Acoso
Lunes
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
Se considerará práctica ilegal por parte de un empresario: 1) negarse a contratar o despedir a un individuo, o discriminarlo respecto de su remuneración, plazos, condiciones o privilegios de contratación, a causa de su raza, color, religión, sexo o nacionalidad; así como 2) limitar, segregar o clasificar a sus empleados o aspirantes a empleo de una forma que prive o tienda a privar a cualquier individuo de oportunidades de empleo, o bien perjudicar a un empleado debido a su raza, color, religión, sexo o nacionalidad.
título VII, acta de los derechos civiles, 1964
El poder no es ni masculino ni femenino.
katharine graham
LUNES
de: dc/m
arthur kahn
TWINKLE/KUALA LUMPUR/MALASIA
a: dc/s
tom sanders
seattle (domicilio particular)
tom:
a causa de la fusión, me pareció conveniente mandarte este fax a casa en
lugar de a tu despacho. pese a todos nuestros esfuerzos, las cadenas de producción DE TWINKLE ESTÁN TRABAJANDO AL 29% DE SU
CAPACIDAD. seguimos sin averiguar el origen de las anomalías DETECTADAS EN LAS UNIDADES; NO PODEMOS BAJAR DE 120-140 MILÉSIMAS DE SEGUNDO. ADEMÁS LAS PANTALLAS
TODAVÍA PARPADEAN, PROBABLEMENTE DEBIDO A UN
PROBLEMA EN LAS BISAGRAS, PESE A LAS MODIFICACIONES
REALIZADAS LA SEMANA PASADA. CREO QUE ESTE PROBLEMA TODAVÍA NO ESTÁ SOLUCIONADO.
¿cómo va la fusión? ¿seremos ricos y famosos? felicidades anticipadas por tu ascenso.
arthur
Tom Sanders no pensó que el lunes 15 de junio llegaría tarde al trabajo. A las 7.30 de la mañana se metió en la ducha de su casa de Bainbridge Island.
Sabía que tenía diez minutos para afeitarse, vestirse y salir de casa si quería coger el ferry de las 7.50 y llegar a la oficina a las 8.30, a tiempo de repasar los puntos pendientes con Stephanie Kaplan antes de entrar en la reunión con los abogados de Conley-White. Le esperaba un día ajetreado en el despacho, y el fax que acababa de recibir de Malasia no hacía más que empeorar las cosas.
Sanders era jefe de sección de la Digital Communications Technology de Seattle. Desde hacía una semana había mucho jaleo en la empresa porque DigiCom iba a ser adquirida por Conley-White, un grupo editorial de Nueva York. La fusión permitiría a Conley adquirir tecnología importante para la edición y la difusión de información en el futuro.
Pero las últimas noticias recibidas de Malasia no eran buenas, y Arthur había acertado enviándole aquel fax a su casa. No iba a resultarle fácil explicárselas a los de Conley-White porque ellos no…
–¿Tom? ¿Dónde estás? ¡Tom!
Susan, su mujer, le llamaba desde el dormitorio. Tom apartó la cabeza del chorro de la ducha.
–¡Estoy en el baño! ¿Qué quieres?
Ella contestó algo, pero Tom no la oyó. Salió de la ducha y cogió una toalla.
–¿Qué dices?
–Que si puedes dar el desayuno a los niños.
Su mujer, que era abogada, trabajaba cuatro días a la semana en un bufete del centro de la ciudad. Los lunes no iba a trabajar para pasar más tiempo con los niños, pero la rutina doméstica se le escapaba de las manos. En consecuencia, los lunes por la mañana solía haber crisis en la casa.
–Tom, ¿puedes darles el desayuno?
–No puedo, Sue. – El reloj del cuarto de baño marcaba las 7.34-. Llego tarde.
Abrió el grifo del lavabo para afeitarse y se enjabonó la cara. Era un hombre bastante guapo y atlético. Se tocó el cardenal que tenía en el costado, producto del partido de fútbol americano del sábado. Mark Lewyn le había hecho un placaje; Lewyn era rápido pero torpe. Y Sanders se estaba haciendo mayor para jugar a fútbol americano. Conservaba una buena figura, y sólo pesaba dos kilos más que cuando iba a la universidad, pero al pasarse la mano por el cabello húmedo vio algunas canas. Le había llegado el momento de reconocer sus limitaciones y pasarse al tenis.
Susan entró en el cuarto de baño, todavía con la bata puesta. Su mujer siempre estaba guapa por la mañana, recién salida de la cama. Tenía ese tipo de belleza que no requiere maquillaje.
–¿Seguro que no puedes darles el desayuno? – insistió-. Bonito cardenal.
Muy macho. – Le dio un beso y puso una cafetera recién hecha en la mesita-. Tengo que llevar a Matthew al pediatra a las ocho y cuarto, y ninguno de los dos ha comido nada todavía. Y yo aún tengo que vestirme.
¿No puedes darles el desayuno, por favor? Te lo pido por favor. – Se tocó el cabello, provocativa, y la bata se le abrió. Sin cubrirse, sonrió y añadió-: Te deberé una…
–No puedo, Susan. – La besó en la frente-. Tengo una reunión y no puedo llegar tarde.
Susan aspiró.
–Está bien. – Y salió fingiendo pucheros.
Sanders empezó a afeitarse.
Poco después oyó a su mujer: «¡Vámonos, niños! Ponte los zapatos, Eliza…» Eliza, de cuatro años, empezó a gimotear. No le gustaba llevar zapatos. Cuando estaba a punto de terminar el afeitado, Sanders oyó:
«¡Eliza, ponte los zapatos y llévate a tu hermano abajo ahora mismo!» Eliza dijo algo ininteligible, y Susan insistió: «¡Eliza Ann, estoy hablando contigo!» Luego Susan empezó a cerrar cajones del armario de la ropa blanca. Los niños se echaron a llorar.
