Amos de Títeres
Capítulo 4
Caía el crepúsculo cuando desperté. Me asomé a la ventana y contemplé la animación de la calle. El río se alejaba como una ancha faja plateada que rozaba la base del Memorial. Gracias a la fluoresceína vertida más arriba de Washington, el río resaltaba en amplios meandros de un brillante color amarillo, rosado o verde.
Embarcaciones de placer cargadas de gente surcaban el agua multicolor.
Debían de estar llenas de parejas ocupadas en distraerse de un modo poco moral pero que sin duda juzgaban agradable.
En la orilla, entremezcladas con edificaciones más antiguas, aparecían cúpulas en forma de burbuja, que daban a la ciudad un aspecto mágico.
Hacia el este, donde cayó la bomba, no había viejas edificaciones, y toda aquella zona parecía una cesta de gigantescos huevos de Pascua, iluminados en su interior.
He contemplado la capital de noche innumerables veces. Sin embargo, nunca le he prestado demasiada atención. Tenía la impresión de decirle adiós esta noche. No era su belleza lo que me atenazaba la garganta, sino el saber que bajo aquellos globos de colores había personas vivas, diferentes unas de otras, entregadas a sus quehaceres, haciendo el amor o discutiendo, según el humor de cada cual; cada uno bajo su propio techo, sin tener miedo de nadie.
Imaginé a aquellos inofensivos seres, cada uno con su correspondiente babosa gris aferrada al cuello, moviendo sus brazos y piernas, haciéndoles decir lo que la babosa deseaba, y haciéndoles ir a donde la babosa quería ir.
Me hice una solemne promesa: si los parásitos ganaban, me mataría antes de permitir que uno de aquellos asquerosos bichos montase sobre mí.
Para un agente eso resulta muy fácil, basta con morderse una uña; y si las manos han sido arrancadas, hay otros medios. El Patrón había previsto todas las eventualidades.
Pero no había tomado esas disposiciones con esa intención, y yo lo sabía. Su misión, y la mía, consistía en velar por la seguridad de aquellas gentes, y no en tomar la tangente cuando las cosas se pusiesen feas.
Me aparté de la ventana. Ahora no podía hacer absolutamente nada; decidí que lo único que necesitaba era compañía. En la habitación había el acostumbrado catálogo de agencias de azafatas o de modelos que se encuentran en casi todos los hoteles importantes. Lo hojeé rápidamente, para cerrarlo de golpe. No quería una chica complaciente; quería a una en particular... Y no sabía dónde buscarla.
Llevo siempre encima un tubo de píldoras extratemporales, puesto que uno nunca sabe cuándo es conveniente dar una sacudida a nuestros reflejos, para librarnos de una situación difícil. A pesar de la propaganda adversa, estas píldoras no crean hábito, como ocurre con el hachís.
Sin embargo, un purista hubiera dicho que yo era un adicto, porque las tomaba de vez en cuando con el fin de que un permiso de veinticuatro horas me pareciese de una semana. Me agrada la suave euforia que producen las píldoras. En primer lugar, multiplican el tiempo subjetivo por un factor de diez o incluso más... Dividen el tiempo en pedacitos más pequeños, haciendo que se viva más en el mismo espacio de tiempo según el reloj y el calendario. Claro que no desconozco el horrible ejemplo del hombre que murió de vejez en un mes a consecuencia de haber tomado demasiadas píldoras, pero yo sólo las tomo de vez en cuando.
Aunque tal vez la actitud de ese hombre fuese acertada. Vivió una vida larga y feliz —pueden estar seguros de que fue feliz—, para morir por último lleno de felicidad. ¿Qué importa que el sol sólo se levantase treinta veces? ¿Quién se preocupa en calcular y bajo qué reglas?
Permanecí sentado, contemplando mi tubo de píldoras y pensando que había las suficientes para mantenerme durante lo que me parecía, por lo menos, un período de dos años. No tenía más que enterrarme en mi agujero, cerrando la puerta tras de mí.
Tomé dos píldoras en una mano y en la otra un vaso de agua. Sin embargo, terminé volviéndolas a meter en el tubo, cogiendo mi teléfono y mi pistola, saliendo del hotel y dirigiéndome a la Biblioteca del Congreso.
Por el camino me detuve en un bar y contemplé el telediario. No había noticias de Iowa, pero ¿acaso hay alguna vez noticias de Iowa?
