Afortunada

Alice Sebold · Capítulo 12 de 15

Páginas del PDF

Afortunada

Capítulo 11

A finales de abril, un mes después de las vacaciones de Semana Santa, me encontraba en Marshall Street. Era media tarde. La primavera había llegado por fin al norte del estado de Nueva York escondiéndose y reapareciendo como acostumbra hacer. Todavía había restos de nieve en el suelo. Todos los inviernos la nieve embellecía Syracuse; cubría los severos marrones y grises de los edificios y las carreteras del nordeste. Pero hacia abril todo el mundo estaba harto, y los estudiantes celebraban la llegada del calor. Iban con pantalones cortos, a pesar de tener carne de gallina en los brazos y las piernas, y las chicas exhibían sus bronceados de Florida. La calle estaba llena de estudiantes que, ilusionados con el final de las clases, que significaba el comienzo de la buena vida, sonreían y reían y compraban recuerdos de la Universidad de Syracuse en las tiendas de Marshall Street.

Yo había salido a comprar algo a mi hermana, que iba a graduarse con un magna cum laude en Pensilvania. Caminaba por Marshall cuando vi que iba a cruzarme con un grupo de chicos de una fraternidad y sus novias. Eran todo sonrisas radiantes de primavera. Dos de los chicos hacían alarde de lo duros que eran con calzones blancos almidonados y Docksiders sin calcetines. Los miré porque no podía dejar de hacerlo; ocupaban toda la acera y pedían a gritos atención. Pero había alguien más tratando de pasar por el otro lado.

Crecí viendo Embrujada, donde la protagonista, Elizabeth Montgomery, era capaz de chasquear los dedos y paralizar a todo el mundo menos a sí misma y a su marido, Darrin. Ellos seguían hablando mientras la gente permanecía inmóvil en sus torpes posturas anteriormente animadas.

Así es como me sentí aquel día. Vi a Gregory Madison tratando de adelantar a aquel grupo, entonces él me vio y todo lo demás se detuvo.

No sé por qué no había pensado que aquello podía pasar, pero no lo había hecho. Todavía lo imaginaba en la cárcel, o al menos creía que no sería tan estúpido como para volver a la zona universitaria antes del juicio.

Pero allí estaba él. En octubre él se había mostrado petulante al verme. Esta vez nos vimos, nos reconocimos y asentimos con la cabeza. Sin decir una palabra. Fue una fracción de segundo. Entre él y yo estaban los risueños

estudiantes. Pasamos a cada lado de ellos. Él me dijo con la mirada lo que yo necesitaba saber. Me había convertido en su adversaria, ya no sólo en su víctima, y él lo reconocía.

En algún momento de aquel invierno Lila y yo habíamos empezado a llamarnos mutuamente Clon. Las dos ganábamos con ello. Al ser mi clon, ella podía dar una imagen un poco más atrevida y alocada de como era en realidad; yo podía fingir que era una universitaria normal cuya vida giraba tanto alrededor de mis clases y las idas a Marshall Street para comer algo como de un juicio por violación. Como clones decidimos vivir juntas fuera del campus. Las dos, y una amiga de Lila llamada Sue, encontramos un apartamento de tres habitaciones en una zona algo apartada del campus donde vivían otros muchos estudiantes. Estábamos emocionadas ante la perspectiva de vivir en una casa de verdad, y convencida de que el juicio habría acabado para entonces, lo vi como una oportunidad para volver a empezar. Entraríamos en el piso en otoño.

La primera semana de mayo hice las maletas para volver a casa para pasar el verano. Había sacado un notable en mi clase de Shakespeare y me había despedido de Jamie. No me hacía ilusiones de volver a saber de él.

Había hecho un curso llamado Cervantes en inglés y, en el examen final, me vengué del personaje de La Mancha. Hice una reinterpretación de don Quijote como una parábola urbana moderna y convertí a Sancho en el héroe. Era un hombre de mucho mundo mientras que Quijote no lo era. En mi versión, Quijote se ahoga en un charco de la cuneta, incapaz de darse cuenta de que no es un lago.

Antes de irme llamé a Gail para informarle de mis movimientos.

Durante toda la primavera en la oficina del fiscal del distrito me habían respondido con un «en cualquier momento», y esta vez no fue distinto. Ella me dio las gracias y me preguntó por mis planes.

—Supongo que cogeré un trabajo de verano —respondí.

—Espero que el juicio se celebre pronto —dijo ella—. Estarás libre,

¿verdad?

—Es mi prioridad número uno —dije.

Hasta años después no lo entendí: en los casos de violación, casi se esperaba que la víctima se echara atrás en mitad del proceso aun cuando ella lo había iniciado.

—Alice, permíteme que te pregunte algo —dijo ella, cambiando un poco el tono.

—¿Sí?

—¿Te acompañará algún familiar?

—No lo sé —respondí.

Había hablado de ello con mis padres durante las vacaciones de Navidad y de nuevo en Semana Santa. Mi madre lo había consultado con su psiquiatra, la doctora Graham, y mi padre se mostró preocupado porque, cuanto más se pospusiera el juicio, más posibilidades habría de que le arruinara su viaje anual a Europa.

Hasta hacía poco yo había creído que su decisión final, que me acompañara él, se había basado en la incapacidad de ella para estar allí: la posibilidad impredecible de que tuviera una crisis nerviosa. Pero resultó que la doctora Graham le había aconsejado que fuera a pesar de su pánico.

Cuando ella me dijo por teléfono que por fin habían tomado una decisión, me quedé callada. Le pregunté lo que habría preguntado una periodista. Recibí la información medio atontada. Mi madre me dijo que estaba picada con Graham porque, naturalmente, se había puesto «de parte del profesional, esto es, tu padre».

—Entonces, ¿papá tampoco quería acompañarme? —pregunté, terminando lo que ella había empezado.

—Por supuesto que no, le esperaba su querida España.

La conclusión que saqué fue que ninguno de ellos había querido estar conmigo en el juicio. Tenían sus motivos; yo los sabía.

Al final se decidió que me acompañaría mi padre. Yo abrigué la pequeña esperanza, hasta el momento en que mi padre y yo subimos al avión, de que mi madre aparcara el coche y se apresurara a entrar. Aunque adoptara la pose de dura, quería y necesitaba a los dos.

Al final de su último año, Mary dominaba quince dialectos árabes y había obtenido una beca Fulbright para estudiar en la Universidad de Damasco, en Siria. Yo sentía a la vez celos y respeto. Hice mi primera pero no última broma sobre nuestras respectivas especialidades.

—La tuya puede que sea el árabe —dije—, la mía parece ser que es la violación.

Mary sobresalía académicamente como yo nunca podría hacerlo, tal vez como nunca podría intentarlo siquiera debido a mi carácter distraído.

Pero la verdad era que Mary llevaba mucho tiempo huyendo por la vía académica. Habiendo crecido en una casa donde los problemas de mi madre eran lo que mantenía unida a la familia, había tomado como modelo a mi padre. Aprende el idioma de otro país y luego podrás ir a ese país: un lugar donde los problemas de la familia no te seguirán. Un idioma que ellos no hablen.

Yo no había renunciado del todo a la idea de la buena relación entre hermanas que mi madre quería que tuviéramos, pero los acontecimientos parecían conspirar para hacerlo imposible. El Juzgado de Syracuse fijó el comienzo del juicio para el 17 de mayo, el mismo día de la ceremonia de graduación de mi hermana en la Universidad de Pensilvania. Yo no paraba de robar el protagonismo a mi hermana, tanto si quería como si no.

Hablé con Gail. No era posible cambiar la fecha del juicio, pero empezarían interrogando a los demás testigos y de alguna manera se solucionó para que yo pudiera testificar el segundo día. Mi padre y yo reservamos un vuelo para la tarde del 17. Justo después de la graduación de Mary, mi madre nos dejaría en el aeropuerto de Filadelfia. Hasta entonces mis padres y yo habíamos acordado que nos concentraríamos en el día de Mary.

Mi madre, Mary y yo fuimos a comprar ropa: Mary, un vestido para llevar en la ceremonia de graduación; yo, un conjunto para el juicio.

Tanto mi hermana como yo nos habíamos alejado de como nos había vestido de niñas nuestra madre, con su predilección por los colores de la bandera. Mary se inclinaba por los verdes oscuros y cremas, yo por el negro y el azul. Pero para el juicio, renuncié a mis tendencias góticas y dejé que mi madre se hiciera cargo. Llevaría un blazer rojo, una camisa blanca y una falda azul.

El día 16 por la tarde mi padre y yo hicimos la maleta. El 17 nos vestimos todos en nuestras respectivas habitaciones y nos preparamos para ir a Pensilvania. Yo me miré por última vez en el espejo. Fuera cual fuese el resultado del juicio, mi papel en él habría terminado cuando volviera a verme en él. Iba a ir a Syracuse y ver a mucha gente, pero en lo único que podía pensar era en la cita a la que no podía faltar. Tenía una cita con

Gregory Madison. Mientras abría la puerta de mi habitación, respiré hondo.

Dejé a un lado mis preocupaciones y adopté el papel de hermana menor de Mary: excitada, eufórica, animada.

En la ceremonia, mi padre desfilaría con sus colores de Princenton. Él y Mary estuvieron con nosotras en el atestado vestíbulo del auditorio, donde los padres daban los últimos toques a los birretes; una mujer, descontenta con el rímel de su hija, le limpiaba con saliva las motas negras de debajo de los ojos. Familias enteras rodeaban a los felices graduados, se oía el ruido de los flashes, y las chicas y los chicos cohibidos trataban de hacer que sus birretes parecieran menos ridículos inclinándolos en sus cabezas.

Mi abuela, mi madre y yo encontramos nuestros asientos en el piso principal, al lado del amplio grupo de alumnos que se disponían a recoger sus títulos. Yo me subí a la silla para buscar a Mary. La vi sonreír al lado de otra chica, una amiga suya a la que yo no conocía.

Después de la ceremonia fuimos a almorzar al Faculty Club para celebrarlo. Mi madre nos hizo demasiadas fotos en los bancos de cemento de fuera. Todavía tiene una ampliación de aquel día enmarcada y colgada.

Yo quería que la quitara. Pero conmemora un día importante de nuestra familia: la ceremonia de graduación de mi hermana, el juicio de mi violación.

No recuerdo el aeropuerto. Sólo recuerdo la rapidez con que pasé de un día de celebración al comienzo del terror. En Syracuse nos esperaba el detective John Murphy, de la oficina del fiscal del distrito. Aquel hombre de pelo prematuramente canoso y sonrisa afable se acercó a mi padre y a mí mientras tratábamos de localizar los letreros de la terminal principal.

—Tú debes de ser Alice —dijo, tendiéndome una mano.

—Sí. —¿Cómo me había reconocido?

Él se presentó, nos explicó su misión —escoltarnos las siguientes veinticuatro horas— y se ofreció a llevarme la maleta. Mientras nos encaminábamos a buen paso a la salida, nos dijo en qué hotel íbamos a alojarnos y que Gail se reuniría con nosotros en la cafetería.