Eliza, que era muy sensible, entró en el cuarto de baño con lágrimas en los ojos.
–Papi… -sollozó.
Sanders la abrazó con una mano mientras seguía afeitándose con la otra.
–¡Ya tiene edad para ayudar un poco! – gritó Susan desde el pasillo.
–Mami… -gimió Eliza, agarrada a la pierna de Sanders.
–¡Eliza, basta ya!
Eliza lloró con más fuerza. Susan, en el pasillo, golpeó el suelo con el pie.
Sanders no soportaba ver llorar a su hija.
–Está bien, Sue, ya les doy el desayuno. – Cerró el grifo y cogió a su hija en brazos-. Vamos, Lize -dijo, enjugándole las lágrimas-. A desayunar.
Salió al pasillo.
Susan suspiró, aliviada, y dijo:
–Sólo necesito diez minutos. Consuelo se está retrasando otra vez. No sé qué demonios le pasa.
Sanders no contestó. Su hijo Matt, de nueve meses, estaba sentado en medio del pasillo agitando su sonajero y llorando. Sanders lo cogió con el otro brazo.
–Vamos, niños. A comer.
Al coger a Matt, la toalla que llevaba alrededor de la cintura resbaló al suelo.
Eliza se echó a reír:
–Se te ve el pene, papi. – Empezó a agitar el pie, golpeándole el miembro a su padre.
–Eso no se hace -la reprendió Sanders. Se inclinó para recuperar la toalla, se la volvió a atar a la cintura y siguió su camino.
Susan le gritó:
–No olvides poner vitaminas en la papilla de Matt. Una cucharada. Y no le
des la de arroz, porque la vomita. Ahora le gusta la de trigo. – Se metió en el cuarto de baño y cerró de un portazo.
Eliza miró a su padre, muy seria:
–¿Hoy es uno de esos días, papi?
–Me temo que sí.
Bajó la escalera mientras pensaba que perdería el ferry y que llegaría tarde a la primera reunión del día. No muy tarde, sólo unos minutos, pero eso significaba que no tendría ocasión de repasar el orden del día con Stephanie; aunque podía llamarla desde el trasbordador, y entonces…
–¿Yo tengo pene, papá?
–No, Lize.
–¿Por qué?
–Porque las niñas no lo tienen, cariño.
–Los niños tienen pene y las niñas tienen vagina -dijo con solemnidad.
–Exacto.
–¿Por qué?
–Porque sí. – Sentó a su hija en una silla de la cocina, acercó la silla del niño a la mesa y colocó en ella a Matt-. ¿Qué quieres desayunar, Lize?
¿Krispies o Chex?
–Chex.
Matt empezó a golpear su silla con la cuchara. Sanders cogió el paquete de Chex y un cuenco del armario, y luego el paquete de cereales y un cuenco
más pequeño para Matt. Abrió la nevera para coger la leche. Eliza, que no le quitaba los ojos de encima, dijo:
–Papi…
–¿Qué?
–Yo quiero que mamá sea feliz.
–Yo también, cariño.
Preparó la papilla para Matt y la dejó delante del niño. Luego puso el cuenco de Eliza en la mesa y lo llenó de Chex. La miró:
–¿Así está bien?
–Sí -contestó la niña.
A continuación añadió la leche.
-¡No! -gritó su hija, rompiendo a llorar de nuevo-. ¡La leche quería ponerla yo!
–Lo siento, Lize…
–Sácala. Saca la leche. – Estaba completamente histérica.
–Lo siento mucho, Lize, pero ahora…
-¡La leche quería ponerla yo! -Bajó de la silla y se echó al suelo, pataleando-. ¡Sácala! ¡Saca la leche!
Su hija hacía cosas así varias veces al día. A Sanders le habían asegurado que no era más que una fase. Aconsejaban a los padres que actuaran con firmeza.
–Lo siento -insistió Sanders-. Tendrás que comértelo, Lize. – Se sentó junto a Matt para darle la papilla. El niño metió la mano en el cuenco y luego se restregó los ojos. Se echó a llorar.
Sanders cogió una servilleta para limpiarle la cara. El reloj de la cocina marcaba las ocho menos cinco. Pensó que sería mejor llamar al despacho y avisar que iba a llegar tarde. Pero primero tendría que tranquilizar a Eliza: la niña seguía en el suelo, pataleando y gritando.
–Está bien, Eliza, no te preocupes. – Cogió otro cuenco, puso más cereales y le dio a Eliza el cartón de leche para que se sirviera ella sola-. Ten.
Eliza se cruzó de brazos:
–No quiero.
–Eliza, ponte la leche ahora mismo.
Su hija se levantó y se sentó en la silla:
–Bueno.
Sanders se sentó, le limpió la cara a Matt y empezó a darle la papilla. El niño dejó de llorar instantáneamente y se puso a comer con avidez. El pobre tenía hambre. Eliza se puso de pie en la silla, levantó el cartón de leche y la derramó en la mesa.
–¡Oh! – exclamó.
–No importa -dijo Sanders. Con una mano limpió la mesa con la servilleta, mientras con la otra continuaba dando de comer a Matt.
Eliza cogió el paquete de cereales y se quedó contemplando el dibujo de Goofy, y empezó a comer. A su lado, Matt comía a buen ritmo. Por un momento hubo tranquilidad en la cocina.
Sanders miró por encima del hombro: eran casi las ocho. Tenía que llamar a la oficina. En ese momento entró Susan, con téjanos y un suéter beige.
