Afortunada

Alice Sebold · Capítulo 11 de 15

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Afortunada

Capítulo 10

Maria Flores, del taller de poesía de Tess, se tiró por una ventana. Así informó sobre ello el Daily Orange, el periódico del campus de Syracuse.

Dieron su nombre y dijeron que había sido un accidente. Cuando los alumnos entramos en fila en la sala de conferencias del departamento de Lengua y Literatura para hacer clase, sólo uno o dos habíamos leído la noticia en el periódico. Yo no lo había hecho. Al parecer, decía el periódico, Flores, aunque malherida en el accidente, había sobrevivido milagrosamente. Estaba en el hospital.

Tess llegó tarde. Cuando entró se produjo un silencio en el aula. Ella se sentó encima de la mesa y trató de empezar la clase. Estaba visiblemente afectada.

—¿Te has enterado de lo de Maria? —preguntó uno de los alumnos.

Tess inclinó la cabeza.

—Sí —dijo—. Es terrible.

—¿Está bien?

—Acabo de hablar con ella —dijo Tess—. Voy a ir a verla al hospital.

Siempre es tan difícil este asunto de la poesía.

No acabamos de comprender. ¿Qué tenía que ver el accidente de Maria con la poesía?

—Ha salido en el periódico —informó un alumno.

Tess lo miró fijamente.

—¿Salía su nombre?

—¿Qué pasa, Tess? —preguntó alguien.

Nuestra pregunta tuvo respuesta al día siguiente cuando un artículo casi idéntico lo describía como un intento de suicidio. La única diferencia es que esta vez el periódico no mencionaba el nombre. No hacía falta ser un genio para atar cabos.

Tess me había dicho que significaría mucho para Maria que la fuera a ver al hospital.

—El poema que escribiste le produjo un gran impacto —añadió, pero no me dijo qué más sabía.

Fui a verla. Pero antes hubo otro intento fallido de suicidio. Maria intentó matarse cortando un cable eléctrico que había junto a su cama, sacando los alambres de dentro y rodeándose con ellos las muñecas. Lo había hecho estando parcialmente paralizada del lado izquierdo. Pero una enfermera que había entrado en su habitación lo impidió y ahora tenía los brazos atados a la cama.

Estaba ingresada en el Crouse Irving Memorial Hospital. Una enfermera me llevó a la habitación. De pie al lado de la cama estaban su padre y sus hermanos. Saludé con la mano a Maria y luego estreché la mano de los hombres. Les dije cómo me llamaba y que estaba en la clase de poesía. Ninguno de ellos se mostró muy receptivo. Lo atribuí al nerviosismo y a la extrañeza que podía haberles provocado la aparición de aquella mujer que parecía tener una relación con ella que ellos, su padre y sus hermanos, no tenían. Salieron de la habitación.

—Gracias por venir —dijo ella en un susurro. Quería cogerme la mano.

No nos conocíamos en realidad, sólo habíamos estado en la clase de Tess y, hasta hacía poco, yo le había guardado un poco de resentimiento por el hecho de que se hubiera marchado del taller dedicado a mi poema.

—¿Puedes sentarte? —preguntó.

—Sí.

Lo hice.

—Fue tu poema —dijo ahora—. Volvió a traerlo todo a mi memoria.

Me quedé allí sentada mientras ella me explicaba en susurros su situación. El hombre y los chicos que acaban de salir de la habitación la habían violado durante años cuando era adolescente.

—En un momento determinado paró —dijo—. Mis hermanos se hicieron lo bastante mayores para saber que lo que hacían estaba mal.

—Oh, Maria —dije—. Yo nunca quise...

—Calla. Fue positivo. Necesitaba afrontarlo.

—¿Se lo has dicho a tu madre?

—Dijo que no quería oír hablar de ello. Prometió no decírselo a mi padre si yo no volvía a mencionarlo. No me habla.

Miré todas las tarjetas que le habían enviado para desearle que se mejorara y que estaban esparcidas sobre la cama. Era consejera residente, y tanto las chicas que vivían en el pasillo como sus amigas le habían escrito.

