Afortunada

Alice Sebold · Capítulo 15 de 15

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Afortunada

Años Después

Fue una noche del otoño de 1990 cuando a John le pegaron un puñetazo en la cara. Yo estaba frente a De Robertis de la Primera Avenida, esperando a que él volviera con la heroína barata que los dos esnifábamos.

Teníamos una estrategia. Siempre decíamos que si él tardaba demasiado yo iría a buscarlo gritando. Era un plan poco definido, pero servía para apartar de nuestra mente la posibilidad de que ocurriera algo que no pudiéramos controlar. Aquella noche en particular hacía frío fuera. Pero aquellos tiempos son confusos. Era precisamente lo que pretendíamos por aquel entonces.

Un año antes yo había publicado un artículo en The New York Times Magazme, un relato en primera persona de mi violación. En él pedía a la gente que hablara sobre el tema de la violación y escuchara a las víctimas cuando tenían un caso que contar. Recibí un montón de cartas. Lo celebré con cuatro bolsitas de diez dólares de heroína y un novio griego que había sido alumno mío. Luego llamó Oprah diciendo que había leído el artículo.

Fui a su programa. Yo era la víctima que había luchado. Había otra invitada que se suponía que no lo había hecho. Como en el caso de Lila, la resistencia de Michelle no había dejado cicatrices visibles. Pero dudo de que Michelle volviera en avión a su casa para esnifar heroína.

No acabé el curso de posgrado en Houston. No me gustó la ciudad, es cierto, pero si soy sincera, no estaba hecha para aquello. Me acostaba con un decatleta y una mujer, compraba maría a un tipo que vivía detrás de la tienda que abría de siete a once, y salía de copas con otro estudiante que también había dejado el posgrado, un hombre alto de Wyoming; a veces, mientras el decatleta me abrazaba, o el hombre de Wyoming se ponía cómodo y observaba, yo lloraba con histéricos sollozos que nadie entendía, yo menos que nadie. Pensé que era Houston. Pensé que era vivir en un clima cálido donde había demasiados bichos y donde las mujeres llevaban demasiados volantes.

Me fui a Nueva York y viví en un complejo de viviendas subvencionadas para gente de ingresos bajos situado entre las calles Décima y C. Vivía con Zulma, una portorriqueña que había criado a su familia en el apartamento y ahora alquilaba habitaciones. A ella también le gustaba beber.

Trabajé de camarera en un local del centro de la ciudad llamado La Fondue hasta que me salió un trabajo (a raíz de conocer a un borracho en un bar llamado King Tut's Wawa Hut) de profesora en el Hunter College. Era adjunta. No tenía la titulación que pedían y sólo contaba con un año de experiencia (había sido ayudante de cátedra en Houston), pero el comité que contrataba personal estaba desesperado, y reconocieron ciertos nombres: Tess Gallagher, Raymond Carver. Durante la entrevista tardé quince minutos en recordar la palabra «tesis», como en «frase-tesis», la base de todos los cursos de redacción. Cuando llamó el presidente del comité y Zulma me pasó el teléfono, me sorprendí enormemente de los fortuitos efectos de una borrachera.

Mis alumnos se convirtieron en personas que me mantenían viva.

Podía perderme en sus vidas. Eran inmigrantes, miembros de minorías étnicas, chicos de ciudad, mujeres que querían reanudar sus estudios, trabajadores de jornada completa, ex adictos y padres o madres que criaban a sus hijos sin pareja. Sus historias llenaban mis días y de noche daba vueltas a sus problemas de adaptación. Congeniaba con ellos como no lo había hecho con nadie desde la violación. Mi propia historia palidecía cuando la comparaba con las suyas. Caminar sobre los cadáveres de compatriotas para huir de Camboya. Ver cómo llevan a un hermano contra un muro y abren fuego. Criar a un hijo deficiente sólo con propinas de camarera. Y luego estaban las violaciones. La chica que había sido adoptada con ese propósito por el padre, que era sacerdote. La chica que había sido violada en el apartamento de otro estudiante y a quien la policía no había creído. La chica que era lesbiana militante y con tatuajes, pero que se vino abajo en mi despacho cuando me contó que había sido víctima de una violación en grupo.