Parecía más tranquila.
–Lo siento. Gracias por echarme una mano. – Besó a su marido en la mejilla.
–¿Eres feliz, mami? – preguntó Eliza.
–Claro que sí, cariño. – Susan sonrió a su hija, y luego miró a Tom-. Déjalo, ya me ocupo yo. No quiero que llegues tarde. Hoy es el gran día, ¿no?
¿Crees que anunciarán tu ascenso?
–Eso espero.
–Llámame en cuanto sepas algo.
–Lo haré.
Sanders se levantó, se anudó la toalla a la cintura y subió a vestirse. A aquella hora siempre había mucho tráfico. Si quería coger el ferry tenía que darse prisa.
Aparcó en su sitio, detrás de la gasolinera de Ricky, y se dirigió rápidamente hacia el ferry por la acera cubierta. Subió a bordo momentos antes de que retiraran la rampa. Sintió el rugido de los motores bajo sus pies, y salió a la cubierta principal.
–Hola, Tom.
Sanders se volvió. Dave Benedict subía detrás de él. Benedict era un abogado de un bufete que se encargaba de varias compañías de alta tecnología.
–Veo que tú también has perdido el de las ocho menos diez -comentó
Benedict.
–Sí. Ha sido una mañana de locos.
–No me hables. Tenía que estar en la oficina hace una hora. Pero como se ha acabado el colegio, Jenny no sabe qué hacer con los niños hasta que se van al campamento.
–Ya.
–Mi casa parece un manicomio -añadió Benedict, meneando la cabeza.
Hubo una pausa. Sanders tenía la impresión de que Benedict y él habían tenido una mañana parecida, pero no hablaron más de aquel tema. Sanders solía preguntarse por qué las mujeres hablaban de los detalles más íntimos de su matrimonio con sus amigas, mientras los hombres guardaban un discreto silencio con sus amigos.
–En fin -dijo Benedict-. ¿Cómo está Susan?
–Muy bien.
Benedict sonrió.
–Entonces, ¿por qué cojeas?
–El sábado pasado jugué a fútbol americano con mis compañeros de trabajo. Nos pasamos un poco.
–Eso te ocurre por jugar con niños -dijo Benedict. DigiCom era famosa por la juventud de sus empleados.
–Oye -objetó Sanders-, yo marqué.
–¿Ah, sí?
–Sí señor. Hice un touchdown ganador. Crucé la línea a toda mecha. Y
entonces me dieron.
Se pusieron en la cola de la cafetería de la cubierta principal.
–En realidad imaginaba que hoy llegarías al trabajo pronto y radiante -
continuó Benedict-. ¿No es hoy el gran día?
Sanders cogió su café y le echó azúcar.
–¿A qué te refieres?
–¿No tenían que anunciar la fusión?
–¿Qué fusión? – disimuló Sanders. La fusión era secreta; sólo unos cuantos ejecutivos de DigiCom estaban al corriente de ella. Miró a Benedict.
–Venga, hombre -dijo el abogado-. Tengo entendido que ya estaba decidido.
Y que hoy Bob Garvin iba a anunciar la reestructuración y unos cuantos ascensos. – Benedict bebió un poco de café-. Garvin se retira, ¿no?
Sanders se encogió de hombros y dijo:
–Ya veremos. – Benedict se estaba aprovechando de él, pero Susan trabajaba mucho con los abogados del bufete de Benedict; Sanders no podía ser grosero con él. Eso de que todo el mundo tuviera una esposa que trabajaba era una de las nuevas complicaciones de las relaciones de negocios.
Salieron a la cubierta y se quedaron de pie junto a la barandilla de babor, viendo pasar las casas de Bainbridge Island. Sanders señaló la casa de Wing Point, que durante muchos años había sido la residencia de verano de Warren Magnuson, cuando era senador.
–Me han dicho que han vuelto a venderla -dijo Sanders.
–¿Ah, sí? ¿Y quién la ha comprado?
–Algún gilipollas de California.
Bainbridge se deslizaba hacia la popa. Sanders y Benedict observaban las oscuras aguas del Sound. Los cafés despedían vapor a la luz de la mañana.
–¿Así que tú crees que Garvín no lo va a dejar? – insistió Benedict.
–Nadie lo sabe -contestó Sanders-. Bob levantó la empresa de la nada, hace quince años. Cuando empezó, vendía módems fabricados en Corea. Cuando nadie sabía lo que era un modem. Ahora la empresa tiene tres edificios en el centro y grandes instalaciones en California, Texas, Irlanda y Malasia.
Fabrica módems de fax del tamaño de una moneda, comercializa software de fax y de e-mail, se ha metido en CD-ROM, y ha desarrollado unas fórmulas de patente que podrían convertirla en el proveedor más importante de los mercados de educación del siglo veintiuno. Bob ha luchado mucho para llegar a donde está. No sé si podrá dejarlo.
–¿No lo exigen los términos de la fusión?
Sanders sonrió.
–Si sabes algo de una fusión, Dave, cuéntamelo -dijo-. Porque yo no he oído nada de eso.
La verdad era que Sanders no conocía los términos de la inminente fusión.
Su trabajo consistía en desarrollar reproductores de CD-ROM y bases de datos electrónicas. Aunque aquellas áreas eran vitales para el futuro de la empresa -constituían el principal motivo de que Conley-White quisiera adquirir DigiCom-, básicamente eran áreas técnicas. Y básicamente Sanders era un director técnico. No tenía información de las decisiones tomadas en los más altos niveles.
