Acoso
De: T Sanders Dcc.com
persona.
DE: T SANDERS DCC.COM
A: CHARON UWA.PCM.COM.EDU.
AGRADECERÉ MUCHO SU AYUDA.
Pulsó la tecla send. Luego intentó borrar el mensaje original y su respuesta.
LO SIENTO, ESE MENSAJE NO SE PUEDE BORRAR.
A veces los mensajes de e-mail estaban protegidos para que no pudieran borrarse.
Sanders tecleó: liberar mensaje.
OceanofPDF.com
MENSAJE LIBERADO.
Tecleó: borrar mensaje.
LO SIENTO, ESE MENSAJE NO SE PUEDE BORRAR.
¿Qué demonios es esto?, pensó Sanders. El programa no funcionaba correctamente. Quizá la dirección de Internet lo había obstruido. Decidió borrar el mensaje del programa desde el nivel de control.
Tecleó: programa.
¿QUÉ NIVEL?
Tecleó: sysop.
LO SIENTO, SUS PRIVILEGIOS NO INCLUYEN EL CONTROL DE
SYSOP.
«Mierda», susurró Sanders. Habían entrado en el programa y le habían retirado sus privilegios. No podía creerlo. Tecleó: mostrar privilegios SANDERS, THOMAS L.
ÚLTIMO NIVEL DE USUARIO: 5
(SYSOP).
CAMBIOS DE NIVEL DE USUARIO: MAR 16 JUNIO 4:50 PM PST.
NIVEL DE USUARIO ACTUAL: 0.
Allí estaba: le habían retirado el acceso al programa. El nivel de usuario cero era el que tenían las secretarias de la empresa.
Sanders se reclinó en la butaca. Era como si acabaran de despedirlo. Por primera vez, empezó a darse cuenta de lo que se avecinaba.
No había tiempo que perder. Abrió el cajón de su mesa y vio que los lápices y los bolígrafos estaban ordenados. Alguien los había tocado. Abrió el cajón archivador. Sólo había media docena de dossiers; el resto se los habían llevado.
Ya habían revisado su mesa.
Se levantó rápidamente y salió del despacho; se dirigió al armario archivador que había detrás de la mesa de Cindy. El armario estaba cerrado, pero él sabía que Cindy guardaba la llave en su mesa. Encontró la llave y abrió los archivadores del año en curso.
El armario estaba vacío. No había ni un solo dossier. Se lo habían llevado todo.
Abrió el armario del año anterior: vacío.
El anterior: todo.
Todos los demás: vacíos.
Dios mío, pensó. Por eso había estado Cindy tan distante. Habían enviado a un pelotón aquella tarde para que se lo llevara todo.
Sanders cerró los armarios con llave, dejó la llave en la mesa de Cindy y se dirigió al piso inferior.
El despacho de prensa estaba en el tercer piso. Dentro sólo había una secretaria, que se disponía a cerrar.
–Oh, Mr. Sanders. Estaba a punto de marcharme.
–No se preocupe, no hace falta que se quede. Sólo quería consultar una cosa. ¿Dónde guardan los números atrasados de ComLine!
–Están en aquel estante de allí. – Señaló una hilera de revistas-. ¿Busca algo en particular?
–No, no. Puede marcharse.
La secretaria vacilaba, pero cogió su bolso y se dirigió a la puerta. Sanders se acercó al estante. Las revistas estaban ordenadas en montones de seis meses. Para asegurarse, empezó por los de cinco años atrás.
Empezó a hojearlas. No sabía qué estaba buscando, aunque suponía que era algo sobre Meredith Johnson.
Después de hojear dos montones encontró el primer artículo:
«Cupertino, 10 de mayo. Bob Garvín, presidente de DigiCom, ha anunciado hoy el nombramiento de Meredith Johnson como directora adjunta de Marketing y Promoción de Telecomunicaciones, bajo las órdenes de Howard Gottfried. Ms. Johnson, de 30 años, llega a nuestra empresa tras ocupar el cargo de vicepresidenta de Marketing en Conrad Computer Systems de Sunnyvale. Anteriormente ocupó el cargo de secretaria administrativa en Novell Network División, de Mountain View.
»Ms. Johnson, licenciada por la Universidad de Vassar y la Stanford Business School, se ha casado recientemente con Gary Henley, ejecutivo de marketing de CoStar. ¡Felicidades! Ms. Johnson aportará a DigiCom su considerable experiencia en el mundo empresarial, su excelente humor, y su habilidad como pitch de béisbol. ¡Un gran fichaje de nuestro equipo!
¡Bienvenida, Meredith!»
Pasó por alto el resto del artículo, que no decía nada importante. La fotografía que lo ilustraba mostraba a una chica de melena corta y mirada seria, con un toque de timidez y una boca firme. Pero parecía bastante más joven que ahora.
Sanders siguió hojeando las revistas. Consultó su reloj. Eran casi las siete, y quería llamar a Bosak. Llegó al final del año; las páginas estaban llenas de tonterías navideñas. Le llamó la atención una fotografía de Garvin y su familia («¡El jefe os desea felices fiestas!»), porque Bob aparecía con su anterior esposa y sus tres hijos alrededor de un árbol.
Se preguntó si en aquella época Garvin había empezado a salir con Emily.
Nadie lo sabía. Garvin era muy reservado. Nunca sabías lo que estaba tramando.
Sanders cogió otro montón, el del año siguiente. Las predicciones de ventas de enero («¡Vamos por todas!»). Inauguración de la fábrica de Austin para producir teléfonos portátiles: una fotografía de Garvin a la luz del sol, cortando la cinta. Un retrato de Mary Anne Hunter y un texto que empezaba: «La valerosa y atlética Mary Anne Hunter sabe lo que quiere de la vida…» Sanders recordó que después de aquello todo el mundo empezó a
llamarla Mary Anne la Valerosa, hasta que ella pidió que no lo hicieran.