Me asaltó un pensamiento dolorosamente evidente. Al sobrevivir después

de tirarse por la ventana dependía por completo de su familia para que cuidara de ella. De su padre.

—¿Se lo has dicho a Tess?

Se le iluminó la cara.

—Tess ha estado maravillosa.

—Lo sé.

—Tu poema decía todo lo que yo llevaba años sintiendo por dentro.

Todo lo que tenía miedo de sentir.

—¿Y eso es bueno? —pregunté.

—Ya lo veremos —dijo ella, y sonrió débilmente.

Maria se recobraría de la caída y volvería a la universidad. Por un tiempo rompió con su familia.

Pero aquel día bromeamos sobre que ya había comentado mi poema al tirarse por la ventana y que Tess tenía que admitirlo. Luego yo hablé. Hablé porque ella quiso que lo hiciera y porque a su lado podía hacerlo. Le hablé del gran jurado, de la rueda de identificación y de Gail.

—¡Tienes mucha suerte! —dijo—. Yo nunca podré hacer nada de todo eso. Quiero que llegues hasta el final.

Seguíamos cogidas de la mano. Cada uno de los minutos que pasé en aquella habitación fueron preciosísimos para las dos.

Al final levanté la mirada y vi a su padre en la puerta. Maria no lo vio, pero vio mi mirada.

Él no se marchó ni avanzó. Esperaba que yo me levantara y me fuera.

Sentí que irradiaba eso de él desde donde estaba. No sabía qué estaba pasando exactamente entre nosotras, pero había algo de lo que no parecía fiarse.

El 16 de noviembre compararon la «conocida muestra de vello púbico de Gregory Madison» y el «pelo púbico de negro recuperado entre el vello púbico de Alice Sebold en mayo de 1981». El laboratorio había descubierto que los vellos coincidían en los diecisiete puntos de la comparación microscópica.

El 18 de noviembre Gail escribió una carta interna para los archivos.

La envió el 23.

No hay ninguna duda de que se trata de una violación. La víctima era virgen y el himen se rompió por dos partes. Los informes de los análisis de laboratorio muestran semen, y los informes médicos muestran contusiones y laceraciones.

La identificación está en tela de juicio. La violación tuvo lugar el 8 de mayo de 1981 y la víctima dio una descripción detallada a la policía, pero no se llevó a cabo ninguna detención. Ella vuelve a Pensilvania el 9 de mayo de 1981. Cuando regresa a la Universidad de Syracuse en otoño, ve al acusado por la calle, y él se acerca a ella y le dice: «Hola, ¿no te conozco de algo?». Ella echa a correr y llama a la policía. Organizo una rueda de identificación y ella identifica a otro tipo (era idéntico al acusado y estaba a su derecha, y éste había solicitado su presencia personalmente). Más tarde ella dice a la policía que ha dudado entre el acusado y ese otro tipo. El pelo púbico del acusado ha resultado coincidir con el que se encontró entre el vello púbico de la víctima. En el arma (cuchillo) encontrada en el lugar del delito hay una huella dactilar parcial, pero no tiene suficientes detalles para compararla (la he hecho enviar al FBI para que realicen más pruebas). El laboratorio dice que no es posible determinar el grupo sanguíneo del semen porque está demasiado manchado de sangre de la víctima.

Buena suerte. La víctima es una testigo excelente.

Volví a Pensilvania para Acción de Gracias. Al día siguiente de regresar a Syracuse en el autobús Greyhound me esperaba una carta en mi residencia.

«De conformidad con su petición —decía parte de ella—, la presente es para informar que el gran jurado ha decidido proceder contra el acusado mencionado más arriba.»

Yo no cabía en mí de contento. En mi habitación individual de Haven me estremecí de la emoción. Llamé a mi madre para decírselo. Estaba haciendo progresos. El juicio parecía inminente. Podía ser cualquier día.

