Amenaza

Adrián Aragón · Capítulo 4 de 24

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Amenaza

Capítulo 4

 

 

El aeropuerto de Barajas no era, ni de lejos, tan grande como el de Heathrow, pero de todas formas parecía un hormiguero. El vuelo desde Londres solo le había tomado a Max tres horas, durante las cuales aprovechó para mentalizarse respecto a lo que se encontraría una vez aterrizase. Tenía presentes las palabras de Dylan, quien visitó Madrid hacía un tiempo y la había detestado. Según él, la ciudad era pequeña, sucia y ruidosa. Un lugar al que no deseaba volver en lo que le quedaba de vida.

El aeropuerto no le produjo a Max esa impresión. El avión aterrizó muy cerca de la terminal de llegadas, y el paseo hasta la zona de recogida de equipajes y control de pasaportes había sido muy corto.

Max no facturó ninguna maleta. Solía viajar ligero de equipaje precisamente para no tener que esperar junto a la cinta transportadora. De todos modos merodeó un rato por entre los demás pasajeros. Sus compañeros de viaje, en primera clase, no le habían dado ningún tipo de información. Se limitaron a sumergirse en las pantallas de sus ordenadores portátiles y dispositivos móviles.

Pero Max necesitaba tomarle el pulso a lo que en realidad pasaba en España. Con Nefilim siempre podía estar seguro de que algo se ocultaba tras la información aparentemente precisa que le daba. Tal y como él lo había entendido, trabajaría para el Gobierno español. Eso quería decir que tendría que vérselas con al menos dos o tres personas mucho más preocupadas por proteger sus propios intereses que los de su nación. Mentirían, le darían datos falsos y pretenderían que con eso alcanzase los resultados que ellos esperaban. Todo un reto. Por eso quería mezclarse con la gente, escucharla, conocer la situación de primera mano.

Le llamó la atención que hubiera tan pocas personas esperando sus maletas. Desde luego, las medidas económicas del Gobierno habían tenido su efecto sobre el turismo. En la zona de recogida Max solo encontró a una familia china y un grupo de turistas, estos sí, españoles, que esperaban con aire alicaído y rostros cenicientos. Se acercó a ellos. Su español estaba un poco oxidado, pero esperaba entender lo que tuvieran que decir, si es que decían algo.

Uno de ellos observó a Max con recelo. Cuando vio que se acercaba demasiado, tomó a su pareja de la mano y se alejaron en otra dirección. El resto no pareció reparar en él, pero tampoco le fue de ninguna ayuda. Lo poco que se decían tenía que ver con el cansancio y sus deseos de que las maletas salieran cuanto antes.

Al otro lado de la puerta de salida el panorama no mejoraba demasiado. Max imaginaba que, en un día corriente, un aeropuerto como aquel debía de bullir de gente. Tanto pasajeros como empleados. Pero las únicas personas que esperaban eran algunos mozos sin mucho que hacer, puesto que la mayor parte de los carritos de equipaje estaban en su sitio, y algunos hombres vestidos con trajes baratos que portaban carteles con nombres. En uno de ellos Max leyó el suyo.

El hombre que sujetaba lo que no era más que un pedazo de papel que ya empezaba a arrugarse transmitía una gran incomodidad. Cambiaba el peso del cuerpo de un pie a otro, de vez en cuando se rascaba un bigote espeso y muy rubio, y observaba a los pocos transeúntes como si todos le parecieran sospechosos de algo.

Max se le acercó con la mano extendida.

—Buenos días, soy Maximilian Cornell, creo que me está esperando — dijo en español con un acento más que comprensible.

El hombre se sorprendió, cosa que demostró levantando una ceja. Ese fue el único signo de que era un ser humano. Por lo demás, su rostro recuperó su expresión adusta y las palabras que dirigió a Max fueron pocas y medidas.

—Buenos días. Venga conmigo, por favor.

El hombre no le dio opción de caminar a su lado, así que Max se limitó a seguirlo y observarlo. No parecía un policía. Desde luego, la chaqueta no mostraba ningún bulto que pudiera corresponder a un arma oculta. Tampoco se movía con la autoridad de la que los agentes del orden solían hacer gala. De hecho, se trataba de un tipo más bien corriente, con aire aburrido. Como si nada de lo que pasaba a su alrededor le importase. Tenía todo el aspecto, pensó Max, de haber preferido estar en cualquier otra parte. Por ejemplo, de vacaciones.