Me contaban sus historias, me gusta pensar que porque yo nunca ponía nada en duda, les creía totalmente. También porque creían que no tenía pasado. Saltaba a la vista que era una chica blanca de clase media. Una profesora de universidad. Nunca me había ocurrido nada. Yo estaba demasiado ávida de consuelo para que me importara que la relación no

fuera recíproca. Como un camarero, les escuchaba, como un camarero, mi cargo me mantenía a una distancia segura. Yo era todo oídos, y las trágicas historias de la vida de mis estudiantes me curaban. Pero empecé a desarrollar una resistencia a ellos. Cuando escribí el artículo para The New York Times, estaba preparada para hablar. Algunos alumnos lo leyeron y se quedaron parados. Luego vino Oprah y muchos más me vieron en la televisión, su profesora de lengua y literatura explayándose sobre su propia violación. Durante las siguientes semanas me encontré a ex alumnos por la calle. «Uf, nunca pensé que usted... bueno, ya sabe», me confiaban. Y lo sabía. Porque era blanca. Porque había crecido en barrios residenciales.

Porque si no hay un nombre unido a mi historia ésta sigue siendo ficción, no un hecho real.

A mí me encantaba la heroína. El alcohol tenía desventajas —

concretamente, la cantidad que era necesaria para perder el conocimiento—

y no me gustaba ni el sabor ni el historial familiar: mi madre había sido alcohólica. La cocaína me provocaba náuseas. Sufrí unas rampas paralizadoras en el suelo de un club llamado Pyramid, donde rastas y chicas blancas bailaron alrededor de mi cuerpo hecho un ovillo. Repetí un par de veces más para asegurarme. ¿Y el éxtasis, los hongos y los viajes de ácido?

¿Quién quería estimular el ánimo? Mi objetivo era destruirlo.

Acababa en lugares raros. Descampados, callejones y... Atenas. Una noche desperté en un pequeño café en Grecia. Delante de mí tenía un plato lleno de pequeños peces plateados. Dos hombres rebañaban con pan el aceite de mi plato. Volvimos a una casa situada en una colina. Oí nombrar a mi alumno griego que he mencionado, pero no estaba allí. Fumamos marihuana black tar y volvimos a salir. Uno de los hombres desapareció, el otro quería acostarse conmigo. Yo había salido en la televisión americana.

En la misma casa, donde una nueva remesa de gente se pinchaba en la parte trasera, me puse una cazadora que no era mía porque tenía frío. En el bolsillo había una aguja usada y me la clavé. Me quedé confusa unos momentos, pensé inmediatamente en el sida, luego hice algo en lo que me había vuelto experta: arriesgarme. Estaba en Grecia. ¿Cómo de serio era el riesgo allí?

Al cabo de treinta días volví a casa. Escribí para el New York Times un artículo sobre viajes que apareció la siguiente primavera, a tiempo para que

la gente planeara sus vacaciones. Mientras tanto, volví a Europa con otro ex alumno, John. El y un amigo habían conseguido billetes baratos a Amsterdam a través de un pariente del amigo. Totalmente colocados, cogimos el tren nocturno hasta Berlín. Estaban derribando el muro. Fue después de medianoche cuando llegamos al hormigón que separaba el oeste del este. John y Kippy se pusieron manos a la obra. Pidieron prestados unos picos a un grupo de eufóricos y escandalosos alemanes e hicieron turnos.

Yo me quedé a cierta distancia. No era mi país y era la única mujer entre ellos. Un alemán se acercó y me ofreció un cigarrillo y una botella, me dijo algo y me agarró el culo. A unos metros de distancia, un guardia de la frontera de Alemania Oriental se nos quedó mirando.

Fue poco después en Nueva York cuando golpearon a John. Recuerdo que lo vi doblar la esquina. Había tardado más que de costumbre, y me fijé en que no llevaba las gafas y tenía la nariz ensangrentada. Estaba contrariado.

—¿Lo has conseguido? —pregunté.

Asintió. No habló. Empezamos a andar.

—Me han dado una paliza.

Aquello, como la aguja en Atenas, me asustó. La cuestión era: ¿cómo de grave tenía que ser? No quería que John saliera nunca más solo y se lo dije. Él trató de no hacerlo, pero a veces, cuando estábamos desesperados, salía.

