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Uno
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
El Ayuntamiento había convertido un tramo elevado de ramal ferroviario abandonado en un paseo verde y la agente y yo lo recorríamos hacia el sur bajo un calor impropio de la estación tras un banquete de celebración en Chelsea escandalosamente caro que había incluido pulpitos literalmente masajeados por el chef hasta la muerte. Habíamos ingerido enteras aquellas cositas de ternura imposible; la primera cabeza intacta, por no hablar de un animal que decora su guarida, que consumí en mi vida había sido observada enfrascada en juegos complejos. Avanzamos hacia el sur entre raíles en desuso débilmente iluminados y zumaques y árboles de las pelucas primorosamente plantados hasta llegar a la parte donde habían cortado la vía y unos escalones de madera descendían varios niveles por debajo de la estructura; el nivel inferior cuenta con unos ventanales con vistas a la Décima Avenida que forman una suerte de anfiteatro donde puedes sentarte a contemplar el tráfico. Nos sentamos y contemplamos el tráfico y bromeo y no bromeo cuando digo que intuí una inteligencia ajena, me sentí el sujeto de una sucesión de imágenes, sensaciones, recuerdos y afectos que, hablando con propiedad, no me pertenecían: la capacidad de percibir luz polarizada, una fusión de sabor y textura similares a la sal frotada contra las ventosas y un terror localizado en las extremidades que puenteaba completamente el cerebro. Estaba contándole todo esto a la agente, que inhalaba y exhalaba humo, y los dos nos reíamos.
Unos meses antes la agente me había asegurado por correo electrónico que creía que podía obtener un adelanto «serio, de seis cifras» por un cuento publicado en The New Yorker; bastaba con que prometiera transformarlo en novela. Me las apañé para pergeñar una propuesta concienzuda aunque algo indefinida y enseguida las principales editoriales neoyorquinas se lanzaron a competir entre ellas y nosotros nos dedicamos a comer cefalópodos en lo que sería la escena inicial.
—¿Cuánto alargarás exactamente el cuento? —me preguntaría la agente, con la mirada perdida porque estaría calculando la propina.
—Me proyectaré en varios futuros simultáneos —debería haber dicho yo, con un leve temblor de la mano—; me abriré paso desde la ironía a la sinceridad en una ciudad que se hunde, cual aspirante a Whitman de la vulnerable cuadrícula.
En la pared de la sala adonde me habían mandado el pasado septiembre para examinarme había pintado un pulpo gigante… un pulpo y una estrella de mar y varios animales acuáticos con branquias en el cráneo, puesto que se trataba del ala de pediatría y la escena buscaba tranquilizar y distraer a los niños de las agujas y los martillitos con los que valoraban su amplitud de reflejos. Yo estaba allí a los treinta y tres años porque un médico me había detectado de casualidad una dilatación de la raíz aórtica totalmente asintomática y potencialmente aneurismática que requería seguimiento y probablemente una intervención quirúrgica y cuya explicación más común a semejante edad era el síndrome de Marfan, un trastorno genético de los tejidos conectivos que suele producir extremidades largas y flexibles. Cuando visité a un cardiólogo y me sugirió el examen, le hice notar mi excesivo índice de grasa corporal, la longitud convencional de mis brazos y mi altura solo ligeramente por encima de la media, pero él me hizo notar mis pulgares largos y delgados y la hiperlaxitud de mis articulaciones y me rebatió afirmando que podía encajar en el diagnóstico. A la mayoría de los marfanoides los diagnostican en la infancia, de ahí que me encontrara en un ala de pediatría.
Si tenía Marfan, me había explicado el cardiólogo, el umbral para la operación quirúrgica bajaba (a cuando el diámetro de la raíz aórtica alcanzara 4,5 cm), prácticamente se me echaba encima (según una resonancia magnética había alcanzado 4,2 cm), porque la probabilidad de lo que ellos llamaban «disección», una rotura a menudo letal de la aorta, era mayor entre los marfanoides; si no tenía dicho trastorno genético, si mi aorta se consideraba idiopática, probablemente a la larga seguiría necesitando operarme, pero el umbral se alejaba (a 5 cm) y la progresión se ralentizaba. En cualquier caso, ahora cargaba con el peso de saber que había una posibilidad estadísticamente significativa de que la mayor arteria de mi cuerpo se rompiera en cualquier momento, un suceso que yo imaginaba, por incorrecto que fuera, como una manguera golpeando y rociándome la sangre con sangre; justo antes de desmayarme veo algo a lo lejos como si, etcétera.
Pues allí estaba, sumergido en el hospital Mount Sinai, en una silla de plástico rojo diseñada para un niño de guardería, una silla que inmediatamente hizo que me sintiera desgarbado y larguirucho con mi bata de papel y por tanto confirmase el diagnóstico de Marfan antes de que llegara el equipo médico. Alex, que me había acompañado según ella como apoyo moral pero en realidad ejercía de apoyo práctico dado que me había mostrado incapaz de salir de la consulta del médico sin ni siquiera el recuerdo más básico de cualquier información que me hubieran facilitado, se sentó enfrente de mí en la única silla para adultos, pensada sin duda para un padre, con la libreta en el regazo.
Me habían explicado por adelantado que el examen lo realizaría un trío de médicos que tras consultar entre ellos me darían su opinión, en la que yo pensaba como si fuera un veredicto, pero había dos cosas en los médicos que en ese momento estaban entrando en la sala para las que no estaba preparado: eran guapas y más jóvenes que yo. Por suerte Alex estaba conmigo porque de lo contrario no se habría creído que las doctoras —todas ellas con aspecto de proceder del subcontinente asiático— lucían unas proporciones ideales bajo las batas blancas, inmaculados rostros simétricos de pómulos marcados que, sin duda mediante la diestra aplicación de sombras y brillos, resplandecían con una salud casi paródica incluso bajo la luz hospitalaria y un tono dorado. Miré a Alex, que me miró con las cejas arqueadas.
Me pidieron que me levantara y a continuación me midieron los brazos y la curvatura del pecho y la columna y el arco plantar, tomaron tantas medidas de acuerdo a un programa nosológico ignoto para mí que tuve la impresión de que se me multiplicaban las extremidades. Que las doctoras fueran más jóvenes constituía un desafortunado hito más allá del cual la ciencia médica no podría seguir manteniendo su benévola relación paternal con mi organismo puesto que en adelante los médicos verían en mi cuerpo patologizado su futura decadencia y su pasada inmadurez. Y no obstante, en la sala decorada para niños me sentí infantilizado simultáneamente por tres mujeres de veintilargos inverosímilmente atractivas mientras desde la distancia más literal de su silla Alex me miraba con compasión.
