10:04
Tres
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Llegué al Hospital Presbiteriano de Nueva York con un sudor frío; de hecho, notaba la urea y la sal exudando de las axilas y resbalándome por las costillas. Llevaba más de un mes preocupado por esa visita —desde que la había concertado—, me había preocupado tanto y tan abiertamente que Andrews se había ofrecido a medicarme; en el metro hacia la zona alta, me palpaba el bolsillo interior del abrigo cada pocos minutos para confirmar la presencia de la pastilla.
Las puertas de vidrio se abrieron para dejarme paso y crucé el atrio pasando junto a un puesto de Starbucks en dirección a los ascensores, con los que subí hasta la séptima planta. La recepción donde bajé era de un lujo inusitado, se parecía más a como imaginaba el despacho de un gran ejecutivo que a lo que había aprendido a esperar de las salas de los médicos. La serie de abstracciones de la pared —tenues rejillas de diversos colores, imitaciones de Agnes Martin— era anodina, pero con marcos dignos de museo. La recepcionista a la que me dirigí tenía una sonrisa fácil que me pareció un poco fuera de lugar: era la sonrisa de una mujer que vendía joyería cara, como si yo hubiera ido a comprar un anillo de compromiso; no tenía nada de médica. Le di mi nombre y lo introdujo en el ordenador y luego imprimió un formulario que debía llevar conmigo al piso de arriba; «Allí se ocuparán de usted».
Antes de apretar el botón del ascensor, me vi reflejado en las relucientes puertas metálicas y me dije, puede que incluso articulara alguna de las siguientes palabras: Coge el ascensor de bajada y sal de este edificio para no regresar jamás, no tienes que hacer esto. Pero por supuesto cogí el ascensor de subida hasta una planta médica mucho más convencional, donde se realizaba el trabajo de laboratorio y se examinaba a los pacientes, no solo se les consultaba sobre opciones y precios con o sin seguro.
La recepcionista a quien entregué el formulario era joven —aparentaba dieciocho años, aunque seguro que era mayor—, podría haber trabajado de modelo de bañadores o bailarina de un club para el fondo de un vídeo musical. No tenía una belleza fuera de lo común, pero sus proporciones, que se adivinaban bajo el traje chaqueta incluso sentada, coincidían con la fantasía masculina normativa. A mí me pareció poco apropiado que quienquiera que dirigiera el casting de recursos humanos le hubiera adjudicado semejante papel, pero luego la idea me incomodó tanto como el hecho de haberme fijado automáticamente en las dimensiones de su cuerpo. Me costó mirarla a los ojos e intenté no sonrojarme. Que yo supiera casi nunca me sonrojaba, casi nunca enrojecía de vergüenza o bochorno, pero para mí intentar no ruborizarme constituye una actividad involuntaria claramente definida: presiono, no sé por qué, la lengua contra el velo del paladar apretando la mandíbula y aguantando la respiración (lo que, bien mirado, hace que me sonroje un poco). Le entregué a la recepcionista la tarjeta de crédito; mi seguro de coste desorbitado no lo cubría todo.
Me dio un segundo papel al que había grapado el recibo y me pidió que esperase a que me llamaran. Conseguí mirarla a los ojos al darle las gracias, pero lo que transmitían era terrible, como si dijeran: Echa un buen vistazo, pervertido. Cuando me senté, saqué la pastilla del bolsillo dispuesto a tomármela, pero entonces me pregunté —aunque sería muy poco propio de Andrews cometer un error así— si podría alterar la muestra. Estaba haciéndola girar entre los dedos cuando una enfermera me llamó y me pidió que la siguiera.
Me condujo a una habitación aparte en cuyo umbral me indicó que me bastaba con acordarme de lavarme las manos a conciencia y no tocar nada que pudiera ser contaminante. Me entregó un pequeño recipiente de plástico etiquetado con mi nombre y varios números y me repitió despacio, como si hablara con un hombrecito: Asegúrese de lavarse bien las manos o tendrá que repetir todo el proceso, y luego me explicó lo que debía hacer con el recipiente cuando terminase. Me sonrió sin asomo de embarazo ni incomodidad, una bendición, y desapareció a la vuelta de la esquina. Entré en la habitación y cerré la puerta.
Por un lado estaban medicalizándome, patologizándome, descomponiéndome en partes, otorgándole a cada una una autonomía horrible; por otro lado, notaba indicios de lo que solo cabía describir como excitación, reminiscencias de la primera vez que, con once años, Daniel me prestó un Playboy; la combinación me dio náuseas.
Colgué el abrigo del perchero metálico y miré a mi alrededor. En mitad de la sala había algo parecido a una silla de dentista, tapizada de plástico color melocotón y con una tira de papel médico colgando del medio que la amable enfermera debía de cambiar entre clientes, entre pacientes; no pensaba sentarme en aquella silla. Frente a la silla había un televisor con un menú de DVD en la pantalla. Unos auriculares inalámbricos que decidí no usar asomaban encima del televisor. Hacia el fondo de la sala había un lavamanos con un dispensador de jabón líquido y una plaquita recomendando lavárselas a conciencia. En la pared del fondo, un artilugio que recordaba vagamente a una de esas ventanillas de los bancos, donde podría entregar el recipiente, transferirlo a los técnicos del otro lado de la pared, que así lo recibirían sin que tuviéramos que vernos la cara. Banco, consulta médica, sala pornográfica: una suprainstitución. Tardé un minuto en darme cuenta de que se oían voces al otro lado de la pared, en discernirlas con claridad: una mujer hablaba del novio de su hija, no debía dejarlo escapar; un hombre pedía comida por teléfono en español, algo con arroz, alubias. Si yo los oía, seguro que ellos me oían también; decidí aprovechar los auriculares.
