10:04
Cinco
—La calidad de las fotografías es demasiado alta, no es plausible —dije— y no se ven las estrellas.
—«El ángulo y las sombras no cuadran, lo que apunta al uso de iluminación artificial» —citó, con una pizca de brillo en los ojos.
En la universidad, Alex había salido con un estudiante de astrofísica sin sentido del humor que ahora era el catedrático más joven de algo en el MIT; tras varios meses de creciente intimidad, Alex se había sentido obligada a presentarnos. Quedamos para cenar los tres en un restaurante camboyano no muy lejos del campus donde, mientras vaciaba lata tras lata de Angkor, insistí en que el alunizaje del Apollo era falso. Tanto porfié que el científico pensó que lo decía, como poco, medio en serio y lo saqué de quicio. Cuando ya había dejado de tener gracia, y después de que Alex intentara repetidamente cambiar de tema, yo seguía identificando apasionadamente supuestas incongruencias en las imágenes e informes de los astronautas. (Conocía los argumentos de los suspicaces por un trabajo sobre teorías de la conspiración que había escrito para un curso de psicología). El científico no me soportaba, le desconcertaba que Alex me considerase su mejor amigo; ella se enfadó, evitó mis llamadas durante días.
Ahora estábamos sentados juntos en un columpio en mitad de un jardín trasero expansivo pero descuidado de New Paltz y yo, tras señalar la luna gibosa que lucía en el cielo diurno, enumeraba de nuevo las razones por las que «creía» que el alunizaje era un engaño. A lo largo de los años se ha ido convirtiendo en uno de nuestros rituales de reafirmación de la prioridad de nuestra relación frente a otros tipos de emparejamiento (mitad broma privada, mitad catecismo). Yo la rodeaba con un brazo y el cáncer envolvía la columna de su madre.
—Por lo visto en algunas fotos hay «puntos calientes» que delatarían el uso de grandes focos.
—Se ve el foco cuando Aldrin sale de la nave.
—¿Y por qué iban a fingirlo? —preguntó su escuálida madre, riéndose.
Ahora era de noche y estábamos sentados en el porche cerrado, el padrastro de Alex preparaba en la cocina alguna comida sosa y rica en bioflavonoides mientras nosotros tres nos fumábamos la marihuana que su madre me había pedido por sugerencia informal de su médico. Con lo que yo consideraba mi adelanto, había comprado en una tienda especializada de Saint Mark’s una pipa que Jon describió como «el Rolls-Royce de los vaporizadores»; ninguna partícula carcinogénica irritaría la garganta de la madre de Alex. Íbamos pasándonos el balón repleto de vapor desde las sillas de mimbre. El pañuelo del tocado de su madre era de color oro; el vapor, por lo demás insípido, dejaba un matiz mentolado.
—¿Estás de broma, Emma? —le pregunté con incredulidad e intensidad fingidas—. ¿La carrera espacial de la guerra fría? ¿Kennedy hablando de la «última frontera»?
—La «última frontera» es una frase de Star Trek —me corrigió Alex.
—Lo que tú digas —repliqué—. Los viajes a la Luna se acabaron de repente en 1972. El mismo año que los soviéticos desarrollaron la capacidad de rastrear naves espaciales. O de descubrir que no había ninguna nave en el espacio.
—Más o menos cuando concluyó la intervención militar en Vietnam — dijo el padrastro de Alex, que trajo una bandeja con palitos de verdura y hummus—. Los alunizajes televisados pudieron haber sido un intento de distraer a los estadounidenses de la guerra.
—Bien pensado, Rick.
Emma y Alex se reían de mi imitación del tono de un profesional. Rick se sentó, abrió una cerveza, se comió un palito de pimiento amarillo, luego se levantó y regresó a la cocina sin acordarse de coger la cerveza; no podía parar quieto medio minuto. Alex salió tras él.
—Por no hablar del interés de la NASA por asegurarse financiación — dije, pero consciente de que la broma ya no era graciosa.
Emma se rio por educación, el ambiente había cambiado. Tuve que reprimir mi tendencia a llenar los vacíos. Más o menos al cabo de un minuto:
—Así que no sabemos cuánto durará —dijo Emma, y se refería al proceso de morirse.
Me tragué el cliché ese de que nadie sabe cuánto tiempo le queda y le dije:
—Estaremos contigo. En cada paso del camino.
Me miró con calma; sentí que lo agradecía.
—No es asunto mío —dijo al rato—, pero no quiero que… ¿cómo decirlo? Me preocupa que… Me preocupa que Alex y tú os apresuréis por culpa de esto.
Y se refería a la procreación.
—Hace mucho que Alex quiere tener un hijo —repuse, pero me acordé del matrimonio, breve y equivocado, de mi padre con Rachel.
—Lo quiere y no lo quiere. Ha tenido oportunidades de sobra, hombres que se habrían comprometido. O que al menos querían tener hijos. Estaba Joseph…
Emití un ruido de menosprecio por Joseph.
—Hacían buena pareja en muchos sentidos. Creo que tiene que ver con su padre, ya se lo he dicho. Alex no consigue decidir si quiere que su hijo tenga padre. —Sentí que mi presencia flaqueaba—. Simplemente quiero asegurarme de que sabéis lo que hacéis.
No lo sabíamos, pero habíamos programado nuevas inseminaciones intrauterinas, la siguiente para dentro de unos días. Creían que bastaba con centrifugar y lavar mi esperma. Si podían enviar a un hombre a la Luna, bromeé para mis adentros, y dije:
—Quizá esto —una pausa— sea una buena razón.
Tenía mis opiniones acerca del porqué, pero me limité a dejar que calara lo dicho. Emma lo meditó un rato.
—Puede que sí.
Puede que sí. El jacuzzi que habían instalado como parte de un régimen de hidroterapia en el sótano donde dormíamos tenía la función de aliviar el dolor, pero su madre nunca lo usaba. Quizá supusimos erróneamente que el agua la ayudaría a lubricarse; quizá pensamos que describía el futuro que heredaríamos o borraría las fronteras entre nuestros cuerpos y disminuiría así la extrañeza; pero el agua, como ya deberíamos saber, elimina cualquier lubricación natural y los sustitutos de silicona, aunque no teníamos ninguno a mano, no están recomendados para parejas que intentan concebir.