Mi cerebro nota lo que toca, pero le falla la propiocepción, no sabe determinar la posición del cuerpo en la corriente, en particular la de los brazos, y al privilegiar la flexibilidad por encima de los datos propioceptivos carece de estereognosia, la facultad para crear la imagen mental de la forma de lo que toca: sabe detectar variaciones de textura locales, pero no integrar dicha información en una imagen general, no sabe leer la ficción realista que aparenta ser el mundo. Lo que quiero decir es que las partes de mi cuerpo estaban adquiriendo una terrible autonomía neurológica no solo espacial sino también temporal, mi futuro se me venía encima conforme cada contracción expandía, aunque fuera infinitesimalmente, las tuberías excesivamente flexibles de mi corazón. Era mayor y más joven que el resto de los presentes, yo incluido.
El apoyo de Alex era moral y práctico pero también interesado en el sentido de que recientemente me había propuesto fecundarla con mi esperma, no, como se aprestó a aclarar, mediante cópula, sino por medio de una inseminación intrauterina porque, en sus palabras, «follarte sería raro». El tema se abordó en el Metropolitan Museum, que visitábamos a menudo las tardes de entre semana porque Alex estaba en el paro y yo soy escritor.
Nos habíamos conocido en mi primer y su último año de universidad en un tostón de clase sobre grandes novelas y habíamos sentido una simpatía mutua e instantánea, pero no trabamos amistad hasta que acabamos siendo prácticamente vecinos en Brooklyn, adonde me mudé a los pocos años de graduarme, y comenzamos con nuestros paseos: paseos por Prospect Park mientras la luz moría entre los tilos; paseos desde nuestro barrio de Boerum Hill hasta Sunset Park, donde contemplábamos las cometas chinas a la hora mágica; paseos nocturnos junto al río con las altas intensidades de Manhattan brillando al otro lado del agua negra. Seis años de paseos por un planeta cada vez más cálido, aunque no solo paseáramos, habían convertido la presencia de Alex en inseparable de mi sensación de moverme por la ciudad, de modo que intuía su compañía cuando no estaba a mi lado; cuando cruzaba un puente en silencio, a menudo sentía que compartía con ella el silencio, incluso aunque Alex estuviera visitando a sus padres en el norte del estado o con un novio, al que yo siempre detestaba.
Quizá sacara el tema en el museo y no tomando un café o similar porque en sus salas, como en los paseos, nuestras miradas avanzaban en paralelo, enfocadas al frente hacia los lienzos en lugar de al otro, condición para nuestros intercambios más íntimos; elaborábamos nuestros puntos de vista mientras construíamos la visión literal que teníamos delante. No evitábamos mirarnos a los ojos y yo admiraba su mirada de cielo encapotado, el epitelio oscuro y el estroma claro, pero cuando nuestras miradas se cruzaban solíamos callarnos. Lo que significaba que comíamos en silencio o charlando de nada solo para descubrir después, en el camino de vuelta a casa, que a su madre le habían diagnosticado una enfermedad en fase avanzada. Quizá nos hayáis visto pasear por Atlantic, con las lágrimas resbalándole por las mejillas y mi brazo rodeándole los hombros, pero con las miradas al frente; o tal vez me hayáis visto recibiendo consuelo durante una de mis lloreras cada vez más frecuentes mientras cruzamos el puente de Brooklyn, más acoplados que emparejados.
Ese día estábamos frente a Juana de Arco de Jules Bastien-Lepage —Alex parece una versión en pequeño de Juana de Arco— y sin venir a cuento dijo: «Tengo treinta y seis años y estoy soltera». (Gracias a Dios, había roto con su último novio, un abogado laboralista divorciado de casi cincuenta años que había trabajado para la clínica que Alex había codirigido antes de que cerrara. Tras dos copas de vino, invariablemente, el hombre obsequiaba a quien tuviera a su alcance con anécdotas de la época en que había desempeñado labores humanitarias sospechosamente vagas en Guatemala; a las tres copas, el abogado abordaba la represión sexual y la frigidez de su exmujer; a la cuarta o la quinta, comenzaba a entretejer esos dos discursos inconmensurables de tal manera que el genocidio y el rechazo sexual que había padecido adquirían una equivalencia implícita en el contexto de su sintaxis borrachuza. Si yo estaba presente, me aseguraba de que el tipo tuviera la copa siempre llena para precipitar el final de la relación). «No ha pasado un día de los últimos seis años en que no haya querido un hijo. Soy un cliché. Quiero que mi madre conozca a mi hijo. Tengo setenta y cinco semanas de paro y seguro médico además de algunos ahorros y, aunque sé que por eso mismo debería asustarme más que nunca la reproducción, en realidad hace que piense que nunca será el momento idóneo, que no puedo esperar a que el ritmo profesional y el biológico coincidan. Eres mi mejor amigo. No puedes vivir sin mí. ¿Y si me donas esperma? Ya decidiremos tu grado de implicación. Sé que es una locura y quiero que aceptes».
Tres ángeles translúcidos flotan en la franja superior izquierda del cuadro. Acaban de pedirle a Juana, que estaba trabajando en el telar en el jardín de sus padres, que salve a Francia. Juana parece tambalearse hacia el espectador, estira el brazo izquierdo, quizá para apoyarse, impactada por la petición. En lugar de agarrarse a las ramas o las hojas, la mano, cuidadosamente situada en la línea de visión de uno de los ángeles, parece disolverse. La placa del museo explica que Bastien-Lepage fue criticado por no reconciliar el carácter etéreo de los ángeles con el realismo del cuerpo de la futura santa, pero ese «error» es lo que convierte a esta obra en uno de mis cuadros favoritos. Es como si la tensión entre el mundo metafísico y el físico, entre dos órdenes de temporalidad, produjera un problema técnico en la matriz pictórica; el fondo se traga los dedos. De pie ante el cuadro aquella tarde con Alex me acordé de la fotografía que lleva Marty en Regreso al futuro, película crucial de mi juventud: cuando el viaje en el tiempo perturba la prehistoria de su familia, él y sus hermanos empiezan a borrarse de la instantánea. Solo que en el cuadro es una presencia y no una ausencia lo que devora la mano: la arrastra hacia el futuro.
