Acoso
Eddie
DECIRLES? ¿VAN A VENDER ESTA EMPRESA O NO?
EDDIE
Sanders no vaciló. No podía explicar a Eddie lo que estaba pasando.
Escribió su respuesta:
LA SEMANA PASADA LOS CONTABLES ESTUVIERON EN
IRLANDA. GARVÍN HA ORDENADO UN ANÁLISIS GENERAL DE
LA EMPRESA, Y ESTÁN METIENDO LAS NARICES EN TODAS
PARTES. DI A TU GENTE QUE NO HAGA CASO Y QUE SE PONGA A TRABAJAR.
TOM
OceanofPDF.com
Apretó la tecla send. El mensaje desapareció.
–¿Me has llamado? – Don Cherry entró en el despacho y se dejó caer en una butaca-. Madre mía, vaya día. Llevo toda la tarde sofocando incendios.
–Cuéntame.
–Me han mandado a unos inútiles de Conley que llevan todo el día preguntando a mis chicos qué diferencia hay entre RAM y rom. Como si tuvieran tiempo para esas cosas. Oye, son gente con talento, y su talento no puede malgastarse con clases particulares para abogados. ¿No puedes hacer nada?
–Nadie puede hacer nada.
–A lo mejor Meredith sí -dijo Cherry, sonriendo.
Sanders se encogió de hombros y repuso:
–Ella es la que manda.
–Ya. Bueno. ¿Qué querías?
–Tu grupo de Diagnóstico está trabajando con las unidades Twinkle.
–Cierto. Es decir, estamos trabajando con lo que ha quedado después de que los artistas de Lewyn las tocaran. ¿Por qué las mandaron primero a diseño?
No dejes que un diseñador se acerque a un equipo electrónico, Tom. Nunca.
A los diseñadores sólo tendría que permitírseles hacer dibujos en hojas de papel. Y habría que darles las hojas de una en una.
–¿Qué habéis averiguado de las unidades? – preguntó Sanders.
–Nada, todavía. Pero estamos considerando algunas ideas.
–¿Y por eso le has pedido a Arthur Kahn que te mandara diez unidades selladas?
–Sí.
–A Kahn le ha parecido extraño.
–¿Y qué? Que se extrañe. Le hará bien. Así tendrá algo con que distraerse.
–Yo tampoco lo entiendo.
–Mira -explicó Cherry-, a lo mejor nuestras ideas no nos conducen a ninguna parte. De momento lo único que nos han dejado los payasos de Lewyn es un chip sospechoso. Y no es gran cosa.
–¿El chip es defectuoso?
–No, al chip no le pasa nada.
–¿Entonces dónde está la sospecha?
–Ya hay demasiados rumores por ahí -prosiguió Cherry-. Lo único que puedo decir es que estamos trabajando en ello y que todavía no sabemos nada. Nada más. Las unidades selladas llegarán mañana o el miércoles, y una hora más tarde sabremos algo. ¿De acuerdo?
–¿Pero qué crees? ¿Se trata de un problema grave o no? Tengo que saberlo -
insistió Sanders-. El tema saldrá en las reuniones de mañana.
–De momento no lo sabemos. Podría ser cualquier cosa. Estamos trabajando en ello.
–Arthur opina que puede ser grave.
–Quizá tenga razón. Pero lo resolveremos. Es lo único que puedo decirte.
–Don…
–Ya sé que quieres una respuesta -dijo Cherry-. Pero no la tengo.
¿Entendido?
Sanders lo miró fijamente y dijo:
–Habrías podido llamarme. ¿Por qué has subido?
–Ya que lo preguntas, es que tengo un pequeño problema. Es un poco delicado. Acoso sexual.
–¿Otro? Por lo visto se está poniendo de moda.
–No somos los únicos -comentó Cherry-. Me han dicho que en UniCom hay catorce juicios en curso. En Digital Graphics hay todavía más. Y en MicroSys ni te cuento; son todos unos cerdos. Pero me gustaría que le dedicaras un poco de atención a este caso.
–De acuerdo -accedió Sanders, suspirando.
–Es en uno de mis grupos de programación. Son todos bastante mayores: entre veinticinco y veintinueve años. La supervisora del equipo de módems de fax llevaba tiempo detrás de uno de los chicos. Lo encuentra guapo. Él rechazaba todas las invitaciones. Hoy ha vuelto a insistir en el aparcamiento, a la hora de comer; él le ha dicho que no. La tía se mete en su coche, lo estampa contra el de él y se marcha. No ha habido heridos y él no quiere presentar queja, pero está preocupado, cree que la tía se está pasando. Y me ha pedido consejo. ¿Qué puedo hacer?
Sanders frunció el ceño.
–¿Crees que sólo ha sido eso? ¿Que ella está mosqueada con él porque la ha rechazado? ¿Seguro que él no ha hecho nada para provocar esta situación?
–Él asegura que no. Es un tipo bastante formal. Un poco basto, ya me
entiendes.
–¿Y la chica?
–Tiene mal genio, de eso no hay duda. A veces grita a sus compañeros. He tenido que llamarle la atención más de una vez.
–¿Qué dice ella del incidente del aparcamiento?
–No lo sé. El chico me ha pedido que no hable con ella. Dice que prefiere que no se arme mucho jaleo.
Sanders se encogió de hombros.
–Así pues, los dos están ofendidos, pero ninguno quiere hablar… No lo sé, Don. Si una mujer le ha dañado el coche, supongo que tendría que hacer algo. Probablemente se ha acostado con ella una vez y no ha querido volver a verla, y por eso ella está enfadada.
–Sí, yo he pensado lo mismo -dijo Cherry-, pero a lo mejor nos equivocamos.
–¿Y los daños del coche?
–Nada importante. Un intermitente roto. Él dice que no quiere que la cosa vaya a más. ¿Qué hago? ¿Lo dejo correr?
–Si él no quiere presentar una queja, yo lo dejaría correr.
–¿Crees que debería hablar con ella en plan informal?
–Mejor que no. Si la acusas de incorrección, aunque sea informalmente, te arriesgas a tener problemas. Nadie te apoyará. Porque lo más probable es que el chico hiciera algo para provocarla.
–Aunque él lo niegue.
Sanders suspiró:
–Mira, Don, siempre lo niegan. Nunca he oído a nadie que dijera: «Me lo merezco.» Eso no pasa nunca.
–Así que lo dejo correr.
–Redacta un informe de lo que te ha contado el chico, asegúrate de que escribes el incidente tal como él te lo ha contado, y olvídalo.
Cherry asintió y se levantó, dispuesto a marcharse. Ya en la puerta, se detuvo y se giró.
–Dime una cosa, Tom, ¿por qué estamos los dos tan convencidos de que este tío tiene que haber hecho algo?
–Es lo más probable, sencillamente -contestó Sanders-. Ahora ve y arregla esa maldita unidad.
A las seis en punto se despidió de Cindy y se llevó los informes del Twinkle al despacho de Meredith, en el quinto piso. El sol todavía entraba por las ventanas. Parecía más temprano de lo que era.
A Meredith le habían asignado el despacho de la esquina, que había pertenecido a Ron Goldman. Meredith también tenía una nueva secretaria.