Me acerqué a la pila y me lavé las manos, y luego volví a lavármelas. Después me dirigí a la silla, cogí el mando a distancia del reposabrazos y comencé a buscar en el menú de la pantalla. La televisión estaba conectada a un servicio que te permitía elegir entre un gran número de títulos de películas ordenados alfabéticamente, pero también por etnias: «Asiáticas, aventuras anales»; «Asiáticas, persuasión»; «Asiáticas, fetiches orales», etcétera; «Negras, aventuras anales»; «Negras, mamadas»; «Negras, orgía de corridas», etcétera; aunque después del menú étnico tenías la opción de buscar recopilaciones por actividad: «Lo mejor de» lo que fuera. Me vino a la mente Retrato de Sasha Grey. Me sorprendió lo extremo de algunos vídeos, y me sorprendió verlos indexados por razas; supongo que esperaba encontrar revistas. Me daba vergüenza elegir, pero tampoco podía negar que una ayuda audiovisual aceleraría el proceso. Miré el mando a distancia para ver cómo funcionaba exactamente y entonces me acordé: No debo tocar nada que pueda contaminar la muestra. ¿Qué podía ser más contaminante que aquel mando a distancia que a saber en cuántas manos sucias había caído?
Tras unos segundos de aterrada deliberación, me limité a presionar el play —empezó «Asiáticas, aventuras anales» aunque no es para nada mi rollo; no elegir me pareció menos censurable que tener que manifestar una preferencia entre las categorías disponibles— y solté el mando a distancia y el recipiente de plástico y fui a lavarme las manos. Luego regresé junto a la pantalla y me desabroché los vaqueros y me disponía a entrar en materia cuando caí en la cuenta de que mis pantalones podían ser todavía más contaminantes: me había pasado una hora sentado en el metro; no recordaba la última vez que los había lavado. Regresé al lavamanos con los pantalones y los calzoncillos por los tobillos y comencé a preocuparme por la tardanza, por si había un límite de tiempo, si la enfermera llamaría a la puerta y me preguntaría qué tal iba o me diría que le tocaba al siguiente paciente. Volví a la pantalla arrastrando los pies y rápidamente me puse los auriculares, pero entonces pensé: el contacto con los auriculares no difería del contacto con el mando a distancia. Me planteé poner fin a aquel drama cada vez más beckettiano y empezar sin más, pero entonces me imaginé recibiendo la llamada que me informaría de que la muestra no valía, de modo que arrastré de nuevo los pies —esta vez con los auriculares puestos, oyendo los chillidos y gemidos de las aventuras— de vuelta a la pila y me lavé las manos otra vez. Encima de la pila, gracias a Dios, no había espejo.
Por qué, me pregunté mientras me echaba todavía más jabón, habían de contaminar la muestra mis manos; tampoco es que vaya a tocar el esperma; seguro que puedo tener cuidado de no introducir la mano de forma perjudicial. Para entonces era algo académico: por fin me encontraba en situación de pasar directamente de lavarme las manos a —tras, en esencia, brincar hasta la consola— emplearlas onanísticamente.
Hora de pasar a la acción, una acción que me había angustiado más que cualquier encuentro sexual real, razón por la que Andrews me había dado la pastilla de Viagra que, en aquel momento, deseaba haberme tomado. Era demasiado tarde; Andrews me había explicado que podía tardar horas en hacer efecto y, además, estaba mi miedo, probablemente ridículo, a alguna clase de contaminación química. ¿Y no era malo para la gente con problemas cardíacos; es que Andrews tampoco había pensado en eso? ¿No provoca vasodilatación? Me enfadé, como un viejo huraño. Pero la rabia contra Andrews no iba a ayudarme en aquella situación: su cara (o su cuadro abstracto voluntariamente inofensivo) no era la imagen mental que debía evocar en ese momento.
Temía la posibilidad de abandonar la masturbación y tener que comunicarle a la enfermera después de veinte minutos de autocontaminación que no podía hacerlo, pero ese miedo, por supuesto, no era nada comparado con tener que decírselo a Alex. ¿Qué pasaría entonces? Tendría que intentarlo otra vez al día siguiente, con la presión redoblada, o retirarme del proyecto, tensando, si no arruinando, nuestra amistad, o forzar una extracción mediante algún procedimiento horrible, dando por hecho que pudiera hacerse. Durante seis semanas había hablado de la angustia que me provocaba mi actuación con Jon y Sharon y Alena y se habían reído de mí, me habían asegurado que lo haría bien. Se exigía abstinencia durante varios días antes de suministrar la muestra; durante dicho período Alena, mediante una combinación cuidadosamente calculada de dobles sentidos y roces supuestamente casuales y poses teatrales para fumar, había intentado garantizar que, en sus palabras, estuviera «maduro».
Y, afortunadamente, lo estaba: terminé a una velocidad casi cómica, la breve experiencia estuvo dominada por la imagen remanente de la joven recepcionista, tal y como ella, me parecía a mí, había previsto. Fue un gran alivio. Me vestí y entregué la muestra al otro lado de la pared y hui de aquella institución lo más rápido que pude.
De camino al oeste con el parque en mente, intenté imaginar el proceso que había iniciado: el laboratorio analizaría el volumen, la velocidad de licuefacción, el recuento, la morfología, la motilidad, etcétera, y me informaría de mi viabilidad como donante. El especialista en fertilidad al que Alex había consultado había propuesto que nos saltáramos esa parte, que, puesto que el esperma se preparaba para la IIU y no teníamos ninguna razón para creer que el mío fuera anormal, salvo el hecho de que, que yo supiera, jamás había preñado a nadie a pesar de las prácticas de alto riesgo, debíamos proceder directamente con la IIU y esperar que tuviera éxito. Pero en realidad no había decidido si estaba preparado para ser donante o padre, en especial porque Alex y yo todavía estábamos intentando dilucidar hasta qué punto sería una cosa o la otra, y parecía que el análisis ayudaría a encarrilar la conversación, ya fuera poniéndole fin (si mi esperma era tan disfuncional como para requerir tratamientos de fertilidad masculina que no estaba dispuesto a seguir, por ejemplo, o para prolongar excesivamente la inseminación; en cualquier caso, dada la edad de Alex, tenía un porcentaje de éxito de alrededor del 10 por ciento), ya fuera desmitificando alguno de los pasos. Por trivial que pueda parecer, me daba tanta alergia la idea de entregar el esperma que pensé que obligarme a pasar por el análisis del semen privaría a esa dimensión del proceso de su trascendencia psicológica. No quería decirle que no a Alex solo porque no me viera capaz de cascármela viendo porno en una consulta médica. Mientras intentaba decidir si completar el examen había modificado en algo mi forma de pensar casi me atropella un autobús en el cruce de la Sesenta y ocho con Lexington.