Bastien-Lepage, Jules (1848-1884), Joan of Arc (detalle),
1879. Óleo sobre lienzo, 254 × 279,4 cm. The Metropolitan Museum of Art, Nueva York, donación de Erwin Davis, 1889 (89.211.1). © 2014 The Metropolitan Museum of Art/Art Resource/Scala, Florence
La presencia del futuro
Imagen de la película Regreso al futuro © Photofest Inc. La ausencia del futuro
Estábamos coconstruyendo un diorama con una caja de zapatos para acompañar al libro que Roberto y yo pensábamos autopublicar sobre la confusión científica en torno al brontosaurio: en el siglo XIX un paleontólogo puso el cráneo de un camarasaurio al esqueleto de un apatosaurio y creyó haber descubierto una especie nueva, de modo que resulta que uno de los dos dinosaurios icónicos de mi juventud no existió jamás, una revisión que, junto con la degradación del planeta Plutón a plutoide, infligió un duro golpe retrospectivo a la visión del mundo de mi infancia, a la sensación recordada tanto del espacio galáctico como del tiempo geológico. Roberto era un niño de ocho años de la clase de tercero de mi amigo Aaron en una escuela bilingüe de Sunset Park. Yo le había propuesto a Aaron ayudar a alguno de sus pupilos al tiempo que me colaba en alguna que otra clase de español. Roberto era inteligente y sociable, pero con una tendencia a distraerse todavía mayor que el resto de los niños y Aaron pensó que si cooperábamos en algunos proyectos extraescolares podría inculcarle cierto método de concentración o al menos servirle de modelo. Yo no tenía permiso oficial para estar en la escuela, aunque Aaron le había consultado a la madre de Roberto —recalcando que era un escritor publicado— si le parecía bien la propuesta, y ella había aceptado.
Durante la primera sesión, Roberto tuvo una reacción alérgica a la barrita de cereales que llevé pero no enseñé a Aaron y, mientras el niño enrojecía y resollaba, sin dejar de sonreír, me entró el pánico; me imaginé teniendo que abrirle la tráquea con un lápiz. Por suerte, Aaron regresó de una reunión en el aula de al lado y me calmó, me explicó que la alergia de Roberto era leve y la reacción remitiría pronto, pero que en el futuro debería tener más cuidado; Aaron no sabía que yo pensaba llevar un tentempié, lamentaba no haberme prevenido. La tercera o cuarta semana de tutorías, cuando Aaron volvió a ausentarse, Roberto, sin previo aviso, se amotinó, me informó de que se iba con sus amigos y de que yo, dado que no era su maestro, no podía impedírselo. Echó a correr por el pasillo y salí tras él, con las mejillas acaloradas por una vergüenza que temía que cualquier testigo adulto tomara por lascivia. Al final lo localicé en el rincón del gimnasio que hacía las veces de cafetería, en un pequeño corro que habían formado sus compañeros de clase alrededor del cadáver de un escarabajo verdaderamente gigantesco, y solo conseguí devolverlo al aula prometiéndole que le dejaría jugar con mi iPhone.
Después de tres meses de tutorías Roberto y yo éramos íntimos amigos: para comer le llevaba una pieza de fruta que nunca se comía y Aaron había conseguido que la madre del niño lo amenazara para que no me desobedeciera. En el período inmediatamente posterior a mi diagnóstico, cuando cada pocos minutos tenía la impresión de que se me diseccionaba la aorta, el rato que empleaba en tratar de camelar a Roberto para que se concentrara en la mitología del kraken o los restos de un tiburón prehistórico recién descubierto era el único momento en que me distraía de la potencial hinchazón mortal de mi seno de Valsalva.
Así pues, a los pocos días del examen médico, me encontraba de nuevo en una silla para niños recortando con esas tijeras tan incómodas de primaria varios dinosaurios de internet que habíamos impreso en cartulina para que ejercieran de compañeros o presas del apatosaurio del diorama, sin duda en un claro anacronismo, puesto que nos faltó paciencia para determinar qué dinosaurios correspondían a cada período geológico, cuando Roberto retomó un tema que ocupaba sus sueños desde que había visto un programa en el Discovery Channel sobre el advenimiento de una segunda era glacial.
—Cuando los rascacielos se congelen se derrumbarán como en el 11-S — dijo con la alegría de costumbre, pero un poco más flojo— y aplastarán a todo el mundo.
Roberto tendía a modular el volumen en lugar del tono para indicar gravedad o emoción.
—Puede que si empieza a hacer mucho frío los científicos inventen sistemas nuevos de calefacción para los edificios —sugerí.
—¿Y el calentamiento global qué? —replicó, sonriendo y enseñando el hueco que esperaba a un nuevo incisivo, pero prácticamente susurrando, síntoma de auténtico miedo.
—No creo que se produzca una nueva era glacial —mentí, recortando otro animal extinto.
—¿No crees en el calentamiento global?
Dejé una pausa.
—No creo que los edificios vayan a derrumbarse sobre la gente. ¿Has tenido otro sueño?
—En mis pesadillas me persigue Joseph Kony y…
—¿Joseph Kony?
—El malo de África, el de la peli.
—¿Qué sabes tú de Joseph Kony?
—He visto en YouTube que iba por África asesinando a todo el mundo.
—¿Y por qué iba a venir a Brooklyn? ¿Qué tiene que ver con el calentamiento global?
—En mi pesadilla los edificios se congelan cuando el calentamiento global provoca una nueva era glacial y las prisiones se rompen y todos los asesinos se escapan por las grietas y nos persiguen y Joseph Kony viene a por nosotros y tenemos que huir a San Salvador, pero tienen helicópteros con visión nocturna y de todos modos, como no tenemos papeles, no podemos ir a ningún lado.
Dejó de recortar y apoyó la barbilla en la mesa, después la frente.
Un vértigo cada vez más frecuente parecido a una agnosia pasajera pero total en que el objeto que tengo en la mano, en esta ocasión unas tijeras de seguridad, cesa de ser una herramienta conocida y se convierte en un artefacto extraño, distanciando así la mano, un estado provocado por la intuición de derrumbe espacial o temporal o, paradójicamente, por una abrumadora sensación de su súbita integración, como cuando un señor de la guerra ugandés aparece vía YouTube en un sueño sito en Brooklyn de un niño salvadoreño indocumentado en un futuro arrasado por un cambio drástico de las pautas climatológicas y un sistema jurídico imperial que le condena a ser apátrida; Roberto, como yo, tendía a entender la globalidad de forma apocalíptica.
