Alejandro Magno

Mary Renault · Capítulo 6 de 11 · parte 2/3

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Alejandro Magno

Persia

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Al día siguiente marchó sobre Persépolis. Sus tropas consiguieron lo que estaban deseando desde Gaugamela: una ciudad rica que saquear.

Era la capital ceremonial del imperio, opulento complemento de la pequeña Aegae macedónica. El monarca y los principales nobles tenían sedes allí y seguramente los abastecía una rica clase de mercaderes.

Rufo Quinto Curcio afirma que muchos ciudadanos fueron asesinados fortuitamente porque las tropas ahítas de saqueo no se molestaron en exigir rescate. Aunque hoy resulta difícil, deberíamos tratar de imaginar el placer orgiástico que el saqueo suponía para los hombres del mundo antiguo que, después de soportar penurias y peligros, consideraban que lo merecían; un saqueo en el que el poder, la agresividad, la codicia, las ansias, las rivalidades y los instintos del cazador y del jugador podían despertar y satisfacerse en una vertiginosa sucesión de actos. Quizá nadie, salvo Alejandro, habría podido retenerlos en Babilonia y Susa. En Persépolis les concedió un día. De todos modos, dio órdenes de que no quitaran a las mujeres las joyas que llevaban puestas.

El tesorero fue ascendido a gobernador. Había mantenido intactas las cámaras acorazadas de palacio. Su contenido equivalía al triple de lo obtenido en Susa.

Darío pasó el invierno en Ecbatana, vigilado por el servicio de información macedonio por si mostraba señales de actividad. Como no las hubo, Alejandro pasó el invierno en Persépolis. Debió de ser durante ese período cuando realizó su tan esperada peregrinación a la tumba, de Ciro el Grande, en la vecina Pasargada, la antigua capital de lo que antaño había sido Elam; era una especie de pequeña Macedonia

persa desde la cual Ciro también había conquistado un imperio. Como demuestran los resultados, Alejandro le rindió honores, si se los merecía, otro tanto puede decirse de Jenofonte, aunque las recompensas de la historia son caprichosas. Persas y atenienses habían fijado en una mente ávida -en un momento en que nadie más la influyó-que todos los hombres son hijos de Dios y que en cualquier parte es posible encontrar a los seres excelentes que, dijo Alejandro, él hace más suyos que a los demás.

Volvió al palacio de Persépolis, con sus altas columnas rematadas en lotos y los infinitos relieves de portadores de tributos que llevaban ofrendas a su constructor: Darío el Grande. No tenemos datos de que se celebraran ceremonias tan regias como las que caracterizaron su estancia en Babilonia o en Susa, aunque quizá sólo se debió a que el invierno dificultaba el acceso. Cuando llegó la primavera y el momento de reanudar la marcha, Alejandro hizo incendiar el palacio. En la actualidad, conocen este episodio personas que prácticamente no saben nada más de Alejandro (y que siguen mostrándose más impresionados por este ultraje a un edificio vacío que por los holocaustos vivientes de Coventry y Dresde); justo castigo, si es que se lo merecía, para un hombre que se preocupaba intensamente por su reputación. Las fuentes no son unánimes (aunque tampoco irreconciliables) acerca de los motivos por los que lo hizo, y los historiadores siguen debatiendo la cuestión.

Arriano, cuya fuente -Tolomeo- indudablemente estuvo presente, se limita a decir que lo hizo contra los consejos de Parmenión, quien sostuvo que, más que acto de un rey, considerarían que era obra de un dictador. Diodoro, Rufo Quinto Curcio y Plutarco coinciden en que Alejandro ofreció una orgía alcohólica a la que invitó a una serie de flautistas y hetairas, entre las que figuraba Tais, la cortesana ateniense amante de Tolomeo, el futuro monarca; en que en el momento culminante de la juerga Tais recordó que Jerjes había asolado la Acrópolis y apremió a Alejandro para que permitiese que una ateniense pagase con la misma moneda; en que inmediatamente Alejandro proclamó un «comus» dionisíaco, que encabezó con una guirnalda en la cabeza y una tea en la mano- en que arrojó la primera tea y a continuación permitió que Tais lanzase la siguiente. Plutarco

añade que un rato después Alejandro recapacitó y, ordenó que apagasen el incendio. Si así fue, ya era demasiado tarde: la capa de ceniza encontrada por los arqueólogos cubría absolutamente todo.

Nadie resultó herido; cuando adentro hizo demasiado calor, salieron a contemplar el espectáculo. Es indudable que un incendio de primera categoría, en el que no está de por medio el temor de que se produzcan víctimas humanas, es uno de los grandes goces atávicos de que el ser humano sigue disfrutando. En nuestros días resulta aterrador pensar que ardieron tesoros arqueológicos, pero para los macedonios -y aún más para los griegos-, Persépolis tuvo otra significación.

Tarn ha preferido rechazar tajantemente la celebración de la fiesta y considerar la quema del palacio «como una proclama». Es verdad que Arriano no menciona la fiesta. Sin embargo, parece probable que Tolomeo -que cuando escribió era un monarca venerable y abuelo-prefiriera suprimir detalles de su desenfrenada juventud, como la exuberante Tais. Sin duda, las objeciones de Parmenión son históricamente verdaderas. Hasta es posible que le recordase a Alejandro intenciones que él mismo había expresado en momentos de mayor sobriedad. Deseaba ser rey más que conquistador y era indudable que los persas le recriminarían el incendio de la sede ceremonial del imperio. Es fácil concluir que en su momento pareció una buena idea, como sucede con tantos otros acontecimientos debidos a fiestas coronadas por el éxito.

