Afortunada

Alice Sebold · Capítulo 14 de 15

Páginas del PDF

Afortunada

Capítulo 13

Una semana después del día de Acción de Gracias de 1983, el poeta Robert Bly ofreció un recital de poseía en el auditorio de la Facultad de Idiomas. Yo estaba impaciente por verle, pues había leído con avidez sus poemas aconsejada tanto por Tess como por Hayden Carruth. Lila estaba en casa estudiando para un difícil examen por el que, en la especialidad de poesía, yo ya no tenía que preocuparme. Pat se había ido a estudiar a la biblioteca Bird.

Iban a asistir Tess y Hayden, así como los jefes de los departamentos.

Bly era un poeta de renombre y la sala estaba de bote en bote. Yo me senté en mitad del pequeño auditorio. Mi amigo Chris se había graduado el año anterior, de modo que ahora iba sola a los recitales. Llevábamos veinte minutos de recital cuando sentí un dolor agudo y punzante en el abdomen.

Miré mi reloj digital. Eran las 8.56 de la tarde.

Quise aguantar pero el dolor se volvió demasiado intenso. Tenía retortijones en el estómago. Al final de un poema, me levanté y me abrí paso ruidosamente entre las rodillas de la gente y los respaldos de los asientos de la fila de delante.

Una vez en el vestíbulo, llamé a Marc. Tenía coche. Le pedí que viniera a buscarme a la biblioteca Bird. Me encontraba demasiado mal para coger el autobús. Había utilizado el mismo teléfono dos años atrás para llamar a mis padres, pero desde entonces había evitado escrupulosamente utilizarlo. Aquella noche dejé a un lado la superstición.

Marc tenía que ducharse.

—Estaré allí en veinte minutos como mucho —dijo.

—Seré la que se está sujetando el abdomen —dije tratando de bromear

—. Procura darte prisa.

Mientras esperaba frente a Bird, empecé a ponerme aún más tensa.

Pasaba algo, pero no tenía ni idea de qué era.

Al cabo de cuarenta minutos Marc llegó por fin en coche. Nos fuimos del campus hasta Euclid, donde vivían muchos estudiantes en destartaladas casas de madera.

Nos metimos en mi calle. Al final de la manzana donde vivíamos Lila y yo había cinco coches patrulla con las luces encendidas. Los policías corrían de acá para allá, hablando con la gente.

Lo supe.

—Oh, Dios mío, oh, Dios mío —empecé a decir—, déjame bajar, déjame bajar.

Marc estaba nervioso.

—Deja que aparque y te acompaño.

—No, déjame bajar aquí mismo.

Se metió en la entrada para coches de una casa y yo me bajé. No lo esperé. Todas las luces de nuestro edificio estaban encendidas y la puerta abierta. Entré inmediatamente.

Dos policías uniformados me detuvieron en el pequeño vestíbulo.

—Ha ocurrido un delito aquí. Tiene que marcharse.

—Vivo aquí —dije—. ¿Es Lila? ¿Qué le ha pasado? Por favor.

Sin darme cuenta, empecé a quitarme capas de ropa y a dejarlas caer al suelo. El gorro, la bufanda, los guantes, la cazadora, hasta el chaleco.

Estaba desesperada.

En la sala de estar había más policías. Uno de los agentes uniformados hizo un gesto a alguien y empezó a decir:

—Dice que vive en...

—¿Alice? —dijo el policía vestido de paisano.

Lo reconocí al instante.

—¿Sargento Clapper?

Cuando dije su nombre, los policías uniformados dejaron de bloquearme el paso.

—Detective Clapper ahora —dijo sonriendo—. ¿Qué estás haciendo aquí?

—Vivo aquí —dije—. ¿Dónde está Lila?

Se le mudó la cara.

—Lo siento mucho —dijo.

Me fijé en que los policías me miraban de manera distinta. Marc entró en el apartamento. Les dije que era mi novio.

—¿Alice Sebold? —preguntó uno de ellos.

Me volví de nuevo hacia Clapper.

—¿La han violado?

—Sí —dijo—. En la cama de la habitación del fondo.

—Es mi habitación —dije—. ¿Está bien?

—La detective está con ella ahora. Necesitamos que la examinen en el hospital. Puedes acompañarla. No opuso resistencia.

Pregunté si podía verla.

—Por supuesto —dijo Clapper, y volvió para informar a Lila de que yo estaba allí.

Me quedé en la sala, notando la mirada de los agentes uniformados clavada en mí. Conocían mi nombre porque yo había sido uno de los pocos casos de violación en los últimos años en los que había habido condena. En su mundo mi caso era famoso. Había ascendido a Clapper. Todo el que había trabajado en el caso se había beneficiado de él.

—No puedo creerlo. No puedo. Esto no puede estar sucediendo —le dije una y otra vez a Marc.

No recuerdo qué me contestó él. Empezaba a recobrarme, a asumir un control que no tenía.

—No quiere verte —dijo Clapper cuando volvió—. Tiene miedo de venirse abajo si lo hace. Saldrá dentro de unos minutos y podrás ir con ellas al hospital.

Me dolió, pero lo entendí.

Esperé. Le dije a Marc que quería acompañar a Lila en aquel largo y difícil camino —el hospital, la comisaría—, y que él debería volver a su piso y ponerlo agradable. Los tres dormiríamos allí, Lila y yo en su cama, y él en el salón.

La policía hablaba sobre temas triviales. Yo empecé a pasearme nerviosa por la habitación. Uno de los agentes recogió mi ropa del vestíbulo y me la trajo al sofá.

Luego Lila salió de la habitación. Estaba aturdida. Tenía el pelo despeinado, pero no le vi marcas en la cara. La seguía una mujer baja y morena con uniforme.

