¡Ahí te quedas!

Jenny Del · Capítulo 10 de 29

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¡Ahí te quedas!

Capítulo 10

—¡Vamos chicas, arriba, que tenemos una sorpresa para vosotras! —

gritó Mel, que se encontraba con Rebeca.

—Buenos días — sonreí sentándome sobre la cama.

—¿¡Qué sorpresa!? — dijo malhumorada Rebeca ante la risa de nosotros.

—Mírala, se nota que no le dieron buen despertar — bromeé.

—Una que se da cuenta… — respondió poniendo con expresión irónica.

—Buenos chicas, preparad ropa que nos vamos hasta el domingo.

—¿A dónde nos vamos? — pregunté sorprendida.

—¡Sorpresa! — dijo Mel, tirándose encima de Rebeca y plantándole un beso — por cierto, ropa para noche fresquita y día de agua.

—Estos nos llevan de camping a la playa, te lo digo yo… — dijo mi amiga.

—En cualquier lugar lo pasaremos de muerte, cuarenta y ocho horas de aventuras seguro — respondí.

Fuimos a desayunar, lo metimos todo en el coche y nos fuimos directos a un puerto cercano.

Aparcamos, cogimos las cosas y … ¡A navegar!

Paul y Mel, habían alquilado un yate durante cuarenta y ocho horas.

Nosotras nos quedamos boquiabierta, ellos tenían permiso de navegación.

El barco era una pasada: dos camarotes, cocina, baño, salón, terraza exterior, solárium, algo impensable…

Los chicos nos dejaron allí y fueron a un supermercado. Una hora después, llegaron cargados de bebidas, comida, de todo para pasar un fantástico fin de semana en alta mar.

Nos íbamos a navegar. ¡Aquello era genial!

Salimos del puerto y fuimos mar adentro, con la música, Mel al mando y Paul conmigo en la cocina organizándolo todo, mientras tomábamos una

cerveza bien fría.

—¿Te ha gustado la sorpresa?

—Paul… ¡Me ha encantado!

—A mi más, saber que hemos acertado me hace muy feliz. Tengo una felicidad enorme y rabia a la vez…

—¿Rabia…?

—Sí, el lunes está a la vuelta de la esquina, solo me quedan tres días para estar contigo, me crea inquietud y un poco de nerviosismo, el no saber qué pasará luego — dijo encogiéndose de hombros.

—¿Qué te gustaría que pasara?

—Muchas cosas, pero imagino que el tiempo dirá…

Se hizo un silencio…

<< ¿Por qué no me hablaba claro?>> Pensé.

A mí también me inquietaba el saber que volvería a su isla. Gracias a Dios, esa isla estaba cerca, pero todo era un misterio, no sabía si no lo volvería a ver, si volvería a hablar con él, no sabía nada. Solo de que estaba en un momento muy mágico y bonito de mi vida, ese que quería aprovechar hasta el último minuto junto a él.

Dejé la cerveza sobre la encimera y me subí a ella, luego lo sujeté y lo atraje hacia mí para abrazarlo y ahí, mi corazón habló solo.

— Paul, quiero que sepas que estoy encantada y feliz de haberte conocido, no esperaba pasar esta dolorosa tormenta tan felizmente pues has llegado a mi vida para que no cayera, cuando mi mundo se estaba derrumbando. No sé si nos volveremos a ver, a hablar, a cualquier cosa, pero lo que el tiempo y tú decidáis, yo estaré ahí siempre.

Me abrazó y se puso a llorar, lo noté rápidamente porque sentí sus lágrimas sobre mis mejillas, me quedé atónita y sin entender nada.

— Paul… — dije echándome hacia atrás para ver su cara, esa que estaba inundada en un mar de lágrimas y con los ojos tristes — No entiendo nada… ¿Te pasa algo? — dije con cara de preocupación.

—Pasa que, te he mentido…

—No entiendo… — respondí impresionada.

—No te lo he contado todo…

—Pero Paul, yo tampoco te he contado todo de mi vida, nos conocemos de muy poco tiempo para tanta información, mientras no seas un asesino,

delincuente o similar, creo que no deberías sentirte culpable por no haberme contado todo — le decía eso, pero en el fondo, no quería escuchar que me dijera que estaba enamorado de otra, o yo que sé. Usé esa estrategia a ver si cantaba.

