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Ben Lerner · Capítulo 5 de 10

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Cuatro

Me sentía como un fantasma en el híbrido verde, conduciendo despacio por Marfa a oscuras. Era mi primera noche en Marfa: Michael, el conserje de las casas de la residencia, que además era pintor, me había recogido en el aeropuerto de El Paso esa misma tarde y había conducido en un silencio cordial tres horas por el desierto hasta que llegamos a la casita del número 308 de North Plateau Street; recuerdo la dirección (puedes arrastrar el icono del hombrecillo en el mapa de Google y pasearte por el vecindario en Street View, flotando por encima de ti mismo como un fantasma; es lo que estoy haciendo en otra ventana) porque me enviaron los betabloqueadores por correo dos veces mientras duró la residencia, pastillas que tomaba para reducir el vigor de las contracciones del corazón y que tenían el paradójico efecto de provocarme un leve temblor en las manos. Cuando llegué a la casa —planta única, dos dormitorios, con una sala reconvertida en estudio para un escritor, sin puertas interiores—, metí el equipaje y, aunque era apenas por la tarde, me acosté, y desperté justo después de medianoche. Me quedé tumbado entre las sábanas extrañas y poco a poco recordé dónde estaba: como había dormido casi todo el viaje y también lo que quedaba del día, tenía la impresión de haber saltado de Brooklyn al desierto de Chihuahua sin ninguna transición. Intenté recordar la nieve fina de la mañana en Nueva York, gotas de precipitación resbalaban por la ventana oval cuando el avión despegó. Era jueves: de haber estado en casa, habría oído a los pobres recogiendo vidrio de los contenedores de reciclaje de toda la calle. Aquí reinaba tal silencio que debería oír cada latido de mi corazón; supuse que no lo oía por la medicación.

Tenía planeado dar una vuelta a pie, no en coche, pero la oscuridad fuera de la casa era tan absoluta que, cobarde de mí, quise la luz de los faros. Me impactó el cielo panorámico, la cantidad increíble de estrellas: las vistas borraron los restos del jetlag. El fino aire invernal era frío, pero demasiado cálido para la estación; rondaría los cinco grados. El ruido de la puerta del garaje al abrirse agujereó la noche y noté, acertada o equivocadamente, que un sinfín de animalillos se espantaban a mi alrededor. Salí marcha atrás del garaje, lo cerré con el mando a distancia y comencé a recorrer las calles, nervioso y vivo como un adolescente escabulléndose en el coche de sus padres para alguna misión furtiva. Me dirigí al centro y rodeé los juzgados decimonónicos y cogí la principal vía comercial de la ciudad; no había nadie por la calle. Aparqué bajo una farola y paseé por delante de los escaparates a oscuras, una mezcla de oficinas municipales cerradas, locales abandonados y tiendas con ínfulas. Marfa se había convertido en un destino del «turismo de arte» desde que Donald Judd creara la Fundación Chinati en los años ochenta; un museo de las afueras que acoge la exposición permanente de las obras de gran formato de Judd junto con piezas de otros contemporáneos. Había oído a artistas neoyorquinos hablar de peregrinajes a Marfa, de coleccionistas que volaban en sus jets privados para visitar la ciudad, pero me costaba imaginarme encontrándomelos. Un edificio interesante en la acera de enfrente me llamó la atención y crucé para verlo de cerca; luego descubriría que había sido el Almacén de Lanas y Mohair de Marfa. Bordeé el edificio siguiendo las vías del tren y, después de saltar algunos matojos, me dirigí a una de las ventanas para echar un vistazo dentro.

Al principio no vi nada al otro lado del cristal, luego, poco a poco, fui distinguiendo formas de bultos, formas que terminaron moldeando gigantescas flores metálicas aplastadas o explosiones perpetuas. Ahuequé las manos alrededor de los ojos y apoyé la frente en la fría ventana, y lentamente reconocí lo que estaba contemplando como una serie de esculturas de John Chamberlain, construidas mayormente con acero cromado y pintado, a menudo procedente de coches destrozados, un arte de lo siniestrado. (Hacía tiempo que la Fundación Chinati había adquirido el almacén; ya sabía que las esculturas estaban en algún lugar de la ciudad). Había visto algunas esculturas de Chamberlain en Nueva York y me habían dejado indiferente, pero ahora me parecieron potentes, comencé a distinguir sus colores bajo el tenue resplandor de alguna luz de emergencia. Quizá me gustaran más sus esculturas cuando no podía acercarme, cuando tenía que verlas desde un punto fijo a través de un cristal, de forma que tuviera que proyectarme al encuentro con su tridimensionalidad. Retrocedí un poco y contemplé las obras a través de mi tenue reflejo en el cristal. O quizá me gusten más sus esculturas cuando merodeo por el desierto de noche entre matas de gobernadora, con los nervios de punta y mi vida en Brooklyn a dieciocho horas de distancia en el pasado, alejándose.

Oí la música norteña, el bajo sexto, antes de ver las luces de la camioneta que se acercaba. Instintivamente, como un estúpido, apoyé una rodilla en el suelo de grava para que no me vieran hacer lo que fuera que estuviera haciendo junto a un edificio a oscuras. En el asiento del acompañante una mujer, quizá borracha, cantaba en español al son de la radio, con la ventanilla bajada: «Lo diera por ti, lo diera por ti, lo diera por ti». Cuando la camioneta pasó, me levanté, me sacudí el polvo de los pantalones y regresé al coche. Crucé las vías del tren y cogí una carretera a la derecha; encontré una gasolinera abierta. Me detuve, compré mantequilla, tortillas, huevos y una lata grande de café Bustelo, y luego regresé a la casa de North Plateau en silencio. Justo antes de entrar en el garaje, los faros arrancaron un destello verde de los ojos de un animalillo, probablemente el gato o el perro de algún vecino, o quizá un mapache, si es que en Marfa había mapaches. El tapetum lucidum, el «tapiz brillante» del fondo de los ojos, rebota la luz visible a través de la retina y por eso brillan las pupilas. Recordé los ojos rojos de las fotografías de mi juventud, cuando la cámara grababa la luz de su propio flash, se inscribía a sí misma en la imagen que captaba. Ya dentro de casa, calenté y me comí varias tortillas mientras esperaba a que el café se filtrara en la herrumbrosa cafetera italiana; luego me llevé el café color azabache al escritorio del estudio, encendí el ordenador y me puse a trabajar.

Así pues, en lugar de comenzar la residencia levantándome a las seis de la mañana y paseando varios kilómetros en la oscuridad de primera hora, luego trabajar hasta el almuerzo, volver a pasear y trabajar otra vez hasta la cena, tras la cual daría un tercer paseo —le había esbozado este estricto programa a Alex, que había asentido educadamente, antes de salir de Nueva York—, me acosté al amanecer, después de acabarme las tortillas justo cuando las primeras luces del día se filtraban en la cocina. Eran las cinco de la tarde cuando me desperté y, como ya me había despertado una vez en la cama el día antes, me pareció la mañana del segundo día, no última hora de la tarde del primero; ya iba retrasado. Fui al cuarto de baño, saqué la maquinilla y me miré en el espejo, y descubrí que tenía gran parte de la cara cubierta de sangre seca, oscura; por un momento me aturdieron el miedo y la confusión, luego comprendí que me había sangrado la nariz. Lo primero que pensé fue en un tumor cerebral, pero después de serenarme y consultar en Google, deduje que sin duda era consecuencia de la altitud: de pequeño me sangraba la nariz cuando íbamos de vacaciones a Colorado. Me limpié la sangre de la cara con un trapo, pero, después de semejante impresión, no me atreví a pasarme la cuchilla por el cuello.