Sanders siguió hojeando. Contrato con el gobierno irlandés para instalarse en Cork. Cifras de ventas del segundo trimestre. Resultado del partido de baloncesto contra Aldus. Una necrológica:
«Jennifer Garvin, estudiante de tercer curso de la Boalt Hall School of Law de Berkeley, murió el 5 de marzo en un accidente de tráfico en San Francisco. Tenía veinticuatro años. Jennifer había sido aceptada en Harley, Wayne y Myers, donde pensaba empezar a trabajar después de su graduación. Recientemente se celebró un funeral en la iglesia presbiteriana de Palo Alto, al que asistieron amigos de la familia y los compañeros de clase de Jennifer. Los interesados en donaciones pueden dirigirse a la Asociación de Madres contra el Alcohol. Los empleados de Digital Communication quieren expresar sus condolencias a la familia Garvin.»
Sanders recordaba aquella época; fueron tiempos difíciles para todos.
Garvin estaba irritado e insociable, bebía demasiado y faltaba frecuentemente al trabajo. Poco después se hicieron públicos sus problemas matrimoniales; dos años después se divorció, y a continuación se casó con Emily Chen, una joven ejecutiva veinteañera. Pero hubo otros cambios.
Todo el mundo estaba de acuerdo en que después de la muerte de su hija, Garvin dejó de ser el jefe que había sido hasta entonces.
Garvin siempre había sido un luchador, pero se volvió más proteccionista, más ambicioso. Había quien decía que Garvin sólo estaba haciendo una pausa en el camino, pero no se trataba de eso. Había tomado conciencia de la arbitrariedad de la vida, y eso lo había decidido a controlar las cosas.
Garvin siempre había sido partidario de la teoría de la evolución, de observar el producto y comprobar si era capaz de sobrevivir. Eso lo convertía en un empresario desalmado, pero en un jefe justo. Si hacías bien tu trabajo, alcanzabas su reconocimiento. Si no, desaparecías. Todo el mundo conocía las reglas. Pero tras la muerte de Jennifer, todo eso cambió.
Ahora Garvin tenía favoritos entre los empleados, y cuidaba a sus favoritos mientras descuidaba a los otros. Cada vez tomaba más decisiones
arbitrarias. Garvin quería que las cosas salieran como él esperaba. Eso le infundía una nueva energía, una nueva idea de lo que tenía que ser la empresa. Pero la empresa se convirtió en un lugar de trabajo menos agradable, más politizado.
Sanders siempre había ignorado aquella actitud. Siguió trabajando como siempre lo había hecho, como si DigiCom siguiera siendo una empresa donde lo único que importaba eran los resultados. Pero era evidente que aquella empresa ya no existía.
Más revistas. Artículos sobre las primeras negociaciones para la instalación de la fábrica de Malasia. Una fotografía de Phil Blackburn en Irlanda, firmando un acuerdo con la ciudad de Cork. Nuevas cifras de producción de la planta de Austin. El lanzamiento del teléfono portátil A22. Nacimientos, defunciones y ascensos. Más resultados de béisbol.
«Cupertino, 20 de octubre. Meredith Johnson ha sido nombrada directora adjunta de Operaciones en Cupertino, sustituyendo al estimado Harry Warner, que se retira tras quince años en la empresa. Con su traslado a Operaciones, Johnson abandona el Departamento de Marketing, donde ha trabajado este último año, desde su llegada a la empresa. En su nuevo puesto trabajará en estrecha colaboración con Bob Garvin en el ámbito de las operaciones internacionales de DigiCom.»
Pero lo que llamó la atención de Sanders fue la fotografía que acompañaba el artículo. Era otro primer plano corriente, pero ahora Johnson parecía completamente diferente. El cabello era más rubio y ya no llevaba la melena de estudiante. Lo llevaba corto y rizado, un estilo más informal.
Llevaba bastante menos maquillaje y sonreía abiertamente. En general, su aspecto era mucho más juvenil, abierto e inocente.
Sanders frunció el ceño. Hojeó rápidamente los ejemplares que ya había revisado. Retrocedió al montón anterior, el de las fotografías navideñas:
«¡El jefe os desea felices fiestas!»
Observó la fotografía familiar. Garvin de pie entre sus tres hijos, dos varones y una chica, Jennifer. Su mujer, Harriet, de pie en el otro extremo.
En la fotografía, Garvin sonreía con la mano apoyada en el hombro de su hija, una chica alta y atlética, con el cabello corto, rubio y rizado.
«No puede ser», se dijo Sanders.
Buscó el primer artículo para volver a ver aquella fotografía de Meredith.
La comparó con la otra, más reciente. No había ninguna duda sobre lo que había hecho. Leyó el resto del primer artículo:
«Ms. Johnson aportará a DigiCom su considerable experiencia en el mundo empresarial, su excelente humor y su habilidad como pitch de béisbol. ¡Un gran fichaje de nuestro equipo! ¡Bienvenida, Meredith!
»A sus admiradores no les sorprenderá saber que Meredith fue finalista en un concurso de belleza de Connecticut. Mientras estudiaba en Vassar, Meredith fue uno de los miembros más valiosos del equipo de tenis y de la asociación de debates. Miembro de Phi Beta Kappa, se graduó en psicología, especializándose en psiques anormales. ¡Esperemos que aquí no tengas que emplear tus conocimientos! En Stanford, obtuvo su licenciatura en administración empresarial con sobresalientes. "Estoy encantada de entrar en DigiCom, y espero realizar una larga carrera en esta moderna empresa", nos dijo Meredith. Nosotros no habríamos podido decirlo mejor, Ms. Johnson.»