Sanders se imaginó que Meredith se la había llevado con ella de Cupertino.
–Soy Tom Sanders. Tengo una cita con Ms. Johnson.
–Hola, Mr. Sanders. Soy Betsy Ross, de Cupertino -dijo la secretaria-. No diga nada.
–De acuerdo.
–Todo el mundo hace algún comentario sobre mi nombre. Estoy harta.
–De acuerdo.
–Toda la vida.
–Está bien.
–Voy a avisar a Ms. Johnson.
–Hola, Tom. – Meredith lo saludó con un ademán; con la otra mano sostenía el auricular del teléfono-. Entra y siéntate.
Desde el despacho, orientado hacia el norte, se veía todo el centro de Seattle: el Space Needle, las Arly Towers, el edificio Sodo. A la luz del sol de la tarde, la ciudad estaba preciosa.
–Acabo enseguida. – Siguió hablando por el auricular-: Sí, Ed, Tom acaba de llegar y vamos a hablar de eso. Sí, ha traído la documentación.
Sanders levantó el dossier que contenía los informes sobre el Twinkle. Ella señaló su maletín, que estaba abierto en un extremo de la mesa, y le indicó que lo metiera dentro.
–Sí, Ed -prosiguió-, creo que todo seguirá según lo previsto, y te aseguro que nadie tiene intención de parar ningún proyecto. No, no… Bueno, si quieres podemos hacerlo a primera hora de la mañana.
Sanders metió su dossier en el maletín.
–Así es, Ed. Sin ninguna duda -añadió Meredith. Se acercó a Tom y se sentó en un canto de la mesa; su falda azul marino dejó al descubierto un muslo. No llevaba medias-. Todo el mundo está de acuerdo en que esto es importante, Ed. Sí. – Balanceó el pie, con el zapato de tacón colgando de los dedos. Sonrió a Sanders, que se sintió incómodo y se volvió un poco-.
Te lo prometo, Ed. Sí. Puedes estar seguro.
Meredith colgó el teléfono inclinándose sobre la mesa y dejando entrever sus pechos bajo la blusa de seda.
–Ya está -dijo. Se incorporó y suspiró-. Los de Conley han oído que hay problemas con el Twinkle. Era Ed Nichols; está un poco nervioso. Es la tercera llamada que recibo con respecto al Twinkle esta tarde. Como si eso fuera lo único que tiene esta empresa. ¿Qué te parece el despacho?
–Muy bonito. Tiene muy buena vista.
–Sí, la ciudad es preciosa. – Meredith se apoyó en un brazo y cruzó las piernas. Vio que Sanders lo notaba, y dijo-: No me gusta llevar medias en verano. Cuando hace tanto calor me gusta llevar las piernas desnudas.
–Este calor durará hasta finales del verano -comentó Sanders.
–La verdad es que odio este clima -dijo ella-. Después de California… -
Descruzó las piernas y volvió sonreír-. Pero a ti te gusta, ¿verdad? Pareces feliz.
–Sí. – Se encogió de hombros-. Acabas acostumbrándote a la lluvia. –
Señaló el maletín-. ¿Quieres que hablemos del Twinkle?
–Sí, desde luego. – Meredith bajó de la mesa y se acercó a él. Lo miró fijamente y añadió-: Pero espero que no te importe que primero abuse un poco de ti. Sólo un poco, ¿de acuerdo?
–Como quieras.
Se apartó de él y dijo:
–Sirve el vino, ¿quieres?
–Bien.
–Asegúrate de que está bastante frío. – Sanders se acercó a la mesa auxiliar, donde estaba la botella-. Antes te gustaba muy frío.
–Ya -repuso Sanders, removiendo la botella en el hielo. Ahora no le gustaba tan frío, pero en aquella época sí.
–Nos lo pasamos muy bien.
–Sí -reconoció Sanders.
–En serio -insistió ella-. A veces pienso que cuando éramos jóvenes y empezábamos a vivir…, pienso que fue la mejor época de mi vida.
Sanders vaciló, sin saber qué decir, ni con qué tono. Sirvió el vino.
–Sí -dijo Meredith-. Nos lo pasamos bien. Lo pienso muchas veces.
Yo no, pensó Sanders.
–¿Y tú, Tom? ¿Piensas en aquella época?
–Claro. – Cruzó la habitación con las copas de vino; le dio una a Meredith y brindaron-. Claro que sí. Todos los hombres casados piensan en los viejos tiempos. Ya sabes que estoy casado, ¿no?
–Sí. Muy casado, según dicen. ¿Cuántos hijos tienes? ¿Tres?
–No; dos. – Sonrió-. A veces es como si fueran tres.
–Y tu esposa es abogada, ¿verdad?
–Exacto. – Hablar de su esposa y sus hijos le hacía sentirse más seguro.
–No entiendo cómo la gente soporta estar casada -dijo Meredith-. Yo lo intenté. Cuatro meses más de pensión a ese hijo de puta y seré libre.
–¿Con quién te casaste?
–Con un ejecutivo de cuentas de CoStar. Era guapo y gracioso. Pero resultó un tacaño de miedo. Llevo tres años manteniéndolo. Y además era un desastre en la cama. – Hizo un ademán despectivo para cambiar de tema.
Consultó su reloj y añadió-: Ahora siéntate y cuéntame qué pasa con el Twinkle.
–¿Quieres el expediente? Lo he puesto en tu maletín.
–No. – Meredith dio unas palmadas en el sofá-. Cuéntamelo tú.
Sanders se sentó a su lado.
–Tienes muy buen aspecto, Tom. – Se recostó y se quitó los zapatos; movió los dedos de los pies-. Uf, qué día tan pesado.
–¿Mucha tensión?
Meredith bebió un poco de vino y se apartó un mechón de la cara.
–Demasiados asuntos por resolver. Me alegro de que trabajemos juntos, Tom. Tengo la impresión de que eres el único amigo con que puedo contar en todo esto.
–Gracias. Lo intentaré.
–A ver, ¿es muy grave?
–Verás, es difícil decirlo. – Sanders sintió que no tenía más remedio que contárselo todo. Prosiguió-: Hemos fabricado unos prototipos muy buenos, pero las unidades que se fabrican en la planta de Kuala Lumpur no llegan a las cien milésimas de segundo.
Meredith suspiró y meneó la cabeza.
–¿Y sabemos por qué?
–Todavía no. Tenemos algunas pistas y estamos trabajando…
–Esa fábrica es nueva, ¿verdad?
–Sí, hace dos meses que funciona.
Meredith se encogió de hombros.
–Entonces será que tenemos problemas con una fábrica nueva. No parece tan alarmante.
–Pero el caso es que Conley-White va a comprar esta empresa por nuestra tecnología, y especialmente por la unidad de CD-ROM. Tal como están las cosas ahora mismo, es posible que no podamos cumplir nuestras promesas.
–¿Y piensas decírselo?
–Me temo que tarde o temprano se enterarán por sí mismos.
–Puede que sí y puede que no. – Meredith se recostó en el sofá-. Tenemos que mantener el contacto con la realidad. Tom, todos hemos visto serios problemas de producción desvanecerse de la noche a la mañana. Esta podría ser una de esas situaciones. Estamos desplegando la línea Twinkle. Hemos detectado ciertos problemas. No pasa nada.
