Vida de Samuel Johnson
1777 | Ætat. 68
Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.
1777: ÆTAT. 68.] En 1777, según cabe deducir de sus Plegarias y meditaciones,
Johnson sufrió en gran medida de un estado anímico «de desasosiego y perplejidad»,
y del lúgubre humor constitutivo que, con su extrema humildad y con su constante
preocupación en lo atingente a su estado religioso, le hacían verse a través de una
perspectiva oscura en demasía y desfavorable en grado extremo. Cabe decir de él que
«veía a Dios en las nubes».[c36] Podemos tener certeza de la injusticia en que incurría
consigo mismo en el siguiente y apenado párrafo, tanto que da lástima pensar que
proviene del contrito corazón de este gran hombre, a cuyos trabajos y desvelos tanto
debe el mundo:
Cuando examino mi vida pasada, no descubro más que una estéril pérdida de tiempo, con algunos desórdenes corporales y perturbaciones del entendimiento muy próximos a la locura, tanto que con toda sinceridad espero que
Él, mi hacedor, consienta atenuar mis faltas y disculpe mis muchas deficiencias.[46]
Sin embargo, en este año son sus devociones eminentemente fervorosas, y nos
consuela ver lapsos de tranquila compostura y alegría.
Por Pascua hallamos la siguiente y encendida plegaria:
Dios Todopoderoso y muy misericordioso Padre Nuestro, Tú que ves todas nuestras calamidades y conoces todas nuestras necesidades, baja tu mirada hacia mí y de mí ten piedad. Defiéndeme de la incursión violenta de los malos pensamientos y permíteme adoptar y mantener las resoluciones que puedan ser conducentes al cumplimiento de los deberes que tu Providencia me designe, y ayúdame por medio de tu Espíritu Santo para que mi corazón pueda fijarse y ver dónde se han de hallar las verdaderas alegrías, para que pueda yo servirte con afecto puro y con el ánimo contento. Ten piedad de mí, ¡oh, Dios!, apiádate de mí; los años y los achaques me oprimen, el terror y la ansiedad me aturden. Apiádate de mí, Creador y Juez mío. En todas las perplejidades y vicisitudes, ayúdame y libérame, y auxilíame por medio de tu Espíritu Santo, para que pueda ahora conmemorar la muerte de tu Hijo Jesucristo Nuestro Salvador, de modo que cuando esta corta y penosa vida tenga su fin pueda
yo, por amor de Él, ser admitido en la felicidad imperecedera. Amén.[47]
Hallándose en la iglesia, las impresiones agradables que provoca en su espíritu las
recoge de este modo:
He pasado algún tiempo abrumado, pero a la postre he obtenido, espero que del Dios de la paz, mayor quietud de la que había gozado desde hace mucho tiempo. No había tomado yo ninguna resolución, pero a medida que se tornaba más ligero mi ánimo, revivía mi esperanza y mi espíritu se fortalecía, y escribí con mi pluma en mi Libro de las oraciones comunes:
Vita ordinanda.
Biblia legenda.
Theologiæ opera danda.
Serviendum et lætandum.
El señor Steevens, cuya generosidad es sobradamente conocida, se sumó al doctor
Johnson en prestar amable ayuda a una familiar de Goldsmith, a la que solicitó que
cuando regresara a Irlanda le procurase particulares autenticados sobre la vida de su
célebre pariente. Referente a ella es la siguiente carta:
A George Steevens
A 25 de febrero de 1777
Estimado señor,
le alegrará saber que de la señora Goldsmith, a quien tanto lloramos por suponer que pereció ahogada, he recibido una carta en la que expresa su gratitud a todos nosotros, con la promesa de llevar a cabo las indagaciones que le encomendamos.
Hubiera tenido yo el honor de transmitir esta información a la señorita Caulfield, sólo que no tengo su carta a
mano, por lo que desconozco su dirección. Transmítale la buena nueva. Soy, cordialmente, su más etc.,
SAM. JOHNSON
Boswell al doctor Johnson
Edimburgo,
14 de febrero de 1777
Mi querido señor,
el estado de mis cuentas epistolares con usted es en la actualidad extraordinario. El balance, si de número se trata, está a su favor. Le debo dos cartas: una, fechada el pasado 16 de noviembre, día en el cual también yo le escribí, de modo que nuestras cartas se cruzaron; la otra, del 21 de diciembre.
Me ha caldeado el corazón la gratitud despertada por el contenido a fe que bondadoso de ambas; se me antoja
pasmoso e insultante haber dejado pasar tanto tiempo sin escribirle. Pero el retraso me es inherente, sea por naturaleza, sea por mis malas costumbres. Aguardé hasta que se me ofreciera la oportunidad de presentarle mis respetos con ocasión del año nuevo. He vuelto a caer en la procrastinación a tal extremo que el año de nuevo ya nada tiene. (…)
La causa del doctor Memis se falló en su contra, con unas costas judiciales de cuarenta libras. El lord
presidente del tribunal y otros dos de los jueces disintieron de la mayoría en este punto, señalando que aun cuando no existiera intención de perjudicarle llamándole “doctor en Medicina” en vez de “médico” a secas, como él protestase en contra de tal designación antes de que se imprimiera la carta de estatutos, manifestando que no sólo no era de su agrado, sino que también se le antojaba dañino, hubo mala fe en negarse a rectificarla y en concederle una designación a la que sin asomo de duda tenía derecho pleno. Mi opinión es que nuestro tribunal ha dictado sentencia errónea. La parte de la defensa obró de mala fe al persistir en ponerle un título que a él le desagradaba. Recordará usted al pobre Goldsmith, cuando adquirió notoriedad y deseaba que se le conociera como Doctor
Major [a nota c172, Vol. I] , no soportaba que usted lo llamara Goldy . ¿No habría sido craso error y excesiva falta de tacto llamarlo así en su Prefacio a Shakespeare o en cualquier otro escrito serio y con vocación de permanencia? Lo difícil es precisar si debe permitirse la comisión de un acto que conculca esos defectos menores. De minimis non curat lex.
