, los hijos…

Un pensamiento repentino interrumpió esa letanía.

—¿Qué le dijiste a Bruce?

—Lo que le dije a todo el mundo, que se había perdido la valija con mi traje de etiqueta.

Lynn pudo oírlo haciendo una broma al respecto. Mi traje debe de estar en un avión a las islas Fiji, o quizás esté todavía en St. Louis. Reía, haciendo que todos rieran con él.

—No me refería a eso. ¿Qué le dijiste de mí?

—Que no te sentías bien. No di demasiadas explicaciones.

—No, me imagino que no —respondió ella con amargura.

—Lynn, Lynn, ¿no podemos hacer borrón y cuenta nueva? Te prometo, te prometo que me cuidaré y que nunca, nunca, por Dios… —Se le quebró la voz.

Agotada, se sentó sobre la cama. Rogó para que la noche pasara rápido. Que llegue la mañana, para que podamos salir de esta espantosa habitación.

Robert se sentó junto a ella.

—Paré en una farmacia y te compré unas cosas —dijo. Tenía un frasco en la mano.

—No quiero.

—Déjame ponértelo, por favor.

Lynn estaba, demasiado cansada para discutir. Él había tomado un curso de primeros auxilios y sabía cómo tocarle la mejilla con cuidado. Suavemente, muy suavemente, sus dedos le bañaron las sienes con algo fresco.

—¿No te sientes mejor?

Sin querer darle la satisfacción de asentir, Lynn respondió.

—Estoy bien.

Apoyada contra las almohadas, vio por entre ojos semicerrados que él le había abierto la valija y, meticuloso como siempre, le había colgado la bata y el camisón en el armario.

—Tu pobre carita linda. ¿Por qué no me pegas? Cierra la mano y dame un buen puñetazo.

—¿De qué serviría?

—Tal vez te haría sentirte mejor.

—No necesito desquitarme. Yo no soy así, Robert.

—Ya lo sé. Ya lo sé. —Cerró el frasco. —Bien, ya está. No ir va a quedar ninguna marca. Aunque esa maldita puerta tenía un borde muy filoso. Habría que decírselo a la gerencia. Es tan fácil resbalarse allí.

Era cierto. Se había resbalado. ¿Pero habría sucedido si él no hubiera levantado la mano? Era difícil ser precisa al describir un accidente. Sucede en segundos y los recuerdos son confusos.

Lynn suspiró y se quejó:

—Estoy tan cansada… Creo que nunca me sentí así.

—Date vuelta y deja que te desabroche el vestido. Te masajearé la espalda.

El resentimiento seguía hirviendo en su interior, un rencor triste, humillado. Pero al mismo tiempo, un alivio sutil, físico, comenzaba a aplacarlo. Las manos persistentes de Robert, despacio, muy despacio y con firmeza, le aflojaban la tensión del cuello y los omóplatos. Cerró los ojos y se dejó flotar, como hipnotizada.

¡Con qué intimidad conocía su cuerpo! Era como si lo conociera tan bien como ella misma, como si lo conociera tanto como al suyo, como si fueran un solo cuerpo. Uno…

Transcurrieron unos minutos, o quizá media hora, no podía saberlo. Pero cuando él finalmente la hizo girar, Lynn no se resistió. Adormilada, entre sueños, sus brazos dispuestos aceptaron.

 

Cuando despertó, Robert ya estaba vestido.

—Hace una hora que me levanté. Es un día precioso. He estado mirando los barcos en el lago. ¿Te gustaría dar una caminata por allí? Podríamos volver a casa en un vuelo que salga más tarde.

Comprendió que él estaba tanteando su estado de ánimo.

—Como quieras. Me da lo mismo.

No era importante. Ella misma tanteaba su estado de ánimo y eso sí era importante. Anoche, la oscuridad había sido espantosa, allí, a orillas del lago. Pero ahora esos pensamientos eran morbosos e inútiles. Le vino a la mente algo que había leído hacía poco tiempo: la mayoría de los norteamericanos, aun en estos días, no ve nada grave en el golpe ocasional de un marido a su mujer. Qué curioso recordar eso ahora. Tal vez fuera una lección para ella. ¿Qué quieres de la vida, Lynn? Bien podía preguntárselo. ¿Que sea perfecta? No seas chiquilina, se dijo. Sé realista. Mira hacia adelante, no hacia atrás.

