Afortunada
Capítulo 5
Mi madre era sacristana de la Iglesia Episcopaliana de Saint Peter.
Íbamos a aquella iglesia desde que nos habíamos trasladado a Pensilvania cuando yo tenía cinco años. Me caían bien el pastor, el padre Breuninger, y su hijo Paul, que tenía mi edad. En la universidad reconocí al padre Breuninger en la obra de Henry Fielding. Era un hombre afable si bien no demasiado perspicaz, y era el centro de una pequeña y devota congregación.
Paul vendía coronas de Navidad a los feligreses cada año, y su mujer, Phyllis, era alta y nerviosa. Esta segunda cualidad la convertía en el blanco de los comentarios compasivos y competitivos de mi madre.
A mí me gustaba jugar en el cementerio después del oficio; me gustaban los comentarios que hacían mis padres antes y después en el coche; me gustaba que los feligreses me adoraran, y me fascinaba, estaba totalmente enamorada de Myra Narbonne. Era mi anciana preferida y también la de mi madre. A Myra le gustaba decir que «se había hecho vieja antes de que se pusiera de moda». A menudo su gran barriga o su ralo cabello de ángel eran el remate de un chiste. En el seno de una congregación llena de distinguidas personas de Main Line, donde cada domingo se llevaban los mismos atuendos, impecablemente confeccionados pero en un tris de parecer raídos, Myra era un soplo de aire fresco. Tenía toda la sangre azul que necesitaba, pero llevaba largos vestidos cruzados de los años setenta que eran, según sus propias palabras, «horteras como un mantel». A menudo no podía abotonarse la blusa hasta abajo porque el pecho se le había ido cayendo. Se ponía pañuelos de papel debajo del sujetador, lo que también hacía mi abuela del este de Tennessee, y me daba galletas cuando volvía de jugar en el cementerio. Estaba casada con un hombre llamado Ed. Ed no iba mucho a la iglesia, pero cuando lo hacía parecía estar contando los minutos que faltaban para irse.
Yo había estado en su casa. Tenían una piscina y les gustaba ver a la gente joven bañarse en ella. Tenían un perro al que llamaban Pecas por sus manchas, y unos cuantos gatos, entre ellos el gato manchado más gordo que yo jamás había visto. En mis años de instituto Myra avivó mi deseo de ser pintora. Ella también pintaba y había convertido su invernadero en estudio.
Creo que también entendió, sin hablar conmigo de ello, que yo no estaba muy contenta en casa.
Durante mi primer año en la universidad, mientras estaba en Syracuse yendo con Mary Alice a los bares universitarios de Marshall Street, ocurrieron cosas en Pensilvania.
Myra siempre dejaba las puertas de su casa abiertas. Entraba y salía de la casa al jardín. Pecas necesitaba salir. Nunca habían tenido ningún problema, y aunque su casa estaba muy apartada de la carretera y oculta por árboles, vivían en un vecindario de granjeros ricos. Así pues, Myra nunca habría imaginado que un día tres hombres enmascarados con medias cortarían los cables del teléfono antes de entrar por la fuerza en la casa.
Separaron a Ed de Myra, y a ella la ataron. No les gustó que no hubiera dinero en la casa. Golpearon tanto a Ed que cayó de espaldas por la escalera del sótano. Un hombre fue tras él mientras otro registraba la casa. El tercero, al que los demás llamaban Joey, se quedó con Myra, llamándola
«vieja», y golpeándola con la palma abierta.
Se llevaron todo lo que pudieron. Joey dijo a Myra que se quedara allí, que no fuera a ninguna parte, que su marido estaba muerto. Se marcharon.
Myra se quedó tumbada en el suelo y forcejeó hasta que se liberó de la cuerda. No pudo bajar la escalera para comprobar cómo estaba Ed porque le pareció que se había roto el pie. También le habían roto varias costillas, aunque entonces no lo sabía.
Desafiando las órdenes de Joey, Myra salió de la casa. Estaba demasiado asustada para ir a la carretera principal, de modo que se arrastró a través de la maleza que había detrás del patio trasero —casi un kilómetro
— hasta llegar a otra carretera menos frecuentada. Se quedó allí de pie, descalza y sangrando. Al final pasó un coche y ella lo paró haciendo señas.
Se acercó a la ventanilla del coche.
—Por favor, ayúdeme —dijo al conductor solitario—. Han entrado tres hombres en nuestra casa y creo que han matado a mi marido.
—No puedo ayudarla, señora.
Ella se dio cuenta de quién iba en el coche: era Joey y estaba solo. Le delató la voz. Lo miró con detenimiento; ya no iba cubierto con la media.
—Suélteme —dijo él cuando ella, al reconocerlo, le sujetó el brazo.
Se alejó a toda velocidad y ella cayó al suelo. Pero siguió andando hasta llegar a una casa, donde pudo telefonear para pedir ayuda. A Ed lo llevaron a toda prisa al hospital. Si ella no hubiera salido de la casa cuando lo hizo, dijeron los médicos más tarde, él habría muerto desangrado.
Luego, aquel mismo invierno, la detención de Paul Breuninger conmocionó Saint Peter.
Paul había dejado de vender coronas en el instituto. Dejó crecer su pelo pelirrojo y rizado, y no volvió a pisar la iglesia. Mi madre me dijo que Paul entraba en su casa por una puerta independiente. Que el padre Breuninger tenía la sensación de que había perdido el control sobre él. En febrero, colocado con ácido, Paul entró en una floristería de la carretera 30
y pidió una rosa amarilla a una tal señora Mole. Él y su socio, que esperaba en el coche, habían estudiado el terreno la semana anterior. Paul había pedido una rosa cada vez, observando la caja registradora mientras la señora Mole marcaba el precio.