En cuanto a los tesoros arqueológicos, quedaron hasta tal punto en manos del león, las lagartijas y las arenas movedizas que actualmente Persépolis es el monumento mejor conservado de toda la época aqueménida.

Al ver la hoguera, y sabedores de que se había desnatado la crema de las riquezas persas, las tropas de afuera pensaron que era señal de que sus esfuerzos habían concluido y que podían emprender el regreso a sus tierras con el botín. Muy pronto salieron de su error: Alejandro sólo se había limitado a hacer una pausa antes de su definitivo ajuste de cuentas con Darío. Se internaron por territorio difícil y desconocido, con un objetivo puramente militar. Pero siguieron a su comandante sin protestar.

No se ha dado la suficiente importancia, se ha infravalorado excesivamente el extraordinario magnetismo que supone este hecho. El ejército de Macedonia estaba formado en la democracia arcaica y feudal. Sus antepasados habían hecho y deshecho monarquías y asesinado a reyes. Alejandro se había criado entre esos hombres y aceptaba su tradicional libertad de expresión, que no tiene paralelismo en los anales de los emperadores. Con excepción de las tropas auxiliares extranjeras, estaba totalmente a solas con ellos en territorio hostil y si se amotinaban quedaría a su merced. Alejandro no llevó una política secreta para intimidarlos ni espiarlos: dos tramas posteriores para acabar con su vida le fueron reveladas en el último momento por personas corrientes. Desarrollaba relaciones de intimidad y confianza singulares e inspiró actitudes posesivas que crearían complicaciones imprevistas. La dependencia que las tropas tenían de Alejandro se tornó casi supersticiosa, como demuestran las reacciones que tuvieron ante sus heridas y su enfermedad. Cuando la primavera derritió las nieves de las altas cumbres, lo siguieron hacia el norte, rumbo a Ecbatana.

Cuando Alejandro llegó a la ciudad, Darío ya se había ido. Tomó posesión del palacio de verano. En las cámaras acorazadas depositó las inmensas reservas del tesoro que le quedaron después de aprovisionarse de fondos de guerra. En Ecbatana dejó como tesorero y gobernador a su viejo amigo Hárpalo.

Como de costumbre, Darío había dejado la iniciativa al enemigo. Al enterarse del avance de Alejandro, se trasladó al norte, enviando primero a las mujeres para que estuvieran a buen recaudo. Hizo un alto en el camino para reunirse con los refuerzos prometidos, pero éstos intuyeron el desastre y no acudieron a la cita.

Alejandro prosiguió la marcha y se tomó el tiempo necesario para asegurar las comunicaciones. En Media se encontró con Bistanes, hijo superviviente del rey Oco, que estaba dispuesto a decirle hacia dónde había huido Darío.

Ese encuentro pone de relieve un factor de suma importancia en la historia de Alejandro: el poder de las enemistades mortales en el mundo antiguo. Según los patrones del nacionalismo moderno, Bistanes fue un traidor; según los de su época, cumplió su deber religioso

porque vengó a su padre y a su hermano envenenados, en cuyo asesinato estaba convencido (correcta o incorrectamente) de que Darío había participado. Si hubiera sido griego, esa obligación también habría anulado otras lealtades.

Darío avanzaba hacia el norte en dirección al paso de los Puertos Caspianos, con la esperanza de llegar a Bactriana. Rufo Quinto Curcio presenta una narración pormenorizada y singular del periplo de Darío.

Carece por completo de valor propagandístico, casi no contiene retórica y nos devuelve, por fin, al relato que sugiere a un expresivo testigo presencial que muy pronto aparecerá en escena.

Del desastre de Gaugamela, Darío había rescatado unos treinta mil infantes y cuatro mil tiradores. Entre los primeros figuraban 3.000

mercenarios griegos, el leal núcleo de los 50.000 efectivos de Menmón.

Aunque algunos de los exiliados no se atrevieron a volver a su tierra, lo cierto es que la mayoría podía haber desertado en favor de los macedonios, pero su valor y su lealtad fueron ejemplares.

Los 3.000 soldados de caballería y muchos infantes eran bactrianos a las órdenes de Bessos, su sátrapa. Los demás mandos estaban en manos de Nabarzanes, el capaz general de caballería, y del anciano Artabazo, amigo de la infancia de Alejandro, que rondaba los noventa años pero que aún estaba lúcido y activo.

La morada del gran rey estaba patéticamente vacía. Las arcas sólo guardaban 7.000 talentos; sus concubinas se habían ido; sus asistentes personales quedaron reducidos a un puñado de eunucos de la corte, siendo el mayor el egipcio Bubaces y el más joven un muchacho llamado Bagoas, consumado cantante y bailarín. Como era favorito del rey, lo habían castrado para mantener su excepcional belleza.

Cuando le fallaron los refuerzos, Darío estableció un campamento y convocó un consejo de guerra. Rufo Quinto Curcio ha puesto un discurso en su boca, pero el verdadero seguramente fue mejor. El resto de los discursos parecen mucho más auténticos. El viejo Artabazo reafirmó su lealtad y la de las tropas persas. Después se adelantó Nabarzanes. Señalando que parecía perseguirles la mala suerte, dedujo que los dioses habían abandonado a Darío, y propuso que Bessos, su primo, subiera al trono por un tiempo, retirándose cuando hubieran derrotado al enemigo.