Al final llegué al parque y me adentré lo justo para sentarme en un banco a observar a las niñeras, todas negras o morenas, que paseaban a niños blancos en cochecitos caros. Imaginé intentar explicarle todo aquello a una futura criatura, a la que imaginaba como la prima segunda de Alex: «Tu madre y yo nos queríamos, pero no como se quiere para hacer un bebé, así que fuimos a un sitio donde cogieron un trozo de mí y se lo pusieron a mamá y te hicimos así». Sonaba bien. Me imaginé junto a su cama, acariciándole el pelo castaño. «En realidad —le explicaría—, todo el mundo recibe ayuda para hacer un bebé, nunca es solo cosa del papá y la mamá, porque todos dependemos de todos. Piensa en el piso donde estamos —diría (aunque probablemente no viviría en el mismo piso que la niña)—. ¿De dónde han salido la madera y los clavos y la pintura? ¿Quién plantó los árboles y los taló y transportó la madera y construyó la casa, quién pagó todas esas cosas y cómo aprendieron su oficio los trabajadores y de dónde procedía el dinero?». Podía mantener esa conversación, me aseguré, mientras veía a un boston terrier (criados originalmente para cazar ratas en fábricas textiles y solo con posterioridad como animales de compañía) perseguir a una ardilla hasta un árbol: narraría nuestro método reproductivo como una versión de «Se necesita a todo un pueblo para…». Pero entonces mi voz siguió hablando con la niña sin mi permiso:
—Así que papá vio un vídeo en el que sodomizaban por dinero a unas jóvenes cuyas familias procedían del continente más poblado y vació su esperma en una taza y pagó a un puñado de personas para que lo limpiaran y se lo introdujeran a tu mamá mediante un tubo.
—¿El tubo estaba frío? —oí que preguntaba la voz de la prima de Alex.
—Tendrás que preguntárselo a ella.
—¿Y por qué no hicisteis el amor y ya está?
—Porque habría sido raro.
—¿Se puede seleccionar el género mediante la IIU?
Ahora la niña recordaba a una actriz infantil.
—Pueden lavar o centrifugar el esperma para multiplicar las probabilidades de tener descendencia femenina o masculina, pero nosotros no lo hicimos, tesoro; queríamos que fuera sorpresa.
—¿Cuánto acostumbra a costar una IIU?
—Buena pregunta. Según las tarifas vigentes, y como nos aconsejaron varios medicamentos inyectables para tu mamá y pedimos ecografías y analíticas de sangre, sale por unos cinco mil dólares la intentona.
Me arrepentí de haber dicho, aunque no había dicho nada, «la intentona».
—¿Cuál era el producto interior bruto per cápita de China en el momento de la eyaculación?
—Era de cuatro mil novecientos cuarenta dólares, pero lo considero una medida poco fiable de la calidad de vida e incluso te discutiría la relevancia del dato, Camila.
Siempre me había gustado el nombre de Camila.
—¿Y si hubierais tenido que recurrir a la in vitro para tenerme?
—Habría salido por unos diez mil.
—¿El coste medio anual de un bebé en Nueva York?
—Entre veinte y treinta mil anuales durante los dos primeros años, pero viviremos como podamos.
—¿Y después?
—No lo sé. Búscalo en el teléfono.
Una adolescente se había sentado a mi lado en el banco y estaba escribiendo en el móvil; la incluí en el hipotético interrogatorio.
—¿Cómo pensáis pagarlo? —me preguntó.
—Gracias al cuento del New Yorker. Te centras demasiado en el dinero, Rose.
Era el nombre de mi abuela materna.
—¿Por eso has cambiado el aprecio modernista de la dificultad como forma de resistencia al mercado por la fantasía de los lectores contemporáneos?
—El arte debe ofrecer algo más que desesperación estilizada.
—¿Estás proyectando en mí tus ambiciones artísticas?
—¿Y qué si así fuera?
—¿Mamá por qué no decidió adoptar?
—Pregúntale a tu madre. Imagino que porque la mayoría de las veces es igual de complicado éticamente, si no más, y porque, con indiferencia de las presiones culturales concretas, algunas mujeres experimentan una necesidad fisiológica.
—¿Por qué reproducirse si crees que el mundo se acaba?
—Porque el mundo siempre se acaba para todos y cada uno de nosotros y si empiezas a negarte las posibilidades de la experiencia no aceptarías los riesgos que conlleva el amor. Y lo político debe controlar el amor. En última instancia lo que está acabándose es solo un modo.
—¿Eres capaz de imaginar el mundo cuando tenga veinte años, si es que llego? ¿Y treinta? ¿Y cuarenta?
No era capaz. Confiaba en que mi esperma no sirviera para nada.
—En mi franja de edad los cortes y otras autolesiones y conductas parasuicidas son endémicos.
Me imaginé a la adolescente arremangándose, mostrándome la red de cortes rojizos.
—Empleas mal el término «endémico».
—El coste medio de un mes de ingreso hospitalario es de treinta mil dólares.
La cifra la dio la voz del doctor Andrews.
—Crecerá rodeada de amor y apoyo.
—¿Cómo decidirás tu grado de implicación para que ni mamá ni yo te lo recriminemos?
