Acoso
De: A. Kahn
A las ocho y media transmitió el memorándum de Bosak al fax privado de Garvín. Luego pidió a Cindy que hiciera copias de todos los faxes que Mohammed Jafar le había enviado la noche anterior. Sanders había pasado casi toda la noche en vela, leyendo el material enviado por Jafar. Y desde luego era interesante. Jafar no estaba enfermo. No lo había estado nunca. Su presunta enfermedad era una mentira que Kahn y Meredith habían preparado.
Puso la cinta de DAT en la máquina y giró la pantalla hacia Fernández.
–¿Me lo vas a explicar? – preguntó ella.
–Creo que no hará falta.
En el monitor apareció el siguiente mensaje:
5 SEGUNDOS PARA CONEXIÓN DE VÍDEO: DC/C/DC/M.
DE: A. KAHN
A: M. JOHNSON.
Sanders vio a Kahn en la fábrica y unos instantes después la pantalla se dividió y Meredith apareció en su despacho de Cupertino.
–¿Qué es eso? – preguntó Fernández.
–La grabación de una comunicación de vídeo. De la semana pasada.
–Pensaba que habían borrado todas las comunicaciones.
–Sí, las de aquí sí. Pero en Kuala Lumpur todavía había copias. Esta me la ha enviado un amigo mío.
Arthur Kahn se aclaró la garganta y dijo:
«Estoy un poco preocupado, Meredith.»
«No tienes motivo para estarlo», repuso Meredith.
«Es que seguimos sin cumplir los requisitos. Como mínimo tendríamos que quitar los purificadores de aire y poner otros mejores.»
«Ahora no.»
«Es imprescindible, Meredith.»
«Todavía no.»
«Pero esos purificadores son inadecuados, Meredith. Pensamos que funcionarían, pero no sirven.»
«No importa.»
Kahn estaba sudando. Se frotó la barbilla, nervioso:
«Tom acabará enterándose, Meredith. Sólo es cuestión de tiempo. No es ningún estúpido.»
«Estará distraído.»
«Sí, eso dices tú.»
«Además, va a dimitir.»
Kahn se mostró sorprendido.
«¿Que va a dimitir? No creo que…»
«Confía en mí. Va a dimitir. No le va a gustar nada trabajar para mí.»
Fernández observaba la pantalla con atención. Dijo:
–Y que lo digas.
«¿Por qué no le va a gustar?», preguntó Kahn.
«Créeme, lo odiará. Tom Sanders dimitirá en cuanto yo ponga los pies en mi nuevo despacho.»
«¿Pero cómo puedes estar segura de que…?»
«No tiene alternativa. Sanders y yo tuvimos una historia. Lo sabe toda la empresa. Si surgen problemas, nadie lo creerá a él. Y él no es tonto. Sabe que si quiere seguir trabajando no le queda otro remedio que aceptar el acuerdo que le ofrezcamos y largarse.»
Kahn asintió con la cabeza y se secó el sudor de las sienes.
«Y nosotros decimos que fue Sanders el que hizo los cambios en la fábrica,
¿no? Pero él lo negará.»
«Nunca llegará a saberlo. Recuerda, Arthur, para entonces se habrá marchado.»
«¿Y si no se va?»
«Confía en mí. Se irá. Está casado y tiene hijos. Se marchará, te lo aseguro.»
«Pero ¿y si me llama y me pregunta qué ha pasado en la cadena?»
«Finge, Arthur. Hazte el loco. Estoy segura de que puedes hacerlo. A ver,
¿con qué otras personas suele hablar Sanders?»
«Con el encargado, a veces. Jafar está enterado de todo. Y es de esos tipos honrados. Me temo que pueda…»
«Que se vaya de vacaciones.»
«Acaba de volver de unas vacaciones.»
«Pues dale otras, Arthur. Sólo necesito una semana.»
«No sé, no estoy seguro de que…»
«Arthur», lo interrumpió Meredith.
«¿Sí?»
«En el futuro te recompensaré por estos favores.»
