Amenaza

Adrián Aragón · Capítulo 20 de 24

Páginas del PDF

Amenaza

Capítulo 20

 

 

Ana se reunió con los tres en el salón. La caballerosidad inglesa de Dylan le había llevado a limpiar el cubo de vómito. Max, por su parte, preparó un café muy cargado. Ana caminaba con soltura, pero no dejaba de llevarse la mano a la cabeza. Echó un vistazo a la taza humeante que la esperaba sobre la mesa. La televisión estaba puesta, pero con el volumen muy bajo.

—Espero que este no tenga sal. Me he lavado los dientes, pero la boca me sabe a infierno.

—Es café. Sin azúcar.

—Gracias.

Martínez se sentó. Todavía tenía el pelo húmedo y el rostro más pálido de lo que a Max le parecía saludable, pero ya casi era la misma mujer que había conocido hacía menos de dos días. Cuando se dio cuenta del poco tiempo que llevaba en Madrid y de las muchas cosas que habían sucedido le costó creer que fuera posible.

—Bien —comenzó Mei—. Te han suspendido por ayudarnos después de que te autorizaran a traernos.

Ana dio un sorbo al café y arrugó el entrecejo. Desde luego, estaba muy cargado. Lo dejó en la mesa con delicadeza antes de contestar.

—Me han suspendido porque…

No terminó la frase. Se quedó con la mirada fija en el televisor y se precipitó hacia delante para coger el mando y subir el volumen. Las noticias hablaban del rescate de los tres banqueros. Habían aparecido fotografías de archivo de los tres y ahora se mostraban imágenes en directo. Al parecer, iban a salir del hospital en donde los sometieron a una revisión que descartara cualquier tipo de daño. Un portavoz común daba las gracias a las fuerzas y los cuerpos de seguridad del Estado y garantizaba que todo volvería a la normalidad en pocos días.

—No tiene sentido —dijo Max—. Si Gerión es un grupo terrorista real, seguirán ahí fuera. Nosotros solo hemos detenido a una parte.

—Ahora hablan de ello, Max —dijo Ana pidiendo silencio.

«Seis terroristas, al parecer los únicos integrantes del grupo armado Gerión, han sido detenidos durante la operación de rescate —dijo la voz de la periodista—. Los seis retenían a sus víctimas en una nave industrial a las afueras de Madrid. En este momento se encuentran detenidos y pronto pasarán a disposición judicial».

Mientras la mujer hablaba, la pantalla mostraba las imágenes en blanco de seis hombres mal encarados. Ninguna de ellas se correspondía con los rostros de los secuestradores que habían sedado y llevado hasta el CNI.

—Apaga eso, Ana. Y dinos qué está pasando.

—¿Cómo que qué está pasando? La Policía limpia su imagen, se pone las medallas de rigor y fin del asunto.

—Ella no los ha visto, Max —intervino Mei.

—¿A quién no he visto? —preguntó Ana.

—Esos no son los hombres a los que nos hemos enfrentado. Ni siquiera se les parecen, si quieres que te diga la verdad.

Ana se llevó las dos manos a la cabeza y se peinó el pelo hacia atrás con los dedos.

—No me lo puedo creer —murmuró—. Entonces todas mis sospechas eran ciertas.

—Más vale que nos las cuentes, Ana.

Ella asintió. Tal y como estaban las cosas, tampoco podían empeorar demasiado.

—Hace semanas que hay movimientos extraños en las oficinas — comenzó—. No sabría decirte qué me llamó la atención para empezar, pero había demasiadas visitas. Altos cargos que se pasaban por allí de manera demasiado casual. Tendría que haberme mantenido al margen, pero no está en mi naturaleza alejarme de los problemas. Así que le puse vigilancia a Aranda.

—¿Felipe? —preguntó Max.

