Amos de Títeres

Robert A. Heinlein · Capítulo 5 de 35

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Amos de Títeres

Capítulo 5

Después de la frugal colación, Mary se cerró por dentro en su dormitorio y yo no llegué a ver los cepos para cazar lobos. Tres horas más tarde me despertó y volvimos a desayunar. Encendimos sendos cigarrillos y puse la televisión para ver las noticias. Consistían en un reportaje sobre la elección de «Miss América». Ordinariamente lo hubiera seguido con interés, pero desde el momento en que ninguna de las muchachas era cargada de espaldas y además sus exiguos trajes no podían ocultar de ninguna manera una joroba sospechosa, aquello me pareció falto de todo interés.

—Y bien, ¿qué vamos a hacer? —dije.

—Tenemos que ordenar todo el material recopilado y conseguir que el Presidente meta la nariz en él —contestó Mary.

—¿Cómo?

Ella no respondió. Yo dije:

—Sólo tenemos un camino..., a través del Patrón. Hice la llamada usando nuestros dos códigos, para que Mary pudiese escuchar la conversación. De pronto oí:

—Aquí Oldfield, contestando por el Patrón.

—Quiero hablar con el Patrón en persona.

—¿El asunto es oficial o privado?

—Pues... digamos privado.

—En ese caso, no puedo ponerles con él. Y si se trata de algo oficial, yo puedo ocuparme de ello.

Corté antes de soltar alguna inconveniencia. Entonces utilicé un nuevo código. El Patrón dispone de un código especial que si se utiliza está garantizado para sacarle aunque sea de la tumba..., pero que Dios asista al que lo emplee sin necesidad.

Respondió con unas cuantas expresiones destempladas.

—Patrón —le dije—, se trata del asunto de Iowa.

Él permaneció callado durante un momento, y luego dijo:

—¿Qué ocurre?

—Mary y yo hemos pasado toda la noche recopilando datos en la Biblioteca del Congreso. Deseamos tener un cambio de impresiones con usted.

Volví a oír algunas expresiones incorrectas. Luego me dijo que entregase todos esos datos al departamento de Análisis, añadiendo que se proponía comerse mis orejas fritas en un bocadillo a la primera ocasión.

—¡Patrón! —le interpelé con aspereza.

—¿Qué?

—Si usted puede dejarlo cuando le place, también podemos hacerlo nosotros. Mary y yo presentamos la dimisión en este mismo instante. Es oficial.

Mary enarcó las cejas, pero no dijo nada. Hubo un largo silencio y después él dijo con voz cansada:

—Hotel Palmglade, Miami.

—Muy bien.

Llamé a un aerotaxi y subimos al tejado de la casa. Ordené al conductor que diese una gran vuelta sobre el océano, para no tener que pasar sobre Carolina, donde la velocidad está limitada. Hicimos el viaje con bastante rapidez.

En Miami encontramos al Patrón tumbado en la playa. Con aire gruñón, durante todo el tiempo que estuvo escuchando nuestro informe dejó escurrir arena por entre sus dedos. Yo había traído un dictáfono, así que pudo oír directamente el informe del aparato.

Levantó la vista cuando llegamos a lo de los ciclos de treinta años, pero no dijo nada hasta que escuchó lo que yo decía acerca de la existencia de

ciclos coincidentes de desapariciones; en ese momento llamó a la Sección:

—Póngame con Análisis. Oiga..., ¿Peter? Soy el Patrón. Quiero una curva sobre las desapariciones no explicadas, empezando en 1800. Elimina los factores conocidos y descuenta la proporción invariable. Lo que quiero es un registro de los altibajos. ¿Para cuándo? Para ayer, cretino. ¿A qué esperas?

Se puso trabajosamente en pie, permitiendo que yo le ofreciese su bastón, y gruñó:

—Bueno, hay que reemprender la tarea...

—¿Iremos a la Casa Blanca? —preguntó ansiosamente Mary.

—¿Qué? Estás loca. No habéis descubierto nada que pueda modificar las opiniones del Presidente.

—Entonces, ¿qué...?

—Lo ignoro. Si no tenéis nada inteligente que decir, os calláis.

El Patrón disponía de un autoavión, y yo me senté ante los mandos. Puse el piloto automático y dije:

—Patrón, tengo algo que podría convencer al Presidente.

Soltó un gruñido.

—Es lo siguiente —proseguí—. Enviar a dos agentes, otro y yo. El otro llevará una cámara de televisión y la mantendrá enfocada sobre mí. Usted hará que el Presidente contemple lo que suceda.