La causa del negro está aún pendiente de sentencia. Se está preparando un memorial sobre la cuestión de la
esclavitud. Le enviaré un ejemplar tan pronto se halle impreso. A Maclaurin le alegra que apruebe usted su rogatoria en defensa del negro.
Macquarry estuvo aquí en invierno, pasamos una tarde juntos. No será posible impedir que se venda su
heredad.
El pleito de sir Allan Maclean contra el Duque de Argyle por la recuperación de la antigua heredad de su
familia está visto para sentencia y en manos de nuestros jueces. Hablé ayer en su defensa, Maclaurin lo ha hecho hoy. Crosbie también ha expuesto hoy sus argumentos en su contra. Falta por oír a otros tres abogados; la semana que viene se pronunciará el tribunal. Le envío la Información o Argumentos de cada una de las partes, que espero tenga la bondad de leer. Cuando nos acogimos los dos al techo y la hospitalidad de sir Allan, me dijo usted que «le defenderé con mi pluma». Le recuerdo que lo dijo con un destello de generosidad, y aunque Su Merced de Argyle le proporcionó después a usted una montura excelente, sobre la cual «parecía un obispo», es preciso que no flaquee en el propósito que declaró en Inchkenneth. Ojalá pueda entender los puntos esenciales del litigio, en medio de la faramalla de nuestros principios legales y frases hechas típicas de Escocia.
[Seguía aquí una larga exposición del caso, en la que me esforcé al máximo por aclarárselo a un caballero
inglés que no tenía conocimiento de los formulismos y el lenguaje técnico de las leyes de Escocia].
Le informaré sobre cómo se resuelve la causa. Ahora bien, como es posible que sea revisada por nuestros
jueces, y como con toda certeza se ha de apelar a la Cámara de los Lores, toda ayuda que pueda prestarnos un entendimiento como el suyo será de gran trascendencia. Su disquisición sobre la «intromisión viciada» es prueba notable de lo que puede usted hacer incluso en el seno de la ley de Escocia. (…)
Todavía no he distribuido todos sus ejemplares. Lord Hailes y lord Monboddo han recibido uno cada uno, y le
dan las gracias. Recientemente he almorzado con Monboddo, y tras tomar el té quedamos un rato a solas; como sabía que había leído el Viaje sólo de un modo muy sucinto, ya que no me habló del libro como yo hubiera deseado, lo puse sobre la mesa y le leí en voz alta varios pasajes, y entonces lo comentamos y le comuniqué que iba a recibir un ejemplar del autor. Me rogó que estuviera firmado. (…)
Soy siempre, mi querido señor, su más fiel y afectuoso y humilde servidor,
JAMES BOSWELL
Sir Alexander Dick al doctor Samuel Johnson
Prestonfield,
17 de febrero de 1777
Señor,
ayer tuve el honor de recibir el volumen que contiene su Viaje a las islas occidentales de Escocia, que tuvo usted la bondad de hacerme llegar mediante los buenos oficios del señor Boswell, de Auchinleck; por ello le traslado mi agradecimiento y le comunico que tras leerlo de nuevo con todo cuidado lo depositaré en mi pequeña colección de libros predilectos, junto al Viaje a Córcega de nuestro común amigo. Como hay muchas cosas dignas de admiración en ambos libros, a menudo me he dicho que sería muy deseable que no se publicasen más libros de viajes que aquellos que diesen cuenta de los que emprenden personas de probada integridad y de buen criterio, y que describiesen fielmente, con un cuidado lenguaje, la situación, condición y costumbres de los países que recorren. No cabe duda de que nuestra tierra escocesa, a pesar de la unión de ambas coronas, sigue estando en la mayoría de los lugares desprovista de vestimenta, o del cubierto de los setos y las plantaciones, que bien hizo usted en dar a sus lectores una sólida admonición respecto a tal circunstancia. Las verdades que ha contado usted, por la pureza del lenguaje con que las expresa, como su Viaje se lee universalmente, tal vez ya hayan surtido muy buen efecto. No en vano un conocido mío, poseedor del mayor vivero de árboles y setos que existe en este país, me cuenta que de un tiempo a esta parte se ha duplicado e incluso a veces triplicado la demanda de estos retoños. Por consiguiente, he incluido al doctor Samuel Johnson en algunos de los informes sobre los principales reforestadores y partidarios de los recintos vegetales cerrados, bajo un nombre que me he tomado la libertad de
inventar a partir del griego, [c37] Papadendrion . Lord Auchinleck y algunos más constan en esa lista. Se me ha hecho saber que un caballero del condado de Aberdeen, a saber, sir Archibald Grant, ha hecho plantar más de cincuenta millones de árboles en un terreno montaraz, cercano a Monimusk; he de informarme de si los ha vallado como es debido antes de incluirlo en mi lista, pues ése es el espíritu del recinto vegetal. Yo también comencé a plantar algunos, pero no demasiados, pues nuestras tierras son demasiado valiosas, y de eso hace ya cincuenta años; los árboles, ahora que tengo setenta y cuatro, los contemplo con reverencia y se los muestro a mi primogénito, que tiene quince, pues alcanzan la altura de mi casa de campo, en la que tuve el placer de recibirle a usted, y espero volver a tener la misma satisfacción con nuestro común amigo, el señor Boswell. Seguiré siendo siempre, querido doctor, con la mayor estima, su muy agradecido, obediente y humilde servidor,
[48]
ALEXANDER DICK
A James Boswell
18 de febrero de 1777
Querido señor,
mucho tiempo ha pasado desde la última vez que supe de usted,[49] tanto que no estoy tranquilo; escríbame algo en el próximo correo. Cuando me envió su última carta, todo parecía en vías de arreglarse. Confío en que desde entonces nada se haya torcido. Quiero suponer que el pequeño Alexander sigue creciendo y que Verónica ya será una hermosa compañía para quien de ella pueda gozar. No doy por hecho, como es natural, que la señora se haya reconciliado conmigo; sin embargo, hágale saber que la quiero bien y la valoro en mucho.