Da la impresión de que el significado formal consistía en que Bessos sustituyera al monarca como víctima propiciatoria regia, con el propósito de cargar con su mala suerte. A Darío no le cupo la menor duda sobre sus verdaderas intenciones. Desenfundó la espada y se abalanzó sobre Nabarzanes. Fue amablemente retenido con gestos que suplicaban merced y los dos comandantes se retiraron. Sigue un pintoresco relato sobre sus esfuerzos para corromper durante la noche a los persas leales, con la oposición del indómito Artabazo. Éste se había opuesto al peligroso tirano Oco y en ese momento le fue leal a un rey débil que no le había hecho ningún daño, si bien estaba seguro de que recibiría el perdón de Alejandro.

Las prioridades de Nabarzanes eran otras. Desde la huida de Iso había comprendido que la única posibilidad de ofrecer una resistencia persa eficaz consistía en quitar de en medio a Darío. Había elaborado un plan para entregar a Darío a Alejandro, hacer las paces con el propósito de ganar tiempo, proclamar a Bessos rey en Bactriana y desde allí reanudar la guerra. Los griegos y los persas no aceptaron. En consecuencia, por la mañana los dos se mostraron arrepentidos y leales y reanudaron la marcha.

Darío confió en ellos, pero no así los griegos, que estaban enterados de las actividades nocturnas. Durante esa jornada de marcha, su comandante, Patrón, se acercó al carro real, hizo señas a Bubaces -el eunuco principal- y pidió hablar con el rey sin intérprete, ya que aquél tenía algunos conocimientos de griego. Se trataba de una precaución lógica porque Bessos cabalgaba a corta distancia. Darío escuchó sus advertencias y lo despidió con palabras amables. Si Patrón estaba en lo cierto, su posición era desesperada y hay que atribuirle el mérito de que no se agarró a un clavo ardiendo a costa de la vida de sus leales.

En el siguiente alto, en los montes Elburz, del lado del Carpio, Artabazo rogó al rey que se refugiase entre los griegos de Patrón. Darío rechazó con dignidad este consejo fruto de la desesperación, y se cubrió el rostro con un velo mientras el anciano se retiraba con la cara bañada en lágrimas. Cuando los persas salieron a buscar provisiones los bactrianos se quedaron. Al anochecer la guardia que rodeaba la tienda, escogida entre los célebres inmortales, se largó silenciosamente. Darío abandonó toda esperanza y se tendió en el suelo.

«De ahí que reinara una gran soledad en la tienda, salvo los pocos eunucos que rodeaban al rey, pues no tenían a dónde retirarse.» Este toque íntimo caracteriza de manera definitiva a nuestro testigo.

Poco después, Darío llamó a Bubaces a su lado y ordenó que los eunucos intentaran salvarse. Al oír los gemidos de congoja de Bubaces, los demás se acercaron deprisa y, se sumaron a las lamentaciones.

Bessos y Nabarzanes supusieron que el rey se había suicidado y rápidamente entraron en la tienda. Al saber por los eunucos que seguía vivo, ya no se contuvieron, lo sujetaron, lo ataron y se lo llevaron en un vulgar carro de transportes.

Era tal la desventaja cuantitativa de las tropas leales que les fue imposible oponer resistencia. Darío no había conquistado el tipo de lealtad a que dan lugar las empresas desesperadas. Dos nobles persas cruzaron el paso para guiar a Alejandro y poner a su merced a su rey.

Fue la mejor elección para el desventurado, pero se hizo demasiado tarde. Con la mejor caballería Alejandro partió al rescate en una carrera suicida, alcanzó la retaguardia de los bactrianos rezagados cuya disciplina se había ido al garete y a golpes se abrió paso rumbo al prisionero. Los conspiradores desataron a Darío y le ordenaron que montara a caballo. El monarca respondió que prefería hacer frente a Alejandro. Al oírlo Bessos y un tal Barsaentes, con o sin la anuencia de Nabarzanes, lo acuchillaron con las jabalinas, mutilaron a las mulas que tiraban del carro y emprendieron la huida. Nabarzanes, que tal vez se opuso a ese acto, siguió otro camino con seiscientos jinetes.

Un soldado macedonio que oyó que alguien gemía pidiendo agua encontró al rey agonizante. En este punto concluye el relato de Rufo Quinto Curcio, pues el manuscrito está dañado. Plutarco dice que Darío bebió, dio las gracias, alabó el arrojo de Alejandro y le deseó suerte en tanto que sucesor suyo; es posible que sea propaganda o romance, aunque no hay duda de que habría preferido a Alejandro antes que a Bessos. Los dos monarcas, el venturoso y el desafortunado, no se conocieron en vida. Alejandro emprendió una larga e infructuosa búsqueda entre los carromatos; cuando llegó al que buscaba, Darío ya había exhalado el último suspiro. Alejandro lo cubrió con su propia capa -el último gesto que podía hacer- y ordenó que su cadáver fuese enviado a Sisigambis para celebrar el entierro real en Persépolis.

Alejandro aceptó la rendición de Nabarzanes en la llanura de Hircania, que bordea el mar Caspio. Después de rechazar a Bessos por motivos que nadie explica, Nabarzanes envió un emisario para pedir un salvoconducto, algo que jamás habría conseguido si Alejandro no hubiese considerado que merecía una audiencia. Su historial de guerra y lo que dijo durante la audiencia causaron una buena impresión porque, aunque jamás obtuvo un puesto ni mando de tropa, se le perdonó su participación en el regicidio. Entregó los tradicionales regalos de honor y un obsequio insólito: el joven bailarín Bagoas.

«Había sido amado por Darío y pronto lo sería por Alejandro.» No es difícil buscar la fuente del comentarlo de Rufo Quinto Curcio porque parece que esa relación duró toda la vida.