Sanders no sabía nada de aquello. Desde el principio, Meredith había estado destinada a Cupertino; Sanders nunca la veía. La única vez que se la encontró fue poco después de su incorporación, antes de que se cambiara el peinado. El peinado… ¿y qué más?
Observó atentamente las dos fotografías. Había algún otro matiz. ¿Se había hecho la cirugía estética? Era imposible saberlo. Pero su aspecto físico era claramente diferente en los dos retratos.
Hojeó el resto de revistas, ahora más deprisa, convencido que había encontrado lo que buscaba. Sólo leía los titulares: garvin envía a johnson a texas
para que supervise la planta de austin.
johnson encabezará el nuevo grupo
de investigación de operaciones.
johnson nombrada vicepresidenta
de operaciones, bajo el mando de garvin.
johnson: triunfo en malasia;
los conflictos laborales, solucionados.
meredith johnson, nuestra nueva estrella,
una excelente directora con solidez
en áreas técnicas.
Este último titular iba seguido de un completo retrato de Johnson, en la segunda página de la revista. Había aparecido en el penúltimo ejemplar de ComLine. Al verlo, Sanders se dio cuenta de que el artículo estaba pensado para el consumo interno: pretendía prepararle el terreno a Meredith. Era un
globo sonda lanzado por Cupertino para ver si Meredith sería aceptada para dirigir los departamentos técnicos de Seattle. El único problema era que Sanders no lo había leído. Y nadie se lo había mencionado nunca.
El artículo hacía hincapié en los conocimientos técnicos que Johnson había adquirido durante los años que llevaba en la empresa. En el artículo, citaban: «Empecé la carrera trabajando en áreas técnicas, en Novell. Los departamentos técnicos siempre han sido como mi primer amor: me encantaría volver a ellos. Al fin y al cabo, la innovación técnica es el motor de una empresa moderna y emprendedora como DigiCom.»
Ahí estaba.
Miró la fecha: 2 de mayo. Lo habían publicado hacía seis semanas. Lo cual significaba que el artículo había sido redactado por lo menos dos semanas antes.
Tal como Mark Lewyn había sospechado, Meredith Johnson sabía que la iban a nombrar directora del Departamento de Productos Avanzados por lo menos hacía dos meses. Lo cual, a su vez, significaba que Sanders nunca había sido candidato al puesto.
Estaba todo previsto.
Desde hacía meses.
Sanders maldijo en voz alta, se llevó los artículos a la fotocopiadora y los copió; luego devolvió las revistas al estante y salió del despacho de prensa.
Subió al ascensor y se encontró con Mark Lewyn. Sanders lo saludó, pero Lewyn no contestó. Sanders pulsó planta baja.
Las puertas se cerraron.
–Espero que sepas qué cono estás haciendo -dijo Lewyn, irritado.
–Creo que lo sé.
–Porque podrías fastidiarnos a todos. ¿Lo sabes?
–¿Fastidiaros?
–Si te apetece meterte en problemas, allá tú, pero no nos enredes a los demás.
–No lo pretendo.
–No sé qué te pasa -prosiguió Lewyn-. Llegas tarde al trabajo, dices que me llamarás y no lo haces… ¿Tienes problemas en casa? ¿Con Susan?
–Esto no tiene nada que ver con Susan.
–¿Ah, no? A mí me parece que sí. Hace dos días que llegas tarde, y te pasas el día en la luna. Estás en las nubes, Tom. Además, ¿cómo se te ocurre ir al despacho de Meredith por la noche?
–Ella me pidió que fuera. Es mi jefa. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que no fuera?
–No te hagas el inocente, Tom. ¿Es que no tienes ningún sentido de la responsabilidad?
–¿Pero qué…?
–Mira, Tom, todos los empleados de esta empresa saben que Meredith es un tiburón. Meredith Manmuncher, así la llaman. El gran tiburón blanco. Todo el mundo sabe que es la protegida de Garvín, que puede hacer lo que quiera.
Y lo que quiere es meterles mano a los chicos guapos que se presenten en su despacho después del trabajo. Se zampa un par de copas de vino, se pone un poco achispada y quiere acción. Un mensajero, un novato, un joven contable. Lo que sea. Y nadie puede abrir la boca porque Garvín la considera una santa. A ver, ¿cómo explicas que lo sepa toda la empresa
menos tú?
Sanders estaba atónito. No sabía qué contestar. Miró fijamente a Lewyn, que estaba muy cerca de él, con el cuerpo encorvado y las manos en los bolsillos. Notaba el aliento de Lewyn en la cara. Pero apenas oía sus palabras. Era como si le llegaran desde una enorme distancia.
–Oye, Tom, tú caminas por los mismos pasillos que nosotros y respiras el mismo aire. Sabes de qué va cada uno. Subes a su despacho voluntariamente… y sabes muy bien lo que te espera. A Meredith sólo le faltaba poner un anuncio en el periódico diciendo que se moría por chupártela. Se pasa el día tocándote el brazo, dándote apretones, lanzándote esas miraditas sugerentes. «Oh, Tom, me alegro tanto de verte.» Anda ya, Tom. Eres un gilipollas.
Se abrieron las puertas del ascensor. El vestíbulo de la planta baja apareció ante ellos, desierto, a la débil luz de la tarde de junio. Fuera lloviznaba.
Lewyn se encaminó a la salida, pero se giró. Sus palabras resonaron en el vestíbulo:
–¿Te das cuenta de que te estás comportando como lo haría una mujer?