—Supongamos que no sucede nada...

—Ya me ocuparé yo de que suceda. Me dirigiré al lugar donde ha aterrizado la astronave, abriendo mi camino hasta ella. Obtendremos un primer plano de la nave auténtica, para que puedan contemplarla a sus anchas en la Casa Blanca. Luego iré al despacho de Barnes e investigaré todas aquellas jorobas; rasgaré las camisas delante mismo de la cámara.

No me andaré con cumplidos; rasgaré las ropas de arriba abajo.

—¿No comprendes que tienes las mismas posibilidades de éxito que un ratón en una asamblea de gatos?

—Yo no estaría tan seguro. Por lo que he podido ver hasta ahora, esos bichos no poseen dotes sobrehumanas. Apostaría a que su poder está limitado a lo que pueda hacer el ser humano que dominan. No me propongo ser un mártir. En cualquier caso, obtendré pruebas.

—Hum...

—Puede dar resultado —intervino Mary—. Yo seré el otro agente.

Puedo...

El Patrón y yo lanzamos un rotundo «no» al unísono, y yo me sonrojé, porque no tenía atribuciones para dar órdenes. Mary prosiguió:

—Iba a decir que mi presencia es muy lógica, debido al... talento que poseo para descubrir a los hombres que llevan un parásito.

—No —repitió el Patrón—. Allí todos están dominados por los parásitos mientras no se demuestre lo contrario. Además, te reservo para otra cosa.

Ella debiera haberse callado, pero no lo hizo.

—¿Por qué? Esta misión es importante. El Patrón dijo suavemente:

—También lo es la otra. Tengo el proyecto de convertirte en guardia personal del Presidente.

—Oh... —Después de meditar, repuso—: Pero, Patrón, no estoy segura de poder detectar a una mujer poseída por un parásito. Es que... no estoy equipada para ello.

—Pues apartaremos de él a sus secretarias. Además, tendrás que observarle a él también.

Ella pareció pensarlo.

—Pero suponga que descubro que ha llegado uno hasta él, a pesar de todo.

—Harías lo que hay que hacer, el Vicepresidente ocuparía la presidencia y tú terminarías fusilada por alta traición. Hablemos ahora de esta misión.

Enviaremos a Jarvis con la cámara, e incluiremos a Davidson como tercer hombre. Mientras Jarvis te enfoca, Davidson vigilará a Jarvis, y tú intentarás a su vez no perderlo de vista.

—¿Cree usted que eso dará resultado?

—No. Pero más vale un mal plan que ninguno en absoluto. Tal vez obtengamos algún resultado.

Mientras nos dirigíamos a Iowa —Jarvis, Davidson y yo—, el Patrón se marchó a Washington. Mary me llevó a un rincón poco antes de emprender el viaje, me agarró por las orejas, me dio un fuerte beso y me dijo:

—Sam..., vuelve pronto.

Sentí un hormigueo en todo el cuerpo y me pareció que tenía quince años.

Davidson descendió con el autoavión al otro lado del puente hundido.

Para guiarle, yo utilizaba un mapa en el cual estaba señalado el punto de aterrizaje de la auténtica nave del espacio. El puente nos proporcionaba un precioso punto de referencia. Salimos de la carretera a trescientos metros al este, y avanzamos campo a través.

Poco antes de llegar al lugar, nos encontramos con terreno calcinado y resolvimos seguir a pie. El emplazamiento indicado por la fotografía del satélite artificial se encontraba dentro de la zona quemada..., y no se distinguía el menor rastro de platillo volante. Hubiera hecho falta un detective mejor que yo para demostrar que allí había aterrizado uno de esos artefactos. El fuego había destruido todos los indicios.

Jarvis, sin embargo, captó la imagen de todo, pero yo sabía que las babosas nos habían ganado la partida. Al alejarnos nos tropezamos con un viejo campesino; por si las moscas, nos mantuvimos a una prudente distancia.

—Vaya incendio —observé, sin acercarme demasiado.

—Ciertamente —dijo él, con voz triste—. Mató a dos de mis mejores vacas, pobrecillas. ¿Son ustedes periodistas?

—Sí —le contesté—, pero nos han enviado a cazar patos.

Deseé que Mary hubiese estado con nosotros. Era posible que aquel hombre fuese cargado de espaldas de natural. Pero advirtiendo que el Patrón estuviese en lo cierto al referirse a la astronave —y tenía que estarlo

—, entonces aquel campesino, excesivamente inocente, tenía que estar enterado de todo y estaba disimulando. Consecuencia lógica era que debía de llevar una babosa a las espaldas.