Plutarco afirma detalladamente que en dos ocasiones Alejandro había rechazado, y considerado un agravio, la propuesta de regalarle bellos efebos griegos en cautiverio. Como cabe esperar, Rufo Quinto Curcio deduce que el joven persa le fue ofrecido como mero obsequio o soborno, pero las probabilidades apuntan a un motivo de mayor envergadura: que Bagoas había sido testigo presencial del asesinato de Darío y podía declarar que Nabarzanes se había opuesto.

Nabarzanes fue un militar valiente y leal casi hasta el final. Aunque en la desesperación se mostró dispuesto a prescindir de un comandante inepto dejándolo en manos de un enemigo magnánimo, es posible que el regicidio le pareciera excesivo, pues para el zoroastrismo era un crimen abominable, como Alejandro sabría muy bien más adelante, cuando se ocupó de que un tribunal persa juzgara a Bessos.

En cuanto a Bagoas, debió de saber, desde la llegada del eunuco de la reina para informar de la muerte de ésta, que habían permitido que las damas cautivas conservasen a sus servidores. Aparte de cualquier lealtad que sintiera hacia su señor -cuya memoria, al parecer, trató amablemente-, tenía poco que perder siguiendo a Alejandro y ningún futuro entre los rebeldes. El asesinato fue una acción provocada por el pánico e imprevista por todos, incluidos los asesinos.

Si partimos de esta hipótesis, todas las circunstancias concuerdan: la partida de los otros conspiradores y de sus hombres inmediatamente después del regicidio; la huida de Bagoas en compañía de Nabarzanes, y la afirmación de Rufo Quinto Curcio según la cual «fue sobre todo a

través de las súplicas del muchacho que él [Alejandro] se sintió movido a perdonar a Nabarzanes». El testimonio del favorito del monarca difunto era una prueba incontestable, una influencia mucho más probable que los meros halagos de un joven atractivo. De todos modos, es evidente que no fue reticente a la hora de tener a Bagoas en la corte para que comunicase a los cronistas su valioso relato. Suponiendo que el griego aprendido por este persa no estuviera a la altura de un relato tan extenso, podemos entretenernos conjeturando que el propio Alejandro le dictó la forma definitiva.[2]

Sea como fuere, Bagoas se quedó. Sabemos de él a través de Rufo Quinto Curcio, Plutarco, Ateneo y, con más dudas, por Arriano; es más probable que Tolomeo haya censurado al muchacho persa de Alejandro más que a su propia amante ateniense, no porque fuera varón -hecho que en el mundo griego carecía de importancia-, sino porque era un eunuco «bárbaro». Muy pocos compatriotas de Alejandro compartían su opinión de que «todos los hombres son hijos de Dios».

Para los macedonios, conscientes de su raza, Bagoas era una modesta excentricidad de Alejandro y cuanto menos se hablara de ello, mejor. Empero, el relato del final de Darío -y quién más pudo proporcionarlo- dice mucho acerca de él e, indirectamente, de Alejandro. Además de los detalles gráficos y del talento para evocar la escena, están presentes la lealtad y el buen gusto perspicaz que no pretenden halagar toscamente a un amante real a costa de los muertos; el patetismo de la última noche de Darío y la insistencia en que «no hizo nada vulgar ni vil»; sus graciosos homenajes al vencedor que, los pronunciara o no, no hacían daño a su memoria y proporcionarían tanto placer. Sensibilidad, respeto hacia uno mismo, encanto sin servilismo y, por si fuera poco, belleza; no es extraño que, al menos una vez, se satisficieran las exigencias sexuales de Alejandro.

Aparte de las escenas que sólo presenciaron los eunucos, sin duda parte de la historia fue relatada por Artabazo, que se presentó poco después de Nabarzanes y fue calurosamente recibido por Alejandro, que de inmediato le restituyó su graduación. Después de pasar años en Macedonia, sin duda hablaba griego con fluidez. Los últimos en llegar fueron los mercenarios griegos, desde sus escondites en las colinas.

Habían enviado emisarios para consultar las condiciones, pero Alejandro, con su animosidad habitual hacia los griegos que combatían en las filas persas, exigió su rendición incondicional. Algunos se dispersaron; un ateniense con un violento historial antimacedónico se suicidó y alrededor de mil quinientos se entregaron. Para entonces, Alejandro ya conocía su fidelidad de boca de Artabazo y Bagoas. No castigó a nadie; dejó en libertad a los que fueron contratados antes de que declarara la guerra; a los demás, los reprendió y los incorporó a su ejército con la paga de costumbre. El relato del intento de Patrón de prevenir a Darío contra sus asesinos tal vez procede del propio Patrón.

Dado su historial, en cualquier caso Alejandro habría tratado con respeto el cadáver de Darío, pero el funeral real que le concedió también fue una proclama: el deber de un gran rey hacia su predecesor.

Había un pretendiente en liza. En el este, Bessos se había puesto ya la kyrbasia con la visera hacia arriba (prerrogativa de la realeza, pues los sátrapas tenían que llevarla aplanada) y se hacía llamar Artajerjes.

No se sabe si lo movió el patriotismo o la ambición. Ya se había puesto de manifiesto que tenía dos desventajas que Alejandro jamás conoció: era incapaz de disciplinar a sus hombres y de ganarse su lealtad. Sea como fuere, Alejandro reivindicó el derecho de actuar contra él por rebelión, regicidio y traición a dos monarcas reinantes.

Para poner de relieve esta reivindicación se celebró un importante acto de lealtad. Oxatres, el combativo hermano de Darío, se presentó voluntariamente para aclamar a Alejandro como rey. Volvió a predominar la enemistad a muerte: el enemigo del asesino de su hermano era su aliado natural. Alejandro, que al parecer se formó una elevada opinión de Oxatres, lo reclutó inmediatamente en las filas de los compañeros. Su adhesión tuvo un altísimo valor propagandístico y el único precio que hubo que pagar fue vengarse de Bessos.