«¿Quién, yo? No tenía ninguna intención de que ocurriera», dicen. «No es culpa mía», dicen. «Nunca se me ocurrió pensar que si me emborrachaba y lo besaba y me iba con él a su habitación y me echaba en su cama me follaría. No, no, ni pensarlo.» Eso son sandeces, Tom. Y será mejor que pienses en lo que te digo, porque hay muchos como yo que hemos luchado tanto como tú en esta compañía, y no queremos ver cómo estropeas la fusión y la escisión. Si quiere arruinar tu vida y tu carrera, adelante. Pero si arruinas la mía, te aseguro que me las pagarás.
Lewyn se dio la vuelta. Las puertas del ascensor empezaron a cerrarse.
Sanders alargó un brazo; las puertas se cerraron y le aprisionaron los dedos.
Torció la mano, y las puertas volvieron a abrirse. Corrió detrás de Lewyn y lo cogió por el hombro:
–Espera, Mark. Escúchame…
–No tengo nada más que decirte. Tengo hijos, tengo responsabilidades. Eres un gilipollas.
Lewyn se soltó, empujó la puerta y salió a la calle.
Cuando se cerró la puerta de cristal, Sanders vio un reflejo. Se volvió.
–Me ha parecido un poco injusto -dijo Meredith Johnson. Estaba de pie, a pocos metros de él, junto a los ascensores. Llevaba ropa de gimnasia: leotardos y una camiseta, y una bolsa en la mano. Meredith estaba muy guapa, muy sexy. Sanders se sentía tenso. Estaban solos en el vestíbulo.
–Sí -dijo Sanders-. A mí también.
–Para las mujeres, quería decir -añadió Meredith. Se echó la bolsa de deporte al hombro, y al hacer el movimiento la camiseta se le levantó, dejando al descubierto el abdomen. Movió la cabeza y luego se apartó el cabello de la cara. Hizo una pausa, y luego continuó-: Quería decirte que siento mucho todo esto. – Se acercó a él con paso seguro. Bajó la voz-: Yo no quería que ocurriera nada de esto, Tom. – Se acercó un poco más, lentamente, como si Sanders fuera un animal que pudiera asustarse y huir-.
Siento mucho cariño por ti. – Más cerca todavía-. Mucho. – Más-. No puedo evitarlo, Tom. Todavía te quiero. – Más cerca-. Si he hecho algo que te haya ofendido, te pido disculpas. – Ahora sus cuerpos casi se tocaban, y sus pechos estaban a sólo unos centímetros del brazo de Sanders-. Lo siento mucho, Tom. – Meredith parecía emocionada; sus pechos subían y bajaban al compás de su respiración; miró a Sanders con ojos suplicantes y añadió-:
¿Me perdonas? Por favor. Sabes lo que siento por ti.
Sanders revivió todas las antiguas sensaciones, la antigua agitación. Apretó la mandíbula:
–El pasado es el pasado, Meredith. Olvídalo ya, ¿de acuerdo?
Ella cambió de tono, y señaló la calle:
–Tengo el coche esperando aquí mismo. ¿Quieres que te lleve a algún sitio?
–No, gracias.
–Está lloviendo. ¿Seguro que no quieres que te acompañe?
–No, no me parece buena idea.
–Sólo lo digo por la lluvia.
–Estamos en Seattle -dijo Sanders-. Aquí llueve continuamente.
Meredith se encogió de hombros, se encaminó a la puerta y se apoyó contra ella, empujando con la cadera. Luego se giró y dedicó una sonrisa a Sanders:
–Recuérdame que no me ponga leotardos cuando estás tú cerca -dijo-. Me pone cachonda.
Abrió la puerta y corrió hacia su coche; se sentó en la parte trasera, miró por última vez a Sanders y le hizo señas con la mano. El coche se marchó.
Sanders respiró hondo y expulsó el aire lentamente. Tenía todo el cuerpo en tensión. Esperó a que el coche desapareciera, y luego salió. Sintió la lluvia en la cara, la fresca brisa nocturna.
Paró un taxi.
–Hotel Four Seasons -dijo al taxista.
En el taxi, Sanders miraba por la ventanilla y respiraba hondo. Tenía la sensación de que no podía respirar con normalidad. El encuentro con Meredith lo había puesto muy nervioso. Y más aún por haber sucedido justo después de la conversación con Lewyn.
Sanders estaba inquieto por lo que Lewyn le había dicho, pero a Mark no podías tomártelo demasiado en serio. Lewyn era un artista que solucionaba sus tensiones creativas enfadándose. Siempre estaba enfadado por algo.
Sanders lo conocía desde hacía mucho tiempo. Personalmente nunca había entendido cómo Adele, la esposa de Mark, lo soportaba. Adele era una de esas mujeres maravillosamente tranquilas, casi flemática, capaz de hablar por teléfono mientras sus dos hijos se le subían encima, le tiraban del cabello y le hacían preguntas. Adele hacía con Lewyn lo mismo que con sus hijos: lo dejaba gritar y se ocupaba de sus cosas. De hecho, todo el mundo lo dejaba gritar, porque todo el mundo sabía que sus gritos, al final, no acarreaban consecuencias.
Pero también era cierto que Lewyn tenía cierto instinto para las modas y los gustos de la gente. Ése era el secreto de su éxito como diseñador. Lewyn decía «pasteles» y todo el mundo gruñía y decía que los nuevos colores eran muy malos. Pero dos años después, cuando los productos salían de fábrica, los colores pastel eran precisamente lo que pedían los compradores. Y
Sanders tenía que admitir que lo que Lewyn había dicho sobre él era lo que los demás pronto dirían. Lewyn había cantado el coro de los empleados, y había dicho que Sanders los estaba fastidiando a todos.
Bueno, pues que se fastidien, pensó.