—Quiere repasar contigo tu declaración —añadió.

Al final pregunté:

—¿Cómo sabía que era yo?

Él me miró sin comprender.

—Me enseñaron fotos.

—Esperaba tener mejor aspecto, si se refiere a aquellas fotos.

Mi padre se puso tenso; se apartó un poco de nosotros.

—Eres guapa, se ve incluso en aquellas fotos —dijo Murphy. Tenía labia. Sabía qué responder y qué decir.

En el coche oficial que nos llevó al hotel, Murphy habló por encima del hombro con mi padre, mirándolo por el retrovisor en los semáforos y giros.

—¿Le interesan los deportes, señor Sebold? —preguntó.

A mi padre no le interesaban.

Murphy probó con la pesca.

Mi padre hizo lo que pudo, pero tenía poco que decir. Si Murphy se hubiera levantado a las cinco de la mañana para estudiar a Cicerón podrían haber tenido algo por lo que comenzar.

Terminamos hablando de Madison.

—Incluso en prisión —dijo Murphy—, puedo ir y dar las gracias a un tipo, actuar como si fuéramos amigos y luego marcharme. Eso le crea dificultades con los demás presos, le hace parecer un soplón. Lo haré con ese cretino si quieres.

No recuerdo qué respondí, si es que respondí algo. Era consciente de la incomodidad de mi padre y consciente a mi vez de cómo me había ido familiarizando yo con esa forma de hablar durante el año anterior. Me caían bien los hombres como Murphy. Su forma de hablar rápida, precisa. Su actitud de no andarse con rodeos.

—No les gustan los violadores —informó Murphy a mi padre—. Las pueden pasar canutas. A los que más odian son a los pederastas, pero los violadores no están muy por encima.

Mi padre fingió interesarse, mas creo que estaba asustado. Le resultaba desagradable esa clase de conversación. Le gustaba tener el control, y si no lo tenía, solía optar por callar. El mero hecho de que estuviera atento era algo excepcional.

—¿Saben que mi novia se llama Alice? —dijo Murphy.

—¿En serio? —preguntó mi padre, interesado.

—Sí. Hace tiempo que estamos juntos. Cuando oí que su hija se llamaba Alice tuve un buen presentimiento acerca de este caso.

—Nosotros también le tenemos mucho cariño a ese nombre —dijo mi padre.

Le conté al detective Murphy que mi padre había querido llamarme Hepzibha y que sólo gracias a las acaloradas protestas de mi madre había desistido de ello.

A él le gustó la anécdota. Le hizo reír, y repitió el nombre hasta que lo pronunció bien.

—Asombroso —dijo—. Estuviste de suerte.

Nos adentramos en la calle principal del centro de Syracuse. En mayo seguía habiendo luz a las siete y media de la tarde, pero las tiendas estaban cerradas. Pasamos de largo los grandes almacenes Foley's. La letra en cursiva y las viejas puertas de latón me reconfortaron.

A nuestra izquierda se veía el toldo del hotel Syracuse. También pertenecía a un pasado más próspero. En el viejo vestíbulo había mucho movimiento. John Murphy nos registró en recepción y nos enseñó dónde estaba el restaurante. Nos dijo que pasaría a recogernos a las nueve del día siguiente.

—Cenen algo. Gail ha dicho que llegaría alrededor de las ocho. —Me entregó una carpeta azul—. Cree que podría ser útil que echaras un vistazo a este material.

Mi padre le dio efusivamente las gracias por habernos acompañado.

—Ha sido un placer, señor Sebold —dijo Murphy—. Ahora me voy a ver a mi Alice.

Dejamos las maletas en la habitación y bajamos de nuevo al vestíbulo.

Yo no quería comer nada, pero sí tomar una copa. En el bar del restaurante, mi padre y yo nos sentamos a una pequeña mesa redonda. Pedimos un gin-tonic cada uno.

—Tu madre no tiene por qué enterarse —dijo él. El gin-tonic era la bebida de mi padre. Cuando yo tenía once años le había visto beberse una jarra entera el día que dimitió el presidente Nixon.

Mi padre fue a telefonear a mi madre. Ella, su madre y mi hermana estarían nerviosas, dijo, esperando noticias.

Mientras él llamaba yo abrí la carpeta azul. Encima de todo había una copia de mi declaración en la vista preliminar. No la había visto antes. La leí, cubriendo la hoja a medida que lo hacía con la carpeta. No quería que ninguna de las personas que estaban allí —los jóvenes hombres de negocios, los vendedores entrados en años y la única mujer profesional—

viera lo que tenía en las manos.

Mi padre volvió y trató de no molestarme mientras yo leía mis propias palabras. Sacó un pequeño libro en latín que había traído consigo.

—¡No parece una lectura muy apropiada para cenar!

Levanté la mirada. Era Gail y señalaba la carpeta azul. Tres semanas antes de que saliera de cuentas, iba con una camiseta premamá azul, pantalones de pana marrones y zapatillas de deporte. Llevaba unas gafas que yo nunca le había visto y un maletín.

—Usted debe de ser el doctor Sebold —dijo.

Un tanto para Gail, pensé. Le había comentado una vez que mi padre era doctor y que odiaba que le llamaran señor.

Mi padre se levantó para estrecharle la mano.

—Llámame Bud —dijo.

Se ofreció a pedirle algo. Ella dijo que un agua le vendría muy bien, y mientras él iba a la barra, ella se sentó a mi lado apoyándose en el respaldo de la silla.

—¡Uy, estás verdaderamente embarazada! —exclamé.

—Y que lo digas. Estoy preparada para recibirlo. Billy Mastine —dijo, refiriéndose al fiscal del distrito— llevará el caso porque la imagen de una mujer embarazada pone nervioso al juez.

Se reía, pero a mí no me hizo gracia. No había contemplado la posibilidad de que alguien que no fuera ella me representara. Ella, y no el fiscal del distrito, había venido en coche fuera de las horas de trabajo para estudiar el caso. Era mi salvavidas, y la idea de que se la castigara por estar embarazada me parecía una maniobra más contra las mujeres.

—¿Sabes que Husa, la ginecóloga que te atendió, también está embarazada? De ocho meses. Paquette va a estallar. Todo señoras embarazadas a su alrededor. Causa mala impresión volver a preguntar.

Mi padre volvió y entramos en materia. Ella se disculpó ante mi padre diciendo que no era su intención ser grosera.

—Billy y yo creemos que es posible que su abogado alegue impotencia.

Mi padre escuchaba con atención. Jugueteaba con las dos cebollas que había en el fondo de su segunda copa de Gibson.

—¿Cómo pueden demostrarlo? —preguntó, y Gail y yo nos reímos.

Nos los imaginamos llevando a un médico para atestiguar el hecho.

Gail describió los tres tipos de violadores.

—Según todos los estudios que se han hecho, parece que Gregory encaja con el más común: el violador que busca el poder. Luego está el violador cuya motivación es el coraje, y el peor de todos, el sádico.

—¿Qué quiere decir eso? —pregunté yo.

—Los violadores que buscan el poder a menudo son incapaces de mantener una erección y sólo lo logran si creen que han dominado física y mentalmente a su víctima. Puede haber una dosis de sadismo. Nos pareció interesante que consiguiera tener por fin una erección después de obligarte a arrodillarte frente a él y hacerle una mamada.

Si reparé en mi padre sólo fue para obligarme a no preocuparme por él.

—Le dije muchas mentiras —expliqué—, lo fuerte que era, y cuando perdió la erección le dije que no era culpa suya, que yo no sabía hacerlo.

—Exacto —dijo Gail—. Eso le haría creer que te había dominado.

Con Gail podía ser yo misma, decir cualquier cosa. Mi padre estaba sentado a nuestro lado mientras hablábamos. De vez en cuando Gail advertía su interés o su confusión, y hacía un gesto para incluirlo. Yo le pregunté cuánto tiempo le caería a Madison si lo condenaban.

—Sabes que le ofrecimos que se declarara culpable para obtener una sentencia más leve.

—No —dije.

—De dos a seis años, pero no aceptó. Si quieres que te diga mi opinión, su abogado es demasiado arrogante. Se muestran más severos con ellos si rehúsan y luego los declaran culpables en el juicio.

—¿Cuál es la máxima pena que puede caerle?

—Por el cargo de violación, de ocho y un tercio a veinticinco.

—¿Veinticinco años?

—Exacto, pero tiene derecho a pedir libertad condicional a los ocho y un tercio.

—En los países árabes les amputan las manos y los pies —dijo mi padre.

Gail, que era de descendencia libanesa, sonrió.

—Ojo por ojo, ¿no, Bud?

—Exacto.

—A veces parece más justo, pero aquí tenemos la ley.

—Alice me ha hablado de la rueda de identificación, ¿cómo es posible que le dejaran tener a su amigo al lado? Eso no parece justo.

—Oh —dijo Gail sonriendo—, no te preocupes por Gregory. Por muchas ventajas que le den, podría arreglárselas para meter la pata.

—¿Testificará? —pregunté yo.

—Eso depende de ti. Si te muestras tan fuerte como en la preliminar y con el gran jurado, Paquette tendrá que hacerle subir al estrado.

—¿Qué puede decir?

—Lo negará, dirá que no estuvo allí el ocho de mayo, que no se acuerda de dónde estuvo. Inventará una historia para octubre. Clapper lo vio y Paquette no es tan estúpido como para hacer que su cliente niegue haber hablado con el policía.

—Entonces yo digo que pasó y él que no.

—Sí. Es tu palabra contra la de él, y en este juicio no hay jurado.

—¿Qué quieres decir?

—Pues que el juez Gorman hará de juez y de jurado. Ha sido decisión de Gregory. Le preocupaba que los aspectos externos superficiales influyeran en los miembros del jurado.

Para entonces yo ya sabía que los aspectos externos argüían a mi favor.

Yo era virgen. Él era más fuerte. Había ocurrido en la calle. Era de noche.

Yo llevaba ropa holgada y no podía demostrarse que me había comportado de forma provocativa. No había habido drogas ni alcohol en mi organismo.

Nunca había tenido problemas con la policía, ni siquiera una multa de tráfico. Él era negro y yo blanca. Era evidente que había habido una lucha física. Yo había sufrido heridas internas, me habían tenido que poner puntos. Yo era joven y estudiaba en una universidad privada que reportaba ingresos a la ciudad. Él tenía antecedentes penales y había cumplido condena.

Gail consultó su reloj y de pronto me cogió la mano.

—¿Lo notas? —dijo, poniéndome la mano en su barriga. Noté una patada—. Un jugador de fútbol —dijo sonriendo.

Me dijo que aquél no era el único cargo que había contra Gregory.

Tenía pendiente una agresión con agravantes contra un agente de policía. Y

en el tiempo que había estado bajo fianza desde Navidad lo habían detenido también por robo.