—Sobre la marcha.
La conversación más que terminar se perdió más allá de lo perceptible. Quizá para distanciarme de la ansiedad de la mañana, saqué la píldora azul del bolsillo interior del abrigo e intenté aplastarla, sin éxito, pero con las dos manos conseguí partirla por la mitad. Tiré las dos mitades a la acera sin pensar, justo cuando una paloma se acercaba, sin duda acostumbrada a que los turistas le dieran de comer junto al banco. ¿Cómo afecta el citrato de sildenafil a los paseriformes robustos? Me levanté e intenté espantar al pájaro; se sobresaltó, pero luego dio media vuelta y rápidamente se comió una mitad sin darme tiempo a intervenir.
Dos días después de entregar una muestra de mis células reproductivas para que las analizaran, estaba en el sótano de la Cooperativa Alimentaria de Park Slope embolsando drupas tropicales secas, intentando no escuchar a una de mis compañeras más vocingleras mientras explicaba las razones por las que había sacado a su hijo de primero de la escuela pública y, pese al coste y al complicado proceso de selección, lo había matriculado en un colegio privado de renombre.
La Cooperativa Alimentaria de Park Slope es la mayor cooperativa alimentaria activa y la más antigua del país, tal y como te cuentan en las charlas de adaptación. Todos los socios adultos no discapacitados trabajan en la cooperativa dos horas y cuarenta y cinco minutos cada cuatro semanas. A cambio puedes comprar en una tienda con menos margen comercial que un supermercado normal; los precios se mantienen bajos porque los socios aportan la mano de obra; nadie obtiene beneficios. La mayoría de los productos son respetuosos con el medio ambiente, al menos por comparación, y, siempre que es posible, de proximidad. Alex ya era socia cuando me mudé a Brooklyn y, como la cooperativa no quedaba muy lejos de mi casa, me apunté. A pesar de que me suspendían a menudo por saltarme turnos cuando estaba de viaje y a pesar de que no paraba de quejarme de los aires de superioridad moral de sus miembros, de la imbecilidad organizativa y de las largas colas para salir, nunca me había dado de baja. De hecho, para la mayoría de los socios que conocía salvo Alex, que rara vez se quejaba de algo («Ya te quejas tú por mí»), insultar a la cooperativa constituía una forma de participar de su cultura. Quejarse indicaba que no eras tan tonto como para creer que pertenecer a la cooperativa te convertía en un nódulo menos significativo de la red capitalista, que comprendías que la población de la cooperativa se componía mayoritariamente de gentrificadores de una u otra especie, etcétera. Si admitías ante alguien ajeno a la cooperativa que eras socio, luego te apresurabas a distinguirte de los zelotes que, si bien probablemente en su plan de pensiones invertían en Monsanto o Archer Daniels Midland, miraban con una mezcla de lástima y rabia a quienes compraban en Union Market o Key Foods. Peor aún: The New York Times había publicado un artículo donde se revelaba que algunos socios enviaban a las niñeras a cubrir su turno de trabajo, aunque la fiabilidad de la información estaba en entredicho. La mujer que estaba pontificando sobre la escolarización de su hijo era, casi con toda seguridad, una zelote.
Y sin embargo, aunque yo no paraba de insultarla y aunque era un cocinero, como mucho, inepto, no consideraba la cooperativa una trivialidad moral. Me gustaba que el dinero que me gastaba en comida y productos para el hogar fuera a una institución que apostaba por compartir y visualizar el trabajo y en la que podías confiar en que por lo general ofrecía mercancías que no provenían de conglomerados descaradamente malignos. El producto casi no contenía venenos. La cooperativa colaboraba con un comedor social. Cuando se quemó un refugio para personas sin hogar del barrio, «nosotros» —en las charlas de adaptación te enseñaban a emplear la primera persona del plural cuando hablabas de la cooperativa— donamos el dinero para reconstruirlo.
Un jueves por la noche al mes trabajaba en el «procesado de alimentos»: en el sótano de la cooperativa, junto con los otros socios de mi «cuadrilla», empaquetaba, pesaba y etiquetaba olivas y comestibles no perecederos; cortábamos, envolvíamos y etiquetábamos quesos diversos, aunque yo solía evitar el queso puesto que requería un mínimo de destreza. En general el trabajo era sencillo: las cajas de comida al por mayor estaban organizadas en estanterías del sótano. Si arriba necesitaban mango deshidratado, buscabas la caja de cincuenta kilos, la abrías con un cúter y repartías la fruta en bolsitas de plástico que luego atabas y pesabas en una balanza que imprimía etiquetas individuales. Después subías la comida y reponías las estanterías de la zona de compras. Tenías que llevar delantal y un pañuelo en la cabeza además de los guantes de goma. Estaban prohibidos los zapatos con los dedos al descubierto, pero yo nunca había tenido. Para bien o para mal, la mayoría de la gente era sociable y locuaz, como la mujer que estaba hablando, lo que por lo visto ayudaba a mis compañeros a que el turno se pasara más rápido; para mí, la charla a menudo ralentizaba el tiempo.
—Sencillamente no era el ambiente adecuado para el aprendizaje de Lucas. Los maestros ponían de su parte y nosotros creemos en la escuela pública, pero muchos de los críos estaban totalmente fuera de control.
El hombre que embolsaba manzanilla a su lado se sintió obligado a responder:
—Claro.
—Obviamente, no es culpa de los críos. Muchos de ellos proceden de familias que…
La mujer que me ayudaba a embolsar mangos, Noor, con la que me llevaba bien, se tensó un poco, a la expectativa de un predicado ofensivo.
—… bueno, beben refrescos y se alimentan de comida basura. Pues claro que no pueden concentrarse.
—Claro —convino el hombre, quizá aliviado porque la frase no hubiera tomado peores derroteros.