Las cosas fueron de mal en peor, y entonces, en la primavera de 1991, cuando acabábamos de mudarnos a un apartamento de la calle Siete, tuve una revelación. Yo tenía un problema pero no sabía cuál era. Me quedaba en la cama. Volvía a comer como no lo había hecho desde la universidad y llevaba mis viejos camisones de franela. No vacié las cajas de la mudanza.

John trabajaba muchas horas. Ahora se sentía incómodo cuando me tenía cerca. Cuando llegaba a casa yo le mandaba a comprar brownies. Engordé.

Dejó de importarme el aspecto que tenía o lo deprisa que podía ir trotando a un club. Quería ser mejor, pero no sabía cómo hacerlo.

Un amigo mío a quien conocía desde que éramos adolescentes me llamó para comentarme que me habían citado en un libro. Mi amigo era médico ahora y trabajaba en Boston. Mi artículo del New York Times había sido citado en Trauma y recuperación, de la doctora Judith Lewis Hermán.

Me dio por reír. Había querido escribir mi propio libro, pero no parecía capaz de hacerlo. Ahora, casi diez años después de la violación de Lila, mi nombre aparecía en el libro de otra persona. Pensé en comprármelo, pero era de tapa dura, demasiado caro, y además, pensé, había roto con todo aquello.

Los meses siguientes John y yo dejamos de vernos, me apunté a un gimnasio y empecé a ir a un terapeuta. John seguía consumiendo drogas.

Parte de mí quería tan desesperadamente recuperarlo que hice cosas humillantes. Supliqué. Yo sabía que se estaba matando. La Primera Avenida se convirtió en una frontera que yo me negaba a cruzar. Sentía cómo mi viejo barrio tiraba de mí con demasiada fuerza para resistirlo, de modo que cuando se me presentó la oportunidad de pasar un par de meses en California en una colonia de artistas rurales, no la dejé escapar.

La colonia artística Dorland Mountain, que se encuentra en las montañas de la California rural y reaccionaria, es rústica se mire por donde se mire. Las cabañas están construidas con bloques de hormigón ligero y madera contrachapada, y no hay electricidad. Funciona con un presupuesto muy reducido.

Cuando llegué, me recibió un hombre llamado Robert Willis. Bob.

Tenía setenta y pocos años, y llevaba un Stetson de fieltro blanco, unos Wrangler y una camisa tejana. Tenía el pelo canoso y los ojos azules, era cortés pero poco hablador.

Encendió mi lámpara de propano, y al día siguiente vino para ver cómo estaba y me llevó en coche a la ciudad para que comprara comida.

Llevaba allí mucho tiempo, y había visto ir y venir a mucha gente. Por extraño que parezca, nos hicimos amigos. Le hablé de Nueva York y él me habló de Francia. Había vivido medio año allí, donde había tenido un empleo muy parecido en una granja de caballos. En su cabaña, después del anochecer y a la luz de la lámpara de propano, acabé contándole la historia de mi violación y la de Lila. El escuchó y sólo dijo unas pocas palabras:

«Debió de dolerte». «Uno nunca se recupera de ciertas cosas.»

Me contó que había servido en la infantería durante la Segunda Guerra Mundial y había perdido a todos sus compañeros. Años después en Francia, en el invierno de 1993, se había quedado mirando un árbol por una ventana.

—No sé qué fue —dijo—. Había visto aquel árbol desde aquella ventana cientos de veces, pero me puse a llorar como un niño. Estuve llorando de rodillas, no puedes imaginar cómo lloré. Me sentía ridículo pero no podía parar. Y entonces caí en la cuenta de que era por mis compañeros, nunca había llorado por ellos. Estaban todos enterrados en un cementerio de Italia cerca de un árbol igual que ése, muy lejos de aquí. Sencillamente perdí el control. ¿Quién hubiera dicho que algo que ocurrió hacía tanto tiempo podía tener tanto poder?

Antes de marcharme cenamos juntos por última vez. Él había preparado lo que llamaba verduras del ejército —maíz y tomates en conserva calentados al fuego— con beicon. Bebimos vino barato.

Dorland podía ser un lugar espeluznante a la luz del día. De noche estaba negro como boca de lobo, sólo se veían unas pocas lámparas de queroseno o de propano desperdigadas por la colina. Después de cenar, mientras estábamos sentados en el porche de su cabaña, vimos lo que Bob creyó que eran las luces de un camión en el camino de tierra que salía de la carretera.