Lila llevaba mi bata, pero con otro cinturón. Tenía una mirada inescrutable... extraviada. Yo no habría llegado a ella por mucho que me lo hubiera propuesto.

—Lo siento tanto —dije—. Lo superarás, ya lo verás. Yo lo hice —

aseguré.

Nos quedamos mirándonos, las dos llorábamos.

—Ahora sí que somos clones —dije.

La detective nos hizo mover.

—Lila dice que tenéis otro compañero de piso.

—Oh, Dios mío, Pat —dije. Me había olvidado por completo de él.

—¿Sabes dónde está?

—En la biblioteca.

—¿Puede ir alguien a buscarlo?

—Quiero ir con Lila.

—Entonces déjale una nota; no queremos que toque nada. Y debería quedarse en casa de alguien esta noche hasta que arreglemos la ventana trasera.

—Al principio he creído que Pat me estaba gastando una broma —dijo Lila—. He vuelto del cuarto de baño y me he encontrado la puerta de mi habitación más entornada de como la he dejado, como si hubiera alguien detrás de ella. De modo que la he empujado hacia dentro y él la ha empujado hacia fuera, y así sucesivamente hasta que me he cansado y he dicho «Vamos, Pat», y he entrado en la habitación. Entonces él me ha arrojado sobre la cama.

—Tenemos la hora exacta —dijo la detective—. Ha mirado su reloj digital. Eran las ocho cincuenta y seis.

—Cuando me he encontrado mal —dije.

—¿Cómo? —La detective parecía perpleja.

Yo no sabía cuál era mi situación. No era la víctima. Era la amiga de la víctima. La detective se llevó a Lila al coche y yo me apresuré a entrar en la habitación de Pat.

Hice algo de mal gusto. Utilicé el espéculo para sujetar la nota. La dejé en su almohada porque el resto de la habitación estaba desordenada. Quería asegurarme de que la vería. «Pat, han violado a Lila. Está bien físicamente.

Llama a Marc. Tienes que buscarte otro sitio para pasar esta noche. Siento tener que decírtelo de este modo.»

Dejé la luz de su habitación encendida y la miré. Decidí no preocuparme por Pat, no podía. Estaría bien cuando se recobrara. Lo que importaba ahora era Lila.

Fuimos al hospital en silencio. Me senté con ella en el asiento trasero y nos cogimos de la mano.

—Es horrible —dijo ella en un momento determinado—. Me siento sucia. Lo único que quiero es ducharme.

Le apreté la mano.

—Lo sé.

Tuvimos que esperar en la sala de urgencias lo que pareció una eternidad. Estaba de bote en bote, y como ella no había forcejeado y no tenía heridas a la vista, podía sentarse erguida y hablar con coherencia, la hicieron esperar, o eso he supuesto siempre. Fui repetidas veces a la mujer del mostrador de ingresos para preguntarle por qué nos hacían esperar. Yo no había tenido que hacerlo. Me habían llevado directamente en camilla de la ambulancia a la sala de reconocimiento.

Finalmente la llamaron. Recorrimos el pasillo y encontramos la sala.

El reconocimiento fue lento y pesado, y varias veces tuvimos que esperar mientras reclamaban al hombre que la examinaba en otras salas. Yo sostuve la mano de Lila como Mary Alice me había sostenido la mía. Me corrían lágrimas por las mejillas. Hacia el final Lila dijo:

—Quiero que te vayas.

Preguntó por la detective. Fui a buscarla y me quedé en la sala de espera, temblando.

Mis pesadillas nunca habían permitido que violaran a Lila. Ella y Mary Alice estaban fuera de peligro. Lila era mi clon, mi amiga, mi hermana.

Sabía todo sobre mí y aun así me quería. Ella había sido el resto del mundo, la mitad pura, y sin embargo ahora estaba conmigo. Mientras esperaba, me convencí de que podría haber impedido su violación. Si hubiera vuelto a casa más deprisa, si hubiera sabido instintivamente que pasaba algo, si no le hubiera pedido nunca que fuera mi amiga. No pasó mucho tiempo antes de que pensara y luego dijera: «Debería haber sido yo». Empecé a preocuparme por Mary Alice.

Temblaba, y rodeándome los hombros con los brazos, me balanceé hacia delante y hacia atrás en la silla. Sentía náuseas. Todo mi mundo se estaba derrumbando; todo lo que había tenido o conocido se eclipsó. Me di cuenta de que no había posibilidad de escapar; en adelante sería así. Mi vida y las vidas de los que me rodeaban: violación.

La detective salió a buscarme.

—Alice —dijo—, Lila va a ir con el detective Clapper a la comisaría.

Me ha pedido que vaya contigo a vuestra casa y le traiga ropa.

Yo no sabía cómo actuar. Aun entonces empecé a darme cuenta de que Lila no sabía qué hacer conmigo. Yo era Alice su amiga pero también Alice la víctima de violación que había triunfado. Necesitaba sólo a una de las dos, pero eso era imposible.

La detective me llevó a casa en coche y abrí la puerta. Pat todavía no había vuelto. Alguien había apagado la luz que yo había dejado encendida.

Entré precipitadamente. Recordé la horrible ropa que me habían traído Tree y Diane: unos téjanos con parches y sin ropa interior. Yo quería que Lila se sintiera cómoda. Descolgué una trenca larga de su armario y abrí los cajones. Metí en la bolsa toda su ropa interior, todos sus camisones de franela, zapatillas, calcetines, pantalones de chándal y camisas holgadas.

También metí un libro, y un animal disecado y un cojín que tenía encima de la cama.