Le pedí que me mirase y luego le prometí en dos idiomas lo único que podía prometerle: que no tenía nada que temer de Joseph Kony.
Después de devolverle a Roberto a su madre, Anita, frente al colegio y pedirle permiso para comprarle unos churros a la vieja de pelo plateado envuelta en una manta roja, una de los muchos vendedores que acudían al terminar el colegio o las actividades extraescolares ofreciendo churros todo el año y helados en verano, rodeados de bellos niños, con más vitalidad material e intercambio intergeneracional y diversidad lingüística en ese escaso público de la que yo había percibido en toda mi infancia en Topeka, no emprendí, como era mi costumbre, el largo camino de vuelta a casa, sino que entré otra vez en el edificio, atraído por una fuerza sutil. La escuela se había vaciado deprisa; con la excepción de un conserje y un guardia de seguridad superobeso con quienes crucé el saludo de rigor, los únicos habitantes que quedaban eran unos cuantos profesores arrellanados en sus despachos, pegando estrellitas adhesivas o planeando clases o cambiando las virutas de cedro de las jaulas, presencias que intuí al comenzar a recorrer los pasillos pasando la mano por el otoño de cartulina de las paredes: follaje que mudaba de crayón, cuernos de la abundancia, pavos cuyos cuerpos habían sido dibujados por extremidades multidigitales.
¿Sabéis a qué me refiero cuando digo que al llegar a la segunda planta y tirar el cucurucho me encontraba en la Escuela de Primaria Randolph y tenía siete años y las paredes estaban empapeladas con cartas en una cursiva exagerada dirigidas a Christa McAuliffe deseándole suerte en su misión en el Challenger, para la que solo faltaban dos meses? Cruzo la puerta de la señorita Greiner y me dirijo a mi pupitre, la silla ya no me va pequeña, Plutón se encuentra entre los planetas del móvil de espuma de poliestireno que cuelga del techo. Mis padres están en la clínica Menninger; mi hermano mayor está en el aula de encima de la mía; Joseph Kony comienza a darse a conocer como líder de una fuerza premilenarista; mi aorta tal vez sea proporcional o tal vez no; el radiador pedorrea en un rincón porque, en el pasado, noviembre solía ser frío. El aula no está vacía, pero sus presencias parpadean: Daniel aparece junto a mí en el pupitre, Daniel, cuyos brazos son siempre un mosaico de tiritas de Snoopy y hematomas leves, que esta primavera acabará en urgencias por inhalar hasta el fondo de la nariz un caramelo de goma —retado por mí—, que en secundaria será el primero en fumar pero en ese momento es famoso por su costumbre de comerse a escondidas los sobres de azúcar del Domino. Qué triste construir un diorama del futuro con un niño que sabes que se ahorcará por las complejas razones que fueran en el sótano de sus padres a los diecinueve años, pero es la tarea encomendada, y la señorita Greiner, de pie a nuestro lado, vigila nuestros progresos mientras el aroma a coco sintético de su loción se entremezcla con el olor del adhesivo. Yo fabricaré la efigie de Daniel y él la mía, pero construiremos juntos la nave espacial y la dejaremos colgando de un hilo como un modificador, en perpetua desintegración.
Y quiero dedicar unas palabras a los colegiales de Estados Unidos que están viendo este seguimiento en directo del lanzamiento del transbordador. Sé que cuesta comprenderlo, pero a veces ocurren cosas dolorosas como esta. Forman parte del proceso de exploración y descubrimiento. Todo forma parte de arriesgarse y expandir los horizontes de la humanidad. El futuro no es de los pusilánimes; es de los valientes. La tripulación del Challenger estaba guiándonos hacia el futuro y nosotros continuaremos su camino.
Fotografía de Christa McAuliffe, a cargo de Keith Meyers en
The New York Times. Cortesía de Great Images in NASA
Guiándonos hacia el futuro
Un sistema ciclónico excepcionalmente grande con el núcleo cálido se aproximaba a Nueva York. El alcalde había tomado medidas sin precedentes: había dividido la ciudad en zonas y ordenado la evacuación de las más bajas; anunció que se cerraría la red de metro antes de que la tormenta tocara tierra; se desconectarían de la red eléctrica ciertas partes de Manhattan como medida preventiva. Algunos conjeturaban que el alcalde, que había sido criticado por reaccionar con lentitud a la nevada sin precedentes del invierno anterior, estaba exagerando por estrategia, alardeando de estar preparado, pero su tono en las ruedas de prensa cada vez más frecuentes parecía expresar más una preocupación sincera que lúgubre autoridad, como si se contara entre aquellos a quienes pedía mantener la calma.
Desde un millón de medios de comunicación, la mayoría de mano, la conciencia de la tormenta caló en la ciudad, penetró en la arquitectura y en los robustos paseriformes, moduló el tráfico y los «sicomoros mejorados», así llamados porque se hibridan para la vida urbana. Quiero decir que la ciudad estaba convirtiéndose en un organismo, constituyéndose en relación con una amenaza visible del espacio, con un monstruo marino aéreo con un único ojo en el centro alrededor del cual se arremolinaban bandas lluviosas tentaculares. Existía una miríada de aplicaciones para seguirla, los códigos de color del Doppler indicaban la intensidad de la precipitación, la misma tecnología que habían empleado para medir la velocidad del flujo sanguíneo de mis arterias.
Como todas las conversaciones que escuchabas en una cola, en la calle o en el cine comenzaban a compartir el mismo tema, pronto derivaron en una conversación común a la que podías sumarte, eliminando así las particiones convencionales del espacio social; en la línea N de camino al Whole Foods de Union Square me encontré intercambiando previsiones del nivel de las inundaciones con un jasídico y un enfermero antillano de uniforme lila. En Canal Street se nos sumó una adolescente cuyo cuerpo parecía menor que la funda del violonchelo que cargaba a la espalda. Nos explicó que la moda del fin del mundo había sido orquestada para evacuar la zona baja de Manhattan con el fin de que la policía pudiera instalar micrófonos y otros aparatos de escucha en todas las viviendas. Dejamos de hablar cuando un grupo de mariachis compuesto por tres veinteañeros, uno de los cuales vestía pantalones de muselina de corte recto y bordados, se puso a tocar «Toda una vida». No sabría decir si tocaban particularmente bien o si nosotros, que pasábamos por allí, a rebufo de la sociabilidad creciente estábamos particularmente dispuestos a apreciarlos a ellos y a la música en general. En cualquier caso la canción transmitió un patetismo fuera de lo común, siguieron aplausos y luego una cantidad desacostumbrada de monedas en el sombrero.