—Suba en el vehículo, por favor. Puede ir detrás, pero como no está detenido, quizá prefiera viajar delante.

—Le agradezco el detalle —dijo Max mientras rodeaba el coche oficial por detrás. Se trataba de un coche blanco con las palabras Policía Municipal impresas en enormes letras azul marino. Algunas líneas amarillas decoraban el capó. A Max le extrañó muchísimo que no lo recogieran en un vehículo que llamara menos la atención. El hombre debió de notar algo en su rostro, porque no tardó en darle una explicación.

—Los oficiales son los únicos coches que la ciudadanía no asalta. Vaya usted a saber por qué o cuánto durará. Esto es una locura, aunque supongo que ahora le informarán.

Max admiró la perspicacia de un hombre que le había parecido absolutamente insulso. De hecho, le pareció un gran truco para usar en el futuro.

Salieron del aparcamiento del aeropuerto, pero el funcionario, porque Max dedujo que debía de tratarse de un funcionario, ignoró los carteles que indicaban el camino hacia el centro de la ciudad. Al contrario de lo que él esperaba, se dirigió al extrarradio. Max leyó los nombres de las poblaciones que dejaban atrás: Valdefuentes, La Moraleja, Alcobendas y San Sebastián de los Reyes quedaron a su espalda. Durante el trayecto, a la derecha, cruzaron una fábrica de cerveza y muchas otras empresas, algunas de automoción, parques empresariales y centros comerciales. Cuando Max ya creía que el viaje no terminaría nunca, el conductor tomó un pequeño camino asfaltado pero sin señalizar y se adentró en él. A los lados se extendían edificios a medio terminar. Max dedujo que se trataba de proyectos de oficinas que la burbuja inmobiliaria había detenido en el tiempo.

El vehículo se detuvo frente a uno de ellos. La fachada estaba recubierta de cristal y, aunque no se veía ninguna luz ni había vehículo alguno aparcado en la puerta, Max supo que allí era adonde se dirigían.

Efectivamente, su guía sacó una llave del bolsillo del pantalón y, una vez cerca de la entrada, abrió una puerta de metal.

—No se preocupe, también se abre desde dentro.

Por toda respuesta, Max asintió con un gesto.

El interior del edificio no resultaba mucho más acogedor que la propia puerta. Un recibidor desangelado de paredes sin revestimiento daba paso a varios corredores oscuros en los que se había filtrado el agua de lluvia. Quizá lo único bueno era que las múltiples corrientes de aire impedían que se formase el clásico olor a humedad de los sitios como aquel.

Los dos hombres se dirigieron hacia la caja de escalera. El funcionario activó entonces la linterna de su teléfono móvil e iluminó el tramo que descendía. Max se aventuró a seguirle, sin muchas esperanzas en lo que se avecinaba. Aquel tipo de secretismo de segunda fila nunca era señal de nada bueno.

Por fin en el piso de abajo, Max descubrió una ranura de luz que se filtraba por debajo de una de las puertas. Supuso que en realidad no se trataba de una imprudencia, puesto que no parecía probable que nadie se aventurase hasta allí. Aunque sentía cierta curiosidad por ver qué le esperaba al otro lado de la oscuridad, no hizo nada por apresurarse. Dejó que su guía se moviese a su ritmo.

El hombre ni siquiera llamó a la puerta antes de entrar.

Eso hizo que Max recibiera una primera impresión muy poco halagadora de las personas que lo habían invitado a realizar ese viaje. Tres hombres vestidos con trajes caros, que les sentaban tan mal como si hubieran sido baratos, se sobresaltaron al oír el chirrido de las bisagras. Uno de ellos medía como dos palmos más que los otros dos, el cuello de su camisa parecía flotar alrededor de un cuello muy delgado del que solo se veía la nuez de Adán. A Max le recordó a un gallo avejentado. Sus manos eran tan huesudas como las patas de una gallina, sarmentosas, secas como garras. Bien pensado, tenía todo el aspecto de un buitre en sus peores tiempos. El conductor del coche lo señaló y pronunció su nombre: Carlos Aranda.