—No te lo mereces, debí contarte la verdad desde el principio…

—¿Y por qué no empiezas ahora? — Me encogí de hombros en señal de que no tenía importancia — Haz como si nos hubiésemos conocido ahora, total, cuatro en días no hay mucha diferencia — bromeé —. Hola, me llamo Susi, ¿y usted? — Saqué la lengua y le guiñé el ojo.

—Me llamo Paul — sonrió con el corazón partido, eso se le notaba —.

La mujer con la que estoy a punto de casarme, está de despedida de soltera en el Caribe, y yo estoy celebrándolo aquí con mi hermano, en lo que se suponía que iba a ser una semana de relax, pero no, apareces tú. Solo quería una amistad contigo y ahora no quiero volver a Lanzarote sin ti, no creo que quiera ni casarme — se puso las manos en la cabeza y comenzó a llorar mirando por la ventanilla, hacia el mar.

¿Yo?, con cara de tonta y con un dolor en el pecho como si me hubieran clavado mil puñales, las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas.

—¿Mel también tiene pareja? — pregunté con un nudo en la garganta.

En ese momento se me hacia un dolor más inmenso aún, que mi amiga también estuviera ajena a algo así.

Negó con su cabeza, sin mirarme, mirando al mar.

— No, él no está con nadie — dijo en voz baja.

Un silencio se hizo en la cocina, no sé cuánto tiempo duró, a mí se me pasaba de todo por la cabeza: de irme del yate, de quedarme y disfrutar de él hasta el último momento, de conseguir que no se casara, de mil cosas.

Cosas que no sabía cuál podía o no tener sentido, momentos que ahora iban a explotar en mi cabeza.

Ni siquiera me sentía culpable por estar con él, lo que me arrancaba el alma es que se me escurriera de las manos.

No sabía qué hacer ni que decir o cómo actuar, solo sabía que mi estómago estaba sintiendo muchas mariposas por él.

Me puse a su lado, aparté su vaso de cerveza, mirando al mar, al mismo infinito que estaba mirando él.

— No sé qué decir… — dije en voz baja — Necesito un abrazo — eso me salió del alma.

Paul se giró y rápidamente me abrazó, se puso a llorar desconsoladamente, sabía que lo hacía de impotencia, pero pese a mi dolor, había algo en mí que lo entendía. En tan poco tiempo, habíamos vivido momentos mágicos, momentos que su rostro reflejaban felicidad, eso no lo podía haber fingido y ahora estaba entre dos tierras, un acontecimiento que le iba a cambiar la vida y un encuentro conmigo que quizás, había puesto su mundo patas arriba.

— Perdóname, Susi, perdóname…

—No Paul, no tengo nada que perdonarte, no me debías nada, nos conocimos, aceptamos pasar unos días con ustedes sin saber absolutamente nada, ahora no te puedo reprochar algo que no tiene sentido pues no me prometiste nada…— realmente no estaba segura de sí lo que le decía lo sentía de verdad, pues en el fondo, me había causado mucho dolor.

Paul seguía llorando con impotencia, me dio un fuerte abrazo y luego se separó, dio un trago a su cerveza mientras negaba con la cabeza.

Yo estaba flipando. Entre mis paranoias, el dolor de él, la boda y todo lo demás, era para que nos encerraran a todos en el psiquiátrico.

Salí hacia afuera, lo dejé en la cocina con su dolor, pero a mí me estaba entrando tal agobio y ansiedad, que ni siquiera Lucas, me había provocado algo parecido, en su vida.

Susi me vio, vino rápidamente a mi lado y se sentó conmigo, dejé la copa sobra la mesa, ella, ya me había visto la cara y me conocía.

—¿Qué pasa? — dijo poniendo mi pelo detrás de mi oreja — ¿Te lo contó ya? — preguntó triste.

—¿¿¿Lo sabias…??? — Puse ojos de asesina.