Alejandro tuvo que informar a sus hombres que la muerte de Darío no había dado fin a la guerra. Reunió a los macedonios y los persuadió mediante «argumentos efectivos», lo que debió de reducirse al puro atractivo de su personalidad, pues no se trataba de una cuestión de fuerza. Ni siquiera partió la totalidad de las tropas auxiliares griegas, a las que ofreció libre elección y el pago de los gastos de regreso a casa.

Los soldados que volvieron a alistarse recibieron tres talentos por

barba y las primas de los macedonios alcanzaron la misma escala generosa. Este tipo de ocasiones figuraba entre los principales placeres de la vida de Alejandro.

Estaba a punto de internarse por las tierras inexploradas de Asia Central, con los enormes añadidos de su corte y de su ejército, como recuerda el romance persa: «Su campamento era un mundo en movimiento… el mercado que lo acompañaba semejaba al de una capital y en él era posible comprar de todo, incluso leche de ave».

También abarcaba el secretariado, los ingenieros, los artesanos, los administradores, los médicos, los ayudas de cámara, los esclavos, los arquitectos y los fabricantes de armaduras, una horda de especuladores independientes que vivían de las tropas bien pagadas; las mujeres de soldados y civiles que, junto con sus hijos, casi constituían un segundo ejército. Sus líneas de comunicación se extenderían indefinidamente, pues no era posible saber qué provisiones ofrecería el nuevo territorio.

El retén que dejara detrás sería tan decisivo como el oxígeno para el submarinista. Encomendó ese puesto de mando a Parmenión. Éste rondaba los setenta años; los esperaba una ardua campaña y ese nombramiento, honroso y digno de su edad, probablemente resolvió un problema que Alejandro tenía desde hacía tiempo. El anciano general dispuso de su propio ejército, parcialmente compuesto de mercenarios -

incluidos quizá los nuevos reclutas griegos-, y acceso al tesoro de Ecbatana para satisfacer sus propias necesidades, así como las de la intendencia de Alejandro.

Mientras se encontraba en Hircania, Alejandro había montado una operación secundaria contra los habitantes de los bosques de las montañas, notable solamente porque fue la penúltima aparición de Bucéfalo en la historia. Mientras era guiado a través del bosque por los escuderos reales -a cuyo cargo estaban los corceles del rey-, Bucéfalo y los demás fueron secuestrados por agresores locales. El caballo tenía veinticinco años y su probable destino era evidente. El viejo equino probablemente había salvado media docena de veces la vida de su amo, tanto de joven como de adulto, la idea de que acabara sus días convertido en una bestia de carga espantó hasta tal punto a Alejandro que envió heraldos para amenazar con una devastación general si no se

lo devolvían. La respuesta fue inmediata, los amigos volvieron a reunirse y, aliviado, Alejandro incluso recompensó a los ladrones.

Los escuderos reales, entre cuyos servicios al monarca figuraba el de proporcionarle caballos de recambio en el campo de batalla, eran los hijos adolescentes de los aristócratas macedonios. En anteriores reinados turbulentos habían sido rehenes de sus padres; ahora sus deberes estaban a mitad de camino entre los de un paje y un escudero de un castillo medieval, si bien el monarca no disponía de un cuerpo de escuderos especializado. Eran tan numerosos -se aproximaban a cincuenta- como para turnarse las guardias, y por la noche vigilaban los aposentos o la tienda regios. Cuando a Hircania llegaron nuevas tropas de Macedonia, probablemente arribaron nuevos escuderos, dado que el grupo que Alejandro había llevado consigo había alcanzado la edad adulta. Quizá las peripecias del querido Bucéfalo dieron mala nota a algunos de los recién llegados y desencadenaron acontecimientos trascendentales.

A diferencia de los príncipes medievales, que sólo enseñaban a sus escuderos buenas maneras y a combatir, Alejandro hacía educar a los suyos, incluso si estaba de campaña. Su formación estaba a cargo de Calístenes, figura de cierta relevancia en la historia de Alejandro. Era sobrino nieto de Aristóteles, que lo había recomendado para el puesto de archivero real. (De ahí el uso de su nombre por el autor pseudo-Calístenes.) Se trataba de un diletante literario que había escrito una historia de Grecia hasta los días del ascenso de Filipo al trono y al que escritores posteriores citan por sus notas de anticuario, sobre todo en lo que se refiere a los sitios homéricos. Al igual que sus contemporáneos, Alejandro consideraba la Ilíada como un libro de historia; probablemente le encantó visitar en el Asia griega los célebres escenarios del nacimiento o de las hazañas de sus héroes. Muchos escritores antiguos reprochan a Calístenes sus halagos, pero no los definen, y no sobrevive una sola cita directa de sus obras. Tal vez puso de relieve que Alejandro descendía de los paladines de ambos bandos de la guerra de Troya y comparó sus hazañas con las de ellos. Si los elogios consistían en una presentación florida de logros esencialmente auténticos, le prestó un mal servicio del que tal vez se percató cuando su mente maduró.

