Amenaza
Amenaza
Adrián Aragón & Miguel Aragón
Amenaza
Max Cornell - 4
ePub r1.0
Titivillus 03-08-2021
OceanofPDF.com
Adrián Aragón & Miguel Aragón, 2018
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.1
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AMENAZA
Adrián y Miguel Aragón
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Capítulo 1
Todos los lunes eran iguales, o eso pensaba Aurora mientras se lavaba los dientes después de desayunar. Después de un fin de semana discreto, pero fin de semana de todos modos; el suplicio de madrugar para llegar al trabajo una hora antes de tiempo resultaba casi insoportable. Ella trabajaba en una oficina en el norte, en Campo de las Naciones, pero vivía en el sur, en Carabanchel. Lo que significaba que debía recorrer la ciudad de cabo a rabo. Lo hacía con resignación. Empleaba la M-40, una carretera de circunvalación más moderna que la M-30 y que, en teoría, sufría menos embotellamientos. Pero solo en teoría. La realidad era que a las ocho de la mañana el tráfico se detenía en el nudo sur y no había manera de llegar a tiempo a ninguna parte.
Por eso Aurora se levantaba a las seis, en lugar de a las siete. Dormía una hora menos, pero se aseguraba un tráfico limpio hasta el edificio acristalado en el que trabajaba, en la calle Mahonia, frente a una sucursal de El Corte Inglés que se llevaba buena parte de su sueldo. Llegaba hora y media pronto, así que entraba en una cafetería donde todos se conocían. A esas horas solo desayunaban los que preferían madrugar a sufrir los atascos. Incluso habían salido en los periódicos. La noticia dio un par de vueltas por Internet, pero nada había cambiado. El tráfico seguía siendo un espanto y, como cada lunes, Aurora salía de casa con dos horas de antelación para no llegar media hora antes. Era de locos.
Ese día, al menos, tenía algo más que hacer. Antes de desayunar se acercaría al cajero. Había tratado de consultar sus cuentas en Internet, pero la página web de su banco no funcionaba. Quería comprobar que le hubieran devuelto el importe de una compra online. Nada demasiado costoso. Pero a Aurora le gustaba tener en orden sus finanzas. Con ello en mente, salió de casa y se metió en el coche.
En otro lugar de Madrid, en el barrio del Pilar, Benito había madrugado más que de costumbre por los mismos motivos. A esas horas solo pisaban las calles los trabajadores con mala suerte y los corredores vestidos de colores chillones con ropas ajustadas. A él le habría encantado quedarse en la cama un par de horas más, pero le esperaba un día duro. Por eso se levantó más temprano que nunca. Así había evitado el mal humor de su mujer y la pereza de los niños. No entendía cómo podía tener unos hijos tan perezosos.
Con el sueño pegado a los párpados y sin tomar siquiera un café, Benito había emprendido el camino hacia el cajero automático más próximo. Debía sacar novecientos euros de su cuenta personal y distribuirlos en tres cuentas diferentes: la de autónomos, la de ahorro y la de pagos. Al principio le pareció buena idea dejar su trabajo de siempre para dedicarse a su pasión, el tatuaje, pero los impuestos se lo estaban comiendo vivo.
El lunes no había hecho más que empezar y Benito ya se encontraba con las primeras dificultades. El maldito cajero le había devuelto la tarjeta tres veces. Además, contra toda probabilidad, se estaba formando cola tras él. Al menos dos personas resoplaban, con impaciencia, a su espalda. Aquello sí que era raro. Allí no solía aparecer nadie hasta las ocho y media por lo menos. Pero ahí estaban, una chica joven y un hombre mayor que él. Los dos tenían prisa, Benito también, así que volvió a meter la tarjeta en la ranura una vez más. El mensaje de la pantalla seguía siendo el mismo: «No podemos atenderle en este momento, diríjase al cajero más próximo».
—Oye —dijo el hombre—. ¿Te importa darte un poco de prisa?
