Amos de Títeres

Robert A. Heinlein · Capítulo 24 de 35

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Amos de Títeres

Capítulo 24

Naturalmente que no habíamos visto ningún noticiario durante nuestra luna de miel, pues nos dedicamos exclusivamente a ser felices, mientras la guerra casi se perdía. Mi suposición de que los titanes podían fijarse sobre cualquier parte del cuerpo humano y seguir dominando a sus huéspedes había sido acertada. Fue demostrado de modo experimental antes incluso de que Mary y yo saliéramos hacia las montañas; lo que ocurre es que no tuve conocimiento del informe. El Patrón debía de estar al corriente; por lo menos lo estaban el Presidente y los demás peces gordos.

Así es como el decreto Baño de Sol reemplazó al de Espaldas Desnudas, y todos aceptaron dócilmente el traje de Adán.

Al menos eso es lo que debería haber ocurrido.

El asunto seguía siendo «secretísimo» cuando tuvo lugar el motín de Scranton. No sé la razón; nuestro gobierno ha adquirido el hábito de considerar secreto todo lo que los omniscientes políticos y burócratas creen que no somos aún lo bastante mayores para saber. Una trasnochada forma de paternalismo. El motín de Scranton era más que suficiente para convencer a todo el mundo de que las babosas andaban sueltas en la zona verde, pero no bastó para implantar el decreto Baño de Sol.

La falsa alarma antiaérea de la costa oriental tuvo lugar, según mis cálculos, el tercer día de nuestra luna de miel; después se tardó algún tiempo en comprender lo que había pasado, aunque era evidente que la iluminación no podía fallar por accidente en tantos refugios a la vez. Me horroriza pensar en ello...; todas aquellas gentes acurrucadas en las tinieblas, esperando el fin de la alarma, mientras los traidores se movían

entre ellos, colocándoles babosas. En algunos refugios, el reclutamiento fue del cien por cien.

Ello provocó más algaradas en los días siguientes, y nos hallamos completamente inmersos en el período del terror. Técnicamente, el principio de la actuación de los vigilantes tuvo lugar la primera vez que un ciudadano desesperado, Maurice T. Kaufman, de Albany, descargó su pistola contra un policía, el sargento MalcoLm McDonald. Kaufman caía muerto medio segundo después, y McDonald no tardaba en seguirle, despedazado por la multitud juntamente con su amo titán. Pero, en realidad, los vigilantes no empezaron a actuar hasta que los jefes de manzana organizaron de algún modo el movimiento.

Estos jefes de manzana, por el hecho de hallarse en su puesto, por encima del nivel del suelo, durante las falsas alarmas aéreas, habían escapado, en su mayoría, a la encerrona; pero sentían su responsabilidad en juego. No es que todos los vigilantes fuesen jefes de manzana, pero si se veía a un hombre robusto, desnudo pero armado hasta los dientes, paseando por la calle, era probable que llevase un brazal de jefe u otro que ostentase las letras VIG. Tanto en un caso como en otro, se podía tener por seguro que dispararía inmediatamente contra cualquier bulto sospechoso en un cuerpo humano; primero disparaba, y después investigaba.

Mientras me curaban las manos me pusieron al corriente de los últimos acontecimientos. El doctor me administró una pequeña dosis de píldoras extratemporales, y pasé ese tiempo —subjetivo, unos tres días; objetivo, menos de una hora— estudiando los mapas y los registros estereoscópicos a través de un proyector acelerado. Este artefacto nunca se ha ofrecido al público, aunque se usa clandestinamente en algunas universidades en época de exámenes. Se ajusta su velocidad al tiempo subjetivo, y un transformador sónico permite hacer las palabras audibles. Fatiga mucho los ojos, pero es una gran ayuda.

Costaba creer que hubiesen ocurrido tantas cosas. Los perros, por ejemplo. Un vigilante que viese a uno de ellos lo mataba inmediatamente, aunque no llevase una babosa, porque era casi seguro que llevaría una antes de la mañana siguiente, que atacaría a un hombre y que el titán cambiaría de montura en la oscuridad.

¡Qué mundo tan perro aquel, en que no se podía confiar en los perros!

Al parecer, los gatos no eran casi nunca utilizados; el pobre Pirata constituyó una excepción. Pero en la zona verde raramente se veían ahora perros durante el día. Se escabullían de la zona roja por la noche.

