Vida de Samuel Johnson
1725-1727 | Juventud
1725: ÆTAT. 16] Luego de residir una temporada en casa de su tío, Cornelius Ford, a
los quince años Johnson fue llevado interno a la escuela de Stourbridge, en el
condado de Worcester, de la que el señor Wentworth era entonces rector. Dio este
paso por consejo de su primo, el reverendo señor Ford, hombre en el cual tanto el
talento como la buena disposición por desgracia se echaron a perder debido a su vida
licenciosa[18], pero que siempre fue un juez muy acertado de lo que más conviniera.
En esta escuela no prosperó en su educación tanto como se esperaba. Se ha dicho que
fue admitido en calidad de ayudante del señor Wentworth, impartiendo clases a los
muchachos de menos edad. «El señor Wentworth —me dijo— era un hombre muy
diestro, pero perezoso, y conmigo muy severo, si bien no puedo culparle de nada. Yo
era entonces un muchacho fornido, él vio que no le profesaba la debida reverencia y
comprendió que de mí no iba a obtener honor alguno. Había llevado conmigo más
que suficiente para apañármelas, y todo cuanto pudiera sacar en claro de su escuela
quedaría adscrito a mi propio trabajo o a mi anterior maestro. A pesar de todo, me
enseñó mucho».
Así discriminaba, hablando con el doctor Percy, Obispo de Dromore, sus
progresos en las dos escuelas primarias a las que asistió: «En una, mucho aprendí de
la escuela, aunque poco del maestro; en la otra, mucho aprendí del maestro, pero
apenas nada de la escuela».
También me da cuenta el Obispo de que «el padre del doctor Johnson, antes que
éste fuese admitido en Stourbridge, solicitó que se le admitiera como alumno y
ayudante del reverendo Samuel Lea, rector principal de la escuela de Newport, en el
condado de Shropshire», buen maestro, muy diligente, en aquel entonces de
contrastada reputación, a cuyas órdenes dice el señor Hollis, en las Memorias de su
vida [19] , que también se educó con provecho. No prosperó la solicitud cursada al
señor Lea, pero Johnson tuvo más adelante la gratificación de saber que el ya anciano
caballero, que vivió hasta muy avanzada edad, comentó que uno de los eventos más
memorables de su vida fue «el haber estado a punto de contar con tan gran hombre
como alumno».
Estuvo en Stourbridge poco más de un año y volvió a su hogar, donde cabe
señalar que haraganeó por espacio de dos años, en un estado de desatención indigno
de sus insólitas aptitudes. Había dado ya sobradas pruebas de su genio poético, tanto en sus ejercicios escolares como en otras composiciones ocasionales. De ellas he
podido hacerme con una colección considerable gracias a la intercesión del señor
Wentworth, hijo del que fuera su maestro, y del señor Héctor, su compañero de
estudios y amigo. Selecciono las siguientes muestras:
TRADUCCIÓN DE VIRGILIO. ÉGLOGA I
MELIBEO
Tendido al pie de tu haya de ancha sombra,
tú, Títiro, en el leve caramillo
ensayas tus tonadas campesinas.
Nosotros, de la patria en los linderos,
adiós decimos a sus dulces campos,
nosotros, de la patria fugitivos…
Tú, tendido a la sombra, al eco enseñas,
oh Títiro, a que el bosque te repita:
¡Amarilis hermosa…!
TÍTIRO
Melibeo,
esta paz que disfruto un dios me ha dado,
dios que ha de serlo para mí por siempre;
y sangre de corderos de mi aprisco
su ara a menudo embeberá. Lo miras:
paciendo están por él libres mis vacas,
por él entona mi zanfoña agreste
cantos a su placer.
MELIBEO
Oh, no, no envidia;
pasmo es más bien lo que al mirarte siento:
si todo es llanto en la campiña en torno,
desconcierto y terror. Ya ves, yo mismo
enfermo aguijo mis cabrillas, y ésta
apenas logro que a la rastra salga:
y es que en el denso avellanedo deja
sobre la roca dura dos gemelos
recién paridos, la ilusión del hato.
Ah, cuántas veces, de no ser tan torpe,
debí yo recordar que me anunciaba
esta desdicha el rayo en las robledas…
Mas ese dios, ¿quién fue? Cuéntame, Títiro… [c6]
TRADUCCIÓN DE HORACIO. LIBRO I, ODA XXII
Integer vitae…
El hombre recto y de conciencia pura
no quiere el arco, mauritanas armas,
ni de saetas venenosas, Fusco,
llena la aljaba,
Igual si cruza las ardientes Sirtes
que si a lo hostil del Cáucaso se lanza,
o a los países que el famoso Hidaspes,
plácido baña.
Mientras inerme, en la Sabina selva,
descuidado a mi Lálage cantaba,
lejos ya de las lindes, me huyó un lobo
de hórrida traza.