–Quizá no. Pero no lo sabemos. Podría haber un problema con los chips de control, lo cual significaría cambiar nuestro proveedor de Singapur. Y
podría haber un problema todavía más fundamental. Un problema de diseño originado aquí.
–Puede -dijo Meredith-. Pero como dices, no lo sabemos. Y no veo ningún motivo para especular en un momento tan crítico.
–Pero para ser franco…
–No es una cuestión de franqueza -interrumpió Meredith-. Es una cuestión de la realidad subyacente. Vamos a repasarlo punto por punto. Les hemos dicho que tenemos una unidad Twinkle.
–Sí.
–Hemos fabricado un prototipo y lo hemos examinado hasta el mínimo detalle.
–Sí.
–Y el prototipo es una maravilla. Es dos veces más rápido que los más avanzados fabricados en Japón.
–Sí.
–Les hemos dicho que estamos desarrollando la unidad.
Sanders asintió.
–Pues entonces, Tom, les hemos contado lo que sabemos hasta ahora. Yo diría que estamos actuando de buena fe.
–Es posible, pero no sé si podemos…
–Tom. – Meredith puso la mano sobre el brazo de Sanders-. Siempre he admirado tu franqueza. Quiero que sepas lo mucho que aprecio tu experiencia, y la sinceridad con que abordas los problemas. Por eso estoy convencida de que lo del Twinkle se resolverá. Sabemos que básicamente es un buen producto que hace lo que esperábamos. Yo confío plenamente en él, y en tu capacidad para hacerlo funcionar según lo planeado. Y no tengo ningún inconveniente en decirlo en la reunión de mañana. – Hizo una pausa y lo miró atentamente-. ¿Y tú?
Su cara estaba muy cerca de la de Sanders; tenía la boca entreabierta.
–¿Yo qué? – dijo Sanders.
–Si tienes algún inconveniente en decirlo en la reunión.
Sus ojos eran azul claro, casi gris. Sanders lo había olvidado, y también había olvidado lo largas que eran sus pestañas. Su cabello lacio enmarcaba suavemente el rostro. Los labios carnosos. La expresión soñadora de sus ojos.
–No -contestó Sanders-. No tengo inconveniente.
–Muy bien. Entonces, por lo menos eso está decidido. – Sonrió y alzó su copa-: ¿Me sirves un poco más?
Sanders se levantó del sofá para coger la botella de vino. Sin quitarle los ojos de encima, Meredith dijo:
–Me alegro de ver que te cuidas. ¿Haces gimnasia?
–Dos veces por semana. ¿Y tú?
–Siempre has tenido un culo muy bonito.
Sanders se volvió:
–Meredith…
Ella rió y dijo:
–Lo siento. No puedo evitarlo. Somos viejos amigos, ¿no? – Lo miró, y añadió-: No te habré ofendido, ¿verdad?
–No.
–Supongo que no te habrás vuelto puritano.
–No, no.
–Tú no, por favor. – Se rió-. ¿Te acuerdas de la noche que rompimos la cama?
–No la rompimos exactamente -dijo Sanders mientras servía el vino.
–¿Cómo que no? Yo estaba montada en el pie de la cama, y la cama se desplomó; pero como tú no querías parar nos cambiamos de sitio, y cuando yo me estaba agarrando a la cabecera se desmontó del todo…
–Sí, lo recuerdo -dijo Sanders, que quería interrumpir aquella conversación-. Fueron tiempos fabulosos. Oye, Meredith…
–… y entonces llamó la vecina, ¿te acuerdas? Aquella anciana lituana.
Quería saber si había habido algún accidente.
–Sí, ya. Oye, hablando del Twinkle…
Meredith cogió la copa.
–Ya veo que te estoy abochornando. No habrás pensado que pretendo ponerte en un aprieto, ¿no?
–No, no. Nada de eso.
–Me alegro, porque no es mi intención. Te lo prometo. – Lo miró, divertida, y luego echó la cabeza hacia atrás, mostrando su largo cuello, y se bebió el vino-. De hecho, yo… ¡Au! – exclamó de pronto.
–¿Qué te pasa? – preguntó Sanders inclinándose hacia delante.
–El cuello. Me ha dado un calambre. Aquí, aquí… -Señaló la base del cuello, con los ojos todavía cerrados por el dolor.
–¿Qué puedo hacer?
–Frótame un poco… Aquí…
Sanders dejó la copa y le masajeó el hombro:
–¿Por aquí?
–Sí… ah… un poco más fuerte.
Sanders sintió cómo los músculos del hombro se relajaban. Meredith suspiró, movió la cabeza a uno y otro lado y luego abrió los ojos.
–Mucho mejor. Pero no pares.
Sanders siguió masajeándole la zona.
–Gracias. Ya me ha pasado. Es que tengo un nervio mal. Me pellizca no sé qué, y cuando me duele… -Volvió a mover la cabeza, haciendo comprobaciones-. Lo has hecho muy bien. Siempre has tenido buenas manos, Tom.
Sanders seguía frotándole el cuello y el hombro. Quería parar. Todo aquello era un error. Estaba sentado demasiado cerca de ella, y no quería tocarla.
Pero también era agradable tocarla. Sentía curiosidad.
–Qué manos -dijo Meredith-. Cuando estaba casada, siempre pensaba en ti.
–¿Ah, sí?
–En serio. Ya te lo he dicho, él era un desastre en la cama. No soporto a los hombres que no saben qué hacer con una mujer. – Cerró los ojos-. Ése nunca ha sido tu caso.
Meredith suspiró, cada vez más relajada, y entonces Sanders tuvo la
impresión de que se caía sobre él, sobre sus manos. Era una sensación inconfundible. Inmediatamente, le dio un último y amistoso apretón en el hombro y apartó la mano.
Meredith abrió los ojos y sonrió:
–Oye -dijo-, no te preocupes.
Sanders se volvió y cogió su copa:
–No estoy preocupado.
–Me refiero al Twinkle. Si resulta que al final tenemos problemas y necesitamos apoyo de más arriba, lo conseguiremos. Pero no nos adelantemos a los acontecimientos.
–De acuerdo. Me parece sensato. – Lo alivió hablar de nuevo del Twinkle.
Volvía a territorio seguro-. ¿Con quién hablarías? ¿Directamente con Garvín?
–Sí, creo que sí. Prefiero hacer las cosas de manera informal. – Lo miró-.
Has cambiado mucho.
–¿Yo? No, sigo siendo el mismo.
–Yo creo que has cambiado. – Sonrió-. Antes no habrías dejado de frotarme.
–Meredith -dijo Sanders-, ahora es diferente. Tú diriges el departamento.
Trabajo para ti.
–No seas tonto.
–Es la verdad.
–Somos colegas -dijo Meredith haciendo pucheros-. Nadie me considera superior a ti. Sólo me han dado el trabajo administrativo. Somos colegas,
Tom. Y lo único que quiero es que tengamos una relación abierta y amistosa.
–Yo también.