Recorrían grandes distancias en la oscuridad y se ocultaban al amanecer. A veces se les veía por la costa. Era algo que recordaba las viejas leyendas sobre los licántropos.

Examiné docenas de mensajes que nos habían llegado de la zona roja.

Podían dividirse en tres grupos, según el tiempo: los pertenecientes al período de la mascarada, cuando las babosas continuaban efectuando emisiones «normales»; un breve período de contrapropaganda durante el cual habían tratado de convencer a los ciudadanos de la zona verde de que el gobierno se había vuelto loco, y el período actual, en que se había prescindido de todos los disimulos.

Según el doctor McIlvaine, los titanes no poseen una cultura propia; incluso en eso son parasitarios, limitándose a adoptar la cultura que encuentran. Tal vez llega demasiado lejos en su hipótesis, pero eso es lo que hicieron en la zona roja. Las babosas se veían obligadas a mantener la actividad económica básica de sus víctimas, puesto que se hubieran muerto de hambre lo mismo que sus víctimas. Continuaron aquella economía con variaciones nada agradables —por ejemplo, alimentar con enfermos y jubilados las fábricas de abono—; pero en general los granjeros siguieron siendo granjeros, los mecánicos, mecánicos, y los banqueros, banqueros.

Esto último parece una estupidez, pero los expertos arguyen que una economía basada en la división del trabajo requiere una contabilidad.

Pero ¿por qué continuaron las diversiones? ¿Es universal el deseo de divertirse? Lo que seleccionaron de las ideas humanas acerca de lo divertido, e incluso lo que «mejoraron», no habla muy bien de nosotros, aunque algunas de las variantes que introdujeron pueden tener su mérito, como aquella artimaña que idearon en la plaza de toros de México, por ejemplo, consistente en dar al toro las mismas posibilidades que al matador.

Sin embargo, la mayoría de esas «dimensiones» me dan náuseas, y no quiero insistir en ellas. Yo soy uno de los pocos que vio incluso transcripciones sobre esos horrores; claro que las vi profesionalmente.

Espero que Mary no tenga que ver tales cosas, pero ella nunca lo diría aunque las viese.

Una de las cosas que vi en las transcripciones era tan ultrajante, tan vergonzosa que casi no me atrevo a mencionarlo, aunque siento que debo hacerlo. Había algunos hombres y mujeres, muy pocos, entre los esclavos; seres humanos (si podía llamárseles así) sin babosas sobre ellos, es decir traidores, renegados...

Siento un profundo odio por las babosas, pero entre una babosa y uno de estos renegados, mataría antes al hombre.

Perdíamos terreno por todas partes; nuestros métodos sólo eran efectivos para detener su avance, y aun en esto no lo eran del todo. Para combatirlos directamente hubiéramos tenido que bombardear nuestras propias ciudades, sin tener siquiera la certeza de que matábamos a las larvas. Nos hacía falta un arma que matase a las larvas y respetase a los hombres, o algo que dejase a éstos inconscientes o sin fuerza, pero con vida, con lo que nos permitiría rescatarlos. Esta arma no existía, aunque los hombres de ciencia trabajaban activamente para resolver el problema. Un gas somnífero hubiera sido perfecto, pero podemos considerarnos afortunados de que no se conociese un gas de ese tipo antes de la invasión, o las babosas lo hubieran usado contra nosotros. Es preciso recordar que las babosas tenían a su disposición la mitad, o más, del potencial militar de Estados Unidos.

Iban a darnos jaque mate..., y además tenían el tiempo de su parte.

Había locos que pretendían lanzar la bomba de hidrógeno para borrar del mapa las ciudades del valle del Mississippi, lo cual era como curar un cáncer de lengua utilizando el expeditivo método de cortar la cabeza del paciente, pero estas descabelladas ideas no prosperaban debido a la oposición de aquellos que no habían visto nunca una babosa, por lo que no creían en ellas y decían que todo aquello era una tiránica invención de Washington. Esta segunda clase de personas cada día era menos abundante, no porque variasen de opinión, sino porque los vigilantes se daban buena maña en cazarlos.

Después había la mente acomodadiza, el hombre «razonable», que era partidario de negociar; creía que podríamos entendernos con los titanes.