Yo también necesitaba cosas. Ya sabía que Lila y yo nunca volveríamos a dormir en aquella casa. Caminé hasta el fondo del pasillo, donde estaba mi habitación. La puerta estaba cerrada. Le pregunté a la detective si podía entrar.

Recé una breve oración que no iba dirigida a nadie e hice girar el pomo. Hacía trío en la habitación debido a la ventana abierta por la que él había entrado. Encendí el interruptor que había junto a la puerta.

Mi cama estaba deshecha. Me acerqué a ella. En el centro había una mancha de sangre reciente. Cerca había otras más pequeñas, como lágrimas.

Ella había salido de la ducha envuelta en una toalla y había ido a su habitación y jugado con la puerta, creyendo que era Pat. Luego el violador la había empujado y ella había caído boca abajo sobre la cama. Miró el reloj. En la oscuridad sólo vio al violador unos segundos. Él le vendó los ojos con el cinturón de mi bata, y, dándole la vuelta en la cama, le hizo juntar las manos frente al pecho en actitud de rezar mientras le ataba las muñecas con unas tiras elásticas y una correa de gato que guardábamos en el armario delantero. Aquello significaba que había registrado la casa mientras ella se duchaba. Sabía que no había nadie más en la casa. Le hizo ponerse de pie y caminar hasta mi habitación, donde la obligó a tumbarse en mi cama.

Allí era donde la había violado. Mientras lo hacía le preguntó dónde estaba yo. Por alguna razón sabía mi nombre, y sabía que Pat no volvería hasta mucho más tarde. En un momento dado le preguntó por el dinero de las propinas que yo tenía encima de la cómoda y lo cogió. Ella no forcejeó.

Hizo lo que él le decía.

Él le hizo ponerse mi bata y la dejó allí, con los ojos vendados.

Ella empezó a gritar, pero los chicos del apartamento de arriba tenían la música a todo volumen. No la oyeron o, si lo hicieron, no hicieron nada.

Ella tuvo que ir hasta la parte delantera del apartamento, salir, subir la escalera y aporrear su puerta hasta que abrieron. Tenían cervezas en la mano y sonreían, esperando a más amigos. Ella les pidió que la desataran y ellos lo hicieron. Luego les dijo que llamaran a la policía.

Lila me contaría todo esto las semanas siguientes. En aquellos momentos traté de no mirar la sangre, la cama, las cosas que él había tocado. La ropa del armario desparramada por el suelo. Las fotos de mi escritorio. Mis poemas. Cogí un camisón de franela como el de Lila y algo de ropa del suelo. Quería llevarme mi vieja máquina de escribir Royal, pero parecería muy estúpido y egoísta a todo el mundo menos a mí. La miré y luego miré la cama.

Cuando me volvía para marcharme, una corriente de aire procedente de la ventana cerró la puerta de golpe. Todas las esperanzas que había tenido de llevar una vida normal me habían abandonado.

La detective y yo fuimos en coche al edificio de Seguridad Pública.

Subimos en ascensor al tercer piso y salimos al conocido pasillo que había al otro lado de la cristalera a prueba de balas, frente al mostrador de recepción. El recepcionista apretó el botón de la puerta de seguridad y entramos.

—Por aquí —dijo un agente a la detective.

Caminamos hasta el final del pasillo.

El fotógrafo sostenía la cámara en alto. Lila estaba apoyada contra una pared con un número frente al pecho. El suyo, como el mío, estaba escrito en rotulador grueso en la parte posterior de un sobre de la policía de Syracuse.

—Alice —dijo el fotógrafo al verme.

Yo dejé encima de un escritorio vacío la bolsa de tela con nuestra ropa.

—¿Te acuerdas de mí? —preguntó él—. Te tomé declaración en el ochenta y uno.

—Hola —dije.

Lila seguía contra la pared. Dos agentes más se adelantaron.

—Eh, me alegro de conocerte —dijo uno—. No tenemos oportunidad de ver a muchas víctimas después de una condena. ¿Te sientes satisfecha con tu caso?

Yo quería responder a aquellos hombres. Se lo merecían. Normalmente sólo veían el lado del caso que representaba Lila, olvidada contra la pared: víctimas recientes o cansadas.

—Sí —dije, consciente de que lo que ocurría no estaba bien, aturdida ante mi repentina fama—. Estuvisteis maravillosos. No podría haber pedido nada mejor. Pero estoy aquí por Lila.

Ellos también se dieron cuenta de lo extraño de la situación. Pero ¿qué no era extraño?

La hicieron posar y mientras, hablaron conmigo.

—Ella no tiene realmente marcas. ¿Te acuerdas de lo hecha polvo que llegaste tú? Madison te dio una buena paliza.

—¿Qué hay de las muñecas? —dije—. A ella la han atado. A mí no.

—Pero él tenía un cuchillo, ¿no? —preguntó un policía, ansioso por repasar los detalles de mi caso.

El fotógrafo se acercó a Lila.

—Levanta la muñeca. Así.

Lila hizo lo que se le ordenó. Se volvió hacia un lado. Sostuvo las muñecas en alto. Entretanto, los agentes me rodeaban y me hacían preguntas, me estrechaban la mano y sonreían.

Luego llegó el momento de telefonear. Nos llevaron a Lila y a mí a un escritorio del otro extremo. Yo me senté encima de él, y Lila frente a mí, en una silla. Me dijo el número de sus padres y yo lo marqué.

Era tarde, pero su padre seguía levantado.

—Señor Rinehart —dije—, soy Alice, la compañera de piso de Lila.

Se la paso.

Le di el teléfono.

—Papá —empezó ella. Lloraba. Lo soltó y me devolvió el teléfono.

—No puedo creer que esto esté sucediendo —dijo él.

—Estará bien, señor Rinehart —dije, tratando de tranquilizarlo—. A mí me pasó lo mismo y ahora estoy bien.