Para Sanders aquello encerraba cierta ironía. Años atrás, cuando estaba destinado en California, había intervenido directamente en las decisiones de
gestión. Pero desde su llegada a Seattle, hacía ocho años, estaba más apartado de los centros de poder.
Benedict bebió un sorbo de café.
–Bueno, a mí me han dicho que Bob se retira, y que va a poner a una mujer como presidenta.
–¿Quién te ha dicho eso?
–Ya tiene a una mujer como directora financiera, ¿no?
–Sí, claro. Desde hace mucho tiempo. – Stephanie Kaplan era la directora financiera de DigiCom, pero no parecía probable que llegara a dirigir la empresa. Garvín no tenía especial predilección por ella.
–Bueno -prosiguió Benedict-, según los rumores que he oído, va a nombrar a una mujer para que lo sustituya dentro de cinco años.
–¿Dicen algo de mí los rumores?
Benedict meneó la cabeza.
–Pensé que tú lo sabrías. Al fin y al cabo, es tu empresa.
En la cubierta, a la luz del sol, sacó su teléfono portátil y marcó el número de su oficina. Cindy, su secretaria, contestó:
–Despacho de Mr. Sanders.
–Hola, soy yo.
–Hola, Tom. ¿Estás en el ferry?
–Sí. Llegaré poco antes de las nueve.
–Está bien; se lo diré. – Hizo una pausa, y Sanders tuvo la impresión de que su secretaria estaba eligiendo con cuidado sus palabras-. Esta mañana hay mucho jaleo. Mr. Garvin ha estado aquí; te estaba buscando.
Sanders frunció el ceño.
–¿A mí?
–Sí. – Otra pausa-. Le ha sorprendido un poco que no hubieras llegado.
–¿Te ha dicho qué quería?
–No, pero está entrando en todos los despachos de la planta, uno tras otro, hablando con todos. Algo pasa, Tom.
–¿Sabes de qué se trata?
–Nadie quiere decirme nada.
–¿Y Stephanie?
–Te ha llamado. Le dije que todavía no habías llegado.
–¿Algo más?
–Arthur Kahn ha llamado desde Kuala Lumpur para preguntar si habías recibido su fax.
–Sí, lo he recibido. Ya le llamaré. ¿Algo más?
–No, nada más, Tom.
–Gracias, Cindy. – Pulsó el botón END.
Benedict, que estaba de pie detrás de Sanders, señaló el teléfono:
–Estos cacharros son increíbles. Cada vez son más pequeños, ¿verdad?
¿Este lo fabricáis vosotros?
Sanders asintió con la cabeza.
–No sé qué haría sin él. Sobre todo ahora. Es imposible recordar todos los números. Esto es más que un teléfono: es mi agenda. Mira. – Empezó a enseñarle sus funciones-. Tiene una memoria de doscientos números. Los archivos con las tres primeras letras del nombre. – Marcó KAH para acceder al número internacional de Arthur Kahn, en Malasia. Después pulsó send y oyó una larga secuencia de pitidos electrónicos. Con todos los prefijos, eran trece pitidos.
–Madre mía -exclamó Benedict-. ¿Adonde llamas? ¿A Marte?
–Más o menos. A Malasia. Tenemos una fábrica allí.
Las actividades de DigiCom en Malasia se habían iniciado hacía tan sólo un año; allí se fabricaban los nuevos reproductores CD-ROM, unos aparatos parecidos a un reproductor de discos compactos, pero para ordenadores.
Había acuerdo unánime en que pronto toda la información sería digital, y gran parte de ella se iba a almacenar en esos discos compactos. Programas de ordenador, bases de datos, incluso libros y revistas; todo iba a fabricarse en disco.
La razón por la que no había ocurrido todavía era que los CD-ROM eran bastante lentos. Los usuarios se veían obligados a esperar ante pantallas en blanco mientras las unidades emitían zumbidos y pitidos. Y a los usuarios de ordenadores no les gustaba esperar. En una industria donde las velocidades se doblaban cada dieciocho meses, los CD-ROM apenas habían mejorado en los últimos cinco años. La nueva tecnología de DigiCom estaba intentando resolver ese problema con una nueva generación de unidades llamadas Twinkle, dos veces más rápidas que las más rápidas del mundo. El Twinkle tenía la forma de un pequeño ordenador multimedia, con su propia pantalla. Podías llevarlo en la mano y utilizarlo en el autobús
o en el tren. Pero ahora la fábrica de Malasia tenía problemas para producir esas nuevas unidades.
–¿Es verdad que eres el único jefe de sección que no es ingeniero? –
preguntó Benedict.
Sanders sonrió.
–Sí, es cierto. En realidad vengo de marketing.
–Eso no es muy corriente, ¿verdad?
–No. En marketing dedicábamos mucho tiempo a estudiar las características de los nuevos productos, y la mayoría no podía hablar con los ingenieros.
Yo sí podía, aunque no sé por qué. Carezco de una base técnica, pero podía hablar con ellos. Sabía lo suficiente como para que no pudieran tomarme el pelo. Así que me convertí en el único que hablaba con los ingenieros. Hace ocho años Garvín me preguntó si quería dirigir una sección. Y aquí me tienes.
Sanders se llevó el teléfono al oído y consultó su reloj. En Kuala Lumpur era casi medianoche. Esperaba que Arthur Kahn todavía estuviera despierto.
Se oyó un chasquido, y a continuación una voz adormilada preguntó:
–¿Quién es?
–Hola, Arthur, soy Tom.
Arthur Kahn tosió y dijo:
–Hola, Tom. ¿Has recibido mi fax?
–Sí.
–Entonces ya lo sabes. No entiendo qué está ocurriendo -dijo Kahn-. Y me he pasado el día en producción, porque Jafar se ha ido.