El doctor Blair ha comenzado la impresión de algunos sermones más. Si son como los primeros, que ya he
leído, son sermones aurei, ac auro magis aurei. Están escritos de un modo excelente por lo que respecta a la
doctrina y por lo que a la lengua atañe. El libro del señor Watson[50] parece gozar de gran estima. (…)
El pobre Beauclerk sigue estando muy enfermo. Langton vive como de costumbre. Sus hijos son un encanto,
su esposa va perdiendo su acento escocés. A Paoli no le veo nunca.
He tenido tales aflicciones debido a las dificultades respiratorias que me han extraído un total computado de
treinta y seis onzas de sangre en unos cuantos días. Estoy mejor, lo cual no quiere decir que esté bien del todo.
Ojalá esté usted vigilante y me pueda conseguir el Telémaco de Graham, un librito que se imprimió en
Glasgow, y los Johnstoni Poemata, otro librito impreso en Middleburgh.
La señora Williams le envía recuerdos, y promete que cuando venga usted le dará acomodo todo lo bien que
pueda en la vieja habitación. Desea saber si envió usted su libro a sir Alexander Gordon.
Mi querido Boswell, no descuide entre sus muchas labores la de escribirme, pues su amabilidad es uno de los
grandes placeres de mi vida, que mucho lamentaría perder. Soy, señor, su humilde servidor,
SAM. JOHNSON
Al doctor Samuel Johnson
Edimburgo,
24 de febrero de 1777
Querido señor,
tuve la fortuna de recibir con el último correo su carta fechada el 18. Aunque mi dilatado descuido de un tiempo a esta parte, o más bien retraso, sea el verdadero culpable, no me tienta el lamentarlo, pues a cambio me ha dado tan valiosa prueba de su estima. Durante tan inexcusable silencio, sin duda que a veces distraje todo reproche de mi ánimo al fantasear con que volvería a tener noticias de usted, ya que se interesaría usted no sin una punta de preocupación por mí, pues por cuanto se le alcanzaba a saber bien podía yo estar indispuesto e incluso enfermo.
Le ha complacido mostrarme que mi amabilidad es de cierta trascendencia para usted. Se me alboroza el
corazón sólo de pensarlo. Tenga plena confianza, señor, en que el afecto y la reverencia que le profeso son exaltados y son firmes. No creo que haya existido un apego más perfecto en toda la historia de la humanidad. Y es noble apego, pues la atracción no es otra que la del genio, la cultura y la piedad.
Sus dificultades respiratorias me alarman, y me traen a la imaginación un suceso que, aun cuando en el curso
natural de las cosas sea de esperar en algún momento, no puedo contemplar con entereza. (…)
A mi esposa le honra mucho lo que dice usted de ella. Le ruega que acepte de ella sus respetos. Le enviará una
mermelada de naranja que ha hecho ella misma. (…)
Soy siempre, mi querido señor, su más agradecido y fiel y humilde servidor,
JAMES BOSWELL
A James Boswell
14 de marzo de 1777
Querido señor,
mucho me ha complacido su última carta, y me alegra que mi enemiga de antiguo, la señora Boswell, empiece a tener remordimientos por su inquina. En cuanto al escocés de la señorita Verónica, no creo yo que tenga remedio. Fácilmente podría llevarse a una criada inglesa, pero no tardaría en imitar ella a la mayoría, del mismo modo que habría de imitar a quienes más respeta. No tendrá un acento dialectal muy marcado. Su madre no tiene un deje
demasiado escocés, y usted tiene muy poco. Espero que sepa cómo me llamo y que no me llame Johnstone.[51]
La causa inmediata de la presente es como sigue: un tal Shaw, que parece un hombre modesto y decente, ha
escrito una [c38] Gramática de la lengua erse , que un nativo muy culto de las Tierras Altas, Macbean, ha
examinado a instancias mías, y le ha dado su visto bueno.
El libro es muy poca cosa, aunque a Shaw le han convencido sus amigos de venderlo a media guinea, si bien
le aconsejé yo que lo dejara sólo en una corona, creyéndolo incluso generoso. Usted, a quien el autor tiene por gran estimulante de los hombres de ingenio, recibirá un paquete con sus propuestas y recibos de suscripción. Me he encargado de avisarle de ello para solicitar de paso su venia. No conviene que las extienda a ningún pobre, pues el precio de venta es realmente demasiado elevado. No obstante, una obra así merece un buen patrocinio.