Además, lo amas…

Robert se sentó sobre la cama. Le alisó el pelo.

—Sé que debes de estar pensando que tienes un aspecto horrible. Pero no es así, te lo aseguro.

Con cuidado, Lynn se tocó el pómulo. Parecía que la hinchazón hubiera disminuido.

—Ve a ponerte un poco de maquillaje. Pediré que nos traigan el desayuno. Has de estar famélica.

—Comí un sándwich ayer al mediodía.

—Un buen desayuno, entonces. Tocino, huevos, todo.

Cuando salió del baño, él estaba corriendo la mesa sobre la cual estaba dispuesto el desayuno.

—Estos camareros nunca hacen las cosas bien. Cualquiera diría que tendrían la suficiente viveza de poner la mesa donde se puede disfrutar de la vista. Eso, ahí está mejor. En cuanto hayamos terminado, quiero que salgas conmigo. Tenemos que hacer una diligencia en la avenida.

—¿Qué es?

—Una sorpresa. Ya verás.

 

En el ascensor, se encontraron con Bruce Lehman.

—Pensé que ya te habrías vuelto —dijo Robert.

—No, antes tengo que comprar una cosa. ¿Te acuerdas? ¿Cómo te sientes, Lynn? Te extrañamos, anoche. —Se cuidaba de no mirarla a los ojos.

Robert respondió.

—Se cayó y le daba vergüenza bajar a cenar con la cara hinchada.

—Eres tan bonita que ni siquiera un magullón te arruinaría —dijo Bruce, mirándola ahora de lleno a los ojos.

A Josie le gustaba decir que se había casado con él porque sus ojos tenían un brillo amistoso y además, le gustaban los gatos. Ese brillo era visible aun detrás de los lentes. A Lynn le hacía pensar en una fotografía de una publicidad sobre vida campestre, en la que se veía un hombre fornido, enfundado en un rompevientos, caminando por el campo y acompañado por un par de chiquillos o perros lanudos.

—¿Te importa si te acompañamos? —preguntó Robert—. Anoche me diste una muy buena idea.

—Claro que no. Vengan. Le compré una pulsera a Josie, ayer —explicó Bruce a Lynn—. Quería que le grabaran sus iniciales e iba a estar lista esta mañana.

—Iba a darle una sorpresa a Lynn —lo reprendió Robert con ligereza—. Bueno, no importa. Llegaremos en unos minutos, de todas formas.

Lynn se sintió molesta. Había un tiempo para regalos, un estado de ánimo especial para recibirlos.

—Robert, no necesito nada —dijo—. De veras.

—Nadie nunca necesita alhajas. Pero si Bruce puede darse el gusto, ¿por qué yo no?

En la tienda, que era en sí una joyita de madera oscura, alfombra aterciopelada y arañas de cristal, Bruce mostró la angosta pulsera de oro que había comprado.

—¿Te gusta, Lynn? ¿Crees que a Josie le parecerá bonita?

—Es preciosa. Josie estará feliz.

—Bueno, sabe Dios que no le hará olvidar la mastectomía, pero pensé que… con un regalito, bueno, pensé… —La voz le tembló y se interrumpió.

Robert había ido al otro extremo de la tienda. Desde allí llamó a Lynn.

—Ven, quiero que veas esto.

Engarzada en una telaraña de hilos de oro, había una hilera de piedras convexas, lustradas pero no facetadas: rubíes, zafiros y esmeraldas en sucesión.

—Esto —declaró Robert— es lo que yo llamo una pulsera.

—Es bizantina —acotó el vendedor—. Hecha a mano. Los originales están en museos.

—Pruébatela, Lynn.

El precio en la etiqueta estaba escrito con cifras tan pequeñas que resultaba ilegible, pero Lynn no necesitaba verlo.

—Es demasiado cara —objetó.

