Amenaza
Capítulo 6
El hombre sin nombre lo condujo por un laberinto de pasillos tan sórdidos como los de un hospital que se hubiera quedado anclado en los años cincuenta. El color gris azulado de las paredes y el gres jaspeado del suelo le daban a todo un aire de tristeza y dejadez. Y ello a pesar de que la limpieza era impecable. La impresión general de un recinto suspendido en un momento temporal en el que las cosas funcionaban más despacio y peor se debía a los muebles viejos, demasiado usados. Algo que cambió por completo cuando su guía abrió la puerta de la sala de trabajo a la que lo llevaba.
Cuando lo hizo, Max estuvo a punto de darse de bruces con otro hombre. Esta vez, un individuo delgado y fibroso, mucho más preparado para el trabajo de campo que cualquiera de las personas con las que Max se había topado hasta el momento. Al menos en apariencia.
—Voy por un café —dijo por toda explicación. Ni siquiera pareció haberse fijado en que era la primera vez que Max pasaba por allí. Una forma curiosa de trabajar.
—Claro. ¿Está Martínez? —preguntó el guía de Max.
El hombre alto encogió los hombros como si no conociera la respuesta, pero sus palabras contradijeron el gesto.
—¿Y cuándo no? Esa mujer no descansa nunca.
—Te veo luego, entonces. Ahora tengo que presentarle a nuestro invitado.
Solo en ese momento el hombre pareció reparar en Max, a quien saludó con un movimiento de cabeza.
—Hemos tenido suerte —dijo el hombre, dirigiéndose al propio Max esta vez. Aunque él pensó que, si de verdad la tal Martínez siempre estaba allí, no se trataba de suerte, sino de una cuestión de probabilidades.
Al otro lado de la puerta el panorama del edificio cambiaba por completo. Max atisbó algo por encima del hombro de con quien estuvo a punto de chocarse, pero la visión completa de la habitación lo tranquilizó. Sobre todo después de la impresión que se había llevado al recorrer los pasillos. Por lo visto, en aquel país se hacía verdadero el dicho de que absolutamente nada era lo que parecía.
Al menos diez puestos de trabajo equipados con ordenadores de última generación y doble monitor estaban ocupados por funcionarios del Departamento de Inteligencia. El ambiente transmitía eficiencia y rapidez. El orden resultaba sorprendente. Ni siquiera Mei era tan pulcra. La sala no permanecía en silencio. Los teclados sonaban al ritmo de las pulsaciones de quienes escribían en ellos; los clics de ratón imprimían un ritmo desquiciante a la cacofonía de voces quedas, pero audibles, que hablaban por teléfono con frases apenas esbozadas. Si había un equipo en el mundo que trabajase como un mecanismo perfectamente engrasado, era ese.
Su guía se acercó a una mesa más grande que las demás y que las encaraba a todas. La ocupaba una mujer de cabellera castaña, recogida en lo alto de la cabeza gracias a un bolígrafo transparente. No llevaba maquillaje y vestía de negro. Pantalones, camiseta de cuello redondo y una americana que le quedaba un poco grande. A juzgar por su apariencia general, incluidos los zapatos planos que se adivinaban por debajo de la mesa, la prioridad de la mujer era trabajar cómoda. A Max le causó buena impresión de inmediato. Y también lamentó el incidente con la amazona, que lo dejó más desaliñado de lo que le habría gustado.
—Martínez, este es el inglés.
—Sí, un momento —dijo la mujer sin levantar la vista. Max estaba seguro de que, de todos modos, lo había visto a la perfección. Pero esperó a que terminara de redactar lo que fuera que estuviese escribiendo.
—¿No le has dicho que podía dejar el casco afuera? —preguntó la mujer cuando por fin se dignó a prestarles atención—. Deje eso en cualquier sitio. Hay algunas sillas libres.
Martínez posó por fin la mirada en Max y pareció que eso le ayudaba a recordar las normas básicas de educación. Le tendió la mano mientras hablaba.
—Disculpe que sea tan seca. En este momento hay un grupo terrorista que nos lleva ventaja. Me llamo Ana Martínez y soy la encargada de ponerle al día sobre la misión. También estoy al mando de este grupo. Como verá, nuestra función es recabar información y analizarla. Luego la transmitimos a la autoridad competente. Ellos deciden qué hacer. Aunque de momento no han decidido gran cosa…, excepto llamarle. De verdad que espero que sea de ayuda.
Max asintió mientras estrechaba la mano de Ana. No le sorprendió encontrarse un apretón firme y corto.
—Yo también lo espero.
—Una cosa antes de empezar a trabajar.