Benito no contestó.
Raquel vivía en Argüelles y los domingos siempre dormía mal porque los estudiantes, como era ya de costumbre, acababan sus fiestas demasiado tarde. Así que los lunes, por lo general, estaba de un humor de perros. Y ese lunes en particular la cosa empeoraba. Eran ya las siete y veinte y había probado sacar dinero en tres cajeros de su entidad. Todos ellos se negaban a darle dinero, y lo necesitaba para comprar el abono transporte. Por algún motivo las máquinas expendedoras del metro no leían la banda magnética de su tarjeta desde hacía semanas. Se recriminó en silencio por no haber solicitado una nueva. De todos modos, era una chica práctica, así que cogió el móvil y buscó el cuarto cajero. La aplicación de Google le devolvió una dirección a un cuarto de hora caminando. Llegaría tarde a la oficina, seguro.
Apretó el paso por la calle de la Princesa, una arteria comercial que siempre se encontraba atascada. Le pareció que era demasiado temprano, de todas formas, para que hubiera tanto tráfico. Incluso había demasiada gente en las aceras. Todos parecían desorientados, como ella, aunque no se diera cuenta de esto último. En su cabeza la escena se parecía a una de esas historias posapocalípticas en las que el mundo ha terminado y los supervivientes se lanzan a las calles. Aunque, claro, no había explosiones ni saqueos. Lo que sí había eran grupos de personas arremolinadas en los cajeros automáticos.
Convencida de que la estrategia que siguió hasta ese momento no daría resultado, se decidió a parar un taxi. Le molestaba lo indecible pagar para ir al trabajo, pero si se lo tomaba como una especie de inicio lujoso de la semana, lo soportaría. Cualquier cosa antes que aguantar las miradas impertinentes de la encargada.
Raquel levantó la mano y la mantuvo en alto un buen rato. Hasta que uno de los pocos taxis libres que quedaban a aquella hora se detuvo junto a ella.
—Si me va a pagar con tarjeta, no la llevo, señora, que ya he tenido bronca hoy con dos porque el datáfono no funciona. ¡Y son las siete y media de la mañana!
Mario llevaba diez minutos discutiendo con el taxista, un muchacho joven, pero que ya se sabía todos los trucos del oficio. Estaba seguro de que no quería cobrarle con tarjeta porque pretendía evitar las comisiones bancarias. Pero Mario conocía sus derechos y sabía que podía exigir el pago con tarjeta, así que se mantenía en sus trece.
—Mire, caballero, le he dicho que el datáfono está estropeado. No me da señal. Si quiere se lo paso y lo comprueba usted mismo.
—Es que yo no tengo que comprobar nada —dijo Mario—. Yo lo que quiero es que me cobre, porque tengo una reunión a primera hora y necesito prepararla. Me he levantado antes, precisamente, para que no me pasara esto, así que hágame el favor y no me ponga las cosas difíciles, que solo estamos a lunes.
El taxista resopló, entre aburrido y desesperado.
—¿Qué se cree? ¿Que no le quiero cobrar la carrera? ¡Que yo vivo de esto, señor mío! Pero si el chisme no funciona, pues no funciona.
—Pues yo no tengo efectivo, así que usted verá lo que hacemos.
El chaval, joven o no, estaba a punto de perder los nervios.
—A usted lo que le pasa es que no me quiere pagar. Que ya los conozco yo a los de su clase. Mucho traje y mucho iPad, pero son todos unos jetas. Me hace usted el favor y me da su DNI para que le haga una foto, que le pienso denunciar.
—¿Que le dé mi qué? ¡En todo caso, será al revés!
—El número de licencia lo tiene usted ahí, lo apunta y cursa la denuncia que quiera, pero o me da el DNI o…
El chico no acabó la frase, se dio la vuelta y alzó el teléfono móvil. De repente, Mario se vio deslumbrado por un flash.