Repasamos la preliminar y varias declaraciones que se remontaban a la noche de la violación. Ella me dijo que la policía ya había testificado.

—Clapper subió al estrado y dijo que conocía a Gregory del barrio, que lo había visto por la comisaría. Si Madison sube al estrado, Billy

intentará atacar por ahí.

Mi padre estaba muy atento,

—Entonces podrían utilizar sus antecedentes penales —preguntó.

—No los de menor —dijo ella—. No son admisibles. Pero intentaremos establecer que Greg no es un desconocido para la policía. Si mete la pata y lo menciona él mismo, podremos interrogarlo.

Describí el conjunto que había comprado con mi madre. Gail lo aprobó.

—Es importante ir con falda —dijo—. Yo ni me acerco a un juzgado con pantalones. Gorman es muy quisquilloso sobre este punto. ¡A Billy lo echaron una vez de la sala por ir con cuadros escoceses! —Gail se levantó

—. Tengo que llevar a éste a casa —dijo señalando su barriga—. Sé directa

—añadió—. Y clara. Y si estás confundida, mira hacia la mesa del fiscal.

Estaré sentada allí.

Aquella noche fue una de las peores que recuerdo a causa del dolor físico. Aquel año había empezado a tener migrañas, aunque entonces no sabía que lo eran. Se lo había ocultado a mis padres. Recuerdo que me quedé de pie en el cuarto de baño del hotel y me di cuenta de que aquella noche iba a tener un ataque de migraña. Sentía el golpeteo en la nuca mientras me cepillaba los dientes y me cambiaba. Por encima del ruido del agua oí a mi padre hablar por teléfono con mi madre para hablarle de Gail.

Conocerla le había aliviado.

Pero aquella noche, cuando mi jaqueca empeoró, mi padre se puso frenético. Yo sentía el dolor más agudamente en los ojos. No podía abrirlos ni cerrarlos. Sudaba profusamente y tan pronto me sentaba inclinada en el borde de una de las camas, balanceando la cabeza en mis manos, como me paseaba del balcón a la cama.

Mi padre andaba alrededor, lanzándome preguntas.

—¿Qué tienes? ¿Qué te duele? ¿Llamo a un médico? Tal vez debería llamar a tu madre.

Yo no quería hablar porque me resultaba doloroso.

—Mis ojos, mis ojos —gemí—. No veo, me duelen muchísimo, papá.

Mi padre decidió que necesitaba llorar.

—Llora —dijo—. Llora.

—No es eso, papá.

—Sí lo es —dijo él—. Te niegas a llorar y lo necesitas. ¡Llora ahora!

—No puedes obligarme a llorar —dije—. ¡Llorar no me hará ganar un juicio!

Fui al cuarto de baño a vomitar y cerré la puerta.

Al final él se durmió. Yo me quedé en el cuarto de baño; y apagaba las luces tratando de aliviar mis ojos o devolverlos a su estado normal.

Amanecía cuando, sentada en el borde de la cama, el dolor de cabeza empezó a abandonarme. Leí la Biblia del cajón que había junto a la cama para comprobar que no estaba quedándome ciega.

Las náuseas continuaron. Gail se reunió con nosotros en el bar del hotel a las ocho. John Murphy llegó y se sentó con mi padre. Gail y Murphy eran mis compañeros en la lucha. Me tomé un café y me comí las puntas de un cruasán.

—Hagas lo que hagas —dijo Murphy—, no lo mires a los ojos. ¿No crees, Gail?

Me dio la sensación de que ella no quería ponerse agresiva tan pronto.

—Te mirará con odio, intentará confundirte —dijo Murphy—. Cuando te pidan que lo señales, mira hacia la mesa.

—Estoy de acuerdo —dijo Gail.

—¿Tú también estarás allí? —pregunté a Murphy.

—Tu padre y yo nos sentaremos al fondo de la sala —dijo—. ¿De acuerdo, Bud?

Era el momento de ir en coche al juzgado de Onondaga. Gail fue en el suyo. Nos encontraríamos allí. Murphy, mi padre y yo fuimos en el coche oficial.

Una vez en el interior del edificio, Murphy nos condujo a la sala del tribunal, pero se detuvo a mitad de camino.

—Esperaremos aquí hasta que nos llamen —dijo—. ¿Estás bien, Bud?

—Sí, gracias —respondió mi padre.

—¿Y tú, Alice?

—Todo lo bien que puedo estar —respondí, pero sólo podía pensar en una cosa—. ¿Dónde está él?

—Por eso os he hecho parar aquí —nos confesó Murphy—. Para evitar encuentros.

Gail salió de la sala y se acercó a nosotros.

—Aquí está Gail —dijo Murphy.

—Va a ser a puerta cerrada.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

—Significa que Paquette está tratando de hacer lo que hizo en la rueda de identificación. Quiere cerrar la sala para que no tengas a tu familia contigo.

—No lo entiendo —dijo mi padre.

—No dejó que Tricia se quedara para la identificación —expliqué a mi padre—. Lo odio —dije—. Es un cabrón.

Murphy sonrió.

—¿Cómo puede hacer eso? —preguntó mi padre.

—El acusado tiene derecho a pedir que se cierre la sala si cree que eso quitará apoyo al testigo —dijo Gail—. Mira el lado positivo, el padre de Gregory también está aquí y al cerrar la sala él tampoco tendrá consigo a su padre.

—¿Cómo va a apoyar a un violador de todos modos?

—Es su hijo —murmuró Murphy.

Gail volvió a la sala.

—Tal vez te resulte más fácil sin tu padre allí —comentó Murphy—.

Cuesta más decir ciertas cosas delante de la familia.

Yo quería preguntar por qué, pero sabía a qué se refería. Ningún padre quería oír cómo un extraño había metido la mano en la vagina de su hija.

El detective Murphy y mi padre estaban vueltos hacia mí. Murphy dijo a mi padre que lo sentía. Señaló un banco cercano, diciendo que podían esperar allí. Mi padre se había traído un pequeño libro encuadernado en cuero.

Vi a lo lejos a Gregory Madison dirigirse a la sala del tribunal. Había venido por el pasillo perpendicular al que yo estaba. Lo miré un segundo. Él no me vio. Se movía despacio. Llevaba un traje gris ligero. Paquette y otro hombre blanco iban con él.

Yo esperé un instante, luego interrumpí a mi padre y al detective Murphy.

—¿Quieres verlo? —pregunté a mi padre. Le cogí del brazo para hacerle volver—. Está allí, papá.

Pero ya sólo era la espalda de Madison entrando en la sala, un vislumbre de su traje de poliéster gris.

—Es más menudo de lo que me pensaba —dijo mi padre.

Se produjo un silencio tenso. Murphy se apresuró a romperlo.

—Pero ancho. Créame, es todo músculo.

—¿Le has visto los hombros? —pregunté a mi padre. Estoy segura de que mi padre se había imaginado a Madison altísimo.

Luego vi a otro hombre. Era una versión más enclenque de su hijo, con el pelo cano por las sienes. Vaciló un instante cerca de la puerta de la sala, luego vio a nuestro pequeño grupo en el pasillo. Yo no se lo señalé a mi padre. El comentario anterior de Murphy me había hecho verlo de otra manera. Al cabo de un segundo, y tras mirarme, desapareció por el otro pasillo. Debía de haberse dado cuenta de quién era yo. No volví a verlo, pero me acordé de él. Gregory Madison tenía un padre. Era un hecho simple pero que se me quedó grabado. Dos padres, los dos incapaces de controlar la vida de sus hijos, se sentarían en distintos pasillos fuera de la sala del tribunal.

La puerta de la sala del tribunal se abrió. En el umbral había un alguacil que miró a Murphy.

—Ha llegado el momento, Alice —dijo Murphy—. No olvides que no debes mirarlo. Estará sentado a la mesa de la defensa. Cuando te vuelvas, mira a Bill Mastine.

El alguacil vino a recogerme. Parecía un cruce entre acomodador y militar. El detective Murphy y él se saludaron con la cabeza. Todo transcurría sin percances.

Yo cogí la mano de mi padre.

—Buena suerte —dijo él.

Me volví. Me alegré de que estuviera Murphy con él. Pensé de pronto que si mi padre tuviera que ir al lavabo de hombres, podría encontrarse con el señor Madison. Murphy impediría que eso ocurriera. Dejé que me invadiera lo que había palpitado en mis sienes la noche anterior y había hervido bajo la superficie durante todo el año: la cólera.

Estaba asustada y temblaba cuando crucé la sala del tribunal y, pasando por delante de la mesa de la defensa, la tarima del juez y la mesa del fiscal, llegué al estrado. Me gustaba pensar que yo era la peor pesadilla

de Madison, aunque él aún no lo supiera. Yo representaba a una estudiante virgen de dieciocho años. Iba vestida de rojo, blanco y azul.

Una alguacil de mediana edad con gafas de montura metálica me ayudó a subir al estrado. Me volví. Gail estaba sentada a la mesa del fiscal.

Mastine estaba de pie. Advertí la presencia de otras personas, pero no las miré.

La alguacil sostuvo una Biblia enfrente de mí.

—Ponga su mano sobre la Biblia —dijo.

Y repetí lo que había visto por la televisión cientos de veces.

—Juro decir toda la verdad... y que Dios me asista.

—Siéntese —dijo el juez.

Mi madre siempre nos había enseñado a ser cuidadosas si llevábamos falda y alisarla antes de sentarnos. Mientras lo hacía pensé en lo que había debajo de la falda y de la combinación y que, si me las levantaba, todavía podría verse a través de las medias de color carne. Aquella mañana, mientras me vestía, había escrito en mis piernas, con un bolígrafo azul:

«Morirás». Y no me refería a mí.

Mastine empezó. Me preguntó mi nombre y mi apellido. De dónde era.

Apenas recuerdo haberle respondido. Estaba concentrada reconociendo el terreno. Sabía exactamente dónde estaba Madison, pero no lo miré.

Paquette carraspeó, revolvió papeles. Mastine me preguntó a qué colegio había ido. Qué año había terminado. Se interrumpió para cerrar la ventana, después de pedir permiso al juez Gorman. Luego me hizo retroceder en el tiempo: ¿dónde vivía en mayo de 1981? Dirigió mi atención a los incidentes del 7 de mayo de 1981 y a la madrugada del 8 de mayo de 1981.

Entré en detalles y esta vez hice lo que me había dicho Gail; me tomé con calma cada pregunta.

—¿Le dijo algo él de forma amenazadora mientras usted gritaba y durante el forcejeo?

—Me dijo que me mataría si no hacía lo que me decía.

Paquette se levantó.

—Lo siento. No oigo bien.

—Me dijo que me mataría si no hacía lo que me decía —repetí.

Unos minutos después empecé a tartamudear. Mastine me había conducido hasta el túnel del anfiteatro.

—¿Qué pasó allí?

—Me dijo... que era... bueno, para entonces me imaginé que era... que no quería mi dinero.