—No hace falta que me explique que todo esto es confidencial. Mi trabajo siempre lo es.
Martínez inclinó la cabeza y succionó la cara interior de sus mejillas, un gesto que a Max le pareció que reflejaba impaciencia.
—No esperaba menos. Pero no iba a decir nada de eso. Aquí no nos gusta perder el tiempo, así que no nos interrumpimos cuando hablamos. Nos cuesta pero lo hemos conseguido. Seguro que usted tiene menos problemas que nosotros, dada su ascendencia británica.
—Claro, discúlpeme.
—Quería pedirle que nos tuteásemos. Aquí nos conocemos desde hace años. Nos gusta trabajar en un ambiente eficaz pero distendido.
Max se cuestionó muchísimo la veracidad de esa afirmación. En lo que llevaban de conversación, Ana Martínez se había mostrado tan distendida como un cable de alta tensión. De todos modos, accedió a su petición. Él tampoco era amigo de formalidades.
—Claro, empecemos cuanto antes. Llámame Max.
—Muy bien. Acércate a mi escritorio, por favor. Te pondré al día.
Ana se movió con agilidad. Antes de sentarse en su sitio movió una de las dos sillas confidente que se enfrentaban a la suya y la colocó a su lado. Evidentemente, aquel sería el puesto de Max, al menos en ese momento.
—Os dejo entonces —se despidió el hombre del traje azul, que se había mantenido en un discreto segundo plano.
Ana no le contestó. En cambio se dirigió a Max, que acababa de sentarse junto a ella. La mujer parecía estar poseída por algún espíritu adicto al trabajo. No dejaba de comprobar diferentes datos en la pantalla de su ordenador. Abría y cerraba ventanas emergentes y borraba notificaciones sin que su discurso se alterase lo más mínimo.
—Se está celebrando un evento de carácter exclusivo al que solamente asisten personalidades del mundo de la economía y de la política. Es en el Hotel Wellington. Los cinco desaparecidos fueron vistos antes de ayer allí por última vez a las ocho y treinta de la tarde. Todos ellos entraron en un salón privado. Al parecer por su propia voluntad. O, al menos, no ha llegado a nosotros noticia alguna de que sufrieran amenazas de ningún tipo. Ahora vamos a ver las grabaciones de la cámara de seguridad del hotel. Las he repasado un millón de veces, pero no hay nada que nos dé ni una sola pista. Los hombres entran en la habitación y no vuelven a salir.
Martínez hizo clic en un par de iconos de la pantalla de su ordenador, al fin limpia de obstáculos, y Max pudo ver la grabación de la que le había estado hablando.
Efectivamente, cinco hombres aparecían ante la cámara. Todos ellos de perfil, primero, y de espaldas, después. No los conocía, pero la imagen era lo bastante nítida como para que el CNI los hubiera identificado. Durante los pocos segundos que sus rostros quedaban expuestos, ninguno de ellos mostraba signos de preocupación, al contrario. De hecho, el tercero en aparecer llevaba un vaso de bebida en la mano e incluso le daba un sorbo antes de ofrecer a la cámara la espalda de su chaqueta. Nada en ninguno de los cinco hacía presagiar que la reunión no fuese absolutamente voluntaria.
Cuando el quinto cruzó el umbral de la sala privada de reuniones la puerta se cerró a su espalda. El reloj de la grabación marcaba las 20:33. A partir de ese momento la pantalla no mostraba más que la propia puerta, con su manilla de metal, la moqueta y una mesa auxiliar con un jarrón de diseño, sin flores. Un plano fijo que se mantenía inmóvil hasta el momento en que la policía entraba en la sala para encontrarla vacía. Max preguntó por qué los agentes habían irrumpido allí si se suponía que se estaba celebrando alguna especie de cumbre privada.
—El secretario personal de Raúl Fonseca, el bebedor, no lograba localizarlo. Al parecer, Fonseca sufría de cierta paranoia y había establecido un sistema de comunicación periódica. Cada cierto tiempo se ponía en contacto con el secretario. Cuando esa noche no lo hizo, el hombre llamó a la policía.
—Y la policía acudió…
Ana se encogió de hombros.
—Se trata del dueño de una de las mayores fortunas del país. Claro que los agentes acudieron.
Max asintió. Aunque aquello le gustara menos que a nadie, ese tipo de excepciones a los protocolos de búsqueda se daban en todas partes. Estrellas de cine, políticos, banqueros, personas adineradas… Todos ellos recibían un trato de favor en casi todas las circunstancias.
—¿Puedo volver a ver la grabación?