«De acuerdo, Meredith.»
«Bien.»
La imagen desapareció de la pantalla y luego ésta se oscureció.
–Bastante vulgar -comentó Fernández.
–Meredith no pensó que los cambios importaran, porque no entendía nada de producción -explicó Sanders-. Sólo pretendía rebajar los costes. Pero como sabía que al final se enterarían de que los cambios realizados en la fábrica los había hecho ella, creyó que tenía la forma de librarse de mí, de obligarme a marcharme de la empresa. En ese caso podría
responsabilizarme de los cambios.
–Y Kahn la apoyó.
Sanders asintió con la cabeza.
–Y se sacaron de encima a Jafar -agregó la abogada.
–Sí. Kahn dijo a Jafar que fuera a visitar a su primo, que vive en Johore, para que yo no pudiera hablar con Jafar. Pero no se le ocurrió que Jafar pudiera llamarme. – Sanders consultó su reloj y dijo-: ¿Dónde está?
–¿Dónde está qué?
La pantalla emitió una serie de pitidos y a continuación apareció el rostro de un locutor de noticias, de piel oscura y muy atractivo; hablaba mirando a la cámara, en un idioma extranjero.
–¿Qué es esto? – preguntó Fernández.
–Las noticias del Canal Tres, del pasado mes de diciembre. – Sanders se levantó y apretó un botón. La cinta salió despedida.
–¿De qué hablan?
Cindy volvió de la fotocopiadora con los ojos desorbitados. Llevaba un enorme fajo de papeles, separados con clips.
–¿Qué vas a hacer con esto? – preguntó a Sanders.
–No te preocupes -contestó él.
–Pero esto es terrible, Tom. ¿Te das cuenta de lo que ha hecho?
–Sí, me doy cuenta.
–Corre el rumor de que la fusión se ha suspendido -añadió la secretaria.
–Ya veremos.
Con la ayuda de Cindy, Sanders empezó a ordenar los papeles y a colocarlos en dossiers.
–¿Qué piensas hacer, exactamente? – preguntó Fernández.
–El problema de Meredith es que miente -dijo Sanders-. Es muy lista, y normalmente se sale con la suya. Lleva toda la vida haciéndolo. Quiero ver si es capaz de decir una mentira monumental.
Consultó su reloj. Eran las nueve menos cuarto. Faltaban quince minutos para que empezara la reunión.
La sala de reuniones estaba abarrotada. Había quince ejecutivos de Conley-White sentados a lo largo de un lado de la mesa, con John Marden en medio; y quince ejecutivos de DigiCom a lo largo del otro lado, con Garvín en medio.
Meredith Johnson, de pie en la cabecera de la mesa, dijo:
–A continuación hablará Tom Sanders. Tom, ¿podrías ponernos al día de los avances del Twinkle, por favor?
–Por supuesto, Meredith. – Se levantó. El corazón le latía con violencia. Se dirigió a la tarima de la sala-. El Twinkle es un revolucionario reproductor de CD-ROM. – Mostró la primera lámina, y añadió-: El CD-ROM es un pequeño disco láser donde se almacenan datos. Su fabricación resulta barata y en él se puede introducir una enorme cantidad de información en cualquier forma: palabras, imágenes, sonidos, vídeo, etcétera. En un solo disco cabe el equivalente a seiscientos libros, o, gracias a nuestras investigaciones, una hora y media de vídeo. Y cualquier combinación. Por ejemplo: se puede hacer un libro de texto que contenga textos, fotografías,
breves secuencias de películas, dibujos animados, etcétera. Los costes de producción son muy reducidos.
Los de Conley-White escuchaban atentamente. Garvín tenía el ceño fruncido. Meredith parecía nerviosa.
–Pero para que los CD-ROM funcionen satisfactoriamente, necesitamos dos cosas. En primer lugar, un reproductor portátil. Como éste. – Sostuvo en alto el reproductor y luego se lo pasó a los de Conley-White para que lo examinaran-. Posee una autonomía de cinco horas y una pantalla excelente.