—Van de subidón químico. A saber qué hormonas contiene lo que comen. No puedes esperar que aprendan ni que respeten a los otros niños que están intentando aprender.
—Claro.
Era la clase de intercambio, aunque «intercambio» no sea el término más adecuado, al que había terminado acostumbrándome, un nuevo vocabulario biopolítico para expresar la angustia racial y de clase: en lugar de afirmar que los negros y los morenos eran biológicamente inferiores, decías que —por motivos que comprendías, por razones que en realidad no eran culpa suya— la comida y la bebida que consumían los comprometía; tantos tintes químicos los habían ennegrecido por dentro. Tu hijo, que en la vida ni siquiera había sorbido una bebida carbonatada de alto contenido en fructosa, ácido fosfórico y E150d, era un instrumento mucho más sensible: más puro, más listo, sin violencia. Esta forma de pensar permitía desarrollar los vocabularios del radicalismo sesentero —conciencia ecológica, agitación anticorporativista, etcétera— para justificar la reproducción de la desigualdad social. Te permitía describir el hecho de preocuparte por tu propio material genético —alimentar a Lucas con el último zumo de soja coagulada— como altruismo: no solo es bueno para Lucas, es bueno para el planeta. Pero había que proteger a Lucas a cualquier precio de aquellos que, por ignorancia o desesperación, habían permitido que los aparatos digestivos de sus hijos conocieran el pollo procesado y frito industrialmente, de aquellos que casualmente, en Brooklyn, eran en su mayoría negros y latinos.
Noor interrumpió mi desdeñosa ensoñación:
—Recuérdamelo: ¿tienes hijos?
—No.
Noor embolsaba mangos. Yo ataba, pesaba y etiquetaba las bolsas.
—Yo no podría aclararme con las escuelas de esta ciudad.
¿Cómo iba a apañárselas Alex, o cómo íbamos a apañárnoslas Alex y yo, si nos reproducíamos? Si tuviera suficiente dinero para la educación privada, ¿estaba seguro de que no me tentaría? Me moría por cambiar de tema.
—¿De niña comías comida basura?
—En casa no, pero con los amigos… todo el tiempo.
—¿Qué comías en casa?
Noor era de Boston y estaba estudiando un posgrado, me había explicado en el turno anterior.
—Comida libanesa. Cocinaba mi padre.
—¿Era del Líbano?
—De Beirut. Se marchó durante la guerra.
—¿Y tu madre?
Me di cuenta de que había etiquetado mal los mangos, había introducido un código incorrecto en la balanza electrónica. Tenía que repetirlos todos.
—De Boston. Mi familia por esa rama es rusa, son judíos, pero no conocí a mis abuelos.
—La madre de mi novia es libanesa —dije por alguna razón, quizá para distanciarme mentalmente de Alex y el tema de la fertilización. La madre de Alena también era de Beirut, pero vete a saber si Alena era mi novia—. ¿Todavía tienes mucha familia en el Líbano?
Noor hizo una pausa.
—Es una larga historia. Tengo una familia complicada.
—Tenemos más de dos horas —exclamé fingiéndome desesperado, pero como la vi inquieta, o al menos seria, enseguida añadí—: En mi familia nadie sabía cocinar, así que…
Pero entonces Noor se arrancó a hablar, y los dos clavamos la vista en la tarea. Hablaba tan flojo que no teníamos que preocuparnos de que nos oyeran los demás, que ahora debatían los méritos de la educación cuáquera.
Mi padre murió hace tres años de un ataque al corazón y casi toda su familia sigue viviendo en Beirut, dijo Noor, aunque no con estas palabras. Siempre me había considerado una de ellos, incluso aunque de niña apenas los viera. Mi padre se sentía muy libanés y yo también. Intentaron educarme en el bilingüismo. Era un musulmán muy secular, más marxista que otra cosa, y uno de sus progenitores era cristiano, pero en Estados Unidos, quizá por reacción al racismo y la ignorancia, decidió afiliarse a una mezquita de Boston (en realidad era más un centro cultural que una mezquita). Yo crecí allí y desarrollé la sensación de ser diferente del resto de los niños que conocía. En el instituto y luego en la universidad participé en causas políticas relacionadas con Oriente Próximo y me especialicé en Estudios sobre Oriente Próximo. Pertenecía a la Asociación de Estudiantes Árabes de la Universidad de Boston, aunque a veces se complicaba porque la familia de mi madre es judía, aunque no sean religiosos, y de todos modos con mi madre solía haber tensión porque a ella le parecía que solo me interesaba la historia de mi padre, que me identificaba con él. En fin, más o menos a los seis meses de morir mi padre, mi madre empezó a salir —son sus palabras— con un viejo amigo llamado Stephen, un físico del MIT, al que yo conocía desde siempre porque cuando era pequeña a veces jugaba con sus hijos; después el hombre se había divorciado. Una noche mi madre nos habló a mi hermano y a mí de Stephen, dijo que sabía que nos costaría, pero que confiaba en que la comprendiéramos. Le dijimos que la entendíamos, aunque a los dos nos extrañó, y sobre todo mi hermano se enfadó porque era muy pronto, aunque creo que solo exteriorizó su rabia conmigo.
Yo ya no vivía en casa, dijo Noor, estaba acabando la carrera y vivía con unos amigos, de modo que no veía mucho a Stephen, pero mi hermano me contó que pasaba por casa a menudo y a los dos nos molestó tanta premura. Ambos sospechábamos —cómo no íbamos a sospecharlo— que su aventura venía de antes, que debía de haber empezado cuando mi padre todavía estaba vivo. Le dije a mi hermano que probablemente aquella relación era solo la forma que tenía mamá de enfrentarse al dolor, que no sería nada serio, pero cada vez que hablaba con ella resultaba que estaba con Stephen. Bueno, pues al año de morir mi padre me puse a planear un viaje de tres meses a Egipto porque me habían ofrecido una beca en la Universidad Americana de El Cairo para estadounidenses de origen árabe recién licenciados y de paso quería visitar el Líbano. Pocos días antes de partir telefoneó mi madre y me propuso almorzar juntas. Me pareció evidente por su tono que iba a decirme que pensaba casarse de nuevo, lo supe al instante, y también supe que quería decírmelo en un lugar público porque creía que así atemperaría mi primera reacción y luego me pediría que la ayudara a contárselo a mi hermano, que iba a subirse por las paredes. A mí me sorprendió no enfadarme, quizá en parte porque durante los últimos años de matrimonio mis padres se habían distanciado mucho, pero me entristeció y se me revolvió un poco el estómago, y en fin, quedamos en un restaurante francés muy caro de Back Bay.