Un comité formado por personas de esta opinión, que constituía una

delegación de la junta del partido de la oposición del Congreso, trató de imponer su punto de vista. Saltándose el Departamento de Estado, se pusieron en contacto con el gobernador de Missouri a través de un enlace establecido en la zona ámbar, y se les aseguró que serían conducidos con todas las garantías de seguridad y amparados en la inmunidad diplomática

—eran garantías de titanes, pero las aceptaron—. Fueron a San Luis... y ya no volvieron. Enviaron algunos mensajes; yo vi uno de ellos, una encendida arenga que terminaba con estas palabras: «¡Venid todos; el agua es excelente!»

¿Se sabe de alguna res que haya firmado un tratado con un matarife?

Norteamérica seguía siendo el único centro de infección conocido. La única decisión adoptada por las Naciones Unidas, además de poner a nuestra disposición las estaciones espaciales, fue trasladarse a Ginebra.

Tras una votación de la que se abstuvieron veintitrés países, se definió nuestro caso como «desorden civil», y se invitó a todos los países miembros a prestar la ayuda que creyesen conveniente a los legítimos gobiernos de Estados Unidos, México y Canadá.

Continuó siendo una guerra sorda y silenciosa, en que las batallas se perdían antes de que nosotros supiésemos que se habían entablado. Las armas corrientes resultaban de muy poca utilidad como no fuese para ejercer acciones de policía en la zona ámbar, que constituía ahora una doble tierra de nadie desde los bosques canadienses hasta los desiertos mexicanos. Durante el día estaba abandonada, recorriéndola únicamente nuestras patrullas. Por la noche se retiraban nuestros exploradores y la cruzaban los perros... y otras cosas.

Sólo se utilizó una bomba atómica durante toda la guerra, y fue contra un platillo volante que aterrizó cerca de San Francisco, al sur de Burlingame. Su destrucción estaba dentro de las normas de la guerra, pero esas normas estaban sujetas a críticas; hubiera sido mejor capturar a las larvas para efectuar un estudio de ellas. Sin embargo, mis simpatías estaban del lado de los que primero querían disparar y después estudiar.

Cuando la dosis de píldoras extratemporales fue dejando de producir sus efectos en mí, yo tenía una imagen de Estados Unidos que ni siquiera hubiera podido imaginar cuando me hallaba en Kansas City; un país bajo el reinado del terror. El amigo podía matar al amigo; la esposa denunciar al marido. El rumor de la presencia de un titán reunía de inmediato a una

multitud donde fuese, dispuesta al linchamiento. Llamar a una puerta por la noche equivalía a invitar a un disparo a través de ella. Las gentes honradas se quedaban en casa; de noche, los perros eran los únicos amos de la calle. El hecho de que la mayoría de rumores que corrían acerca del hallazgo de larvas fuesen totalmente faltos de fundamento, no los hacía por eso menos peligrosos. No era el exhibicionismo lo que obligaba a tantas personas a preferir el traje de Adán a las sumarias prendas que permitía el decreto Baño de Sol; incluso la más reducida pieza de vestir atraía una segunda mirada dubitativa, una sospecha que podía decidirse de una manera demasiado expeditiva. La armadura que cubría la cabeza y espalda fue arrinconada; las larvas la habían imitado y la utilizaron inmediatamente. Y hubo también el caso de una muchacha de Seattle que llevaba por todo vestido unas sandalias y un enorme bolso; un vigilante, que al parecer tenía el olfato muy fino para descubrir al enemigo, la siguió y advirtió que nunca soltaba el bolso de la mano derecha, ni siquiera cuando lo abría para pagar algo.

La joven sobrevivió porque él se contentó con seccionarle la mano a la altura del puño, y sin duda le proporcionarían otra; había miembros de repuesto más que suficientes. La larva aún vivía cuando el vigilante abrió el bolso, pero no lo estuvo por mucho tiempo.

La droga había cesado de actuar cuando vi la bobina relativa a ese incidente. Le hablé de ello a la enfermera.

—No se inquiete —me respondió—. No sirve de nada. Y ahora, doble los dedos de la mano derecha, haga el favor.

Obedecí, y ella ayudó al doctor a pulverizar piel sintética sobre mis manos.

—Utilice guantes para realizar cualquier trabajo manual —me recomendó el doctor—, y vuelva la semana que viene.

Le di las gracias y me dirigí a la oficina de operaciones. Había intentado ver a Mary, pero se hallaba muy ocupada en la sección de maquillaje.

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