Comenzaba a ponerse el sol cuando por fin me senté al escritorio a empezar el día. Había almorzado huevos revueltos hacia la una de la madrugada en el porche, cuando por primera vez miré con atención a la casa donde había comenzado a morir Creeley; no encendí la luz del porche. Parecía tener la misma distribución que la mía y estaba ocupada: el residente, me había contado Michael de vuelta del aeropuerto, era un poeta y traductor polaco del que yo nunca había oído hablar. (Se había organizado un almuerzo al día siguiente para que los residentes nos conociéramos si así lo deseábamos, pero yo ya me había excusado con Michael por correo electrónico explicándole que estaba concentrado en el trabajo y tenía horarios peculiares). Se veía una luz encendida, probablemente en el estudio; el resto de las ventanas de la calle estaban a oscuras.

Cuando me disponía a entrar en casa, ya me había levantado y había abierto la mosquitera, oí el chirrido y el portazo de la pantalla mosquitera del porche de enfrente, un ruido que despertó una reacción en cadena de ladridos. Titubeé; una vez que hube titubeado, y consciente de que me habían visto, aunque estuviéramos a oscuras, sentí la presión de girarme y saludar al otro residente nocturno, que no había encendido la luz del porche. Me giré, con el plato y los cubiertos en la mano, y vi la llama protegida cuando se encendió un cigarrillo, me pareció distinguir una barba y unas gafas. Me quedé plantado como un tonto un momento y luego él levantó una mano y yo levanté otra; al entrar tuve la sensación, que me hizo sentir ridículo, de que acababa de saludar a Creeley.

El único libro que había llevado conmigo, sabedor de que la casa estaría repleta de libros, era la edición de Whitman de The Library of America, de un papel tan fino que servía para liar tabaco. Había elegido ese libro en particular porque en otoño impartiría un curso sobre Whitman y hacía años que no lo leía con atención, y apenas había leído la mayoría de su prosa. Los primeros días de estancia, días que eran noches, me sentaba al escritorio y leía Días ejemplares de América, sus singulares memorias, durante horas. Parte de la singularidad del libro estriba en que Whitman, como quiere representar a todos, como quiere ser menos una persona histórica que un indicador de la personalidad democrática, en realidad no puede escribir unas memorias cargadas de las particularidades de una vida. Si revelara la génesis específica y la textura de su personalidad, si presentara un cuadro de irreductible individualidad, perdería su capacidad de ser «Walt Whitman, un cosmos», su «yo» pertenecería a una persona empírica en lugar de constituir un pronombre en el que los lectores del futuro pudiesen participar. En consecuencia, si bien relata algunos acontecimientos básicos de su vida, la mayor parte del libro se compone de historias naturales y nacionales descritas como si fueran los detalles de su biografía íntima. Y muchos de sus recuerdos son tan generales que podrían pertenecer a cualquiera: cómo se sentaba a descansar bajo un árbol en flor o similar. (Whitman «haraganea» todo el tiempo, siempre está descansando, como si la ociosidad fuera una condición de la receptividad poética). Como memorias, el libro es un fracaso interesante. Igual que en los poemas, Whitman tiene que no ser nadie en particular para ser un cualquiera democrático, tiene que vaciarse de sí mismo para que su poesía pueda constituir un comunal textual para el futuro en el que se proyecta. Y no para de proyectarse: «Estoy con vosotros, hombres y mujeres de una generación, o de todas las generaciones que vendrán; / me proyecto, también vuelvo, estoy con vosotros, y sé lo que es».

Los pasajes más reveladores, perturbadores y particulares de Días ejemplares tratan de la guerra de Secesión. Lo que me perturbó al leerlos fue lo que percibí, equivocado o no, como deleite de Whitman al ver la predisposición de los jóvenes a morir por la unión de la que se sentía destinado a ser el bardo, y el placer casi sensual que encuentra en la riqueza material de la carnicería. Quizá fueran proyecciones mías, pero cuando Whitman recorre los hospitales improvisados repartiendo entre los heridos el dinero que los ricos le han pedido que distribuya, cuando da tabaco a quienes tienen la cara y los pulmones intactos, me pareció que entraba en una especie de éxtasis. Desde la distancia de mi residencia en pleno imperio de los drones, me costó aceptar su amor por los jóvenes de ambos bandos cuya sangre regaría el árbol de la libertad. Cuando ya no podía seguir enfocando la página, me tumbaba en el suelo de madera y escuchaba las grabaciones de Creeley, disponibles en internet; lo ponía una y otra vez leyendo «La puerta» a principios de los años sesenta, con las interferencias de la grabación, que sonaban a lluvia, y a veces el tráfico neoyorquino de fondo. Y luego escuchaba a ratos la única grabación existente de Whitman, realizada por Edison: recita cuatro versos de «América», en una transferencia digital de un cilindro de cera.

Los días iban pasando así: me acostaba al alba, me despertaba un par de horas antes del ocaso, el único contacto con otros seres humanos eran las cuatro palabras que cruzaba con el dependiente de la gasolinera donde seguía comprando la comida, a pesar de que en el pueblo había un mercado ecológico, o con la anciana mexicana, Rita, que me había recomendado Michael y que vendía burritos delante de su casa (conducía hasta su casa y compraba un burrito al poco de despertarme, luego lo recalentaba para la comida de medianoche; pronto esta comida fue la única que ingería con regularidad). Con la excepción de algún saludo en el porche cuando Creeley salía a fumar, no vi a otro residente en el reflejo de mi casa de la acera de enfrente, ni a nadie más. Mi móvil tenía poca cobertura y casi siempre estaba apagado, solo me enviaba mails con Alex, ninguno con Alena, y no hablé con nadie de casa. Antes de acostarme en los instantes previos al amanecer daba una vuelta por las afueras, rodeadas de ranchos, con halcones, o tal vez águilas ratoneras, que se sobresaltaban en los árboles al oír mis pasos en la grava. Cuando salía el sol, veía el dirigible blanco a lo lejos, un zepelín de vigilancia amarrado con algún radar dentro que buscaba narcotraficantes que cruzaran desde el norte de México, puede que también inmigrantes, una cosa rara e inflada de helio del horizonte que empezó a colarse en mis sueños, igual que en otra versión hacía mucho que aparecía en los de Roberto.

Al final algunas personas del pueblo me escribieron: un amigo de un amigo que invernaba en Marfa me propuso salir a tomar una copa; otro residente, un novelista con el que había coincidido brevemente, me propuso ir a visitar el Judd; me invitaron, a través de Michael, a una fiesta en honor a un artista que estaba de paso. Llevaba un horario peculiar; estaba trabajando frenéticamente; no estaba fino, me costaba adaptarme a la altitud; me encantaría quedar algún día de las próximas semanas… No me fijaba mucho en las excusas que ponía para rechazar las propuestas. De nuevo me encontraba de pie maquinilla en mano a la puesta de sol y de nuevo decidía no afeitarme, preguntándome cuánto tardaría en crecerme una barba como la del vecino, que se le comía la cara. De nuevo veía a una mujer regando el ocotillo del jardín pese al frío del desierto cuando salía a dar mi último paseo de la noche y, de nuevo, la mujer no me veía saludarla.