Pero escogieron el día menos oportuno para robar. Su marido había salido unos minutos antes con el dinero recaudado durante la semana y la señora Mole tenía menos de cuatro dólares en la caja registradora. Paul perdió los estribos. Acuchilló a la señora Mole quince veces en la cara y el cuello, gritando una y otra vez: «¡Muere, zorra, muere!». La señora Mole no obedeció. Logró salir de la tienda y se desplomó en un montón de nieve que había fuera. Una mujer vio el hilo de sangre que había ido cayendo del montículo de nieve. Lo siguió y encontró a la señora Mole, inconsciente.
Aquel mayo, después de mi violación, volví a una congregación traumatizada, pero ningún miembro lo estaba tanto como el mismo padre Breuninger. Mi madre, en calidad de sacristana, había sido su confidente de dolor. Habían detenido a Paul, y aunque a los diecisiete años aún era un menor, iban a procesarlo como a un adulto. El padre Breuninger no tenía ni idea de que su hijo llevaba desde los quince años bebiendo casi una botella de whisky al día. No sabía nada de las drogas que habían encontrado en la habitación de Paul y muy poco de los novillos que había hecho en el instituto. Había considerado la insolencia de Paul como parte de una fase de la adolescencia.
Porque era la sacristana, y porque confiaba en él, mi madre explicó al padre Breuninger que me habían violado. Él lo anunció en la iglesia. No utilizó la palabra «violada», sino «brutalmente asaltada en un parque cerca del campus. Fue un robo». Para cualquier veterano que se preciara de serlo aquellas palabras sólo podían significar una cosa. Conforme se divulgaba la noticia, se dieron cuenta de que yo no tenía ningún hueso roto, ¿hasta qué punto había sido brutal? Ah, eso...
El padre Breuninger se presentó en nuestra casa. Recuerdo la compasión que vi en sus ojos. Incluso entonces tuve la sensación de que pensaba en su hijo de la misma manera que en mí: un chico que, en el precipicio de la edad adulta, lo había perdido todo. Yo sabía por mi madre que el padre Breuninger tenía dificultades en imputar a su hijo la responsabilidad del apuñalamiento de la señora Mole. Echaba la culpa a las drogas, al cómplice de veintidós años, a sí mismo. No podía echarle la culpa a Paul.
Nos reunimos toda la familia en el salón, la habitación menos utilizada de la casa, y permanecimos rígidamente sentados en los bordes de los anticuados sofás. Mi madre sirvió a Fred —así llamaban los adultos al padre Breuninger—una taza de té. Se habló de cosas triviales. Yo estaba sentada en el sofá de seda azul, la querida posesión de mi padre donde tenían prohibido sentarse los niños y los perros. (La Navidad anterior había logrado con una galleta que uno de los bassets se subiera a él. A continuación hice dos fotos de la perra masticando y las hice enmarcar para regalárselas a mi padre.)
El padre Breuninger nos hizo levantar y cogernos las manos en círculo.
Llevaba una sotana negra y un alzacuellos blanco, y la borla de seda del cordón que le ceñía la cintura se balanceó un momento en el aire hasta detenerse.
—Oremos —dijo.
Yo estaba sorprendida. Mi familia era crítica, intelectual y escéptica.
Aquello me parecía una hipocresía. Mientras él rezaba, miré a Mary, a mis padres, al padre Breuninger. Tenían la cabeza inclinada; los ojos cerrados.
Yo me negué a cerrarlos. Rezaban por mi alma. Me quedé mirando fijamente la entrepierna del padre Breuninger. Pensé en que bajo la tela negra era un hombre. Tenía una polla como cualquier otro hombre. ¿Qué derecho tenía a rezar por mi alma?, me pregunté.
Luego pensé en su hijo Paul. Mientras estaba allí pensé en Paul siendo detenido y teniendo que cumplir una condena. Pensé en Paul siendo humillado y en la satisfacción que debía de haber sentido la señora Mole.
Paul no había obrado bien. El padre Breuninger, que había pasado toda su vida alabando a Dios, había perdido a su hijo, lo había perdido de verdad, más de lo que a mí me podrían perder jamás. Yo había obrado bien. De pronto me sentí poderosa, y pensé que lo que mi familia estaba haciendo, aquel acto de fe o de caridad, era estúpido. Me enfadé con ellos por seguir con aquella farsa. Por estar de pie sobre la alfombra del salón —la habitación de las ocasiones especiales, de las vacaciones y las celebraciones
— y rezar por mí a un Dios en el que no estaba segura de que creyeran.
El padre Breuninger se marchó por fin. Tuve que abrazarlo. Olía a loción para después del afeitado y a las bolas de naftalina del armario de la iglesia donde colgaba sus vestimentas. Era un hombre limpio y bienintencionado. Estaba pasando su propia crisis, pero entonces no había manera, a través de Dios o de lo que fuera, de que yo estuviera con él.
Luego vinieron las ancianas. Las maravillosas, cariñosas y sabias ancianas.
Cada vez que venía una me llevaban al salón y me hacían sentar en el preciado orejero de mis padres. Aquella butaca me ofrecía una perspectiva incomparable. La persona sentada en ella alcanzaba a ver el resto de la habitación (a su derecha el sofá azul) y el comedor, donde estaba expuesto el juego de té de plata. Cuando las señoras venían de visita, se les servía té en la porcelana china que había sido un regalo de boda de mis padres, y mi madre las atendía como un honor poco frecuente.
La primera en venir fue Betty Jeitles. Betty Jeitles tenía dinero. Vivía en una bonita casa cerca de Valley Forge, que mi madre codiciaba y por delante de la cual conducía muy deprisa, para que no pareciera que lo hacía.