–Me alegro. – Se inclinó hacia él repentinamente y le dio un beso en los labios-. ¿Qué? ¿Tan terrible ha sido?
–No, en absoluto.
–¿Quién sabe? A lo mejor tenemos que ir a Malasia juntos para examinar las cadenas de montaje. En Malasia hay playas fabulosas. ¿No has estado en Kuantan?
–No.
–Te encantaría.
–Seguro que sí.
–Ya te llevaré. Podríamos coger un par de días extra. Descansar un poco, tomar el sol…
–Oye, Meredith…
–No tiene por qué enterarse nadie, Tom.
–Estoy casado.
–Pero eres un hombre.
–¿Qué significa eso?
–Vamos, Tom -repuso ella, fingiendo severidad-. No pretenderás que me crea que nunca dejas a tu esposa al margen. No olvides que te conozco.
–Me conociste hace mucho tiempo, Meredith.
–La gente no cambia. Al menos en eso.
–Yo creo que sí.
–Venga, Tom. Ya que vamos a trabajar juntos, podríamos divertirnos un poco.
A Sanders no le gustaba el cariz que tomaba la situación. Se sentía arrastrado hacia posiciones incómodas.
–Ahora estoy casado -repitió, y se sintió mojigato y anticuado.
–A mí no me interesa tu vida privada. Sólo me preocupa tu rendimiento profesional. Tanto trabajo y tan poca diversión, Tom… Puede ser malo para ti. No debes descuidar el ocio. – Se inclinó hacia él-. Venga, sólo un beso…
Sonó el intercomunicador:
–Meredith -dijo la secretaria.
Ella se incorporó, irritada.
–Te he dicho que no me pasaras llamadas.
–Lo siento. Es Mr. Garvin.
–Está bien. – Meredith se levantó del sofá y se dirigió hacia su mesa-. Pero no me pases ninguna más, Betsy.
–De acuerdo. Pensaba irme dentro de diez minutos, si no te importa. Tengo que hablar con el propietario de mi nuevo apartamento.
–Sí, puedes irte. ¿Me has traído el paquete?
–Lo tengo aquí.
–Tráemelo y luego puedes marcharte.
–Gracias. Te paso a Mr. Garvin por la dos.
Meredith cogió el auricular y sirvió más vino.
–Hola, Bob. ¿Qué ocurre? – Resultaba imposible pasar por alto la familiaridad con que hablaba.
Meredith estaba de espaldas a Tom, hablando con Garvin. Él, sentado en el sofá, se sentía desamparado, pasivo e inútil. La secretaria entró en el despacho con una pequeña bolsa de papel marrón que entregó a Meredith.
–Claro que sí, Bob -decía Meredith-. Estoy de acuerdo. Nos encargaremos de eso.
Mientras esperaba para despedirse de Meredith, la secretaria sonrió a Tom.
El se sintió incómodo, así que se levantó, se dirigió hacia la ventana, cogió su teléfono portátil y marcó el número de Mark Lewyn. Al fin y al cabo, había prometido a Mark que lo llamaría.
–Me parece muy buena idea, Bob -continuó Meredith-. Creo que tendríamos que guiarnos por eso.
Tom oyó un contestador automático. Una voz masculina dijo: «Deja tu mensaje después de oír la señal.» Luego oyó un pitido electrónico.
–Mark -dijo-, soy Tom Sanders. He hablado con Meredith sobre el Twinkle.
Ella opina que estamos en una etapa temprana de producción y que estamos probando las cadenas. Dice que no podemos asegurar que haya problemas importantes, y que mañana en la reunión deberíamos dar a entender a los inversores y a Conley-White que la situación es normal…
La secretaria salió del despacho, sonriendo a Tom al pasar por su lado.
–…y que si más adelante tenemos problemas con la unidad y hay que acudir a dirección, ya lo arreglaremos. Le he transmitido tus opiniones y ahora está hablando con Bob, de modo que supongo que acudiremos a la reunión con esa postura…
La secretaria llegó a la puerta. Se detuvo un momento para echar el pestillo; luego salió y cerró la puerta.
Sanders frunció el ceño: había cerrado la puerta con pestillo antes de salir.
No se trataba de que lo hubiera hecho, sino de que parecía haberlo hecho según un acuerdo; todo el mundo sabía lo que estaba pasando, excepto él…
–… En fin, Mark, si hay algún cambio te llamaré antes de la reunión de mañana, y…
–Deja ese teléfono -dijo Meredith de pronto; estaba a su lado, cogiéndole la mano y apretando su cuerpo contra el de él. Lo besó en los labios. Tom dejó el teléfono sobre la mesa mientras se besaban, y Meredith lo llevó hasta el sofá.
–Espera un momento…
–Oh, Tom, llevo todo el día deseándote -dijo ella, apasionada.
Lo besó de nuevo y se colocó encima de él, inmovilizándolo con una pierna. Sanders estaba en una posición bastante incómoda, pero aun así respondió involuntariamente. Lo primero que pensó fue que podía entrar alguien. Se vio echado boca arriba en el sofá con su jefa encima de él, con su elegante traje azul marino, y le preocupó lo que pudiera pensar la persona que los viera. Pero estaba participando.
Ella lo notó, y eso la encendió aún más. Se apartó un poco para tomar aliento:
–Me gustas, Tom. Oh, lo sabes tan bien. No soporto que ese cerdo me
toque. Esas ridículas gafas. ¡Oh! Estoy tan caliente. Hace años que no pego un polvo como Dios manda… -No terminó la frase; se abalanzó de nuevo sobre él, besándolo con fiereza. Sanders sintió la lengua de Meredith en su boca. Olió su perfume, y eso le trajo recuerdos.
Meredith cambió de postura para poder tocar a Tom, y cuando le palpó la entrepierna se puso a gemir. Buscó la cremallera. Sanders se vio acosado por imágenes contradictorias: Meredith y el deseo que sentía por ella, su mujer y sus hijos, los recuerdos del pasado, el apartamento de Sunnyvale, la cama rota. Imágenes de su mujer.
–Espera, Meredith…
–No, por favor, no digas nada. – Respiraba entrecortadamente. Tom recordó que siempre lo hacía. Acababa de recordarlo. Sintió su cálido aliento en la cara, vio sus ruborizadas mejillas. Meredith le desabrochó el pantalón y le cogió el miembro con su cálida mano.
–Dios mío -suspiró Meredith, acariciándolo; se deslizó por su cuerpo.
–Oye, Meredith…
–Déjame hacer -dijo ella con voz ronca-. Sólo un momento.
Se llevó el miembro a la boca. Lo hacía muy bien. Las imágenes volvieron a invadir a Sanders. Recordaba que a ella le gustaba hacerlo en situaciones peligrosas: mientras él conducía por la autopista; en el lavabo de caballeros de una feria; en la playa de Napili, por la noche. Aquella secreta naturaleza impulsiva, aquel secreto calor… Cuando se la presentaron, el ejecutivo de ConTech le dijo: Es especialista en mamadas.
