Amenaza

Adrián Aragón · Capítulo 14 de 24

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Amenaza

Capítulo 14

 

La impresionante moto con la que Ana Martínez lo había perseguido hasta casi darle alcance, y que ahora le prestaba, no era otra que una Yamaha FRJ 1300A. Un ejemplar sólido y rápido.

Además de una cazadora reforzada que se le ajustaba a la perfección, Ana lo sorprendió con un casco tan negro como la propia motocicleta. Max pensó que a Dylan le habría encantado.

—No es el mío —dijo Ana—, pero tiene las mismas funciones. Póntelo un momento.

Max se colocó el casco y no pudo por menos que sorprenderse. Una cámara en la parte trasera proyectaba una visión de 360 grados sobre el visor. Además, el casco le daba coordenadas GPS.

—La única cuestión es que el ordenador tiene que quedarse aquí. Yo te enviaré los datos.

Max se quitó el casco. Confiaba en Ana, pero jamás se había puesto en las manos de una mujer que no fuera Mei. La agente Martínez era eficiente, seria. Ambos compartían una visión similar del mundo. Pero se trataba de encontrar a su compañera, a una de las pocas personas por las que Max sentía un aprecio real. No estaba en absoluto seguro de lo que le proponía.

—Puedo conectar el portátil al GPS, pero perderás la sincronización cuando te alejes demasiado. Estos cacharros funcionan muy bien, pero no son perfectos. En realidad lo único que hace falta es que alguien, yo, esté cerca de la fuente de datos para asegurarse de volver a sincronizarla si se diluye la señal.

Max seguía dudando. Sabía que no tenía tiempo para ello, pero no era un hombre que confiara con facilidad.

—De todas formas, no puedes conducir mi Yamaha y llevar el portátil contigo. No tienes un asiento de copiloto para dejarlo ahí y echarle un vistazo.

—¿Sabes que tengo dos buenos amigos que no dudarían en venir a pedirte explicaciones si me pasara algo?

Por primera vez en toda la noche, la agente Martínez rio con ganas.

—Me asusta mucho más lo que podría hacer la organización que nos puso en contacto contigo, Cornell. No hace falta que me amenaces.

—Lo sé —dijo Max. Y era cierto. Por mucho que su costumbre de mantenerse alejado de todo el mundo le obligase a dudar, lo cierto es que la agente se había ganado su respeto y su confianza. Al menos, una gran parte de ella.

—Entonces déjate de tonterías y súbete en esa moto. Más te vale tratarla bien. La quiero mucho más que a la mayor parte de personas que conozco. —Ana lo miró de manera significativa, pero Max prefirió obviar el gesto.

—Hay una cosa más —dijo Max—. ¿Qué pasa con los controles?

—No pasa nada. Yo avisaré de que…

La agente se interrumpió antes de terminar la frase.

—Exacto —continuó Max—. Solo hay dos opciones. Que la policía haya permitido pasar a los secuestradores o que hayan tomado rutas alternativas.

Ana echó un vistazo al mapa. Tenía el ordenador consigo. El punto luminoso que indicaba la posición de Mei había trazado una trayectoria poco halagüeña. De hecho, había pasado sin detenerse por tres controles policiales. Aquello no tenía buena pinta en absoluto.

—Tienes razón, Cornell. Mis compañeros han dejado pasar a los secuestradores. —Ana había empalidecido—. Te enviaré rutas alternativas. Y puede que necesites refuerzos.

En esa ocasión le tocó a Max permanecer en silencio. No quería ofenderla, pero si una parte de la Policía de Madrid estaba implicada, ¿cómo fiarse del resto?

—No podemos permitirnos llamar la atención, Ana. La mujer a la que se han llevado es una de las pocas personas que me importan. No quiero arriesgarme a perderla. Y…, bueno, hay muchas posibilidades de que Mei se salve sola. No estoy tan seguro de lo que haría si se encuentra de buenas a primeras con un montón de desconocidos.

Ana sonrió.