Estaba en clase cuando Madison se declaró inocente ante el juez Walter T. Gorman el 4 de diciembre. Negó los ocho cargos formulados contra él. Se fijó una vista previa al juicio para el 9 de diciembre. Paquette, en nombre de Madison, admitió una condena anterior por un pequeño hurto

«en algún lugar». El Estado no tenía suficiente información para contraatacar, y los antecedentes de menor de Madison no podían tenerse en

cuenta. Cuando Gorman preguntó al ayudante del fiscal del distrito, Plochocki, que representaba al Estado porque Gail estaba en otro juzgado, si quería establecer una fianza, Plochocki respondió: «Juez, no tengo el expediente». De modo que se fijó la fianza en cinco mil dólares.

Equivocadamente, a lo largo de Navidad y Año Nuevo imaginé a mi agresor en la cárcel.

Antes de volver a casa para las vacaciones de Navidad, había sacado un insuficiente en Italiano 101, un bien en Clásicas, un notable en la clase general de literatura de Tess —mi examen no había sido nada del otro mundo— y dos sobresalientes: uno en el taller de Wolff y otro en el de Gallagher.

Vi a Steve Carbonaro. Había renunciado a don Quijote y tenía la costumbre de guardar una botella de Chivas Regal en su apartamento cerca de Pensilvania. Recorría los rastros buscando viejas y deshilachadas alfombras orientales, llevaba una chaqueta de raso, fumaba en pipa y escribía sonetos para una novia cuyo nombre le encantaba: Juliet. Por la ventana de su apartamento, con las luces apagadas, veía a dos amantes extrovertidos que vivían al otro lado de la calle. No me gustó el sabor del whisky y la pipa me pareció estúpida.

Mi hermana seguía siendo virgen a los veintidós años. Yo deseaba que fuera menos «pura». Me consta que ella también lo deseaba, pero nuestros motivos eran distintos. Yo quería que ella cayera —porque así era como se veía en casa—para no estar sola. Ella quería caer para tener más cosas en común con la mayoría de sus amigas.

Vivíamos tristemente cada una a un lado de esa palabra. Ella lo era, yo no. Al principio mi madre había dicho en broma que mi violación podía poner fin a sus sermones sobre la virginidad, de modo que ahora me sermonearía sobre la castidad. Pero algo no encajaba. Sería extraño que mi madre aplicara con mi hermana las viejas reglas pero hiciera unas nuevas para mí. Yo había pasado, al ser violada, a una categoría que a ella le parecía imposible de abordar.

De modo que hice lo que hacía con los temas más espinosos y tomé la posición de repliegue de los Sebold: un análisis exhaustivo de la semántica correspondiente. Consulté todas las palabras y sus variantes: virgen, virginidad, virginal, casta, castidad. Cuando las definiciones no me daban lo

que yo quería, manipulaba el lenguaje y redefinía las palabras. El resultado fue que acabé afirmando para mis adentros que seguía siendo virgen. No había perdido la virginidad, me la habían arrebatado, me dije. Por lo tanto, yo decidiría cuándo y qué era ser virgen. Llamé a la que todavía tenía que perder mi «verdadera virginidad». Como mis razones para no acostarme con Steve o para volver a Syracuse, me pareció irrefutable.

No lo era. Mucho de lo que inventé y subvertí distaba de ser irrefutable, pero entonces no estaba preparada para admitirlo. También elaboré un doloroso razonamiento sobre por qué era mejor que me hubieran violado siendo virgen.

«Creo que fue mejor que me violaran siendo virgen —decía a la gente

—. No hago ninguna asociación sexual con ello como hacen otras mujeres.

Fue violencia pura. Así, cuando tenga relaciones sexuales normales, tendré muy clara la diferencia entre sexo y violencia.»

Me pregunto quién se lo tragó.

Aun teniendo que asistir a clase y comparecer ante el tribunal había encontrado tiempo para enamorarme. Se llamaba Jamie Waller e iba al taller de Wolff. Era mayor que yo —veintiséis años— y amigo de otro chico de nuestra clase, Chris Davis. Chris era gay. Pensé que eso definía a Jamie —

que era heterosexual— como un hombre muy moderno. Si era capaz de sentirse tan abiertamente cómodo en compañía de un gay, razoné, tal vez fuera capaz de aprobar a una víctima de violación.