Al sentir cómo Meredith le chupaba el miembro, al sentir que su espalda se arqueaba a medida que la excitación le recorría el cuerpo, tuvo una inquietante sensación de placer y peligro. Habían pasado tantas cosas aquel día, había habido tantos cambios, todo era tan repentino. Se sintió dominado y en peligro. Echado de espaldas, tuvo la impresión de que estaba
aceptando una situación que no acababa de comprender, que no acababa de reconocer. Luego tendría problemas. No quería ir a Malasia con ella. No quería tener una aventura con su jefa. Ni siquiera quería tener un lío de una noche. Porque siempre pasaba lo mismo: la gente se enteraba, todo el mundo cotilleaba y te lanzaban miradas sagaces por el pasillo. Y tarde o temprano las esposas se enteraban. Siempre pasaba lo mismo. Portazos, abogados, discusiones sobre la custodia de los niños…
Y no quería nada de eso. Ahora llevaba una vida ordenada. Tenía compromisos. Aquella mujer que regresaba de su pasado no lo entendía.
Ella era libre. El no. Se movió.
–Meredith…
–Oh, Tom, sabes tan bien.
–Meredith…
Ella le cerró los labios con un dedo:
–Shhh. Ya sé que te gusta.
–Sí, me gusta mucho. Pero…
–Pues déjame hacer.
Mientras seguía chupándole, empezó a desabrocharle la camisa, pellizcándole las tetillas. Se sentó a horcajadas sobre él; tenía la blusa abierta y los pechos colgando. Buscó las manos de Sanders y se las puso en los pechos.
Todavía conservaba unos pechos perfectos; le tocó los pezones, que se endurecieron. Meredith gimió y se retorció. Sanders sintió su calor. Empezó a oír un zumbido que le invadía la cabeza y anulaba el resto de los ruidos.
La habitación parecía distante, y sólo había aquella mujer y aquel cuerpo, y su deseo.
Entonces sintió un arrebato de ira, una especie de furia masculina por estar atrapado, dominado por ella, y quiso tomar las riendas, tomarla a ella. Se incorporó y la cogió del cabello bruscamente, levantándole la cabeza y haciendo girar su cuerpo. Ella lo miró a los ojos y comprendió.
–¡Sí! – exclamó Meredith, poniéndose a un lado para que él pudiera moverse. Sanders deslizó la mano entre sus piernas. Sintió su calor y las bragas de encaje. Tiró de ellas. Meredith se movió para ayudarlo, y él le bajó las bragas hasta las rodillas; ella acabó de quitárselas. Empezó a acariciarle el cabello a Sanders, con los labios pegados a su oreja-. Sí… -
suspiró intensamente-. ¡Sí!
Tenía la falda alrededor de la cintura. Él la besó con avidez, abriéndole la blusa, apretando sus pechos contra su torso desnudo. Sintió su calor por todo el cuerpo. Movió los dedos, explorando sus labios. Ella jadeaba y asentía con la cabeza. Finalmente metió los dedos dentro.
Al principio se sorprendió: Meredith no estaba muy mojada, pero entonces recordó también eso. Siempre empezaba así, con mucha pasión, pero su sexo tardaba en responder, y no se excitaba del todo hasta que no lo hacía él. Lo que más la excitaba era el deseo de él, y siempre se corría después de él. A veces pocos segundos después, pero a veces él tenía que luchar para conservar la erección mientras ella se retorcía hasta conseguir el orgasmo, perdida en su propio mundo mientras él se desvanecía. Sanders siempre se sentía solo y utilizado. Aquellos recuerdos lo distrajeron, y ella notó su vacilación; lo cogió bruscamente, luchando con su cinturón, gimiendo, lamiéndole la oreja con su ardiente lengua.
Pero la desgana se estaba apoderando de él, su furioso ardor se estaba desvaneciendo, y un pensamiento cruzó por su mente: No vale la pena.
Ahora tenía una sensación que le resultaba familiar. Quedar con una antigua novia, sentirse atraído por ella en la cena, liarse otra vez, sentir deseo y de pronto, en el momento culminante, acordarse de todo lo que no había funcionado en aquella relación, sentir los antiguos conflictos y la irritación,
y desear no haber empezado nunca. Pensar, de pronto, en cómo salir de allí, cómo parar lo que había empezado. Pero generalmente no había forma de escapar.
Todavía tenía los dedos dentro de ella, que movía su cuerpo contra la mano, para que él tocase los puntos más sensibles. Estaba más húmeda, y sus labios se estaban hinchando. Abrió más las piernas. Respiraba hondo y lo acariciaba.
–Me gustas, Tom. Me encanta cómo me tocas.
Generalmente no había forma de escapar.
Sanders tenía el cuerpo en tensión; estaba preparado. Meredith le acariciaba el torso con sus duros pezones, y el miembro con los dedos. Le dio un breve lametón en el lóbulo de la oreja, y repentinamente Sanders sintió su propio deseo, ardiente y furioso, más intenso por el hecho de que en realidad él no quería estar allí, y porque se sentía manipulado. Se la iba a follar. Quería follársela.
Ella notó el cambio y gimió; ya no lo besaba, y se recostó en el sofá, expectante. Lo observó con los ojos entreabiertos, sin dejar de asentir con la cabeza. Él seguía tocándola, deprisa, repetidamente, haciéndola jadear; se dio la vuelta y la tendió boca arriba. Le subió la falda y le abrió las piernas.
Se colocó encima de ella y Meredith sonrió. Era una sonrisa victoriosa. Le enfureció ver que en cierto modo ella había ganado y se sentía superior, y de pronto quiso hacerla sentir tan dominada como se sentía él, borrar aquella mirada de superioridad de su rostro. Le abrió los labios, pero no la penetró; se contuvo, sobándola con los dedos.
Ella arqueó la espalda, incitándolo y diciendo:
–No, no… por favor…
Pero él esperó, mirándola. Su rabia estaba desapareciendo tan deprisa como había llegado, y se estaba distrayendo otra vez. Tuvo un momento de
lucidez, y se vio en el despacho, jadeando, un hombre casado con los pantalones por las rodillas, encima de una mujer en el sofá de un despacho.
¿Qué demonios estaba haciendo?
La miró y vio el estropeado maquillaje de los ojos, de la boca.
Ella lo había cogido por los hombros y tiraba de él:
–Oh, por favor… No, no… -Entonces apartó la cabeza y tosió.
Algo se rompió dentro de Sanders. Se sentó y dijo:
–Tienes razón. -Se levantó del sofá y se subió los pantalones-. Esto no está bien.
Ella se incorporó:
–¿Pero qué haces? – Parecía desconcertada-. Lo deseas tanto como yo. Lo sabes perfectamente.
–No. Esto no está bien, Meredith. – Se estaba abrochando el cinturón.
Ella lo miró fijamente, incrédula, como quien acaba de despertar.
–No lo dices en serio…
–No me parece buena idea. No me siento bien.
Meredith se enfureció:
–Asqueroso hijo de puta.
Se levantó rápidamente del sofá, se abalanzó sobre él y empezó a golpearlo con los puños apretados.
–¡Bastardo! ¡Capullo! ¡Cabronazo! – Sanders intentaba abrocharse la
camisa mientras esquivaba los golpes-. ¡Eres un cerdo! ¡Hijo de puta!
Sanders se dio la vuelta y ella fue tras él, tirando de su camisa para impedir que la abrochara.