Mohammed Jafar era el encargado de la fábrica de Malasia, un joven muy capacitado.
–¿Que se ha ido? ¿Por qué?
Se oyeron interferencias. Kahn continuó:
–Le han echado una maldición.
–¿Cómo dices?
–Su prima le echó una maldición, y se ha ido.
–¿Pero qué dices?
–Parece increíble, pero te aseguro que es cierto. Dice que su prima, que vive en Johore, contrató a un hechicero para que le echara una maldición.
Se ha ido a buscar a un brujo para que le haga un contra conjuro. Los aborígenes tienen un hospital en Kuala Tinglit, en la selva, a unas tres horas de Kuala Lumpur. Es muy famoso. Muchos políticos van allí cuando enferman. Jafar ha ido a hacerse una cura.
–¿Cuánto tiempo estará fuera?
–No lo sé. Los obreros dicen que probablemente una semana.
–¿Y qué pasa en producción, Arthur?
–No lo sé -contestó Kahn-. No sé si la cadena funciona mal. Pero las unidades que salen son muy lentas. No hay manera de bajar de cien milésimas. No sabemos por qué. Pero aquí los ingenieros sospechan que hay un problema de compatibilidad con el chip de control que coloca el split optic, y con el software de la unidad de CD.
–¿Crees que los chips de control están mal? – Los chips de control se
fabricaban en Singapur y se transportaban en camiones hasta la fábrica de Malasia.
–No lo sé. O están mal, o hay un fallo en el código de la unidad.
–¿Y el parpadeo de las pantallas?
Kahn tosió otra vez.
–Creo que es un problema de diseño, Tom. Las conexiones de las bisagras que transmiten la corriente a la pantalla están montadas en el interior de la pieza de plástico. Se supone que tienen que mantener el contacto eléctrico aunque muevas la pantalla. Pero hay cortes de corriente. Cuando mueves la bisagra, la pantalla se enciende y se apaga.
Sanders frunció el ceño mientras escuchaba.
–Es un diseño estándar, Arthur. Todos los ordenadores portátiles del mundo tienen el mismo diseño de bisagra. Desde hace diez años.
–Ya lo sé -admitió Kahn-. Pero los nuestros no funcionan. Me estoy volviendo loco.
–Será mejor que me mandes unas cuantas unidades.
–Ya lo he hecho. Por DHL. Las recibirás a última hora de hoy, o mañana a más tardar.
–De acuerdo -dijo Sanders. Hizo una pausa y añadió-: ¿Cuál es tu pronóstico, Arthur?
–Bueno, de momento no podremos cumplir las cuotas de producción, y estamos sacando un producto un treinta o un cincuenta por ciento más lento de lo que debería ser. No son buenas noticias. Ésta no es una unidad de cd del otro mundo, Tom. Sólo es un poco mejor que las que Toshiba y Sony ya tienen en el mercado. Las suyas son mucho más baratas. Así que tenemos
problemas graves.
–¿De qué me estás hablando? ¿De una semana? ¿De un mes?
–Si no es necesario un nuevo diseño, un mes. De lo contrario, digamos cuatro meses. Si es un chip, podría ser un año.
Sanders suspiró.
–Fantástico.
–Así están las cosas. No funciona, y no sabemos por qué.
–¿A quién más se lo has dicho? – preguntó Sanders.
–A nadie. Es una auténtica exclusiva.
–Muchas gracias.
Kahn volvió a toser y preguntó:
–¿Qué piensas hacer? ¿Lo vas a explicar o vas a esperar a que se produzca la fusión?
–No lo sé. No estoy seguro de que pueda ocultarlo.
–Bueno, en lo que a mí respecta, puedes estar tranquilo. No se lo diré a nadie. Si alguien me pregunta, no tengo ni idea. Porque es la verdad.
–De acuerdo. Gracias, Arthur. Te llamaré más tarde.
Sanders pulsó end. Twinkle suponía sin duda un problema político ante la inminente fusión con Conley-White. Sanders no estaba seguro de cómo manejar aquel asunto. Pero pronto tendría que enfrentarse a él. La sirena del trasbordador sonó y Sanders vio los pilotajes negros del muelle Coleman y los rascacielos del centro de Seattle.
Digital Communications estaba situada en tres edificios diferentes alrededor de la histórica Pioneer Square, en el centro de Seattle. Pioneer Square es una plaza triangular, y en el centro hay un pequeño parque con una pérgola de hierro forjado decorada con relojes antiguos. La plaza está rodeada de edificios bajos de granito rojo construidos en los primeros años del siglo, con fachadas esculpidas y fechas cinceladas. Aquellos edificios los ocupaban ahora arquitectos de moda, empresas de diseño gráfico y un grupo de compañías de alta tecnología entre las que se encontraban Aldus, Advance HoloGraphics y DigiCom. Al principio, DigiCom ocupaba el Hazzard Building, en el lado sur de la plaza. Al ir creciendo la empresa, ocupó tres plantas del edificio adyacente, el Western Building, y más adelante la Gorham Tower de James Street. Pero las oficinas ejecutivas seguían en los tres pisos superiores de Hazzard Building, y sus ventanas daban a la plaza. El despacho de Sanders estaba situado en el cuarto piso, aunque él esperaba que al acabar la semana lo hubieran trasladado al quinto.
A las nueve en punto llegó al cuarto piso y de inmediato notó que algo iba mal. En los pasillos se oía un murmullo, y había electricidad en el aire. Los empleados se apiñaban alrededor de las impresoras láser y las cafeteras, cuchicheando; cuando lo veían pasar se giraban o dejaban de hablar.
Aquí ocurre algo, pensó.