Y estaba trabajando, solo que en lo que no debía. En lugar de inventarme el archivo epistolar del autor, de ganarme el adelanto, estaba escribiendo un poema, una extraña lírica meditativa en la que a veces era Whitman y donde la extrañeza de la residencia constituía un tema en sí misma. Monetizado el futuro de mi literatura, le di la espalda, si bien es cierto que para componer versos financiados por la fundación de un millonario. El poema, como la mayoría de los míos y como el cuento que había prometido alargar, refundía realidad y ficción, y se me ocurrió —no por primera vez, pero con una nueva intensidad— que parte de lo que me gustaba de la poesía era la forma en que no se consolidaba la distinción entre ficción y no ficción, en que la correspondencia entre el texto y el mundo importaba menos que las intensidades del poema en sí, qué posibilidades de sentimiento se abrían en el tiempo presente de la lectura. Lo ambienté en Marfa, pero en plena canícula estival: «Aquí soy un extraño con residencia, / la luz me es extraña, / halcones reales se sobresaltan en los árboles / al oír mis pasos en la grava, quemado de leer / Días ejemplares en el pequeño porche / enfrente de donde otro poeta murió / o empezó a morir…».

… Están muertos de modos distintos,

esos poetas, pero visito a ambos porque

la residencia me da tiempo, no sé de dónde

procede el dinero, ni qué es el dinero,

cómo podrías dejarlo junto al lecho de un soldado y luego cruzar la alambrada bajo la luna enamorado de los federales, despertarte como nuevo y llevar tabaco a quienes no han recibido

heridas en los pulmones y la cara. Esta noche

escucho sus grabaciones a la vez

en ventanas separadas, cuatro versos de «América» quizá recitados por un actor, pero el ruido

del cilindro de cera es real, suena igual

que sonarían los motores de los barcos viejos, mientras que la voz de «La puerta» incorpora aflicción,

podría estar en la habitación. El primero dice que me espera más adelante, pero dudo que yo llegue a tiempo…

Una mañana, que para mí era noche cerrada, me había dormido con el Whitman en el regazo cuando me despertó un martilleo en el tejado, la primera interrupción real a mi ritmo fantasmal. Luego oí una musiquilla en una radio portátil, voces en español: había hombres trabajando en el tejado. No había forma de dormir con aquel ruido, de modo que decidí preparar café y caminar un poco; por primera vez, desde que había llegado, a plena luz del día. Salí por la puerta trasera de la casa y solo eché un vistazo al tejado, pero crucé la mirada con uno de los jóvenes mexicanos que estaba trabajando. Me giré, saludé y dije (mi voz me sonó rara por falta de uso): Buenos días. El chico avisó a otro mexicano que me explicó en inglés que estarían arreglando unos desperfectos durante un par de días y que confiaban en no hacer demasiado ruido. Le dije que el ruido no molestaba y que me avisaran si necesitaban cualquier cosa de la casa, café, agua o lo que fuera, y luego avancé sonámbulo —sin ducharme, sin afeitarme— bajo la luz cegadora tratando de imaginarme cómo nos imaginaban, a mí o a los otros residentes de las casas que cuidaban, residentes cuyo trabajo podía costar distinguir del ocio, del haraganeo, gente que llevaba horarios extraños, si es que llevaba alguno. ¿Los operarios tenían permiso de residencia en ese lugar, que para ellos era el norte y para mí el extremo sur?

Cuando regresé a casa al cabo de un par de horas los hombres seguían trabajando, de modo que los incluí en el poema del verano ficticio mientras martilleaban en lo alto, convirtiendo el día en noche:

Hay hombres trabajando en el tejado

cuando regreso, pese al calor excesivo, saludo y me ven, cuatro palabras torpes

en español, a saber qué he dicho, he

confundido el condicional con el imperfecto.

La música norteña de la radio llena la casa

que espero que sepan que no es mía: aquí solo escribo. Enseguida pasan a la casa que considero suya porque Michael, que gestiona el complejo,

lo llevó desde ella al hospital de Midland

u Odessa…

Cuando los obreros han pasado a la casa de Creeley y puedo leer —solo puedo leer en silencio, pero puedo escribir con ruido— regreso, como casi todos los días, a los pasajes de la guerra de Secesión:

… no siente la necesidad de contener su amor

por la riqueza material de sus muertes, cadáver federal del que se escinden extremidades, un balde junto al lecho para ello, casi nunca

menciona la raza, salvo para apuntar que abundan los soldados negros y las negras limpias,

estupendas enfermeras, mientras una y otra vez reparte dinero entre chicos de órganos perforados: «unionismo», morir con lustrosos cabellos

junto a una moneda fraccionaria, parte de escribir el mejor poema. ¿O es el momento utópico,

amar el olor de la mierda y la sangre, el brandy que resbala por la herida, política de la sensación pura? Cuando mueres en la oficina de patentes se bromea con la expiración, tienes que entrar en una de las inmensas vitrinas llenas con modelos a escala de máquinas, utensilios, curiosidades. Mira, dispararán a tu presidente en un teatro,

los actores serán presidentes, las pequeñas sumas se volverán monstruosas al circular, calcula:

he venido del futuro para avisarte.

Despierto durante el día por primera vez desde que había llegado, decidí seguir levantado y recuperar algo parecido a un ritmo diurno. Cuando me sentí demasiado cansado para escribir, vi en el ordenador La pasión de Juana de Arco, la película favorita de Alena; fue como hablar por Skype con Falconetti, a quien Dreyer había hecho arrodillarse en el suelo de piedra para dar realismo a las expresiones de dolor. Decidí hacer planes para el día siguiente, visitar Chinati; hojeé varios libros sobre Judd que había en la casa. Iba a afeitarme y a volver a entrar en el tiempo desde la oleada de calor del poema. Al día siguiente comenzaría a trabajar en la novela.

Mañana veré las instalaciones permanentes

de Donald Judd en viejos hangares, pero

ahora es mañana y no he ido, salí sin sombrero temprano por la tarde, me perdí y pronto empecé a ver moscas y puntos, así que volví a la casa,

de interior verde mar hasta que se me acostumbró la vista, me eché un rato y soñé que lo veía.

Esta noche me afeitaré, tomaré un par de copas con un

amigo

de un amigo, pero era la semana pasada y lo cancelé, dije que la altitud me daba náuseas, ¿quedamos cuando me haya acostumbrado?

Ayer vi el Donald Judd en un libro

de la casa, decidí no ir hasta que

terminase un poema que ya he abandonado

pero que terminaré retomando. Lo que necesito es una residencia dentro de la residencia, así

regresaría como nuevo a esta, vería el Judd

con amigos de amigos, vería los puntitos

de sangre florecer en mi cuello, así sabría que me he afeitado a tiempo, mientras que ahora

tengo más barba que nunca, que nunca ha sido mucha. Afeitarse es una forma de comenzar el día con el ritual de no rajarse el cuello cuando tienes la ocasión, «Lociones y navajas para los petimetres…

para mí pecas y una barba hirsuta»,

leerlo es en gran parte embarazoso.