—Parece que tenemos visita —dijo.

Pero de pronto las luces del camión se apagaron. No le oímos moverse.

—Espera aquí —dijo—. Voy a echar un vistazo.

Entró en la parte trasera y cogió su rifle, que tenía escondido para que no lo encontraran los frágiles miembros de la colonia ni los administradores de Dorland.

—Voy a dar la vuelta a través de la maleza y saldré a la carretera —

susurró.

—Apagaré la luz.

Me quedé totalmente inmóvil en el porche. Agucé el oído esperando oír algo, la gravilla bajo los neumáticos, una ramita que se parte, cualquier cosa. Imaginé que los hombres del camión habían herido o matado a Bob y ahora avanzaban hacia la cabaña. Pero yo había hecho una promesa a Bob.

No me movería.

Unos momentos después oí crujir hojas al otro lado de la cabaña. Me asusté.

—Soy yo —llegó el susurro de Bob a través de la oscuridad—. No hagas ruido.

Observamos la carretera. No vimos encenderse las luces del camión.

Al final Bob cruzó el chaparral con Shady, su fiel malamut-lobo, y volvimos a encender la lámpara de propano. Los dos repasamos excitados lo ocurrido un montón de veces, cada uno explicó cómo lo había percibido, habló de la amenaza y de cómo la notabas. De lo afortunados que habíamos sido de conocer la guerra y la violación, porque aquellas experiencias nos habían dado algo que nadie más tenía: un sexto sentido que se activaba cuando percibíamos peligro cerca de nosotros o de nuestros seres queridos.

Volví a Nueva York, pero no al East Village. Demasiados recuerdos.

Me fui a vivir con un novio a la calle Ciento seis, entre Manhattan y Columbus.

Mis padres habían venido a verme a mi territorio dos veces en diez años. Mi madre se quedó parada en mitad de mi apartamento y dijo:

—No me digas que quieres pasarte el resto de tu vida viviendo así. —

Se refería al negocio de la inmobiliaria y al tamaño del apartamento, pero fueron palabras que, al repetírmelas, tomaron un significado distinto para mí.

Aquel otoño dejé de jugar con la heroína. Tuvo tanto que ver con que dejé de tener acceso fácil a ella como con cualquier otra cosa. Volvía a beber y a fumar, pero lo mismo hacían todos. Luego me compré el libro de la doctora Herman, que había salido en rústica. Me dije que debía tener un archivo de cualquier publicación donde apareciera mi nombre.

Herman había decidido utilizar una frase de mi artículo al principio de su capítulo titulado «Desconexión». La frase, tal como apareció, era la siguiente: «Cuando me violaron perdí la virginidad y casi perdí la vida.

También deseché algunas ideas sobre cómo funcionaba el mundo y lo a salvo que estaba en él». Aparecía en la página 51 de un libro de trescientas páginas. En la librería, antes de comprarlo, volví a leer la frase y mi nombre. No caí en la cuenta hasta que volví en metro a casa de que, en un libro titulado Trauma y recuperación, se me citaba en la primera parte.

Decidí no sólo guardar el libro como recuerdo, sino también leerlo.

No tienen un estado de alerta normal sino la atención relajada. En cambio, tienen un grado de activación muy elevado: sus cuerpos siempre están alerta al peligro. También se sobresaltan fácilmente ante los estímulos

inesperados... Las personas que sufren un desorden de estrés postraumático tardan más en dormirse, son más sensibles al ruido y se despiertan más a menudo en mitad de la noche que la gente corriente. Así pues, los sucesos traumáticos parecen reacondicionar el sistema nervioso humano.

Con párrafos como éste empezaba el libro más absorbente que jamás había leído: estaba leyendo sobre mí misma. También sobre los veteranos de guerra. Por desgracia, mi cerebro volvió a ponerse a trabajar a toda marcha. Me pasé una semana en la sala de lectura principal de la Biblioteca Pública de Nueva York preparando una novela que presentara el desorden de estrés postraumático como el gran igualador, y reuniera a hombres y mujeres que habían padecido el mismo desorden. Luego, en medio de los relatos que leí, perdí las ganas de intelectualizarlo.