Entretanto, Calístenes había mantenido un estrecho contacto con el Liceo, aunque a partir de entonces la correspondencia tardaría mucho más en llegar a destino. No parece que ese servilismo fuese rechazado por Aristóteles, que tenía muchos vínculos con Macedonia, en particular su estrecha amistad con Antípatro que, de momento, no le planteó un conflicto de lealtades. Se le cita diciendo que Calístenes poseía una buena inteligencia, aunque sin cultivar. Y en otra ocasión, posiblemente posterior, que no era probable que viviese mucho tiempo; tal vez esta última deducción procede de las indiscreciones reflejadas en sus cartas personales. Sin duda estaba convencido, como Aristóteles y su escuela, de que los persas eran bárbaros corruptos y destructivos y de que la correcta misión de Alejandro debía consistir en la conquista y la venganza. Debió de dominarlo el desasosiego cuando el anciano Artabazo fue recibido como invitado de honor, cuando entre los compañeros de caballería apareció un príncipe persa, cuando se nombró nuevamente a los sátrapas después de su rendición y cuando el castrado favorito de Darío -un ser que los griegos convencionales consideraban menos que humano- se abrió paso hasta el lecho real. El comportamiento del conquistador griego tendría que haber sido una muestra ostentosa de superioridad helena, un adecuado sentido del contraste.

Pero lo aguardaba una nueva conmoción: Alejandro empezó a lucir vestimenta persa.

La ropa que se puso es bastante indefinida, como también lo es qué prendas adaptó. Su propia versión fue más «modesta» que la persa y más «impresionante» que la meda. Los dignatarios de los relieves de Persépolis corresponden a más de cien años antes y no es posible que la moda permaneciera invariable. Los medas llevan casaca y pantalón y los persas túnicas largas (sin duda vestimenta de la corte) y chisteras estriadas. Nadie luce la «faja persa» adoptada por Alejandro.

En la vida cotidiana los persas, lo mismo que los medas, llevaban pantalón, aunque Plutarco nos asegura que Alejandro se abstuvo del barbarismo de cubrir sus extremidades superiores e inferiores. Vestía una especie de túnica larga, con faja, y probablemente una capa sobre los brazos, con los colores reales posteriormente utilizados por los césares romanos: púrpura y blanco. También llevaba la mitra, que en

un sentido estricto era una cinta para la cabeza con los mismos colores.

No obstante, como la cinta era un tocado tan corriente entre los griegos, no puede haber suscitado controversias, y lo más probable es que en ocasiones solemnes Alejandro la atara alrededor de la kyrbasia, como los demás reyes persas. La punta levantada de este tocado en forma de casco era un importante símbolo de realeza.

Con respecto a la vestimenta persa, Herodoto comenta que el calzado permitía que se introdujese algo en su interior para que quien lo llevara pareciese más alto, hecho que también pudo tener su influencia.

Al principio, Alejandro se puso esa vestimenta para sus audiencias con los persas; luego para fiestas privadas; posteriormente salió con ella, a montar según Plutarco, probablemente en carro. A los macedonios no les gustó mucho, pero lo consideraron un capricho perdonable, como Bagoas, por el que merecía indulgencia. Nadie protestó.

Fue una buena política de cara a los persas, a pesar de que la política nunca lo fue todo para Alejandro, que era un hombre complejo, emotivo y a quien los contactos humanos afectaban profundamente. Si los persas le hubiesen caído mal nada más conocerlos, habría sido incapaz de adularlos y muy pronto habría reanudado con énfasis el papel de griego conquistador. Evidentemente le atraían. Su estilo, su dignidad y su belleza, el coraje tan cruelmente desperdiciado por su monarca, la integridad del anciano Artabazo y el delicado tacto de Bagoas dejaron huella en él. Quiso presentarse ante ellos como un aristócrata, según sus propios términos, y no tuvo dificultades para encontrar asesores. Oxatres y Artabazo conocían el ceremonial; las fruslerías que no podía consultarles so pena de perder la dignidad podía aprenderlas en la relajada intimidad compartida con Bagoas, versado hasta en el último detalle del día y de la noche regios.

La influencia de Bagoas es uno de los imponderables de la historia. No disminuyó cuando superó la adolescencia; pero este hecho, al igual que el talento de Hefestión, es algo que podemos estar seguros de que Tolomeo prefirió ignorar.

Las contradicciones entre los conceptos de rey y de conquistador se remontan a esa época. Los macedonios habían depositado en el segundo

su orgullo racial y -hecho que tiene la misma importancia- las perspectivas de regresar, a su tierra, dejando una colonia que proporcionara tributos y esclavos. Entre los persas las opiniones estaban divididas. Habían sido asesinados el legítimo Oco y su sucesor; el provisional Darío había supuesto un auténtico desastre; para algunos, Bessos era un héroe y, para otros, un regicida comparado con el cual el conquistador extranjero no significaba un cambio negativo, porque parecía dispuesto a civilizarse. Pese a que no conocían la democracia, los persas valoraban la justicia y consideraron ecuánime a Alejandro.

Bactriana, que seguía leal a su sátrapa, presentaría una férrea resistencia. Los días de las batallas campales no se repitieron hasta que llegó a la India. A lo largo de los dos años siguientes estaría de campaña por territorio accidentado, luchando contra miembros de tribus que conocían el terreno y que a menudo se asentaban en baluartes escarpados. En ocasiones, un sátrapa que había jurado fidelidad y había sido su invitado se rebelaba en cuanto Alejandro le volvía la espalda; el caballeresco código de honor que había llevado de Macedonia sufriría duros reveses. Era lógico que confiara en sus experiencias más que en sus expectativas. Hacía frente a una de las rebeliones más tenaces cuando un acto de alta traición, mucho más próximo, provocó una grave crisis en su vida. Estaba acuartelado en la fortaleza real de Drangiana cuando se enteró de que la conspiración para asesinarlo había sido organizada ni más ni menos que por Filotas, su amigo de la infancia.

Alejandro no había hecho caso de las advertencias anteriores.