Hoy en un sueño me he despertado afeitado

por una enfermera parecida a Falconetti,

mi catre entre las gigantescas cajas de aluminio que todavía pienso ver, luego me he afeitado de verdad y

me ha parecido suficiente trabajo por un día, de espaldas al futuro. La fundación cierra

los domingos y por las noches, de las que la residencia se compone exclusivamente, así pues, planea la visita por adelantado, o limítate a dar la vuelta al edificio donde guardan las esculturas de Chamberlain, acero cromado y pintado, que se ven mejor

a través de tu reflejo en una ventana:

en Juana de Arco de Bastien-Lepage (1879)

Juana alarga el brazo izquierdo, quizá para apoyarse desvanecida por la llamada, pero en lugar de

agarrarse a ramas o árboles, la mano,

en, para mí, el pasaje crucial, en parte

se disuelve. Está cuidadosamente situada

en la visión diagonal de uno de los tres

ángeles translúcidos, suspendidos, lo atacaron por no reconciliarlos con el realismo de la futura santa, un «fracaso» que la mano presenta

como una ruptura del espacio, el fondo comienza a tragarse los dedos, y me recuerda

a la fotografía de la que se borraba la gente, la que «Marty» usa para medir el tiempo que resta

para el futuro en que nosotros vimos la película, solo que aquí es la presencia del futuro, no

su ausencia, lo que devora la mano: no puedes levantarte tan rauda del telar para

volcar el taburete y correr hacia el plano

del cuadro sin asustar al pintor, oír

las voces que el medio es incapaz de describir

sin que se registren en alguna parte del cuerpo. Pero desde nuestra perspectiva, es precisamente donde la mano cesa de significar una mano

y es pintura, ya no parece cálida ni

hábil, donde alcanza el presente material,

deviene más real que la escultura por

vacilante: emerge demasiado rápido.

Pues ahora creo que tal vez emergiera demasiado rápido. Llevaba más de dos semanas sin hablar con nadie de verdad, un período de silencio sin precedentes en mi vida. También podría haber sido la temporada más larga sin hablar con Alex, quien, según me explicó por correo electrónico, estaba respetando mi distancia. Al final me afeité, me duché, hice la colada (había lavadora en el garaje) y, sintiéndome al menos semihumano y diurno, salí a echar un vistazo a la Marfa Book Company, una librería de buena reputación del centro. De camino me topé con una cafetería que nunca había visto. Pedí el café helado más grande que sirvieran, delicioso; en el local había varios jóvenes tecleando en sus portátiles. Me atravesó un deseo físico básico, agudo, por una de las mujeres, pero desapareció, como si el deseo fuera de camino a otra parte.

Estaba bebiéndome el café en la sección de poesía, sorprendentemente buena, surtida de libros de pequeñas editoriales, cuando se me acercó un hombre y me llamó por mi nombre con naturalidad:

—Me habían dicho que andabas por aquí. Diane y yo confiábamos en encontrarte.

¿Quién era Diane? El tipo me sonaba vagamente. Cabeza rapada, monturas de esas transparentes, cuarenta y pico… Lo había visto de inauguraciones por Nueva York. Quizá fuera amigo de Alena. No recordaba si lo conocía lo bastante para pedirle que me recordara su nombre, y ya era demasiado tarde.

—¿Qué hacéis por aquí?

—Hemos venido a ver la Chinati. Y a una vieja amiga de Diane. —Dijo el nombre de la amiga como si fuera famosa—. Dentro de un par de horas tenemos una visita privada a las cajas de Judd y luego cena y copas, si te apetece.

—No soy muy fan de Judd.

Se rio. Nadie que lo dijera en Marfa podía hablar en serio.

—Estoy agotado —mentí, el café helado había disipado todo rastro de fatiga—. No he dormido y esta noche estaré reventado.

—Ni que tuvieras que madrugar para ir a trabajar —bromeó.

Después de tanto silencio, me sentía desorientado socialmente, sobre todo porque aquel hombre era la primera persona de Nueva York que me encontraba fuera de contexto. Intentar dilucidar cómo seguir rechazando educadamente su invitación parecía exigir una serie de operaciones que ya no recordaba; se parecía a tratar de resolver un problema de un examen de matemáticas en el instituto.

—Supongo que podría ir —dije, superado por el reto.

Le di mi dirección y pasaron a recogerme una hora antes de la puesta de sol. Reconocí a Diane al instante (me la habían presentado como Di), era una pintora de cincuenta y pico años que dirigía una galería de arte cuyas exposiciones había reseñado, pero seguía sin recordar el nombre del tipo; esperaba que Diane lo empleara.

La Fundación Chinati ocupaba unas cuantas hectáreas de tierra donde antes se levantaba un fuerte militar. Una joven y un chico todavía más joven nos recibieron delante de las oficinas: era domingo y la fundación estaba cerrada al público. Diane me presentó a la mujer, Monika, una escultora berlinesa que estaba pasando unos meses como artista residente de la Chinati. Era alta y pesaba más o menos igual que yo, pero se la veía más fuerte y de unos veinticinco años; tenía el pelo rubio y muy corto, y le asomaban llamas o quizá pétalos tatuados por el cuello de la cazadora vaquera. El hombre, que no podía tener más de veinte años, era un becario de Chinati con vaqueros ajustados y el pelo repeinado con estiloso desaliño; tenía las llaves de los barracones donde se exponían las cajas de aluminio de Judd.

La obra de Judd nunca me había impresionado demasiado, pero yo tampoco era un experto. Creía en las cosas de las que Judd quería desembarazarse: las relaciones compositivas internas de un cuadro, los matices de la forma. Su interés por la modularidad y la fabricación industrial y su deseo de superar la distinción entre el arte y la vida, la insistencia en los objetos literales en el espacio real… a mí me parecía que podía conseguir lo mismo paseándome por un Costco, Home Depot o IKEA; los «objetos específicos» de Judd nunca me habían interesado más que cualesquiera de los objetos que me encontraba en el mundo, objetos que eran meramente reales. Las obras que había visto de él —siempre en museos o pequeñas instalaciones en galerías— me habían dejado frío, y como eran tantos los seguidores de Judd que elogiaban su frialdad nunca me había cuestionado mi primera reacción.

Pero fue distinto cuando siendo un extraño con una residencia en pleno desierto entré en un barracón reconvertido que en otro tiempo había acogido a prisioneros de guerra alemanes. En la pared todavía se leían pintadas en alemán: DEN KOPF BENUTZEN IST BESSER ALS IHN VERLIEREN, rezaba uno. Le pedí a Monika que lo tradujera: «Mejor usar la cabeza que perderla», dijo. Los cobertizos estaban en ruinas cuando Judd los adquirió. Cambió las puertas de garaje por grandes paredes de ventanas corridas, cuadradas y divididas en cuatro, y montó un tejado abovedado de hierro galvanizado encima del original plano, con lo que duplicó la altura del edificio. La luz inundaba el lugar de tal manera y el aluminio natural la reflejaba tanto —se veían los colores de la hierba y del cielo del exterior— que tardé un minuto en ver lo que estaba mirando: tres largas filas de cajas de plata reluciente dispuestas regularmente, en cuidadosa relación con el ritmo de las ventanas. Aunque todas las cajas tenían idénticas dimensiones exteriores (105 × 130 × 183 cm), cada interior era único; variaban las divisiones internas, unas cajas tenían laterales o tapas abiertas, etcétera, lo que significaba que, al caminar entre ellas, veías volúmenes oscuros o una franja sombría entre volúmenes llenos de luz o, dependiendo del ángulo, ningún volumen; una caja era un espejo, otra un abismo; todo era superficie, al instante siguiente, todo era profundidad. Aunque resultaba fácil enumerar los datos materiales —el becario estaba recitándolos en un tono algo didáctico y su voz rebotaba en el cobertizo—, el efecto los borraba. La obra se situaba en el tiempo, cambiaba rápidamente porque la luz estaba cambiando, las hierbas secas se volvían doradas y pronto el cielo empezó a anaranjarse, a teñir el aluminio. Todas aquellas ventanas abiertas a la tierra, las superficies reflectantes, los interiores articulados de formas diversas, algunos de los cuales parecían contener una imagen borrosa del paisaje, todo aquello se combinó para desmoronar mi sentido de dentro y fuera, un poder que la misma obra nunca había tenido sobre mí en los cubos blancos de las galerías neoyorquinas. En un momento dado detecté un borrón móvil en la superficie de una caja y me giré hacia las ventanas para ver a dos berrendos corriendo por la llanura desértica.