No le vio tal la belicosa Apulia
en sus espesos bosques, ni la cálida
tierra de Juba le crió, de fieras
nodriza áspera.
Ponme en la fría zona donde el árbol
no se da nunca, ni estivales auras,
confín del mundo en que el nublado cielo
torvo amenaza,
o ponme allí donde habitar impide
el sol que ardiendo en su carroza pasa:
siempre amaré a mi Lálage, que, dulce,
sonríe y canta.
TRADUCCIÓN DE HORACIO. LIBRO II, ODA IX
Non semper imbres…
No siempre torrencial desde las nubes
la lluvia cae sobre rastrojos ásperos,
ni, sin cesar, las locas tempestades
irritan al mar Caspio,
ni en la región de Armenia
Dura el hielo inerte todo el año.
Ni eternamente el Aquilón combate
las encinas del Gárgano,
ni los desnudos olmos lloran siempre
las hojas de que fueron despojados.
Débil tú, con acentos doloridos,
por aquel Misté gimes
que las crueles Parcas te robaron;
y al levantarse el día ve tus lágrimas,
y al retirarse el sol te ve llorando.
Pero Néstor, de noble y larga vida,
no la pasó gimiendo por su Antíloco
amado, y el prematuro fin del joven Troilo
así padres y hermanas no lloraron.
Cesen ya, Valgio amigo,
esos lamentos blandos.
Celebremos más bien los nuevos triunfos
el César: el Nífates ahora helado;
el Eufrates famoso, que, sintiéndose
sólo un vencido más, uno de tantos,
de su caudal reduce la fiereza…;
y los Gelonos, que, también domados,
en límites prescritos,
cabalgarán por sus estrechos campos.[c7]
TRADUCCIÓN DE PARTE DEL DIALOGO ENTRE HÉCTOR Y ANDRÓMACA EN EL LIBRO SEXTO (440
Y SS.) DE LA ILÍADA DE HOMERO
Calló ella; Héctor, como un dios, contestó afable
(su penacho variopinto al viento tremolaba).
Ese puesto, y lo demás, será de mi incumbencia,
pero ¿habré por ello de renunciar a esta guerra inacabada?
¿Cómo habrían de esgrimir los troyanos mi renombre?
¡Una acción vergonzosa empañaría mi fama,
forjada con heridas en bravas batallas libradas!
Mi alma aborrece tan mezquino pensamiento.
Tiempo ha que aprendí a desdeñar este fugaz aliento;
ya desde entonces alegre miro a la muerte a la cara
según decreto inapelable de las inexorables hermanas,
que Príamo y la hueste de Príamo han de sangrar:
llegará el día en que perezca la Troya sagrada
y se esparzan por el campo sus ruinas humeantes.
Mas ni el de Hécuba, ni la edad vetusta de Príamo,
cuya sangre saciará la sedienta ira de un griego,
ni el de mis valerosos hermanos, que han mordido el polvo,
perdidas las almas por muchas heridas de espanto,
pueden en mi seno crear ni la mitad del dolor
que el triste pensamiento de tu destino inminente:
cuando una orgullosa griega sus tareas imponga,
tus lágrimas mime, en solfa ponga tus penas,
bajo el peso de las aguas de Hiperias has de sudar
y, al límite de tus fuerzas, no lo podrás soportar,
ni el insulto a voz en cuello de Argos escuchar:
¡Ved a la mujer de Héctor, de Troya guardián!
¡Con sólo oír mi nombre, a tus ojos lágrimas acudirán
y tu hermoso pecho un suspiro habrá de desgarrar!
Ojalá que antes de ese día, por mano de un héroe valerosa,
yazga yo muerto y tiña mi sangre la orilla arenosa.
A UNA JOVEN, POR SU CUMPLEAÑOS [20]
Hermosa mía, estos versos de homenaje caluroso
recibe del ardor del amante en ruego cariñoso.
Que este día que ha de regresar siempre
tu planta más adorable, tu espíritu ornado encuentre;
toda pena, toda cuita, pluga suprimir al cielo,
¡todo, salvo dulces solicitudes de amor gemelo!
Naturaleza poderosa se conjugue con la gracia del arte
para afilar cada mirada y en el corazón clavarte.
Cuando la muchedumbre prosternada confiese tu dominio,
cuando riqueza orgullosa e ingenio altivo obedezcan tus designios, hermosa mía, pon cuidado en tu empuje irresistible,
ay, que mucho cuesta ser justa a la belleza indecible.
Despliega tus encantos soberanos con sumo esmero;
no otorgues castigo al generoso, ni alborozo al pinturero;
con su propio rebozo recibe al bobo impetuoso
mostrándole en el espejo fiel su sonrojo;
al remedo sus faltas a censurar enseñarás,
si las coquetas se deslumbran no lo permitirás,
y los encantos de Belinda así a la humanidad servirán.