En cuanto a Meredith… En el vestíbulo había tenido la clara impresión de que quería jugar con él. De que quería engañarlo.' No comprendía por qué estaba tan segura de sí misma. Sanders la estaba acusando de un delito muy grave y sin embargo ella se comportaba como si no hubiera ninguna amenaza. Mostraba una especie de insensibilidad, una indiferencia, que lo inquietaba. Sólo podía significar que Meredith sabía que contaba con el apoyo de Garvín.
El taxi llegó a la entrada del hotel. Sanders vio el coche de Meredith; ella estaba hablando con el chofer. Meredith se dio la vuelta y vio a Sanders.
No podía hacer otra cosa que bajar del coche y dirigirse a la puerta del
hotel.
–¿Me sigues? – dijo ella, sonriente.
–No.
–¿Seguro?
–Sí, Meredith, seguro.
Subieron a la escalera mecánica que conducía al vestíbulo. Sanders iba detrás de Meredith. Ella se volvió y le dijo:
–Cómo lo lamento.
–Pues yo no.
–Me habría encantado -dijo, y le dirigió una sonrisa provocadora.
Sanders no sabía qué decir; se limitó a menear la cabeza. Continuaron en silencio hasta que llegaron al sofisticado vestíbulo.
–Estoy en la habitación 423 -dijo Meredith-. Ven a verme cuando quieras. –
Se dirigió hacia los ascensores.
Sanders esperó a que Meredith se marchara, luego cruzó el vestíbulo y torció a la izquierda, hacia el restaurante. Se paró en la entrada y vio a Dorfman en una mesa de un rincón, cenando con Garvin y Stephanie Kaplan. Max estaba hablando y gesticulando animadamente. Garvin y Kaplan escuchaban atentamente. Sanders recordó que Dorfman había sido director de la empresa; según los rumores, un director muy poderoso. Fue Dorfman el que convenció a Garvin de que empezara a trabajar en telefonía móvil y comunicación inalámbrica, en una época en que nadie veía la relación entre los ordenadores y los teléfonos. Ahora la relación era evidente, pero a principios de los ochenta era un misterio. Dorfman le dijo:
«Olvídate del hardware. El negocio está en las comunicaciones. El negocio
está en el acceso a la información.»
Dorfman también había participado en el reclutamiento del personal de la empresa. Kaplan presuntamente debía su posición al firme respaldo de Dorfman. Sanders había llegado a Seattle por recomendación de Dorfman.
Mark Lewyn había sido contratado a sugerencia de Dorfman. Y había muchos vicepresidentes que habían ido desapareciendo porque a Dorfman le parecían poco lúcidos o enérgicos. Era un poderoso aliado o un oponente letal.
Y su posición en el momento de la fusión era también muy fuerte. Dorfman había renunciado a su cargo de director hacía varios años, pero conservaba un buen número de acciones de DigiCom. Garvin escuchaba sus consejos.
Y todavía conservaba los contactos y el prestigio en la comunidad empresarial y financiera que hacían que una fusión como aquélla fuera mucho más sencilla. Si Dorfman aprobaba las condiciones de la fusión, sus admiradores de Goldman, Sachs y del First Boston facilitarían el dinero sin reservas. Pero si Dorfman no estaba satisfecho, si insinuaba que la fusión de las dos empresas no tenía sentido, la adquisición podía no realizarse. Lo sabía todo el mundo. Todo el mundo era consciente del poder de Dorfman, empezando por él mismo.
Sanders esperó en la puerta del restaurante, sin atreverse a entrar. Al cabo de un rato, Max levantó la vista y lo vio. Sin dejar de hablar, movió la cabeza enérgicamente a uno y otro lado: no. Luego, mientras seguía hablando, hizo un discreto movimiento con la mano, señalando su reloj.
Sanders asintió con la cabeza; volvió al vestíbulo y se sentó. Tenía las fotocopias del ComLine en el regazo. Las hojeó, volviendo a considerar el cambio de aspecto de Meredith.
Poco después, Dorfman salió en su silla de ruedas:
–Hola, Thomas. Me alegro de ver que todavía no te has aburrido de la vida.
–¿Qué significa eso?
Dorfman rió y señaló en dirección al restaurante:
–Ahí dentro no se habla de otra cosa. Esta noche sólo hay un tema: Meredith y tú. Están todos muy nerviosos. Muy preocupados.
–¿También Bob?
–Sí, claro. También Bob. – Se acercó a Sanders-. Ahora no tengo tiempo para hablar contigo. ¿Querías algo en particular?
–Creo que tendrías que ver esto -dijo Sanders entregándole las fotocopias.
Pensaba que Dorfman podría enseñárselas a Garvín. Dorfman podría hacer entender a Garvin lo que estaba pasando.
Dorfman examinó los artículos en silencio y luego dijo:
–Una chica encantadora. Verdaderamente hermosa.
–Fíjate en las diferencias, Max. Mira lo que se ha hecho.
Dorfman se encogió de hombros.
–Se ha cambiado el peinado. Le queda muy bien. ¿Y qué?
–Creo que también se ha hecho la cirugía estética.
–No me sorprendería -dijo Dorfman-. Hoy en día muchas mujeres se operan. Para ellas es como lavarse los dientes.
–Es espantoso.
–¿Por qué?
–Porque lo ha hecho secretamente.
–¿Secretamente? – dijo Dorfman encogiéndose de hombros-. Es una mujer
con recursos. Mejor para ella.
–Estoy convencido de que Garvín no tiene idea de lo que le está haciendo -
dijo Sanders.
–Garvin no me preocupa -dijo Dorfman-. El que me preocupa eres tú, Thomas, y este ultraje tuyo.
–Te voy a decir por qué me siento ultrajado. Porque ésta es la típica guarrada que una mujer puede hacer, pero un hombre no. Ella cambia de aspecto, se viste y se comporta como la hija de Garvín, y eso le da ventaja.
Porque es evidente que yo no puedo comportarme como su hija.