Pero como jefe de sección, no podía pararse para preguntarle a una secretaria qué estaba pasando. Sanders siguió adelante, maldiciendo por lo bajo, contrariado por haber llegado tarde en un día tan señalado.
Vio a Mark Lewyn a través de los tabiques de cristal de la sala de reuniones del cuarto piso. Lewyn, el jefe de diseño de productos, de treinta y tres años, estaba hablando con los de Conley-White. Era una escena curiosa: Lewyn, joven, guapo e impetuoso, con téjanos negros y una camiseta negra de Armani, se paseaba arriba y abajo y hablaba animadamente con los ejecutivos de Conley-White, que llevaban traje azul oscuro y permanecían sentados rígidamente ante las maquetas que había sobre la mesa y tomaban
notas.
Al ver a Sanders, Lewyn lo saludó con la mano y se asomó a la puerta de la sala de reuniones.
–Hola -dijo.
–Hola, Mark. Oye…
–Sólo quiero decirte una cosa -le interrumpió Lewyn-. Que se vayan a tomar por el culo. Garvín, Phil y la fusión. Que se vayan todos a tomar por el culo. Esto de la reestructuración es una mierda. Yo estoy contigo, tío.
–Oye, Mark, podrías…
–Estoy ocupado. – Lewyn señaló con la cabeza a los dos de Conley-. Pero quería que supieras lo que pienso. Lo que están haciendo no es justo. Ya hablaremos después, ¿de acuerdo? Ánimo, tío. No gastes pólvora en salvas.
– Volvió a la sala de reuniones.
Los ejecutivos de Conley-White se quedaron mirando a Sanders a través del cristal. Sanders se dirigió a su despacho, cada vez más intranquilo. Lewyn era famoso por su tendencia a exagerar, pero aun así…
Lo que están haciendo no es justo.
Aquello sólo podía significar una cosa. Sanders no iba a ser ascendido.
Mientras caminaba por el pasillo empezó a sudar y se sintió mareado. Se apoyó un momento contra la pared. Se secó la frente con la mano y parpadeó. Respiró hondo y movió la cabeza para despejarse.
No habría ascenso. Dios. Respiró hondo otra vez y reanudó su camino.
Esto de la reestructuración es una mierda,.
Por lo visto, en lugar del ascenso que esperaba iba a haber algún tipo de
reestructuración. Y al parecer tenía algo que ver con la fusión.
Que se vayan a tomar por el culo. Garvín, Phil y la fusión.
Hacía nueve meses, los departamentos técnicos ya habían afrontado una importante reestructuración que había alterado las líneas de comunicación, y que había molestado a todo el mundo en Seattle. Después de meses de alboroto, los equipos técnicos habían recuperado una buena estructura de trabajo. Y ahora… ¿otra reestructuración? No tenía sentido.
Pero fue la reestructuración del año anterior la que colocó a Sanders en camino para asumir la dirección de las secciones técnicas. La reestructuración había dividido el Departamento de Productos Avanzados en cuatro subdivisiones -diseño, programación, telecomunicaciones y fabricación-, todas bajo la dirección de un director general de departamento, todavía por nombrar. Pero en los últimos meses, Tom Sanders había ocupado de hecho el puesto de director general del departamento, básicamente porque como jefe de fabricación era la persona a la que más concernía el trabajo de las otras secciones.
Pero ahora, con una nueva reestructuración, ¿quién sabía qué podía pasar?
A Sanders podían asignarle la coordinación de las fábricas de DigiCom. O
peor aún; había habido rumores de que el cuartel general de la empresa en Cupertino iba a encargarse de las fábricas de Seattle, entregándoles su control a los jefes de producto de California. Sanders no prestó demasiada atención a aquel rumor, porque no tenía mucho sentido. Los jefes de producto ya tenían bastante trabajo con promocionar los productos, y no creía que les interesara encargarse de su fabricación.
Pero ahora se veía obligado a considerar la posibilidad de que los rumores fueran ciertos. Porque si eran ciertos, Sanders podía enfrentarse a algo más que una degradación. Podía quedarse sin empleo.
Dios mío, pensó. ¿Quedarme sin empleo?
De pronto recordó ciertas cosas que Dave Benedict le había dicho aquella
mañana en el ferry. A Benedict le gustaban los rumores, y por lo visto estaba al corriente de muchos. Quizá sabía más de lo que había dicho.
¿ Es verdad que eres el único jefe de sección que no es ingeniero?
Y luego, con mordacidad:
£50 no es muy corriente, ¿verdad?
Dios mío, pensó. Sanders empezó a sudar otra vez. Hizo un esfuerzo y respiró hondo.
No gastes pólvora en salvas.
Llegó al final del pasillo del cuarto piso y entró en su despacho, esperando encontrar a Stephanie Kaplan, la directora financiera. Ella podría decirle qué estaba pasando. Pero en su despacho no había nadie. Miró a su secretaria, Cindy Wolfe, que estaba ocupada con los archivadores.
–¿Dónde está Stephanie? – le preguntó.
–No vendrá.
–¿Por qué?
–Han cancelado tu reunión de las nueve y media a causa de los cambios de personal -contestó Cindy.
–¿Qué cambios? – preguntó Sanders-. ¿Qué está pasando?
–Ha habido una especie de reestructuración -explicó Cindy, esquivando su mirada y mirando la agenda que tenía encima de la mesa-. Hay un almuerzo privado con todos los jefes de sección en la sala de reuniones principal a las doce y media, y Phil Blackburn viene hacia aquí para hablar contigo.