Había escuchado o leído por encima alabanzas a aquellas cajas, pero nadie había mencionado las pintadas alemanas de las paredes ni me había hablado de cómo le había influido que la obra estuviera instalada en un barracón reconvertido. Para mí, privilegiado residente en la región de una frontera militarizada, recién emergido de mi silencio y mi Whitman, las obras me parecieron, en primer término y sobre todo, un monumento potentísimo: una hilera de cajas en una estructura militar que en otro tiempo había alojado a prisioneros del Afrika Korps de Rommel recordaba a una hilera de ataúdes (me acordé de Whitman visitando los hospitales improvisados); el ritmo cambiante de los interiores de las cajas semejaba un gesto hacia una tragedia que era literalmente incontenible, o una tragedia que, ya que algunos «ataúdes» reflejaban internamente el paisaje de fuera del cobertizo, había terminado por contener el mundo. Y sin embargo «monumento» tampoco era el término adecuado: no parecían pensadas para obligarme a concentrar la memoria, no parecían dirigidas a mí ni a ningún individuo en particular. Se parecía más a visitar Stonehenge, algo que yo no había hecho, y toparse con una estructura que claramente habían construido seres humanos pero que resultaba inescrutable en términos humanos, como si las instalaciones esperasen la visita de un extraterrestre o un dios. La obra se situaba en el presente físico, inmediato, registraba las fluctuaciones de presencia y luz, y se ubicaba en los indescriptibles desastres de los tiempos modernos, Den Kopf benutzen ist besser als ihn verlieren, pero también sintonizaba con una duración geológica, inhumana, con láminas y ríos de lava, con el aluminio expandiéndose al tiempo que el planeta se calienta. Mientras las cajas enrojecían y se oscurecían con el ocaso, noté que todos aquellos órdenes de temporalidad —el biológico, el histórico, el geológico— se combinaban, interferían y luego desaparecían. Me acordé del «espejo imposible» del poema de Bronk.

Al salir de la fundación fuimos en coche al Cochineal, un restaurante del centro del gusto de Diane; Diane había invitado a Monika y al becario, que fueron en bici, y a los que solo adelantamos por un par de minutos. Yo casi no había abierto la boca en Chinati y, al intentar conversar normalmente mientras esperábamos las bebidas, me sentí como un actor de carácter tratando de regresar a un viejo personaje. Todo lo cual desapareció al primer sorbo de ginebra; comprendí que las semanas que había pasado sin hablar ni beber constituían el período de abstinencia más largo que recordaba desde la primera adolescencia; el segundo martini transformó toda la arritmia circadiana acumulada en energía maníaca. Despaché sin miramientos el chuletón gigante que había pedido, básicamente lo aspiré, roí la grasa del hueso y me lo acabé cuando los otros apenas habían probado un par de bocados de su pescado, lo que me permitió centrarme en el vino. Me fijé en que en aquel restaurante ningún empleado hablaba español.

Por lo visto la bebida tuvo un efecto parecido en Monika y nos pusimos a hablar, algo febrilmente, de Judd, aunque me avergonzaba confesar cuánto me había conmovido y dudaba de si conducir la conversación hacia la inscripción alemana y la Segunda Guerra Mundial. Su inglés era muy bueno, pero empleaba un número limitado de palabras, reorganizándolas como cajas modulares. Le gustaba calificar las cosas de «triviales» («Flavin es un artista trivial», un atrevimiento en Marfa) o «no triviales» («Estoy pensando cosas no triviales que pueda hacer la escultura») y cuando, burlándose de sus repeticiones, describió la preciosa puesta de sol que había presenciado como «no trivial», me pareció divertido y también bello. Cada vez que el becario intentaba participar en la conversación, el hombre cuyo nombre nadie pronunciaba lo interrumpía, lo cortaba.

No sé en qué medida mi generosidad se debía al alcohol o al poder de desorientación de Judd o a mi repentino regreso a la compañía de los humanos, pero insistí en aprovechar mi «estipendio» para pagar la comida de todos, aunque Diane y el hombre sin nombre casi seguro que eran muy ricos. Nos despedimos del becario, que se alejó en bici, y Diane dijo que deberíamos ir todos a la reunión de su amiga. Repuse que debería volver a casa a trabajar en la novela, pero sin intención de hacerlo, y enseguida íbamos los cuatro en el coche camino de la fiesta. Algunos copos de nieve atravesaban las luces largas y se derretían en el parabrisas, pero a mí me parecieron palomillas, o primero me parecieron una cosa y luego la otra, como si fuera invierno y luego el pleno verano de mi poema.

Llegamos a la vez que el becario, que no debía de haber sabido si estaba autorizado a invitarnos, y cuando nos encontramos en el caminito de gravilla, sonrió, incómodo. Sin darle tiempo a explicarse, le abracé como si fuera un viejo amigo que me alegraba encontrar tras un intervalo de varios años —un humor totalmente impropio de mí— y todo el mundo se rio y se relajó. ¿Cuántas cosas impropias de mí tenía que hacer, me pregunté, antes de que el mundo se reorganizara a mi alrededor?

Como la casa solo tenía dos plantas bajas, no estaba preparado para la inmensidad cuando Diane abrió la puerta sin llamar y nos dejó entrar. Se diría que el gigantesco salón medía media hectárea de ancho; el suelo era de baldosas naranjas españolas salpicadas de alfombras y pieles de animales. Había grupos de muebles por todo el espacio, la mayoría de cuero negro y rojo, organizados alrededor de mesillas; parte de los muebles eran art déco y algunos, a falta de una palabra mejor, sudoccidentales. Había gente, casi siempre más joven que yo, sentada y fumando y riendo en varios de esos grupos y una música country que salía de un equipo que no pude localizar; música country, pero cantada en francés. Reinaba un ambiente de opulencia incoherente: un retablo gigante compartía espacio en una pared beige con un cuadro o una estampa de Lichtenstein. Junto a un lienzo abstracto vagamente familiar había una gran fotografía plateada de un niño andrógino, medio desnudo, mirando a cámara con un pájaro muerto en la mano.

El becario se separó de nosotros para sumarse a uno de los grupos y Diane nos condujo fuera del salón a la cocina, también gigante, con cientos de ollas y cazuelas de cobre colgando de una guía encima de una isla del tamaño de mi piso. Me presentaron a la amiga de Diane, una bella mujer de pelo plateado, joyas plateadas y ojos verdes, que a su vez me presentó al resto de los que bebían vino y cerveza alrededor de una mesa que había sido una puerta; Monika conocía a todo el mundo. La gente de la cocina era considerablemente mayor que la del salón, como si los padres se hubieran retirado para dejar a los niños disfrutar de la fiesta: salvo por un hombre que desbarataba la imagen, gordo, de melena y barba largas, que estaba picando un montoncito de cocaína con una hoja de afeitar sobre una bandeja de plata. Su camiseta rezaba: JESÚS TE ODIA. La amiga de Diane nos mostró las bebidas.