Probablemente lo grabaron todo en un estudio de Los Ángeles. O en el desierto, simulando la gravedad cero con fotografías a cámara lenta.
No es que fuéramos pareja. Pasamos del jacuzzi a la habitación contigua donde Rick nos había hecho el sofá-cama. Sin embargo, cuando llegamos al sofá, yo ya no estaba preparado fisiológicamente. Por la serie de complejas razones que fuera, no dejé que Alex iniciara la estimulación oral y la besé con una pasión que no sentía, pero que se despertó en mí al fingirla; pronto, aliviado y francamente sorprendido, pude seguir adelante.
No obstante, la lubricación seguía suponiendo un problema, un problema compuesto por el hecho de que pensábamos, es probable que erróneamente, que el cunnilingus podía poner en peligro la concepción, que la saliva interfería con el transporte del esperma. Por tanto dependíamos de la estimulación manual, en la que Alex colaboró y, con la ayuda de lo que fuera que imaginara tras los ojos cerrados, al final pudimos proceder. Cuando estaba encima de ella, Alex abrió los ojos, de epitelio oscuro y estroma claro, y dijo, sin duda tratando de animarnos a los dos: «Fóllame». Pero la evidente afectación de la voz en la persona menos afectada que conocía me arrancó una sonrisa: luego los dos empezamos a reírnos y provocamos una flacidez instantánea. Me aparté y nos tumbamos de espaldas. Se ven formaciones terrosas idénticas en fotografías que, según los pies, fueron tomadas a kilómetros de distancia unas de otras.
Inhalamos más hierba del vaporizador que había dejado enchufado junto a la pared —aunque a saber cómo afectaba al esperma— y al final Alex intentó volver a empezar; esta vez no la detuve. Me quedé mirando al techo e intenté no pensar en que su madre estaba dos pisos más arriba; ¿no dificultaba la concepción? Gracias a la imagen de la pelirroja de la fiesta de Marfa, pronto pudimos reanudar la tarea. Alex se subió encima de mí. Sin darme tiempo a ver su poderoso cuerpo, apoyó el pulpejo con fuerza contra mi barbilla y, quizá para evitar mi cara o mi mirada, me empujó la cabeza hacia atrás de manera que me quedé mirando a la pared de detrás; me mordí la lengua, el regusto mentolado del vapor se mezcló con el sabor férrico de la sangre.
Los expertos, sin embargo, desaconsejan las posturas en que el esperma debe competir contra la gravedad y, por tanto, nos tumbamos de lado. Yo detrás de ella, tratando de decidir qué hacer con las manos, que se me dormían. Por lo que fuera me daba vergüenza tocarle los pechos o los genitales como me pedía mi instinto aunque estuviéramos acoplados. Al final le pregunté dónde preferiría que las pusiera con una formalidad tan incongruente con nuestra situación que de nuevo nos echamos a reír. Pero estábamos decididos a no permitir que la hilaridad nos hiciera descarrilar por segunda vez. Alex se giró y me miró directamente, con las piernas entrelazadas con las mías. Le eché el pelo para atrás para verle el cuello, hundí en él la cara y, después de muchos meses intentándolo, me corrí.
Las células de su madre se dividían sin control por encima de nosotros. Los océanos, como cajas de Judd, se expandían al calentarse. ¿Sabéis a qué me refiero si os digo que lo más poderoso de la experiencia fue que no cambió nada? La bandera parece ondear al viento, pero en la Luna no sopla el viento. La Alex niña dormía en el cuarto de al lado del de su madre, estrellas de plástico verde brillaban en el techo, su respiración estaba sincronizada con la de la mujer de treinta y seis años de mi lado. Que la ocasión no profundizara nuestra relación de forma perceptible era una prueba concluyente de lo profundo de la relación. Solo hizo que las cosas fueran un poco diferentes.
Después de no sé cuánto rato subí las escaleras enmoquetadas como si flotara para coger una botella de agua con gas de la nevera; caminé de puntillas aunque no iba a despertar a nadie. Volvía con la botella de vidrio verde cuando intuí una presencia en el porche, giré la cabeza y vi el resplandor de una pantalla LED; era Rick. No cabía duda de que me había visto; me sentí obligado a saludar y salir con él.
—¿Qué estás leyendo? —pregunté, sentándome en una silla de mimbre.
—Nada. Soy adicto a estos foros. Johns Hopkins. Clínica Mayo. —Lo apagó y nos quedamos a oscuras—. Es inútil. Una comunidad de cónyuges desesperados.
—¿Tú cómo estás?
—Bien siempre que tenga en qué ocuparme. Pero por la noche es horrible.
Quizá estuviera demasiado oscuro para verme asentir, pero asentí.
—No puedo parar de pensar que… Sé que es una locura, pero no puedo parar de pensar en Ashley.
—Tiene sentido —dije—. No parece una locura.
—Pero sigo esperando a que Emma me diga: «Quiero contarte una cosa, pero prométeme que no te enfadarás».
—Que confiese que está fingiendo.
—Sí. Y es… A veces, si no he dormido, me dan las cuatro de la madrugada y me pongo a pensar: podría estar fingiendo, empiezo a sospechar. Es difícil de explicar: sé que es una locura, que es imposible, en realidad no lo creo, pero es como un recuerdo de Ashley hecho realidad. De lo que sentí cuando empecé a entenderlo.
—Pues claro que desearías que fuera mentira. Lo entiendo.
—Pero es más complicado. Imagino que me lo cuenta, que descubro que todo es falso. Pero no me imagino aliviado. Lo que imagino es poner la casa patas arriba, abandonarla, no volver a verla nunca más. Si descubriera que ha estado fingiendo su muerte, para mí estaría muerta.
Me pregunté si podría incluir la historia de Rick sobre Ashley en mi novela, si se sentiría traicionado.