Betty tenía la cara surcada de profundas arrugas. Recordaba una exótica raza de perro, un refinado shar-pei, y hablaba con un acento aristocrático que mi padre explicó con las palabras «dinero de familia».
Yo estaba en camisón y bata cuando vino la señora Jeitles. Me senté de nuevo en el sofá azul. Ella me regaló un libro: Akienfield: retrato de un pueblo chino. Me recordó que cuando yo era pequeña les había dicho a las señoras que tomaban café que quería ser arqueóloga. Pasamos el rato de su visita hablando de cosas triviales. Mi madre participó. Habló de la iglesia y de Fred. Betty escuchaba, y cada pocas palabras, asentía o pronunciaba un
par de palabras. Recuerdo que me examinó en el sofá mientras mi madre hablaba; quería decir algo pero no era una palabra que pudiera decirse.
A continuación vino Peggy O'Neil, a quien mis padres llamaban «la Solterona». Peggy no era una fortuna de Main Line. Su dinero provenía de haber dado clase en un colegio toda su vida y de haber ahorrado escrupulosamente. Vivía algo apartada de la carretera en una casa encantadora en la que mi madre nunca se detenía mucho rato. Llevaba el pelo teñido de negro azabache. Estaba especializada, junto con Myra, en bolsos de temporada. Bolsos de mimbre con sandías pintadas en primavera, o bolsos hechos con cuentas ensartadas con correas de cuero, en otoño.
Llevaba vestidos sencillos, de madrás y cloqué. Los materiales parecían pensados para distraer al que la miraba por la forma de su cuerpo. Ahora que he sido profesora la reconozco como ropa de profesora.
Si Peggy me trajo un regalo, no me acuerdo. Pero ella, que era menos reservada que la señora Jeitles, no necesitaba regalarme nada. Hasta tuve que recordarme llamarla señorita O'Neil en lugar de Peggy. Contó chistes y me hizo reír. Comentó que tenía miedo en su casa. Habló de lo peligroso que era vivir sola siendo mujer. Me dijo que yo era especial, que era fuerte y que lo superaría. También me dijo, riéndose, pero con toda seriedad, que no era malo ser soltera.
La última en venir fue Myra.
Ojalá recordara su visita. Mejor dicho, ojalá recordara con detalle cómo iba vestida, cómo nos sentamos o qué dijo. Sólo recuerdo la sensación de estar de pronto en presencia de alguien que lo «había entendido». No sólo había comprendido lo ocurrido —hasta donde podía—, sino también lo que yo sentía.
Yo estaba sentada en el sillón orejero. Su presencia me reconfortaba.
Ed no se había recobrado del todo de la paliza. Nunca lo haría. Había recibido demasiados golpes en la cabeza. Ahora estaba aturullado, lo confundía todo. Myra era como yo: la gente daba por hecho que era fuerte.
Sus aparentes cualidades y su reputación les hacía creer que, si tenía que ocurrirle algo a alguna de las ancianas de la iglesia, le había ocurrido a la que tenía mayor capacidad de recuperación. Me habló de los tres hombres.
Se rió al decir que no habían sabido lo guerrera que podía ser una mujer de su edad. Iba a testificar. Habían detenido a Joey basándose en su descripción. Aun así, se le empañaban los ojos cuando hablaba de Ed.
Mi madre observaba a Myra buscando pruebas de que yo me recobraría. Yo observaba a Myra en busca de pruebas de que me entendía.
En un momento determinado dijo:
—Lo que me pasó a mí no tiene nada que ver con lo que te ha pasado a ti. Tú eres joven y guapa. Nadie se interesó en mí en ese sentido.
—Me violaron —dije.
Se produjo un silencio en la habitación. Mi madre se sintió de pronto incómoda. El salón, con sus muebles de anticuario cuidadosamente colocados y encerados, los cojines de punto de mi madre que decoraban la mayoría de las sillas, y los retratos de nobles españoles que te miraban sombríos desde las paredes, cambió de pronto. Me había parecido que tenía que decirlo. Pero también me di cuenta de que decirlo equivalía a un acto de vandalismo. Como si desde el otro lado del salón hubiera arrojado un cubo de sangre al sofá azul, a Myra, al orejero, a mi madre.
Las tres nos quedamos allí sentadas y lo observamos caer gota a gota.
—Lo sé —dijo Myra.
—Necesitaba decir la palabra —dije.
—Es dura.
—No es «lo que me ha pasado», «el asalto», «la paliza», o «eso». Creo que es importante llamarlo por su nombre.
—Fue una violación —dijo ella—, y a mí no me pasó.
Volvimos a hablar de cosas intrascendentes. Al cabo de un rato se marchó. Pero yo había tomado contacto con un planeta distinto del que habitaban mis padres o mi hermana. Un planeta donde un acto de violencia te cambiaba la vida.
Aquella misma tarde vino a casa un chico de nuestra iglesia, el hermano mayor de un amigo mío. Yo estaba en camisón en el porche. Mi hermana estaba arriba en su habitación.
—Niñas, Jonathan ha venido a veros —dijo mi madre desde el vestíbulo delantero.
Tal vez fuera su pelo rubio rojizo, o el hecho de que ya era licenciado y había conseguido un trabajo en Escocia, o que su madre lo tenía en muy alto concepto y, como consecuencia, sabíamos casi todo el currículum de su niño mimado; fuera lo que fuese, mi hermana y yo estábamos secretamente enamoradas de él. Llegamos al mismo tiempo al vestíbulo, yo procedente
de la parte trasera de la casa, mi hermana bajando por la escalera de caracol.
Él clavó la vista en ella inmediatamente. Mi hermana no hizo aspavientos.