El señor Rinehart conocía mi caso. Lila lo había contado a su familia.

—Pero tú no eres mi hija —dijo—. Mataré a ese hijo de perra.

Debería haber estado preparada para aquella clase de cólera hacia el agresor, pero en lugar de ello tuve la sensación de que la dirigía hacia mí.

Le di el número de teléfono de la casa de Marc. Le dije que dormiríamos allí aquella noche, y que llamara en cuanto supiera la hora de llegada de su vuelo. Marc tenía coche, añadí; lo iríamos a recoger al aeropuerto.

Lila se fue con el policía a prestar declaración. Era tarde, y yo me quedé sentada en el escritorio metálico, pensando en mis padres. Mi madre volvía a trabajar después de dos años de ver cómo aumentaban sus ataques de pánico. Ahora yo iba a estropearlo todo. La lógica empezaba a abandonarme. Sin nadie sobre quien cargar la culpa salvo el vislumbre de la espalda de un violador que Lila apenas era capaz de describir, la acepté yo.

Marqué.

Contestó mi madre. Las llamadas a última hora sólo significaban una cosa para ella. Esperaba en casa la noticia de mi muerte.

—Mamá —dije—, soy Alice.

Mi padre también se puso.

—Hola, papá —dije—. Antes que nada, necesito que sepáis que estoy bien.

—Dios mío —dijo mi madre, sufriendo anticipadamente.

—No hay otra manera de decirlo que sin rodeos. Han violado a Lila.

—Santo cielo.

Me hicieron un montón de preguntas. Respondí: «Estoy bien», «En mi cama», «Aún no lo sabemos», «En la sala de interrogatorios», «No había arma», «Calla, no quiero oír nada parecido».

Lo último era respondiendo a lo que dirían una y otra vez: «Menos mal que no has sido tú».

Llamé a Marc.

—Lo hemos visto —dijo.

—¿Qué?

—Pat me ha llamado y lo he ido a recoger, y hemos estado dando vueltas en coche buscándolo.

—¡Eso es una locura!

—No sabíamos qué otra cosa hacer —dijo Marc—. Los dos queríamos matar a ese cabrón. Pat está ciego de ira.

—¿Cómo está?

—Hecho polvo. Lo he dejado en casa de un amigo. Quería quedarse con nosotros.

Escuché la historia de Marc. Los dos se habían tomado un par de tragos y luego habían conducido por el vecindario en la oscuridad. Marc tenía una palanca en el coche. Pat registraba los jardines y las casas mientras Marc reducía la velocidad para a continuación acelerar.

Finalmente, oyeron gritos y vieron a un hombre salir corriendo de entre dos

casas. Corrió hasta llegar a la acera y, al ver el coche de Marc, dio media vuelta y se fue por donde había venido, aminorando el paso hasta caminar.

Marc y Pat lo siguieron. Sólo puedo imaginar lo que dijeron y lo que tramaban.

—Pat estaba asustado —dijo Marc.

—Puede que no fuera él —dije—. ¿Se os ha ocurrido pensarlo?

—Pero dicen que los delincuentes a veces se quedan por la zona —

replicó Marc—. Aparte de los gritos y de la reacción que tuvo.

—Lo estabais siguiendo —dije—. Marc, no puedes hacer nada, ése es el trato. Dar una paliza a alguien no ayuda a nadie.

—Bueno, él se volvió y se abalanzó hacia el coche.

—¿Qué?

—Vino hacia nosotros gritando como un loco. Casi me cago en los pantalones.

—¿Le viste bien?

—Sí —dijo él—, creo que sí. Se quedó frente a los faros del coche, gritándonos.

Cuando nos acompañaron a Lila y a mí al apartamento de Marc, situado al otro lado del campus, yo estaba demasiado perpleja para hablar más. No quería que Lila se enterara de lo que habían hecho Marc y Pat.

Podía entenderlo, pero ya no tenía paciencia. La violencia sólo engendraba violencia. ¿No comprendían que aquello dejaba todo el verdadero trabajo a las mujeres? Consolar y la imposible tarea de aceptar.

En la habitación de Marc, Lila y yo nos pusimos los camisones de franela. Yo me volví mientras ella se cambiaba y prometí vigilar la puerta.

—No dejes entrar a Marc.

—Tranquila —dije.

Se metió en la cama.

—Enseguida vuelvo. Dormiré en el lado de fuera, para que estés segura.

—¿Y las ventanas? —preguntó ella.

—Marc tiene cerrojos en ellas. Creció en la ciudad, ¿recuerdas?

—¿Le pediste a Craig que arreglara la ventana trasera? —Estaba de espaldas a mí cuando me lo preguntó.

Sentí la pregunta, y la acusación que conllevaba, como un cuchillo en la columna vertebral. Craig era nuestro casero. Yo había subido a su

apartamento hacía dos semanas para pedirle que nos arreglara la ventana que no cerraba.

—Sí —dije—. No lo ha hecho.

Salí de la habitación y hablé con Marc. Para ir al único cuarto de baño se tenía que pasar por la habitación. No quería olvidar ningún detalle, si Marc tenía que orinar en mitad de la noche, le dije que utilizara el fregadero de la cocina.

Al volver a la habitación me metí en la cama.

—¿Puedo frotarte la espalda? —pregunté.

Lila estaba hecha un ovillo, de espaldas a mí.

—Supongo que sí.

Lo hice.

—Para —dijo—. Sólo quiero dormir. Quiero despertar y que todo haya terminado.

—¿Puedo abrazarte? —pregunté.

—No —dijo—. Sé que quieres cuidar de mí, pero no puedes. No quiero que me toquen. Ni tú ni nadie.