Fue un comienzo poco firme para la historia más importante que jamás contaría. Empezaba una frase para a continuación interrumpirme y empezar de nuevo. Y no era porque no supiera exactamente lo que había ocurrido en el túnel, sino por tener que decir las palabras en alto, consciente de que era la forma de decirlas lo que me haría ganar o perder el caso.

—... Entonces me hizo tumbar en el suelo, se quitó los pantalones, se dejó la camiseta, y empezó a manosearme los pechos y a besármelos, y a hacer cosas así; estaba muy interesado en el hecho de que yo era virgen. No paraba de preguntármelo. De modo que me metió la mano en la vagina...

Yo respiraba agitadamente. La alguacil a mi lado estaba cada vez más en guardia.

Mastine no quería que pasara por alto el hecho de mi virginidad.

—Un momento —dijo—. ¿Había tenido relaciones sexuales con alguien antes de ese momento?

Me sentí avergonzada.

—No —respondí.

—Continúe —dijo Mastine, volviendo a retroceder un paso.

Hablé sin parar durante cinco minutos. Describí la agresión, la felación, hablé del frío que había pasado, conté el robo de ocho dólares de mi bolsillo trasero, el beso de despedida, sus disculpas. Cómo nos separamos... y él dijo: «Eh, tú». Yo me volví y él dijo: «¿Cómo te llamas?».

Y yo respondí: «Alice».

Mastine necesitaba detalles. Me preguntó sobre la penetración. Me preguntó cuántas veces se había producido, si había sido más de una vez.

—Fueron diez veces porque... o algo así, porque él no paraba de ponérmela allí y no paraba de salirse. Decía: «Está dentro, ¿verdad?». «Lo siento. Está entrando, ¿no?»

Mi inocencia pareció incomodarlos. A Mastine, al juez, a la alguacil de pie a mi lado.

—En cualquier caso, hubo penetración, ¿no es cierto?

—Sí.

Siguieron preguntas sobre la iluminación y sobre las fotos del lugar del delito que se presentaban como pruebas.

—¿Resultó herida como consecuencia de la agresión?

Expuse en detalle las heridas.

—¿Sangraba cuando abandonó el lugar del delito?

—Sí.

—Voy a enseñarle las fotografías presentadas como pruebas trece, catorce, quince y dieciséis para la identificación. Mírelas, por favor.

Me tendió las fotos. Las miré brevemente.

—¿Conoce a la persona que aparece en esas fotografías?

—Sí —dije. Las dejé en el borde del estrado, lejos de mí.

—¿Quién es...?

—Soy yo —lo interrumpí. Me eché a llorar. Al tratar de no hacerlo, sólo logré llorar aún más. Balbuceé.

—¿Cree que esas fotografías son un retrato fiel y ajustado del aspecto que tenía usted tras la agresión de la que fue víctima el ocho de mayo de mil novecientos ochenta y uno?

—Estaba más fea, pero sí son un retrato fiel.

La alguacil me trajo un vaso de agua. Lo cogí, pero me temblaban tanto las manos que se me cayó.

—Lo siento —dije, llorando más. Traté de secarle las solapas mojadas con un pañuelo de papel de la caja que ella me tendió.

—Lo estás haciendo bien; respira —dijo la alguacil de expresión dura.

Me recordó a la enfermera de la sala de urgencias la noche de mi violación:

«Estupendo, tienes un trozo de él». Era afortunada; la gente estaba de mi parte.

—¿Quiere seguir? —preguntó el juez—. Podemos hacer un breve receso.

—No, seguiré.

Carraspeé y me sequé los ojos. De pronto tenía en la mano un pañuelo de papel hecho una bola, algo a lo que no me habría gustado verme reducida.

—¿Puede decirnos qué ropa llevaba aquella noche?

—Llevaba téjanos, camiseta azul, una especie de camisa de tela Oxford, una chaqueta de punto trenzado marrón, mocasines y ropa interior.

Mastine, que había permanecido de pie junto a la mesa del fiscal, dio un paso hacia delante con una bolsa de plástico transparente en la mano.

—Voy a enseñarle una bolsa que ha sido identificada como objeto número dieciocho. ¿Puede echar un vistazo y decirme si está familiarizada con lo que hay dentro de la bolsa?

Sostuvo la bolsa ante mí. Yo no había visto aquella ropa desde la noche de la violación. Dentro estaba la chaqueta de mi madre, la camisa y los téjanos que había llevado aquella tarde. Cogí la bolsa de sus manos y la puse a un lado.

—Sí.

—¿Qué hay dentro de la bolsa?

—Parecen la camisa, los téjanos y la chaqueta que yo llevaba. No veo la ropa interior pero...

—¿Qué hay junto a su mano izquierda?

Aparté la mano. Había pedido prestada a mi madre la ropa interior.

Ella la llevaba de color carne y yo blanca. Estaba tan manchada de sangre que sólo un trozo que había permanecido limpio me permitió reconocerla.

—Mi ropa interior —respondí.

Se aceptaron las prendas como pruebas.

Mastine terminó con los sucesos de aquel día. Estableció que yo había regresado a Pensilvania después de no haber seleccionado ninguna foto del archivo de la policía en el edificio de Seguridad Pública. Pasó a otoño, señalando el día de mi regreso en septiembre para comenzar mi segundo año.

—Dirijo su atención ahora al cinco de octubre de mil novecientos ochenta y uno por la tarde. ¿Recuerda lo ocurrido aquel día por la tarde?

—Recuerdo un hecho en particular, sí.

—¿Está presente hoy en la sala la persona que la agredió en Thorden Park?

—Sí.

Hice lo que me habían advertido que no hiciera. Me concentré en la cara de Madison. Por un instante me olvidé de Mastine, de Gail, de la sala.

—¿Puede decirnos dónde está sentado y qué lleva puesto? —oí decir a Mastine.

Antes de que yo hablara, Madison bajó la vista.

—Está sentado junto al hombre de corbata marrón y lleva un traje de tres piezas gris —respondí. Disfruté señalando la fea corbata marrón de Paquette e identificando a Madison no por el color de su piel, como se esperaba que yo hiciera, sino por su ropa.

—Que conste en acta que la testigo ha identificado al acusado —dijo Mastine.

Durante el resto del interrogatorio no aparté los ojos de Madison más de un par de segundos. Quería recuperar mi vida.

Mastine dedicó mucho tiempo a los incidentes del 5 de octubre. Tuve que describir a Madison aquel día. Qué aspecto tenía, qué me dijo. Madison sólo levantó una vez la cabeza desde la mesa de la defensa. Cuando lo hizo y vio que yo seguía mirándolo, desvió la mirada y la clavó en la ciudad de Syracuse que se veía por la ventana.

Mastine me interrogó detenidamente sobre el aspecto del agente Clapper, dónde estaba. ¿Había visto a Madison acercarse al agente? ¿Desde dónde? ¿Adonde me dirigía yo? ¿A quién telefoneé? ¿A qué se debía el intervalo de tiempo entre el momento en que lo vi y mi llamada a la policía?

Ah, señaló, ¿el intervalo se debía a que había ido a decir a mi profesor que no iba a poder asistir a clase? ¿Había telefoneado, como es natural, a mis padres para decirles lo ocurrido? ¿Había tratado de esperar a un amigo para que me acompañara a la residencia? Todo lo que haría una buena chica después de encontrarse a su violador por la calle, dio a entender.

Su propósito era poner en tela de juicio todo lo que Paquette tratara de demostrar cuando le tocara interrogarme. Por eso dio tanta importancia a Clapper. Si yo había identificado a Clapper y éste, a su vez, había identificado a Madison, eso hacía mi declaración casi irrefutable. Ése fue el punto clave de la identificación que subrayó Mastine. Lo que Mastine y Uebelhoer, Paquette, Madison y yo sabíamos era que la rueda de identificación era el punto débil.

Yo había reflexionado mucho sobre lo que iba a decir. Esta vez no fingiría un control que no tenía.

Mastine me hizo exponer con detalle mi razonamiento para descartar a los hombres que había descartado de entrada. Me tomé tiempo para explicar las similitudes entre el cuarto y el quinto, y cómo no había estado segura cuando marqué con una cruz la casilla, pero había elegido al quinto porque me miraba.

—En el momento que marcó con una cruz la casilla número cinco,

¿estaba segura de que era él?

—No.

—¿Por qué marcó esa casilla entonces?

Aquélla era la pregunta más importante de mi caso.

—Porque estaba muy asustada, él me miraba fijamente, le vi los ojos y la rueda de identificación no es como las que ves en la televisión, estás al

lado de la persona y ésta parece que está a un par de palmos de ti. Me miraba. Por eso lo escogí.

Noté que aumentaba la atención del juez Gorman. Observé a Gail mientras contestaba las preguntas que me hacía Mastine, traté de pensar en cosas buenas, en el bebé que flotaba en su útero.

—¿Sabe ahora quién era?

—¿El número cinco?

—Sí —dijo Mastine.

—No —respondí.

—¿Sabe qué posición ocupaba el acusado en la rueda?

Si decía la verdad, podía decir que en cuanto seleccioné al número cinco supe que me había equivocado y me arrepentí. Que después de aquello, todo, desde el ambiente que se respiraba en la sala de identificación hasta la expresión de alivio de Paquette o la oscura carga que parecía pesar sobre Lorenz en la sala de conferencias, sólo confirmaba que me había equivocado.

Si mentía y decía «No, no lo sé», verían que era sincera al decir que había dudado entre el número cuatro y el cinco. «Son idénticos», le había dicho a Tricia en el pasillo. «Es el cuatro, ¿verdad?», fue lo primero que dije a Lorenz.

Sabía que el hombre que me había violado estaba sentado delante de mí en la sala. Era mi palabra contra la suya.

—¿Sabe qué posición ocupaba el acusado en la rueda?

—No, no lo sé.

El juez levantó una mano. Hizo que el estenógrafo leyera la última pregunta de Mastine y mi respuesta.

Mastine me preguntó si había alguna otra razón por la que me había asustado o creído que me metían prisa durante la identificación.

—El abogado del acusado no había permitido que mi... no dejó que mi consejera del Centro de Crisis de Violaciones se quedara conmigo.

Paquette protestó. Creía que eso era irrelevante.

Mastine prosiguió. Me preguntó por el Centro de Crisis de Violaciones, por Tricia. Yo la había conocido el día de mi violación. Él subrayó la relación entre ambas. Todo aquello explicaba por qué, en su opinión, había cometido yo mi única equivocación. Esa equivocación, quería asegurarse, no debía invalidar lo ocurrido el 5 de octubre y la prueba corroboradora del agente Clapper.

—¿Tiene alguna duda, señorita Sebold, de que la persona que vio en Marshall Street es la misma persona que la agredió el ocho de mayo en Thorden Park?

—Ninguna —respondí. Y era verdad.

—Eso es todo, su señoría —dijo Mastine, volviéndose hacia el juez Gorman.