—Y, por cierto, al final termino pensando, aunque sé que es absurdo: ¿y si Ashley no fingía? ¿Y si me mintió sobre aquel engaño para liberarme?
Al cabo de un par de días estaba en brazos de otra mujer: con uno me abrazaba y con el otro me pasaba un transductor sonográfico por el pecho, ungido el cabezal con un gel frío, incoloro, para captar una imagen nítida. Mis ojos estaban cerrados y los suyos enfocados en la pantalla donde mi corazón en blanco y negro fingía latir. Cada pocos minutos me pedía que cambiara de postura, la bata de papel crujía contra la sábana de papel, o que aguantara la respiración, que ayudaba a definir la imagen. La sonografista era más o menos de mi edad, supuse que dominicana, mucho más amable y cercana que la última que me había tocado; con los ojos cerrados, imaginaba que era Alex. Un día estás inhalando vapor cannábico en un sótano remodelado de New Paltz intentando torpemente preñar a tu mejor amiga y al siguiente un transductor lubricado te emite ondas sónicas en el pecho. Me sentía preñado: no hay ninguna diferencia entre este procedimiento y la ecocardiografía fetal, salvo la colocación. Imaginé que mi corazón todavía era embrionario, excepto que el crecimiento de los senos podía ser mortal.
En el mes transcurrido desde que había regresado de Marfa había manifestado toda una serie de síntomas que Andrews calificó de respuestas psicosomáticas a las pruebas que tendría que realizarme: cefaleas, desórdenes del habla, debilidad, visión borrosa, náuseas, adormecimiento de manos y cara. Temía más a las pruebas que a la disección porque la cirugía me daba más miedo que la muerte. Me imaginaba con tal claridad al cardiólogo entrando a informarme de que la velocidad de dilatación requería una intervención inmediata que era como si ya hubiera pasado; predecirlo era como recordar un acontecimiento traumático.
Me apretó el cabezal contra las costillas; me sobresalté. «Perdona, cielo, casi hemos terminado», dijo, hablándole a mi niño interior. A los pocos minutos: «Vale, el doctor querrá revisarlo», y se marchó. ¿A qué tantas prisas por informar al médico?
No olvides nunca que puedes volver a vestirte y marcharte de la institución antes de que el médico se presente a leerte el futuro en tus órganos, la moderna aruspicina que apenas cubren las desorbitadas pólizas. Puedes decir que es todo una patraña y salir al calor impropio de la estación y arriesgarte con una idiopatía asintomática descubierta de casualidad. Cobarde o valiente, es una opción, y estuve tentado de tomarla sobre la mesa de plástico. Un crecimiento de unos milímetros y me abrirían con, imaginaba yo, una navaja de afeitar. Miré la pantalla, que mostraba una imagen congelada de mi corazón y mis arterias y, en la esquina superior derecha, los siguientes números: 4,77 cm; 5,2 cm. Me recorrió un escalofrío; si alguno de ellos correspondía al diámetro de mi aorta, me operarían en cuestión de días.
Me marché, sí, pero solo a reunirme con Alex en la sala de espera. Me siguió de vuelta a la consulta y le conté lo que para mí eran malas noticias, los números que había visto. Alex me mandó callar y esperamos; el salvapantallas ocupó el monitor: LAVARSE LAS MANOS SALVA VIDAS, en rojo sobre fondo negro. Las comunicaciones en directo con la Luna no reflejaban el retraso debido; nadie había salido jamás de la Tierra salvo para entrar en ella.
El médico entró sonriendo. Pelo plateado, montura al aire, corbata lila bajo la bata blanca. Nos dimos la mano, dijo:
—Vamos a ver. —Al cabo de un minuto interminable—: Todo parece correcto. Tienes 4,3.
—Pero la resonancia mostraba 4,2 —dijo Alex antes que yo, con la libreta abierta sobre las rodillas.
Un milímetro en aquel período podía indicar una intervención inmediata.
—La ecografía tiene un amplio margen de error. Son valores equivalentes.
—¿Cómo puede 4,2 equivaler a 4,3? —pregunté, aliviado de que hubiera dicho que no se habían producido cambios, asustado porque los números señalaban un cambio.
—Lo que vemos es que no se ha producido ningún cambio más allá del margen de error de la ecocardiografía y seguiremos de cerca su evolución. Si evoluciona. —No me gustó que ese «si» se le ocurriera en el último momento —. Es decir, es más probable que no cambie que que cambie rápido.
—Pero ¿y si ya ha cambiado un milímetro? —pregunté.
—Entonces seguirá cambiando y lo veremos en el próximo control.
—O sea que 4,3 podría significar más de 4,3, podría significar 4,3 y podría significar 4,2 —confirmó Alex.
—Sí.
—¿O sea que no hemos descubierto nada, solo que no está hinchándose? —Soné enfadado, no sentía nada.
—Hemos demostrado un mínimo de estabilidad —repuso el doctor. Luego, como no dijimos nada, añadió—: Son buenas noticias.
—Son buenas noticias —confirmó Alex.
El médico nos estrechó la mano y se fue a atender a pacientes con enfermedades menos virtuales.
Dos días después en el Hospital Presbiteriano de Nueva York me masturbé delante de Estrellas amateur 3 en un recipiente para muestras. Lavaron mi esperma sospechoso y se lo introdujeron a Alex y luego los dos cruzamos el parque a pie en dirección al Telepan para celebrar su cumpleaños. Alex tenía treinta y siete años. El autor, 4,2 o 4,3 cm. La madre de Alex, unos meses de vida. Pedimos vieiras de la bahía de Nantucket a precio de mercado gracias a mi adelanto. Complementaríamos las IIU con coitos durante el período de ovulación o viceversa, tanto para maximizar las posibilidades de éxito como, aunque ninguno de los dos lo dijo, para después poder narrar la concepción, si se producía, como al menos potencialmente independiente de la institución.