–¡No puedes hacerme esto!
Le arrancó varios botones. Lo arañó, dejándole unas marcas rojas en el pecho. Él se dio la vuelta otra vez, esquivándola. Lo único que quería era marcharse de allí. Vestirse y largarse. Ella le golpeó en la espalda.
–¡Mal nacido! ¡No puedes dejarme así!
–Basta ya, Meredith. Se acabó.
–¡Vete a la mierda!
Lo agarró por el cabello y tiró con fuerza sorprendente, mientras le mordía la oreja. Sanders sintió un intenso dolor y la apartó de un empujón. Ella se tambaleó y acabó cayendo sobre la mesilla de cristal. Se quedó sentada en el suelo, jadeando.
–Maldito hijo de puta.
–Déjame en paz, Meredith. – Siguió abrochándose la camisa. Sólo podía pensar una cosa: Tengo que largarme. Recojo mis cosas y me largo. Cogió la chaqueta y reparó en su teléfono portátil, todavía en el alféizar de la ventana.
Rodeó el sofá y cogió el teléfono. Una copa de vino se estrelló contra la ventana, cerca de su cabeza. Meredith estaba de pie en el centro del despacho, buscando algo más que lanzarle.
–¡Te mataré! – gritó-. ¡Te mataré, lo juro!
–Basta, Meredith.
–Vete a la mierda. – Le arrojó una bolsa de papel que chocó contra la ventana y cayó al suelo. Dentro había una caja de preservativos.
–Me voy a casa. – Sanders se dirigió hacia la puerta.
–Eso es. Vete a tu casa con tu mujer y tu maldita familia.
Sanders vaciló.
–Sí -continuó Meredith, aprovechando su silencio-. Lo sé todo sobre ti, gilipollas. Como tu mujer no te folla, vienes aquí, me pones cachonda y luego te largas, so cabrón. ¿Te parece bonito tratar así a una mujer? Eres un gilipollas.
Sanders cogió el pomo de la puerta.
–¡Si me dejas así, estás acabado!
Sanders se volvió y la vio apoyada contra la mesa, tambaleándose. Está borracha, se dijo.
–Buenas noches, Meredith. – Hizo girar el pomo y recordó que la puerta estaba cerrada con pestillo. Lo retiró y abrió. Salió del despacho sin mirar atrás.
Una vez fuera, vio a una mujer de la limpieza vaciando las papeleras de las mesas de las secretarias.
–¡Te mataré por esto! – gritó Meredith.
La mujer de la limpieza la oyó, y miró a Sanders. Él apartó la mirada y se dirigió hacia el ascensor. Pulsó el botón, pero finalmente decidió bajar por la escalera.
Mientras regresaba a Winslow contempló la puesta de sol desde la cubierta del ferry. Era un anochecer apacible, sin apenas brisa; la superficie del agua estaba quieta y oscura. Volvió la vista hacia las luces de la ciudad e intentó juzgar lo que había ocurrido. Desde cubierta veía los pisos más altos del edificio de DigiCom, que asomaban por detrás de la línea horizontal del viaducto que bordeaba la costa. Intentó distinguir la ventana del despacho de Meredith, pero ya se habían alejado demasiado.
Una vez allí, en el ferry, dirigiéndose a su casa y a su familia, volviendo a la rutina cotidiana, los acontecimientos de la última hora empezaban a adquirir un carácter irreal. Le costaba creer que hubiera ocurrido. Repasó los sucesos mentalmente, intentando averiguar dónde se había equivocado.
Estaba convencido de que todo era culpa suya, de que Meredith lo había interpretado mal. De otro modo, ella jamás se le habría insinuado. Todo el episodio le resultaba bochornoso, y seguramente a ella también. Se sentía culpable y desgraciado, y muy inquieto respecto al futuro. ¿Qué iba a ocurrir ahora? ¿Qué iba a hacer Meredith?
No se lo imaginaba. Entonces se dio cuenta de que no la conocía. Habían sido amantes, pero mucho tiempo atrás. Ahora ella era una persona diferente, con nuevas responsabilidades. Para él era una extraña.
Sintió frío, aunque la noche era templada. Se sentó dentro y cogió su teléfono para llamar a Susan. Pulsó los dígitos, pero la luz no se encendió.
La batería se había agotado. No lo entendía: la batería tenía que durar un día entero. Pero se había terminado.
El final perfecto para un día desastroso.
Se miró en el espejo del lavabo, sintiendo el rugido de los motores del ferry.
Iba despeinado; tenía una mancha de carmín en los labios y otra en el cuello; le faltaban tres botones de la camisa y llevaba la ropa arrugada.
Tenía todo el aspecto de venir de echar un polvo. Ladeó la cabeza para mirarse la oreja: donde Meredith lo había mordido había una oscura marca.
Se desabrochó la camisa y vio los profundos arañazos que surcaban su
torso.
Dios ¿Cómo iba a evitar que Susan lo viera?
Mojó unas toallas de papel y se limpió el carmín. Se arregló el cabello y se abrochó la chaqueta, ocultando la camisa. Luego salió y se sentó junto a la ventana, donde permaneció contemplando el cielo.
–Hola, Tom.
Era John Perry, su vecino de Bainbridge. Perry era abogado y trabajaba con Marlin y Howard, uno de los bufetes más antiguos de Seattle; era de esa gente irremediablemente entusiasta. Sanders no estaba de humor para hablar con él. Pero Perry se sentó en el asiento de enfrente.
–¿Cómo te va? – preguntó Perry.
–Muy bien.
–Yo he tenido un día estupendo.
–Me alegro.
–Estupendo -insistió Perry-. Hemos arrasado en un juicio.
–Felicidades. – Siguió mirando por la ventana, con la esperanza de que Perry cogiese la indirecta y se marchara.
Pero no lo hizo.
–Sí -prosiguió Perry-. Y era un caso condenadamente difícil. Lo teníamos todo en contra. Título VII, Tribunal Federal. Nuestro cliente trabajaba en MicroTech y aseguraba que no la habían ascendido por ser mujer. Lo tenía difícil, la verdad, porque bebía, ya sabes. Había problemas. Pero en nuestro bufete hay una chica, Louise Fernández, una hispana, que es mortal con estos casos de discriminación. Mortal. Consiguió que el jurado asignara a
nuestra cliente casi medio millón. Esa Fernández es fabulosa. Ha ganado catorce de sus últimos dieciséis casos. Parece dulce e inofensiva, pero es de hielo. Te lo digo, a veces las mujeres me dan miedo.
Sanders guardó silencio.
Encontró la casa en silencio: los niños ya estaban durmiendo. Susan siempre acostaba temprano a los niños. Subió al dormitorio. Su mujer estaba sentada en la cama, leyendo, y había informes legales y papeles esparcidos por la colcha. Al verlo se levantó y lo abrazó. Sanders se puso en tensión involuntariamente.
–Lo siento mucho, Tom -dijo Susan-. Siento lo de esta mañana. Y también lo que ha pasado en el trabajo. – Le dio un beso en los labios. El se dio la vuelta. Temía que Susan pudiera oler el perfume de Meredith, o que…
–¿Estás muy enfadado por lo de esta mañana?