—Me quedaré despierta hasta que te duermas.

—Haz lo que quieras, Alice —dijo ella.

A la mañana siguiente, Marc llamó a la puerta y entró con dos tazones de té. El señor Rinehart había llamado para decir el número de su vuelo. Le prometí a Lila que sacaría todas sus cosas del apartamento cuanto antes.

Ella tenía una lista de cosas que quería que su padre y yo fuéramos a buscar para llevárselas en avión. Llamé a Steve Sherman. Necesitaba un lugar donde dejar mis cosas. Lila tenía un amigo que se quedaría con las suyas.

Organizar la mudanza y hacer maletas: de sus cosas podía ocuparme. De ese modo podría serle de alguna utilidad.

Me detuve en la misma puerta donde el detective John Murphy me había esperado y buscado con la mirada. Había conocido al padre de Lila una vez que fui a su casa en verano. Era un hombre enorme, descomunal.

Mientras caminaba hacia mí vi que se echaba a llorar. Ya tenía los ojos rojos e hinchados. Se acercó, dejó las maletas en el suelo y yo le abracé mientras él lloraba.

Pero me sentí como una extraña en su presencia. Yo ya conocía todo aquello, o eso imaginaba todo el mundo. Me habían violado y había pasado

por un juicio y salido en los periódicos. Todos los demás eran meros aficionados. Pat, los Rinehart... sus vidas no los habían preparado para aquello.

El señor Rinehart no fue amable conmigo. Al final nos dijo a mi madre y a mí que ellos manejarían la situación a su manera. Dijo a mi madre que su hija no se parecía en nada a mí, y que no necesitaban mis consejos ni su asesoramiento. Lila, dijo, necesitaba que la dejaran en paz.

Pero aquel día lloró y yo le abracé. Yo sabía, mejor de lo que él jamás lo haría, por todo lo que había pasado su hija y lo imposible que era que él hiciera algo para arreglarlo. En aquel momento, antes de que empezara a culparme y excluirme, se vino abajo. Mi error fue no darme cuenta de lo confundida que estaba. Me comporté como creí que debía hacerlo: como una profesional.

En casa de Marc, Lila se levantó al ver a su padre. Se abrazaron y yo cerré la puerta de la habitación. Me fui lo más lejos posible para que tuvieran intimidad. En el túnel que era la cocina del ático de Marc me fumé uno de sus cigarrillos. Recogí mentalmente todas nuestras posesiones, distribuyéndolas en las casas de varios amigos. Me pasaron un millón de pensamientos diferentes por la cabeza. Cuando cayó una cuchara al fregadero, pegué un brinco.

Aquella noche el señor Rinehart nos invitó a cenar al Red Lobster a Marc, Pat, Lila y a mí. Había un bufet de langostinos y él no paró de animarnos a comer. Pat hizo lo que pudo, lo mismo que Marc, que se decantó por los noodles Szechwan y los guisantes. Ni Pat ni Marc eran unos machos en el sentido tradicional; la conversación se atascó repetidas veces.

El señor Rinehart tenía los ojos hinchados y rojos. No recuerdo lo que dije yo. Me sentía incómoda. Veía las ganas que tenía Lila de irse. Yo no quería entregársela a sus padres. Pensé en Mary Alice haciéndome una trenza francesa la mañana de mi violación. Yo había tenido aquella sensación casi desde el primer momento en el aeropuerto: habría razones, esgrimidas por la gente, tal vez sus padres, que me impedirían ayudar. Me apartarían. Yo tenía la enfermedad y era contagiosa. Lo sabía, pero seguía aferrándome.

Aferrándome con tal fuerza, queriendo tan desesperadamente estar con Lila en aquella experiencia en común, que mi presencia tenía forzosamente que asfixiarla.

Los llevamos en coche al aeropuerto. No recuerdo haberle dicho adiós a ella. Ya estaba pensando en la mudanza, salvando lo que me quedaba.

Me llevé del piso todas nuestras cosas, las de Lila y las mías, en menos de veinticuatro horas. Lo hice yo sola. Marc tenía clase. Llamé a Robert Daly, un estudiante que tenía una furgoneta, y quedamos en que él pasara a recoger las cosas una vez que yo las hubiera metido en cajas. Le di mis muebles, le dije que se quedara con lo que quisiera. Pat daba largas al asunto.

Nadie parecía entender mis prisas. Mientras llenaba cajas aquel día en la cocina golpeé la mesa con la cadera. Un tazón con un conejito pintado a mano que mi madre me había regalado después del juicio se cayó al suelo y se rompió. Lo miré y me eché a llorar, pero paré enseguida. No había tiempo para eso. No iba a permitirme sentir apego por cosas. Era demasiado peligroso.

Había empezado por vaciar mi habitación, a primera hora de la mañana, y ahora, mientras esperaba a que llegara Robert antes de que anocheciera, giré el pomo de la puerta para echar un último vistazo a mi habitación. En el suelo cerca de la cómoda encontré una foto que nos habían hecho a Steve Sherman y a mí en el porche de casa aquel verano. Se nos veía contentos en la foto. Yo parecía normal. Luego, en el armario, encontré una tarjeta que él me había dado en San Valentín aquel año. Tanto la foto como la tarjeta estaban estropeadas ahora: restos de un lugar donde se había cometido un delito.

Yo había tratado de ser como los demás. Lo había intentado en mi tercer año en la universidad. Pero no iba a ser así, ahora me daba cuenta.

Parecía que había nacido para vivir obsesionada por la violación, y empecé a vivir de ese modo.

Cogí la foto y la tarjeta, y cerré la puerta de mi habitación por última vez. Entré en la cocina con ellas en la mano. Oí ruido en la otra habitación.