Dos días después terminaba o al menos suspendía mi relación sexual con Alena porque Alex, por una serie de razones, no lograba reconciliar nuestras cópulas intermitentes con que yo tuviera otra compañera activa. Estábamos en un bar de un sótano de Chinatown que parecía iluminado por velas aunque no lo estaba, un efecto de las pantallas de papel. Le expliqué que necesitaba romper la relación para priorizar mi amistad sexual no sentimental a pesar de que las dos relaciones no eran, salvo por este período confiaba que breve en que intentábamos concebir, mutuamente excluyentes. Sabía que se enfadaría.
Pero no se enfadó.
—¿Seguro que no estás molesta?
—Para nada.
—¿Dolida?
—No.
—¿Celosa?
—¿Celosa de encuentros sexuales programados con una amiga antes de ir a la clínica?
—¿Ni siquiera añorante o algo?
—Nunca he sabido muy bien qué significa.
—Significa que anhelas melancólicamente. Nostálgica.
—¿Quieres que me ponga nostálgica? ¿Ya?
—Podrías prever la nostalgia.
—Podría anhelar la nostalgia. Ansiar el momento en que ansiaré el pasado.
—Me alegro de que no estés triste.
Yo estaba triste.
—Y luego en el futuro podré ansiar el pasado en que ansiaba el futuro en que ansiaría el pasado.
—Vale, me alegro de que lo entiendas.
—Por supuesto. A propósito, apenas te he visto en las últimas ocho o nueve semanas. Nuestra relación ya pasaba por un paréntesis.
Por lo que fuera, jamás se me había ocurrido que aquella conversación fuera del todo innecesaria. De pronto, en lugar de intentar dejarla marchar, me sentía como si intentara retenerla.
—Cuando se quede embarazada o deje de ayudarla, quizá podríamos… quedar.
—Claro que sí, quedemos —se rio—. Pero esto no te libra de escribir el texto del catálogo.
Tenía una exposición importante en una galería de Chelsea.
Varios sidecares después nos despedíamos de verdad. Estábamos cerca de la parada de la D de Grand Street, en la calle solo había ratas. Ella había quedado en la zona alta y yo me iba a casa. Noté como si sus uñas fueran a atravesarme la piel de la nuca. Fue el beso más tórrido de la historia del cine independiente. Me sentí fatal mientras bajaba las escaleras hacia el andén porque sabía que difícilmente volvería a verla.
Pero cuando llegué al andén, la vi esperando al otro lado de las vías. Otro par de viajeros esperaban al fondo del andén, un hombre con sudadera con capucha se había desmayado o se había muerto en uno de los bancos de madera, pero por lo demás estábamos solos, justo después de nuestra apasionada despedida, mirando al fantasma del otro en el túnel silencioso. ¿Sabéis esa experiencia tan embarazosa de despedirte de alguien y descubrir al instante que va en tu misma dirección, con lo que el intercambio social debe extenderse más allá de su final ritual, momento en que te quedas sin convenciones establecidas que te guíen? Había finiquitado la relación arriba solo para reanudarla abajo, mientras las vías electrificadas cargaban la distancia que nos separaba. Ella se quedó mirándome tranquilamente y yo — involuntaria, idiota y torpemente— la saludé y seguí avanzando por el andén.
Pero un momento: había sustituido el final del beso por un saludo torpón que resonaría en su memoria y teñiría el recuerdo que guardase de mí; no podía ser. Retrocedí, ahora Alena estaba de cara a la pared embaldosada, estudiando el cartel de una película. La llamé sin saber qué iba a decirle y, para mi sorpresa y perplejidad, no se giró; era imposible que no me hubiera oído a menos que llevara unos auriculares que yo no veía. ¿Estaba llorando y no quería que me enterase? ¿Estaba enfadada? ¿Expresaba indiferencia o ardiente intensidad? Vi la luz amarilla de un metro al fondo del túnel a mi izquierda, los raíles comenzaron a brillar cuando se aproximó. A toda velocidad, subí las escaleras y las bajé hacia el otro lado; mientras el tren entraba rugiendo en la estación, la alcancé, lo que significa que nunca ocurrió, y me desperté a la mañana siguiente en el Instituto para el Arte Siniestrado.
«Querido Ben —borré—. Gracias por la amable invitación a participar en el primer número de la revista y por el poema que me enviaste». ¿Bronk tenía correo electrónico? Probablemente no. Murió en 1999. «Ser un escritor olvidado tiene sus ventajas, pero nadie quiere disfrutarlas sin algún descanso de vez en cuando —había parafraseado de una carta que escribió a Charles Olson a principios de los años sesenta—, de modo que has sido muy atento al escribirme. Me temo que no tengo poemas que mandarte. Tu carta me animó a revisar mis notas y tratar de leer mi intento más reciente y me he dado cuenta de cuánta tolerancia y predisposición exige leerme. ¿Te agradará saber lo mucho que valoro tu descripción de mis poemas, en particular la crítica de “Pleno verano”, y el hecho de que te los diera Bernard, a quien confío envíes un cálido saludo de mi parte?».
Natali me había devuelto por correo la antología de poemas de Bronk que había llevado al hospital cuando trasladaron a Bernard a un centro de rehabilitación de Providence. Ahora desprendía una especie de aura; en los márgenes se acumulaban notas ilegibles de universitario e imitaciones a lápiz, además de varias manchas de café, pequeños rastros de un yo anterior enamorado de la hija inexistente de la pareja a quien con el tiempo llevaría el libro a modo de ofrenda; ahora todas esas distancias, reales y ficticias, se reflejaban en la poesía de Bronk, como en un espejo imposible. Borré:
«No sé cómo leer el poema que me envías. Piensa que me desconcierto fácilmente. Recuerdo cuando Cid Corman me publicaba en Origin, la revista que mencionas como fuente de inspiración. Bueno, pues cada vez que veía aquella revista me preguntaba quién demonios era aquella gente y de qué diantre estaría hablando. Salvo, quizá, Creeley. Recibía libros con cartas amistosas de otros colaboradores, pero a mí sus libros me daban igual y así se lo decía, porque por entonces me parecía necesario. Reaccionaba a lo que consideraba el amiguismo, mutuo peloteo y falso aprecio que convertía a la poesía en una industria como otra cualquiera. Nadie debería esperar, no, nadie puede esperar, en la práctica, que a un poeta le guste la obra de otro, la obra de un contemporáneo. Incluso cuando creemos que nos escribimos, en realidad escribimos para el otro y, por tanto, es probable que la incomprensión sea una necesidad. Los poetas no somos, como diría Oppen, coetáneos unos de otros, mucho menos nuestros lectores. En este sentido el “público” acierta al considerar a los poetas anacronismos. Es una de las muchas razones por las que nunca editaré una revista».