—¿Es que nadie te ha enseñado a llamar a la puerta? —increpó.

El hombre no hizo el menor caso. Se limitó a señalar a los otros dos presentes. Dos representantes del Ministerio de Defensa. Uno de ellos se ocupaba en ajustar el largo de las mangas de su camisa. Apenas le dedicó una mirada. El tercero era un hombre corriente, incluso afable. Sonrió a Max en cuanto fue capaz de recomponer su primera expresión de sorpresa.

Por el momento, lo único que estaba claro era que ninguno de los tres deseaba ser descubierto por nadie ajeno a la operación. Si es que de verdad estaba en juego una operación de algún tipo.

—Buenas tardes, señores. Mi nombre es Maximilian Cornell.

—Yo soy la persona designada por el Gobierno español para llevar a cabo todas las conversaciones con usted.

Max inclinó la cabeza como gesto de reconocimiento. Habría preferido hablar con el hombre de la sonrisa en lugar de con el buitre, pero aquello no era algo que pudiese cambiar, así que se dispuso a sacarle el mejor partido.

—Muy bien, señor Aranda. Estoy a su disposición.

—Seguramente está al corriente de lo sucedido.

Max asintió.

—¿Y ha leído usted la prensa española?

Hizo la pregunta señalando la superficie de la mesa que ocupaba el centro de la habitación. Max ya había visto que estaba cubierta de periódicos.

—No he tenido la oportunidad.

Max se acercó a la zona más iluminada de la habitación y notó cómo el hombre que se estiraba la camisa daba un pequeño respingo. Parecía que su presencia lo ponía nervioso.

—Bueno —comenzó el buitre antes de que Max alcanzase el primer ejemplar de un noticiario de tirada nacional—, entonces no tendré que convencerle de que todo lo que dicen es falso. Puede confiar en mi palabra. Hasta la última letra de lo que se ha escrito en esos panfletos es absolutamente falsa.

Max conocía el recelo con el que los dirigentes de cualquier país del mundo se enfrentaban a la prensa. A ninguno de ellos les hacía gracia ni la libertad de expresión ni la imposibilidad de acallar las voces disidentes. Fuera en esa sala o en cualquier otro lugar, Max tendría mucho cuidado de asegurarse de leer las noticias.

—¿Por qué está tan seguro de eso, señor Aranda?

El hombre se llevó las manos a la espalda antes de contestar. Que la pregunta no lo molestara le hizo ganar algunos puntos en el ranking personal de Max.

—Porque ha sido nuestro propio Gobierno el que le ha suministrado la información a los medios. La prensa internacional ha caído en nuestra pequeña trampa y le ha dado mayor difusión al asunto, lo cual nos hace inmensamente felices porque nos beneficia.

Max no dijo nada. No podía, porque aquellos eran los clientes de la SCLI, a quienes él debía prestar un servicio que los dejase contentos. Pero, aunque callado, tenía que reconocer ante sí mismo que la actitud de aquel hombre le provocaba cierta vergüenza ajena. Se jactaba de haber manipulado a la prensa nacional y extranjera. Se jactaba de haber creado una serie de bulos que comprometían la buena reputación del país que sus superiores gobernaban. Una hazaña de Inteligencia, cuanto menos, cuestionable.

—Disculpe si no le estoy entendiendo correctamente, señor, pero hace mucho tiempo que no hablo español, así que quizá no le esté comprendiendo bien. Dice que las noticias sobre el corralito son falsas, ¿verdad? Pero ¿qué objetivo puede tener dinamitar la credibilidad internacional de su país?

—La credibilidad internacional de mi país está perfectamente a salvo, señor Cornell. Contarle esto es una delicadeza que tengo con usted porque prefiero que no pierda el tiempo investigando algo que no le conducirá a nada. Así que no se haga el listo conmigo. Limítese a no meter la nariz en las redacciones de los periódicos, porque esas cucarachas no tienen ni la menor idea de lo que está pasando.

Max comenzaba a arrepentirse de haber aceptado la misión. Le iba a tocar lidiar con un sujeto engreído y maleducado, que creía que le hacía un favor al mundo por el mero hecho de existir.

