Acoso
De: A. Kahn
de Cupertino, que aprobó los planes para la nueva fábrica de Kuala Lumpur.
–Sí, exactamente.
–Pero creo que su intervención se limita a lo que le he dicho.
–Ya. Bien. Quizá no me hayan informado bien -dijo Daly, cambiando de postura.
–¿Qué le han contado?
–No quiero entrar en detalles, pero le diré que alguien ha puesto en duda su aptitud.
–Entiendo -dijo Sanders. ¿Quién podía haber hablado de Meredith a Daly?
Ni Garvín ni Blackburn, por descontado. ¿Kaplan? No había forma de saberlo. Pero Daly sólo se había entrevistado con los directivos.
–Me gustaría saber -añadió Daly- qué opinión le merece a usted su aptitud técnica. Oficiosamente hablando, por supuesto.
En ese momento el ordenador de Sanders emitió tres pitidos. En la pantalla apareció el siguiente mensaje:
UN MINUTO PARA CONEXIÓN DE VÍDEO: DCS/KL.
DE: A. KAHN
A: T. SANDERS.
–¿Algún problema? – preguntó Daly.
–No. Por lo visto voy a recibir una comunicación por vídeo desde Malasia.
–Entonces seré breve; no quiero molestarlo más. ¿Preocupa en su departamento que Meredith Johnson no esté preparada para ocupar ese puesto?
Sanders se encogió de hombros:
–Es la nueva jefa. Ya sabe lo que pasa en las empresas. Siempre hay cierta preocupación con respecto a los nuevos jefes.
–Es usted muy diplomático. Pero dígame, ¿preocupa su inexperiencia? Al fin y al cabo, es muy joven. Tendrá que mudarse y vivir en otra ciudad.
Nuevas caras, nuevos compañeros de trabajo, nuevos problemas. Y aquí no estará tan bien protegida por Bob Garvín.
–No sé qué decir -repuso Sanders-. Tendremos que esperar.
–Y creo que en el pasado ya tuvieron problemas con una persona que dirigió el departamento sin ser técnico… Un tal… ¿Freeling el Histérico?
–Sí. no funcionó.
–¿Y no temen que ocurra algo parecido con Meredith?
–Me consta que el temor existe.
–¿Y sus medidas fiscales, esos planes de contención de costes? Ese es el tema crucial, ¿no?
¿Qué planes de contención de costes?, se preguntó Sanders.
La pantalla volvió a emitir un pitido.
UN MINUTO PARA CONEXIÓN DE VÍDEO: DCS/KL.
–Su ordenador lo reclama -dijo Daly, levantándose de la silla-. Gracias por atenderme, Mr. Sanders.
–De fiada, Mr. Daly.
Se dieron la mano. Daly salió del despacho. El ordenador de Sanders volvió a pitar:
15 SEGUNDOS PARA CONEXIÓN DE VÍDEO: DECS/KL.
Se sentó frente al monitor y cambió de sitio la lámpara de mesa, de forma que le iluminara la cara. El ordenador había iniciado la cuenta atrás.
Sanders consultó su reloj. Eran las cinco, las nueve en Malasia.
Seguramente Arthur llamaba desde la fábrica.
En el centro de la pantalla apareció un pequeño rectángulo que fue creciendo progresivamente. Sanders vio la cara de Arthur y, detrás de él, la bien iluminada cadena de montaje. Era una modélica fábrica moderna: limpia y silenciosa, los trabajadores vestidos de calle, situados ordenadamente a ambos lados de la cinta transportadora verde. En cada banco de trabajo había una potente lámpara fluorescente.
Kahn se aclaró la garganta y se frotó la barbilla.
–Hola, Tom. ¿Cómo estás? – dijo, y su imagen se desdibujó ligeramente. Su voz estaba un poco desincronizada, pues la señal de vídeo vía satélite iba un poco retrasada, mientras que la voz llegaba inmediatamente. La falta de
sincronía te distraía bastante los primeros segundos; hacía que la conexión pareciera irreal. Era como hablar con alguien bajo el agua. Luego te acostumbrabas.
–Bien, Arthur -contestó Sanders.
–Me alegro. Lamento lo de la nueva organización. No hace falta que te diga lo que pienso.
–Gracias, Arthur. – Sanders se preguntó cómo era posible que Kahn ya se hubiera enterado. Pero los cotillees viajan deprisa, en todas las empresas.