Eché un vistazo al piso, pensando en que, si no abandonase las cartas, podría insertar más detalles físicos. Me encanta cómo las cartas de Keats, por ejemplo, siempre describen su postura cuando escribe, el estado de la habitación: «El fuego está en las últimas; estoy sentado de espaldas a él con un pie apoyado de lado en la alfombrilla y el otro con el talón un poco levantado sobre la alfombra», por ejemplo. Pero lo que yo percibía —la lluvia en la claraboya, una paloma zureando junto al motor apagado del aire acondicionado, el olor a cilantro del piso de abajo, el amarillo claro de la flor del cactus del alféizar, los betabloqueadores al lado del vaso de agua— no podía atribuírsele a Bronk en su caserón de Hudson Falls.
Marqué el párrafo con azul y lo borré. En cierto modo destruir la correspondencia inventada consiguió que pareciera real; ¿cuántos escritores habían quemado sus cartas? El hecho de abandonar el libro sobre la invención de mi archivo me dejó con la sensación de que tenía un archivo, como si estuviera protegiendo mi pasado de la exposición pública. Veía Al Jazeera en directo en otra ventana: «Debido a la corrupción de las instituciones —dijo alguien—, la transición podría llevar años». Sirenas a lo lejos. Primero tamborileé y luego golpeé la ventana para intentar echar al robusto paseriforme —siempre tenía la impresión de interactuar con el mismo pájaro dondequiera que me lo topara en la ciudad—, pero se acicaló las plumas con el pico y se recolocó. (Busqué «paloma» en Google y descubrí que en realidad no eran paseriformes; junto con las tórtolas, las palomas forman la familia de las colúmbidas.) «Y ahora, el tiempo en el Caribe». Al cabo de un rato, salí hacia la universidad para reunirme con un alumno.
Un sistema ciclónico excepcionalmente grande con el núcleo cálido se aproximaba a Nueva York; aún estaba a varios días de distancia, frente a las costas de Nicaragua. Pronto el alcalde dividiría la ciudad en zonas, ordenaría evacuar las más bajas y cerraría la red de metro. Por segunda vez en el mismo año, nos enfrentábamos a un tiempo que solo se vivía una vez por generación. Fuera seguía reinando un calor impropio de la estación, pero en el ambiente flotaba la sensación de excitación inmanente, artificial. Ya estamos otra vez igual, me dijo un vecino sonriendo cuando nos cruzamos en la calle; por lo visto solo se percataba de mi presencia cuando el mundo amenazaba con acabarse.
Yo seguía de excedencia, pero mantenía el contacto con los estudiantes de posgrado cuyos manuscritos revisaba y con un par o tres de estudiantes de licenciatura enfrascados en tesinas de ilusa ambición; por lo demás, me dejaba ver lo menos posible. Pero de todos modos tenía que rellenar ciertos formularios sobre mi retención de impuestos en Recursos Humanos, así que decidí realizar una de mis raras apariciones por el campus y quedar con uno de los poetas del posgrado, Calvin, en el despacho.
En los últimos meses, los mensajes de Calvin se habían vuelto más frecuentes y más difíciles de analizar sintácticamente. En lugar de mandarme revisiones de los poemas o comentarios sobre las lecturas que le había recomendado, sus laberínticos mensajes habían comenzado a incluir largos pasajes acerca de «la poética del colapso de la civilización» y «el radical horizonte escatológico de la praxis revolucionaria». Luego saltaban de repente a un registro más mundano para quejarse, con toda razón, del precio de la matrícula y de la impresión de que el posgrado no le servía para escribir mejor. También le preocupaba mucho mi salud, a pesar de que ya le había insistido en que me encontraba bien, porque había leído el cuento de The New Yorker.
Cogí la 2 hacia Flatbush y, al salir de la estación, acepté un panfleto apocalíptico de manos de un anciano testigo de Jehová. En la entrada del campus había más guardias de seguridad de lo normal y cuando llegué al césped vi que habían montado una protesta al estilo Ocupa Wall Street, un gran corro frente al edificio donde tenía el despacho. Sin embargo, al sumarme al grupo comprendí que no se trataba de una protesta, sino más bien de una reunión organizativa de preparación para el huracán. Me impresionó lo bien que funcionaba una reunión sin líderes; cuando me separé del grupo para reunirme con Calvin en el despacho, me había presentado voluntario para ejercer de enlace entre el campus y la cooperativa, para ayudarles a coordinar el reparto de comida; se trataba simplemente de presentarlos por mail. Una de las estudiantes más activas del círculo, Makada, había asistido a un seminario mío el año anterior; me enorgullecí sin derecho alguno de su perspicacia y desenvoltura, lo que hizo que me sintiera paternal y viejo.
Tuve la impresión de que a Calvin le pasaba algo grave en cuanto lo vi sentado en el suelo delante de la puerta cerrada de mi despacho a oscuras, con la espalda apoyada y el libro abierto en las rodillas, pero con la mirada perdida en la pared de delante y escuchando algo a volumen atronador por los auriculares, aunque no tenía nada de peculiar encontrarse a un estudiante así. Cuando lo saludé y me dispuse a abrir la puerta, noté una extraña mezcla de urgencia y lentitud en su respuesta, como si tuviera que recordarse continuamente que debía reaccionar a los estímulos externos, pero luego reaccionara bruscamente.