No había más remedio. Las oportunidades de capturar un parásito y de mandar su imagen hasta la Casa Blanca eran mayores aquí que en medio de una multitud. Miré de soslayo a mis compañeros; estaban prevenidos, y Jarvis con la cámara lista.

Cuando el campesino se volvió le eché la zancadilla. Cayó al suelo y yo me abalancé sobre su espalda, para desgarrarle la camisa. Jarvis se adelantó para tomar un primer plano. El viejo tenía la espalda desnuda antes de que hubiese tenido tiempo de recuperar el aliento.

Y estaba desnuda...; sin parásito, sin la menor huella de una babosa.

Tampoco la tenía en ningún otro lugar de su cuerpo, como pude comprobar.

Le ayudé a levantarse, limpiándole el polvo; tenía sus ropas hechas una lástima a causa de las cenizas.

—No sabe cuánto lo siento —le dije.

El viejo temblaba de cólera.

—Son ustedes unos... —Fue incapaz de encontrar un calificativo lo bastante injurioso. Nos miró, con el mentón tembloroso—. Esto les costará caro. Si tuviese veinte años menos les daría su merecido.

—Créame, abuelo, ha sido una equivocación.

—¡Una equivocación! —Su rostro estaba descompuesto y creí que iba a llorar—. He estado en Omaha y a mi vuelta me encuentro la casa quemada, la mitad de mi ganado desaparecido y a mi yerno sin dar señales de vida.

Veo a unos forasteros en mis tierras, y cuando me acerco a ver qué hacen, se echan sobre mí y me destrozan la ropa... ¡Una equivocación! ¿Adónde vamos a parar, señor? Pensé que podía responder a esto último, pero no lo intenté. Quise ofrecerle dinero para indemnizarle por el atropello, pero él me arrojó los billetes a la cara. Nos alejamos con el rabo entre las piernas.

De nuevo en el coche, Davidson me dijo:

—¿Estás seguro de lo que te traes entre manos?

—Yo puedo equivocarme —respondí salvajemente—, pero ¿acaso el Patrón se ha equivocado alguna vez?

—Pues..., no. ¿Adónde vamos ahora?

—A la emisora central WDES. Esta vez no nos equivocaremos.

Cuando llegamos ante la barrera de peaje de Des Moines, el guardia vaciló. Consultó sus notas y miró nuestra matrícula.

—El sheriff ha recibido una denuncia contra un coche que lleva esta matrícula —dijo—. Pónganse ahí a la derecha.

Y no levantó la barrera.

—De acuerdo —repuse.

Retrocedí una docena de metros y la hice saltar por los aires. Los autoaviones de la Sección son muy sólidos, y capaces de llevarse por

delante todo cuanto se opone a su paso..., lo cual resultó muy conveniente en aquel momento, porque la barrera era maciza. No disminuí la marcha después de franquearla.

—Esto es muy interesante —dijo Davidson, con aire soñador—.

Supongo que aún sabes lo que te traes entre manos.

—Menos conversación —rezongué—. Enteraos de esto: es probable que no salgamos. Pero tomaremos esas imágenes.

—Como tú digas, jefe.

Habíamos dejado muy atrás a cualquier posible perseguidor. Frené en seco ante la emisora y nos apeamos. Abandonando los métodos indirectos de «tío Charlie», nos abalanzamos al interior del primer ascensor que encontramos y oprimimos el botón del piso de Barnes. Cuando llegamos, salimos del ascensor, dejando la puerta abierta. Al pasar a la primera oficina la encargada trató de detenernos, pero nosotros seguimos adelante.

Las empleadas nos contemplaban sorprendidas. Me fui directamente a la puerta de Barnes y traté de abrirla; estaba cerrada. Me volví hacia su secretaria:

—¿Dónde está Barnes?

—¿Qué desean, por favor? —respondió, cortés y fríamente.

Miré su espalda. Combada. «Vamos —me dije—, ésta tiene que serlo.

Estaba aquí cuando maté a Barnes.» Me incliné y le subí el jersey de un tirón.

Había acertado. Tenía que acertar. Contemplé por segunda vez a un parásito.

Ella se debatió, manoteó y trató de morderme. Le retorcí el cuello con una llave de judo, casi metiendo las manos en el asqueroso bicho, y ella cayó como un saco. Le oprimí el estómago con tres dedos y después le di la vuelta.

—Jarvis —grité—, toma un primer plano.

El idiota se había hecho un lío con la cámara; que se le había enredado en una pierna. Se enderezó.