–No, de verdad. Pero he tenido un día bastante difícil.
–¿Ha habido muchas reuniones relacionadas con la fusión?
–Sí. Y mañana hay más. Es un jaleo.
Susan asintió con la cabeza:
–Me lo imagino. Acaban de llamar de tu despacho. Una tal Meredith Johnson.
Sanders intentó sonar casual:
–¿Ah sí?
–Sí. Hace unos diez minutos. – Susan se metió en la cama-. ¿Quién es? –
Siempre sospechaba cuando llamaba una mujer del despacho.
–Es la nueva vicepresidenta. Acaban de traerla de Cupertino.
–Me ha parecido… No sé, me hablaba como si me conociera.
–No creo que hayáis coincidido nunca. – Sanders esperó, con la esperanza de que no tendría que decir nada más.
–Bueno -prosiguió Susan-. La he encontrado muy simpática. Me ha pedido que te dijera que todo está preparado para la reunión de mañana por la mañana a las ocho y media, y que os veréis allí.
–Muy bien.
Sanders se quitó los zapatos y empezó a desabrocharse la camisa, pero se detuvo. Se agachó y recogió los zapatos.
–¿Cuántos años tiene? – preguntó Susan.
–¿Quién? ¿Meredith? No lo sé. Treinta y cinco, más o menos. ¿Por qué?
–Por nada. Sólo era curiosidad.
–Voy a tomar una ducha.
–Muy bien. – Cogió sus informes legales y se sentó otra vez en la cama, ajustando la lámpara de lectura. Antes de que Sanders saliera de la habitación, añadió-: ¿La conoces?
–Sí, la había visto en Cupertino.
–¿Y qué hace aquí?
–Es mi nueva jefa.
–Así que es ella.
–Sí, es ella.
–¿La protegida de Garvin?
–Sí. ¿Quién te lo ha dicho? ¿Adele? – Adele era la mujer de Mark Lewyn, una de las amigas más íntimas de Susan.
Ella asintió con la cabeza y añadió:
–También me ha llamado Mary Anne. La verdad es que el teléfono no ha dejado de sonar.
–Me lo imaginaba.
–¿Y Garvin se la tira?
–No se sabe. La opinión más generalizada es que no.
–¿Y por qué la ha traído, en lugar de darte el puesto a ti?
–No lo sé, Sue.
–¿No has hablado con Garvin?
–Vino a verme por la mañana, pero yo no había llegado.
Susan asintió con la cabeza.
–Debes de estar furioso. ¿O te lo has tomado con filosofía, como siempre?
–Bueno… -Se encogió de hombros-. ¿Qué quieres que haga?
–Podrías dimitir.
–Eso es absurdo.
–Te han dejado de lado. ¿No tienes que dimitir?
–No son buenos tiempos. Y tengo cuarenta y un años. No me apetece volver a empezar. Además, Phil asegura que en el plazo de un año pondrán a la venta el departamento técnico. Aunque no lo esté dirigiendo, tendré un puesto importante en la nueva empresa.
–¿Te ha dado Phil los detalles?
Sanders asintió con la cabeza.
–Nos concederán veinte mil acciones a cada uno, y opciones para comprar cincuenta mil más. Y luego opciones para otras cincuenta mil cada año.
–¿A cuánto?
–Unos veinticinco centavos por acción.
–¿Ya cuánto se ofrecerá el stock"? ¿A cinco dólares?
–Por lo menos. El mercado de IPO se está fortaleciendo. Podríamos llegar a diez. O quizá veinte.
Hubo un breve silencio. Sanders sabía que a Susan se le daban bien los números.
–No -dijo ella finalmente-. No puedes dimitir.
Sanders lo había calculado muchas veces. Con las opciones sacaría, como mínimo, lo suficiente para liquidar la hipoteca en un solo pago. Pero si las cosas iban bien, podía ser verdaderamente fantástico. Podía ganar entre cinco y catorce millones de dólares. Por eso la venta era el sueño de todos los que trabajaban en una empresa de tecnología.
–Por mí -dijo Sanders- pueden poner a Godzilla al mando del departamento,
pero yo me quedaré por lo menos dos años más.
–¿Y es eso lo que han hecho? ¿Poner a Godzilla?
–No lo sé -contestó Sanders, encogiéndose de hombros.
–¿Te llevas bien con ella?
Sanders vaciló:
–No estoy seguro. Voy a ducharme.
–Muy bien -repuso Susan. Sanders la miró: ya estaba leyendo sus notas otra vez.
Después de ducharse, enchufó su teléfono al cargador de batería y se puso una camiseta y unos pantalones cortos. Se miró en el espejo: la camiseta le cubría los arañazos. Pero seguía preocupado por el perfume de Meredith. Se puso loción de afeitar en las mejillas.
Luego fue a la habitación de su hijo. Matthew roncaba con el pulgar en la boca y se había destapado Sanders lo arropó con cuidado y lo besó en la frente.
Luego entró en la habitación de Eliza. Al principio no la vio: últimamente, a su hija le había dado por dormir enterrada en un lío de sábanas y almohadas. Se acercó de puntillas y vio una mano que sobresalía y le hacía señas. Se acercó.
–¿Cómo es que todavía no duermes, Lize? – susurró.
–Estaba soñando -contestó la niña. Pero no parecía asustada.
Sanders se sentó en el borde de la cama y le acarició el cabello:
–¿Qué soñabas?
–Soñaba con la bestia.
–Ah, ya.
–En realidad la bestia era un príncipe, pero una bruja lo había hechizado.
–Ya. – Siguió acariciándole el cabello.
–Y lo había convertido en una bestia horripilante.
Estaba citando la película, palabra por palabra.
–Eso es -dijo Sanders.
–¿Por qué?
–No lo sé, Lize. Eso dice la historia.
–¿Porque no le ofreció cobijo? – Volvía a citar literalmente-. ¿Por qué, papi?
–No lo sé.
–Porque no había amor en su corazón.
-Lize, es hora de dormir.
–Primero cuéntame un cuento, papi.
–Está bien. Hay una hermosa nube blanca colgando sobre tu cama, y…
–Ese cuento no me gusta, papi -le interrumpió la niña, frunciendo el ceño.
–Está bien. ¿Qué clase de cuento quieres?
–Uno sobre Kermit.
–Muy bien. Kermit está sentado aquí, junto a tu cabeza, y va a pasar la noche vigilándote.
–Y tú también.
–Sí, yo también. – La besó en la frente y ella se dio la vuelta. Al salir de la habitación, Sanders oyó a Lize chuparse el pulgar.
Volvió a su dormitorio y apartó los informes legales que había encima de la cama.
–¿Todavía estaba despierta? – preguntó Susan.
–Quería que le contara un cuento de Kermit.
Su mujer asintió con la cabeza:
–Está loca por Kermit.
Susan no hizo ningún comentario sobre la camiseta de Tom. Él se metió en la cama y de pronto se sintió exhausto. Cerró los ojos. Susan recogió sus papeles y a continuación apagó la luz.
–Mmm. Qué bien hueles.
Se acurrucó a su lado, apretó su mejilla contra la de él y pasó una pierna por encima de las suyas. Era un preámbulo inconfundible que a Sanders le molestaba. Le molestaba el peso de la pierna de Susan.