Yo no podía acusarla de haberse mostrado coqueta o melosa, o de haber jugado sucio. Era guapa. El le sonrió y empezaron a intercambiar palabras de cumplido: «¿Cómo estás?», «Bien, ¿y tú?». Advirtieron mi presencia en el umbral. Fue como si él hubiera fijado la vista sobre algo que no debería estar allí.
Hablamos un par de minutos. Luego mi hermana y Jonathan entraron en el salón, yo me disculpé y volví a la parte trasera de la casa; cerré la puerta del salón, salí al porche y me senté de espaldas a la casa. Lloré. Me pasó por la cabeza la expresión «buenos chicos». Había visto cómo me había mirado Jonathan y ahora estaba convencida: ningún buen chico me querría. Yo era todas aquellas horribles palabras que se empleaban para una violación: estaba cambiada, ensangrentada, estropeada, arruinada.
Cuando Jonathan se marchó, mi hermana flotaba.
Aparecí en el umbral de la sala de estar. No me habían visto, pero a través de la ventana que daba al porche había oído la alegre voz de mi hermana.
—Creo que le gustas —dijo mi madre.
—¿En serio? —preguntó mi hermana, elevando el tono de voz en la segunda sílaba.
—A mí me lo ha parecido —respondió mi madre.
—¡Le gusta Mary porque a ella no la han violado! —dije yo, haciendo notar mi presencia.
—No digas eso, Alice —dijo mi madre.
—Es un buen chico —dije yo—. A mí nunca me querrá ningún buen chico.
Mi hermana se había quedado sin habla. ¡Vaya manera de hundirla!
Había estado boyante y se lo merecía. La semana posterior a mi regreso había pasado la mayor parte del tiempo en su habitación, en segundo plano y sin acaparar la atención.
—Eso no es verdad, Alice —dijo mi madre.
—Sí que lo es. Deberías haber visto cómo me ha mirado. Ha sido incapaz de afrontarlo.
Yo había alzado la voz y, como consecuencia, mi padre salió de su encierro académico en su despacho.
—¿Qué es todo este follón? —preguntó, entrando en la sala de estar.
Tenía las gafas de lectura en una mano y parecía, como hacía a menudo, que le hubieran despertado bruscamente de la vida en la España del siglo XVIII.
—Gracias por venir, Bud —dijo mi madre—. Pero no te metas en esto.
—Ningún buen chico va a quererme nunca —repetí yo.
Mi padre, fuera de contexto, se quedó horrorizado.
—¿Por qué dices eso, Alice?
—¡Porque es la verdad! —grité—. Porque me han violado y ahora nadie me querrá.
—Eso es ridículo —dijo—. Eres guapa; por supuesto que habrá buenos chicos que quieran salir contigo.
Yo chillaba. Mi hermana salió de la habitación y grité a sus espaldas:
—Estupendo, ve a escribir en tu diario: «Un buen chico ha venido a verme hoy». Yo nunca podré hacerlo.
—No metas a tu hermana en esto —dijo mi madre.
—¿Qué la hace tan especial? La dejas quedarse levantada hasta tarde en su habitación mientras a mí me tienes vigilada como a una suicida. ¡Papá camina por la casa como si fuera a caerme en pedazos si me toca, y tú te escondes en el cuarto de la ropa para tener tus crisis!
—Vamos, Alice —dijo mi padre—. Estás disgustada.
Mi madre empezó a frotarse el pecho.
—Tu madre y yo lo estamos haciendo lo mejor que podemos —dijo mi padre—. Sencillamente, no sabemos cómo actuar.
—Podríais decir la palabra, para empezar —dije, ya más tranquila, con la cara encendida de haber gritado, pero sin lágrimas.
—¿Qué palabra?
—Violación, papá —dije—. Violación. La razón por la que la gente se me queda mirando, la razón por la que vosotros no sabéis qué hacer, y esas ancianas vienen a vernos y mamá se vuelve loca, la razón por la que Jonathan Gulick me ha mirado como a un monstruo.
—Tranquilízate, Alice —decía mi padre—, estás alterando a tu madre.
Era cierto. Mi madre se había sentado en el otro extremo del sofá, lejos de nosotros. Estaba echada hacia delante con la cabeza apoyada en una mano mientras con la otra se frotaba el centro del pecho. En aquel momento sentí resentimiento hacia ella. Me fastidió que el más débil acaparara siempre la atención.
Sonó el timbre de la puerta. Era Tom McAllister. Tenía un año más que yo y era el chico más guapo que conocía. Mi madre creía que se parecía al actor Tom Selleck. Yo no le había visto desde la misa de Nochebuena.
Habíamos estado cantando un himno. Al final de éste yo me había vuelto en mi banco y él me había sonreído.
Mientras mi padre iba a abrir la puerta y lo hacía pasar, me escabullí por el pasillo para lavarme la cara en el cuarto de baño de abajo. Me arrojé agua fría a la cara y traté de peinarme con los dedos.
Me cerré la bata de tal modo que me cubriera el collar de moretones que habían dejado las manos del violador. Lloraba tanto cada día que tenía los ojos siempre hinchados. Me habría gustado tener mejor aspecto. Estar guapa, como mi hermana.
Mis padres habían hecho salir a Tom al porche. Cuando me reuní con ellos, él se levantó del sofá en el que había estado sentado.
—Son para ti —dijo, y me ofreció un ramo de flores—. También te he comprado un regalo. Mi madre me ha ayudado a escogerlo.
Me miraba fijamente. Pero bajo su mirada me sentí diferente de como me había sentido con Jonathan Gulick.
Mi madre nos trajo refrescos y, tras una breve conversación con Tom sobre sus clases en el Temple, se llevó las flores para ponerlas en agua, y mi padre se retiró al salón a leer.