Había eco ahora que estaba vacía.

Me asusté.

—¿Hola? —llegó una voz.

—¿Pat? —dije entrando en la otra habitación. Había traído una bolsa de basura verde para meter su ropa.

—¿Por qué estás llorando? —me preguntó él.

No me había dado cuenta de que lo hacía, pero en cuanto me lo preguntó me di cuenta de que tenía la cara mojada.

—¿No me está permitido llorar?

—Bueno, sí, sólo que...

—¿Qué?

—Supongo que esperaba que tú te lo tomaras bien.

Le grité cosas horribles. Nunca habíamos sido buenos amigos y ahora dejaríamos hasta de saludarnos.

Llegó Robert Daly. Era duro como una roca. Así es como lo recuerdo.

Teníamos en común un interés por la crítica objetiva en el taller de narrativa y el respeto que sentíamos hacia Tobias Wolff y Raymond Carver. Robert y yo tampoco éramos amigos íntimos, pero él me ayudó. Lloré delante de él y no le gustó que me disculpara. Se quedó con mi balancín, mi sofá cama y otras cosas. Durante unos años, hasta que se hizo evidente que no volvería por ellas, me mandó postales para decirme que mis muebles estaban bien y lamentaban que yo no estuviera allí.

Cambié, pero yo no lo sabía.

Fui a casa para Acción de Gracias. Steve Sherman vino de Nueva Jersey para estar conmigo. Había sido amigo de Lila antes de convertirse en mi novio, y la idea de que a las dos nos hubieran violado le abrumó. Me contó que cuando se enteró de lo de Lila estaba en la ducha. Su compañero de piso había entrado para decírselo. Él se miró el pene y de pronto sintió un odio hacia sí mismo que no podía describir, sabía cuánta violencia habían conocido sus amigas por culpa de aquello. Quería ayudar. Guardó el resto de mis cosas y dormí en su cuarto de invitados. Cuando Lila volvió dos semanas después de su violación para presentarse a los exámenes para el ingreso en posgrado, se quedó en casa de Steve. Él me hacía compañía y se ofreció a ser mi guardaespaldas, me recogía a la salida del trabajo o de la universidad para acompañarme a casa.

La división que siguió supongo que fue inevitable. La gente se sentía obligada a tomar partido. Empezó la noche de la violación, cuando la policía se había acercado tan abiertamente a mí. Los amigos de Lila empezaron a evitarme, eludían mi mirada o miraban a otro lado. La víspera de sus exámenes la policía vino a casa de Steve para llevar a cabo una identificación de fotos de archivo. Yo estuve en la habitación con Lila y dos

policías. Colocaron las pequeñas fotos de tamaño carnet encima del escritorio. Las miré por encima del hombro de Lila.

—Apuesto a que reconoces alguna —me dijo un policía uniformado.

Habían añadido al lote una foto de Madison y de su compañero de la rueda de identificación, León Baxter. Estaba tan furiosa que no podía hablar.

—¿Está aquí el que la violó a ella? —preguntó Lila. Estaba sentada ante el escritorio, de espaldas a mí. Yo no le veía la cara.

Salí de la habitación. Tenía náuseas. Steve alargó los brazos y me sostuvo.

—¿Qué pasa?

—Han puesto una foto de Madison —dije.

—Pero sigue en la cárcel, ¿no?

—Creo que sí. —No se me había ocurrido preguntarlo.

—En Attica —dijo un agente en respuesta a la pregunta de Steve.

—Tener que identificar a su violador y verlo a él allí, no me parece el método adecuado —dije a Steve—. No es justo.

Se abrió la puerta. Lila salió a la sala de estar detrás del agente que sostenía las fotos de archivo en un sobre.

—Ya hemos acabado aquí —dijo otro agente.

—¿Le has visto? —pregunté a Lila.

—Ha visto algo —dijo el agente. No estaba satisfecho.

—Voy a interrumpirlo. No voy a seguir adelante —dijo Lila.

—¿Qué?

—Ha sido un placer conocerte, Alice —dijo el agente estrechándome la mano. Su compañero también lo hizo.

Se marcharon y yo miré a Lila. Mi pregunta debía de ser obvia.

—Es demasiado —dijo Lila—. Quiero recuperar mi vida. Vi lo que hizo contigo.

—Pero gané —dije con incredulidad.

—Quiero que se acabe y ésta es la manera de conseguirlo —dijo ella.

—No puedes hacer que desaparezca sólo con desearlo —dije.

Pero me pareció que ella lo intentaba. Hizo sus exámenes y volvió a su casa, donde estuvo hasta después de Navidad. Teníamos previsto vivir juntas en una casa para estudiantes de posgrado. Su familia iba a prestarle un coche porque era la única manera de moverse por el campus. Eso, o el autobús que cogería yo.

Nunca sabré lo que la policía le dijo a Lila en aquella habitación, o si ella vio o no a su violador entre aquellos hombres. En ese momento no entendí su decisión de no seguir adelante, aunque creí hacerlo. La policía tenía la teoría de que podían haber violado a Lila por venganza. Se basaban en varias cosas. Madison, aunque estaba en Attica, tenía amigos. Le habían impuesto la máxima pena e iba a estar encerrado ocho años como mínimo.

El violador sabía cómo me llamaba yo. La había violado en mi cama. Le había preguntado por mí mientras lo hacía. Conocía mi horario y que trabajaba de camarera en Cosmos. Todo aquello podrían haber sido pruebas de su conexión con Madison, o podría haber sido sencillamente el resultado de la minuciosa investigación de un delincuente que se ha propuesto encontrar a su víctima sola. Todavía prefiero creer que parte del horror de aquel delito estuvo en su cruel coincidencia. La conspiración me parecía una posibilidad muy remota.