—Me lo acaba de contar Mel, se sinceró y me dijo que Paul, estaba haciéndolo contigo, le dijo que te lo iba a contar. Yo me he quedado muerta, la rabia depende del grado de dolor que sienta tu corazón — dijo acariciando mi pelo.

—Estoy saturada, no sé cómo me siento, estoy rara, como si me importara una mierda o un mundo, en los dos extremos…

—¡Esto lo arreglo yo!

La miré alucinando, se fue hacia dentro del barco, no sabía si le iba a cantar las cuarentas a Paul, o de lo contrario, hacer de celestina. Lo que quiera que fuera, ya no me daba tiempo a pillarla, ya estaba en la cocina y yo, pasaba de ir a liar nada, estaba floja, solo quería no escuchar.

Me encendí un cigarro y recordé a Lucas, que ya estaba con una. Eso que me habían hecho a mí, ahora se lo estaba haciendo yo y Paul a otra…

Me apoyé sobre la mesa, con mis manos en la frente, estaba que, por mucho aire puro que corriera del mar, yo me estaba ahogando.

—¡Ya estoy aquí! — Apareció Rebeca, con una botella de Vodka en las manos y cuatro vasos de chupitos.

— Estás loca, apenas es la una — dije negando con la cabeza.

—Estamos de vacaciones, va a parar el barco en aquella cala y de ahí no nos vamos a mover, así que es hora de emborracharnos, es la única manera de que nos encontremos a nosotros mismos — dijo chulescamente.

Sirvió los cuatro vodkas, nos pusimos en la mano la sal y en la otra sujetábamos el limón e hicimos el ritual: sal, chupito y limón.

Paul apareció más relajado, pero con el semblante triste, al igual que Mel, que ya había anclado y se lo tomaron también.

Paul volvió a entrar y poco después salió con unos paquetes de patatas, aceitunas, unas empanadas y un montón de cosas para comer en plan, no tengo ganas de cocinar.

— Solo quiero decir una cosa — dijo Mel, volviendo a rellenar los cuatro chupitos y poniendo uno delante de cada uno —. Pase lo que pase, quiero que sepáis que tanto mi hermano como yo, estamos seguros de que sois una de las cosas más bonitas e importantes que nos ha pasado en la vida.

—Que exagerado eres… — dijo Rebeca.

—Lo digo de corazón.

—Yo estoy de acuerdo con mi hermano — dijo Paul en voz baja y triste.

Yo seguía muda, ¿qué podía decir? Estaba en shock.

—¿Cuándo te casas? — pregunté delante de todos sin mirarlo y en voz baja, mientras abría el botellín de cerveza.

—El sábado…

—¿¡El sábado!? — dijimos Rebeca y yo al mismo tiempo.

Paul afirmó con la cabeza.

— A mí no me da tiempo en una semana elegir el traje para ir a tu boda

— bromeó Rebeca.

Me mordí los labios y negué con la cabeza. A veces me daban ganas de matarla, mira que era graciosa, pero en más de una ocasión agradecería de que se callara.

Que fuese el sábado, me había producido un malestar y mareo que pensaba que me iba a caer. Follaba conmigo a una semana de su boda, vamos ni en las mejores películas. Esto era para alucinar. ¡Se casaba en una semana! ¿Qué esperanzas tenía yo? Ninguna, que esto solo durara el tiempo de estas últimas vacaciones de soltero.

Suspiré tan fuerte que los tres me miraron. Cogí la botella de vodka y rellené los chupitos, necesitaba caer redonda, borracha como una cuba y dormir la mona unas cuantas horas.

Me bebí el chupito, di un trago a la cerveza y me tiré al mar, necesitaba refrescarme, sentir el agua fría en mí cuerpo, deseaba sacar de mi cabeza mucha de la información que ahora me bombardeaba.

Subí diez minutos después.

—¿Cómo te sentó el baño? — preguntó mi amiga.

—Bien — dije mientras me enrollaba la toalla —. Necesito descansar un rato. Perdonadme, luego vuelvo.

—¡Claro! — dijo Mel y Rebeca.

Paul, no dijo nada. Me fui al camarote y me cambié de ropa, me eché sobre la cama, hasta quedar por fin dormida.

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