—En la Biblioteca me dirigí al archivo, me puse las gafas especiales y empecé a buscar fichas. De «Platillos volantes» pasé a «Discos volantes», luego a «Proyecto platillo», después a «Luces en el cielo», «Bolas de fuego», «Teoría de la difusión cósmica para el origen de la vida», y a dos docenas de vías muertas y ramas secundarias de la literatura pseudocientífica. Me hubiera hecho falta un contador Geiger para eliminar lo carente de interés, especialmente si se tiene en cuenta que lo que yo buscaba poseía una clave semántica que lo localizaba entre las fábulas de Esopo y el mito de la Atlántida.
No obstante, al cabo de una hora ya tenía un puñado de fichas perforadas. Las entregué a la joven vestal que ejercía las funciones de bibliotecaria y esperé mientras ésta las introducía en el selector. Luego me dijo:
—La mayoría de las películas que usted me pide están en préstamo. Las restantes le serán entregadas en la sala 9-A.
En la sala 9-A sólo había una persona, que me miró y dijo:
—¡Vaya! El lobo en persona. ¿Cómo me has encontrado? Juraría que te había hecho perder la pista.
Yo dije:
—Hola, Mary.
—Hola —me respondió—, y ahora, adiós. No estoy para declaraciones, y además tengo trabajo.
Se me cayó el alma a los pies.
—Escucha, presumida criatura: aunque te pueda parecer extraño, no he venido aquí siguiendo tu bonita figura. Da la casualidad de que yo también he venido a trabajar. Cuando me traigan las películas que he encargado, me iré a otra sala... ¡Para hombres solos!
En lugar de mandarme al diablo, ella se aplacó inmediatamente.
—Te ruego que me disculpes, Sam. Tengo que oír lo mismo tantas veces... Siéntate.
—No, gracias —repuse—, me voy. La verdad es que quiero trabajar.
—Quédate —insistió—. Lee ese aviso. Si te llevas las películas de la sala a que están destinadas, no sólo causarás la rotura de una docena de lámparas del selector, sino que provocarás un ataque de nervios al bibliotecario jefe.
—Las devolveré cuando haya terminado.
Ella me asió del brazo y sentí un cálido hormigueo ascender por él.
—Por favor, Sam. Perdóname.
Me senté, tratando de sonreír.
—Nada sería capaz de decidirme a marcharme. No quiero perderte de vista hasta que sepa tu número de teléfono, tu dirección y el verdadero color de tu cabello.
—Tenorio —me dijo ella con suavidad—, ¡no sabrás nada en absoluto!
Aproximó ostensiblemente la cara a la máquina de lectura, haciendo ver que me ignoraba.
El tubo de entrega produjo un ruido sordo y mis películas cayeron en el cesto. Las coloqué sobre la mesa, al lado de la otra máquina. Una de ellas rodó hasta chocar con las que Mary había apilado, derribándolas. Recogí la que creía que era la mía y miré su extremo, en el que figuraba el número de serie y el dibujo punteado que descifra el selector. La volví del otro lado, leí la etiqueta y la coloqué en mi pila.
—¡Eh! —dijo Mary—. Esa película es mía.
—Que te crees tú eso.
—Lo es. Es la que iba a mirar ahora.
Más tarde o más temprano, tenía que comprender lo evidente. Mary no estaba allí para estudiar la historia del calzado. Tomé algunas de sus películas y leí las etiquetas.
—Ahora comprendo por qué no han podido servirme nada de lo que yo quería —dije—. Pero tu selección es incompleta.
Y le mostré las películas que yo había escogido.
Mary las examinó, y luego formó una sola pila con todas.
—¿Nos las partimos, o las miramos todas los dos?
—Partámoslas para arrancar los hierbajos, y luego examinaremos juntos lo interesante —decidí—. Démonos prisa.
Incluso después de haber visto el parásito sobre la espalda del pobre Barnes y de haberme asegurado el Patrón que un platillo volante había aterrizado de verdad, yo no me hallaba preparado para digerir el montón de pruebas que había encontrado en la biblioteca. ¡Al diablo Digby y su fórmula! Las pruebas eran inequívocas: la Tierra había sido visitada por naves procedentes del espacio no sólo una sino muchas veces. Aquellos informes eran muy anteriores a nuestros propios progresos en navegación interplanetaria; algunos se remontaban al siglo XVII e incluso antes, pero era imposible juzgar acerca de informaciones que databan de unos tiempos en que la ciencia se basaba únicamente en Aristóteles. Los primeros datos sistemáticos provenían de los años comprendidos entre 1940 y 1950; la siguiente oleada apareció en 1980. Advertí algo y empecé a tomar notas.