Cuando por fin encontré la llave correcta y abrí la puerta me sorprendió una ráfaga repentina de viento y unos cuantos papeles salieron volando. La ventana que daba al jardín estaba abierta unos veinticinco centímetros, quizá llevara así varios meses, aunque después descubriría que el ordenador y el escritorio estaban secos, indemnes. Al entrar en el despacho tuve la impresión de estar ante la oficina de un muerto; olorcillo a moho pese a la ventana abierta, papeles desordenados, una taza de plástico de Starbucks que una vez contuvo café con hielo, una bolsita de almendras, un ejemplar de los Cantos abierto boca abajo sobre la mesa: como si alguien tuviera pensado volver enseguida pero nunca regresara, diseccionado. Recogí los papeles y ordené a toda prisa el escritorio, encendí el ordenador y me tranquilicé al oír la melodía de arranque de Apple, un acorde de fa sostenido mayor, marca registrada.
Mi escritorio estaba de cara a la pared; giré la silla para situarme de cara a Calvin; aunque habíamos estado sentados antes en la misma posición, el chico seguía mirando a la pantalla o a la ventana a mis espaldas con tal intensidad que no pude evitar volverme para ver qué miraba (nada). Le pregunté cómo se encontraba.
—Bien, bien.
Le pregunté qué había hecho últimamente, cómo iba el trabajo.
—Fantástico, fantástico.
Subía y bajaba la pierna derecha a toda velocidad, una costumbre que yo también tenía, pero que en él me alarmó. Sospechaba que semejante energía tenía su origen en anfetaminas legales, que yo también había tomado, antes del diagnóstico de la aorta, con fines semirrecreativos.
—¿Has leído los poemas de O’Brien?
—Me lo he leído todo, tío. He leído un montón y no he dormido nada.
Adderall. O, paradójicamente, abstinencia de Adderall. Se metió un chicle en la boca y me ofreció uno, que acepté.
—¿Qué te ha parecido Metropole? —El libro de O’Brien que debíamos comentar.
—¿Sabes cómo los poemas se extienden por la página como una araña informática?
—Continúa —dije, incómodo porque no sabía muy bien a qué se refería.
—¿Cómo son capaces de avanzar en cualquier dirección, cómo puedes leer un verso de mil maneras porque la sintaxis cambia sobre la marcha?
Era cierto, a menudo lo era con los poemas de verdad, pero en particular con el largo poema en prosa de O’Brien. Me alivió que el comentario viniera al caso puesto que me temía que Calvin y yo habitáramos mundos distintos. Aporté algún comentario sobre la forma de Metropole que pensé que podría serle útil y Calvin lo anotó, encorvado sobre una libreta. Pero cuando me callé, siguió anotando.
—Entonces ¿la lectura de Metropole te ha ayudado a reflexionar sobre los poemas en prosa en torno a los que gira tu manuscrito? ¿Cómo, por ejemplo, podrías trastocar estratégicamente las frases?
Y anotando.
—¿Calvin?
Al final levantó la vista del papel y me miró a los ojos. Los suyos eran castaños, brillantes, aunque el brillo probablemente me lo imaginé. Tenía mi propia energía maníaca porque había tomado demasiado café.
—¿Lo ves? —preguntó, enseñándome la libreta, en gran parte cubierta por una especie de microcaligrafía.
—Tienes muy mala letra.
—¿Ves cómo la materialidad de la escritura destruye su sentido, tal como comentamos en clase? Empiezas escribiendo y acabas dibujando. O empiezas leyendo y terminas mirando. La poética de la inestabilidad modal. Más allá del punto de derrumbe.
Le recomendé un ensayo famoso sobre los componentes visuales de la escritura en un intento de reasimilar la aterradora energía de Calvin al mundo académico. Giré hacia el ordenador y busqué en una base de datos la cita completa. Cuando volví a darme la vuelta Calvin estaba mirando por la ventana como Juana de Arco mira fuera del cuadro. ¿También él había sido llamado?
—¿Qué clase de chicle me has dado? —pregunté.
Le costó un rato mirarme. Sonrió.
—De nicotina.
Por eso daba un poco de asco. Era fuerte. No lo escupí: era una de las pocas cosas que nos mantenían en contacto.
—¿Estás dejando de fumar?
—No, pero mi madre me regaló una tonelada en Navidad.
—¿Qué tal la vida, aparte de la poesía?
Pensé que podía preguntar, ya que había mencionado a la familia.
—Bueno, una vez dijiste que no deberíamos preocuparnos por nuestra carrera literaria, sino por acabar bajo el agua. —Supongo que estaría bromeando en clase, solo a medias—. Y en cualquier nueva civilización se necesita de aquellos que poseen un sentido de la historia práctica y pueden reconstruir al menos los conceptos básicos de la ciencia. También está la literalización de toda la literatura porque el cielo se está derrumbando, no sé si me entiendes… Ya no es solo una frase hecha. Mucha gente no puede soportarlo, todo se convierte en jeroglífico. Perdí a una novia por eso. Cuerpo sin órganos, por ejemplo. Yo puedo tragar, pero tragar tiene un coste en el sentido de que ya no tengo la misma garganta. Es una metáfora, pero tiene efectos reales, que es lo que mi novia no entendía. Lo peliagudo es que quieres comprobarlo, beber veneno o lo que sea para demostrar que puedes absorberlo, pero no sabes si será simbólico o una araña informática.
La universidad carecía de un buen servicio de psiquiatría. Calvin tenía veintiséis años; nadie podía obligarle a recibir ayuda, ni siquiera a contactar legalmente con sus padres, quienesquiera que fueran.
—Nadie se cree que nos hayan contado la verdad sobre Fukushima. Piensa en la leche que compras en el colmado, en las partículas calientes que contiene, me refiero a la adición de hormonas y sus efectos. Nacen conejos con tres orejas. Los mares están contaminados. Mira —se echó el pelo para atrás, quizá para mostrarme las entradas; no estaba seguro—, cuando vivía en Colorado no lo tenía. Y sé que la masa ósea de la mandíbula me ha disminuido, lo noto al cerrarla, pero no puedo permitirme un seguro médico. Y ahora viene una tormenta, pero ¿quién elige el nombre? Hay un comité de cinco tíos en una habitación eligiendo nombres antes de que se formen las tormentas. El Comité para Huracanes de la Asociación Regional IV de la Organización Meteorológica Mundial, lo he buscado. Y desde que lo busqué ya no me funciona el móvil. Se cortan todas las llamadas.