Le pareció que Ana reprimía algún tipo de gesto, pero no podía asegurar a qué emoción correspondía. Por un lado la mujer era transparente como un vaso, y por otro, tan opaca como una cortina de humo. De todos modos volvió a pulsar el icono de reproducción en la pantalla y Max obtuvo lo que quería.
La primera vez le había parecido que algo cambiaba en la imagen después de que se cerraba la puerta. Como en la pantalla todo permanecía constante, excepto los cinco hombres, durante el segundo visionado Max se centró en observar los elementos fijos. Efectivamente, había una variación importante.
—¿Te importa dejarme el ratón? Quiero comprobar una cosa.
Max pasó las imágenes frame a frame. Así dio con el momento exacto en que se producía el cambio. Era a las 21:53.
—Aquí —dijo. Y señaló la sombra que el jarrón proyectaba sobre la pared.
—Sí, lo hemos visto —contestó Ana complacida—. Me alegra saber que sí trabajo con un profesional. Disculpa la pequeña prueba.
Max mantuvo un gesto serio, afectando ofensa. Pero por dentro sentía ganas de reír. Aquella mujer era más que digna de formar parte de su equipo. Lástima que los cuatro se apañasen estupendamente solos.
—Supongo que a partir de ahora confiarás en mí.
—No más de lo razonable —contestó Ana.
Max decidió centrarse en el caso. Estaba claro que si quería ganarse a aquella agente, y que la cooperación entre ambos fuese realmente fluida, debía hacerlo a través de sus habilidades laborales.
—Bien, las imágenes de la cámara han sido alteradas. Eso lo sabemos porque durante la primera hora y media de grabación la sombra de las cosas se proyecta hacia abajo, y a partir de las nueve y cincuenta y tres, cambia.
—Correcto. Y supongo que tu siguiente pregunta es si sabemos quién las ha manipulado o quién ha tenido acceso a ellas.
—Así es.
—El Wellington es un hotel. Tiene un departamento de seguridad competente, pero no son el Ejército ni la Policía. Prácticamente, cualquiera que pasara por allí pudo hacerlo.
—¿Cualquiera?
—En fin, ya me entiendes. —Martínez volvió a encogerse de hombros —. Cualquiera con la autoridad suficiente.
Max asintió. El mismo problema que con la justicia. El dinero y la fama abrían muchas más puertas de las que sería prudente. Así que cualquiera de los asistentes a ese evento podría haberse pasado por el centro de control del hotel. La lista de sospechosos ni siquiera era una lista, sino una multitud.
—¿Y cuál es el plan?
Ana se cruzó de brazos.
—¿Mi plan?
—Mira, vamos a ser sinceros, porque es la única forma en la que podremos resolver esto. Desde que he entrado aquí has hecho que vaya comiendo las migas de pan que me ibas dejando. No hay problema. No conozco el terreno, tienes experiencia, diriges un equipo de veinte profesionales y sabes lo que estás haciendo. Pero deja de probarme. Por lo que sé de ti, no solo tienes un plan, sabes exactamente qué papel juego en él, y me extrañaría que no hubieras sido tú quien ha solicitado refuerzos. Un agente de campo con formación técnica, pero que no huela a policía. De ser posible extranjero, para levantar todavía menos sospechas. ¿Estoy en lo cierto?
Martínez apoyó los codos en la mesa y entrelazó los dedos.
—Puede que terminemos entendiéndonos, Cornell.
—Estoy seguro —repuso Max.
—Esta noche vamos al Wellington. Tu papel es el de expolítico inglés. Sabemos que has trabajado bajo el nombre de Blake Wheeler.
Max alzó una ceja. Eso no se lo esperaba.
—Es nuestro trabajo saberlo.
—Por supuesto —dijo Max. Le gustaba trabajar con alguien que dominara el terreno tanto como él.
—Bien, Blake Wheeler tiene una trayectoria, una familia y un contexto. Las personas a las que vas a ver esta noche cuentan con sus propios departamentos de información. Así que te investigarán. Wheeler sirvió bien como fachada en París, y volverá a hacerlo. Solo hemos tenido que añadir algunos datos de sus actividades, desde entonces, a Internet. No te costará aprenderlos. Están en tu correo electrónico.
—Perfecto.
—Tu hotel es menos lujoso, pero tiene baño privado y encontrarás todo lo necesario para interpretar tu papel.
—¿Baño privado?
—Date una ducha, te hace falta.
Y con aquella frase, Ana Martínez desvió toda su atención, una vez más, hacia la pantalla de su ordenador. Max no tuvo más remedio que admitir que la mujer lo había impresionado. Y no era un hombre fácil de impresionar.
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