Se puede utilizar en el tren, el autobús o en un aula. En realidad, se puede utilizar en cualquier sitio donde pueda leerse un libro.
Los ejecutivos lo examinaron. Luego volvieron a mirar a Sanders.
–El otro problema de la tecnología CD-ROM -prosiguió Sanders- es que resulta lenta. Acceder a todos esos maravillosos datos es un poco trabajoso.
Pero las unidades Twinkle que nosotros hemos desarrollado con éxito son dos veces más rápidas que cualquier otra unidad que se fabrique actualmente en el mundo. El Twinkle es igual de rápido que cualquier ordenador corriente. En el plazo de un año esperamos rebajar el precio de cada unidad al de un videojuego. Y actualmente estamos fabricando las unidades. Hemos tenido algunos problemas, pero ya los estamos resolviendo.
–¿Puedes profundizar un poco más en eso? – dijo Meredith-. Arthur Kahn me ha dado a entender que todavía no sabemos con exactitud por qué las unidades no funcionan correctamente.
–La verdad es que sí lo sabemos -repuso Sanders-. Los problemas no son graves. Tengo la certeza de que los solucionaremos en cuestión de días.
–¿Ah, sí? – Meredith enarcó las cejas-. ¿Conque hemos localizado el problema?
–Sí, así es.
–Es una noticia estupenda.
–Sí.
–Desde luego, estupenda -intervino Nichols-. ¿Era un problema de diseño?
–No -contestó Sanders-. No hay ningún error en el diseño que hemos realizado aquí, y tampoco hay ningún error en los prototipos. Lo que tenemos es un problema de producción relacionado con la cadena de montaje de Malasia.
–¿Qué tipo de problema?
–La fábrica no está correctamente equipada -explicó Sanders-. Tendríamos que estar utilizando robots para instalar los chips de control y los caché ram en los tableros, pero los trabajadores malayos los están instalando manualmente. Los están metiendo a presión con el dedo pulgar. Además, la cadena de montaje está sucia, así que los split optics están llenos de partículas de polvo. Debería haber purificadores de aire de nivel siete, pero los que hay instalados son de nivel cinco. Asimismo, deberíamos recibir algunos componentes de un suministrador de confianza de Singapur, pero las piezas proceden de otro suministrador. Más barato y peor.
–Instalaciones inadecuadas, condiciones inadecuadas, componentes inadecuados… -Meredith meneó la cabeza-. Lo siento. Corrígeme si me equivoco, pero ¿no fuiste tú el encargado de montar la fábrica, Tom?
–Sí. El otoño pasado viajé a Kuala Lumpur y la organicé con la ayuda de Arthur Kahn y de Mohammed Jafar, el encargado.
–¿Entonces cómo explicas que tengamos tantos problemas?
–Lamentablemente, hubo una serie de errores en la puesta en marcha de la fábrica.
–Tom, todos sabemos que eres una persona muy competente. ¿Cómo pudo ocurrir? – preguntó Meredith fingiendo desconcierto.
Sanders vaciló. El momento había llegado.
–Porque se alteraron las especificaciones.
–¿Que se alteraron? ¿Cómo?
–Creo que eso es algo que te corresponde explicarnos, Meredith. Porque fuiste tú la que ordenó los cambios.
–¿Que yo los ordené?
–Exacto, Meredith.
–Me parece que te confundes, Tom -repuso ella con serenidad-. Yo nunca he tenido nada que ver con la fábrica de Malasia.
–Viajaste allí en dos ocasiones. En noviembre y en diciembre del año pasado.
–Viajé a Kuala Lumpur, sí, porque había que resolver la disputa que tú habías provocado con el gobierno malayo. Fui a Kuala Lumpur y lo resolví.
Pero no intervine en el funcionamiento de la fábrica.
–Creo que te equivocas, Meredith.
–Te lo aseguro -replicó ella, tajante-. No tuve nada que ver con la fábrica, ni con esos cambios de que hablas.