Había una colección de relatos en primera persona sobre Vietnam que leí una y otra vez, y que tenía de reserva. De algún modo, leer las historias de aquellos hombres me permitía empezar a sentir. Una de ellas en particular me impresionó mucho, la historia de un héroe. Había sido testigo de duros combates y había visto cómo mataban a sus amigos. Lo llevó todo estoicamente. No pude evitar pensar en Bob.

Aquel veterano volvió a casa, recibió una condecoración, fue capaz de tener un empleo y cumplir con él. Años después se derrumbó. Algo estalló, y el héroe no pudo soportarlo. Al desmoronarse, se hizo hombre. El relato terminaba allí. Él estaba en alguna parte, tratando de superarlo. Yo no pertenezco a ninguna religión, pero recé por aquel veterano y por Bob.

Leí todo el libro de Herman. No fue una curación mágica, pero sí un comienzo. También tenía una buena terapeuta. Ella ya había utilizado hacía un año la expresión «estrés postraumático», pero yo lo había desechado como cháchara de psicólogos. Como era de esperar, lo había hecho todo de la manera más difícil: escribí un artículo, lo citaron en un libro, compré el libro y me reconocí a mí misma en los casos de los enfermos. Yo padecía un desorden de estrés postraumático, pero para creérmelo había tenido que descubrirlo por mí misma.

Mientras viví en la Ciento seis, mi novio trabajaba hasta tarde en un bar y yo pasaba las noches sola. Veía mucho la televisión. Era una vieja casa de vecinos en un barrio de mala reputación. Era lo que podía permitirme pagar en Nueva York con mi sueldo de profesora adjunta. Vivía detrás de grandes ventanas con rejas, y el silencio de las noches se interrumpía continuamente por el fuego de armas automáticas. La Tech—9

era el arma más popular en el barrio entonces.

Una noche encendí la tostadora mientras preparaba el café y se fundieron los plomos. La caja de fusibles estaba abajo en el sótano y para llegar a él tenía que salir y bajar una oscura escalera. Llamé a mi novio al trabajo. Él me respondió con brusquedad. Acababa de entrar mucha gente en el bar.

—¿Qué quieres que haga? Coge una linterna y hazlo tú, o quédate sentada en la oscuridad. Éstas son las opciones que tienes.

Decidí que me estaba comportando como una estúpida inútil. Utilicé algo que había aprendido en la terapia, el «diálogo interior», para prepararme mentalmente para la tarea. Eran casi las once de la noche. Me dije que no era tan peligroso como a las dos de la madrugada. Mi diálogo interior fue poco convincente, por no decir otra cosa.

Bajé dos tramos de la escalera hasta la calle, doblé la esquina, salté por encima de una puerta de hierro forjado cuya cerradura oxidada se había atascado, bajé la escalera y encendí la linterna. Encontré la cerradura, introduje la llave y entré. Cerré por dentro y me quedé un momento contra la pared. El corazón me latía con fuerza. El sótano estaba muy oscuro y no había ventanas. Recorrí con la linterna una pared lejana con habitaciones al fondo. Vi las pertenencias del dominicano al que habían desalojado hacía un par de meses. Oí chillar a las ratas enfadadas cuando las enfoqué con la linterna. «Concéntrate», me dije, sintiendo el frío del fusible de cristal en la mano, y de pronto oí un ruido. Apagué la linterna.

Venía de fuera. Había gente apoyada contra la pared. Al oír a través de la puerta su spanglish enseguida comprendí que iba a tener que esperar un rato. Estaba a medio metro de ellos. «Fóllame, zorra», gritaba él, golpeándola contra la puerta. Retrocedí todo lo que pude, pero me pareció que quedarme cerca de la caja de fusibles, la razón por lo que había ido allí, era mejor que adentrarme en las oscuras habitaciones de un sótano cerrado.

El sobrino de la casera había vivido allí abajo, me había explicado mi

novio. Había sido adicto al crack y alguien había entrado una noche y lo había matado de un tiro.

—Por eso ella ya no quiere alquilar apartamentos a dominicanos —me dijo.

—Pero si ella es dominicana...

—Nada tiene sentido aquí.

Fuera, el hombre gruñía y la mujer no hacía ningún sonido. Luego los dos terminaron y se marcharon. Él la llamó por un nombre en español y se rió de ella.