Llegará en cualquier momento… Veamos qué más… Esta tarde llegan unas unidades de Kuala Lumpur por DHL. Eric Bosak quiere verte a las diez y
media. – Recorrió la página de la agenda con el dedo-. Don Cherry te ha llamado dos veces para hablarte del Corridor, y hace un momento ha llamado Eddie desde Austin.
–Ponme con él.
Eddie Larson era el supervisor de producción de la fábrica de Austin, donde se fabricaban teléfonos digitales. Cindy marcó el número; poco después Sanders reconoció la voz de Eddie, con su acento de Texas.
–Hola, Tommy.
–Hola, Eddie. ¿Qué pasa?
–Tenemos un pequeño problema en la fábrica. ¿Tienes un momento?
–Sí, claro.
–¿Tengo que felicitarte por tu nuevo puesto?
–Todavía no sé nada -contestó Sanders.
–Ya. Pero te van a ascender, ¿no?
–Todavía no sé nada, Eddie -repitió Sanders.
–¿Es verdad que van a cerrar la fábrica de Austin?
Sanders se sorprendió tanto que se echó a reír:
-¿Qué has dicho?
–Eso es lo que dicen por aquí, Tommy. Que Conley-White va a comprar la empresa y nos van a cerrar.
–Tonterías -replicó Sanders-. Nadie va a comprar nada y nadie va a vender
nada. La fábrica de Austin es modélica, y da muy buenos beneficios.
Hubo una pausa. Luego Eddie dijo:
–Si supieras algo me lo dirías, ¿verdad, Tommy?
–Claro que sí. Pero sólo es un rumor. Así que olvídalo. Dime, ¿qué problema tienes?
–Una tontería. Las empleadas de la cadena de producción han pedido que saquemos los pósteres del vestuario de hombres. Dicen que son ofensivos.
La verdad, creo que es una tontería -dijo Larson-, porque las mujeres nunca entran en el vestuario de los hombres.
–¿Entonces cómo saben que hay pósteres?
–En los grupos de limpieza nocturnos hay varías mujeres. Y ahora las empleadas que trabajan en la cadena de producción quieren que saquemos los pósteres.
Sanders suspiró.
–No quiero que nos acusen de insensibles ante temas sexuales. Que quiten los pósteres.
–¿Aunque las mujeres tengan pósteres en su vestuario?
–No importa, Eddie, quítalos.
–Yo creo que eso es ceder a tonterías feministas.
Llamaron a la puerta. Sanders levantó la vista y vio a Phil Blackburn, el abogado de la compañía.
–Tengo que colgar, Eddie.
–De acuerdo -contestó Eddie-, pero te digo una cosa: esto sentará un precedente. Si hacemos todo lo que piden las mujeres…
–Lo siento, Eddie. Tengo que colgar. Llámame si pasa algo.
Sanders colgó. Phil Blackburn entró en el despacho. Sanders tuvo la impresión de que Blackburn sonreía demasiado abiertamente, de que estaba demasiado contento.
Aquello era mala señal.
Philip Blackburn, principal consejero legal de DigiCom, era un hombre delgado de cuarenta y seis años. Vestía un traje verde oscuro de Hugo Boss.
Blackburn llevaba más de una década en DigiCom, igual que Sanders; era uno de los «veteranos», de los que habían entrado al principio. Cuando Sanders lo conoció, Blackburn era un joven e insolente abogado de Berkeley, defensor de los derechos civiles, y llevaba barba. Pero Blackburn había abandonado hacía tiempo las protestas y se había dedicado a los beneficios económicos, a los que perseguía con una dedicación obsesiva mientras fingía interesarse por los nuevos temas corporativos de diversidad e igualdad de oportunidades. En algunos sectores de la empresa se reían de él por su forma de vestir y por su pasión por la moda. Como dijera uno de los empleados, «Phil tiene el dedo gastado de tanto mojárselo para ver de dónde sopla el viento». Fue el primero con Birkenstocks, el primero con pantalones de pata de elefante, el primero en quitarse las patillas y el primero en hablar de diversidad.
Bromeaban mucho acerca de su amaneramiento. Muy escrupuloso y preocupado por las apariencias, Blackburn siempre estaba tocándose el cabello, la cara, el traje, como si quisiera eliminar toda imperfección. Eso, combinado con su desafortunada tendencia a tocarse y frotarse la nariz, era fuente de muchos chistes. Pero eran chistes bastante malévolos: la gente recelaba de Blackburn, al que veían como una especie de asesino a sueldo moralista.
Blackburn podía ser carismático en sus discursos, y en privado sabía cómo provocar una breve impresión convincente de honestidad intelectual. Pero en la empresa lo tenían por lo que era, un hombre sin convicciones propias, y por tanto la persona idónea para ejercer como verdugo de Garvin.
Sanders y Blackburn habían sido muy amigos; habían ingresado en la empresa en la misma época y también se relacionaron en su vida privada.
En 1985, cuando Blackburn se divorció, pasó una temporada en el piso de soltero de Sanders, en Sunnyvale. Y un año después Blackburn fue el padrino de Sanders, que se casaba con otra abogada, Susan Handler.
Pero Blackburn se volvió a casar en 1989 y no invitó a Sanders a la boda, porque por entonces su relación se había vuelto un poco tensa. A algunos empleados de la empresa les parecía inevitable: Blackburn formaba parte del círculo de poder de Cupertino, al que Sanders, destinado en Seattle, no pertenecía. Además, tuvieron varias discusiones sobre el funcionamiento de las cadenas de producción de Irlanda y Malasia. Sanders creía que Blackburn, obcecado con los detalles legales, ignoraba las inevitables realidades de la producción en países extranjeros.