—No solo él. Coloqué algunas escuchas extraoficiales en su despacho. Las personas que se saben invulnerables no suelen ser muy prudentes, y yo sabía que hacía tiempo que Aranda no hacía un barrido de frecuencias. Así supe que se preparaba un golpe de carácter económico. Cuando los cajeros amanecieron vacíos el lunes… Bueno, es una deducción sencilla. Pero no estaba segura. O más bien, no quería estarlo, así que puse a trabajar a los míos. Lo hicimos todo según el protocolo. Tus nos has visto trabajar, Max. Quizá no nos desenvolvamos con la misma soltura que vosotros en campo abierto, pero somos muy buenos en lo nuestro. Uno de mis chicos encontró algo sospechoso en el código de las cinco entidades bancarias.

—No habían sido hackeadas —intervino Mei.

—Eso es. Fui yo quien os pasó las páginas impresas. En cuanto mi agente me dio la información, supe que no podría descubrir a los implicados desde dentro. Para que una operación de ese calibre funcione, tiene que haber gente implicada en todas partes. No podía fiarme de mis superiores ni de mis compañeros. Así que pedí que trajeran a alguien de fuera.

—Sí —concedió Max—. Eso ya me lo habías contado.

—Cuando apareció el segundo cuerpo, el de Armando Palacios, le pedí al mismo agente que volviese a revisar los sistemas. Tendría que habéroslo dicho, pero ya me había arriesgado demasiado al aparecer con Max en el evento del Wellington. La idea inicial era dejarte solo y…, bueno, ya sabes, que hicieras tu trabajo. Pero no soy capaz de apartarme de un buen caso. No lo he sido nunca. Así que fui contigo. Para entonces yo ya sabía que Mei estaba en España, y confiaba en que ella detectase lo que mi agente me había revelado: que los sistemas de los bancos de Sanmartín y de Palacios, los dos muertos, fueron los últimos en bloquearse.

—No tuve tiempo. Los hombres de Gerión aparecieron de repente y tomé la decisión de dejarme secuestrar. Supuse que averiguaría más si iba con ellos que si me quedaba en el hotel.

Ana asintió con un gesto y continuó hablando.

—Mi sospecha es que los tres banqueros a los que habéis rescatado mandaron asesinar a los otros dos. Quizá porque se negaron a colaborar en el fraude. Cuesta creer que exista un empresario honrado, pero no se me ocurre otra solución.

—Tiene sentido —dijo Dylan—. Y te han suspendido por reventar su operación.

—Los secuestradores debían de ser miembros del equipo de los banqueros. No he visto a nadie tan chapucero en toda mi vida, os lo aseguro.

—¿Y por qué te mantuvieron ahí? —preguntó Dylan. No tiene sentido.

—Ellos no saben quién soy ni a qué me dedico. Supongo que pensaron que era inofensiva. Desde luego, yo me esforcé mucho para que lo creyeran.

—La cuestión —dijo Max— es que no podemos probar nada de esto. Las páginas de código han desaparecido.

—En realidad no —intervino Mei—. Están en mi portátil.

—Tu portátil está en el CNI. Aranda lo confiscó. Imposible recuperarlo —negó Ana.

—¿Felipe?

Ana se rio con amargura.

—Es un buen tío. Me ayuda todo lo que puede, pero tiene una mujer y tres hijos. No va a arriesgarse más de lo que ya lo ha hecho.

—Nos ha traído hasta aquí —apuntó Max.

—Ya os lo he dicho, es buena gente. Pero si os digo la verdad, tampoco sé hasta qué punto se implicaría. Creo que ya ha llegado a su límite.

—Y nosotros también —dijo Mei—. Personalmente, necesito descansar. Una ducha tampoco me vendría mal. Y voy a abusar de tu hospitalidad y a pedirte otra camiseta. El estampado de vino no es mi favorito. Lo mejor es que nos quedemos aquí. Lo más probable es que nos busquen en el hotel en el que estábamos o en otros. Si no han seguido a Felipe, aquí estamos seguros… O al menos, ilocalizables. Mañana pensaremos en algo.

—Hay habitaciones de sobra, claro que sí. Quedaos. No sé qué podemos hacer, o si podemos hacer algo. La gente a la que habéis detenido se habrá ido de rositas. Y esos tres impresentables no tienen nada que temer. Tienen el dinero, tienen el poder. Lo que me fastidia ni siquiera es que me hayan suspendido, sino que podrán volver a intentarlo. Sus bancos absorberán a los otros dos. No hay nadie capaz de manejar las entidades ahora mismo. España se va a ir a la mierda.