Logré hacer todo lo que hacen las chicas enamoradas. Pedía a Lila que se reuniera conmigo después de clase para que lo viera y al volver a la residencia hablábamos de lo guapo que era. Cada vez que lo veía, le describía a ella con detalle su atuendo. Era el prototipo de lo que yo llamaba pijo barato. Llevaba jerséis de lana áspera y con manchas de huevo, y sus calzoncillos Brooks Brothers a menudo le asomaban por encima de sus anchos pantalones de pana. Vivía fuera del campus, en un apartamento, y tenía coche. Iba a esquiar los fines de semana. Tenía lo que yo quería: una vida independiente. Soñaba con él en la intimidad; delante de la gente me hacía la dura.

Yo odiaba mi aspecto físico. Me creía gorda, fea y rara. Pero aunque él nunca me encontrara físicamente atractiva, disfrutaba oyendo una buena

historia y le gustaba emborracharse. Yo podía contarle lo primero y hacer lo segundo.

Después del taller de Wolff, Chris, Jamie y yo íbamos a tomar algo, luego Jamie decía: «Bueno, chicos, yo me largo. ¿Qué vais a hacer este fin de semana?». Chris y yo nunca teníamos buenas respuestas. Los dos nos sentíamos ineptos. Mis fines de semana habían consistido en esperar el gran jurado y luego lo que siguió. Chris más tarde confesó que sus fines de semana habían consistido en ir a bares gay del centro de Syracuse y tratar sin éxito de ligar. Chris y yo nos sobrealimentábamos y bebíamos demasiado café mientras leíamos buena poesía. Cuando escribíamos un poema que no desdeñábamos nos llamábamos y lo leíamos en alto. Éramos solitarios y nos odiábamos a nosotros mismos. Nos hacíamos reír, con amargura, y esperábamos a que Jamie volviera renovado de un fin de semana en Stowe o Hunter Mountain para que llenara nuestras deprimentes vidas.

Una noche de aquel otoño les conté a los dos mi violación. Estábamos los tres borrachos. Fue después de un recital o un taller, y habíamos ido a un bar de Marshall Street. Era un poco más agradable que la mayoría de los bares de estudiantes, que eran más bien cuevas.

No recuerdo cómo salió a colación. Era un par de días antes de la rueda de identificación y yo no podía pensar en otra cosa. Chris se quedó perplejo y la noticia tuvo el efecto de ponerle más borracho. Su hermano Ben había sido asesinado hacía dos años, pero entonces yo no lo sabía. Era Jamie quien me importaba. Jamie con quien me imaginaba casándome enamorada.

Cualquiera que hubiera sido su reacción, no habría satisfecho la fantasía de rescate que yo me había inventado. Nada lo habría hecho. Se produjo un silencio incómodo alrededor de la mesa y luego Jamie encontró la solución. Pidió otra ronda de copas.

Jamie volvió solo en coche a su apartamento de fuera del campus.

Chris, que vivía en la otra dirección, me acompañó andando a casa. Cuando me acosté la cabeza me daba vueltas. No me gustaba beber, pero me gustaba cómo me liberaba. Decía algo sin querer y el mundo no estallaba, y podía contar con que al final me dormiría. A la mañana siguiente me dolía la cabeza y siempre vomitaba, pero a Jamie, y al parecer a todo el mundo, le

gustaba cuando estaba borracha. La ventaja añadida era que a menudo no me acordaba de gran cosa.

Después de Navidad salimos de copas con más frecuencia, sin Chris.

Jamie me dijo que había vuelto a la universidad para terminar la carrera después de haber cuidado a su padre durante una enfermedad terminal prolongada. Me confesó que tenía una tienda de ropa para mujeres en Utica, y que iba a menudo a supervisar. Todo eso lo rodeó de más glamour todavía, pero lo que realmente me gustaba de él era su naturalidad. Comía y eructaba. Se dormía en todas partes. Había perdido la virginidad mucho antes que yo, a los catorce años, con una mujer mayor que él. «No tuve escapatoria», decía bebiendo un sorbo de cerveza de una botella o vino de una copa, y resoplaba alegremente. Bromeaba sobre la cantidad de mujeres que habían pasado por su vida y me contaba historias de maridos que lo habían sorprendido con sus mujeres.