—Estoy de acuerdo con que es una época de locos. Pero creo que en épocas así debemos intentar mantener el contacto con los demás. Y debemos intentar ser felices a pesar del caos imperante. Tenemos que centrarnos en estar a gusto con nosotros mismos, en nuestra piel, y estar dispuestos a que nos ayuden a conseguirlo. —Intentaba desesperadamente canalizar la voz de mis padres.
—Exacto. Y ahora gran parte de la información nos entra por la piel. Por los poros. Los poros son los poetas de la piel. ¿Quién lo dijo? Y la gente intenta robarlos, silenciarlos. Supongo que yo también. Mi novia se cerraba los poros de la cara con clara de huevo y otras porquerías y no tenía ni idea de dónde provenían, aunque las empresas aseguren que todo es natural o ecológico. ¿Por qué crees que venden tanto maquillaje en los aeropuertos? No necesitan testarlo en animales; tienen superordenadores que notan el dolor. Es como un calafateado molecular, pero así no vas a impedir que entren partículas y simplemente te aísla de lo social. De lo que se avecina.
—Calvin —hablé despacio—, no entiendo gran parte de lo que dices. — ¿Era verdad?—. Tengo la impresión de que estás muy estresado. Este lugar es estresante, vivimos una época estresante. Me parece entender que estás atravesando una ruptura. A menudo me desgasta mucho cuando paso mucho tiempo tratando de escribir. —Me miró sorprendido, dolido—. Me pregunto si ves a alguien o si te plantearías hacerlo. Solo para hablar.
—Vale, uau. Uau. Tú también quieres patologizarme. Supongo que es tu trabajo. Representas a una institución. La institución habla por tu boca. Pero deja que te pregunte algo —medí el físico de Calvin; era más alto que yo, casi tanto como el manifestante, pero flaco, casi larguirucho; sin querer me imaginé dándole un puñetazo en el cuello si me atacaba—: ¿puedes mirarme a los ojos y decirme que crees que todo esto —y barrió el aire con el brazo para indicar que «esto» abarcaba algo muy grande— va a continuar? ¿Niegas que nos llegan venenos desde un millón de sitios? ¿No crees que el FBI controla los teléfonos? El lenguaje está convirtiéndose en meras marcas, en dibujos de palabras en lugar de palabras, tú deberías saberlo mejor que nadie. ¿O es que estás drogado? ¿Permites que te regulen? —Se levantó tan de repente que di un respingo, luego me sentí mal por haberlo dado—. Perdón por hacerte perder el tiempo —dijo, quizá reprimiendo las lágrimas, y salió del despacho como un vendaval, sin recoger la libreta.
¿Cómo habría atendido semejante enfermedad Whitman, qué regalos habría repartido? Sin bandos, sin uniformes, sin nación que forjar a partir del sufrimiento. Hice lo que se suele hacer, la institución habló por mi boca. Escribí varios correos electrónicos a mis colegas más íntimos y a la junta para exponerles mi preocupación y pedirles consejo. Mandé sendos correos a dos estudiantes que consideraba amigos de Calvin y les pregunté si lo habían visto últimamente, sin indicar el motivo. Luego escribí a Calvin para decirle que me perdonara si le había molestado pero que me preocupaba por él y que me gustaría ayudarle en lo que pudiera. No le dije que nuestra sociedad, en su forma actual, no podía continuar, ni que creía que las tormentas en parte estaban originadas por la acción del hombre, que nos llegaban venenos desde un millón de sitios, que el FBI controla los teléfonos de los ciudadanos, aunque en mi opinión todo ello fuera cierto. Y que las drogas regulaban mi estado de ánimo. Y que a veces el lenguaje era un revoltijo de marcas.
Miré con atención la libreta. Al principio había algunas frases mías a propósito de O’Brien, entrecomilladas, y luego algunas de Calvin sobre esas mismas frases, por ejemplo, «Sería aplicable a la trilogía de Waldrop», señaladas con asteriscos. Pero el grueso del texto recordaba a un código privado de letras simplificadas y miniaturizadas y trazos verticales o, en algunos sitios, lecturas sismográficas: la versión taquigráfica de lo que el lenguaje no era capaz de representar, un poema.
Hacia la hora en que la tormenta alcanzó Cuba, y devastó Santiago, la caja de libros llegó a mi piso. No había reparado en gastos en la web de autoediciones y había encargado cincuenta ejemplares de tapa dura con imágenes a todo color: cada libro me había costado unos cuarenta dólares. Anita quería algunos para enviárselos a la familia de El Salvador; Aaron pensaba poner uno en la biblioteca de cada aula; Roberto querría compartirlos con los amigos. Me gustaba pensar que la venta de mi novela todavía por escribir había costeado aquellos volúmenes invendibles, me enorgullecía del dispendio que había ocultado a Roberto. Ansioso por verlos, cargué la caja sorprendentemente pesada, sin duda incrementando drásticamente mi presión intratorácica, escaleras arriba hasta casa, donde la abrí, rompí la cinta marrón del envoltorio con una llave.
Me di cuenta de que nunca me había alegrado tanto recibir mis libros. Al arrancar la cinta de pronto tuve la extraña sensación de que estaba abriendo una caja con los ejemplares del libro que me habían pagado por adelantado; titubeé, se esfumó mi entusiasmo, y luego levanté la tapa y vi los preciosos volúmenes de Al futuro. El texto en sí solo ocupaba ocho páginas, pero esas ocho páginas eran el resultado de meses de investigar en la red, trazar esquemas, redactar borradores a mano, pasarlos al ordenador, revisar, formatear… cada paso del proceso de composición se había dilatado para impartir una lección académica de gramática, introducción a la informática, etcétera. Gracias a la encuadernación profesional tenía cierto peso; desde luego no parecía un proyecto caprichoso, sino un libro infantil de verdad. Me emocionaba pensar cuánto iba a emocionarse Roberto.