Al salir a la calle descubrí que era noche cerrada, que el aire estaba cargado de premonición y algo más, algo parecido a la sensación de una nevada en la infancia, cuando el tiempo se emancipaba de las instituciones, cuando la nieve parecía una tecnología para derrotar al tiempo o tiempo derrotado que cayera del cielo, cada resplandeciente partícula de hielo era un instante recuperado a la rutina. Salvo que ahora la forma material de la excitación no era hielo: el aire alrededor de Union Square estaba cargado de agua en su fase gaseosa, una humedad tropical que no era propia de Nueva York, un medio de mal agüero. Delante del Whole Foods donde me había citado Alex —era una idea ridícula comprar en Whole Foods, puesto que siempre estaba a reventar, pero eran los únicos que vendían un té del que Alex se afirmaba adicta, uno de sus escasos caprichos— una periodista bañada en luz de tungsteno hablaba a una cámara sobre las carreras por conseguir linternas, comida enlatada y agua embotellada. Los niños se acercaban y se alejaban corriendo de la periodista, deteniéndose de vez en cuando a saludar.
Alex me saludó y la noté cambiada, irradiaba algo inespecífico, pero conforme nos abríamos paso entre la muchedumbre con la mayor delicadeza posible comprendí que lo más probable era que el cambio estuviera en mi mirar, porque todo lo que quedaba en las estanterías también me pareció un poco cambiado, un poco cargado. La relativa escasez resultaba extraña: en lo que habitualmente eran los luminosos pasillos de la superabundancia ahora se abrían grandes huecos vacíos, en especial entre los alimentos básicos empaquetados, aunque bajo la neblina artificial todavía brillaban montones de productos ecológicos a precios desorbitados. Alex tenía una especie de lista: radio, linterna de manivela, velas, diversos alimentos; a estas alturas se había agotado casi todo. Nos dio igual, y circulamos por la inmensa tienda con la corriente de compradores, compradores que parecían inusitadamente educados y alegres pese a la presencia de policías junto a las cajas registradoras.
Quiero decir que me sentía colocado, y así se lo dije a Alex, que se rio y me contestó: «Y yo», pero yo me refería a que la tormenta que se avecinaba estaba alienando la rutina de comprar lo justo para hacerme visceralmente consciente tanto del milagro como de la locura de la economía cotidiana. Por fin encontré algo de la lista, algo vital: café instantáneo. Cogí el bote de plástico rojo, uno de los tres últimos de la estantería, lo sostuve como la maravilla que era: las semillas de dentro de los frutos morados de las plantas de café se habían recolectado en las laderas andinas y tostado y molido y empapado y luego deshidratado en una fábrica de Medellín y se habían envasado al vacío y transportado en avión hasta el JFK y luego en contenedores hacia el norte hasta el río Pearl para ser envasadas otra vez y transportadas de vuelta en camión hasta la tienda donde ahora yo leía la etiqueta. Era como si las relaciones sociales que producían el objeto que tenía en la mano comenzaran a brillar en su interior al ser amenazadas, se agitaran dentro del bote y le transmitieran cierta aura: la gran majestuosidad y la estupidez supina de esa organización de tiempo, espacio, combustible y trabajo se hacían visibles en el bien de consumo concreto ahora que los aviones estaban en tierra y comenzaban a cerrarse las carreteras.
Todo será como es ahora, solo que un poco diferente. Nada en mí ni en la tienda había cambiado, salvo tal vez mi aorta; al mirarlo más de cerca, lo que normalmente parecía el único mundo posible se convirtió en uno entre tantos, con su significado por aprehender, aunque fuera fugazmente, en todas partes, en los pasajeros de un tren, en un bote de café insípido.
Alex encontró su té. Conseguimos una de las últimas cajas de agua embotellada —Alex insistió en cargarla ella porque yo no debo coger ningún peso que pueda subirme la presión intraórtica, pero no se lo permití—, y luego, como teníamos hambre, nos dirigimos a los humeantes mostradores de comida preparada, esa noche la zona menos concurrida del local, y nos llenamos los platos con una mezcla incoherente de caros alimentos perecederos: samosas, pollo vegetariano, pollo, varios platos con quinoa, ensalada Caprese. Pagamos por la comida y un té y un café, bromeamos sobre nuestra falta de previsión con la adolescente que nos cobró, con mechas rosas en el pelo negro, y luego cogimos el metro de vuelta al barrio y, al llegar a nuestra parada, decidimos poner rumbo al piso de Alex.
Giramos hacia su calle y se puso a llover, pero dio la impresión de que en su calle ya estaba lloviendo antes y nosotros solo nos habíamos adentrado en la lluvia, separándola como una cortina de cuentas. Puede que confundiera mi intensa atención al viento con un viento más intenso. Pasamos junto al jardín comunitario y vi a dos chicas acurrucadas en alguna empresa furtiva. Pensé que intentaban encender un cigarrillo, pero se separaron y vimos las bengalas, brillante magnesio blanco que poco a poco se tiñó de naranja. Un perrillo ladró a las chispas saltarinas mientras las chicas corrían en círculos por el jardín, riéndose, puede que escribiendo sus nombres. Me sentí agudamente consciente de que nada surcaba despacio el cielo, de que nadie contemplaba la ciudad desde las alturas, confiando en la aproximación.