Dorfman suspiró:
–Thomas, Thomas.
–No puedo. ¿O sí?
–¿Te lo estás pasando bien? Tengo la impresión de que te encanta sentirte ultrajado.
–No.
-Pues déjalo ya -dijo Dorfman. Miró fijamente a Sanders-. Deja de decir tonterías y enfréntate a la realidad. En las empresas, los jóvenes progresan mediante alianzas con empleados poderosos de mayor antigüedad. ¿Cierto?
–Sí.
–Siempre es igual. Hubo un tiempo en que la alianza era formal: un aprendiz y un maestro, o un alumno y un profesor. Estaba organizado así,
¿no? Pero hoy en día no es formal. Hoy en día hablamos de mentores. Los jóvenes ejecutivos tienen sus mentores. ¿Cierto?
–Sí, bueno…
–¿Y cómo consiguen los jóvenes a su mentor? ¿Cuál es el proceso?
Primero, siendo agradables, siendo útiles, haciendo su trabajo. Segundo, siendo atractivos para la persona mayor: imitando sus gustos y actitudes.
Tercero: adaptando su agenda a la de la empresa.
–Todo eso está muy bien -concedió Sanders-. ¿Qué tiene que ver con la cirugía estética?
–¿Te acuerdas de cuando empezaste a trabajar para DigiCom, en Cupertino?
–Sí, claro que me acuerdo.
–Venías de DEC. En 1982.
–Sí.
–En DEC llevabas traje y corbata. Pero cuando entraste en DigiCom viste que Garvín llevaba téjanos. Y empezaste a ponerte téjanos.
–Claro. Era el estilo de la empresa.
–A Garvín le gustaban los Giants. Empezaste a ir a Candlestick Park a ver partidos.
–El era el jefe, por el amor de Dios.
–Y a Garvin le gustaba el golf. Así que aprendiste a jugar, a pesar de que lo odiabas. Recuerdo que me comentaste cómo lo odiabas. Todo el día persiguiendo aquella maldita pelotita.
–Mira, yo no me hice la cirugía estética para parecerme a su hijo.
-Porque no hacía falta, Thomas -repuso Dorfman. Hizo un ademán de desesperación-. ¿No lo entiendes? A Garvin le gustaban los jóvenes arrojados y agresivos que bebían cerveza, decían tacos y perseguían
mujeres. Y en aquella época tú hacías todas esas cosas.
–Era joven. Eso es lo que hacen todos los jóvenes.
–No, Thomas. Eso es lo que a Garvin le gustaba que hicieran los jóvenes.
Es un comportamiento inconsciente. La compenetración es inconsciente, Thomas. Pero la tarea de crear una compenetración es diferente si eres del mismo sexo que la otra persona. Si tu mentor es un hombre, puedes imitar a su hijo, su hermano o su padre. O puedes imitar al hombre que era él de joven, puedes recordarle a sí mismo. ¿Correcto? Sí, lo has entendido.
»Pero si eres una mujer, todo cambia. Tienes que convertirte en la hija, la amante o la esposa de tu mentor. O quizá la hermana. En cualquier caso, es muy diferente.
Sanders frunció el ceño.
–He visto muchos casos -prosiguió Dorfman-, ahora que los hombres empiezan a trabajar para las mujeres. Muchas veces los hombres no pueden estructurar la relación porque no saben comportarse como subordinados de una mujer. Se convierten en el hijo obediente, o en el amante o marido sustitutivo. Y si lo hacen bien, las otras mujeres de la organización se enfadan, porque no pueden competir como hijos, amantes o maridos ante el jefe. Y les parece que el hombre goza de ventaja.
Sanders no contestó.
–¿Lo entiendes? – preguntó Dorfman.
–Estás diciendo que ocurre en ambos sentidos.
–Sí, Thomas. Es inevitable. Es el proceso.
–Vamos, Max. No tiene nada de inevitable. Cuando murió la hija de Garvín fue una tragedia personal. Estaba muy deprimido y Meredith se aprovechó de…
-Basta -le interrumpió Dorfman-. ¿Pretendes cambiar la naturaleza humana? Siempre hay tragedias. Y la gente siempre se aprovecha. No es nada nuevo. Meredith es inteligente. Es maravilloso ver a una mujer tan inteligente, con tantos recursos y que además es guapa. Es un regalo del cielo. Es encantadora. Ése es tu problema, Thomas. Y lo es desde hace mucho tiempo.
–¿Qué quieres decir…?
–Y en lugar de preocuparte por tu problema, malgastas tu tiempo con estas… trivialidades. -Le devolvió las fotocopias-. Esto no tiene ninguna importancia, Thomas.
–Max, quieres hacer el favor de…
–Nunca has sido un buen jugador de equipo, Thomas. Eso nunca ha sido tu fuerte. Tu fuerte era que sabías coger un problema técnico y examinarlo, hacer trabajar a los técnicos, animarlos y motivarlos, y finalmente resolver el problema. Siempre acababas resolviéndolo. ¿Cierto?
Sanders asintió con la cabeza.
–Pero ahora abandonas tus capacidades por un juego que no te va.
–¿Qué quieres decir?
–Crees que amenazando con llevarlos a juicio pones en un compromiso a Meredith y a la empresa. Pero la verdad es que estás a merced de ellos. Has dejado que ella marque las pautas del juego, Thomas.
–Tenía que hacer algo. Ella quebrantó la ley.
–Ella quebrantó la ley -repitió Dorfman con sarcasmo-. ¡Oh! Y tú estás indefenso. Tu situación me entristece enormemente.
–No es tan fácil. Ella tiene buenos contactos. Hay gente importante que la respalda.
–¿Ah, sí? Todo ejecutivo con defensores tiene también fuertes detractores.