–Bueno. Mira, Tom, estoy en la fábrica, ya lo ves -dijo Kahn señalando la planta que tenía a sus espaldas-. Y todavía vamos muy atrasados. Y los spot checks no han mejorado. ¿Qué dicen los diseñadores? ¿Han recibido ya las unidades?
–Han llegado hoy. Todavía no tengo ningún resultado. Siguen trabajando.
–Bien. ¿Han mandado las unidades a Diagnóstico? – preguntó Kahn.
–Sí, creo que acaban de enviarlas.
–Pues hemos recibido un mensaje de Diagnóstico. Quieren que les enviemos otras diez unidades en bolsas de plástico selladas. Y han especificado que las selláramos dentro de la fábrica cuando acabaran de salir de la cadena. ¿Sabes algo de eso?
–No, acabo de enterarme. Déjame preguntarlo y volveré a llamarte.
–A mí me ha parecido muy raro. Diez unidades son muchas unidades. Si las mandamos de golpe, los de aduanas pondrán problemas. Y no entiendo eso del sello. Siempre las mandamos envueltas en plástico, pero no selladas.
¿Para qué quieren que las sellemos, Tom? – Kahn parecía preocupado.
–No lo sé. Ya te llamaré. Lo único que puedo decirte es que aquí todo el
mundo quiere saber por qué demonios no funcionan esas unidades.
–Igual que nosotros -dijo Kahn-. Créeme. Nos estamos volviendo locos.
–¿Cuándo las enviarás?
–Primero tengo que encontrar una máquina para sellarlas. Supongo que podré enviarlas el miércoles y las recibiréis el viernes.
–Demasiado tarde -dijo Sanders-. Tendrías que mandarlas hoy o mañana.
¿Quieres que yo consiga la máquina? Seguramente Apple me dejará una. –
Apple tenía una fábrica en Kuala Lumpur.
–Muy buena idea. Llamaré yo, a ver si Ron puede prestarme una.
–De acuerdo. ¿Qué pasa con Jafar?
–No me lo recuerdes. Acabo de hablar con el hospital. Por lo visto tiene retortijones y vómitos. No come nada. Los médicos dicen que ha sido víctima de una maldición.
–¿Creen en las maldiciones?
–Claro que sí -contestó Kahn-. Aquí tienen leyes contra la brujería. Puedes llevar a la gente a juicio.
–¿Y no sabes cuándo volverá?
–No, no lo sé. Por lo visto está muy enfermo.
–Está bien, Arthur. ¿Algo más?
–No. Buscaré la máquina para sellar. Y si te enteras de algo, dímelo.
–Lo haré -repuso Sanders, y puso fin a la transmisión. Kahn se despidió con un ademán, y la pantalla se quedó en blanco.
¿QUIERE GRABAR ESTA TRANSMISIÓN EN DISCO O EN DAT?
Sanders pulsó dat y la transmisión quedó grabada en cinta digital. Se levantó. No sabía qué estaba pasando, pero sería mejor que se informara antes de la reunión con Meredith, a las seis. Se dirigió a la mesa de Cindy.
Cindy estaba de espaldas, hablando por teléfono y riéndose. Al darse la vuelta y ver a Sanders, dejó de reír.
–Tengo que dejarte -dijo.
–¿Puedes buscarme los informes de producción del Twinkle de los últimos dos meses? – pidió Sanders-. Mejor dicho, todo lo que haya.
–Enseguida.
–Y llama a Don Cherry. Necesito saber qué está haciendo su grupo de diagnóstico con las unidades.
Volvió a su despacho. Vio que el cursor del e-mail parpadeaba y pulsó una tecla para leer los mensajes. Mientras esperaba, examinó los tres faxes que había encima de su mesa. Dos eran de Irlanda, informes de producción rutinarios. El tercero era una petición para reparar un techo de la planta de Austin; se había quedado estancada en Operaciones, en Cupertino, y Murphy se lo enviaba para ver si Sanders podía hacer algo.
La pantalla parpadeó. Sanders leyó el primer mensaje: HA VENIDO UN CONTABLE DE OPERACIONES. ESTÁ REVISANDO
LOS LIBROS Y VOLVIENDO LOCO A TODO EL MUNDO. Y DICEN
QUE MAÑANA VIENEN MÁS. LOS RUMORES SE SUCEDEN Y LA CADENA CADA DÍA VA MÁS LENTA. ¿QUÉ TENGO QUE