En el piso de Alex recalentamos la comida preparada en la cocina mientras escuchábamos por la radio las últimas noticias sobre el avance de la tormenta —iba ganando fuerza— e hicimos la mayoría de las cosas que nos aconsejaron: llenamos de agua todos los recipientes adecuados que encontramos, desenchufamos varios electrodomésticos, buscamos pilas para la radio de emergencias y las linternas. Me alegró descubrir que Alex tenía un buen alijo de vino, probablemente dejado allí por el abogado, y abrí una botella de tinto con la etiqueta de la añada más antigua, regodeándome porque en mí se desperdiciaba. Me lo serví en un bote de mermelada limpio y, mientras Alex se daba una última ducha antes de llenar la bañera, miré las fotografías de la nevera, que ya no me resultaban del todo familiares: Alex de niña —trenzas y cuadros vichy— con su madre y su padrastro; yo con la prima segunda pequeña de Alex, a la que ella llamaba sobrina, en una fiesta el verano pasado, colocándole solemnemente una corona de cartulina mientras las velas chisporroteaban en la tarta a su lado. Todo en la fotografía era como había ocurrido, solo que diferente, como si la imagen ahora fuera indeterminada, dudara entre temporalidades. Luego ya no. Un imán de la Escuela de Funcionarios de Nueva York sostenía un programa del subsidio de desempleo en la nevera.
Solo cuando, aunque todavía había electricidad, nos sentamos a comer a la luz de unas velas votivas que había encontrado Alex, el peligro y la magnitud de la tormenta nos pareció real; quizá porque la comida recordaba a una última cena, quizá porque comer juntos creaba una sensación de familia contra la que podíamos calibrar la amenaza. La radio informó de que la tormenta tocaría tierra hacia las cuatro de la madrugada; eran más o menos las diez y el agua ya había alcanzado niveles alarmantes. ¿Están preparados para aguantar varios días sin agua corriente?, preguntó la radio. La comida nos supo más rica de lo que estaba porque podría ser la mejor que probásemos en cierto tiempo y Alex se acabó la suya, cuando por lo general hacia el final intercambiamos los platos para que yo me coma lo que ha dejado. Al terminarme la botella, me pidió que no me emborrachara, al menos hasta que supiéramos si la cosa iba a ponerse fea. No querrás estar resacoso sin agua, me dijo, recogiéndose la melena castaña en una coleta, y no voy a permitir que te bebas todas nuestras reservas.
¿Estaba bebiendo rápido en parte porque me incomodaba pasar la noche en casa de Alex, algo que había hecho infinidad de veces? Sencillamente la tormenta me inquietaba, me dije mientras recogía la mesa y fregaba los platos. Como de costumbre, decidimos proyectar una película en la pared del dormitorio; un exjefe suyo le había regalado un proyector LCD que conectaba al ordenador. Visto que podíamos quedarnos sin internet en cualquier momento, elegimos uno de los pocos DVD que tenía. El tercer hombre me pareció el más apropiado, quizá porque transcurre en una ciudad en ruinas, y lo cargué mientras ella se ponía el pijama, luego nos metimos en la cama, aunque yo seguía en ropa de calle, con la radio para emergencias y la linterna en la mesilla de noche para cuando se fuera la luz.
Las sombras de los árboles doblados por los vientos cada vez más fuertes al otro lado de la ventana se movían sobre la imagen proyectada en la pared blanca, convirtiéndose en parte de la película, como si siguieran el ritmo de la música de cítaras; qué fácil se cambia de mundo, me dije, y luego se lo dije a Alex, que me mandó callar (yo tenía la mala costumbre de hablar mientras veíamos películas). Vimos la película hasta que Alex se durmió y Orson Welles murió a manos de un amigo en Viena y oí que la lluvia arreciaba en el pequeño horizonte que tanto temía que pronto destruyeran los escombros voladores. Cuando la película terminó rebusqué entre los DVD y puse Regreso al futuro, que me había encontrado en la Cuarta Avenida tirada en una caja con otras películas, pero la puse sin sonido para no despertar a Alex. Conecté los auriculares de la radio de emergencias y me coloqué uno en la oreja izquierda y escuché las previsiones meteorológicas mientras Marty viajaba hacia 1955 —el año, por cierto, en que la energía nuclear iluminó por primera vez una ciudad: Arco, en Idaho, donde también se produjo la primera fusión accidental del núcleo de un reactor, en 1961— y luego intentaba regresar a 1985, cuando yo tenía seis años y los Kansas City Royals ganaron la liga, en parte gracias a un strike absurdo que forzó el séptimo partido, en las repeticiones quedaba claro que Orta fue eliminado a la primera. En la película les falta plutonio, el combustible del coche que viaja en el tiempo, en cambio en la vida real el plutonio se filtra en el suelo de Fukushima; Regreso al futuro se adelantó a su época. Mientras veía la película muda empezaron a preocuparme los reactores de Indian Point, río arriba.
De pronto noté una sensación rara: un leve eco de la radio en la oreja sin conectar. Tardé un rato en comprender que los vecinos de abajo habían sintonizado la misma emisora. Me volví hacia Alex y contemplé cómo los colores de la película parpadeaban sobre su cuerpo dormido, me fijé en la cadena de oro que siempre descansaba sobre su clavícula. Le enganché un mechón de pelo rebelde detrás de la oreja y luego dejé que la mano se deslizara por la cara y el cuello y le rozara el pecho y el estómago en un único movimiento lento del que intenté convencerme a medias de que era accidental. Estaba devolviendo la mano a su cabello cuando Alex abrió los ojos. Me costó lo indecible sostenerle la mirada en lugar de desviarla y admitir así mi transgresión; su mirada solo traslucía curiosidad, ninguna alarma. Al poco cogí mi tarro de vino como queriendo sugerir que, si había ocurrido algo fuera de lo común, era resultado de la borrachera; para cuando volví a mirarla a la cara, Alex había cerrado los ojos. Dejé el tarro sin probar el vino y me tumbé al lado de Alex y me quedé mirándola un buen rato y luego le alisé el pelo con la palma de la mano. Alex me cogió la mano, quizá en sueños, y se la llevó al pecho y la aguantó allí, no sabría decir si para detenerme o para animarme. Permanecimos tumbados en esa postura y esperamos al huracán.
Apagué el proyector y Alex murmuró algo en sueños y se giró. Dije «Todo va bien, me voy a casa», lo dije solo para poder decir que lo había dicho por si acaso luego se enfadaba porque me había ido sin avisar. Pensé besarla en la frente, pero rechacé la idea al instante; la intimidad física que se había dado se había disuelto a la vez que la tormenta; incluso ese gesto relativamente amistoso nos resultaría extraño. Más aún: era como si la intimidad física con Alex, igual que la sociabilidad con los desconocidos o el aura de los objetos, no solo hubiera terminado, sino que se hubiera borrado retrospectivamente. Como tales momentos habían sido propiciados por un futuro que nunca llegó, no podían recordarse desde este futuro, el presente, alcanzado: habían desaparecido de la fotografía.