Gail me guiñó un ojo.

—Haremos un descanso de cinco minutos —anunció el juez Gorman

—. Queda usted advertida, señorita Sebold, que no debe hablar con nadie sobre lo que ha testificado.

Eso era lo que me habían prometido, un descanso entre los dos turnos de preguntas. Me dejaron en manos de la alguacil, que me condujo por una puerta situada a la derecha y a través de un corto pasillo hasta una sala de conferencias.

La alguacil fue todo lo amable que pudo.

—¿Cómo he estado? —pregunté.

—¿Por qué no te sientas? —dijo ella.

Me senté a la mesa.

—¿No puede hacerme sólo una señal? —pregunté. De pronto se me ocurrió que había micros en la habitación, una forma de asegurarse de que se cumplían las reglas—. ¿El pulgar hacia arriba o hacia abajo?

—No puedo hablar del caso. Ya falta poco.

Guardamos silencio. De pronto me llegaba el ruido del tráfico de fuera.

No había oído nada aparte de las preguntas de Mastine mientras testificaba.

La alguacil me ofreció café pasado en una taza de poliestireno. La cogí con las dos manos.

El juez Gorman entró en la habitación.

—Hola, Alice —dijo. Se quedó de pie al otro lado de la mesa—.

¿Cómo está, alguacil? —preguntó.

—Bien.

—¿Han hablado del caso?

—No —respondió la alguacil—, hemos estado calladas casi todo el tiempo.

—¿Y qué hace tu padre, Alice? —me preguntó él. Su tono era más amable que el que había utilizado en la sala del tribunal. Su voz más suave, más cauta.

—Enseña español en Pensilvania —respondí.

—Te alegrarás de que esté aquí hoy.

—Sí.

—¿Tienes hermanos?

—Una hermana mayor, Mary —añadí, adelantándome a su siguiente pregunta.

Él se acercó a la ventana y se quedó de pie junto a ella.

—Siempre me ha gustado esta habitación —dijo—. ¿Qué hace Mary?

—Se ha especializado en árabe en Pensilvania —dije, alegrándome de pronto de que me preguntaran cosas tan fáciles—. Tiene una beca; yo no pude entrar, algo que mis padres ahora lamentan —concluí bromeando.

—Estoy seguro. —El había estado medio sentado en el radiador y ahora se levantó y se colocó bien la toga—. Bueno, debes quedarte aquí un poco más y entonces te llamaremos.

Se marchó.

—Es un buen juez —dijo la alguacil.

La puerta se abrió y asomó la cabeza otro alguacil.

—Estamos listos —dijo.

Mi alguacil apagó el cigarrillo. No hablamos. Yo estaba preparada.

Había llegado el momento.

Volví a entrar en la sala del tribunal y subí al estrado. Respiré hondo y levanté la mirada. Delante de mí tenía al enemigo. Iba a hacer todo lo posible por tratar de desacreditarme y hacerme parecer estúpida, confusa, histérica. Esta vez Madison me miraba. Había enviado a su hombre. Vi a Paquette acercarse a mí. Lo miré fijamente, sin perderme ningún detalle: su constitución pequeña, su feo traje, el sudor que cubría su labio superior. Tal vez en algún momento de su vida había sido un hombre decente, pero en aquel momento sentí hacia él un desdén incontenible. Madison había cometido un delito, pero Paquette, al representarlo, lo absolvía. Parecía la misma fuerza de la naturaleza con la que yo tenía que luchar. No me costó nada odiarlo.

—Señorita Sebold, creo que ha testificado que se dirigía a Thorden Park el ocho de mayo hacia medianoche. ¿Es cierto?

—Sí.

—¿Venía de Wescott Street?

—Sí.

—¿Cruzó una entrada del parque, una especie de verja?

—Hay una caseta de vestuarios y enfrente un camino asfaltado, yo fui hasta el camino, que continúa por un camino de ladrillo junto a la piscina, y lo seguí.

—Entonces, ¿la caseta de los vestuarios está en el perímetro de la piscina, por el lado de Wescott?

—Sí.

—¿El camino del que habla la llevaría directamente al centro del parque y de ahí al otro lado?

—Sí.

—¿Empezó a andar por el camino?

—Sí.

—Hoy ha testificado que toda la zona estaba rodeada de luces y que estaba bastante bien iluminada.

—Sí.

—¿Recuerda haber testificado en un interrogatorio preliminar sobre este caso?

Yo odiaba aquellas preguntas. ¿Quién no se acordaría? Pero contuve mi sarcasmo.

—Sí.

—¿Recuerda haber dicho que había luces que venían de alguna parte de la caseta pero...?

—¿En qué página? —preguntó Mastine.

—Página cuatro del interrogatorio preliminar.

—¿Es esto el interrogatorio preliminar? —preguntó Gorman levantando un fajo de papeles.

—Sí —respondió Paquette.

—Línea catorce. «Creo que había varias luces desde donde yo estaba hasta los vestuarios que veía detrás. Estaba oscuro pero no negro detrás de mí.»

Yo recordaba mi frase: «Oscuro pero no negro».

—Sí, dije eso.

—¿No es un poco distinto que decir que estaba rodeada de luces por todas partes y que estaba bastante bien iluminado?

Sabía lo que se proponía.

—Puede que suene más dramático decir que estaba rodeada de luces.

La luz estaba allí y yo vi lo que vi.

—La pregunta es si estaba oscuro pero no negro como testificó en la vista preliminar, o si la iluminación era bastante buena y estaba rodeada de luces, como ha declarado hoy.

—Cuando digo que la iluminación era bastante buena, quiero decir que era bastante buena dentro de la oscuridad.

—Bien. ¿Cuánto se había adentrado en el parque cuando la abordaron?

—Pasé por delante de los vestuarios, de la puerta y de la cerca que hay a lo largo de la piscina, y a unos tres metros más allá de esa cerca me sujetó el hombre.

—¿Cuántos metros calcula que había desde la entrada del parque hasta el lugar que describe tres metros más allá?

—Unos cincuenta metros.

—¿Unos cincuenta metros? ¿Se había adentrado en el parque unos cincuenta metros cuando la abordaron por primera vez?

—Sí.

—¿La persona se le acercó por detrás?

—Sí.

—¿La agarró por detrás?

—Sí.

—¿Forcejeó usted en ese momento?

—Sí.

—¿Duró mucho ese forcejeo?

—Sí.

—¿Cuánto más o menos?

—Unos diez o quince minutos.

—Ahora bien, hubo un momento en que este individuo la llevó del lugar donde la había abordado a otra parte del parque, ¿no es cierto?

—No era otra parte. Sólo estaba un poco más adentro.

—¿Más adentro del parque?

—No más adentro del parque sino... fuera de... forcejeamos fuera del túnel y luego me llevó dentro del túnel.

—¿Puede describirme ese túnel?

Las preguntas eran rápidas y furiosas. Yo tenía que respirar rápidamente para seguirlo. No veía más que los labios de Paquette moverse y las gotas de sudor que los cubrían.

—Bueno, lo llamo túnel porque alguien me dijo que había un túnel que conducía al anfiteatro. Pero por lo que yo vi, no tiene que... no puedes

adentrarte en él más que unos tres metros. Es más bien una cueva con un arco. Tiene el techo cubierto de piedra y una puerta en la parte delantera.

—¿Qué profundidad tiene, de la puerta a la pared?

—Diría que unos tres, cuatro metros como mucho.

—¿Como mucho? —repitió él. Parecía un repentino e inesperado quite en un encuentro de esgrima—. Le ruego que examine este documento que ha sido admitido como prueba número cuatro y me responda si reconoce lo que ve.

—Sí.

—¿Qué es?

—Es el camino por el que él me llevó al túnel y ésa es la puerta de delante del túnel, la entrada.

—¿De modo que si miráramos esta foto, y él la hubiera hecho seguir andando por ese camino, que yo describiría que está al fondo de la foto, o me equivoco...?

—El túnel está detrás de la puerta, mejor dicho, la cueva está detrás de la puerta.

De pronto me di cuenta de lo que se proponía. Todo aquel interrogatorio acerca de la puerta y el túnel, la trepidante sucesión de preguntas sobre de dónde venía, adonde iba, a cuántos metros estaba o no estaba. Trataba de agotarme.

—¿Puede señalarme cualquier otro punto de luz o farola que ve en la foto?

—No veo ninguna farola, menos aquí arriba que hay una luz.

—¿Al fondo de la foto?

—Sí.

—¿Hay luces allí que no aparezcan en la fotografía?

—Sí.

—¿Las hay? —dijo él, de nuevo con el mismo tono de incredulidad, dando a entender que yo estaba un poco loca—. ¿Y no aparecen en la fotografía? —preguntó él. Sonrió perplejo al juez.

—No aparecen en la foto, no —dije yo—. Eso es porque la foto no muestra toda la zona.

Todo lo que no decía él —sus insinuaciones, lo que implicaba—, intenté responderlo de la forma más clara y mesurada posible.

Él pasó rápidamente a otra foto.

—Éste es el documento presentado como prueba número cinco. ¿Lo reconoce?

—Sí.

—Es el lugar donde la agredieron, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Se ve alguna iluminación en esa foto, alguna luz artificial?

—No. No veo ninguna luz y sin embargo se ve el lugar... debe de haber alguna luz.

—La pregunta es —dijo él, presionando—: ¿ve usted alguna luz artificial? Por supuesto que las luces de la policía iluminan la foto.

—No veo luces artificiales —respondí—, pero sólo es una foto de la piedra, y en la piedra no puede haber luces —añadí, levantando la mirada hacia él y al resto de la sala.

—Eso probablemente es verdad. —Curvó los labios—. ¿Cuánto tiempo diría que pasó en ese lugar?

—Diría que cerca de una hora.

—¿Cerca de una hora?

—Un poco más.

—¿Disculpe? —Se llevó una mano al oído.

—He dicho una hora o un poco más.

—¿Una hora o un poco más? ¿Cuánto tiempo pasó en el camino que conducía al lugar del que estamos hablando en la foto número cinco?

—En el camino unos dos minutos. Justo fuera de la cueva unos quince minutos. —Quería esclarecer ese punto.

—Muy bien. ¿De modo que estuvo en el camino unos dos minutos?

—Eso es.

—¿Y en la cueva algo más de una hora?

—Sí.

Yo estaba exhausta, tenía la sensación de que me habían arrastrado de acá para allá. La lógica de aquel hombre se me escapaba, y eso precisamente era lo que se proponía.

—Ahora bien, usted vio a esta persona en otra ocasión, creo, además de aquella noche, ¿no es cierto? Creo que ha testificado que fue mientras él andaba por el camino.

—Sí.

—¿A qué distancia estaba de usted?

—A unos cincuenta metros.

—¿A unos cincuenta metros?

Oír mis palabras repetidas era enloquecedor. Quería hacerme titubear.

—Sí.