Por primera vez me permití sentirme asustada. Cambié el plomo y me preparé para volver a casa. Mi único objetivo ahora era llegar a un lugar seguro, y arriba en el edificio estaba más segura que allá abajo, enterrada en el polvo con las ratas, el fantasma de un adicto al crack asesinado y una puerta contra la que acababan de tirarse a una chica.

Lo logré.

Aquella noche decidí irme de Nueva York. Recordé que había leído que muchos de los veteranos, al volver de Vietnam, se habían sentido atraídos por lugares como la rural Hawai o los Everglades de Florida.

Recreaban el entorno que mejor conocían, donde sus reacciones ante las cosas parecían más naturales que dentro de las casas suburbanas desparramadas a través del menos verde y exuberante Estados Unidos.

Yo siempre había vivido en barrios humildes excepto una vez que viví encima de un tipo que maltrataba a su mujer en Park Slope, en Brooklyn.

Nueva York para mí significaba violencia. En la vida de mis alumnos, en la vida de la gente de la calle era algo bastante común. Toda aquella violencia me había tranquilizado. Encajaba en ella. Mi forma de actuar y de pensar, mi constante estado de alerta y mis pesadillas tenían sentido allí. Lo que agradecía a Nueva York era que no pretendía parecer segura. El mejor de los días era como vivir en medio de una gloriosa contienda. Sobrevivir a aquello año tras año era algo que la gente llevaba con orgullo. Después de cinco años te ganabas el derecho a alardear. A los siete empezabas a integrarte. Yo había llegado a los diez, prácticamente me había afincado desde el punto de vista de la durabilidad prevista por el East Village, luego, de repente y para sorpresa de los que me conocían, me marché.

Volví a California, donde sustituí a Bob en Dorland mientras éste estaba fuera. Viví en su cabaña y cuidé a su perra. Conocí a los miembros de la colonia y les mostré los alrededores, les enseñé a hacer fuego en sus

estufas de leña y los atormenté con el espectro de ratas canguros, pumas y los supuestos fantasmas que merodeaban por la zona. No les hablé mucho de mí. Nadie sabía de dónde venía.

El 4 de julio de 1995 escribía dentro de mi cabaña. Afuera estaba oscuro. El lugar se hallaba desierto. Los miembros de la colonia se habían ido juntos a la ciudad. Yo estaba sola con Shady. No había escrito mucho en los últimos años, desde los dos meses que había pasado en Dorland como un miembro más de la colonia. Me parecía incomprensible que hubiera tardado tantos años en aceptar mi violación y la de Lila, pero había empezado a admitir que había sido así. Me dejó con una sensación que no sé describir. El infierno había terminado. Tenía todo el tiempo del mundo por delante.

Shady entró corriendo en la cabaña y apoyó el morro en mi regazo.

Estaba asustada.

—¿Qué pasa? —dije, acariciándole la cabeza. Luego también lo oí; parecía un trueno, como si se avecinara una tormenta de verano—. Vamos a ver qué es, ¿vale? —Cogí mi pesada linterna negra y apagué la lámpara.

Afuera se alcanzaba a ver hasta lejos. La cabaña tenía un porche y una silla. Muy lejanos y parcialmente ocultos por la ladera de una oscura montaña, vi los fuegos artificiales. Tranquilicé a Shady y me senté en la silla.

Los fuegos duraron mucho rato. Shady mantuvo la cabeza en mi regazo. Yo habría alzado una copa de haber tenido una.

—Lo hemos conseguido —dije a Shady, acariciándole el costado—.

Feliz día de la Independencia.

Al final, llegó el momento de seguir mi camino. La víspera de mi partida me acosté con un amigo. No había tenido relaciones sexuales desde hacía más de un año. Un celibato autoimpuesto.

El sexo de aquella noche fue breve, torpe. Habíamos salido a cenar y habíamos tomado una copa de vino. A la luz de la lámpara de queroseno me concentré en la cara de mi amigo, en lo diferente que era él de un hombre violento. Los dos comentamos más tarde, cuando hablamos por teléfono desde costas opuestas, que había sido muy especial. «Fue casi virginal —

dijo él—. Como si hicieras el amor por primera vez.»

En cierto sentido así fue, aunque aquello era imposible. Pero ha pasado el tiempo y ahora vivo en un mundo donde las dos verdades coexisten; donde el infierno y la esperanza están en la palma de mi mano.

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