–La verdad es que fuiste a la fábrica e inspeccionaste los cambios que habías ordenado.
–Lo siento, Tom. No es verdad. Ni siquiera he estado nunca en esa fábrica.
En la pantalla que había a espaldas de Meredith aparecieron las imágenes del vídeo del noticiario. El locutor, de chaqueta y corbata, miraba hacia la cámara.
–¿Dices que nunca has estado en la fábrica?
–Exacto. No sé quién te puede haber dicho tal cosa.
En la pantalla aparecieron imágenes del edificio de DigiCom de Malasia y del interior de la fábrica. La cámara mostraba las cadenas de montaje; había un grupo de personas realizando una visita de inspección. Vieron a Phil Blackburn, y a su lado estaba Meredith Johnson. La cámara la enfocó mientras ella hablaba con un obrero.
Se produjo un murmullo en la sala.
–Esto es vergonzoso -dijo Meredith-. Esto está fuera de contexto. No sé de dónde lo habrás sacado…
–Del Canal Tres de la televisión malaya. Es su versión local de la BBC. Lo siento, Meredith.
La grabación terminó y la pantalla se oscureció. Sanders hizo un gesto y Cindy empezó a recorrer la mesa, entregando a cada uno de los asistentes un dossier.
–No sé de dónde has sacado esa cinta, pero… -dijo Meredith.
–Damas y caballeros, si quieren abrir sus dossiers -continuó Sanders-, encontrarán el primero de una serie de memorándums del Equipo de Revisión de Operaciones, que en el período que nos ocupa estaba dirigido por Meredith Johnson. Fíjense en el primer memorándum, con fecha diecisiete de noviembre del año pasado. Verán que está firmado por Meredith Johnson; en él se estipula que se llevarán a cabo una serie de cambios para satisfacer las demandas laborales del gobierno malayo.
Concretamente, especifica que los instaladores automáticos de chips no se
incluirán y que ese trabajo será realizado manualmente. Eso satisfacía al gobierno malayo, pero significaba que no podíamos fabricar las unidades.
–Pero ¿no comprendes, Tom, que no teníamos alternativa…?
–En ese caso era preferible no construir la fábrica allí -dijo Sanders-.
Porque con esas nuevas especificaciones no podíamos fabricar el producto.
–Puede que ésa sea tu opinión, pero…
–El segundo memorándum, con fecha tres de diciembre, indica que con el fin de rebajar los costes se modificaron los equipos de purificación de aire de la fábrica. Eso supone otra alteración de las especificaciones que yo había establecido. Y muy grave: en esas condiciones no es posible fabricar las unidades. En resumen, esas decisiones condenaron las unidades al fracaso.
–Mira -insistió Johnson-, si piensas que alguien va a creer que el fracaso de esas unidades es responsabilidad de otro…
–El tercer memorándum -añadió Sanders- resume la reducción de costes conseguida por el Equipo de Revisión. Verán que se atribuye una reducción del once por ciento. Ese ahorro ya ha sido superado por los retrasos de fabricación. Aunque adaptemos la cadena de montaje inmediatamente, ese ahorro del once por ciento se traduce en un aumento del coste de producción de casi el setenta por ciento. En el primer año supone un aumento del ciento noventa por ciento.
»El siguiente memorándum -prosiguió- explica por qué se adoptó el recorte de gastos. Durante las negociaciones de la fusión mantenidas entre Mr.
Nichols y Ms. Johnson, el otoño pasado, Ms. Johnson indicó que demostraría que era posible reducir los gastos de desarrollo de la alta tecnología, que era una de las preocupaciones manifestadas por Mr.
Nichols…
–Cielos -exclamó Nichols, leyendo el documento.
Meredith se acercó a Sanders.
–Perdona, Tom -dijo con firmeza-, pero tengo que interrumpirte. Lamento tener que decir esto, pero no vas a engañar a nadie con esta pequeña farsa.