Evaluaba la lealtad de sus amigos de acuerdo con la que él les guardaba. (Sin duda una de las causas de este optimismo se correspondía con la constancia inquebrantable de Hefestión, una certidumbre que databa de la niñez.) Aunque no había perdido su posición de confianza, Filotas adoptó buena parte de la pompa y el lujo con una extravagancia de nuevo rico que le granjeó enemigos. Era el único superviviente de los tres hijos de Parmenión, pues el segundo había muerto hacía poco de una enfermedad. Teniendo en cuenta su edad, el puesto de Parmenión en la retaguardia no podía provocar resentimientos, aunque disminuyó el poder de la familia en la corte.

Se sabe muy poco sobre la conspiraci6n para matar a Alejandro y nada sobre los medios que pensaban utilizar. El instigador que salió a la luz fue un oscuro Dimno, que no se menciona en ninguna otra parte, que al parecer rondaba los límites del círculo personal de Alejandro y que se quejó de un desaire sin especificar. Intentó reclutar a un joven llamado Nicómaco, de quien era amante, pero el muchacho, horrorizado ante lo que oyó, se lo comunicó de inmediato a su hermano mayor. Impacientes por liberarse de ese peligroso conocimiento y por exonerarse de cargo y culpa, los dos acudieron a Filotas porque era alguien próximo al monarca. Todas las fuentes coinciden en que Filotas no denunció el hecho. Diodoro, Plutarco y Rufo Quinto Curcio afirman que se comprometió a hacerlo durante dos días seguidos y que se excusó pretextando que Alejandro había estado muy ocupado aunque, en realidad, había hablado libremente con él. Los hermanos desesperaron y empezaron a desconfiar. El mayor se presentó en los aposentos reales e informó al escudero encargado de las armas de Alejandro. A diferencia de Filotas, éste interrumpió a Alejandro mientras se bañaba. El monarca interrogó al hermano, se enteró de que se había producido un retraso, y averiguó los motivos.

Alejandro reaccionó con su rapidez habitual y de inmediato hizo acordonar el campamento para impedir que se difundiera la noticia.

Envió una brigada para que arrestara a Dimno, que certificó su culpa suicidándose antes de que pudieran detenerlo. Evidentemente había revelado a Nicómaco los nombres de otros conspiradores, entre ellos el de un miembro de la guardia real, lo que sin duda sugiere algo más que la cólera personal de un individuo. El comportamiento conocido de Filotas era claramente desleal. Todas las fuentes coinciden en que reconoció que sabía de la conspiración, y su defensa consistió en afirmar que no se lo creyó. (En épocas más pacíficas que la nuestra, algunos historiadores han llegado a aceptar este hecho, pero ahora podemos afirmar que, cuando se les avisa de que en un avión hay una bomba, los hombres honestos no corren riesgos.) Aunque Nicómaco no lo habría abordado de haber sabido que estaba implicado, tal vez Dimno sólo le dijo aquello que se atrevió a expresar.

Hasta que el campamento quedó rodeado, Alejandro se vio obligado a mantener la actitud de siempre hacia Filotas, lo cual iba en contra de

su naturaleza. Luego hizo arrestar a todos los acusados. Arriano cita sus dos fuentes y sostiene que Filotas fue sometido a juicio público ante la Asamblea macedónica, actuando Alejandro como fiscal -era un testigo pertinente porque había estado disponible cuando el acusado dijo que no lo estaba- y asumiendo Filotas su propia defensa (los floridos artificios de Rulo Quinto Curcio anulan su versión de los hechos). La Asamblea decidió que merecía la muerte. Arriano no habla del interrogatorio bajo tortura, hecho al que aluden Diodoro, Plutarco y Rufo Quinto Curcio.

Antes de llegar a la conclusión de que Tolomeo lo encubría, como siempre debemos preguntarnos si tuvo necesidad de hacerlo. Es muy probable que no, tratándose de un juicio corriente por traición, como demuestra en otro texto. En esos casos, la tortura estaba generalizada a lo largo y a lo ancho de Grecia, con una excepción. Los demócratas atenienses dispensaban a sus propios ciudadanos y permitían que, en su lugar, ofrecieran esclavos: si la tortura no producía pruebas, daban por sentado que los esclavos no habían presenciado nada raro; los ciudadanos acusados que no aprovechaban esta prerrogativa se volvían muy sospechosos. En el caso de Filotas, tal vez su alta graduación y su historial militar hicieron que Tolomeo guardara silencio, de modo que la cuestión sigue en pie.

Hubo más juicios, algunos de los cuales acabaron en absoluciones.

Entre los condenados, «carente de palabras para defenderse», figuraba Alexandros de Lincestis, sospechoso desde hacía mucho tiempo. De ascendencia real, probablemente lo habían elegido -lo supiera él o no-como monarca títere idóneo. Tradicionalmente los macedonios ejecutaban en público a los condenados y en este caso lo hicieron con jabalinas. No fue una purga arbitraria. Alejandro tuvo que afrontar una elección terrible.

Conspirador u oportunista insensible, lo cierto es que Filotas lo había traicionado. Ningún ejército situado en territorio hostil Podía permitir que siguiera vivo. Y menos aún podía permitirse tener en el cordón umbilical de las comunicaciones a un padre en el que habían recaído los arcaicos deberes de la deuda de sangre.

El príncipe Oxatres se había unido al invasor extranjero con tal de vengar la muerte de su hermano y el príncipe Bistanes para vengar la

de su padre. No existía la certeza de que Parmenión -fuera o no cómplice de su hijo- optara por no cambiar de bando cuando se enterase de su muerte. Eso fue lo primero que pensó Alejandro cuando acordonó el campamento. Las antiguas leyes de Macedonia estipulaban que los parientes varones directos de un traidor compartieran su muerte. No era pura intimidación, ni presumía su connivencia, simplemente reconocía la deuda de sangre, que convertía a todos los supervivientes en adversarios del rey.