Nos sentamos en el sofá. Abrí el regalo. Era un tazón con un dibujo de un gato con un ramillete de globos, la clase de regalo que, en otro estado de ánimo, habría desdeñado. Me pareció bonito y mi agradecimiento fue sincero. Éste era mi buen chico.
—Tienes mejor aspecto del que imaginaba —dijo él.
—Gracias.
—El pastor Breuninger dio a entender que habías recibido una gran paliza.
Me di cuenta de que, a diferencia de las ancianas, él no había visto nada oculto en esas palabras.
—Lo sabes, ¿no? —dije.
Me miró sin comprender.
—¿Si sé qué?
—Lo que me pasó en realidad.
—En la iglesia dijeron que te habían atracado en un parque.
Yo lo miré fijamente. Sin parpadear.
—Me violaron, Tom —dije.
Se quedó atónito.
—Puedes marcharte si quieres —dije. Miré el tazón que tenía en mis manos.
—No lo sabía. Nadie me lo ha dicho —dijo—. Lo siento mucho.
Mientras lo decía, y lo decía con sinceridad, se apartó de mí. Se puso más tieso. Sin llegar a levantarse para irse, pareció poner entre ambos la máxima distancia posible.
—Ahora ya lo sabes —dije—. ¿Cambia en algo lo que sientes por mí?
Él llevaba todas las de perder. ¿Qué podía decir? Por supuesto que le había afectado. Estoy segura de que así era, pero entonces yo no quería oír la respuesta que quiero ahora, quería la que él dijo:
—No, por supuesto que no. Es sólo que... uf, no sé qué decir.
Lo que me quedó de aquella tarde, además de la promesa de que me llamaría pronto y volveríamos a vernos, fue esa única palabra en respuesta a mi pregunta: «No».
No le creí, por supuesto. Era lo bastante lista para saber que decía lo que diría cualquier buen chico. A mí también me habían educado para ser una buena chica; yo también sabía qué decir en el momento oportuno. Pero como era un chico de mi edad, se volvió heroico en proporción a cualquier otra persona que me visitó. Ninguna anciana, ni siquiera Myra, podía darme lo que me había dado Tom, y mi madre lo sabía. Habló bien de Tom toda aquella semana, y mi padre, que se había burlado alegremente de un chico que se había atrevido a preguntar una vez en qué país se hablaba latín, le siguió el juego. Yo también, aunque todos sabíamos que nos estábamos aferrando a los restos de un naufragio; era inútil fingir que yo no había cambiado.
Tuve otra visita de Tom unos días después, y esa vez fue sin duda mucho más duro para él. Volvimos a sentarnos en el porche. Esta vez yo escuché y él habló. Había vuelto a casa, dijo, después de estar conmigo y se lo había contado a su madre. Ella no pareció sorprenderse, incluso lo había deducido por la manera en que lo había dicho el padre Breuninger. Aquella tarde, o al día siguiente, no recuerdo el orden cronológico, la madre de Tom les había hecho ir a él y a su hermana menor, Sandra, a la cocina, y les había dicho que tenía algo que decirles.
Tom dijo que su madre se había quedado junto al fregadero, dándoles la espalda. Mientras miraba por la ventana les contó la historia de cómo la habían violado. Tenía dieciocho años cuando pasó. Nunca se lo había dicho a nadie hasta aquel día. Ocurrió en una estación de tren, cuando iba a ver a su hermano, que estaba en la universidad. Lo que mejor recuerdo de lo que me contó Tom es que, cuando los dos hombres la agarraron, ella se había escurrido de su abrigo nuevo y había seguido corriendo. La cogieron de todos modos.
Yo pensaba, mientras las lágrimas caían por la cara de Tom, en cómo me había agarrado mi violador por el pelo.
—No sé qué hacer ni qué decir —dijo Tom.
—No puedes hacer nada —le dije.
Ojalá pudiera hacer retroceder el tiempo y retirar aquella última frase.
Ojalá pudiera decirle a Tom: «Ya lo estás haciendo, Tom. Estás escuchando». Me pregunté cómo su madre había reanudado su vida y llegado a tener un marido y una familia sin decírselo nunca a nadie.
Después de aquellas visitas a principios de verano, Tom y yo nos veíamos en la iglesia. Para entonces, yo ya no estaba obsesionada con llamar su atención o con dejarme ver con un chico guapo. Escudriñaba a su madre. Ella sabía que yo sabía lo suyo, y ella sabía sin duda lo mío, pero nunca hablamos. Tom y yo nos distanciamos. Habría ocurrido de todos modos, pero la historia de mi violación había irrumpido en sus vidas sin que nadie la invitara. Había provocado una revelación dentro de su hogar. Qué efecto tuvo con el tiempo aquella revelación, no lo sé. Pero a través de su hijo la señora McAllister me dio dos cosas: mi primer descubrimiento de otra víctima de violación que vivía en mi mundo, y, al decírselo a sus hijos, la prueba de que podía hacerme mucho bien contar mi historia.
La necesidad de contarla fue inmediata. Surgió de una reacción tan enraizada en mí que aunque hubiera intentado reprimirla o me lo hubiera pensado mejor, dudo que lo hubiera logrado.
Mi familia tenía secretos, y desde una edad temprana yo me había convertido en la que los revelaba. Odiaba el secretismo de ocultar cosas a
otras personas; la continua orden de: «Baja la voz o los vecinos te oirán».
Mi respuesta habitual era: «¿Y qué?».
Recientemente mi madre y yo habíamos discutido acerca de guardar las apariencias en el Radio Shack de al lado de casa.