Se ha propuesto incrementar el número de miembros de nuestro club, y pasar de veinte a treinta, de lo cual me
alegro, ya que como tenemos en él a varios con los que no me agrada relacionarme,[52][a nota 135, Vol. III] tiendo a reducirlo a una mera colección de hombres conspicuos, pero sin ningún carácter preciso. (…)
Soy, querido señor, afectuosamente, su amigo
SAM. JOHNSON
Mis respetos a su señora, a Verónica, a Alexander, a Euphemia, a David.
Boswell al doctor Johnson
Edimburgo, 4 de abril de 1777
[Tras informarle de la muerte de mi hijo pequeño, David, y de que por ese motivo no me sería posible visitar Londres en la primavera]:
Se me hace muy difícil pensar que haya de pasar un año sin verle. ¿Puedo tener la presunción de pedirle un
encuentro en otoño? Creo que ha visto usted todas las catedrales de Inglaterra, si no estoy engañado, salvo la de Carlisle. Si tiene previsto pasar una corta temporada en Ashbourne, con el doctor Taylor, no sería un viaje demasiado largo. Allí podríamos pasar unos cuantos días a solas, a nuestro antojo por entero, y yo le acompañaría un buen trecho en su viaje de regreso. Le ruego lo sopese.
Olvida usted que la Gramática de la lengua erse fui yo quien la puso en sus manos el año pasado. Lord
Eglintoune la depositó en las mías. Me alegra que el señor Macbean haya dado su visto bueno. He recibido las propuestas de Shaw para su publicación, y en ellas percibo que están escritas por la mano de un gran maestro. (…)
Le ruego me facilite todas las ediciones de las Vidas de Walton. Tengo la sensación de que la tarea de
reeditarlas, con sus notas correspondientes, ha de recaer en mí debido a las vacilaciones del doctor Horne y lord
Hailes.[53]53
Las propuestas de Shaw† para su Análisis de la lengua celta de Escocia quedaron de
este modo esclarecidas gracias a la pluma de Johnson:
Aunque el dialecto erse de la lengua celta se ha hablado en Gran Bretaña desde tiempo inmemorial, y aunque aún subsiste en las regiones del norte y en sus islas adyacentes, debido a la negligencia de un pueblo más belicoso que amigo de las letras hasta la fecha ha quedado al albur y al criterio de cada hablante, y ha flotado de viva voz, sin gozar de la firmeza de la analogía y el rigor de las reglas. Una gramática del erse, o gaélico de Escocia, supone un añadido de peso a los anales de la literatura; su autor aspira a gozar de la indulgencia que siempre se ha deparado a quienes acometen una empresa que no se haya llevado a cabo con anterioridad. Si se hallasen defectos en su obra, al menos serán íntegramente de su responsabilidad; no ha obrado como otros gramáticos, esto es, como mero compilador o transcriptor; lo que entrega en su volumen lo ha aprendido por medio de una atenta observación entre sus compatriotas, quienes tal vez se sorprendan al ver su propia lengua reducida a sus principios esenciales, que han empleado sólo por imitación.
El uso de este libro, sin embargo, no quedará circunscrito a las tierras de montaña y a las islas: ha de
proporcionar una placentera e importante materia para la especulación de aquellos a los que sus estudios guían en el rastreo de las afinidades entre las lenguas y de las migraciones de la humanidad en tiempos pretéritos.
Al doctor Samuel Johnson
Glasgow, 24 de abril de 1777
Mi querido señor,
habiéndose publicado en los periódicos la noticia de la muerte de nuestro buen amigo el señor Thrale, y habiéndose desmentido después, me he visto en una situación de muy inquietante incertidumbre, de la cual tenía la natural esperanza de hallar alivio por medio de usted, aunque mis esperanzas han sido en vano. ¿Cómo puede usted no haberme escrito en semejante ocasión? Habré de aguardar noticias sumido en la ansiedad.
Voy a Auchinleck a pasar quince días con mi padre. Es preferible no prolongar allí las estancias. En cambio,
renovar con frecuencia la atención y el respeto le resulta a él placentero.
Le ruego me diga algo de esta edición de Los poetas ingleses, con prefacio biográfico y crítico a cada autor; a
cargo de Samuel Johnson, doctor en Leyes, que he visto anunciada. Me entusiasma semejante perspectiva. Desde luego, me hace muy feliz la sensación de que aún puede la literatura procurarme tanto deleite. Ahora bien, ¿no se debe el encanto de esta publicación primordialmente y sobre todo al magnum nomen que la encabeza?
¿Qué me dice de las Memorias y las últimas Cartas de lord Chesterfield?
Mi esposa ha preparado para usted su mermelada de naranjas. Ayer la dejé con mis hijas y con Alexander;
están todos bien. A Verónica le he enseñado a hablar de usted diciendo el doctor «Johnson», no «Johnstone». Sigo siendo, mi querido señor, su más afectuoso, agradecido y humilde servidor,
JAMES BOSWELL
A James Boswell
3 de mayo de 1777
Querido señor,
lo que se dijo de la muerte del señor Thrale, habida cuenta de que no estuvo enfermo, ni corrió peligro de otra especie, me causó tan pequeña impresión que nunca se me pasó por la cabeza el obviar los efectos de tal rumor, por demás infundado, en nadie más. Supuestamente fue producto de la costumbre inglesa de las inocentadas en abril, esto es, de mandarse unos a otros recados insensatos el primero de ese mes.
Diga a la señora Boswell que probaré su mermelada de naranjas al principio con cautela. Timeo Danaos et
dona ferentes [c39] . Cuidémonos, como dice el proverbio italiano, del enemigo que se reconcilia. Pero en cuanto descubra que no me hace daño, la tomaré con agrado y quedaré agradecido, en reconocimiento de su firme y espero inalterable amabilidad. A fin de cuentas, es una dama a la que tengo un gran cariño.