—Pues ve por ella y tráeme la moto intacta. O tendrás que preocuparte de lo que yo pueda hacerte a ti.

Max arrancó y un rugido tan potente como el de un gran felino que reclamase su territorio atronó la calle, iluminada todavía por la luz de las farolas. No tardaría en amanecer.

—Estoy a tu merced, Martínez.

Y sin una palabra más, Max dio la vuelta a la Yamaha y cruzó la calle. El camino más directo hacia la zona en la que se movía Mei era Alcalá arriba, pero las arterias principales de la ciudad eran las más vigiladas, así que tomó la calle Castelló, una vía comercial llena de pequeñas tiendas cuyos escaparates estaban llenos de pintadas reclamando el dinero de los ciudadanos. Los cajeros automáticos que dejaba a la espalda presentaban un aspecto aún peor. Muchos de ellos tenían las pantallas rotas.

El visor del casco le indicó que debía girar a la izquierda e incorporarse a una calle más ancha. No le gustaba la decisión, pero no tenía más remedio que hacer caso a las indicaciones. Procuraba no acelerar demasiado. Lo último que necesitaba era un accidente.

Las tiendas habían sido sustituidas por edificios de oficinas que albergaban restaurantes de comida rápida en los bajos. Un paisaje desolador. Árboles raquíticos flanqueaban los lados de la carretera. No había muchos vehículos aparcados. Y los que quedaban habían sido víctimas de diversos actos de vandalismo. Por el rabillo del ojo vio un BMW sin ruedas. Madrid parecía un escenario apocalíptico.

Siguió la siguiente instrucción de la pantalla del GPS integrado y giró a la derecha. Le pareció que algo se movía a su espalda y todas sus alertas se activaron. No había visto ni se había cruzado con ningún otro vehículo. No aceleró. Si lo estaban siguiendo, quería saber quién era y por qué. Tampoco redujo la velocidad. No quería alertarlos. Continuó su camino, aunque se desvió ligeramente de la ruta trazada por Martínez.

Dobló una esquina y volvió a ver la sombra que distinguió en el retrovisor. Se trataba de un camión de cierta envergadura. ¿Quién seguía a una moto con un camión? Max no tenía la respuesta exacta, por supuesto. No sabía quién conducía el vehículo, pero se hacía una idea del objetivo que perseguía. Con toda probabilidad, querían quitárselo de en medio, secuestrarlo igual que a Mei. Valoró la posibilidad de dejarse atrapar para ver adónde lo conducía todo aquello. Enseguida la rechazó. No iba a jugarse el pellejo de Mei en una apuesta sobre la que no tenía el más mínimo control.

Aceleró, la Yamaha rugió. Parecía encantada de que le pidieran más velocidad. Sin duda, Martínez tenía buen gusto a la hora de escoger sus medios de transporte. Aquella era una máquina estupenda. Además, Max sabía lo que era capaz de hacer. Así que no tuvo ningún problema en forzarla. La propia Ana lo había hecho hacía menos de veinticuatro horas.

El camión trató de seguirle el ritmo. La cámara del casco se lo mostraba a Max a la perfección. Ahora que él les mostró que los había descubierto, los pasajeros del camión ya no disimulaban cuál era su objetivo. Max sonrió para sí mismo y aceleró una vez más.

Las calles que se abrían a los lados de la avenida por la que conducía eran más estrechas, pero el camión podría seguirlo por cualquiera de ellas. De todos modos, tomó la primera y se adentró en lo que parecía un vecindario común. Sin comercios, sin oficinas. Solo portales residenciales. El escenario presentaba el mismo aspecto desolado, pero Max no le prestó atención. A la velocidad a la que conducía, tenía bastante con mantenerse en pie cuando doblaba una esquina.

Detrás, las ruedas del camión chirriaban dolorosamente. El conductor tenía problemas para seguirlo, pero se trataba de una persona hábil. No se había chocado con ninguna pared ni con ninguno de los restos de vehículos aparcados. Al menos todavía no.

En los edificios por los que pasaban se comenzaban a encender algunas luces. Con o sin corralito, una persecución a aquellas horas no era habitual.