El hombre preguntó amablemente si alguien quería y solo una de las mujeres de la mesa respondió con acento británico que tomaría un poco por los viejos tiempos. El hombre procedió a separar dos finas rayas de la masa de cocaína, enrolló un billete nuevo formando una pajita y se lo entregó a su amiga. Esta esnifó una de las rayas de la bandeja, aspirando con más fuerza de la necesaria, y echó hacia atrás la cabeza riéndose, explicando que había perdido práctica. El hombre cogió el billete y, tras titubear exageradamente sobre la raya pequeña, se esnifó todo el montón de cocaína que no había partido. Le miré con los ojos como platos, esperando a que reventara o se muriera, mientras el resto de la mesa se reía. En ese momento entró una chica con sombrero vaquero del salón, con el pelo cayéndole por la espalda en una larga trenza rubia, y preguntó qué tenía tanta gracia. «Jimmy se la ha metido de un tirón», dijo la amiga de Diane. La chica sonrió de un modo que dejaba claro que era típico de Jimmy. Este ofreció el billete a todos por si alguien quería la rayita que quedaba; Monika lo aceptó.

Yo me llevé la cerveza al salón y me paseé contemplando las paredes. Era un lugar raro. En un largo sofá de cuero borgoña estaban entrevistando a un joven y una mujer sobre las ventajas y los inconvenientes de criar gallinas en el patio. A su lado, en el suelo, una chica en bañador con una toalla sobre los hombros escribía por el móvil diciéndole a nadie en particular: «Por eso me fui de Austin». Apareció el becario con una botella de vino blanco y copas para el grupo y, al verme descolgado, me presentó al resto como uno de los residentes, un novelista. Más bien poeta, dije. Iban fuera a fumarse un porro —aunque parecía que dejaban fumar dentro— y me propuso salir con ellos; respondí que me sumaba, aunque era una expresión que nunca empleaba.

Salimos de la casa a un patio que tenía una piscina elevada y me senté con otros fumadores a una mesa cerca de una de esas estufas de exterior altas y portátiles que asocio con restaurantes para turistas. Algunos de los invitados a la fiesta —aunque más que fiesta parecía un simple lugar de encuentro— parecían estar relacionados con la fundación, otros vivían en el pueblo y algunos estaban de visita, eran amigos de la amiga de Diane, cuyo marido, empecé a deducir, pertenecía a la junta; toda la gente del patio era más joven que yo. Una mujer con el pelo rizado y, por lo que pude vislumbrar en la penumbra, pelirrojo me pasó el porro diciéndome: «¿Sabes que estamos bajo uno de los cielos más negros de Norteamérica?».

Fue como si, para cuando exhalé, ya estuviera demasiado colocado, me costaba respirar y seguir la velocidad y cadencia de las conversaciones. Me levanté de repente, pero luego decidí que no quería regresar a la luz y enfrentarme a los mayores, de modo que volví a sentarme sin mediar explicación; me pareció que los chavales se reían de mí. Apareció Monika y se acercó una silla; me ofreció un cigarrillo, que acepté, pero no me lo fumé, me limité a darle vueltas entre los dedos. Al poco, estaban vaciando cocaína de una bolsa de plástico sobre la mesa y la mujer del bañador y la toalla se puso a picarla con una tarjeta de crédito surgida por arte de magia; más que la estufa, sospechaba que lo que le daba calor eran las drogas. Una parte de mí dijo: Métete una puntita de cocaína y te sentirás más sobrio, más centrado, sereno y probablemente un poco eufórico; la mejor parte de mí dijo: Tienes una enfermedad cardíaca, no seas idiota, deja que se te pase un poco y vete a casa. La mejor parte de mí no tuvo dificultades para ganar el debate: decidí no metérmela, pero lo decidí justo después de levantar la vista del tablero de vidrio de la mesa tras esnifar una rayita.

Pasé el billete al becario y esperé a que el alcaloide cristalino me serenase y luego me elevara a un estado de atención preternatural, ajeno a cualquier ansiedad que pudiera haberme provocado metérmelo. Mientras esperaba, observé al becario al que había invitado a cenar meterse tres rayas sustanciosas en rápida sucesión; tenía la vaga impresión de que buscaba impresionarme. Monika le dijo «Para el carro», cuando quería decirle «Tómatelo con calma»; todo el mundo rio lo apropiado del mal uso de la frase proverbial.

Yo también me reí, de hecho, me vi desde fuera, en tercera persona, en otra ventana, riéndome a cámara lenta; pero, claro, después de meterme semejante estimulante, ¿por qué estaba fuera de mí? ¿Por qué el tiempo se ralentizaba? En un abrir y cerrar de ojos me aferré a la pregunta, me parecía el último nexo entre mi cuerpo y yo, aunque pronto dejó de pertenecerme, era otra cosa de tantas del jardín de la que mi conciencia estaba alejándose. Entonces establecí relación con la estufa, el cielo y el resplandor azul de la piscina, y luego desaparecí, no era nada, era el cielo más negro de Norteamérica. El último vestigio de mi personalidad fue el terror a la disolución de mi personalidad, así que me agarré desesperadamente a él, trepé por él como por una escalera de cuerda de regreso a mi cuerpo. Una vez allí, le dije a mi brazo que moviera el cigarrillo en dirección a mis labios, contemplé cómo lo hacía, pero no noté míos ni el brazo ni los labios, no hubo propiocepción. Pero cuando inhalé el humo —no sabía cómo, se había encendido el cigarrillo— pude reconocerlo mientras viajaba hacia mis pulmones, una sensación reconfortante, afianzadora; era el primer cigarrillo que me fumaba desde que me habían encontrado la dilatación. Solo cuando la chica del bañador me dijo «Básicamente K, ketamina, pensaba que lo sabías», me oí preguntar: «¿Qué coño lleva esto?».

Me había metido muy poco, y enseguida regresé a mi cuerpo y al tiempo, aunque la visión, si movía la cabeza demasiado rápido, se descomponía en fotogramas; todos menos Monika y el becario habían vuelto a entrar en la casa. Pero el becario, que creo que tampoco tenía claro qué droga había ingerido, no se encontraba bien: mientras lo observaba le vi levantar los brazos por delante del pecho como si levantara unas pesas tumbado en un banco; tenía los ojos abiertos, pero no veía, parpadeaba; babeaba por la comisura de los labios. Monika lo llamó, y el chico consiguió gruñir. Para mi sorpresa, ella solo se rio, le aseguró que se pondría bien y nos dejó a los dos solos en la mesa. Yo notaba la boca de goma, pero me las apañé para hablar: «Te pondrás bien, se te pasará enseguida», aunque no creo que me oyera.

Nos quedamos sentados no sé cuánto rato. Mi plan consistía en esperar a que saliera alguien y, cuando supiera que el becario no estaba solo, decir que tenía que irme y pasear hasta casa, aunque no estaba seguro de cuánto me aguantarían las piernas. Estaba practicando mentalmente mis frases —«Tengo que irme, mañana madrugo»— cuando el becario se vomitó encima, se diría que sin darse cuenta; probablemente había bebido demasiado. Dudando lo que hacer, le pregunté si se encontraba bien y farfulló algo entre lo que distinguí las palabras «Sacramento» y «muerte», o «mueble». Conseguí levantarme y entrar a trompicones en la casa —no había recuperado del todo la coordinación— con la idea de buscar a uno de sus amigos para que le ayudara.

