Vida de Samuel Johnson
Dedicatoria a Sir Joshua Reynolds
Mi estimado señor,
de cuantos motivos de genuina liberalidad puedan impulsar a un autor en la endereza
de sus desvelos, todos concurren en que aquí me dirija a usted, por ser la persona a
quien la siguiente obra ha de ofrendarse.
Si algún placer existe en celebrar el mérito y la distinción de un coetáneo nuestro,
entreverado hasta cierto punto con una vanidad no del todo inexcusable, siendo pleno
conocedor de todo ello y sin el menor ánimo de ocultarlo, ¿dónde podría yo hallarlo a
plena satisfacción, si no es en elogiar a quien con mayor aprobación general puedo
agradecer tales sentimientos? Su contrastada excelencia no sólo en el Arte, esfera que
durante tanto tiempo ha presidido[10] con fama sin parangón, sino también en la
Filosofía y en la Literatura elegante, es de sobra conocida en el presente, y seguirá
siendo motivo de admiración en épocas futuras.
Su temperamento plácido y constante, la variedad de su conversación, su
proverbial y genuina cortesía, gracias a las cuales es tan cordial en privado, así como
esa extensiva hospitalidad que desde hace mucho ha hecho de su casa un centro
común de unión para los grandes, los cultivados, los eruditos y los ingeniosos, son
cualidades que con plena confianza de no ser tachado de adulador aquí públicamente
le atribuyo.
Si puede un hombre complacerse en su honesto orgullo haciendo saber al mundo
entero que se le ha tenido por merecedor de una especial atención por parte de una
persona de la máxima eminencia en la época en que le ha tocado vivir, cuya
compañía ha sido objeto de universales cortejos, tengo plena justificación en
arrogarme el acostumbrado privilegio de una dedicatoria cuando proclamo que ha
sido larga e ininterrumpida la amistad que nos ha unido.
Si fuera menester dejar constancia de mi gratitud por los favores recibidos, gozo
de esta oportunidad, mi muy estimado señor, para agradecerle sinceramente las
muchas y muy felices horas que le debo por su amabilidad, por la cordialidad con que
en todo momento ha tenido el placer de recibirme, por el número de valiosos
conocidos que usted me ha presentado, por las [11] noctes coenaeque Deum que he
disfrutado bajo su techo.
Si preciso fuera ofrendar una obra en nombre de quien es magistral conocedor del
asunto de que trata, y cuya aprobación por tanto ha de ser garantía de su credibilidad y éxito, la Vida del doctor Johnson queda con la mayor propiedad a sir Joshua
Reynolds dedicada, no en vano fue íntimo y muy amado amigo del gran hombre; de
él afirmó éste que era «el hombre más invulnerable que conocía, y al cual, caso de
tener que enzarzarse en una disputa con él, más le costaría insultar». Usted, mi muy
estimado señor, supo estudiarlo y llegó a conocerlo muy bien; usted lo veneró y lo
admiró. Luminoso como era en conjunto, supo usted percibir todas las sombras que
entraban en tan grandiosa composición, todas las mínimas peculiaridades y las
pequeñas máculas que señalaban al coloso de la literatura. Sus muy cálidas alabanzas
a propósito del muestrario que de él di en mi Diario de un viaje a las Hébridas, por
mi capacidad de preservar su conversación de una manera vivaz y auténtica, que la
opinión del público ha confirmado, fueron para mí el mejor de los acicates a la hora
de perseverar en mi intención de dar a la luz la totalidad de mis reservas.
Al menos en un sentido la presente obra será distinta de la anterior. En mi Diario
de un viaje me mostré casi ilimitadamente franco y abierto en mis comunicaciones;
debido a mi solicitud en mostrar la maravillosa fertilidad y la presteza del ingenio de
Johnson, libremente expuse ante el mundo su destreza aun cuando fuera yo el objeto
de la misma. Confié en que se entendiera con generosidad, como si de sobra se
supiera qué me traía entre manos, y de ningún modo fui simplemente inconsciente de
los afilados efectos de la sátira. Reconozco, ahora bien, que pequé de arrogancia en la
medida suficiente de suponer que el tenor del resto del libro me salvaguardaría de tan
extraña imputación. Pero ahora me parece que hice un juicio demasiado bondadoso
del mundo, pues aunque a duras penas pude dar crédito en su día, se me ha informado
sin el menor rescoldo de duda de que muchas personas, en especial las más alejadas,
al no haber penetrado de manera suficiente en el carácter de Johnson no han
comprendido a fondo su manera de tratar a sus amistades, y han puesto en solfa mi
juicio en vez de entender que fui sensible a todo lo que pudieran observar.
Se cuenta del gran doctor Clarke que cuando en una de sus horas de ocio estaba
holgando con algunos de sus amigos, de la manera más lúdica y chistosa que se
pueda suponer, vio que Beau Nash se acercaba, a lo cual calló y dijo: «Amigos,
mostrémonos serios, pues ahí viene un bufón». He descubierto, mi querido amigo,
que el mundo es un gran bufón en cuanto a estos particulares, sobre los cuales se me
hace necesario hablar con toda llaneza. Por consiguiente, en esta obra he sido más
cauto y reservado y, si bien no digo nada más que la verdad, he tenido muy en cuenta
que toda la verdad no siempre ha de exponerse. Sin embargo, esto es algo que he
administrado de modo que no ocasione merma alguna al placer que mi libro debería
procurar a sus lectores, por más que la malicia algunas veces vea decepcionadas sus
gratificaciones.
Soy, mi estimado señor, su muy entregado amigo y su fiel y humilde servidor,
JAMES BOSWELL
Londres, 20 de abril de 1791