—¿Y qué es lo que tengo que investigar, según usted?

—No existe un corralito. En España no somos tan estúpidos como usted parece creer. Y permítame decirle, señor Cornell, que se gasta usted unos aires muy altaneros para dedicarse a lo que se dedica. Hasta donde yo sé, lo único que usted hace en la vida es acatar las órdenes de personas a las que no conoce para limpiar su mierda. Así que empiece a mostrarme un poco de respeto.

Max no se tomó siquiera la molestia de tratar de contener su absoluto desprecio.

—Yo ofrezco mi respeto a todas aquellas personas que demuestran merecerlo. Hasta el momento, Aranda, no has demostrado merecer más que una azotaina. Hasta donde tú sabes, tu Gobierno me ha contratado para limpiar su mierda y yo he aceptado. Dado que estás aquí, deduzco que tú eres quien tiene que darme la fregona, así que dime lo que necesito saber para que pueda largarme de aquí cuanto antes.

El hombre que se estiraba las mangas de la camisa levantó la cabeza como si alguien hubiera accionado un resorte. Echó un vistazo rápido a Aranda y luego volvió a clavar la mirada en Max, que no había apartado la suya de los ojos de su interlocutor. El buitre tragaba saliva con tanta ostentación que parecía que lo que bajaba por su garganta era un cadáver de rata. Por su parte, el hombre de la sonrisa afable parecía algo más serio, pero su rostro seguía pareciéndole a Max el más agradable de los tres.

—Señor, por favor, —Max se dirigió al de la sonrisa simpática— parece usted el menos desquiciado de los presentes; ¿podría darme la información que su Gobierno considera que debo recibir?

Este recuperó su sonrisa en un gesto que Max identificó como la clásica defensa de las personas demasiado frías y racionales. El disfraz de afabilidad era tan falso como una moneda de tres libras, pero le ganaba muchos más adeptos que su talante natural.

—Soy Israel Alonso. Lo que mi colega Aranda quiere decir es que el corralito, en realidad, es una tapadera. Una cortina de humo. El Gobierno no ha bloqueado ni una sola cuenta bancaria. Tal como explica la prensa, sería un movimiento absurdo y perjudicial. Sin embargo, señor Cornell, las cuentas sí están bloqueadas. Esa es la parte que todos los periódicos del mundo han recogido con absoluta precisión.

Max veía, por la dilatación de las pupilas de Alonso y su lenguaje corporal, que el hombre no se sentía en absoluto cómodo con la idea de dar aquella información. Así que sospechó que, bien no le contaría toda la verdad, bien lo haría de una manera sesgada. Fuera como fuese, Max debía escuchar con todos los sentidos alerta. Con toda probabilidad, lo que aquel hombre callara sería tan importante o más que lo que dijera.

—Entiendo —dijo Max para darle al otro pie a hablar por fin— que existe un motivo para dar pábulo a un engaño de estas dimensiones.

—Entiende usted bien, Cornell. Esta mañana en el Ministerio de Defensa hemos recibido un comunicado más bien desalentador. Aunque el comunicado ha sido mucho menos traumático que el descubrimiento, por parte de las entidades bancarias del país, de que no podían realizar ningún tipo de operación monetaria.

—¿Disculpe?

—Sí, los presidentes de cuatro de esas entidades se pusieron en contacto con el Ministerio de Economía durante la noche. Solo cuatro de ellos. Suponemos que Gregorio Sanmartín ya estaría muerto en ese momento. O al menos privado de libertad. Los cuatro nos comunicaron que sus empresas, y no estamos hablando de un taller mecánico, ya no estaban bajo el control de sus dueños. Por supuesto, mientras nos informaban pusieron a sus mejores informáticos a trabajar en el asunto. Hasta ahora sin resultados.

Max pensó inmediatamente en Mei. Quizá ella sí pudiera hacer algo al respecto. Pero en ese momento no se encontraba allí.

—Un grupo de trabajo formado por personas de absoluta confianza valoró el modo de minimizar los daños. Hacer público que uno o varios piratas informáticos habían secuestrado los sistemas de estas organizaciones habría sido un suicidio a todos los niveles. Por eso, para ganar tiempo, creamos la historia del corralito. Hasta este momento la tapadera ha funcionado a la perfección. La prensa internacional cubre el incidente tal y como cabía esperar.