Y Meredith también tiene sus detractores.
–Te lo digo en serio, Max. Es peligrosa. Es una de esas personas a las que sólo interesa la imagen. Son todo imagen y nada de sustancia.
–Sí -dijo Dorfman-. Como muchos ejecutivos de hoy en día. Muy hábiles con las imágenes. Muy interesados en manipular la realidad. Una moda fascinante.
–No creo que Meredith esté preparada para dirigir este departamento.
–¿Y qué más da? – dijo Dorfman-. ¿A ti qué te importa? Si resulta incompetente, finalmente Garvín lo reconocerá y la sustituirá. Pero por entonces tú ya te habrás ido. Porque vas a perder esta partida con ella, Thomas. Sabe más que tú de política. Siempre ha sabido más.
Sanders asintió con la cabeza y dijo:
–Es implacable.
–Implacable, implacable… Es hábil. Tiene instinto. Y tú no. Si sigues en tus trece, lo perderás todo. Y merecerás ese destino, porque te habrás comportado como un idiota.
Sanders guardó silencio. Finalmente dijo:
–¿Qué me recomiendas que haga?
–Ah, ¿ahora quieres mi consejo?
–Sí.
–¿En serio? – Sonrió-. Lo dudo.
–Sí, Max. Te estoy pidiendo consejo.
–Muy bien. Éste es mi consejo: pide disculpas a Meredith, pide disculpas a Garvín y vuelve al trabajo.
–No puedo.
–Entonces no quieres mi consejo.
–No puedo hacerlo, Max.
–¿Demasiado orgullo?
–No, pero…
–Te ciega la ira. ¿Cómo se atreve esa mujer a actuar así? Ha quebrantado la ley y debe ser llevada ante la justicia. Es peligrosa, hay que detenerla. Estás henchido de una deliciosa indignación. ¿Me equivoco?
–Por favor, Max. No puedo hacerlo, sencillamente.
–Claro que puedes. Lo que pasa es que no quieres.
–Está bien. No quiero.
Dorfman se encogió de hombros:
–¿Entonces qué quieres de mí? ¿Vienes a pedirme consejo para no seguirlo?
Aunque no me extraña -añadió, sonriendo-. Tengo otros muchos consejos que darte que no te interesarían.
–¿Por ejemplo?
–¿Qué más te da? De todas formas no los seguirías.
–Vamos, Max.
–Lo digo en serio. No los seguirías. Estamos perdiendo el tiempo.
Márchate.
–Dímelo, por favor.
Dorfman suspiró:
–Está bien. Pero sólo porque recuerdo la época en que eras sensato.
Primero. ¿Me estás escuchando?
–Sí, Max.
–Primero: ya sabes todo lo que necesitas saber sobre Meredith Johnson. Así que ahora olvídate de ella. Ella no es asunto tuyo.
–¿Qué quieres decir?
–No me interrumpas. Segundo: Juega tu propio juego, no el de ella.
–¿A qué te refieres?
–Me refiero a que tienes que solucionar el problema.
–¿Qué problema? ¿El pleito?
Dorfman hizo un gesto de desesperación.
–Eres imposible. Estoy perdiendo el tiempo.
–¿Quieres decir que tengo que retirar la demanda?
–¿Acaso no entiendes mi idioma? Soluciona el problema. Haz lo que tú sabes hacer. Haz tu trabajo. Y ahora, vete.
–Pero, Max…
–Lo siento, no puedo hacer nada por ti -dijo Dorfman-. Es tu vida. Tienes que cometer tus errores. Y yo debo atender a mis invitados. Pero presta atención, Thomas. No te duermas. Y recuerda: todo comportamiento humano tiene un motivo. Todo comportamiento resuelve un problema.
Incluso tu comportamiento, Thomas.
Hizo girar la silla de ruedas y volvió al restaurante.
Maldito Max, pensó mientras bajaba por la calle Tercera. Max nunca se expresaba claramente; eso lo sacaba de sus casillas.
Ese es tu problema,., Thomas. Y lo ha sido desde hace mucho tiempo.
¿Qué demonios podía significar aquello?
Maldito Max. Enervante, frustrante y además agotador. Era lo que Sanders recordaba de las sesiones que tenía con él, cuando Max formaba parte de la junta directiva de DigiCom. Sanders salía de las reuniones agotado. En aquella época, en Cupertino, los ejecutivos jóvenes llamaban a Dorfman «el hombre de los acertijos».
Todo comportamiento humano resuelve un problema. Incluso tu comportamiento, Thomas.
Sanders agitó la cabeza. Era absurdo. Pero tenía cosas que hacer. Entró en una cabina telefónica que había al final de la calle y marcó el número de Gary Bosak. Eran las siete. Bosak debía de estar en casa, recién levantado de la cama, tomándose un café y empezando la jornada laboral. Se lo imaginó bostezando ante media docena de módems y pantallas de ordenador mientras empezaba a teclear para acceder a todo tipo de bases de datos.
Oyó un contestador automático: «Aquí Producciones MN. Deje su
mensaje.» Y un pitido.
–Gary, soy Tom Sanders. Sé que estás en casa. Contesta, por favor.
Bosak se puso al teléfono:
–Hola. Eres la última persona a la que esperaba oír. ¿Desde dónde llamas?
–Desde una cabina.
–Bien. ¿Cómo te va, Tom?
–Gary, necesito un par de cosas. Tendrías que analizarme unos datos.
–¿De qué se trata? ¿Es para la empresa o es algo privado?
–Privado.
–Mira, Tom. Tengo mucho trabajo. ¿Podemos hablar la semana que viene?
–Demasiado tarde.
–Es que ahora estoy muy ocupado, de verdad.
–¿Qué pasa, Gary?