—¿Unos cincuenta metros? ¿Es correcto? ¿La mitad de un campo de fútbol?

—Diría que a unos cincuenta metros.

Le había clavado una uña, pero él se la arrancó.

—No llevaba las gafas entonces, ¿verdad?

—No, no las llevaba.

—¿Cuándo perdió las gafas?

—Mientras... —Pero a él no le gustó lo que yo podía decir, de modo que respondió por mí.

—Mientras forcejeaban en el sendero, ¿no es cierto?

—Sí.

—Entonces en los primeros dos minutos de aquella pelea usted perdió las gafas.

Yo recordaba minuto a minuto el informe detallado de lo sucedido que acababa de darle.

—Durante el forcejeo que tuvo lugar a un lado del camino.

Él también lo recordaba.

—De modo que estuvo dos minutos en el sendero y luego otros quince fuera de la puerta, y durante esos quince minutos se le cayeron las gafas.

—Así es.

—¿Luchó en el camino o él la llevó como por arte de magia hasta la puerta?

Las palabras que había escogido él, «como por arte de magia», y el gesto que las acompañó, un movimiento brusco de las manos hacia un lado como el de un bailarín de hula-hula, me pusieron furiosa. Bajé la mirada hacia sus zapatos para calmarme. Recordé las palabras de Gail: «Si te pierdes o te alteras, limítate a explicar lo mejor que puedas lo que pasó».

—Me rodeó los brazos con el suyo, a la altura de la cintura, y me tapó la boca, de modo que yo no podía luchar realmente, y prometí no gritar, pero en cuanto me quitó la mano de la boca lo hice, y fue en aquel momento cuando empezamos a luchar.

—¿Estaba en aquel momento en el mismo lugar donde se había parado o se había desplazado?

No estábamos sincronizados. Yo no paraba de escuchar lo que sabía que era la verdad y hablaba a partir de ahí. Él decía cosas como «el lugar donde usted se había parado» como si yo hubiera podido escoger, como si hubiera tenido alternativa.

—Caminaba, sí.

—Él estaba detrás de usted, ¿no es cierto?

—Sí.

—Usted ha dado hoy una... descripción muy detallada, y creo que ha declarado que la persona que estaba allí medía entre metro sesenta y cinco y metro setenta, era ancho de espaldas, bajo pero muy musculoso, y que tenía... no entiendo mi propia letra... una especie de nariz...

—De boxeador —dije yo.

—¿Nariz chata?

—Sí.

—¿Ojos almendrados?

—Sí.

—¿Atestigua que dio toda esa información a la policía el ocho de mayo?

—Lo que me hicieron hacer el ocho de mayo fue un retrato robot de sus facciones.

—¿Dio a la policía, que se disponía a buscar al sospechoso, la información que nos ha proporcionado aquí hoy?

—¿Podría repetir la pregunta?

—¿Dio la información que acabo de dar y que ha atestiguado hoy aquí, dio toda esa información a la policía el ocho de mayo?

—No recuerdo si se la di toda. La mayor parte.

—¿Firmó el ocho de mayo una declaración que establecía su versión de los hechos tal como habían ocurrido?

—Sí.

—¿Le refrescaría la memoria que le enseñara la declaración y le diera la oportunidad de revisarla?

—Sí.

—Pido que conste como documento presentado por la defensa.

Paquette me entregó una copia y otra al juez.

—Se la muestro para que revise usted misma la declaración y llamo su atención sobre el último párrafo, que creo que contiene lo esencial de la descripción, para que lo lea y me diga cuando termine si le ha refrescado la

memoria acerca de la descripción que dio a la policía el ocho de mayo de mil novecientos ochenta y uno.

Logró hablar durante todo el tiempo que tuve para revisar la declaración.

—¿Ha tenido ocasión de revisarla?

—Sí.

—¿Podría decirme lo que dijo usted el ocho de mayo?

—Dije: «Deseo declarar que el hombre que me he encontrado en el parque es negro, de dieciséis a dieciocho años, menudo y musculoso, de unos sesenta y cinco kilos, con una sudadera azul oscura y téjanos oscuros, y el pelo corto al estilo afro. Deseo que se le procese en caso de que le capturen».

—No pone nada de la mandíbula, ni de la nariz chata, ni de los ojos almendrados, ¿verdad?

—No, no pone nada.

Yo no pensaba con rapidez. ¿Cómo, si no lo había mencionado, podría haberse hecho un retrato robot? ¿Por qué la policía no había escrito esa información? Cuando se me señaló que mi declaración era incompleta, no fui capaz de razonar que la falta de datos no había sido culpa mía. Paquette se había marcado un tanto.

—Bien, volvió a ver a ese... individuo en Marshall Street, y fue en octubre, ¿no es cierto?

—Sí.

—Deduzco de su declaración que hizo un... corríjame si me equivoco, hizo un esfuerzo por recordar los rasgos de aquella persona antes de volver y reconstruirlos.

—Sí.

—Lo que hizo entonces fue volver a su residencia y reconstruir las facciones que recordaba de ese encuentro en Marshall Street, ¿no es cierto?

—También del encuentro del ocho de mayo —dije. Adelantándome a su argumento, me apresuré a añadir—: Y no podría haberlo identificado como el hombre que me había violado a menos que fuera el hombre que me había violado.

—¿Podría repetirlo?

Lo hice gustosa.

—En otras palabras, estoy diciendo que no habría visto al hombre en la calle como el hombre que me violó a menos que fuera el hombre que me

violó. De modo que conocía aquellos rasgos. Tenía que conocerlos y saber cómo eran para identificarlo.

—¿Estaba usted en Marshall Street y vio a ese individuo por primera vez aquel día? ¿Qué hacía?

—Lo vi por primera vez el ocho de mayo y por segunda vez el cinco de octubre.

Me fijé en Gail; había estado echada hacia delante escuchando el interrogatorio. Después de mi respuesta, se recostó en la silla con una especie de orgullo.

—Eso es lo que he dicho, por primera vez aquel día. Trataba...

—No quiero que haya confusión al respecto —dije.

—De acuerdo.

—Bien —volví a empezar—, la primera vez que lo vi y supe con toda seguridad que él era el hombre que me había violado, fue cuando crucé la calle y me dijo «Eh, ¿no te conozco de algo?», y la primera vez que vi su cuerpo fue al otro lado de la calle, hablando con el hombre del callejón entre el Way Inn y Gino's and Joe's.

Estaba siendo lo más exacta posible. Le había visto el cuerpo por detrás, y no estuve segura de que era él hasta que unos minutos después me habló y le vi la cara.

—¿Lo vio hablar con alguien en aquel callejón?

—Sí.

—¿A qué distancia estaba de usted?

—¿A qué distancia estaba de mí cuándo?

—¿A qué distancia estaba de usted cuando lo vio?

—Yo estaba caminando, y cuando lo vi... sólo nos separaba la calle, él estaba en la otra acera, así que sólo nos separaba la calle.

—¿No le dijo nada usted?

—No, no le dije nada.

—¿El no le dijo nada?

—Dijo: «Eh, ¿no te conozco de algo?».

Paquette estaba de pronto muy excitado.

—¿Eso le dijo? ¿Está diciendo que lo dijo entonces o después, al bajar por la calle?

—Él ya no estaba en el callejón —dije. Quería estar segura de lo que decía. No me imaginaba la causa de la excitación de Paquette. Hasta quince años después no sabría que la defensa había declarado que Madison hablaba

con el agente Clapper cuando me dijo: «Eh, ¿no te conozco de algo?».

Retrocedí. Paquette iba tras algo, pero yo no sabía qué era—. Había hablado con un hombre en el callejón. Pero me dijo eso cuando yo estaba al otro lado de la calle, en la acera de Huntington Hall, lejos de Varsity. Me lo dijo mientras cruzaba la calle en dirección a mí.

—¿Ésa era la segunda vez en ese día que lo veía?

—Sí. Fue la primera vez que supe con seguridad que aquél era el hombre que me había violado.

—Ocurrieron muchas cosas —dijo Paquette. Empleó un tono jovial, como si hubiera sido un día emocionante en la feria para mí. Como si no pudiera poner en claro los hechos porque no había hechos claros—. ¿Se puso en contacto con la policía y prestó declaración el mismo cinco de octubre?

—Sí.

—¿Es ésta la declaración jurada que firmó usted?

—Sí.

—¿Pidió al teniente que indicara que era completa y exacta?

—Sí.

—¿Dijo a la policía el cinco de octubre de mil novecientos ochenta y uno que el hombre que había visto en Marshall Street era el hombre que la había violado, o dijo que tenía la impresión de que podía ser él?

—Dije que era el hombre que me había violado el ocho de mayo.

—¿Está segura?

Tramaba algo. Hasta yo me daba cuenta. Lo único que podía hacer era ceñirme a los hechos mientras él me obligaba a concretar.

—Lo estoy.

—De modo que si la declaración dice otra cosa, es la declaración la que está equivocada.

De pronto me encontraba en terreno minado; seguí andando.

—Sí.

—Pero usted firmó el documento, ¿no?

Él se lo tomaba con calma. Lo miré a la cara.

—Sí.

—Tuvo oportunidad de volverlo a leer.

—Sí.

—¿Lo revisó alguien antes de que usted lo firmara?

Aquello era agotador.

—No lo revisó nadie. Me lo dieron para que lo leyera.

—¿Quiénes? —preguntó él beligerante. Consultó una nota que había tomado. Se pavoneaba—. ¿Ha estudiado catorce años en el colegio —dijo

—, y lo leyó y no tuvo ningún problema en entenderlo todo?

—Sí.

—Hoy ha atestiguado que está segura de que eso es cierto. Aunque la declaración del cinco de octubre no diga que...

Mastine protestó.

—Tal vez podríamos obtener una respuesta cuando pregunte.

—Se admite la protesta —dijo Gorman.

—¿Recuerda —empezó Paquette de nuevo— haber dicho en la declaración: «Tengo la impresión de que el negro...»?

Mastine se levantó.

—Me opongo a que el abogado defensor cite de la declaración o la utilice para poner en tela de juicio la credibilidad de la testigo; no me parece correcto citar de la declaración y de hecho me opongo sobre la base...

—Se puede citar de la declaración —dijo Gorman a Mastine—. Creo, señor Paquette, que debería formular la pregunta en estos términos:

«¿Recuerda haber hecho esta declaración a la policía tal día?». Y a continuación leer la declaración. Si es tan amable.

—De acuerdo —dijo Paquette. Había perdido parte de su energía—.

¿Recuerda haber hecho esta declaración a la policía el cinco de octubre?

—Sí.

—¿Recuerda haber dicho a la policía: «Tengo la impresión de que el negro podría ser la persona que me violó el pasado mayo en Thorden Park»?

De pronto me di cuenta de qué se traía entre manos.

—Me gustaría ver una copia para estar segura —dije.