Max interrumpió a Alonso. Había una cosa que no terminaba de captar.

—Pero si ya lo tienen todo cubierto, ¿cuál es mi papel aquí? Ahora es una cuestión de tiempo que sus expertos recuperen el control de los sistemas.

El buitre, el tal Aranda, retomó la palabra, para desesperación de Max. En cuanto al tercer hombre, cada vez se parecía más a la caricatura de un político incompetente.

—¿De verdad es este el tipo que hemos contratado? Porque por el momento no ha dado muestras de ser especialmente inteligente. A ver, Cornell —dijo dirigiéndose a Max—. Es evidente que hay un pequeño problema que hace que las cosas estén un poco más tensas.

Ahora le explicaría, por fin, qué tenía que ver la muerte del banquero en todo aquello.

—Por amor de Dios, Carlos, cállate de una vez. «Enviado Especial del Gobierno» no es un título nobiliario. Significa que alguien te ha nombrado a dedo para hacerle los recados. Así que deja que hablen los mayores, ¿de acuerdo?

Para sorpresa de Max, el hombre que se había expresado con aquella contundencia era, precisamente, el que no había dicho nada hasta ese momento. Por lo que llevaba conociendo de ese país, los españoles ocultaban mucho más de lo que se veía de ellos al primer vistazo. Optó por callarse de momento. Aranda no tomó la misma decisión.

—Mira quién se decide a abrir la boca, por fin —gritó el buitre. En la habitación apenas amueblada, su tono de voz creó una reverberación que se le coló a Max hasta el fondo del cerebro. Por un momento deseó que toda la trama que adivinaba detrás de lo poco que le habían contado fuese obra del buitre. Así podría darle lo que se merecía… de una manera u otra.

—Carlos, Martín. No creo que este sea el momento, el lugar o el público para que resolváis ahora vuestros problemas. Estamos aquí porque hay un asunto de Estado que resolver.

El tono de voz de Alonso, pausado, casi tranquilo, era el de un padre de familia numerosa acostumbrado a tener bajo control a sus hijos. Max se preguntó si el Congreso español funcionaría así también. Un montón de personas gritando y algunas tratando de poner orden. A él siempre le pareció que la política era una especie de plaga que se soportaba por obligación. Desconfiaba de las personas que elegían esa profesión porque consideraba que a ninguna de ellas la animaban los motivos correctos. Ningún político empezaba su carrera con ánimo de servir a su país, sino para enriquecerse de manera personal.

De hecho, él se había alistado en el Ejército británico y más tarde en el americano (podía hacerlo porque tenía ambas nacionalidades gracias a sus padres), precisamente para servir a su patria, para hacer del mundo un lugar mejor. Allí, gracias a las enseñanzas de Arcángel y a su propia experiencia, todo su idealismo respecto a las naciones y los Estados se vino abajo. Como mercenario a sueldo de la SCLI no siempre podía responder de la integridad de sus misiones. Pero, por lo menos, era sincero consigo mismo y con los demás. Todo el mundo sabía lo que podía esperarse de él.

En cuanto a los tres hombres que peleaban como colegiales abusones, Max estaba seguro de que no podía confiar en una sola de las palabras que habían salido o fueran a salir de sus bocas.

—Siempre es buen momento para hacer callar a un bocazas, Alonso. Eso lo aprendí de ti —dijo Martín.

Max simulaba estar concentrado en el estado de sus uñas. Prefería no desvelar lo divertido que le resultaba todo aquello. Divertido pero también frustrante. Si Alonso no lo resolvía enseguida se temía que saldría de allí con los mismos datos con los que había llegado; es decir, ninguno.

—En ese caso, mantén la tuya cerrada o cuando salgas de aquí no tendrás un despacho al que volver a emborracharte. En cuanto a ti, Carlos, ¿es necesario que te haga una advertencia similar o vas comprendiendo el concepto? Cornell ha venido a ayudarnos. Lo envían personas de la más estricta confianza del presidente. Vuestros egos de gallito y vuestras rencillas absurdas las dejáis para cuando yo no esté delante.