Yo no me sentía cómoda oyéndolo. Su promiscuidad me parecía inconcebible, pero también significaba que había visto y hecho de todo. No habría sorpresas. A sus ojos yo no era un bicho raro. Jamie no era un buen chico. Pero lo último que necesitaba yo era un buen chico que me viera

«especial».

Escuchó con paciencia lo que ocurría en mi vida: sobre Gail, la rueda de identificación o mi miedo al juicio. Las semanas siguientes, que se convirtieron en meses después de las vacaciones de Navidad, viví a la espera del juicio. Lo pospusieron repetidas veces. Se fijó para el 22 de enero una vista previa al juicio. Se canceló, pero tuve que acudir igualmente para hablar con el fiscal del distrito, Bill Mastine, y con Gail, que ahora estaba embarazada y pasaba las riendas a Mastine.

Vi que Jamie reconocía que los dos éramos bichos raros. Él había pasado por mucho con su padre y creía que yo, a mis diecinueve años, me distinguía de la mayoría de mis compañeras por la violación. Pero en lugar de hacer que me enfrentara a mis sentimientos, como quería Tricia del Centro de Crisis de Violaciones, me enseñó a beber. Y aprendí.

Jamie y yo hablamos de sexo y yo le mentí.

Una noche, en el bar, me preguntó —sin miramientos, me pareció— si me había acostado con alguien desde la violación. Yo le dije que no, pero en aquel mismo instante la expresión de su cara me informó de que no era la respuesta acertada. Rectifiqué:

—No, no seas tonto, por supuesto que sí.

—Uf —respondió, dando vueltas al vaso de cerveza encima de la mesa

—. No me habría gustado ser ese tío.

—¿Qué quieres decir?

—Es una gran responsabilidad. Tendrías miedo de follar. Además,

¿quién sabe qué podría pasar?

Le dije que no había sido tan terrible como imaginaba él. Me preguntó con cuántos hombres me había acostado. Me inventé un número: tres.

—Los suficientes para saber que eres normal.

Yo le di la razón.

Seguimos bebiendo. De pronto estaba sola, lo sabía. Si le hubiera dicho la verdad me habría rechazado. La presión que sentía de «quitarme aquello de encima» —tal como se lo había dicho a Lila— era insoportable.

Temía que si tardaba demasiado, el miedo que entrañaba tener relaciones sexuales no hiciera sino aumentar. No quería acabar convertida en una vieja reseca, ni hacerme monja, ni vivir en la casa de mis padres y quedarme mirando las paredes. Aquellos destinos me parecían muy reales.

Poco antes de las vacaciones de Semana Santa llegó la noche.

Jamie y yo fuimos al cine. Después nos emborrachamos mucho en el bar.

—Tengo que mear —dijo él, no por primera vez aquella noche.

Mientras iba al lavabo, hice cálculos. Hacía un tiempo que preparábamos el terreno. Él me había hecho la única pregunta que podía detenernos y yo le había mentido, al aparecer con éxito. Al día siguiente él se iría de fin de semana a esquiar, y yo estaría sola conmigo misma y con Lila unos días.

—Si bebo más no podré volver a casa en coche —dijo él cuando volvió a la mesa—. ¿Te vienes conmigo?

Me levanté y salimos. Nevaba. Sentimos el frío cortante de los copos de nieve en nuestra piel caliente por el alcohol. Nos quedamos allí parados respirando el aire frío. Se amontonaron copos de nieve en las puntas de las pestañas de Jamie y en la costura de su gorro de esquiar.

Nos besamos. Fue un beso húmedo y baboso, diferente de los de Steve, más bien como los de Madison. Yo quería aquello. Quería con toda mi alma quererlo. Es Jamie, me repetí mentalmente. Es Jamie.

—¿Te vienes a casa conmigo entonces? —preguntó él.

—No lo sé —dije.

—Bueno, hace un frío de cojones aquí fuera y yo me voy a casa.

Contigo o sin ti.

—Llevo las lentillas —dije.