Un ejemplo típico de la actitud de Blackburn era su exigencia de que la mitad del personal de la nueva planta de Kuala Lumpur estuviese constituida por mujeres, y que se las mezclara con los hombres; los directores malayos querían que las mujeres estuvieran separadas y que sólo se les permitiera trabajar en ciertas zonas de la planta, lejos de los hombres.
Phil se opuso enérgicamente.
–Son musulmanes, Phil -le decía Sanders.
–Me importa un comino -contestaba Phil-. DigiCom defiende la igualdad.
–Phil, están en su país. Y son musulmanes.
–¿Y qué? La fábrica es nuestra.
Sus desavenencias no tenían fin. El gobierno malayo no quería que se
empleara a chinos como supervisores, aunque eran los más cualificados; la política del gobierno malayo consistía en preparar a los malayos para el puesto de supervisores. Phil se quejaba de que la política del gobierno era discriminatoria -y lo era-, y se negaba a entender que representaba el tipo de programa de igualdad de oportunidades para minorías que él apoyaba en América para las mujeres y los negros. Pero esos mismos programas en un país extranjero le parecían discriminatorios, y a ese respecto Phil no quería entrar en razón: sus furiosas protestas a los malayos estuvieron a punto de provocar el cierre de la fábrica. En el último momento, Sanders tuvo que viajar a Kuala Lumpur y reunirse con los sultanes de Selangor y Pahang para suavizar la situación. Sanders pensó que había salvado el proyecto.
Según Phil, Sanders «se había rebajado ante los extremistas».
No era más que otra de las muchas controversias que rodeaban el manejo por parte de Sanders de la nueva fábrica de Malasia.
Sanders y Blackburn se saludaron con la prudencia típica de los antiguos amigos cuya relación lleva tiempo siendo sólo superficialmente cordial.
Cuando el abogado de la compañía entró en su despacho, Sanders se levantó para estrecharle la mano.
–¿Qué está pasando, Phil?
–Hoy es un día importante -dijo Blackburn, sentándose frente a Sanders-.
Ha habido muchas sorpresas. No sé qué habrás oído.
–Me han dicho que Garvin ha tomado una decisión acerca de la reestructuración.
–Sí, eso es. Varias decisiones.
Hubo una pausa. Blackburn cambió de postura y se miró las manos.
–Bob quería ponerte al corriente de todo esto personalmente. Ha venido a verte esta mañana. Quería hablar con todos los del departamento.
–Sí, lo sé. Yo no estaba.
–Ya. La verdad es que a todos nos ha sorprendido un poco que llegaras tarde precisamente hoy.
Sanders no hizo ningún comentario y miró fijamente a Blackburn, a la expectativa.
–En fin, Tom -prosiguió Blackburn-. Te lo resumiré. Como parte de la fusión, Bob ha decidido salir de Productos Avanzados para buscar un director del departamento.
Allí estaba, por fin. Abiertamente. Sanders respiró hondo y sintió una presión en el pecho. Tenía todo el cuerpo en tensión, pero intentó que no se notara.
–Ya sé que será una conmoción -añadió Blackburn.
–Bueno -dijo Sanders encogiéndose de hombros-, había oído rumores. –
Mientras hablaba, iba pensando. Ahora veía que no lo iban a ascender, que no le iban a aumentar el sueldo, que no tendría una nueva oportunidad de…
–Sí. Bueno -prosiguió Blackburn, aclarándose la garganta-. Bob ha decidido que sea Meredith Johnson quien dirija el departamento.
Sanders frunció el ceño.
–¿Meredith Johnson?
–Sí. Está en la oficina de Cupertino. Creo que la conoces.
–Sí, claro, pero… -Sanders meneó la cabeza. Aquello no tenía sentido-.
Meredith es de ventas. Siempre ha estado en ventas.
–Sí, al principio sí. Pero como ya sabes, los dos últimos años Meredith ha estado en Operaciones.
–Pero aún así, Phil. El DPA es un departamento técnico.
–Tú tampoco eres técnico. Y lo has hecho bien.
–Pero yo llevo años en esto, desde que estaba en marketing. Mira, el DPA se encarga básicamente de los equipos de programación y de las plantas de fabricación de hardware. ¿Cómo va a dirigirlo Meredith?
–Bob no espera que lo dirija directamente. Ella supervisará a los jefes de sección del DPA. Su cargo oficial será vicepresidenta de Operaciones y Planning Avanzados. Bajo esta nueva estructura, eso incluye el Departamento de Productos Avanzados, el Departamento de Marketing y el Departamento de TelCom.
–Madre mía -exclamó Sanders, recostándose en su silla-. Es prácticamente todo.
Blackburn asintió con la cabeza lentamente.
Sanders hizo una pausa, pensativo. Finalmente añadió:
–Es como decir que Meredith Johnson va a dirigir la empresa.
–No tanto -dijo Blackburn-. Con este nuevo esquema no tendrá control directo sobre Ventas, Finanzas ni Distribución. Pero creo que no se puede dudar que Bob la considera su sucesora, cuando se retire en el plazo de dos años. – Blackburn cambió de postura-. Pero eso pertenece al futuro. En cuanto al presente…
–Un momento. ¿Dices que tendrá a cuatro jefes de sección de DPA bajo su mando?
–Sí.
–¿Y quiénes van a ser esos directores? ¿Lo han decidido?
–Bueno. – Phil tosió. Se pasó las manos por el pecho y se tocó el pañuelo que llevaba en el bolsillo de la americana-. Desde luego, la que tiene que nombrar a los jefes de sección es Meredith.
–Y eso significa que puedo encontrarme en la calle.
–No, Tom, nada de eso. Bob quiere que se quede todo el mundo. Incluido tú. Lamentaría mucho perderte.