—Pues mire, reconocerle se le reconoce. Ahora se la paso a los compañeros para que no le recojan a usted en la vida. Y se baja del coche, pero ya. O le bajo yo, usted verá.
Cuando se quedó solo, el chico no cambió la luz roja del techo por una verde ni le dio la vuelta al cartel de ocupado. Todavía faltaban veinticinco minutos para las ocho de la mañana y ya se había encontrado al primer imbécil del día. Necesitaba un descanso, así que pulsó el botón de encendido de la radio del coche. A esas horas solo había programas con bromas que le daban vergüenza ajena, noticias y música. Esperaba que el conductor del turno de noche lo hubiera sintonizado en una emisora de rock.
Pero no, el altavoz solo emitía una estática más que desagradable.
—A la mierda —dijo y le dio un golpe al volante.
Ya que no iba a descansar ni a aislarse, se puso en marcha. No había rodado ni quinientos metros cuando se encontró atrapado en un embotellamiento como no recordaba. Lo que tenía su mérito estando en Madrid. Allí metido, sin posibilidad de ir hacia adelante o hacia atrás, se decidió a conectar la radio de nuevo.
La misma estática lo recibió, pero él ya la esperaba, así que no hubo reacción extrema. Pulsó los botones de emisoras preprogramadas. El primero le asaltó con una canción demasiado melosa, en el segundo gastaban una de aquellas bromas telefónicas sin sentido que solo se explicaban porque la gente, al final, tenía buena voluntad. A la tercera pulsación sintonizó una emisora de noticias, aunque en ese momento solo hablaban del tráfico. Como cada día a esa hora, había retenciones en el nudo sur, en los bulevares y en la M-30 y M-40. También en las carreteras que salían de la ciudad hacia los municipios del norte. Nada nuevo bajo el sol.
Hasta que una voz femenina que no solía participar en ese programa se disculpó por la interrupción. El taxista subió el volumen. No se consideraba un tipo morboso, pero si interrumpían el programa por una noticia debía de tratarse de algo importante. Además, el atasco no avanzaba y él empezaba a perder la paciencia. Le vendría bien distraerse.
Rosa salía de su trabajo de limpiadora en la oficina a pie de calle de una compañía de seguros. Llevaba puestos los cascos y la radio conectada, pero eso no le impedía ir mirando a todas partes como si un gato montés fuese a salir de detrás de cualquier esquina para lanzarse sobre ella. Era una mujer fibrosa y enérgica, con cara de pocos amigos. La mayoría de sus conocidos se burlaban de ella porque decían que su expresión siempre hosca daba miedo. Y aun así la habían atracado tres veces en los últimos dos meses.
Por eso se abrazaba al bolso como si este fuera un hijo enfermo. Mientras tanto, la emisora de música clásica que escuchaba cada mañana la tranquilizaba, al menos parcialmente, con el siempre socorrido Claro de luna de Debussy.
Avanzaba por la calle Preciados camino de Sol, donde tomaría la Línea 1 del metro hasta Pacífico. Lo hacía todos los días. Así veía los escaparates cuando la zona peatonal todavía no había sido invadida por los turistas. Pero ese lunes había demasiada gente. Rosa agarró el bolso con más fuerza y se lo pegó más al costado. Se clavaba las hebillas de adorno, pero le daba igual. No es que fuera hora para una manifestación. A los perroflautas esos no les gustaba madrugar. Si acaso trasnochar. Rosa los había visto muchas veces, borrachos perdidos, con sus pantalones bombachos de colores y sus perros famélicos.
Pero se fijó un poco más y se dio cuenta de que la mayoría de la gente se juntaba cerca de los cajeros y vestía de un modo que a ella le parecía normal. Trajes oscuros, faldas y vestidos decentes. Algo pasaba. Con el bolso tan cerca que parecía una segunda piel, Rosa se aproximó a uno de los grupos, para ver qué pasaba.