Lila no quería saber. Quería salir de aquello.

La policía interrogó a mis amigos. Fue al Cosmos y entrevistó al dueño y al hombre que hacía las pizzas delante de la cristalera. Pero había otras violaciones con un modus operandi parecido al de Lila. Si Lila no iba a iniciar un procedimiento criminal, la conexión que podía existir entre su violación y la mía era irrelevante. No tenían testigo, y sin testigo no había caso. La policía abandonó la investigación. Lila volvió a casa y se quedó allí hasta enero. Me dio una copia de su horario de clases. Yo expliqué a sus profesores por qué no iba a presentarse a los finales. Llamé a sus amigos.

Mi vida se redujo y empecé a sufrir las consecuencias.

Fui a casa para pasar las Navidades.

Mi hermana estaba deprimida. Se había graduado y había obtenido una beca Fulbright, pero ahora vivía en casa y trabajaba en una tienda de jardinería. Sus estudios de árabe no se estaban convirtiendo en el empleo que había esperado. Fui a su habitación para animarla. En cierto momento dijo:

—Tú no lo entiendes, Alice. Todo es tan fácil para ti...

Balbuceé sin dar crédito. Entre nosotras se levantó un muro. La borré de mi vida.

Ahora tenía pesadillas aún más vividas que antes. El diario que escribía de vez en cuando está lleno de ellas. La imagen recurrente es una

que había visto en un documental del Holocausto. Hay cincuenta o sesenta cadáveres descarnados y blanquecinos a los que les han arrancado la ropa.

La imagen muestra un bulldozer arrojándolos a una profunda tumba abierta, donde caen en una maraña de miembros. Caras, bocas, cráneos con los ojos hundidos, antes ocupados por mentes que han hecho lo inimaginable para sobrevivir. Luego oscuridad, muerte, suciedad, y la idea de que una persona podría estar luchando, tratando de mantenerse viva allí dentro.

Me despertaba empapada en sudor frío. A veces gritaba. Me daba la vuelta y me quedaba mirando la pared. Entraba en la siguiente fase: ya despierta, representaba deliberadamente la intrincada escena de mi casi muerte. El violador estaba dentro de casa. Subía la escalera. Sabía instintivamente qué escalones lo delatarían con un crujido. Recorría el pasillo corriendo. Por la ventana delantera entraba una corriente de aire. A nadie se le ocurría preguntarse si había alguien despierto en las demás habitaciones. Les llegaba un débil olor de otra persona, de alguien más en la casa, pero como un pequeño ruido, no advertía a nadie aparte de mí de que iba a pasar algo. Luego notaba que mi puerta se abría, la sensación de otra presencia en la habitación, el aire cambiado para acomodar un peso humano. Lejos, cerca de mi pared, alguien respiraba el mismo aire que yo, me robaba el oxígeno. Mi respiración se volvía agitada y yo me hacía una promesa: haría lo que el hombre quisiera. Me violaría y me cortaría y me amputaría los dedos. Me dejaría ciega o lisiada. Cualquier cosa. Lo único que yo quería era vivir.

Resuelta, aunaba fuerzas. ¿A qué esperaba él? Yo me volvía despacio en la oscuridad. Donde el hombre había estado tan vividamente en mi imaginación no había nadie, sólo la puerta de mi armario. Eso era todo.

Entonces encendía la luz y comprobaba la casa, me acercaba a cada puerta y probaba el pomo, convencida de que éste cedería y lo encontraría al otro lado, riéndose de mí. Un par de veces el ruido que hice despertó a mi madre.

—¿Alice? —decía.

—Sí, mamá —decía yo—, sólo soy yo.

—Vuelve a la cama.

—Ahora mismo —decía yo—. Sólo voy a coger algo de comer.

De nuevo en mi habitación trataba de leer. No miraba dentro del armario ni echaba un vistazo a la puerta.

Nunca me cuestionaba qué me estaba pasando. Todo parecía normal.

La amenaza estaba en todas partes. Nadie estaba a salvo y no había ningún lugar seguro. Mi vida era distinta de la de otra gente; era natural que me comportara de forma diferente.

Después de Navidad, Lila y yo nos dimos una oportunidad en Syracuse. Yo quería ayudarla, pero también la necesitaba. Creía que era bueno hablar. Para estar con ella después del anochecer dejé Cosmos. Fue fácil: no querían que volviera. Cuando fui a preguntarles si podía cambiarme al turno de día, el propietario se mostró distante y estirado. El hombre de las pizzas se me acercó cuando el propietario se hubo marchado.

—¿No lo has entendido? —dijo—. La policía ha estado aquí haciendo preguntas. No te queremos aquí.

Me marché llorosa y tropecé con alguien.

—Mira por dónde vas —dijo el hombre.

Nevaba. Dejé la Review. El autobús que cogía para volver al piso donde Lila y yo vivíamos se averió varias veces. Tess había pedido una excedencia. Dejé de ir a los recitales de poesía. Una noche volví a casa un poco más tarde de lo habitual —se había hecho oscuro— y me encontré a Steve en la puerta.

—¿Dónde estabas? —preguntó. Su tono era enfadado, acusador.

—Necesitábamos comida —dije.

—Lila me ha llamado porque tenía miedo. Quería estar con alguien.

—Gracias por venir —dije. Sostenía una bolsa de comestibles y hacía frío.

—Deberías haber estado aquí.

Entré ocultando mis lágrimas.

Cuando Lila me dijo que no estaba funcionando, que no le gustaba el apartamento y que se iba a casa unas semanas y luego iría a vivir con Mona, una amiga que había hecho hacía poco, me quedé en una especie de estado de conmoción. Creí que íbamos a estar juntas en aquello. Clones.