—No funciona —me dijo—. Se ha fundido una lámpara.

—Reemplázala..., ¡date prisa!

Una mecanógrafa se levantó al otro lado de la estancia y disparó contra la cámara. Le dio de lleno, pero Davidson la dejó seca. Como si hubiese

sido una señal, seis de ellas saltaron sobre Davidson. Parecían ir desarmadas; sólo se abalanzaron sobre él.

Yo sujeté a la secretaria y disparé desde el lugar en que me hallaba. Noté un movimiento con el rabillo del ojo y me volví para encontrarme con Barnes —Barnes número dos—, de pie en el umbral de su despacho.

Disparé apuntando a su pecho, para alcanzar también a la babosa que sabía que tendría sobre su espalda. Concentré de nuevo mi atención en la barahúnda que reinaba en la oficina.

Davidson había conseguido ponerse de pie. Una muchacha se arrastraba hacia él; parecía herida. Él le disparó a bocajarro, deteniéndola. Su siguiente disparo me pasó rozando la oreja. Yo exclamé:

—¡Gracias! Vámonos de aquí. ¡Vamos, Jarvis!

El ascensor seguía abierto; nos precipitamos a su interior, yo sujetando todavía a la secretaria de Barnes. Cerré de un portazo y oprimí el botón.

Davidson temblaba como un azogado y Jarvis estaba blanco.

—Animo, muchachos —les dije—. No habéis disparado contra personas, sino contra babosas. Como ésta.

Incorporé a la joven y miré a su espalda.

Casi me desmayé. Mi ejemplar, el único que había conseguido capturar vivo, había desaparecido. Probablemente había caído al suelo y se había escapado durante la lucha sin que lo advirtiésemos.

—Jarvis —dije—. ¿Has visto algo?

Él movió negativamente la cabeza. La espalda de la joven estaba cubierta de una erupción, como si hubiese recibido un millón de alfilerazos, en el lugar donde había llevado la babosa. La senté en el suelo, apoyada en la pared del ascensor. Seguía inconsciente, y así la dejamos en la cabina. En el vestíbulo reinaba completa normalidad cuando lo cruzamos para salir a la calle.

Junto a nuestro autoavión había un policía con el pie apoyado en el estribo y escribiendo una nota. Me la entregó al propio tiempo que decía:

—No puede usted aparcar en esta zona, señor.

Yo dije que lo sentía y le firmé el recibo. Después nos alejamos a toda prisa y despegamos desde una de las calles de la ciudad. Me pregunté si el policía añadiría eso a su denuncia. Cuando hubimos ganado altura, cambié el número de la matrícula. El Patrón piensa en todo.

Pero no parecía estar muy contento. Traté de informarle por el camino, pero me atajó y nos convocó urgentemente en las oficinas de la Sección.

Mary estaba allí con él. Él escuchó mi informe hasta el final; interrumpiéndome sólo con algún que otro gruñido.

—¿Han podido ver mucho? —le pregunté al terminar.

—La transmisión quedó cortada después de embestir la barrera del peaje

—me informó—. Al Presidente no le ha impresionado mucho lo que ha visto.

—Me lo imagino.

—Me ha dicho que te despida.

Yo me enderecé.

—No pido... —empecé a decir, poniéndome tieso.

—¡Cállate! —rezongó el Patrón—. Le he respondido que podía destituirme a mí, pero no a mis subordinados. Eres un metepatas, pero a pesar de eso ahora nos haces falta.

—Muchas gracias.

Mary paseaba por la habitación. Traté de intercambiar una mirada con ella, pero no pareció darse cuenta. De pronto se detuvo detrás de la silla de Jarvis e hizo al Patrón la misma seña que le había hecho en el despacho de Barnes.

Le asesté un golpe a Jarvis en la cabeza con mi pistola y se dobló en la silla.

—¡Atrás, Davidson! —ordenó el Patrón, apuntándole al pecho con su pistola—. ¿Y éste, Mary?

—Nada anormal.

—¿Y él? —dijo, señalándome con el dedo.

—Sam no tiene nada.

Los ojos del Patrón pasaron del uno al otro; nunca he sentido la muerte tan cerca.

—Quitaos la camisa —dijo con voz amenazadora.

Obedecimos. Mary tenía razón. Yo me preguntaba si me hubiese dado cuenta de que llevaba un parásito sobre mí.

—Ahora él —ordenó el Patrón—. Usad guantes.

Extendimos a Jarvis en el suelo y cortamos sus ropas con el mayor cuidado. Por fin teníamos el ejemplar vivo que nos hacía falta.

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