El salón, que parecía haber duplicado su tamaño, estaba vacío, la música, apagada. ¿Cuánto llevábamos fuera? La cocina, donde supuse que habría alguien, quedaba a kilómetro y medio de distancia, pero al final la alcancé; en la mesa solo estaban Monika y el amigo sin nombre de Diane. Tuve la vaga impresión de que los había sorprendido en un momento íntimo.

—¿Dónde está todo el mundo? —pregunté.

—Unos han salido a pasear en bici bajo la luna —dijo el hombre—. La mayoría se han ido a dormir.

—El becario se encuentra mal. Y yo tengo que irme a casa. ¿Alguien puede echarle una mano?

—Estará bien —dijo el hombre.

—Ha vomitado —dije.

—Estupendo —dijo Monika—. Le irá bien.

Una sádica.

—Tengo que irme —repetí.

—Vale —dijo el hombre, obviamente impaciente por que me fuera de la cocina.

—¿Puedes ayudarme a acostar al becario en algún sitio y llevarme a casa en coche?

Me pareció que hablaba debajo del agua.

—A pie es un momento.

Lo odié.

—¿Cómo te llamas?

—¿Qué?

—¿Cómo te llamas? No sé cómo te llamas. Nunca lo he sabido.

Monika se rio, incómoda. Pensé que parecía un loco.

—Paul —dijo él, en tono de pregunta debido a la extrañeza.

—Paul —repetí, como confirmándolo, como clavándolo con una aguja a su yo trivial.

—Ya lo sabías.

—Te juro —dije, llevándome la mano al corazón— que no. —Me dirigí a la gigantesca nevera plateada, la abrí y saqué dos latas de refresco de lima. Cogí el trapo que colgaba de un gancho y lo mojé en el grifo. Me detuve antes de salir de la cocina—. Paul —repetí, prácticamente escupiéndolo, como si la absurdidad del nombre resultara evidente.

El becario movió la cabeza para mirarme cuando me acerqué, buena señal. Pero estaba a punto de llorar.

—Estoy flipando, tío. He visto unas cosas horribles.

—Te pondrás bien —dije, y abrí las latas de refresco y las dejé en la mesa y luego le limpié la cara y la camisa—. «Lo peor ha pasado. Estoy contigo — cité—, y sé lo que es».

Se echó a llorar. Probablemente tenía veintidós años y estaba lejos de casa. La estampa era ridícula, pero su miedo y mi compasión eran sinceros.

—¿Crees que serás capaz de entrar? —pregunté después de un sorbo de refresco, que estaba delicioso.

El becario no logró interesarse por el suyo. Negó con la cabeza, pero vi que estaba dispuesto a intentarlo. El olor que desprendía su camisa era repulsivo, le ayudé a quitársela y luego tiré aquella porquería a la piscina. Con su brazo alrededor de mi hombro y el mío agarrándolo por la cintura, lo entré poco a poco, convertidos en una parodia de Whitman, el enfermero poeta y su carga herida.

Jimmy estaba en una de las sillas, hojeando un libro de arte.

—¿Qué le pasa al chaval? —preguntó.

A la luz, el becario estaba terriblemente pálido.

—Se ha metido todo de un tirón —dije—. ¿Hay algún dormitorio donde lo pueda acostar?

—Cruza por esa puerta y baja las escaleras.

Conseguimos dar con la puerta y bajar por unas escaleras de moqueta blanca. Encendí la luz y vi una cama de dosel; no colgaba ninguna tela del dosel, era una especie de cubo, una obra de arte moderno. Lo metí en la cama y lo acosté con delicadeza y lo tapé.

—Y ahora, duérmete.

—No me dejes.

—Te dormirás enseguida. Tengo que irme a casa.

—He visto cada cosa… Estoy jodido. Me parece que si cierro los ojos me moriré.

—Estarás bien, te lo prometo.

—Por favor —prácticamente gimoteó.

Estaba desesperado. Apoyé la espalda en la suave moqueta y le pregunté qué había visto. Los dos mirábamos al techo blanco.

—Estaba sentado ahí, en la silla. Notaba la silla. Pero no me presionaba la espalda, me presionaba el pecho por delante. Con fuerza. Pero yo sabía que la silla estaba detrás. No sé explicarlo. La espalda y el pecho eran lo mismo. Ni espalda ni pecho. Una misma cosa. No podía respirar, no tenía espacio. Ni interior hacia el que respirar. Y tú y los demás también empezabais a aplanaros. Parecías de boligoma.

—¿Boligoma?

—Sí, la masilla aquella que aplastabas contra el periódico y cuando la separabas tenía la imagen grabada. Me he acordado y luego erais eso, todos, solo unas imágenes de vosotros mismos sobre la masilla aplastada. De goma. Peor aún: de carne. He pensado que se parecía a la boligoma y luego era boligoma, después me he dado cuenta de que si pensaba que una cosa se parecía a algo se convertiría en ese algo. Intentaba moverme y notar que me movía pero la vista no cambiaba. Tenía la vista agarrotada. Me acuerdo de que he pensado: «Como una mandíbula apretada». Y entonces se me ha agarrotado la mandíbula. Y he pensado que era como la rabia, como la rabia de los perros. Como el perro de Guzek que tuvieron que sacrificar cuando era crío y lo he sentido, he notado la espuma en la boca. O no lo he notado, mentira, lo he visto. Espumarajos que me caían de la boca como a un perro. Rosas, no sé por qué. Así que ¿desde dónde lo veía? Y antes de pensarlo he sabido que iba a pensar: «Es como si estuviera muerto, como si fuera un fantasma contemplando mi cadáver», y trataba de no pensarlo porque si lo pensaba me podía morir. Pero entonces he comprendido que intentar no pensar algo es igual que intentar pensar algo, ¿entiendes? Tiene la misma forma. La forma del pensamiento se llena de la cosa si piensas en ello o se vacía si intentas no pensar en ello, pero de todos modos es la misma forma. Y he pensado que me sentía como si no hubiera diferencias entre nada. Y no había ninguna diferencia. Porque nada se parece a nada. Y no había espacio.

—Las drogas no nos han sentado bien —dije, por decir algo.

—Sigo sin notar que esté aquí. —Otro sollozo—. ¿Me hablas, por favor?

—Estás aquí mismo —dije, y alargué una mano desde el suelo y le toqué un hombro, la frente y luego, un tanto sorprendido, me senté y le acaricié el pelo, al recordar que mi padre me lo hacía de niño cuando tenía fiebre.

Whitman lo habría besado. Whitman se habría tomado el miedo del becario a perder su identidad tan en serio como la del soldado moribundo.

—Sigue hablando —dijo, así que volví a tumbarme y hablé.