—Seguro que no —dijo Mei mientras desaparecía escaleras arriba—. Seguro que no.

—Yo voy a acostarme también. Ha sido un día duro —dijo Dylan.

—Hay una habitación al otro lado del pasillo —dijo Ana a modo de despedida.

—Jefe —susurró Mei a través del comunicador que ninguno de los dos había desactivado—, quédate con ella y tranquilízala. Nos hace falta con la cabeza despejada.

A Max le habría gustado contestarle, pero prefirió no revelar a Ana la existencia del comunicador. En cuanto tomó esa decisión supo que jamás estaría preparado para mantener una relación personal sana. Su incapacidad para confiar siempre se interponía. Siempre.

Ana se recostó en el sofá. No parecía que tuviera ninguna intención de acostarse.

—Todo me da vueltas.

—Se te pasará. Solo necesitas dormir —dijo él.

—Lo sé. No es mi primera borrachera y te puedo adelantar que no será la última.

Max no contestó. Sabía lo que Mei había querido decir hacía un momento, pero no estaba dispuesto a empezar algo que no pudiera terminar. Ana no se lo merecía, así que se levantó del sofá.

—Estoy casada —dijo ella—. Seguro que no te lo imaginabas.

De repente, el que Ana viviera en un chalet tenía sentido.

—Mi marido se largó con la niña hace un par de meses. Habría tratado de arreglarlo, pero la verdad es que soy una esposa muy mala, y una madre peor todavía. Están mejor sin mí.

—¿Por qué me cuentas esto?

—Desconecto este chisme, Max —dijo Mei desde la ducha—. Por mí no te preocupes.

—Porque te has levantado del sofá como si se te hubiera activado un resorte. No necesitas escaparte de mí, ¿sabes?

—No escapo —mintió Max—. O no exactamente.

—Da igual. Estoy borracha y vulnerable y tú eres un auténtico caballero inglés. Así que voy a levantarme del sofá, voy a acercarme a ti, te voy a besar y tú vas a declinar mi oferta con absoluta amabilidad. Mañana continuaremos hablando como si no hubiera pasado nada.

Tal como lo dijo, Ana se levantó. El pelo, que había peinado hacia atrás con los dedos, se desplazó hacia delante, enmarcándole la cara. A Max no le pareció atractiva, sino bella. Había algo en la agente Martínez que estaba más allá de su capacidad de resistencia. Ana caminó con pasos lentos pero firmes en dirección a Max. Apenas metro y medio los separaban, aunque a él le pareció que tardaba una eternidad en recorrerlo. Sin embargo, no hizo nada para acortar esa distancia. Se limitó a esperar. Deseaba que ella cumpliera su palabra con la misma intensidad con la que esperaba que no lo hiciera. Él era mucho más alto, pero ella le tomó el rostro con las dos manos y se puso de puntillas. Max no opuso tanta resistencia como le habría gustado. De hecho, no opuso ninguna resistencia. Todas sus ideas peregrinas acerca de la confianza y las relaciones desaparecieron de un plumazo. Aquello no tenía nada que ver con traumas pasados ni con nada que no fuera una atracción física inapelable. Y ni siquiera se debía a la confesión de Ana. Que estuviera casada, que no buscara un compromiso… Eso le daba igual. Su cerebro había dejado de importar. Se inclinó hacia su boca y, al contrario de lo que Ana predijo, le abrió los labios con la lengua en un beso largo y profundo. Se exploraron con avidez mientras sus latidos se desbocaban y sus respiraciones se alteraban, como si todavía fuesen adolescentes. Sin separar sus labios de los de ella, la levantó del suelo y dejó que rodeara su cintura con las piernas. Hacía años que no sentía esa urgencia. Pensó en llevarla a su cuarto, pero el sofá tendría que servir. Ni siquiera se ocupó de cerrar la puerta.

OceanofPDF.com