—Estoy convencida de que el dependiente me tiene por una loca —
dijo mi madre hablando de devolver un teléfono móvil.
—La gente devuelve cosas continuamente, mamá —dije yo.
—Ya lo he devuelto una vez.
—Entonces el dependiente creerá que eres una pesada, pero dudo de que te crea loca.
—No puedo volver allí. Ya los estoy oyendo: «Aquí está esa vieja que no sabría cómo funciona un tenedor aunque viniera con instrucciones».
—Pero mamá —dije yo—, se cambian cosas continuamente.
Ahora me parece extraño, pero al hacerte mayor, la preocupación por lo que los demás puedan pensar de ti supone guardar secretos. Mi abuela, la madre de mi madre, tenía un hermano que murió de alcoholismo. Su hermano menor descubrió su cuerpo sin vida tres semanas después. A mi hermana y a mí nos advirtieron que nunca dijéramos a la abuela que mamá era alcohólica. Se suponía que tampoco debíamos hablar de sus crisis, y ella hacía lo posible por ocultarlas en nuestras visitas a Bethesda, donde vivían sus padres. Aunque mis padres decían tacos sin parar, se suponía que nosotras no debíamos hacerlo. Y aunque oíamos lo que opinaban del decano de Saint Peter (un «tarado altanero»), lo que opinaban de los vecinos («Se está buscando un infarto con todos esos kilos»), o lo que opinaban de una hija cuando la otra estaba arriba en su habitación, se suponía que no debíamos repetirlo.
Yo parecía incapaz por naturaleza de seguir aquellas instrucciones.
Cuando nos fuimos de Rockville, Maryland, para irnos a vivir a Pensilvania, cuando yo tenía cinco años, mi hermana tuvo que repetir tercero. Era demasiado pequeña, según el distrito escolar de East Whiteland, para pasar a cuarto. Sólo por este motivo tuvo que hacer otra vez tercero. Aquello fue traumático para ella porque ser repetidora era una de las peores etiquetas que podías llevar a los ocho años en una nueva ciudad. Mi madre dijo que nadie tenía que enterarse. Lo que no dijo es que para eso tendrían que coserme la boca y no dejarme salir de casa.
Unos días después de que nos hubiéramos instalado en la nueva casa, yo estaba en el patio trasero con nuestro basset, Feijoo. Me encontré con
una vecina, la señora Cochran, que se inclinó hacia mí y se presentó. Tenía un hijo de mi edad, llamado Brian, y seguramente quería una primicia sobre nuestra familia. La complací.
—Mi madre es la que tiene cráteres en la cara —dije a nuestra perpleja vecina. Me refería a las cicatrices de acné de mi madre. En respuesta a la pregunta: «¿Hay más como tú en tu familia», dije—: No, pero está mi hermana. Va a repetir tercero.
Y así siguió. Cada vez me volvía más bocazas, pero me niego a cargar con toda la culpa. Era muy consciente de mi público: a los adultos les encantaba.
Las reglas de la revelación eran sencillamente demasiado complicadas para que yo las comprendiera. Mis padres podían decir lo que quisieran, pero una vez fuera de casa se suponía que yo no debía decir ni pío.
—A los vecinos les gusta sacarte información —decía mi madre—.
Tienes que aprender a mostrarte más reservada. No sé por qué insistes en hablar con todo el mundo.
Yo no sabía qué significaba «reservada». Sólo seguía su ejemplo. Si querían a una hija callada, les dije finalmente después de una discusión a gritos en el instituto, tal vez debería haber empezado a fumar. Así tendría cáncer de pulmón en lugar de lo que mi madre me acusaba de tener, que era cáncer de boca.
El sargento Lorenz fue la primera persona que escuchó mi historia.
Pero me interrumpió a menudo con las palabras: «Eso es intrascendente».
Trató de sonsacarme hechos que apoyaran los cargos más destacados. Él era lo que era: un policía de «sólo los hechos, señora».
¿A quién podía explicar aquellas cosas? Estaba en casa. No creía que mi hermana pudiera soportarlo, y Mary Alice se hallaba a kilómetros de distancia, trabajando en la costa de Jersey. No era algo que pudiera contarse por teléfono. Intenté explicárselo a mi madre.
Ella me confiaba muchas cosas. Pequeños apartes como «Tu padre no conoce el significado de la palabra "cariño"», cuando yo tenía once años, o las conversaciones que habíamos tenido durante la prolongada enfermedad y muerte de mi abuelo. No tenía secretos para mí. Creo que era una decisión que mi madre había tomado muy pronto en respuesta directa a su propia madre, mi abuela, que era estoica y taciturna. Sus sabias palabras durante una crisis eran de la vieja escuela: «Si no piensas en ello, desaparecerá». Mi madre sabía por experiencia que eso no era verdad.
Así pues, la conversación que me disponía a mantener con ella tenía un precedente. Cuando yo tenía dieciocho años ella me dijo que me sentara y me contó con detalle su alcoholismo, el comienzo y consecuencias. Creía que compartiendo tales cosas conmigo yo sería capaz de evitarlas o, si era necesario, reconocerlas cuando ocurrieran. Al hablar de ellas a sus hijos también reconocía que eran reales y que nos afectaban, que cosas así marcaban a una familia y no sólo a la persona que las experimentaba.
Mi memoria me dice que podría haber sido de noche, no estoy segura, pero fue unas semanas después de mi violación, estábamos sentadas a la mesa de la cocina. Si mi madre y yo no estábamos solas en casa, seguro que mi padre se hallaba en su despacho y mi hermana en su habitación, de modo que hubiésemos oído pasos si se hubiera acercado alguien.
—Necesito explicarte lo que pasó en el túnel —dije.