—Déjame ser yo quien juzgue eso —dijo Robert—. Si compro algo, no compro basura. Tiene que ser lo mejor o nada. Pruébatela.

Obediente, ella fue hasta el espejo. Se sentía incómoda; no estaba acostumbrada a tanta magnificencia; su aspecto era el de una jovencita.

Cuando Bruce se acercó, Robert dijo:

—Muéstrale lo que te llevas.

—Es idea de Robert. Realmente no… —comenzó a decir Lynn.

Bruce le apoyó una mano sobre el brazo y curiosamente, pensó Lynn, la corrigió:

—Es hermosa. Llévatela. Te la mereces. —Se volvió hacia Robert y añadió. —Tenemos buenas esposas. Se merecen lo mejor de nosotros.

Y la compra se concretó.

—Guárdala en tu cartera —le aconsejó Robert—. Todavía no está asegurada y la valija podría perderse.

—Como la tuya —dijo Bruce.

—No querías la pulsera —dijo Robert en el avión— porque creías que estaba tratando de compensarte por lo que hice ayer. Pero te equivocas. Y no es nada comparado con lo que te daré algún día. —Rio por lo bajo. — Además, comparada con lo que ese cero a la izquierda le compró a Josie…

—¿Por qué lo llamas cero a la izquierda? Es una de las personas más inteligentes que conocemos.

—Tienes razón y me expresé mal. Lo que quise decir es que nunca le prenderá fuego al mundo. Eso te lo puedo asegurar.

—Tal vez no tenga deseos de hacerlo —replicó Lynn, con un dejo de indignación.

—Hace bien su trabajo y causa buena impresión, pero, para mí, le falta brillo, no es de la clase de hombres que vuelven tarde y pasan por la oficina el sábado, cuando todos los demás están descansando.

—Tuvo que estar mucho con Josie cuando ella estuvo tan enferma, no te olvides. Ahora que está bien, será diferente.

—Bueno, de todas formas, son una pareja extraña. Ella es efervescente como una botella de fizz y él tiene la personalidad de una almeja.

—No es cierto. Sencillamente, no es conversador. Se dedica a escuchar. —En voz baja, dijo: —¿Bruce y Josie nunca te agradaron, verdad?

—Vamos, eso no es verdad, tampoco. —Robert le tomó la mano que descansaba sobre el apoyabrazos. —Bah, al diablo con todo el mundo menos nosotros. Lynn, tengo el presentimiento de que para nosotros, hay un gran cambio en el aire. Anoche me dijeron cosas y se dijeron cosas de mí que me hacen pensar que es casi seguro que me den el puesto en Nueva York. ¿Qué me dices?

—Que no me sorprende. Si alguien se lo merece, eres tú.

—Estaré a cargo de todas las ventas desde el Misisipi hasta el Atlántico.

Lynn estaba pensando con melancolía: Voy a extrañar a Helen y a Josie.

—Quizás envíen a uno o dos más de aquí, debajo de mí, por supuesto. Están haciendo grandes cambios en todo el mapa.

—Espero que vaya Bruce.

—Por Josie, naturalmente. Te apoyas demasiado en ella, Lynn.

—En absoluto. No sé cómo puedes decir eso.

—Lo digo porque lo veo. —Unos minutos después, musitó: —Nueva York. Y después… ¿quién sabe? La división internacional. El extranjero. Londres. París. Arriba hasta la cima. Presidente de la compañía a los cincuenta. Es posible, Lynn. Ten confianza en mí.

Era un hombre excepcional, al que nada podía detener. Todos lo sabían, y ella, su mujer, lo sabía mejor que nadie. Él volvió a tomarle la mano y sonrió con su sonrisa brillante, contagiosa.

—¿Me quieres? ¿Con todos mis defectos?

Quererlo. Estaba unida a él, a pesar de cualquier cosa. Desde el primer día. A pesar de todo. ¿Cómo explicarlo? Era lo mismo que tratar de explicar la fuerza de la marea creciente.

—¿Me amas? —insistió él.

—Sí —respondió Lynn—. Sí, sí.