Para Jorge, lo que fuera que estuviera sucediendo era una bendición del cielo. Su costumbre era empezar a trabajar a eso de las once de la mañana, cuando los turistas salían de los hoteles y los empleados se tomaban sus veinte minutos para el café de la mañana. Los unos se distraían y los otros estaban más relajados, así que su trabajo de carterista resultaba mucho más sencillo. Pero aquel lunes era especial. Las calles estaban llenas desde bien temprano. Eran las ocho menos cuarto y una turba de personas enfadadas revoloteaba frente a las puertas de los bancos, que todavía tardarían tres cuartos de hora en abrir.
Jorge echó un vistazo a Rosa, que le pareció la víctima perfecta. Según su experiencia, las personas que se ponían la careta de duras eran las más frágiles. Pero se veía, por su gesto, que alguien había tenido la misma idea no hacía demasiado tiempo. No se preocupó. La calle estaba llena de gente cabreada. Muy cabreada. Y las emociones extremas los volvían descuidados. Así que Jorge dejó los brazos extendidos a lo largo del cuerpo y examinó a los transeúntes. En aquella «manada» de posibles víctimas lo más bonito era escoger a la gacela más lenta. Como hacían los leones en la sabana.
El escogido fue Óscar, un chico de pelo oscuro muy corto y vaqueros caros. No llevaba traje, sino una sudadera que se le arrugaba a la altura de la cintura. Eso evitaba la necesidad de deslizar la mano en su chaqueta o levantarle el faldón para alcanzar el bolsillo de atrás. No, el bulto de su cartera resultaba más que evidente.
Óscar se había acercado a aquella oficina de la antigua Caja Madrid, y no a otra, porque la estación del metro de Sol tenía conexión directa con su trabajo. Estaba enfadado, como todo el mundo a su alrededor. Algunas personas comenzaban a increpar a las puertas cerradas. Él no, todavía no, aunque no le faltaba mucho.
Intentaba respirar hondo para calmarse, pero era imposible. Estaba harto de los problemas con las tarjetas y los cajeros. Y aquella vez parecía todavía más grave. Si no, toda aquella gente no se habría reunido allí de manera espontánea.
Óscar estaba enfrascado en esos pensamientos, y de vez en cuando, echaba un vistazo al reloj. Las ocho menos cinco. Llegaba tarde, seguro. Se encogió de hombros y entonces lo notó. Un contacto demasiado sutil para ser involuntario. Se dio la vuelta y vio a Jorge. Llevaba su cartera en la mano.
—Hijo de…
El ladrón echó a correr y Óscar fue tras él. Los dos estaban en forma y los dos poseían fuertes motivaciones para ganar esa carrera.
Jorge esquivaba a la gente, que le increpaba a su paso. Óscar lo seguía de cerca, con un poco más de cuidado. Eso le hacía perder metros poco a poco, pero de manera inexorable. En pocos segundos se encontraron ante el gran caparazón de cristal que, tras la peatonalización, ocupaba buena parte de la plaza. Ambos la rodearon. Jorge por delante, Óscar por detrás. Estaba seguro de que el ladrón se metería por la calle Carretas, para tratar de confundirse entre la gente. Por allí bajaban a mares. Pero si corría más que él, lo alcanzaría a la altura de la Real Casa de Correos. El edificio de color rosa que todo el mundo confundía con el ayuntamiento.
Tenía razón. El hombrecillo enjuto que le birló la cartera había cruzado ya al otro lado y llegado a la parada del autobús, pero no siguió por Carretas. Quizá no estaba tan en buena forma, después de todo, y además la calle era cuesta arriba. Se metió por San Ricardo, detrás del kilómetro cero. Óscar corrió más que nunca en su vida y dobló la esquina solo para encontrar al ladrón petrificado al otro lado. Miraba hacia una de las esquinas del edificio. Allí había un cuerpo. Y tenía toda la pinta de estar muerto.
En ese momento sonaron ocho campanadas que a Jorge y a Óscar jamás se les borrarían de la mente.
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