Los individuales todavía estaban en la mesa. Mi madre jugueteó con una esquina del suyo.
—Puedes intentarlo —dijo—, pero no puedo prometerte que pueda soportarlo.
Empecé. Le hablé de la casa de Ken Childs, de las fotos que me hizo en su apartamento. Eché a andar por el sendero del parque. Le hablé de las manos del violador, cómo me sujetó con los dos brazos, el forcejeo sobre los ladrillos. Cómo entré en el túnel, empecé a desnudarme y él me tocó; ella me hizo parar.
—No puedo, Alice —dijo—. Quiero hacerlo, pero no puedo.
—Me ayuda hablar de ello, mamá —dije.
—Lo comprendo, pero no creo que yo sea la persona indicada.
—No tengo a nadie más —dije.
—Puedo pedirte hora con la doctora Graham.
La doctora Graham era la psiquiatra de mi madre. En realidad era la psiquiatra de la familia. Había empezado como psiquiatra de mi hermana y luego quiso vernos a toda la familia junta, para ver cómo era el ambiente familiar que afectaba a mi hermana. Mi madre me había enviado a la doctora Graham unas cuantas veces después de una caída particularmente aparatosa por la escalera de caracol. Siempre subía y bajaba corriendo con calcetines y a menudo resbalaba en la madera encerada. Siempre me caía de culo y rebotaba por los escalones hasta que aterrizaba en el rellano o mis miembros se enredaban en una configuración que me frenaba el cuerpo a poca distancia del suelo de losas del vestíbulo delantero. Mi madre decidió
que aquella torpeza podía ser parte de un deseo de autodestrucción. Yo estaba convencida de que no era nada tan complejo. Simplemente era patosa.
Ahora tenía una verdadera razón para ir a ver a un psiquiatra. Hasta entonces me había jactado de ser el único miembro de la familia que no había seguido ninguna terapia —no consideraba una terapia la conversación sobre mis batacazos— y había torturado a mi hermana por ver a la doctora Graham. Mary siguió una terapia el mismo año que los Talking Heads sacaron la canción perfecta para que su hermana menor la utilizara contra ella: Psycho Killer. Crueldad fraternal con melodía. Teníamos que ahorrar mucho en casa para pagarle la terapia. Resolví que lo que mis padres se gastaban en ella deberían gastarlo en mí. Yo no tenía la culpa si Mary estaba loca.
Habría sido justo que se vengara, pero Mary no se mofó de mí aquel verano. Le comenté que mamá creía que debía ir a la doctora Graham y las dos estuvimos de acuerdo en que me sería útil. Mi motivación era ante todo estética. Me gustaba el aspecto de la doctora Graham. Era una feminista militante. Medía metro ochenta y dos, llevaba largos vestidos holgados de batik sobre su cuerpo dominante pero no pesado, y se negaba a depilarse las piernas. Se había reído de mis bromas sobre el instituto, y después de nuestras pocas sesiones concernientes a mis caídas, le había dicho a mi madre, delante de mí, que viniendo de la familia de la que venía, estaba increíblemente bien adaptada. No me pasaba nada, había dicho entonces.
Mi madre me llevó en coche a su consulta de Filadelfia. No era la misma consulta que había tenido en el Children's Hospital; aquélla era su consulta privada. Estaba preparada para recibirme. Entré y me senté en el diván.
—¿Quieres decirme por qué has venido a verme, Alice? —preguntó.
Ya lo sabía. Mi madre se lo había dicho por teléfono cuando llamó para pedir hora.
—Me violaron en el parque que hay cerca de mi universidad.
La doctora Graham conocía a nuestra familia. Sabía que tanto Mary como yo éramos vírgenes.
—¿Y? —dijo—. Supongo que eso te hará más desinhibida con el sexo ahora, ¿no?
Yo no podía dar crédito. No recuerdo si dije: «Menuda tontería has dicho». Estoy segura de que me habría gustado hacerlo. Solo sé que ése fue
el final de la sesión, que me levanté y me fui.
Lo que la doctora Graham había dicho venía de una feminista que ya estaba en la treintena. Alguien que debería haber sabido más, pensé. Pero estaba aprendiendo que nadie —incluyendo las mujeres— sabía qué hacer con la víctima de una violación.
De modo que se lo conté a un chico. Se llamaba Steve Carbonaro y lo conocía del instituto. Era listo y a mis padres les caía bien: sabía apreciar sus alfombras y sus libros. Venía de una gran familia italiana y quería salir de ella. La poesía era la manera que había escogido para escapar y por eso yo tenía más en común con él que con ninguna otra persona. En el sofá de mis padres, a los dieciséis años, nos habíamos leído en voz alta poemas del The New Yorker Book of Poetry, y él me había dado mi primer beso.
Todavía guardo mi diario. Cuando se marchó, escribí: «Mamá casi me sonreía con complicidad». Fui a la habitación de mi hermana. A ella aún no le había besado ningún chico. En mi diario escribí: «Puaf, puaf, qué asco.
Le he dicho a Mary que besarse en la boca es asqueroso y que no sé por qué se supone que tiene que gustarte. Le he dicho que puede hablar conmigo cuando quiera, si ella también cree que es asqueroso».
En el instituto yo era pareja de Steve Carbonaro a regañadientes. Me negaba a acostarme con él. Cuando él insistía, me justificaba en los siguientes términos: no podía decir que no con firmeza, pero tampoco podía decir que sí con firmeza, así que hasta que no me sintiera más firme en un sentido o en otro, seguiría diciendo que no.