Los objetos extraños aparecían en el cielo siguiendo un ciclo aproximado de unos treinta años. Un análisis estadístico podría producir algún resultado.
Los platillos volantes estaban relacionados con misteriosas desapariciones; no sólo porque los documentos que se referían a ellos estaban clasificados en la misma serie que la serpiente de mar, la lluvia de sangre y otros raros fenómenos de la naturaleza, sino porque también, según noticias absolutamente serias y bien documentadas, pilotos de avión han perseguido a algunos de aquellos platillos para no regresar jamás, ni aterrizar ni aparecer por parte alguna, siendo considerados oficialmente como caídos en regiones salvajes y perdidos. Una explicación demasiado fácil.
Tuve otro presentimiento descabellado y traté de comprobar si existía también un ciclo de treinta años en esas desapariciones misteriosas y, de ser así, si concordaba con el ciclo de los objetos celestes. No podía estar seguro; demasiado acopio de datos y muy poca fluctuación: todos los años desaparecen infinidad de personas debido a diversas causas. Pero las informaciones vitales habían sido guardadas durante largo tiempo, y no todas se perdieron en los bombardeos. Las anoté para que los técnicos las analizasen.
Mary y yo apenas cambiamos dos palabras aquella noche. De vez en cuando nos levantábamos para desperezamos, y en una ocasión presté cambio a Mary para que pudiese pagar a la máquina los metros y metros de notas que había tomado. (¿Por qué no llevarán nunca cambio las mujeres?)
—Bien, ¿cuál es el veredicto? —pregunté.
—Me siento como un gorrión que ha construido su nido en un canalón.
—En ese caso, hagamos como él. Desdeñemos las lecciones de la experiencia y reconstruyamos nuestro nido en el mismo sitio.
—¡Oh, no!, Sam. Hay que hacer algo. Está muy claro; esta vez vienen a quedarse.
—Pudiera ser. Lo creo muy posible.
—Bien, ¿y qué haremos?
—Lo cierto es que no nos espera una vida divertida.
—No seas cínico. No tenemos tiempo.
—Es verdad. Vámonos.
Amanecía y la biblioteca estaba casi desierta. Dije:
—Te voy a decir lo que haremos: buscaremos un barril de cerveza, lo llevaremos a mi habitación del hotel, nos lo beberemos y volveremos a hablar de ello.
Ella meneó la cabeza.
—No en tu habitación.
—Oye, nena, se trata de un asunto serio.
—Iremos a mi apartamento. Sólo está a unos doscientos kilómetros; desayunaremos allí.
Recordé mi propósito de sacar el mayor partido a la vida.
—Es la mejor oferta que me han hecho en toda la noche. En serio... ¿Por qué no en el hotel? Nos ahorraríamos media hora de viaje.
—¿No quieres venir a mi apartamento? Te aseguro que no te morderé.
—Ojalá. Me sorprende que hayas cambiado de opinión.
—Tal vez quiera mostrarte los cepos para lobos que tengo en torno a mi cama. O demostrarte que sé cocinar.
Sonrió, y se le formaron unos hoyuelos encantadores.
Paré un aerotaxi y nos fuimos a su apartamento.
Cuando entramos ella registró cuidadosamente la vivienda, después volvió y dijo:
—Vuélvete. Quiero examinarte la espalda.
—¿Por qué?
—¡Vuélvete!
Cerré el pico. Me la golpeó minuciosamente con los nudillos, y luego dijo:
—Ahora examina la mía.
—¡Con mucho gusto!
Puedo asegurar que lo hice a conciencia, porque ya veía a donde quería ir a parar. Bajo sus ropas sólo había su encantador cuerpo y un mortífero armamento formado por modelos escogidos.
Se volvió y dejó escapar un suspiro.
—Por eso no quería ir a tu hotel. Ahora tengo la certidumbre de que estamos seguros por primera vez desde que vi aquella cosa sobre la espalda de Barnes. Este piso es estanco; cortó la llegada del aire y dejo todo herméticamente cerrado cada vez que me marcho.
—Muy bien, pero ¿y las tuberías del aire acondicionado?
—No está instalado ese sistema de acondicionamiento; en su lugar, empleo una de las botellas de reserva. Y ahora, ocupémonos de cosas serias. ¿Qué te gustaría comer?
—¿Sería posible un bistec poco hecho?
Lo era. Mientras comíamos, contemplamos el telediario. Seguían sin comunicar noticias de Iowa.
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