–¿Te has puesto la loción pensando en mí? – preguntó Susan.
–Susan… -Sanders suspiró, exagerando su cansancio.
–Porque funciona, ¿sabes? – Susan deslizó una mano por debajo de la camiseta de su marido.
De pronto Sanders se enfureció. ¿Qué demonios le pasaba? Susan no era nada sutil con esas cosas. Siempre lo acosaba en los momentos y en los sitios más inoportunos. Le cogió la mano.
–¿Te pasa algo? – dijo ella.
–Estoy muy cansado, Sue.
–Has tenido un mal día, ¿verdad? – dijo ella, comprensiva.
–Sí, bastante malo.
Ella se incorporó y se apoyó en el codo, inclinándose sobre él. Le acarició los labios con un dedo:
–¿No quieres que te anime un poco?
–No, de verdad.
–¿Ni un poquito?
Sanders suspiró.
–¿Estás seguro? – insistió Susan-. ¿Seguro, seguro? – Se deslizó debajo de las sábanas.
Él le cogió la cabeza con ambas manos:
–Susan, por favor.
Ella rió.
–Sólo son las ocho y media. No me creo que estés tan cansado.
–Lo estoy.
–Apuesto a que no…
–Maldita sea, Susan. No estoy de humor.
–De acuerdo. – Se apartó de él-. Pero entonces no sé para qué te pones la loción de afeitar.
–Por el amor de Dios.
–La verdad es que ya casi no hacemos el amor.
–Porque tú siempre estás de viaje -repuso impulsivamente.
–Yo no estoy siempre de viaje.
–Duermes fuera un par de veces a la semana.
–Eso no es «estar siempre de viaje». Además, es mi trabajo. Esperaba un poco más de apoyo.
–Ya te apoyo.
–Quejarse no es apoyar.
–Mira, Susan. Cuando tú estás fuera, vuelvo pronto a casa. Doy de comer a los niños y me encargo de todo para que tú no tengas que preocuparte…
-A veces -le interrumpió Susan-. Y a veces te quedas hasta tarde en el despacho, y los niños se quedan con Consuelo hasta las tantas…
–Oye, yo también trabajo.
–Así que no me vengas con eso de que te encargas de todo. Yo paso muchas
más horas que tú en casa, yo soy la que tiene dos trabajos, y la mayor parte del tiempo tú haces lo que quieres, como todos.
–Susan…
–De vez en cuando vienes pronto, y entonces te comportas como un mártir.
– Susan se incorporó y encendió la lámpara-. Todas las mujeres que conozco trabajan más que sus maridos.
–Susan, no quiero discutir.
–Sí, claro, cúlpame a mí. Yo soy la que tiene problemas. Sois todos iguales.
Estaba cansado, pero la irritación le infundió energía. De pronto se sintió fuerte; se levantó de la cama y empezó a pasearse por la habitación.
–¿Qué tiene que ver que sea hombre? – dijo-. ¿Me vas a salir otra vez con el cuento de la opresión?
–Oye -dijo ella, incorporándose más-. Las mujeres estamos oprimidas. Eso es un hecho.
–¿Ah, sí? ¿En qué estáis oprimidas? No sabéis lo que es poner una lavadora. No sabéis lo que es hacer la comida. No sabéis lo que es fregar un suelo. Eso os lo hacen. Os lo hacen todo. Os llevan a los niños al colegio y os los van a buscar. Tú eres socia de un bufete, por el amor de Dios. Estás tan oprimida como Leona Helmsley.
Susan lo miraba fijamente, boquiabierta. Sanders sabía por qué: Susan se había quejado de la opresión de las mujeres en muchas ocasiones, y él nunca le había llevado la contraria. Pero ahora la contradecía. Estaba cambiando las reglas del juego.
–No puedo creer lo que dices. Pensaba que eras distinto. – Lo miró con frialdad-. Lo dices porque una mujer te ha robado el puesto, ¿verdad?
–¿De qué vamos a hablar ahora? ¿De la fragilidad del ego masculino?
–Es eso, ¿verdad? Te sientes amenazado.
–No, no es eso. ¿Quién es el frágil? Tu ego es tan frágil que ni siquiera puedes aceptar que te rechace en la cama.
Sanders advirtió que Susan no sabía cómo responder a aquello. Se quedó sentada, mirándolo con expresión sombría.
–Desde luego… -dijo Sanders, y se dispuso a salir del dormitorio.
–Has empezado tú -dijo Susan.
–No es verdad.
–Sí, has empezado tú. Tú has sacado lo de mis viajes.
–No. Tú te estabas quejando de que no hacemos el amor.
–Sólo lo he comentado.
–Por Dios. Cómo se me ocurrió casarme con una abogada.
–Y no puedes negar que tu ego es frágil.
–Susan, ¿hablas en serio? Mira, tú eres tan condenadamente frágil que has montado un cirio esta mañana porque tenías que ponerte guapa para ir al pediatra.
–Ah, ya estamos. Por fin. Sigues enfadado porque te he hecho llegar tarde.
¿Qué pasa? ¿Crees que no te han dado el puesto por haber llegado tarde?
–No -contestó Sanders-. Yo no…
–No has conseguido el puesto -siguió Susan- porque Garvin se lo ha dado a
otra persona. No jugaste bien tus cartas, y otra persona lo ha hecho mejor.
Nada más. Una mujer lo ha hecho mejor.
Furioso, temblando, incapaz de decir nada, Sanders se volvió y salió del dormitorio.
–Eso, vete -dijo Susan-. Márchate. Siempre haces lo mismo. No quieres enterarte, Tom. Pero es la verdad. Si no te han dado el puesto, no puedes culpar a nadie más que a ti mismo.
Sanders dio un portazo.
Se sentó en la cocina. Sólo se oía el murmullo de la nevera. Por la ventana de la cocina, a través de la hilera de abetos, veía el reflejo de la luna en la bahía.
Se pregunto si Susan bajaría, pero no lo hizo. Se levantó y se puso a dar vueltas. Al cabo de un rato recordó que no había cenado. Abrió la puerta de la nevera. Estaba llena de comida para niños, jarros de zumo, vitaminas infantiles, botellas de jarabe. Buscó un poco de queso, y una cerveza. Sólo encontró una lata de Coca-Cola Light de Susan.
Cómo han cambiado las cosas, pensó. Antes, su nevera estaba llena de comida congelada, patatas fritas, salsa picante y montones de cervezas. Sus días de soltero.
Cogió la Coca-Cola. Eliza estaba empezando a bebería, también. Le había dicho a Susan cientos de veces que no quería que los niños tomaran bebidas light. Tenían que llevar una alimentación sana. Comer comida de verdad.
Pero Susan estaba demasiado ocupada, y a Consuelo le traía sin cuidado.
Los niños comían todo tipo de porquerías. No le gustaba. Él no se había criado así.
Nada para comer. No había nada en su nevera. Por suerte, abrió un Tupperware y encontró un bocadillo de mantequilla de cacahuete a medio comer. Era de Eliza… Lo cogió y lo examinó, preguntándose cuántos días