–Venga, Tom. Ya sabes lo que pasa.
–Necesito ayuda, Gary.
–Ya sabes que me encantaría poder ayudarte. Pero acabo de recibir una llamada de Blackburn. Me ha dicho que si mantenía algún tipo de contacto contigo, mañana a las seis de la mañana iba a tener al FBI registrando mi apartamento.
–Mierda. ¿Cuándo te ha llamado?
–Hace un par de horas.
Un par de horas. Blackburn le llevaba ventaja.
–Gary…
–Ya sabes que siempre me has caído bien, Tom. Pero esto es un poco delicado, ¿me entiendes? Tengo que colgar.
–No me sorprende, francamente -dijo Fernández apartando su plato de papel. Sanders y ella se habían hecho llevar unos bocadillos a su despacho.
Eran las nueve de la noche y los otros despachos estaban a oscuras, pero el teléfono de la abogada seguía sonando, interrumpiéndolos frecuentemente.
Había empezado a llover otra vez. Estaba tronando y Sanders vio los relámpagos por la ventana.
Sanders se sentía solo en el mundo. Todo estaba ocurriendo muy deprisa; Louise Fernández, a la que ayer no conocía, se estaba convirtiendo en un personaje vital para él. Escuchaba atentamente cada palabra suya.
–Antes de continuar, tengo que remarcarle una cosa -dijo Fernández-. Hizo muy bien no aceptando la invitación de Ms. Johnson para entrar en su coche. No debe quedarse solo con ella nunca más. Ni siquiera un momento.
Jamás, bajo ninguna circunstancia. ¿Está claro?
–Sí.
–Si lo hace, lo estropeará todo.
–No lo haré.
–Muy bien. Veamos. He tenido una larga conversación con Blackburn.
Como usted imaginaba, lo están sometiendo a fuertes presiones para que resuelva este asunto. He intentado trasladar la sesión de mediación a la
tarde. Él ha insinuado que la empresa está preparada y quiere empezar cuanto antes. Está preocupado por lo que puedan durar las negociaciones.
Así que empezaremos mañana a las nueve.
–De acuerdo.
–Herb y Alan han estado trabajando. Creo que podrán ayudarnos mañana. Y
esos artículos sobre Meredith Johnson también podrían resultarnos útiles -
añadió, señalando las fotocopias de ComLine.
–¿Por qué? Dorfman dice que son irrelevantes.
–Sí, pero constituyen un documento de su pasado en la empresa, y eso nos proporciona pistas. Es algo con lo que podemos trabajar. Igual que ese e-mail de su amigo -dijo, y señaló la copia que Sanders había hecho del mensaje-. Eso es una dirección de Internet.
–Sí -dijo Sanders, sorprendido de que lo hubiera identificado.
–Nosotros trabajamos mucho con empresas de alta tecnología. Me encargaré de que alguien lo estudie. – Apartó la hoja-. Ahora veamos dónde estamos. No ha podido limpiar la mesa de su despacho porque ya habían estado allí.
–Exacto.
–Y habría vaciado los archivos de su ordenador, pero le han apartado del sistema.
–Sí.
–Entonces, ¿ya no puede cambiar nada?
–No. No puedo hacer nada. Es como si fuera una secretaria.
–¿Pensaba borrar algún documento?
Sanders vaciló.
–No. Pero habría echado un vistazo.
–¿No había nada en particular que quisiera mirar?
–No.
–Mr. Sanders, quiero que sepa que yo no tengo ninguna opinión. Sólo intento prepararme para lo que pueda pasar mañana. Quiero saber qué sorpresas nos tendrán preparadas.
–No, en mis archivos no hay nada que pueda resultar embarazoso.
–¿Está seguro?
–Sí.
–Bien. Creo que le conviene dormir un poco, porque quiero que mañana esté muy atento. ¿Podrá dormir?
–No lo sé.
–Si es necesario, tómese una pastilla.
–No se preocupe.
–Pues váyase a casa y métase en la cama, Mr. Sanders. Nos veremos mañana. Póngase chaqueta y corbata. ¿Tiene algún traje oscuro?
–Un blazer.
–Perfecto. Póngase una corbata discreta y camisa blanca. Y nada de colonia.
–Nunca voy vestido así al despacho.
–Lo de mañana no tiene nada que ver con su despacho, Mr. Sanders. De eso se trata, precisamente. – Se levantó y añadió-: Duerma un poco. Y procure no preocuparse. Creo que todo va a salir bien.
–Supongo que eso se lo dice a todos sus clientes.
–Sí. Y generalmente tengo razón. Duerma un poco, Tom. Nos veremos mañana.
Entró en su casa, vacía y oscura. Las muñecas Barbie de Eliza estaban apiladas desordenadamente en el mármol de la cocina. Junto al fregadero había un babero de su hijo, manchado de papilla. Dejó la cafetera preparada y subió al segundo piso. Pasó por delante del contestador automático, pero no reparó en que la luz estaba encendida.
Al entrar en el cuarto de baño para desvestirse, vio que Susan había enganchado una nota en el espejo: «Perdona por lo del almuerzo. Te creo.
Te quiero. S.»
Era típico de Susan enfadarse y luego pedir disculpas. Pero se alegró de que le hubiera dejado aquella nota, y pensó en llamarla. Pero en Phoenix era una hora más tarde y Susan debía de estar durmiendo.
Además, se dio cuenta de que en realidad no quería llamarla.
Como Susan había dicho en el restaurante, aquello no tenía nada que ver con ella. Sanders estaba solo, y seguiría solo.
Entró en su estudio, en calzoncillos. No había ningún fax. Encendió el ordenador y esperó a que la pantalla se iluminara.
La señal de e-mail estaba parpadeando. Sanders leyó el mensaje:
OceanofPDF.com