—Por supuesto. Pido que conste como prueba C de la defensa para la identificación la declaración hecha por Alice Sebold el cinco de octubre. Le ruego que revise la declaración y me diga si le ha refrescado la memoria acerca de la información que dio usted en esa fecha.

Leí rápidamente mi declaración y enseguida vi el problema.

—Estoy lista —dije.

—¿Dijo a la policía en esa declaración que estaba segura...?

Lo interrumpí. De pronto supe que podía arrebatarle los últimos minutos.

—La razón por la que dije que tenía la impresión fue porque en aquel momento sólo podía verle la espalda y sus gestos. Cuando me cambié de acera y le vi la cara, estuve segura. La primera vez que lo vi tuve la impresión de que podía ser él, por su complexión y sus movimientos, pero como en aquel momento me daba la espalda, no podía estar segura. Cuando por fin le vi la cara me convencí de que era el hombre que me había violado el ocho de mayo.

—Hizo esa declaración después de haberlo visto ambas veces en Marshall Street, ¿no es cierto?

—Sí. Me pidieron que describiera lo ocurrido en orden cronológico y así lo hice.

—¿Refleja la declaración un cambio en su postura?

—No.

—Gracias.

Actuó como si se hubiera apuntado un tanto. Quería salir de aquella línea de interrogatorio y se contentó con lo que pudo. Optó por enmarañar las cosas. ¿No se deducía de todos aquellos cambios de «impresión» a

«segura», de «podía» a «es», que estaba demasiado confusa para que mi testimonio fuera creíble?

—A propósito —dijo, volviéndose a acercar—, ¿el día de la rueda de identificación de noviembre había presente alguien del Centro de Crisis de Violaciones en el edificio?

—Sí.

—¿Fue asesorada por esa persona antes de la rueda de identificación?

—¿Asesorada?

—¿Habló con ella y estuvo a su disposición?

—Sí. Me acompañó al edificio de Seguridad Pública.

—Tan pronto como salió de la sala de identificación, ¿siguió estando a su disposición esa persona?

—Sí.

—¿Era una mujer?

—Sí.

—Habló con ella antes y después, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Está presente aquí hoy? ¿Hay alguien del Centro de Crisis de Violaciones aquí?

—No, no hay nadie.

—¿Ni en la sala ni en el edificio?

—No.

A Paquette no le había gustado el argumento presentado anteriormente por Mastine de que, al no permitir que Tricia se quedara en la sala, Paquette podía haber contribuido a alterar la rueda de identificación como prueba.

—Ahora bien, se llevó a cabo una rueda de identificación, ¿no es cierto?

—Sí.

—Creo que tuvo lugar el cuatro de noviembre.

—Sí.

—¿Recuerda si estaba presente un investigador llamado Lorenz?

—Sí.

—¿Lo reconoció de haberlo visto antes?

—Sí.

—¿De qué lo reconoció?

—Era el hombre que me había tomado declaración el ocho de mayo.

—¿Le dijo él que no había creído la declaración que había hecho usted el ocho de mayo?

—No, no me lo dijo.

—¿Recuerda si le dio algún consejo cuando entró en la sala de identificación?

—Me dijo que debía examinar a los cinco hombres y marcar con una X la casilla del hombre en cuestión.

—¿Recuerda quién más había en la sala de identificación?

Hice memoria, visualizando de nuevo la sala y a las personas presentes.

—La señora Uebelhoer, el estenógrafo del juzgado o el estenógrafo de la sala... no sé cómo lo llaman, otro hombre que estaba sentado y hacía algo, y yo.

—¿Recuerda...?

—Sí, usted.

De pronto había cambiado de tono. Se mostraba paternal, como si me guiara. Yo no me fiaba de él.

—¿Recuerda que el investigador Lorenz le dijo que se lo tomase con calma y mirara a los hombres con detenimiento, y que podía moverse por la sala?

—Sí, lo recuerdo.

—¿Recuerda que yo le pedí al investigador que le explicara cómo...?

—¿Cómo dice?

—¿Recuerda que yo le pedí al investigador que le explicara cómo utilizar el formulario? —Su sonrisa era casi benevolente.

—No le recuerdo a usted en particular —dije.

—¿Recuerda si él se lo explicó?

—Alguien me dijo cómo utilizarlo.

—De hecho —dijo él, y su sonrisa desapareció—, usted se levantó y se movió por la habitación.

—Sí.

—¿No hizo mover incluso a los sospechosos? Creo que pidió que se volvieran hacia su izquierda, ¿lo recuerda?

—Sí.

—El investigador se lo hizo hacer a cada uno: «Número uno, vuélvase hacia la izquierda...». ¿Lo recuerda?

Lo hacía interminable; era su trabajo.

—Sí.

—Al final del procedimiento, ¿qué hizo usted? ¿Qué sucedió a continuación?

—Dudé entre el número cuatro y el cinco, y escogí al cinco porque me miraba.

—¿Escogió al número cinco?

—Sí. Puse una X en la casilla del cinco. —Lo diría mil veces; lo había hecho.

—¿Lo firmó?

—Sí.

—¿Expresó en palabras a alguien en aquella habitación, en aquel momento, su preocupación por que no fuera el número cinco?

—No dije nada en la sala.

—¿Sabía que al elegir al número cinco lo estaba señalando como sospechoso de una violación?

—Sí. —Parecía que mis equivocaciones no se acababan nunca.

—¿De modo que hasta que salió de la sala no averiguó que el número cinco no era la persona que debería haber elegido?

—No. Me reuní con mi consejera de Crisis de Violaciones y le dije que el número cuatro y el cinco eran idénticos. Eso es lo que hice.

—¿No se lo dijo a nadie antes?

—Lo hice en la sala, antes de eso no los había visto y no podría haberlo hecho.

Él no quiso prolongarlo más para aclararlo. Yo me había referido esta vez a la sala de conferencias, no a la sala de identificación.

—¿Escogió al número cinco?

—Sí.

—Creo que ha declarado que la violaron el ocho de mayo.

—Sí.

—Y que no volvió a ver al agresor hasta que se lo encontró en Marshall Street.

—El cinco de octubre, sí.

—Luego lo vio en Marshall Street.

—Sí.

—Había un agente de policía allí, ¿no es cierto?

—Sí.

—¿Se acercó al agente?

—No, no me acerqué al agente.

—¿Fue a la cabina más próxima para llamar a la policía?

—Fui a la Facultad de Idiomas, donde tenía clase, y llamé a mi madre.

—De modo que llamó a su madre...

Lo dijo con sarcasmo. Me hizo recordar la vista preliminar, la forma en que su colega Meggesto había saboreado las palabras «tejanos Calvin Klein». Aquello era lo que tenían contra mí.

—Sí.

—Después habló con su profesor.

—Llamé a mi madre y luego llamé a varios amigos, traté de hablar con alguno para que me acompañara a mi residencia. Estaba muy asustada y sabía que tenía que ir a clase. No pude localizar a nadie. Subí la escalera y hablé con mi profesor, le dije por qué no iba a ir a clase. Luego fui a la biblioteca a buscar a alguno de mis amigos para que me acompañara el resto del camino a la residencia y viniera conmigo a la comisaría; entonces volví a mi residencia, llamé a un amigo mío que es artista para que me

ayudara a hacer un dibujo, pero no lo hizo. Luego llamé a la policía y llegó con los guardas de seguridad de la Universidad de Syracuse.

—¿Llamó al departamento de seguridad para que la acompañaran a la residencia?

Me eché a llorar. ¿Era culpable de todo?

—Perdone —dije, disculpándome por mis lágrimas—. Sólo lo hacen a partir de las cinco o por la noche. —Busqué a Gail con la mirada. La vi mirándome fijamente. «Ya casi está —decía su mirada—. Aguanta.»

—¿Cuánto tiempo había transcurrido desde que lo había visto en Marshall Street?

—Entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos.

—Entre cuarenta y cinco y cincuenta minutos.

—Sí.

—Ahora bien, hasta hoy usted no ha identificado al señor Madison,

¿no es cierto?

—¿Se refiere a si lo he identificado delante de usted?

—Si lo ha identificado en los trámites legales como la persona que la violó.

—En los trámites legales no, pero lo he hecho hoy.

—Lo ha hecho hoy. ¿Cuántas personas ve en la sala?

Me precipité, sabiendo lo que quería insinuar: ¿Cuántas personas negras aparte del acusado ve en la sala?

—Ninguna —respondí.

Él se rió y sonrió al juez, luego hizo un ademán hacia Madison, que parecía aburrido.

—¿No ve ninguna? —dijo Paquette, subrayando la última palabra.

«Esta chica es increíble», parecía estar diciendo.

—No veo ninguna persona negra aparte de él en la sala.

Sonrió triunfal. Lo mismo hizo Madison. Yo dejé de sentirme fuerte.

Me sentía culpable por la raza del violador, culpable por lo poco representada que estaba en la profesión legal en la ciudad de Syracuse, culpable por el hecho de que fuera el único negro en la sala.

—¿Recuerda haber testificado sobre esta rueda de identificación ante el gran jurado?

—Sí.

—¿Fue el cuatro de noviembre, el mismo día que tuvo lugar la rueda de identificación?

—Sí.

—¿Recuerda... en la página dieciséis del acta del gran jurado, línea diez: «Lo ha seleccionado en la rueda de identificación, ¿está totalmente segura de que es él?»?

»"No estoy totalmente segura de que sea el número cinco. He dudado entre el cuatro y el cinco, pero he escogido el cinco porque me miraba."

«Entonces el miembro del jurado dice: "¿Está diciendo que no está totalmente segura de que sea él?". »"SÍ."

»"Es el número cinco." »"De acuerdo."

»¿De modo que el cuatro de noviembre seguía sin estar segura?

Yo no sabía qué se proponía Paquette. Estaba desorientada.

—¿De que era el número cinco? Sí, no estaba segura de si era el número cinco.

—Es evidente que tampoco estaba segura de que era el número cuatro porque no lo escogió.

—No me miraba. Estaba muy asustada.

—¿No la miraba? —Sus sílabas rezumaban un sarcasmo cruel.

—Sí.

—¿Observó algo raro el ocho de mayo, cuando le abordó esta persona, que no nos haya dicho, en sus rasgos, cicatrices o marcas, cualquier cosa, rasgos faciales, dentadura, uñas o manos, lo que sea?

—No observé nada raro.

Yo quería que terminara de una vez.

—¿Ha dicho que miró el reloj cuando fue al parque?

—Sí.

—¿Qué hora era?

—Las doce.

—¿Miró el reloj cuando fue a su residencia?

—No miré el reloj. Yo... era consciente de qué hora era porque estaba rodeada de policía, y es posible que también mirara el reloj, y sabía que eran las dos y cuarto cuando volví a la residencia.

—Cuando volvió a la residencia, ¿llamó a la policía?

—Sí.

—¿De modo que cuando volvió a la residencia, a las dos y cuarto, la policía aún no había sido avisada?

—Así es.

—¿Vino después?

—Sí. Inmediatamente después de que yo volviera a mi residencia.