Le ruego dé las gracias al doctor Blair por sus sermones. Los escoceses escriben un inglés maravillosamente
bueno. (…)
Sus frecuentes visitas a Auchinleck, así como su breve estancia allí, son muy laudables y juiciosas. Su
presente concordia con su padre me produce un gran placer; es cuanto parecía faltarle a usted.
Mi salud está francamente mal, paso las noches muy inquieto. ¿Qué puedo hacer para ponerle remedio? Para
este verano no tengo mejor perspectiva que un viaje por los condados de Stafford y Derby, tal vez con escalas en Oxford y Birmingham.
Presente mis respetos a la señorita Verónica. Debo confiar en su filosofía el que le consuele a usted por la
pérdida del pequeño David. Y no deje de recordar que el tener a tres de cuatro es más de lo que a usted corresponde. La señora Thrale tiene sólo a cuatro de los once que trajo al mundo.
Tengo contraído el compromiso de escribir breves vidas y breves prefacios a una pequeña edición de los
poetas ingleses. Creo haber persuadido a los libreros de que inserten algo de Thomson: si me pudiera facilitar alguna información sobre él, pues lo que de su vida sabemos es muy escaso, me alegraría. Soy, querido señor, su más afectuoso y humilde servidor,
SAM. JOHNSON
Para quienes disfruten en rastrear el progreso de las obras literarias será un
entretenimiento notable el cotejar la limitada concepción original con la amplia
ejecución de esta obra admirable que son las Vidas de los poetas ingleses, sin lugar a dudas la más abundosa, bella y desde luego perfecta producción salida de la pluma de
Johnson. La noción que de la empresa tenía en esta época bien se ve por la carta
anterior. Hay en su agenda una nota de este año: «29 de mayo, víspera de la Pascua.
Hablé con los libreros de un trato, pero no duró mucho la cosa».[54] El trato era el
relativo a esta empresa; ahora bien, su muy sensible conciencia parece haberse
alarmado, no fuera que la idea se hubiera entrometido demasiado en sus devotos
preparativos de cara a la solemnidad del día siguiente. Ciertamente, bastó muy poco
tiempo para que Johnson cerrase el trato con los libreros, pues el beneficio que
obtuviera de su trabajo le importaba bastante menos, creo yo, que a cualquier otro
hombre que haya hecho de la literatura una profesión.[c40] Aquí insertaré una carta
que me envió mi querido y difunto amigo, Edward Dilly; aunque sea de fecha
ligeramente posterior, se trata de un sabio informe sobre este plan de tan feliz
concepción, pues fue la ocasión de que se nos procurase una elegante colección de las
mejores muestras de biografía y de crítica de las que puede hacer alarde nuestra
lengua.
A James Boswell
Southill,
26 de septiembre de 1777
Querido señor,
por ésta sabrá que sigo en el mismo retiro sosegado, lejos del ruido y del bullicio londinenses, desde que le escribí la última. Me congratula saber que tuvo usted tan grato encuentro con nuestro viejo amigo el doctor Johnson; no me cabe la menor duda de que su pertrecho de conocimientos habrá aumentado notablemente con tal entrevista; son pocos los hombres, o podría quizá decir que apenas hay hombres, que hayan acumulado tan bien provista despensa de conocimientos y de entretenimientos como los que destila el doctor Johnson en su conversación. Cuando libremente se abre, todo el mundo presta atención a cuanto dice, y no puede uno dejar de obtener tanta mejoría como deleite.
La edición de los poetas que ahora se está imprimiendo ha de ser gran honor para la imprenta inglesa; la
concisa relación de la vida de cada autor será un valioso añadido, y garantía del superior valor de esta edición de los poetas sobre la que imprimieron los Martin de Edimburgo y que puso en circulación Bell, en Londres. Examinando los volúmenes que se imprimieron, resultó que el cuerpo empleado era tan pequeño que muchas personas no lo podían leer; no sólo los adornaba esta inconveniencia, sino que la inexactitud de la impresión era además conspicua. Estas razones, sumadas a la idea de una invasión de lo que tenemos por nuestra propiedad literaria, indujeron a los libreros de Londres a imprimir una edición elegante y exacta de todos los poetas ingleses de contrastada reputación, desde Chaucer hasta la actualidad.
En consecuencia, se reunió con tal motivo un número selecto de los libreros más respetables y, después de las
consultas de rigor, se acordó convocar a los derecho habientes de los distintos poetas para oír sus distintas opiniones, tras lo cual se procedería de inmediato a acometer la edición. En consonancia, se celebró una reunión en la que estuvieron presentes 40 de los libreros más reputados de Londres, y en ella se acordó proceder de inmediato a realizar una edición elegante y uniforme de Los poetas ingleses, acompañada por una concisa relación de la vida de cada autor escrita por el doctor Samuel Johnson, así como delegar en tres personas la misión de visitar a Johnson y solicitarle que emprendiera la tarea: Thomas Davies, Strahan y Cadell. El doctor cortésmente aceptó el encargo y pareció sumamente complacido con la propuesta. En cuanto a las condiciones, quedó en
manos del doctor el estipular las suyas. Habló de 200 guineas;[55] se aceptó de inmediato, aunque tengo entendido que se le hará un pago adicional. Del mismo modo, se creó un comité para comprometer a los mejores grabadores: Bartolozzi, Sherwin, Hall, etc. Asimismo, se creó aún otro comité que diera indicaciones en lo tocante al papel, la impresión, etc., de modo que toda la empresa se llevara a cabo con temple y de la mejor de las maneras posibles en lo tocante a la autoría, la responsabilidad editorial, los grabados, etc. Mi hermano le facilitará un listado de los
poetas que está previsto incluir, muchos de los cuales son de la época de la ley de la reina Ana,[c41] que Martin y Bell no pueden imprimir, pues no tienen los derechos. Los propietarios son casi todos los libreros londinenses de importancia. Soy, querido señor, siempre atentamente suyo,
EDWARD DILLY
Más adelante tendré ocasión de considerar la extensión y la variedad de esta obra que
acometió Johnson en cuanto fue conducido a un terreno que siempre había recorrido
con un deleite especial, por tener de antaño un íntimo conocimiento de todas las
circunstancias del mismo que pueden interesar y agradar al lector.