Cuando nos desacoplamos me pareció ver el aliento condensado de Alena ralentizarse en el aire, pero en aquel piso hacía demasiado calor para eso; no obstante, su cuerpo recuperó la homeostasis aparentemente mucho más rápido que el mío. Alena se levantó del colchón y se alisó el vestido que no había llegado a quitarse y yo me recompuse y la seguí a la salida de incendios y contemplé las luces de los edificios más altos que se cernían sobre nosotros, todos ellos aureolados. Alena sacó un pitillo de un paquete que ya debía de tener sobre la lata de pintura rellena de arena y lo encendió frotando una cerilla integral —cuya procedencia se me escapaba— contra el ladrillo exterior del edificio. «Venga ya», dije, aludiendo a su estilazo acumulado e imposible y resopló un poco al reírse, luego tosió humo y se hizo real.
Paul Klee (1879-1940), Angelus Novus, 1920. Óleo y acuarela
sobre papel, 31,8 x 24,2 cm. The Israel Museum, Jerusalén,
donación de Fania y Gershom Scholem, Jerusalén; y de John
Herring, Marlene y Paul Herring, y de Jo Carole y Ronald
Lauder, Nueva York (B87.0994). © Index
«La tempestad lo arrastra irremisiblemente hacia el futuro al
que da la espalda». Walter Benjamin
Charlamos sobre la exposición lo que duró el cigarrillo —faltaban un par de horas para la inauguración—, con la mayoría de mi conciencia todavía abrumada por su proximidad física, cada átomo mío le pertenecía a ella además de a mí, todos los sentidos se habían fusionado en una supersensibilidad general, eran añicos de cristal que destellaban en el asfalto. Cuando apagó el cigarrillo contra el ladrillo, y provocó una pequeña lluvia de pavesas, entré detrás de ella en el piso, el pied-à-terre del dueño de la galería. Alena fue al lavabo sin dar la luz y la escuché mear; no tiró de la cadena ni se lavó las manos ni, a oscuras, se miró en el espejo.
Salimos juntos del piso, pero para cuando llegamos a la calle, me había confesado que prefería que apareciéramos en la inauguración por separado, quizá asistiera un ex celoso y no quería soportar un interrogatorio. Me dolió un poco, pero traté de imitar su naturalidad y respondí que cómo no, que de todos modos había quedado con Sharon en una cafetería cercana a la galería para luego ir juntos a la inauguración; nos despedimos con un beso.
Alena trabajaba con Sharon y el marido de esta, Jon, dos de mis amigos más antiguos de Nueva York, en una pequeña productora especializada en cine documental. Para Alena era un trabajo a media jornada con el que financiaba lo que ella llamaba su «práctica artística», una práctica que a Sharon le costaba describir y sobre la que yo, debido a la frase «práctica artística», albergaba serias dudas. Pero resultó que Alena iba en serio, pese a ser saludada como una estrella emergente por un mundo artístico posmedia que tan a menudo valora la estupidez. Su exposición actual, que la vi montar sin poder levantar nada pesado, consistía en un conjunto de imágenes y objetos que había envejecido hábilmente: había pintado un retrato de una fotografía contemporánea y luego lo había avejentado no sé cómo —no entendí las reticentes explicaciones del procedimiento que me dio— revistiéndolo con una red de finas grietas que le daban el aspecto de un cuadro antiguo. Había un cuadro inspirado en una imagen descargada de internet y luego ampliada de una joven con los ojos cubiertos por sombras corridas y sobre cuya cara ha eyaculado un hombre fuera de plano; la chica mira fijamente al espectador como si estuviera en otro siglo, el craquelado confunde géneros y tiñe la imagen de una tremenda gravedad; se titula Retrato de Sasha Grey. Alena había pintado varias imitaciones magníficas de expresionistas abstractos y luego les había aplicado su método; los Pollock se mantenían convincentemente inmutables, otros parecían rescatados de las ruinas del MoMA tras un ataque o descongelados tras una era glacial futura. Tenía un pequeño autorretrato, también pintado a partir de una fotografía, que no había alterado, no lo había agrietado, y cuya inmediatez en el contexto del resto de las obras, me refiero a la mirada directa de la modelo, se ubicaba con tal fuerza en el tiempo presente que costaba mirarlo.
Al saludar a Sharon con un beso en la cafetería y rozarle la mejilla con los labios noté electricidad estática, como si Alena y Sharon contactaran a través de mí. Sharon se pidió una infusión de menta y yo lo que creí que sería un simple café de filtro pero resultó un carísimo brebaje con denominación de origen preparado en una Chemex. En la minúscula mesa de junto a la ventana que daba a Houston, compartimos una generosa porción de bizcocho de chocolate. «Es Valrhona —dijo Sharon, lo que no significó nada para mí; Sharon poseía el vocabulario de un chocolatero (por lo visto, casi todo lo que comía llevaba chocolate)—. ¿Ya os habéis acostado?».
Cuando salimos de la cafetería y enfilamos hacia el sur, noté los trenes que circulaban por el subsuelo. Noté, o al menos así lo imaginé, el pulso de Sharon ligeramente más rápido que el mío en su bíceps mientras caminábamos, como casi siempre, cogidos del brazo. Alcé la vista hacia una valla iluminada en la que no se veía nada salvo una aguada violeta, probablemente porque iban a poner un anuncio nuevo, y le pregunté a Sharon, que es daltónica, qué veía. En lo alto, las estrellas ocultas por la contaminación lumínica eran presencias como palabras proyectadas en el tiempo y cobré conciencia de que el agua rodeaba la ciudad y se movía; fui consciente de la delicadeza de los puentes y los túneles que la salvaban, y del tráfico que recorría dichas arterias, como si una reorganización cortical me permitiera de pronto tomarme la infraestructura personalmente, un parpadeo propioceptivo que anticipaba el cuerpo comunal. Sharon veía grises y azules y, mientras cruzábamos Delancey, me describió una película que quería rodar sobre sinestésicos, que cuentan que los números se tiñen de matices que de otro modo no podrían percibir.