Max se dio de bruces con una calle cerrada. La señal de tráfico lo indicaba perfectamente. No dudó en tomar esa dirección. Si tenía suerte, el camión lo seguiría. La cámara posterior del casco le mostró que disponía del espacio y el tiempo justos para realizar una única maniobra. No había probado los frenos de la Yamaha, así que realizaría un acto de fe ciega.

Aceleró. Casi no sentía los nudillos por el frío de la mañana, pero de todos modos lo hizo. Como había previsto, el camión lo siguió. Eso quería decir que no perseguían un secuestro. Si hubieran querido llevárselo se habrían quedado a la entrada de la calle en la que él mismo se encerró. Pero no, lo que buscaban era aplastarlo. Bien, estaban a punto de comprobar si serían capaces o no.

Max frenó en el último momento, cuando el portal que cerraba la calle estaba a punto de engullirlo. Los neumáticos de la moto se quejaron y el chirrido sonó como si alguien estuviera desollando vivo a algún animal. Con un esfuerzo titánico, giró la moto y la hizo pasar por el exiguo hueco que había quedado entre la pared del edificio y uno de los muchos vehículos destrozados que salpicaban la ciudad. Sintió cómo la carrocería levantada rayaba la impecable pintura negra de la moto.

Los frenos del camión no reaccionaron igual que los de la Yamaha. El estruendo del choque contra la puerta de metal y cristal sonó en toda la calle y varias manzanas más allá. Max no se quedó a averiguar si el conductor estaba vivo. Devolvió la moto al medio de la calle y partió con un rugido. Para entonces había muchas más ventanas iluminadas que a oscuras.

El resto del trayecto no presentó la menor dificultad. Max se limitó a seguir las indicaciones del GPS. Cogió la M-30, la primera carretera de circunvalación de la ciudad, en dirección norte, por una salida en la que no había control. Al parecer la policía no temía lo que sucediese en las afueras. El grueso de sus efectivos estaba disperso por el centro de la ciudad.

Una vez en la autovía, Max se relajó lo suficiente como para disfrutar de la velocidad. Así, con las primeras luces del amanecer iluminando la ciudad, Madrid no parecía un lugar tan inhóspito. Quizá cuando encontrara a Mei y resolviera el asunto del dinero podría disfrutarla. Solo quizá.

Las instrucciones de Ana lo conducían a la misma zona de la periferia que había visitado el día anterior. Dejó el edificio del CNI a la izquierda y continuó varios kilómetros. Le costaba creer que la carretera siguiera vacía. Sin embargo, así era.

El GPS le indicó que tomase la siguiente salida y Max obedeció. Luego tomó una carretera secundaria que parecía perderse camino a la sierra. No era la misma por la que lo había llevado el funcionario que lo recogiera en el aeropuerto. Aunque el entorno parecía intercambiable: despoblado, apartado… Solo unas pocas naves industriales salpicaban la zona de vez en cuando.

Notó que su teléfono móvil vibraba en el bolsillo interior de la cazadora y se detuvo a un lado de la carretera. Abrió y cerró las manos varias veces para recuperar la circulación y el calor. No había sido buena idea moverse sin guantes. La cazadora era perfecta, pero el resto de su atuendo dejaba mucho que desear. Al menos, pensó Max, no le estorbaría si tenía que meterse en alguna de aquellas naves, que era precisamente lo que parecía que iba a pasar.

—Soy Martínez. Mei está a tu derecha. Imagino que habrá algún edificio.

—Una nave industrial. No tiene buena pinta.

—¿Tú estás bien?

—De momento, sí.

—Puedo mandarte refuerzos.

—Deja que eche un vistazo. No quiero alertar a nadie. La que está ahí dentro es…

Martínez colgó sin decir una palabra más y Max se guardó el teléfono en los pantalones. Camufló la moto tras unos arbustos que en realidad no tapaban gran cosa, y dejó el casco y la cazadora en el asiento. No iba a necesitarlos para lo que estaba a punto de hacer.

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