Del doctor Johnson a Charles O’Connor [56]
19 de mayo de 1777
Señor,
luego de tener el placer de conversar con el doctor Campbell sobre el carácter de usted y sus empresas literarias, estoy resuelto a darme la satisfacción de renovar una correspondencia que comenzó y concluyó hace ya mucho tiempo, y que terminó, me temo, por mi culpa, culpa que, si no ha olvidado usted, al menos debe y de seguro sabrá perdonar.
Si alguna vez le he decepcionado, concédame permiso para decirle que también usted me ha decepcionado.
Grandes descubrimientos esperaba yo acerca de la antigüedad de Irlanda, y grandes publicaciones en lengua irlandesa, pero el mundo sigue estando como estaba, ignorante y en la duda. Qué sea la lengua irlandesa en sí misma, y con qué otras lenguas tenga afinidad, son cuestiones de grandísimo interés, que en efecto desea ver resueltas todo el que alimente alguna curiosidad filológica o histórica. El doctor Leland da comienzo a su historia en una época ya tardía; las épocas que merecen una investigación precisa son aquellas (puesto que así fue) en que Irlanda fue la escuela de Occidente, el apacible habitáculo de la santidad y de la literatura. Si pudiera escribir usted una historia, por imperfecta que fuera, de la nación irlandesa, que abarcase desde su conversión al cristianismo hasta la invasión sufrida por parte de los ingleses, ampliaría usted el saber con nuevas visiones y nuevos objetos de indagación. Dedíquese por tanto a ello si de veras puede; haga lo que pueda con sencillez, sin desvelarse por una excesiva exactitud. Siente usted los cimientos, deje la construcción del edificio a la posteridad. Soy, señor, su humilde servidor,
SAM. JOHNSON
A comienzos de este año se publicaron en dos volúmenes en cuarto las obras
póstumas del erudito doctor Zachary Pearce, Obispo de Rochester, que eran un
Comentario anotado de los cuatro Evangelios y de los Hechos de los Apóstoles, junto
con otras piezas de Teología. Johnson dispuso de una ocasión espléndida para dar las
gracias a ese excelente prelado, que, como hemos visto, fue la única persona que le
prestó cierta ayuda en la compilación de su Diccionario. El obispo había dejado un
relato de su vida y una descripción de su carácter escritos de su puño y letra. A ellos
hizo Johnson valiosas adiciones y enmiendas,† y asimismo proporcionó al editor, el
reverendo señor Derby, una dedicatoria,† que aquí he de insertar, tanto porque
aparece en este momento de manera peculiarmente apropiada como porque es
tendente a propagar e incrementar ese «fervor de la lealtad» que en mí, no en vano
me jacto de ser y parecer un [c42] tory , no sólo es principio, sino también pasión.
AL REY
Señor,
presumo de poner ante Su Majestad los últimos trabajos de un muy culto obispo, fallecido en la brega y en el cumplimiento del deber exigido por su vocación. Sólo la esperanza de incitar a otros a que lo imiten basta para que sea ahora idóneo recordar a quien gozó en vida de los favores de Su Majestad.
La tumultuosa vida de los príncipes rara vez les permite supervisar la muy ancha extensión de las cuestiones
que tienen interés nacional sin perder de vista el mérito particular, exhibir aquellas cualidades susceptibles de imitar por parte de los grandes y los humildes por igual, ser a un tiempo, en suma, amigo y grande.
Tales personajes, si de cuando en cuando irrumpen en la historia, son contemplados con gran admiración. Así
sea la ambición de todos vuestros súbditos apresurarse en su tributo de reverencia a vos; así como ha de saber la posteridad gracias a Su Majestad cómo han de vivir los reyes, ojalá sepan también de vuestro pueblo cómo han de ser honrados.
Soy, si place a Su Majestad, con el más profundo respeto, el más entregado y devoto súbdito y siervo de Su
Majestad.
En verano escribió un prólogo* que fue recitado como preámbulo de Una palabra a
los sabios, comedia de Hugh Kelly que se había estrenado en 1770, pero que, como
se mostrase su autor partidario del Primer Ministro en uno de los periódicos de la
época, fue pasto de la furia popular, y según la jerga teatral fue pisoteada. Gracias a
la generosidad del señor Harris, propietario del teatro de Covent Garden, se
representó durante una sola noche en beneficio de la viuda e hijos del autor. Conciliar
los favores del público era la intención primera del prólogo de Johnson, que, como no
es largo, aquí inserto, prueba de que su talento poético en modo alguno se había
resentido.
Hoy se presenta una obra que el respetable, caprichoso,
abucheó con acierto claro o bien con error doloso:
del celo o la malicia hoy ya nada tememos,
pues la venganza en Inglaterra no guerrea con los muertos.