De nuevo, el tono de Alonso era tan sedoso y suave como un tejido lujoso. Y, sin embargo, envolvía un frío helado como el acero, e igualmente cortante. La sonrisa, que nunca había asomado a sus ojos, desapareció también de sus labios.

—Disculpe este espectáculo bochornoso, señor Cornell. Los españoles somos pasionales y en ocasiones eso nos lleva a perder los papeles en el momento más inoportuno. Supongo que la mitad de usted, que posee ascendencia norteamericana, comprenderá lo que quiero decir.

De hecho, Max entendió perfectamente a lo que Alonso se refería. Y poco tenía que ver con el temperamento español. Acababa de decirle a Max, de una manera tan sutil como amenazadora, que lo había investigado y que sabía quién era. Una vez más, y ya iban tres en un solo día, Max se veía sorprendido por una personalidad tan bien oculta bajo un disfraz de aparente simpleza. Se dijo que Alonso sería la primera persona a la que investigaría durante el curso de su misión. Aunque solo fuera por el placer personal de devolverle el golpe cuando tuviera la oportunidad.

—Le entiendo, señor Alonso. Yo podría decir lo mismo de la familia de mi padre. No hay nada por lo que disculparse.

Alonso asintió.

—Sigo con el relato de lo ocurrido, entonces. Los hackers de los que le hemos hablado, Cornell, los piratas informáticos que han secuestrado todos los sistemas de la banca española, también se han hecho responsables de un crimen igualmente odioso. Creo que le han informado de la muerte de Gregorio Sanmartín. Él es… era el quinto CEO y el único que no contactó con nosotros anoche. Eso nos llevó a sospechar, al principio, que estaba involucrado en el ataque informático. Pero su cadáver apareció esta mañana tras el reloj de la Puerta del Sol.

—Sí, lo sabía. Es una auténtica desgracia.

A Max le pareció ver que Alonso había captado el sarcasmo, apenas perceptible, implícito en su comentario.

—El grupo de quien le hablamos se autodenomina Gerión. Amenaza con presentar los cadáveres de los otros cuatro empresarios. Uno al día, cada día, a las veinticuatro horas; si el Gobierno no cumple con sus exigencias.

Por fin Max empezaba a comprender por qué su presencia era necesaria en España en ese momento. Una cosa era un delito informático. Otra el asesinato sistematizado de las personas que, en realidad, dirigían la vida económica. Si un corralito ficticio había sumido al país en el caos, los asesinatos lo conducirían, sin duda, a la declaración del estado de sitio. Una situación que no podría sostenerse. El Gobierno no podría pagar al Ejército, el Ejército terminaría sublevándose, habría intervención internacional… No, lo mirase por donde lo mirase, la mejor manera de terminar con lo que fuera que estaba pasando era en silencio. Siendo tan discretos como permitieran las circunstancias.

—Hablamos por tanto de cuatro secuestros con amenaza de asesinato. Y los secuestradores exigen algo con lo que el Gobierno no puede cumplir.

—Entiéndalo, Cornell —dijo Alonso—. Aunque nos pidieran una nimiedad, no podríamos dársela. Ningún Gobierno puede permitirse negociar con terroristas, pero el español, menos que ninguno. No sé si sabe algo de nuestra historia, pero el terrorismo ha sido una parte importante de ella hasta hace, literalmente, dos días. La aparición de un nuevo problema de estas características sería llover sobre mojado. Todos los Gobiernos que negociaron con ETA pagaron caro el atrevimiento. Pero es que, en este caso, la amenaza es incluso más grave.

Max no deseaba que Alonso le explicara las conclusiones a las que él mismo había llegado, de modo que lo interrumpió.

—Comprendo las implicaciones de algo así. El caos interno y el internacional. Sin embargo, sería de ayuda saber cuál es el rescate.

—No es demasiado. Solo piden trescientos millones de dólares en bitcoins. Hay fichas de jugadores de fútbol que casi alcanzan esa cifra.

Max asintió.

—Veo que comprende la gravedad del asunto.

—Así es —dijo Max.

—¿Y cree que podrá sernos de ayuda? —preguntó Alonso.

—Haré todo lo posible por encontrar a esas cuatro personas.