Llegado este punto de la historia de Noor, una voz preguntó por los altavoces si se habían acabado los mangos secos —«¿Estamos sin mangos secos?»— o si alguien podía subir algunos. Era trabajo mío, por mucho que prefiriera no interrumpir la narración de Noor. Le dije que volvería enseguida, improvisé una especie de bolsa con el delantal, la llené de paquetitos etiquetados y los subí a la primera planta. Como siempre, me avergonzó salir al espacio semipúblico de la tienda con un pañuelo en la cabeza y un delantal color pastel. Los pasillos estaban atestados —la cooperativa tenía quince mil miembros activos y una zona de compras de quinientos metros cuadrados, por no hablar del sistema de cajas, radical e intencionadamente ineficaz— y tuve que abrirme paso a empujones hasta la sección de a granel, donde deposité los mangos. En el sótano no tenía cobertura, y en ese momento me vibró el móvil en el bolsillo de atrás, señal de que había recibido un mensaje de texto, una pregunta de una sola palabra de Alex: «¿Resultados?».
De vuelta en el sótano descubrí que otro socio había usurpado mi lugar junto a Noor; debía de haber acabado lo que estaba embolsando y me había relevado. Normalmente en la cooperativa me mostraba callado y acomodaticio, por muy crítico que fuera mi monólogo interior, pero en esta ocasión dije: Perdona, pero me gustaría recuperar mi puesto para continuar la conversación con Noor. El hombre aceptó sin el menor rastro de resentimiento y reanudé mi tarea de atar, etiquetar y pesar. El problema fue que al reivindicarme había atraído la atención de otros socios y Noor no iba a retomar la historia si estaban escuchando, lo que despertó todavía más interés. Transcurrieron diez minutos insoportables durante los cuales Noor estuvo callada y yo imaginé posibles finales para su historia: Stephen resultaba ser un islamófobo violento o trabajaba para el FBI e intentaba infiltrarse a través de ella en la Asociación de Estudiantes Árabes de la UB, o quizá la parte libanesa de la familia hubiera roto la relación con el resto de los parientes ofendida porque su madre volvía a casarse.
Cuando por fin los demás socios entablaron conversaciones propias y se olvidaron de nosotros, Noor reanudó el relato sin necesidad de que se lo pidiera. Así que estábamos en el restaurante francés. En cuanto el camarero tomó nota, me contó Noor, le dije a mi madre: Vas a casarte con Stephen, ¿verdad?, y ella se rio, nerviosa, y admitió que Stephen y ella habían hablado de matrimonio, que quizá se casaran algún día, pero que ese no era el motivo por el que me había invitado a almorzar, momento en que deduje que iba a contarme que tenía cáncer o algo así. Pero en cambio me dijo: Noor, tu padre y yo tomamos una decisión cuando eras un bebé y siempre me he preguntado si fue la correcta, pero tu padre estaba convencido e insistía en que así lo habíamos acordado, sin embargo desde que murió he estado pensándolo y creo que nos equivocamos. Tu padre, me dijo mi madre, prosiguió Noor, aunque no exactamente con estas palabras, no era tu padre biológico. Me quedé embarazada de otro hombre, pero tu padre y yo estábamos enamorados y él quería tener hijos, así que nos casamos y decidimos que te criaríamos como si fueras nuestra, que es lo que hicimos, y ya sabes que tu padre te quería muchísimo y siempre te consideró hija suya. Su familia había sufrido tantos sobresaltos y rupturas y exilios que creo que quería evitarte la sensación de no ser nuestra del todo o de que no te sintieras en tu casa. Cuando estudiabas primaria discutíamos a menudo porque yo me arrepentí de no habértelo contado, pero tu padre consideraba que era demasiado tarde incluso aunque en principio nos hubiéramos equivocado porque te sentirías traicionada y confusa y te perjudicaría psicológicamente. Pero este último año no he pensado en otra cosa, le dijo su madre a Noor, además de en mi propia mortalidad, y he llegado a la conclusión de que debía contártelo por mucho que pueda afectarte. También he ido a terapia con una persona que me ha ayudado a comprender que contártelo es importante para tus relaciones. Lo que quiero dejar claro es que tu padre te quería tanto como un padre pueda querer a su hija y que la decisión que tomamos, acertada o equivocada, la tomamos pensando en lo que sería mejor para ti. Saltaba a la vista, me dijo Noor, que había memorizado la última parte del discurso.
—Hostia —dije.
Pues todavía se lía más, dijo Noor, sonriendo. Un camarero me sirvió una ensalada y recuerdo quedarme mirando el plato intentando asimilar lo que me había dicho mi madre mientras ella esperaba a que reaccionara. Recuerdo que las dos permanecimos sentadas en silencio, sin comer, aguardando a que diera forma a mi respuesta. Me sentía como si estuviera preparándome para un impacto porque sencillamente no sentía nada y entonces mi madre continuó hablando: Noor, me dijo, en voz más queda, imagino que tu primera reacción será preguntarme por tu padre biológico —en realidad no era mi primera pregunta, me dijo Noor— y en parte quería contarte todo esto, en parte me parecía absolutamente necesario y, en parte, creo, he vuelto a tratar tanto a Stephen…
—Hostia —repetí.