EL JOVEN AUTOR[21]
Cuando el campesino, de siempre inclinado a vagar,
prescinde de su entretenimiento rural y su apacible hogar,
contento con la escena que le tiende el océano sonriente
mofase de campos florecidos, de los campos verdecientes;
baila jocundo sobre los caminos del agua rutilante;
susurra la brisa y los banderines tremolantes;
ilimitadas perspectivas en su seno se devanan
y los fututos millones su alma naciente ensalzan;
en bienaventurados sueños la mina de oro encuentra
y, embelesado, el resplandor del rubí contempla.
¡Falsos alborozos! Invaden los cielos nubes negras,
ruge con fuerza el viento, braman las olas en tinieblas;
enfermo de miedo, anhela avistar la costa abrigada
y jura no confiarse más a la hondura ensañada.
Así el joven autor que jadea en pos de la fama,
y de duraderos honores a un nombre que restalla,
confía su dicha al género humano entero,
más falso, más cruel, que los mares o el viento.
Afánate sin descanso, en éxtasis vocifera
por lograr riquezas o títulos, perecederos emblemas;
yo de tales bendiciones transitorias me burlo,
seguro de las alabanzas por venir en el futuro.
Formada esta idea, todo consejo será baldío,
pues corre a la imprenta, y apremia su destino;
enseguida ve el imaginado laurel extenderse
y ya siente la corona eterna ceñir sus sienes.
Advertido por el sino ajeno, vano joven, sé cuerdo,
pues ese afán fue de Settle, de Ogilby fueron sueños:
se difunden los panfletos, se oyen siseos aviesos;
a su retiro el escritor contrariado huyera, empero,
donde no gruñan críticos agriados, ni las puyas le zahieran,
a salvo de la sátira deslenguada, de la chanza intensa;
allí ruega al Cielo un sino no tan distinguido,
contento de ser esquivo escondido, orgulloso de caer en el olvido.
EPÍLOGO, PARA QUE LO PRONUNCIARA UNA DAMA QUE IBA A INTERPRETAR AL FANTASMA DE
HERMIONE[22]
Vosotras, séquito florido, que dais desesperación o júbilo,
si con una sonrisa bendecís, destruís con el ceño fruncido;
si en vuestras mejillas aguarda destructor Cupido,
con infalibles dardos distribuís distintos destinos;
si vuestros blancos pechos y ojos vivaces
cada joven admira, aunque cada admirador se deshace,
si bien os mofáis de su agonía en juego bárbaro,
sin piedad los veis llorar, los oís rogaros
e implacables retozáis así mil seres sean destrozados,
por vosotras, bellas, abandono las lúgubres llanuras
donde reina en todo su espanto azabache negrura;
no hay ramilletes fragantes, ni deleitosas arboledas
que reciban al fantasma en pena de la desdeñada doncella.
Por amables, tiernas ninfas, florece el mirtilo
y entreteje sus ramas frondosas en plácido umbrío;
las rosas perennes alegran cada cárdeno valle
y aromas de ambrosía alientan en el aire;
proscritos los mefíticos vapores de las penas, y las lágrimas,
el té, el sándalo, los dientes marfileños, las caras lánguidas;
no hay perrillo, no hay Cupido favorito que se precie
del bálsamo del beso por el que Tirsis desfallece;
hechas al deleite, no requieren de ajenos brazos,
y la tortura de las ballenas no comprime sus encantos;
ningún arrebol cohibido sus mejillas de rojo colora,
pues quien no conoce la culpa la vergüenza ignora;
intactos los encantos que antaño mostraron,
a su alrededor aguardan placeres y júbilo renovado.
Pero las vírgenes crueles hallan destino más severo;
expulsadas y exiladas de los lugares de embeleso,
a reinos desolados, a regiones de paz carentes,
donde siempre ululan las furias y sisean las serpientes.
Tempestades perpetuas las tristes llanuras ensombrecen
y venenosos vapores todo el cielo ennegrecen,
de lívidos matices tiñen los bellos rostros
y toda belleza se marchita ante su empuje torvo;
doquiera que huyan, el fantasma del amor persiguen
y todos los males que conocieron a su paso infligen:
desconcierto, furia, desesperación, celos
vejan todos los ojos, desgarran todos los pechos;
por todos es descrita su nauseabunda deformidad,
sin dolor que esconder, sin doncellas que adular.
Fundíos pues, bellas, mientras el gentío aún suspire;
no permitáis que el desdén vuestra mirada empañe;
ablandad con compasión todo temible adorno
y así sonría la belleza auspiciosa en cada rostro.
Dedicad vuestro poder afable a paliar todo daño
para reinar inocentes, amantes del género humano.