Enseguida llegamos a la galería, atestada, donde habíamos quedado con Jon, pero este había avisado por mensaje que su resfriado había empeorado. Nos abrimos paso hasta el vino blanco, que esperaba en una mesa de un rincón cercano. Vi a Alena charlando con una pareja alta y guapa en la otra punta y la saludé con un torpe ademán. Me miró sin dejar de hablar, pero no me devolvió el saludo; no conseguí decidir si sus ojos ensombrecidos expresaban total indiferencia o ardiente intensidad, su característica ambigüedad. Intenté dar la espalda a la mirada de Alena para charlar con Sharon como si apenas me hubiera fijado en la expresión de aquella, pero me derramé el vino al llevármelo a la boca. Volví a mirar a Alena, que sonreía un poco.
Resultaba imposible, como en casi todas las inauguraciones, ver las obras; de hecho, la inauguración como tal, al menos como yo la entendía, consistía en una destrucción ritual de las condiciones para contemplar los artefactos que teóricamente celebraba. Sharon y yo intentamos movernos unos palmos y, aunque los rescoldos se apagaban poco a poco, colisionar suavemente con tantos cuerpos todavía me provocaba placer en lugar de irritarme; era como si la muchedumbre formara un único organismo sensible. Saludé a unos cuantos conocidos de revistas de arte para las que había escrito, pero enseguida le dije a Sharon que quería marcharme y empezamos a avanzar hacia Alena para felicitarla e irnos a tomar una copa.
Alena y Sharon se saludaron con un beso, pero Alena y yo no nos tocamos. Yo, fingiendo indiferencia, le expliqué que me iba con Sharon a ponernos al día en algún lugar tranquilo, pero que me mandara un mensaje cuando la gente comenzara a marcharse y regresaría para ayudarla a recoger. Me lo agradeció, pero no creía que fuera a necesitar ayuda; su tono sugería que mi ofrecimiento presumía un grado de intimidad mayor del que granjeaba nuestro intercambio de fluidos.
Me alarmó la meticulosidad de lo que experimenté como disimulo por parte de Alena, casi dudé de mí mismo, como si el encuentro en el suelo de su piso jamás hubiera ocurrido. Ahí estaba yo, todavía ruborizado por el coito, con los sentidos vibrando a la misma frecuencia que la ciudad, deseando únicamente poseerla y ser poseído por ella otra vez, mientras que ella me miraba con una indiferencia tan absoluta que me sentí como si fuera el ex celoso que quería evitar, un mojigato burgués incapaz de concebir el erotismo fuera del léxico de la propiedad. Quizá Alena se hubiera separado de mí solo para poder reencontrarme con frialdad, reivindicando su capacidad para establecer distancias insalvables cualquiera que fuera nuestra proximidad física. Por un lado, dentro de mí creció una rabia celosa, el deseo de que me deseara, el único deseo que, como me había dicho una vez Alex durante una pelea, yo era capaz de sentir. Por otro lado, admiraba sinceramente que fuera capaz de tomarme o dejarme, de tomarme y dejarme simultáneamente, me parecía excitante, incluso inspirador, como si la energía que habíamos generado ahora tuviera la libertad de circular de forma más general, cargándolo todo un poco, cuerpos, farolas, técnicas mixtas.
Pusimos rumbo oeste hacia un bar que le gustaba a Sharon. Estaba iluminado como un local clandestino, decorado con madera oscura y paneles de estaño en el techo, sin música.
—Jon dice que Alena sabe krav maga. Así que deberíais acordar una palabra clave.
El silencio permitía escuchar al camarero agitando una coctelera artesanal.
—¿Por qué das por hecho que el sumiso soy yo?
Las bebidas llevaban ginebra y zumo de uva y se servían en vaso Collins.
—Porque eres un nenaza.
Las ganas de ser vulgar de Sharon superaban a su vulgaridad.
—Pues soy el que se acuesta con una mujer misteriosa que probablemente pasa de mí en el piso de un desconocido. Tú estás casada.
Yo había oficiado la boda después de ordenarme por internet.
—No pasa de ti, solo que no le va el compromiso.
—Cuando un pulpo macho «ataca» tratando de copular, emplea las ventosas para forcejear con su objetivo e insertarle el hectocotilo.
—Si Alena se reproduce algún día, será mediante fisión.
—Lo que me pone nervioso —dije, con la ayuda del segundo cóctel— son los jueguecitos con la respiración.
—¿Y si dejaras de intentar proteger a las mujeres de sus deseos?
Caminábamos por Delancey, entre gases que confiaba que solo fueran vapores de las rejillas de ventilación.
—Quizá sea su forma de lidiar y superar el miedo a la muerte.
—Quizá sea su forma de lidiar con la amenaza de quedarse afónica.
Una ambulancia proyectó sus luces rojas contra nosotros al pasar.
—O disfruta obligándote a enfrentarte al placer que encuentras en esas amenazas.
—El flujo de oxígeno al retirar la presión.
Bajamos al metro.
—«Como una cerilla que arde en una flor de azafrán; un significado interno casi expresado» —cité, pero se perdió en el ruido del tren aproximándose.
«Atención al cierre de puertas, por favor».
—Preparamos la edición de un documental de la BBC sobre bonobos; son nuestros parientes más cercanos y carecen del concepto de exclusividad sexual.
—Dicen que la monogamia es producto de la agricultura. La paternidad solo comenzó a importar con la transmisión de la propiedad.
«Hazte la prueba del VIH hoy mismo», decía un cartel de la línea D.
—Eso sí, se comen a las crías de otras especies de primates.
—¿Y por qué te has casado si no quieres tener hijos?
Salimos en el puente de Manhattan; casi todo el mundo miró sus mails, sus mensajes.
«Te has ido sin despedirte», me había dicho Alex.
«Brilla como un diamante», cantaba Rihanna en los auriculares de la chica de mi lado, que se había pintado estrellas en las uñas.
Estábamos sentados en un restaurante de Crown Heights, el suelo de mosaico redondo brillaba a la luz de las velas.
—Creo en las promesas. Creo en la publicidad.
—Prometo pasar por toda una serie de mundos contigo —recordé de sus votos.
Yo le había dicho al camarero que solo tomaría vino, pero me comí la mitad del plato de gnocchi con espinacas de Sharon y luego pagué la cuenta de los dos.
—Se cansará pronto de ti —dijo Jon.
Estaba tumbado en el sofá viendo The Wire en el ordenador con dos pañuelos de papel rosas asomándole de la nariz como el mostacho del villano en una obra escolar. La mesilla estaba cubierta de bolsitas de té usadas y ejemplares de Film Quarterly. Rebusqué en la cocina pero no conseguí encontrar ginebra a temperatura ambiente.