Enemigo generoso contempla con ojo compasivo
a quien donde hemos de yacer todos ha puesto el destino.
El ingenio redivivo del autor, sus cenizas,
sed generosos en juzgar, o al menos justos en la estima;
que no invada el encono renacido
la sombra inviolable de la tumba en el olvido.
Que un homenaje aplaque la exigencia en vano,
y a quien daño hacer no puede placer le sea dado,
pues mediante escenas horras de toda ofensa agrada,
con alborozo inofensivo, o con tino y utilidad clara.
Donde falta de brillo o belleza despliegue la obra,
aprobadla tan sólo, que para alabanzas ya no es hora.
Si parece falta de pericia, o algún descuido hubiera,
absteneos de chillar: no puede oíros el poeta.
Todos, como él, hallan elogio y hallan menoscabo,
y es al fin destello fugaz, o repicar en vano,
pero así bendiga la noche un calmo reflejo,
cuando la piedad preste dignidad al provecho,
cuando el placer prenda en la llama de la virtud su antorcha
y el alborozo abunde con un nombre más humilde ahora.
En este año se produjo una circunstancia que no pudo dejar de resultar muy grata para
Johnson. La tragedia de Sir Thomas Overbury, que escribiera el primer compañero
que tuvo en sus andanzas londinenses, Richard Savage,[c43] se representó sin
alteraciones en el Teatro de Drury Lane. El prólogo de rigor lo escribió Richard
Brinsley Sheridan, y en él, tras describir en términos muy patéticos la desdicha del
malhadado Savage, que no tuvo otro progenitor
al nacer que la Musa, y sólo el cielo por protector,
introdujo un elegante cumplido dedicado a Johnson por su Diccionario, ese
magnífico compendio que nunca será ni muy a menudo ni en demasía ensalzado, y
del cual observa el señor Harris en sus Inquisiciones filológicas, con justicia y
liberalidad, que «es tal su mérito que nuestra lengua no posee una obra más copiosa,
culta y valiosa». Los versos con que concluye el prólogo son éstos:
Así reza el relato[57] que al futuro lega y aquí abre los infortunios del hijo, los crímenes de sus padres;
así ha de sobrevivir su fama, si hoy pasa peritaje,
fija por la mano que da vida a nuestro lenguaje.
Aquí honró Sheridan al mismo tiempo su gusto y su liberalidad de sentimiento,
demostrando que no había dado pábulo a ningún prejuicio a raíz de la desafortunada
diferencia que tuvo lugar entre su ilustre padre y el doctor Johnson. Ya he señalado
que Johnson tuvo un gran deseo de reconciliarse con Sheridan padre; por lo tanto, en
modo alguno puede sorprender que pusiera todo su celo en reconocer la brillantez y
el mérito de su hijo. Aunque hubiera hecho gala de una y de otro sólo en el campo del
teatro, Johnson propuso su candidatura al Club Literario, observando que «quien ha
escrito las dos mejores comedias de su época sin duda es un hombre muy
considerable».[c44] Y tuvo en consecuencia el honor de ser elegido, pues preciso es
admitir que sin duda se trata de un honor cuando se considera quiénes formaban esta
sociedad, y el hecho de que bastara una sola bola negra para excluir a un candidato.
Boswell al doctor Johnson
9 de julio de 1777
Mi querido señor,
por razones de salud tanto de mi esposa como de mis hijos he tomado la pequeña casa de campo en la que visitó usted a mi tío, el doctor Boswell, quien tras enviudar ha ido a vivir con su hijo. Tomamos posesión de nuestra villa hace una semana; tenemos un jardín de tres cuartos de acre, bien provisto de frutales y de flores, de grosellas y otras bayas, y un huerto con guisantes y alubias y coles y lechugas, etc., etc., y a mis hijos se les ve muy contentos. Ahora le escribo desde un pequeño estudio, por cuya ventana veo una arboleda verdeciente, más allá de la cual se yergue altiva la montaña que llaman Asiento de Arturo.
Su última carta, en la que me solicitaba que le enviase alguna información adicional relativa a Thomson, me
llegó por fortuna cuando me disponía a viajar al condado de Lanark, para llevar a la escuela a los dos sobrinos de mi esposa, los jóvenes Campbell, dejándolos al cuidado del señor Thomson, director de la misma, cuya esposa es hermana del autor de Las estaciones. Es una mujer ya mayor, pero que goza de buena memoria, y con agrado me facilitará todos los particulares que desee usted saber y que esté en su mano contar. Le ruego por tanto se tome la molestia de hacerme llegar todas las preguntas que puedan conducir al hallazgo de nuevos materiales biográficos. Dice usted que la vida que tenemos de Thomson es más bien escasa. Desde que recibí su carta he leído su Vida, la
publicada a nombre de Cibber, aunque tal como usted me indicara en realidad la escribió un tal Shiels;[58] la que escribió el doctor Murdoch; la que prologa una edición de Las estaciones publicada en Edimburgo, que se compone de ambas, con el añadido de una anécdota según la cual Quin sacó de prisión a Thomson; la versión abreviada de la descripción que de él da Murdoch en la Biographia Britannica, y otra versión abreviada de la misma que figura en el Diccionario biográfico, enriquecida con el panegírico crítico que sobre Las estaciones escribió Joseph Warton en su Ensayo sobre el genio y los escritos de Pope. A juzgar por todo ello, tengo la impresión de que disponemos de nutrido material sobre este poeta, no obstante lo cual sin duda me indicará usted las muchas lagunas que aún queden, y que haré cuanto esté en mi mano por colmar. Como Thomson nunca regresó a Escocia (cosa que a usted sin duda le parecerá muy propia de sabios), lo que pueda decir su hermana lo dirá sólo por su conocimiento expreso de la primera parte de su vida. Tiene guardadas algunas cartas suyas, que probablemente arrojen luz sobre sus progresos en época más avanzada, siempre y cuando nos permita verlas, y supongo que no pondrá inconveniente. Tengo entendido que George Lewis Scott y el doctor Armstrong son, de todos los compañeros que tuvo mientras vivía en Londres, los únicos que siguen con vida; me atrevería a asegurar que cualquiera de los dos podría decir de él mucho más de lo que se sabe hasta la fecha. Mi impresión es que era un hombre mucho más tosco de lo que nadie parece dispuesto a reconocer. Sus Estaciones desde luego rebosan sentimientos píos y elegantes, pero es que hasta en un terreno invadido por la maleza, qué digo, en un montón de estiércol también nacen bellas flores.