—Sencillamente no está funcionando, Alice —me dijo—. No puedo hablar de ello como tú quieres que hable, y me siento aislada aquí.

Steve y Marc eran las únicas personas que venían a casa con regularidad. Los dos, aunque se evitaban escrupulosamente, estaban más que dispuestos a montar guardia. Pero eran mis amigos —mis novios, para

ser exactos— y Lila lo sabía. Estaban allí en primer lugar por mí, y para ayudarme a ayudarla. Ella necesitaba separarse de mí. Ahora lo veo claro, pero entonces me sentí traicionada. Nos repartimos los discos y otras cosas que habían sido propiedad común a lo largo de los dos años que habíamos vivido juntas. Yo lloraba, y si ella quería algo, se lo daba. También le di cosas que no me pidió. Dejaba atrás posesiones para marcar mi territorio.

¿Volvería algún día al punto de partida? ¿Cuál era? ¿Una virgen? ¿Una estudiante de primer curso? ¿Una chica de dieciocho años?

A veces creo que nada me dolió más que la decisión de Lila de dejar de hablarme. Me rehuyó totalmente. No me devolvió las llamadas cuando por fin logré sonsacar su nuevo número a uno de sus amigos. Si se cruzaba conmigo por la calle, no me hablaba. Yo la llamaba, pero no me respondía.

Le cortaba el paso, pero ella me rodeaba. Si ella iba con algún amigo, ellos me miraban llenos de un odio que yo no podía entender, pero que percibía de todos modos.

Me fui a vivir con Marc. Faltaban cuatro meses para la ceremonia de mi graduación. Estaba siempre en su apartamento excepto para mis clases.

Él me llevaba en coche a todas partes, como un chófer solícito, pero la mayor parte del tiempo se mantenía bien lejos de mí. Se quedaba en el estudio de arquitectura hasta entrada la noche; algunas veces dormía allí.

Cuando estaba en casa yo le preguntaba si oía ruidos, le pedía que comprobara las puertas, que por favor me abrazara.

La semana anterior a la ceremonia de graduación volví a ver a Lila. Yo iba con Steve Sherman. Estábamos en el centro comercial de Marshall Street. Ella me vio, pero pasó de largo.

—No puedo creerlo —le dije a Steve—. Nos graduamos la semana que viene y sigue sin hablarme.

—¿Quieres hablar con ella?

—Sí, pero tengo miedo. No sé qué decirle.

Decidimos que Steve se quedaría donde estaba y yo volvería a dar la vuelta en sentido contrario.

Me la encontré.

—Lila —dije.

Ella no se sorprendió.

—Me preguntaba si tratarías de hablar conmigo.

—¿Por qué no me hablas?

—Somos diferentes, Alice —dijo—. Lo siento si te he hecho daño, pero necesito seguir con mi vida.

—Pero éramos clones.

—Eso es algo que decíamos.

—Nunca me he sentido tan cerca de nadie.

—Tienes a Marc y a Steve. ¿No es suficiente?

Nos deseamos suerte para la graduación. Le dije que Steve y yo íbamos a ir a un restaurante cercano a tomar champán, y que podía apuntarse si quería.

—Puede que me pase —dijo ella, y se marchó.

Entré corriendo en la librería de enfrente y le compré un libro de poemas de Tess, Instructions to the Double. Dentro escribí algo que ahora no recuerdo. Era sensiblero e iba directo al corazón. Decía que siempre estaría allí si me necesitaba, sólo tenía que llamarme.

Nos la encontramos en el bar. Estaba achispada y la acompañaba un chico del que me constaba que estaba enamorada. No quiso sentarse con nosotros, pero se quedó junto a nuestra mesa mientras hablaba de sexo. Me dijo que se había puesto un diafragma y que yo tenía razón, el sexo era genial. Ahora yo era su público, no una amiga o una persona allegada. Ella estaba demasiado ocupada imitando lo que yo hacía: demostrar al mundo que estaba bien. Me olvidé de darle el libro. Se marcharon.

Al volver a casa, Steve y yo pasamos por delante de otro bar de estudiantes, más elegante. Vi a Lila sentada con su amigo y un grupo de gente que yo no conocía. Le dije a Steve que esperara y entré corriendo con el libro. La gente de la mesa levantó la mirada.

—Esto es para ti —dije, dándoselo a Lila—. Es un libro.

Sus amigos se rieron porque saltaba a la vista lo que era.

—Gracias —dijo ella.

Llegó una camarera para tomar nota. El chico de Lila me observaba.

—He escrito algo dentro —dije.

Mientras sus amigos pedían copas, ella me miró. Me dio la impresión de que me compadecía.

—Lo leeré más tarde, pero gracias. Parece un buen libro.

Nunca más volví a verla.

El día de la ceremonia de graduación no aparecí. No me imaginaba allí, tratando de celebrarlo, y viendo a Lila y a sus amigos. Marc tenía que presentar un proyecto. Aún no había terminado el curso. Steve fue a recoger

su título, lo mismo que Mary Alice. Yo había dicho a mis padres que quería largarme de Syracuse. Estuvieron de acuerdo.

—Cuanto antes mejor —dijeron.

Metí los bártulos que me quedaban en un coche alquilado plateado.

Era un Chrysler New Yorker; se les habían acabado los utilitarios. Conduje aquella barcaza de vuelta a Paoli, sabía que el coche haría reír a mis padres.

Syracuse se había acabado. Adiós y hasta nunca. Iba a ir a la Universidad de Houston en otoño para hacer un posgrado de poesía. Pasaría el verano tratando de reinventarme. No conocía Houston, nunca había estado al sur de Tennessee, pero allí iba a ser diferente. La violación no me seguiría.

OceanofPDF.com