Trabajaba lo más despacio posible para que el hecho de que se acabaran los mangos no volviera a interrumpir la historia. Noor aminoró su ritmo de trabajo conmigo, lo que la empujó a ralentizar la narración.
Ya, me dijo Noor. Porque, me dijo mi madre, Stephen es tu verdadero padre, y entonces se corrigió: tu padre biológico. Habíamos salido antes de que yo conociera a tu padre y aunque los dos teníamos claro que la relación, al menos la relación sentimental, no duraría, y aunque habíamos sido precavidos, me quedé preñada y tu padre, me refiero a Nawaf —el hombre al que siempre he considerado mi padre, me dijo Noor, y fue horrible escuchar a mi madre pronunciar su nombre porque siempre le había llamado «tu padre» o «papá»—, Nawaf deseaba un hijo, le dijo su madre a Noor, y estábamos enamorándonos, de modo que decidimos casarnos y formar una familia. Le contamos el plan a Stephen y él en aquel momento de su vida no quería tener hijos y dijo que respetaría nuestra decisión y que nunca diría nada. Y, como sabes, al final Stephen formó su propia familia. Es curioso, me dijo Noor, yo seguía sin sentir nada; apoyé las manos en la mesa, una a cada lado del plato, y recuerdo que continué esperando a recibir algún impacto y que lo único que pasó fue que mis manos se desvanecieron.
—¿Se desvanecieron?
—Me refiero a que comenzaron a empalidecer —dijo Noor, levantando las manos enguantadas para mostrármelo—. Siempre había pensado que tenía la piel oscura porque la piel de mi padre lo era, porque había salido a él, porque yo era de origen árabe, y allí sentada, contemplándome las manos sin sentir nada, me pareció ver que la piel se me aclaraba un poco, que mi cuerpo perdía color, probablemente por la impresión, pero en cualquier caso empecé a ver mi cuerpo distinto, comenzando por las manos.
—¿Qué le dijiste a tu madre? —pregunté.
Noor tenía la piel cetrina. ¿La veía distinta que al principio del turno?
—Le dije que iba al lavabo y salí del restaurante. Tuvo gracia —Noor se rio— que le dijera que iba al baño porque me vio salir por la puerta principal, desde luego no creyó que pensara volver. En fin —Noor modificó ligeramente el tono, señal de que la historia tocaba a su fin—, me has preguntado por mi familia del Líbano… Pues es complicado porque ahora no sé si puedo considerarlos familia.
—¿Están al corriente de lo que pasó?
—No, a menos que mi padre se lo contara, cosa que dudo. Mi madre opina como yo.
—¿Los viste mientras estuviste en El Cairo?
—Al final no fui a ningún lado. Caí en una profunda depresión y cuando por fin remonté me matriculé en un posgrado y me mudé aquí.
—¿Todavía…? —No estaba seguro de cómo plantear la pregunta—. ¿Todavía te consideras árabe-americana?
—Cuando me preguntan, respondo que mi padre adoptivo era libanés. Que supongo que es verdad. Sigo creyendo en lo que creía antes; no ha afectado a las causas que defiendo. Pero el derecho que tengo a que me interesen, el derecho a llevar este nombre o lo que sea… todo eso ha cambiado, sigue cambiando, con o sin motivo. Por ejemplo, me pidieron que diera una charla en Zuccotti Park sobre la relación de Ocupa Wall Street con la Primavera Árabe y no me sentí cualificada, de modo que me negué. Hay mucha gente a la que no he podido contárselo porque, aunque no quisieran, me tratarían diferente… Yo misma me trato diferente.
—No consigo imaginar por lo que tienes que haber pasado, lo que estás pasando —dije.
Quería decirle que lo importante no es el donante de esperma, que el auténtico padre es el hombre que la quiso y la crio, pero antes de lograr formular mi opinión con tacto, me distrajo una visión de Alex en el futuro, enamorándose, tal vez dejando la ciudad con «nuestro» hijo. ¿Me consideraría padre? ¿Solo donante? ¿Nada?
Como me había callado y tenía la impresión de que debía llenar el silencio, opté por un comentario vago sobre la conexión entre narrar una historia y el trabajo manual, sobre cómo este facilita contar historias, el trabajo crea un patrón perceptivo compartido, pero por el modo en que Noor asintió supe que no me había escuchado.
—Casi todo el tiempo sigo con la impresión de estar esperando un impacto, me siento igual que en el restaurante. Mi madre y Stephen ahora viven juntos, por cierto. No se han casado. Todos intentamos adaptarnos. Diría que se parece un poco a… ¿Alguna vez has seguido hablando con alguien por el móvil sin darte cuenta de que la llamada se ha cortado, has seguido hablando y luego te ha dado vergüenza?
Dije que sí.
—Tengo un amigo con el que su hermano mayor había sido muy injusto pero que nunca se había enfrentado a él. Los detalles no importan. Pero un día reunió el valor para decírselo, para recriminárselo por teléfono. Llevaba años preparándose. Y telefoneó a su hermano y le dijo: Solo quiero que me escuches. No quiero que digas nada, solo escucha. Y su hermano dijo que vale. Mi amigo le contó lo que le había costado tanto tiempo poder decir, andaba de un lado para el otro en su casa diciendo lo que tenía que decirle mientras las lágrimas le caían por la cara. Pero cuando terminó de hablar, justo al acabar, se dio cuenta de que su hermano no estaba al otro lado, de que la llamada se había cortado. Volvió a telefonear a su hermano aterrado y le preguntó: ¿Cuánto has escuchado?, y el hermano le dijo: Has dicho que querías que te escuchara y luego se ha cortado. Y mi amigo, por lo que fuera, no pudo volver a hacerlo, no pudo repetirle lo que le había dicho. Mi amigo me lo contó y me dijo que después se sentía todavía más confuso, más solo, porque había tenido la experiencia, muy intensa, de enfrentarse a su hermano y esa experiencia le había cambiado, era un hecho importante de su vida, pero en realidad no había ocurrido: en realidad no se había enfrentado a su hermano por culpa del pésimo servicio telefónico. Había pasado, pero no había pasado. No es que no fuera nada, pero jamás ocurrió. ¿Me entiendes? Pues es más o menos así —dijo Noor—. Salvo que en lugar de una llamada telefónica lo que pasó pero nunca ocurrió es toda mi vida hasta aquel momento.