Su edición[59] de Los poetas ingleses tendrá un grandísimo valor debido a los prefacios y vidas. Sin embargo,
he visto un ejemplar de una edición de los Poetas, de la imprenta Apollo, sita en Edimburgo, que por la excelencia de su estampación y grabado merece un encendido elogio.
Lamento muy sinceramente la mala salud y la falta de descanso que le afligen de un tiempo a esta parte, y
espero y deseo que se encuentre mejor. Me cuesta creer que el prólogo que con tamaña generosidad regaló usted el otro día a la viuda y los huérfanos del señor Kelly sea emanación de un espíritu asediado por la enfermedad y la inquietud; ahora bien, las circunstancias externas nunca son indicación segura del estado en que verdaderamente se encuentra el hombre. Le adjunto con ésta una carta que le escribí hace dos años estando en Wilton, y que no le envié en su día por miedo a que me reprobase el exceso de ternura; también va una que le escribí ante la tumba de Melancthon, y que retuve por no parecer demasiado supersticioso y demasiado entusiasta. Ahora imagino que quizá en estos momentos le complazcan.
No hace usted acuse de recibo de mi propuesta de encontrarnos en Carlisle.[60] Aunque de manera meritoria
me he abstenido de visitar Londres este año, me pregunto y le pregunto si no sería un error dejar pasar dos años sin gozar del beneficio de su conversación, toda vez que, si viajara usted hasta el condado de Derby, podríamos reunirnos a expensas de pocos días de viaje y sin incurrir en un gasto excesivo. Es mi deseo que conozca usted Carlisle, por eso mencioné esta ciudad. Ahora bien, si no tiene usted apetencia de completar su gira por las ciudades catedralicias de Inglaterra, seré yo quien recorra el trecho más largo del camino para llegarme hasta Ashbourne. Dígame por tanto dónde quiere que pasemos unos días juntos. Y no me venga diciendo «rematado botarate» ni «perro perezoso». Sujete en corto su malhumor, dé rienda suelta a su bondad.
Le alegrará saber que la señorita Macleod, de Rasay, se ha casado con el coronel Mure Campbell, un hombre
excelente, que posee una bonita heredad, y que tiene en perspectiva el título, la fortuna y los honores de ser Conde de Loudoun. ¿No le parece un gran partido para nuestra bella nativa de las Hébridas? Cuánto me alegra que vaya a residir en el condado de Ayrshire. Recibiremos al Laird de Rasay, y al viejo Malcolm, y a saber a cuántos galantes Macleod, y a los gaiteros, etc., etc., aquí en Auchinleck. Tal vez quiera usted acercarse a recibirlos.
No me cabe ningún género de duda de que habrá leído usted lo que se da en llamar La vida de David Hume
escrita por él mismo, a la que se agrega una carta del doctor Adam Smith. ¿No vivimos en una época de osadas afrentas? Mi amigo el señor Anderson, profesor de Filosofía natural en Glasgow, en cuya casa cenamos usted y yo, y a cuyo cuidado fue confiado el señor Windham, de Norfolk, en dicha universidad, me hizo recientemente una visita, y luego de que hablásemos con indignación y desprecio de las venenosas producciones que infestan esta época señaló que ésta era una oportunidad inmejorable para que el doctor Johnson saliera a la palestra. Estuve muy de acuerdo en que bien podría usted cascarles a Hume y a Smith la cabeza del uno contra la del otro de un solo mamporro, y ridiculizar en su justo punto, esto es, de un modo extraordinario, el descreimiento vanidoso y la ostentación huera de ambos en materia de fe. ¿No valdría la pena que aplastara usted esas hierbas malas y nocivas que pelechan en el huerto de la moral?
Nada me ha comentado usted del doctor Dodd. Desconozco qué opina a este respecto, aunque según los
periódicos se ha pronunciado usted a favor de que se le trate con misericordia. Yo en cambio reconozco que es grande mi deseo de que se ejecute la real prerrogativa de la remisión de la pena, para exhibir un ilustre ejemplo del respeto que el Virrey de Dios siempre ha de mostrar ante la virtud y la piedad. Si por diez hombres justos hubiera perdonado a Sodoma el Todopoderoso, ¿no bastaría un millar de actos de bondad por parte de Dodd para contrarrestar un solo delito? Semejante ejemplo sería más conducente al fomento de la bondad que su ejecución sumaria a la erradicación del vicio. No temo yo que surta ninguna consecuencia negativa para la sociedad, pues ¿quién podría perseverar durante largos años en el distinguido desempeño de sus deberes religiosos con vistas a la comisión de un fraude, falsificación o impostura con total impunidad?