Él estaba borracho y se mostró desenvuelto, ya había hecho eso mil veces antes.

—Bueno, tienes dos opciones. Puedes volver andando a la residencia y dormir sola, o puedo llevarte allí en coche y esperarte mientras te quitas las lentillas.

—¿Lo harías?

Él se quedó fuera en el coche. Yo me dirigí apresuradamente al ascensor de Haven, fui a mi habitación y me quité las lentillas. Era tarde, pero desperté a Lila de todos modos. Llamé a su puerta. Me abrió; llevaba su camisón de franela. Su habitación estaba oscura. La había despertado.

—¿Qué pasa?

—Bueno, ha llegado la hora —dije—. Me voy a casa de Jamie.

Volveré por la mañana. Prométeme que desayunarás conmigo.

—Bueno —dijo ella, y cerró la puerta.

Yo había querido compartirlo con alguien.

Cuando salí nevaba mucho. Para concentrarnos en la carretera, guardamos silencio. Noté el aire caliente que salía del salpicadero. Jamie era mi guía en una misión a un lugar donde yo nunca había estado. Yo tenía una última oportunidad para hacerlo antes de que se cerraran los muros. La promiscuidad de Jamie me parecía ahora una bendición. En su forma de hablar de ello yo sabía que había habido tanta fanfarronería como verdadero placer. Aun entonces me di cuenta de que había estado borracho en muchos de esos encuentros. Ahora también lo estaba. Pero todo eso me daba información. Las borracheras. La promiscuidad. Una vida sin rumbo. Todo era, a mi modo de ver, fruto de su elección. Nadie le había obligado a beber, a follar o a correr. Ahora miro atrás y veo que podría haber sido de otro modo; pero entonces me quedé mirando la carretera. La nieve se

amontonaba a cada lado de los limpiaparabrisas en marcha y formaba un pico blanco en medio. Yo me dirigía a la casa de un hombre normal —y casi desde cualquier punto de vista, atractivo— y él me llevaba allí para hacer el amor conmigo.

Había imaginado muchas veces su casa. No me pareció tan fantástica cuando llegamos. Vivía en un apartamento de un dormitorio. En la salita no había muebles, sólo cajas de leche llenas de discos y casetes, y un estéreo en el suelo enmoquetado. Él entró y tiró la cartera al suelo, orinó sin molestarse en cerrar la puerta del cuarto de baño, de la que desvié la mirada, y volvió a entrar en la cocina. Desde que habíamos llegado al apartamento se había mostrado impaciente por ponerse en acción. Yo estaba en el pasillo, entre la cocina oscura y la salita sin amueblar. Su habitación estaba cerca del cuarto de baño. Sabía que era allí adonde nos dirigíamos, sabía que para eso había ido allí, pero titubeé. Estaba asustada.

Jamie dijo que suponía que yo era lo suficientemente novata como para tener que ofrecerme una copa. Tenía una botella de vino blanco ya abierta en la nevera y dos copas de vino sucias. Sostuvo las copas debajo del grifo y a continuación las llenó de vino. Cogí mi copa que goteaba y bebí un sorbo.

—Puedes dejar el bolso —dijo—. La música lo hará más fácil, ¿eh?

Entró en la salita y se acuclilló junto a una caja de leche llena de casetes. Cogió unas cuantas, las miró y volvió a tirarlas. Yo dejé mi cartera cerca de la puerta de la calle. Él optó por Bob Dylan, la clase de melodías lentas y dilatorias que siempre me hacían pensar en los muertos haciendo sonar sus cadenas. No era fan de Dylan, pero sabía que era mejor callármelo.

—No te quedes ahí como una estatua —dijo, volviéndose y acercándose más—. Bésame.

Algo en mi beso le desagradó.

—Mira, tú también querías esto —dijo—. No te cortes ahora.

Dijo que fuera a cepillarme los dientes. Le contesté que no tenía cepillo.

—¿No te has quedado nunca en casa de un tío?

—Sí —mentí tímidamente.

—¿Qué haces entonces?

—Lo hago con el dedo —dije, pensando rápidamente.

Jamie pasó por mi lado, entró en el cuarto de baño y me dio un cepillo de dientes.