Incluso la quincena de ejemplares que llevaba pesaba demasiado mientras recorría la Cuarta Avenida en dirección a Sunset Park, sudando a mares por culpa de una humedad impropia de la estación. La cola de la gasolinera BP de Douglas Street daba la vuelta a la esquina, los conductores acaparaban carburante antes de la tormenta, algunos llenaban garrafas de plástico rojo además de los depósitos, pero por lo demás nada indicaba que se aproximara un desastre. Al final me pasé a la Quinta Avenida para evitar las vallas y los pasos provisionales de las obras de los pisos que estaban edificando en la Cuarta, «lo último en vivienda urbana». Para cuando llegué al cementerio de Green-Wood, me dolían los brazos y los hombros del peso de los libritos, como si pesara algo más que la materia. Al pasar oí a las cotorras monje cantando en las agujas de la verja del cementerio; varias generaciones del pájaro verde chillón llevaban anidando allí desde que se habían escapado de un embalaje roto del JFK. Antes de llegar al colegio se me ocurrió, no por primera vez, que la familia de Roberto podría haber empleado los dos mil dólares en cosas mucho más prácticas. Pero, por otro lado, Anita — suponiendo que lo necesitara— jamás habría aceptado mi dinero. Quizá Aaron pudiera ayudarme a organizar una pequeña beca anónima para Roberto cuando terminara nuestra colaboración; mi adelanto podría financiar en secreto más de un obsequio simultáneo. O quizá debiera costear la terapia de Calvin. O quizá… Me interrumpí: deberías celebrar esa clase de derroches sin pensártelo, no calcular los costes de oportunidad ni insertarlos en la red de intercambio abstracto.
Roberto, sin embargo, no estaba para celebraciones. Sonrió educadamente al ver los libros, hojeó uno, pero no pareció orgulloso ni particularmente impresionado; tuve que reprimir las ganas de decirle cuánto habían costado. Seguí felicitándolo efusivamente por haberse convertido en un autor publicado, pero en vano. En cambio, el niño quería hablar de lo que él llamaba la «supertormenta» y las posibles implicaciones para su familia. Le expliqué, como sin duda ya le habría explicado Aaron, que Sunset Park estaba en una zona elevada, fuera del alcance del agua, y que, aunque su edificio o el colegio podían quedarse sin luz un tiempo, no tenía nada que temer; seguro que sus padres estaban preparados. Pero ¿y si nos quedamos sin agua para beber?, preguntó. ¿Y si estallan «guerras del agua»? Estaba claro que había visto otro especial del Discovery Channel.
Casi la mitad de la humanidad sufriría escasez de agua en 2030, pero le aseguré que él no tenía motivos para preocuparse e intenté que volviera a concentrarse en el gran valor de nuestro estudio sobre la extinción.
—¿Qué vamos a hacer a continuación? —preguntó—. ¿Cuál será nuestro próximo proyecto?
—No estoy seguro —respondí, frustrado.
Ni siquiera estaba seguro de cuánto tiempo podríamos seguir colaborando una vez que se me terminara la excedencia y tuviera que enfrentarme a la fecha de entrega del libro o a la paternidad del tipo que fuera. Había imaginado que Al futuro nos serviría de broche final.
—¿Haremos otro libro? —Se diría que esperaba que no.
—Si ni siquiera has mirado este —repliqué, tratando de sonar despreocupado en lugar de decepcionado por su indiferencia.
—Porque quiero hacer una película —dijo Roberto, con una sonrisa de disculpa. Le estaba saliendo un incisivo en un ángulo problemático, una novedad que no estaba cuando me marché a Marfa—. Tu iPhone tiene cámara. Podemos añadirle efectos especiales y colgarla en YouTube.
—Cualquiera puede hacer una película con el iPhone, pero no todo el mundo ha publicado un libro como este.
Tamborileé con los nudillos en la cubierta. Me sentía como un vendedor de coches usados.
—Podríamos hacer una película sobre el tsunami —dijo, en alusión al huracán—. También es bueno tener una cámara para grabar a la gente y que así no te roben. Ni te den una paliza. Como militancia —dijo, se refería a vigilancia.
—Roberto —dije, forzándome a sonreír, canalizando a Peggy Noonan, que era en sí misma un canal—: ¿de qué trata el libro sino de cómo la ciencia progresa continuamente, corrigiendo los errores del pasado? —Pensé en las cajas de Judd en el desierto, en su infinita paciencia—. Un futuro científico como tú, tan joven, debería tener un poco de fe en nuestra capacidad para arreglar las cosas —en nuestra capacidad para colonizar la Luna. El futuro no es de los pusilánimes, sino de los valientes: de gente valiente con papeles, no añadí—. La gente colaborará para buscar soluciones nuevas para todos estos problemas que te preocupan. Por ejemplo, ya están desarrollando —no sabía quién— espigones nuevos para que no entre el agua, compuertas especiales para inundaciones. —Decidí continuar colaborando con Roberto—: Quizá deberíamos tratarlo en el próximo libro. Si tienes muchas ganas, podríamos hacer un book trailer, una película corta sobre el libro con el iPhone. —Abrí uno de los libros y lo puse de pie en la mesa—. Pero deberíamos disfrutar al menos un minuto de este, ¿no?
Permanecimos sentados sonriéndonos nerviosamente, con nuestra obra de arte en medio. Roberto asintió, pero no habló. En la habitación reinaba esa cualidad particular del silencio que se alcanza cuando acaban de marcharse muchos cuerpos ruidosos. Oía a los niños riéndose y chillando en la calle de abajo al reunirse con sus parientes o tutores; me pareció detectar una pizca nueva de desesperación, como si los críos hubieran captado un cambio precipitado en la presión atmosférica. Oía a Chancho, el hámster de la clase, correteando en la jaula pegada a la pared de detrás de mí, imaginé que Daniel estaba cambiándole el agua, resistiéndose a la tentación de girarse hacia nosotros. A lo lejos: un martillo neumático, ruido de aviones, la campanilla de un vendedor ambulante de nieves. Un coche con música cumbia a todo trapo paró en la primera esquina; la música se alejó en cuanto el semáforo se puso verde.