Pero a los diecisiete años, en nuestro último curso, Steve me dejó por una chica que, en la jerga del instituto, «aflojaría». En la fiesta de fin de curso, mientras yo bailaba con Tom McAllister, Steve bebió. Cuando me lo encontré con su novia, ella me informó con amargura de que le iba bien, teniendo en cuenta que aquella mañana había abortado. Más tarde, en la fiesta de Gail Stuart, Steve apareció con otra chica, Karen Ellis. Había dejado a su novia en casa.
Pero en mayo de 1981 ninguna de estas meteduras de pata importaba.
Dos horas en un túnel oscuro habían hecho que mis conflictos de «sí o no»
con la moralidad por acostarme con chicos del instituto como Steve me parecieran rebuscados.
Steve se había ido a la Universidad de Ursinus. Cuando volvió tenía una nueva pasión, el musical El hombre de La Mancha. Tanto a mi madre como a mi padre, que era más difícil de conquistar, les encantó su interés por el personaje de La Mancha. ¿Podía haber escogido algo mejor para cautivar a un profesor de literatura española del siglo XVIII que un musical basado en Cervantes? Siglo arriba, siglo abajo, Steve Carbonaro no podía haber dado más en el blanco. Aquel verano pasó muchas horas con mis padres, tomando café, hablando de los libros que le gustaban y de lo que quería ser de mayor. Creo que el caso que le hacían mis padres era muy importante para él, y el caso que él me hacía era para mis padres una bendición del cielo.
La primera vez que vino a casa aquel verano le dije que me habían violado. Puede que hubiéramos salido un par de veces, como amigos, antes de que le contara todo lo demás. Fue en el sofá del salón. Mis padres se habían retirado lo más sigilosamente posible al piso de arriba. Cuando venía Steve, mi padre se metía en su despacho o se reunía con mi madre en su dormitorio, donde, en susurros, hacían conjeturas sobre lo que podía estar ocurriendo abajo.
Le conté todo lo que fui capaz de soportar. Me proponía darle todos los detalles, pero no pude. Los suprimía a medida que hablaba, deteniéndome en las curvas de poca visibilidad donde intuía que podía venirme abajo.
Mantuve la narración de la forma lineal. No me detuve a examinar cómo me sentí al tener la lengua del violador en la boca o al verme obligada a devolverle los besos.
Él estaba tan cautivado como asqueado. Ante él había una actuación en vivo, una tragedia real, un drama al que tenía acceso que no sucedía en los libros ni en los poemas que escribía.
Me llamó Dulcinea. En su furgoneta Volkswagen blanca, me cantó las canciones de El hombre de La Mancha y me hizo acompañarle. Cantar esas canciones era de vital importancia para Steve. Se asignó el papel protagonista, don Quijote de La Mancha, un hombre que nadie comprendía, un romántico que convertía en una corona la palangana para afeitar de un barbero, y en una dama —Dulcinea— a la ramera Aldonza. Yo era ella.
Tras una canción y una escena titulada «El rapto» en la que Aldonza es raptada y, según se insinúa, violada por varios individuos, don Quijote se la
encuentra después de haber sido abandonada por sus secuestradores. Con la fuerza de la imaginación y la voluntad, don Quijote insiste en ver en esa mujer violada y maltratada a su dulce y encantadora doncella Dulcinea.
Steve ahorró y compró entradas para que viéramos a Richard Kiley en el papel protagonista en la Academia de Música de Filadelfia. Fue mi regalo de cumpleaños adelantado. Nos vestimos elegantes. Mi madre nos hizo fotos. Mi padre me dijo que parecía «una verdadera señora». Me dio vergüenza toda aquella atención, pero era una salida nocturna y además con un chico, un chico que conocía y no me había rechazado. Me enamoré de él por esa razón.
Sin embargo, de alguna manera, al ver representada la escena de cómo un grupo de hombres persiguen a Aldonza, la manosean y abusan de ella, cómo le agarran los pechos como si fueran trozos de carne, no logré mantener la ilusión que Steve Carbonaro creía esencial en nuestra relación.
Yo no era una ramera que, gracias a su imaginación y a su sentido de la justicia, podía convertirse en una dama. Era una chica de dieciocho años que había querido ser arqueóloga a los cuatro, y poeta o estrella de Broadway cuando se hizo mayor. Yo había cambiado. El mundo en el que vivía no era el mismo que habitaban mis padres o Steve Carbonaro. En mi mundo veía violencia por todas partes. No era una canción, un sueño o un argumento.
Salí de El hombre de La Mancha sintiéndome sucia.
Aquella noche Steve estaba eufórico. Había visto lo que creía que era la verdad, la verdad de un chico romántico de diecinueve años representada en el escenario. Llevó a su Dulcinea a casa, le cantó en el coche y, ante su insistencia, ella le cantó a él. Estuvimos allí tanto rato que las ventanas se empañaron con las canciones. Entré en mi casa. Pero antes de hacerlo, lo que para mí era valiosísimo aquel verano volvió a ocurrir una vez más: un buen chico me dio un beso de despedida. Todo estaba mancillado. Hasta un beso.
Al mirar atrás ahora y escuchar de nuevo las letras no me pasa por alto, como me pasó entonces, que al final don Quijote muere y Aldonza sobrevive, que es ella quien canta el estribillo de El sueño imposible, es ella quien queda en pie para librar la batalla.
Las cosas entre nosotros no acabaron gloriosamente; no hubo ninguna búsqueda o estrella que seguir. Al final, a don Quijote le costó mucho amar de forma casta y pura en la distancia, y encontró a una chica dispuesta a
acostarse con él. El verano terminó y llegó el momento de volver a la universidad. Don Quijote iba a cambiarse a la Universidad de Pensilvania; mi padre le escribió una entusiasta carta de recomendación. Y yo, por fin con el apoyo de mis padres, iba a volver a Syracuse. Sola.
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