Ni con tus «pruebas». – Elevó un poco el tono de voz-. Cuando se tomaron esas decisiones tú no estabas presente. No comprendes qué fue lo que nos condujo a ellas. Y con esos documentos no vas a convencer a nadie. – Lo miró con lástima-. Son sólo papeles, Tom. Palabras vacías. No puedes basarte en eso. ¿Crees que puedes entrar aquí y poner en tela de juicio a todo el equipo directivo? Te aseguro que no.
Garvín se puso en pie y dijo:
–Meredith…
–Déjame acabar. – Estaba ruborizada, colérica-. Esto es muy importante, Bob. Esto demuestra cuál es el problema de este departamento. Sí, se tomaron ciertas decisiones que ahora pueden parecer cuestionables. Sí, pusimos en práctica procedimientos innovadores que quizá no dieron los resultados esperados. Pero eso no justifica tu comportamiento, Tom. Esta actitud calculadora por parte de una persona capaz de hacer cualquier cosa para progresar, para hacerse un nombre a expensas de los demás; una persona capaz de manchar la reputación de cualquiera que se interponga en su camino; esa conducta despiadada… No lograrás engañar a nadie, Tom.
Te equivocas. Todo esto es una gran equivocación. Y vas a caer en tu propia trampa, Tom. Lo siento. No puedes entrar aquí y ponerte a hablar así. No funcionará. No ha funcionado. Nada más.
Hizo una pausa para tomar aliento y miró a los asistentes. Todos permanecían inmóviles y en silencio. Garvin seguía de pie; parecía trastornado. Lentamente, Meredith empezó a comprender que pasaba algo.
Cuando volvió a hablar lo hizo con un tono de voz más suave:
–Me parece que… que he expresado la opinión de todos los presentes. Era lo único que pretendía.
Hubo otro silencio, que Garvin interrumpió:
–¿Te importa salir de la sala un momento, Meredith?
Meredith, sorprendida, miró fijamente a Garvin. Luego dijo:
–Claro que no, Bob.
–Gracias, Meredith.
Meredith se marchó, caminando muy erguida.
–Mr. Sanders -dijo John Marden-, continúe con su presentación, por favor.
¿Cuánto tiempo cree que tardará en poner la fábrica a pleno rendimiento?
Sanders estaba sentado en su despacho, con los pies apoyados encima de la mesa y mirando por la ventana. Era mediodía, y lucía un sol intenso. De pronto entró Mary Anne Hunter y dijo:
–No lo entiendo.
–¿Qué es lo que no entiendes?
–La cinta de las noticias. Meredith tenía que saberlo. Porque estaba allí mientras grababan.
–Sí, claro que lo sabía. Pero no se imaginó que yo la conseguiría. Y
tampoco imaginaba que ella saldría en la grabación. Pensó que sólo saldría Phil. Ya sabes, es un país musulmán. Cuando se trata de negocios sólo les interesan los hombres.
–Ya.
–Pero el Canal Tres es un canal público -explicó Sanders-. Y de lo que
hablaban aquella noche en las noticias era de que el gobierno sólo había conseguido un éxito parcial en las negociaciones con DigiCom; los empresarios extranjeros se habían mostrado intransigentes y poco cooperativos. Querían proteger la reputación de Mr. Sayad, el ministro de Economía. Por eso las cámaras la enfocaron a ella.
–Porque…
–Porque es una mujer.
–Y con las mujeres no se puede trabajar.
–Algo así. El caso es que la noticia se centraba en ella.
–Y tú conseguiste la cinta.
–Sí.
–Bueno -dijo Hunter-. A mí no me importa.
Hunter se marchó y Sanders continuó mirando por la ventana.
Al cabo de un rato entró Cindy.
–La última noticia es que la fusión se ha suspendido -anunció.
Sanders se encogió de hombros. Se sentía vacío. Nada le importaba.
–¿Tienes hambre? – preguntó Cindy-. Si quieres puedo traerte algo.
–No, no tengo hambre. ¿Qué están haciendo?
–Garvín y Marden están hablando.
–¿Todavía? Pero si llevan más de una hora hablando.