Él había conseguido agotarme. Era una sensación horrible saber que, por mucho que me esforzara, sería él quien quedaría en pie al final.

—Bien, usted ha dicho que él la besó, ¿es cierto?

—Sí.

—¿Un par de veces o muchas?

Veía a Paquette. Madison estaba sentado detrás de él, interesado. Tuve la sensación de que los dos iban por mí.

—Un par de veces mientras estuvimos de pie y luego, cuando me hizo tumbar en el suelo, me besó unas cuantas veces más.

Esta vez las lágrimas me caían por las mejillas y me temblaban los labios. No me molesté en secármelas. El pañuelo de papel que tenía en las manos se había deshecho con mi sudor.

Paquette supo que me había derribado. Era suficiente. No había sido ésa su intención.

—¿Me concede un momento, su señoría?

—Sí —respondió Gorman.

Paquette se acercó a la mesa de la defensa y preguntó algo a Madison, luego consultó su bloc de notas amarillo y sus dossieres.

Levantó la mirada.

—No hay más preguntas —dijo.

El alivio que sentí fue inmediato. Pero entonces Mastine se levantó.

—Un par de preguntas, si tiene a bien su señoría.

Estaba cansada, pero sabía que Mastine me trataría con amabilidad si podía. Su tono era firme, pero yo confiaba en él.

Mastine tenía interés en cubrir el territorio recorrido por Paquette, retrocediendo para reforzar los puntos débiles. Señaló rápidamente cinco cuestiones. En primer lugar estableció lo tarde que era y lo cansada que estaba yo cuando me tomaron declaración la noche de la violación. Me hizo exponer con detalle todo por lo que había pasado sin dormir. Luego pasó a mi declaración del 5 de octubre, la que Paquette me había mostrado alegremente mostrando la diferencia entre «tuve la impresión» y «estuve segura». Mastine logró establecer que, como había dicho yo, en aquella declaración yo había explicado cronológicamente el encuentro con Madison. Al principio lo vi de espaldas y había tenido la «impresión».

Luego lo había visto de cara y había estado «segura».

A continuación me preguntó si había venido alguien conmigo. Quería señalar que, porque estaba con mi padre, yo había optado por declinar la presencia de un representante del Centro de Crisis de Violaciones.

—Mi padre está esperando fuera —dije.

Ese hecho no me pareció real. Lejos, en el pasillo, él estaría leyendo.

Latín. No había pensado en él desde que había entrado en la sala de tribunal. No había podido.

Mastine me preguntó cuánto tiempo había estado debajo de Madison en el túnel y a qué distancia había tenido su cara.

—A un centímetro —respondí.

Luego me hizo una pregunta que me incomodó, una pregunta que había sabido que podía hacerme si lo requería el planteamiento de Paquette.

—¿Puede dar al juez una idea de cuántos hombres negros ve en un día corriente en sus desplazamientos, en clase, en su residencia o donde sea?

Paquette protestó. Yo supe por qué. Iba directamente en contra de su alegato.

—No se admite la protesta.

—Muchos —respondí, y Mastine me hizo decir una cifra.

—¿Más de cincuenta o menos?

Dije que más. Todo el asunto me hizo sentir incómoda, separando a los estudiantes que conocía por su raza, clasificándolos y contabilizándolos.

Pero no sería la primera vez, ni la última, que lamenté que mi violador no hubiera sido blanco.

Mastine no tenía más preguntas.

Paquette se levantó únicamente para hacerme repetir a qué distancia había estado la cara de Madison de la mía durante la violación en sí. Lo hice: un centímetro. Más tarde intentaría utilizarlo contra mí; en su última intervención insistió en aquella distancia como si fuera la razón por la que no se me podía considerar una testigo fiable.

—No tengo más preguntas —dijo Mastine.

—Puede retirarse —me dijo el juez Gorman, y yo me levanté.

Me temblaban las piernas y tenía la falda, las medias y la combinación empapadas de sudor. El alguacil que me había acompañado al entrar caminó hasta el centro de la sala y me esperó.

Me llevó fuera.

En el pasillo, Murphy me vio y ayudó a mi padre a recoger sus libros.

El alguacil me miró.

—Llevo treinta años trabajando aquí —dijo—. Es usted la mejor testigo de violación que he visto nunca en el estrado.

Me aferraría a aquel momento durante años.

El alguacil volvió a entrar en la sala.

Murphy me dio prisas para que me fuera de allí.

—Tenemos que alejarnos de la puerta —dijo—. Harán un descanso para comer.

—¿Estás bien? —preguntó mi padre.

—Sí —dije.

No lo reconocía como mi padre. Sólo era una persona más allí de pie.

Yo temblaba y necesitaba sentarme. Los tres, Murphy, mi padre y yo, volvimos al banco.

Me hablaron. No recuerdo qué dijeron. Se había acabado.

Gail salió con toda tranquilidad de la sala y se acercó a nosotros. Miró a mi padre.

—Su hija es una testigo excelente, Bud —dijo.

—Gracias —respondió mi padre.

—¿He estado bien, Gail? —pregunté—. Estaba preocupada. Ha ido con muy mala baba.

—Es su trabajo —dijo ella—. Pero tú has aguantado. He estado observando al juez.

—¿Qué impresión te ha dado? —pregunté.

—¿El juez? Parecía extenuado —respondió ella sonriendo—. Billy es realmente agotador. Yo me moría por intervenir. Tenemos un descanso hasta las dos y luego testificará la médico. ¡Otra mujer embarazada!

Me di cuenta de que era como una carrera de relevos. La etapa que yo había corrido había sido larga y ardua, pero todavía quedaban otras, más preguntas y respuestas, más testigos clave, muchas más horas en la jornada de Gail.

—Si me entero de algo me pondré en contacto con el detective —dijo ella, volviéndose hacia mí. Tendió una mano a mi padre—. Ha sido un placer conocerte, Bud. Puedes sentirte orgulloso.

—Espero que la próxima vez que nos veamos sea en circunstancias más agradables —dijo él. Acababa de caer en la cuenta: nos marchábamos.

Gail me abrazó. Yo nunca había abrazado a una mujer embarazada antes y me pareció torpe, casi remilgada, la forma en que las dos tuvimos que inclinar sólo la parte superior de nuestros cuerpos.

—Eres increíble —me susurró.

Murphy nos acompañó de nuevo en coche al hotel Syracuse, donde hicimos las maletas. Es posible que yo durmiera un rato. Mi padre llamó a mi madre. No me acuerdo de lo que pasó aquellas horas. Había estado tan concentrada que en aquel momento me abandoné. Era consciente de que mi caso continuaba mientras doblábamos la ropa y esperábamos a que Murphy viniera a buscarnos más adelante aquella tarde. Mi padre y yo nos sentamos en el borde de nuestras camas individuales. Poner distancia entre nosotros y la ciudad de Syracuse era nuestro objetivo no expresado. Sabíamos que el avión lo haría. Esperamos.

Murphy vino temprano a recogernos. Traía noticias.

—Gail quería decírtelo personalmente —dijo—, pero no ha podido venir.

Mi padre y yo estábamos en el vestíbulo enmoquetado con nuestras maletas American Tourister.

—Le han condenado —dijo Murphy alegremente—. Culpable de seis cargos. ¡Han decretado prisión preventiva!

Yo estaba desconcertada. Noté que me fallaban las piernas.

—Menos mal —dijo mi padre. Lo dijo en voz baja, dando las gracias porque sus plegarias habían sido escuchadas.

Una vez en el coche, Murphy no calló. Estaba eufórico. Yo iba sentada en la parte trasera, y mi padre y Murphy delante. Tenía las manos frías.

Recuerdo haberlas sentido a los costados, sin vida.

En el aeropuerto, mientras mi padre y Murphy estaban sentados a una cierta distancia en una sala con bar, llamé a mi madre a cobro revertido.

Murphy ofreció una copa a mi padre.

Marqué el número de casa y esperé.

—¿Diga? —dijo mi madre.

—Mamá, soy Alice. Tengo noticias. —De cara a la pared, ahuequé las manos sobre el auricular—. Lo hemos conseguido, mamá. Los seis cargos excepto el del arma. Han decretado prisión preventiva.

Yo no sabía qué significaba exactamente aquello, pero lo repetí.

Mi madre estaba eufórica. Gritó por nuestra casa de Paoli.

—¡Lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido! ¡Lo ha conseguido! —Una y otra vez. No podía contener su alegría.

Yo lo había conseguido.

Murphy y mi padre salieron del bar. Debíamos embarcar pronto.

Averigüé lo que quería decir exactamente «prisión preventiva». Significaba que no iban a soltar a Madison entre la condena y la sentencia. Le habían esposado dentro de la sala del tribunal mientras le leían los cargos. Aquello entusiasmó a Murphy.

—Ojalá hubiera estado allí para verle la cara.

Había sido una jornada larga y satisfactoria para John Murphy, y, mientras mi padre confiaba en el avión, él había bebido sin moderación.

Pero ¿no era normal que lo hiciera? Ebrio y con ganas de celebrarlo, se fue a ver a su Alice.

Yo estaba agotada. Aunque tardé un rato en caer en la cuenta, a mí también me habían encarcelado. No me soltarían en mucho tiempo.

El 2 de junio recibí una carta de la oficina de libertad condicional del condado de Onondaga. Escribían para notificarme que estaban llevando a cabo una «investigación presentencia de un joven que había sido recientemente declarado culpable en un juicio por violación en primer grado, sodomía en primer grado y otros cargos relacionados. Estos cargos

—decía la carta— provienen de un incidente en el que usted fue la víctima». Escribían para saber si tenía algo que decir sobre la pena recomendada.

Les contesté. Recomendé la pena máxima autorizada por la ley, y cité a Madison llamándome «la peor zorra». Sabía que aquel año Syracuse había sido elegida la séptima mejor ciudad donde vivir, e hice hincapié en que tener a hombres como Madison por las calles no corroboraba tal reputación.

Sabía que si quería hacerme escuchar debía señalar que, al imponer la pena máxima, los que lo sentenciaran proyectarían una buena imagen. Así pues, no lo harían por mí, sino por la gente que los habían votado y pagaban sus sueldos. Utilicé todas las dotes de argumentación que tenía.

Concluí la carta firmando encima del tratamiento que me habían adjudicado: víctima.

El 13 de julio de 1982, en la sala del tribunal presidida por Gorman y en presencia de Mastine, Paquette y Madison, se dictó sentencia contra

Gregory Madison. Le impusieron la pena máxima por violación y sodomía: de ocho y un tercio a veinticinco años. Las penas más largas, junto con otras leves por los cuatro cargos restantes, se cumplirían simultáneamente.

Mastine me telefoneó para decírmelo. También me informó de que Gail había dado a luz. Mi madre y yo fuimos a comprarle un regalo.

Cuando vi a Gail quince años después, trajo consigo el regalo para demostrarme que se acordaba.

OceanofPDF.com