—Entonces ya hemos terminado aquí. Felipe le acompañará a recoger su vehículo. No podemos llevarle al centro en un coche patrulla. Espero que nuestra elección sea de su agrado. Por supuesto, no podrá sacar dinero de ningún cajero automático. Estos… —Sacó una tarjeta de visita del bolsillo interior de su carísima americana—… son los datos de una persona que le proporcionará tanto efectivo como necesite. Los precios de todo han subido muy por encima de su valor real. No será fácil saber lo que va a hacerle falta, así que no tema pedir una cantidad alta la primera vez. Unos cien mil euros deberían bastar para empezar. Procure no encontrarse con su contacto demasiado a menudo. Necesitamos que esta operación se mantenga en el más absoluto secreto.

Max solo asintió con un golpe de cabeza. Por primera vez tenía la sensación de haber visto al verdadero Alonso. Un hombre meticuloso, práctico y sin demasiados escrúpulos, con un pozo sin fondo de dinero, seguramente de oscura procedencia. Y lo estaba poniendo en manos de un mercenario en vez de paliar siquiera de manera parcial las necesidades de los ciudadanos para los que trabajaba.

Cuando salió de la habitación, Felipe lo esperaba con la linterna del móvil encendida. Por supuesto, no iba a llevarlo por el camino que emplearon para llegar allí. Si iba a darle un medio de transporte, tendría que ir a por él a algún otro lado. Fuera no había vehículo alguno.

Tal como Max sospechaba, volvieron tras sus pasos y llegaron hasta la escalera por la que bajaron, pero no subieron por ella. Al contrario, tomaron otro pasillo, perpendicular a aquel en el que estaban. Ninguna rendija de luz que escapara de una puerta dio a Max ninguna pista de cuál era su destino final. Hasta que, un poco más adelante, un poco de aire fresco delató que llegaban a una salida. O, al menos, a una habitación cercana a la salida. No podía haber anochecido tan pronto, pero seguía sin filtrarse ninguna luz.

Felipe, en silencio, se acercó a una puerta que no estaba cerrada con llave y la empujó. Antes de apagar la linterna del teléfono buscó un interruptor y lo pulsó. Una lámpara fluorescente parpadeó en el techo antes de encenderse por fin.

La colección de coches de aquel garaje impresionó a Max más que la extraña escena de la que venía y más que la ligereza de Alonso al disponer de un dinero que, con toda probabilidad, no era suyo. Allí había vehículos clásicos, modernos, de alta gama, utilitarios… Y motocicletas. Felipe se dirigió hacia la línea de aparcamiento donde se alineaban doce modelos diferentes. Señaló una llamativa Triumph Bonneville negra e hizo tintinear unas llaves.

—Me han dicho que le dé esta. Yo creo que llama demasiado la atención, pero qué sabré yo.

—La verdad es que yo también lo creo. ¿No puedo llevarme algo más discreto? Si conduzco eso en medio de una ciudad en el estado de histeria en el que seguramente estará Madrid…

—Ya le he dicho lo que hay.

Max se preguntó si daría a lo largo del día con un español que no se comportara como si su único objetivo en la vida fuera molestarlo.

—Pero si quiere, el armario de las llaves está ahí detrás. Yo me voy y no quiero saber nada.

—Gracias —dijo Max.

—Yo no he hecho nada ni he dicho nada. Se supone que es un superespía o algo así, ¿no? Pues el armario lo ha encontrado sin ayuda, que ya es mayorcito.

—Por supuesto.

Max dejó que Felipe se fuera para que ni siquiera pudiera ver que hacía caso de su consejo. Dejó las llaves de la Triumph en el hueco vacío y tomó un llavero con el símbolo de Honda. No escogería un coche, porque ya le habían advertido. Pero había visto una Honda Hornet perfecta para moverse por cualquier sitio.

La salida del garaje tenía forma de puerta en herradura, una idea árabe perfecta para mantener en secreto lugares como aquel. Todavía no era de noche, así que Max se puso el casco que le dejaron. No tan sorprendentemente, era de la talla perfecta. Alonso había sido muy meticuloso al investigarlo. De todas formas, dejaría eso para otro momento. Ahora lo que correspondía era ver cómo se portaba su nueva compañera de misión. Para empezar, el motor ronroneaba como un gatito.

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