—Toma —dijo—. Si follas con alguien puedes utilizar su cepillo.

Asustada, borracha y titubeante pillé su lógica. Fui al cuarto de baño y me cepillé los dientes. Me eché agua a la cara y, por un instante, me preocupó si estaba guapa. Pero en cuanto me miré en el espejo desvié la vista. No podía ver lo que estaba haciendo. Tragué saliva, respiré hondo y salí del lavabo.

Jamie estaba tirando la ropa de la cama al suelo de su habitación. Las sábanas tenían manchas, y había varias mantas amontonadas donde habían caído al quitarlas de una patada. Había subido el volumen de la música. Las botas de esquí estaban fuera de la habitación, colocadas de lado. Me trajo la copa de vino y la puso junto a su radio despertador en la caja de leche que había junto al colchón.

Se quitó la camisa por la cabeza. Yo había visto muy pocos torsos de hombres. El suyo parecía más escuálido de lo que yo había imaginado y estaba cubierto de pecas. La cinturilla de sus calzoncillos largos había perdido la elasticidad y le caía por encima de los pantalones.

—¿Piensas quedarte vestida? —preguntó.

—Estoy cortada.

—No tenemos tiempo para eso —dijo él—. Tengo que levantarme mañana para la clase de español y luego me voy a Vermont. Empecemos.

De alguna manera lo hicimos. De alguna manera me quedé tumbada debajo de él mientras me follaba. Me folló con energía. Fue lo que más tarde oí a las chicas llamar «sexo atlético». Cuando se corrió, lo hizo ruidosamente, resoplando y gritando. Yo no estaba preparada para eso y me eché a llorar. Lloré más fuerte de lo que jamás habría imaginado, sacudiendo el cuerpo. Él dejó de hacer ruidos y me abrazó fuerte. Yo me sentía humillada, pero no podía parar. No creo que él supiera que le consideraba el primero, pero fue lo bastante inteligente para saber la causa del llanto.

—Pobrecita —dijo—. Pobrecita.

Poco después se quedó dormido encima de mí. Yo me quedé despierta toda la noche.

A primera hora de la mañana él quiso volver a hacer el amor. Pero primero, después de besarme, me empujó la cabeza hacia su pene. Una vez

allí, yo no supe qué hacer.

—¿No lo has hecho nunca? —preguntó.

Lo intenté, pero tuve arcadas.

—Ven aquí —dijo él, soltándome. Nos besamos más y, preocupado por la expresión que veía en mis ojos, me sujetó por el pelo y me echó la cabeza hacia atrás—. Mira, no lo hagas. No te enamores de mí.

Yo no sabía qué quería decir o cómo responder a la reprimenda. Dije que no lo haría, pero no sabía cómo no hacerlo.

Me llevó en coche a Haven.

—Cuídate —dijo.

No quería ninguna responsabilidad. Ya había tenido bastante cuidando a su padre. Se fue a su clase y luego a esquiar.

«Bueno, lo hice», le escribí a Lila en el tablero que colgaba fuera de su puerta. Sabía que seguía dormida y lo agradecí. Llevaba veinticuatro horas sin dormir. Fui a mi habitación. Necesitaba tiempo para embellecer la historia. Cuando desperté a media tarde, se había acabado. Había perdido mi verdadera virginidad. Todo había salido bien, aunque no exactamente perfecto, y un hombre me había aceptado.

Naturalmente, hice lo que él me había pedido que no hiciera. Me enamoré de él.

Lo convertí en una buena historia. Me reí de mí, de mi torpeza. Me emborraché. Llamé a Chris y se lo conté. Le encantó.

—¡Te has llevado el premio! —gritó.

Con Lila hice el papel de experimentada y entendida mientras comíamos un Häagen-Dazs de vainilla con almendras.

Jamie no me llamó. Me dije que iba a verlo después de Semana Santa, que la gente enrollada como nosotros no necesitaba cosas como anillos, flores o llamadas telefónicas. Hice la maleta para ir a Pensilvania. Escondí una botella de Absolut en mi Samsonite roja de pésima calidad. Me sentía bien.

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