Sería extraño que en ese momento Alejandro no se acordara de Atalo. Traidor probado, había estado a salvo del arresto entre los soldados de leva de su tribu. En este caso, el problema práctico era el mismo. Sólo cambiaban dos factores: por un lado, la culpabilidad de Parmenión no estaba demostrada y, por el otro, era infinitamente más peligroso.

Hasta entonces el joven conquistador sólo había conocido las recompensas del poder, la gloria, el homenaje, el esplendor, la riqueza ilimitada y los placeres de la generosidad, la admiración y el afecto.

Sólo le habían costado las penurias y peligros de los que se enorgullecía.

Por primera vez supo de las terribles exigencias del poder. Las comprendió en cuanto las padeció, pero es posible que mantuviese abierta una última posibilidad.

Tres agentes partieron a lomos de veloces dromedarios por la carretera guarnecida. Portaban una orden real como la que había protegido al asesino de Atalo. Al llegar a Ecbatana entregaron la orden a los oficiales de mayor graduación del ejército de Parmenión. En el parque privado del palacio que le servía de residencia, un enviado al que conocía entregó a Parmenión una carta del monarca y luego otra falsa, firmada con el nombre de Filotas. Leía la segunda «con alegría, como denotaba su semblante», cuando lo abatieron.

Esa carta, mencionada por Rufo Quinto Curcio sin comentarios, explicaciones ni tintes dramáticos, merece la más profunda atención.

¿Para qué molestarse con las cartas si Parmenión ya estaba indefenso ante sus asesinos? El protocolo exigía que el despacho real fuese leído en primer lugar; hubo que enviarlo para autentificar la otra carta, la que importaba: la misiva con la firma de Filotas falsificada. Parmenión no fue asesinado antes, sino después de que mostrara una alegría

manifiesta ante su contenido. Si hubiera expresado desconcierto, irritación, ligera desaprobación, ira o temor, ¿se habrían desenfundado las dagas? En uno de sus pasajes muy lucidos pero nada dignos de confianza, Rufo Quinto Curcio dice que Filotas incriminó a su padre.

Verdad o mentira, es posible que alguno de los conspiradores lo hiciera.

Parecería que Alejandro prefirió rechazar semejante testimonio sin pruebas y le dio una última oportunidad introduciendo en la carta falsificada algún comentario -extraído durante los interrogatorios- que sólo transmitiría a un cómplice que la trama prosperaba. Era un gesto al azar, que podía dar lugar a trágicos malentendidos, pero la única prueba posible a la que podía apelar.

Arriano dice que, a diferencia de otros monarcas, Alejandro se arrepentía cuando sabía que había obrado mal. Podemos leer comentarios sobre esos pesares, incluso sobre una profunda vergüenza, pero en ningún texto se dice que se arrepintiera de la muerte de Parmenión. No fue un acto apasionado, sino una decisión meditada y a ella se atuvo.

Alejandro sólo corrió el espantoso riesgo de provocar el amotinamiento de las tropas de Parmenión -contingencia que de ninguna de las maneras podía eludir- porque tenía la firme convicción de que lo amenazaba un peligro aún mayor. (No hace mucho la Europa moderna fue testigo de la rebelión militar que siguió a la destitución de un general popular.) Alejandro tuvo que apostarlo todo a la lealtad de tropas situadas a cientos de kilómetros de distancia, tropas a las que no pudo persuadir ni coaccionar cuando se vieron obligadas a elegir entre él y su propio comandante. Las repercusiones de este hecho no han sido evaluadas a fondo.

No hubo sedición. Su ejército lo aceptó con serenidad: no era probable que los hombres de Macedonia, con su memoria popular cargada de espantosas anécdotas de luchas dinásticas y plenamente convencidos de la culpabilidad de Filotas, absolvieran a su poderoso padre. Una junta provisional de censores ad hoc examinó las cartas enviadas a Macedonia en busca de señales de descontento. Los resentidos fueron aislados a un cuerpo especial -al parecer no recibieron más castigo que la mancha de ser poco dignos de confianza-y se los instó a que se redimieran mediante una buena actuación en

combate. Y eso fue lo que hicieron, incluso con intensidad, probablemente después de una arenga del propio Alejandro.

Ahora Alejandro sabía que un hombre que deseaba verlo muerto había estado al mando de su mejor fuerza de choque: los compañeros de caballería. Hefestión había demostrado ser un buen comandante y probablemente Alejandro habría preferido poner ese cuerpo a las órdenes de un hombre en quien confiaba plenamente. Sin embargo, se lo identificaba con las nuevas y polémicas políticas, y para los persas era un diplomático hábil al que apreciaban, cuyas costumbres -y probablemente idioma- Hefestión se había tomado la molestia de aprender. Para evitar un desaire directo a los conservadores en un momento tan delicado, Alejandro dividió a los compañeros entre Hefestión y Clitos «el Negro», el hermano de su nodriza, el mismo que le había salvado la vida en la escaramuza del Gránico. La familia estaba emparentada con la casa real y no necesitaba tratar con deferencia a los príncipes menores. Probablemente Alejandro conocía a Clitos desde la más tierna infancia y a través de buena parte de su tormentosa niñez, con asociaciones subconscientes que él mismo ignoraba.

Bessos seguía controlando Bactriana. Aunque los dos años de resistencia que opuso esta provincia se han descrito como un levantamiento nacional, no es verdad en el sentido moderno de la expresión. Sus lazos de unión eran tribales y familiares y jamás se dejaron de lado las antiguas enemistades.

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