Empecé describiéndole mi reacción a la obra de Judd, pero gruñó, así que busqué otro tema y elegí la construcción del puente de Brooklyn, sobre la que había visto un documental en el ordenador unas noches atrás. Le conté que Hart Crane había escrito El puente en un piso de Brooklyn Heights del que solo a posteriori descubriría que había sido el lugar adonde se había retirado el ingeniero del puente, Washington Roebling, después de sufrir el síndrome de descompresión. (Quería describirle a los obreros trabajando en cajones apenas iluminados, con el riesgo, si salían demasiado rápido a la superficie, de que se les formaran burbujas de nitrógeno en la sangre, pero pensé que podría alterarlo). Cuando terminaron el puente, la celebración superó a la del final de la guerra de Secesión, recuerdo que dijo el narrador sobre unas fotografías de la multitud y los fuegos artificiales. Fue en 1883, el año en que murió Marx a su mesa. El año en que nació Kafka. Hablé un rato de Kafka, de cómo solo recientemente había descubierto que había sido un abogado de éxito especializado en seguros, que apostaba por el futuro. Luego salté a 1986.

Cuando el becario se durmió, con una respiración regular, le besé en la frente y subí las escaleras que llevaban al salón, donde me encontré a varios jóvenes instalados de nuevo, probablemente habían regresado de dar una vuelta en bici, pero no vi a Monika ni a Paul. Pregunté a la pelirroja, cuyos ojos, noté entonces, eran del mismo verde que los de la amiga de Diane y a quien no me daba vergüenza desear, cómo se iba al 308 de North Plateau y me dijo que girase a la derecha en el camino de entrada y luego a la izquierda cuando ya no pudiera seguir avanzando.

Aliviado de estar en el aire frío y cada vez más sobrio, me sentí un estúpido por todo el asunto de las drogas y el melodrama, pero me alegré de haber ayudado al becario, me enterneció. Mientras caminaba oí el silbato de un tren e imaginé que mi padre viajaba en un vagón retirado del servicio. Pensé en las cajas de tenues destellos del barracón y luego me imaginé un largo tren de cajas, cada vagón de aluminio brillante, que iba reflejando el desierto iluminado por la luna al pasar.

Cuando giré hacia lo que confiaba que fuera North Plateau —no vi ninguna placa— un coche eléctrico pasó silenciosamente de largo en sentido contrario. Dio la vuelta en la esquina, de modo que sus faros iluminaron la calle que yo recorría, y se paró despacio a mi lado. Lo conducía Creeley, en una postura incómoda porque llevaba el asiento demasiado adelantado. Se detuvo y bajó la ventanilla y saludó, dijo que iba a ver las luces de Marfa y me preguntó, en un inglés con acento y conmovedoramente formal, si le concedería el honor de acompañarle.

Así el autor terminó, todavía algo espeso a causa de los restos de anestesia disociativa veterinaria de su cuerpo, recorriendo catorce kilómetros de la Ruta 67 para echar un vistazo a las famosas «luces fantasma» con un hombre a quien había cargado con la imagen de un fantasma. Tras unos veinte minutos a oscuras, llegamos a un mirador, una plataforma apenas iluminada por luces rojas junto a una pequeña estructura con lavabos. Tiritamos de frío en la plataforma y miramos hacia el oeste.

Lo que la gente cuenta, lo que lleva contando al menos cien años, es que ve esferas brillantes, del tamaño de una pelota de baloncesto, que flotan por encima del suelo, o a veces más arriba, hacia el este. Suelen ser blancas, amarillas o rojas, pero hay quien las ha visto verdes y azules. Planean a la altura de los hombros o avanzan lateralmente a muy poca velocidad, y a veces se dispersan de repente en direcciones impredecibles. La gente atribuye las luces de Marfa a fantasmas, ovnis o ignis fatuus, pero los investigadores apuntan que probablemente son resultado de reflejos atmosféricos de faros de coches y fogatas de campamento; por lo visto los cambios bruscos de temperatura entre las capas frías y cálidas del aire pueden provocar esos efectos.

Al final vi algo: pero en la otra dirección, y no eran esferas. A lo lejos hacia el este vi un gran resplandor naranja en el horizonte y, repartidas, varias manchas rojas. Al principio pensé que serían las luces de alguna población, pero luego comprendí que eran incendios o quemas controladas. Llamé la atención del poeta y él asintió.

El poeta se encendía un cigarrillo tras otro. ¿Quién era yo para él?, me pregunté. Me gustaba pensar que él también me veía como a un fantasma, algún poeta polaco fallecido. No vi ninguna esfera, pero me encantó la idea de las esferas: la idea de que nuestra luz mundana pudiera volver a nosotros reflejada y la confundiéramos con algo sobrenatural. Fantaseé con un par de cajas de aluminio situadas a lo lejos para facilitar el misterioso resplandor.

Algunos dicen que las esferas brillantes de la Ruta 67 son paranormales, otros las consideran meros trucos atmosféricos: estática, gas de los pantanos, reflejos de los faros y las fogatas, pero ¿por qué descartar lo que convierte un malentendido, nuestra

iluminación devuelta como ajena, en señal?

Hay construido un mirador de cemento

iluminado por luces rojas que parecerá

misterioso visto desde lo que observa.

Esta noche no veo esferas, pero me proyecto

y me miran, un truco importante porque

el fin es estar a ambos lados del poema

transportándome entre el tú y el yo.

Pensé en Whitman contemplando la orilla opuesta del East River en plena noche antes de que construyeran el puente, antes de que electrificaran la ciudad, convencido de que miraba la otra orilla del tiempo, vaciándose de sí mismo para que los lectores pudieran llenarlo en el futuro; acepté sus repetidas invitaciones a mantener correspondencia con él, por trivial que fuera yo como corresponsal. Imaginé que las luces que no veía no eran solo los reflejos de fuegos y faros del desierto, sino también los faros de la Décima Avenida y el brillante magnesio blanco de las bengalas de los niños en el jardín comunitario de Boerum Hill y una pequeña lluvia de pavesas en una salida de incendios del East Village, o las farolas de gas de Brooklyn Heights en 1912 o 1883 o el destello de los ojos de un animal que se acerca en la oscuridad, traseras de rubí que desaparecen tras la curva de una carretera de montaña en una novela que transcurre en España. Había sido duro con Whitman durante la residencia, duro con su sueño imposible, pero allí de pie con Creeley tras un largo día y una noche ridícula, contemplando el fantasma de unas luces fantasma, hicimos, si no un pacto, al menos las paces. Digamos que fue estando allí de pie cuando decidí reemplazar el libro que había propuesto por el libro que ahora estáis leyendo, una obra que, como un poema, no es ni ficción ni lo contrario, sino un parpadeo entre ambos; decidí alargar mi relato no para convertirlo en una novela sobre el fraude literario, sobre inventarse el pasado, sino en un presente real con múltiples futuros. Al cabo de unas semanas, justo antes de que empezara este libro, el poema terminaría así:

He sido peor que injusto, aunque lo estaba

pidiendo, todavía lo pide, le oigo

pedirlo a través de mí cuando hablo,

a mi pesar, con un pueblo que no está,

o pienso en el arte como ocio que se realiza

en casas construidas, reparadas, por indocumentados. Se cuenta entre los grandes poemas y fracasa

porque quiere devenir real y solo

puede devenir prosa, error fundacional

del libro del que hemos sido expulsados.

Y no obstante: mira desde la plataforma, ve

misteriosas luces rojas moverse al otro lado del puente en un Brooklyn al que tal vez regrese o no,

fenómenos que la ciencia no sabe explicar,

vehículos que cruzan a toda velocidad la oscuridad con las ventanillas bajadas, radiando música.

Fotografía de un grafiti en Chinati (Marfa, Texas), de Tim Johnson. © 2013 Tim Johnson.

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