Aunque yo tenía la impresión de que Noor había estado hablando durante horas, solo habían transcurrido cuarenta y cinco minutos del turno. Mientras empaquetábamos los últimos mangos, vino alguien de las cajas y preguntó si alguno había trabajado en la registradora; uno de los cajeros tenía que irse a casa y necesitaban un sustituto. Noor contestó que ella había estado en caja, se quitó los guantes, el pañuelo y el delantal y, tras despedirse de mí con una sonrisa, subió a planta. Pasé el resto del turno embolsando dátiles e intentando no mirar el reloj.
Cuando terminé mi turno salí de la cooperativa, después de comprar un par de bolsas de mangos defectuosas, y, como hacía un calor impropio de la estación, decidí dar un largo paseo. Cogí Union Street por Park Slope y mi vecindario de Boerum Hill y Cobble Hill y más allá de la autovía Brooklyn-Queens hasta que llegué a Columbia Street, un paseo de unos cinco kilómetros. En Columbia giré a la derecha —el agua me quedaba a la izquierda— y caminé hasta que se convirtió en Furman y luego continué casi un par de kilómetros hasta poder descender al parque del puente de Brooklyn, que, salvo por un puñado de corredores y vagabundos recogiendo latas con un carrito de la compra, estaba vacío. Elegí un banco y contemplé el magnífico collar de luces del puente sobre el cielo y reflejado en el agua e imaginé que un oleaje futuro saltaba la baranda de hierro. Me pareció oler la luz, el aroma almibarado de los álamos de Virginia floreciendo prematuramente, confundidos por un calor demasiado adelantado incluso para ser descrito como una falsa primavera, pero tal vez fuera una leve alucinación olfativa desencadenada por la memoria (o, pensé involuntariamente, por un tumor cerebral). En la orilla opuesta, un helicóptero descendía con cuidado hacia el helipuerto de South Street con una lenta luz estroboscópica en la cola.
Inhalé el aire nocturno salpicado o no por flores anacrónicas y noté el leve estremecimiento que, en mayor o menor medida, sentía siempre que contemplaba el horizonte de Manhattan y la miríada de ventanas iluminadas y el rubí y el zafiro líquidos del tráfico de la FDR Drive y la ausencia de las torres. Era un estremecimiento que solo me producía el espacio edificado, nunca el mundo natural, y solo cuando se daba una inconmensurabilidad de escala: la dimensión humana de las ventanas, minúsculas a aquella distancia, se combinaba sin llegar a desaparecer con la arquitectura mayor del horizonte de edificios que era la expresión, la firma material, de una persona colectiva que todavía no existía, de una segunda persona del plural todavía deshabitada a la que, no obstante, se dirigían todas las artes, incluso en sus registros más íntimos. Yo solo tenía acceso a una experiencia urbana de lo sublime porque solo entonces la grandeza inconmensurable era la intuición de comunidad. La deuda agrupada, los rastros de antidepresivos en el agua de la ciudad, la vasta red de arterias de tráfico, las alteraciones cada vez más drásticas de las condiciones meteorológicas: cada vez que contemplaba el bajo Manhattan desde la orilla de Whitman del río decidía convertirme en uno de los artistas que transformaban momentáneamente formas malas de colectividad en los negativos de su posibilidad, un parpadeo propioceptivo adelanto del cuerpo comunal. Lo que sentía cuando trataba de asimilar el horizonte urbano —y, en cambio, este me absorbía a mí— era una plenitud indistinguible de estar vacío, mi personalidad se disolvía en una individualidad tan abstracta que cada átomo me pertenecía a mí tanto como a Noor, la ficción del mundo se reordenaba alrededor de ella. De haber existido un modo de expresarlo sin que sonara a tontería presuntuosa de la cooperativa, habría querido decirle que descubrir que no eres idéntico a ti mismo incluso de la manera más dolorosa y perturbadora sigue conteniendo el destello, aunque sea refractado, del mundo que vendrá, donde todo será lo mismo pero un poco diferente porque podrán citarse todos los momentos del pasado, inclusive aquellos que desde nuestro presente actual pasaron pero no ocurrieron. Puede que me hayáis visto sentado en un banco a medianoche, con el pelo aplastado por culpa del pañuelo, devorando una cantidad irresponsable de mangos deshidratados sin sulfitos y pasando, al proyectarme en el futuro, por un episodio lacrimoso leve.
«Es siempre una proyección al pasado la idea de que existió un momento concreto en que decidiste convertirte en escritor, o la idea de que un escritor o escritora está en posición de saber cómo o por qué se convirtió en escritor, si es que tiene sentido pensarlo como decisión, pero por eso puede resultar una cuestión interesante, porque es una forma de pedirle a un escritor que escriba la ficción de sus orígenes, de pedirle al poeta que cante la canción de los orígenes de la canción, que es una de las tareas más viejas del poeta. El primer poeta en inglés de nombre conocido aprendió el arte de cantar en un sueño: Beda dice que un dios se le apareció a Caedmon y le pidió que le cantara sobre “la creación de todas las cosas”. Así que, aunque entiendo que me han pedido que hable de cómo me convertí en escritor con la idea de que mi experiencia quizá pueda servir de ayuda a los estudiantes aquí presentes, me temo que no tengo nada que aportar al respecto. Pero puedo contaros cómo, desde la ventaja del presente, he construido la ficción acerca de los orígenes de mi escritura. Confío en que resulte interesante.