Amos de Títeres

Robert A. Heinlein · Capítulo 3 de 35

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Amos de Títeres

Capítulo 3

Cuando se inicia un incendio forestal o una epidemia existe un breve espacio de tiempo en el que, si se pone en práctica la acción adecuada, se puede atajar el fuego o contener el avance de la epidemia. El Patrón ya había trazado el plan que el Presidente tenía que poner en acción: declarar el estado de guerra, rodear el área de Des Moines y ordenar que se disparase contra cualquiera que tratase de huir de ella. Luego dejar salir a sus habitantes uno a uno, registrándolos para ver si llevaban algún parásito.

Entre tanto, utilizar las pantallas de radar, los cohetes teledirigidos y los satélites artificiales para localizar y destruir cualquier otra aeronave extraterrestre.

Advertir a las demás naciones y pedir su ayuda..., pero no tener contemplaciones con el derecho internacional, porque se trataba de una lucha por la supervivencia de la especie humana contra un invasor exterior.

No importaba que viniese de Marte, de Venus, de los satélites de Júpiter o de fuera del sistema solar. Lo que importaba era rechazar la invasión.

El único don verdaderamente excepcional del Patrón consistía en su habilidad para razonar lógicamente ante hechos no familiares y casi increíbles, que manejaba tan fácilmente como los más vulgares. No parece gran cosa, ¿verdad? Pues la mayoría de las mentalidades enmudecen al enfrentarse con hechos que chocan con sus creencias fundamentales. «No puedo creerlo» era una frase común tanto en boca de intelectuales como de cretinos.

Pero no era así con el Patrón. Y además tenía al Presidente para contárselo. Los agentes del servicio secreto del Presidente se ocuparon de

nosotros. Un aparato de rayos X dio la señal de alarma y tuve que entregar mi pistola de rayos. Mary resultó ser un arsenal ambulante; el aparato detector emitió cuatro furiosas señales y un hipo, aunque hubiera jurado que no ocultaba ni siquiera un sello de correos. El Patrón entregó su bastón sin esperar a que se lo pidiesen.

Nuestras cápsulas telefónicas se evidenciaron tanto a los rayos X como al detector de metales, pero los agentes no estaban preparados para realizar operaciones quirúrgicas. Celebraron una apresurada conferencia y el jefe de ellos dictaminó que un objeto insertado en la carne no podía considerarse un arma. Nos tomaron las huellas dactilares, fotografiaron nuestras retinas y nos introdujeron en una sala de espera. Llamaron enseguida al Patrón, que entró solo a ver al Presidente.

Al poco tiempo fuimos introducidos nosotros. El Patrón nos presentó y yo me puse a tartamudear. Mary se limitó a inclinarse. El Presidente dijo que se alegraba de conocernos y nos ofreció su famosa sonrisa, popularizada por los estereoscopios; consiguió hacernos creer que se alegraba verdaderamente de conocernos. Yo sentí un calorcillo interior y desapareció mi embarazo.

El Patrón me ordenó que expusiese todo cuanto había hecho, visto y oído en relación con aquella cuestión. Traté de sorprender su mirada cuando llegué a la parte de la muerte de Barnes, pero él no me miraba, así es que me callé lo de la orden que él me había dado de matarle, tratando de demostrar claramente que yo había disparado para proteger a otro agente, a Mary, al ver que Barnes trataba de alcanzar su pistola. Pero el Patrón me interrumpió:

—No omita nada.

Dije pues que el Patrón me había ordenado matarle. El Presidente dirigió una mirada al Patrón, y ésa fue su única reacción. Conté lo del parásito y seguí hasta llegar al momento presente, sin que nadie me interrumpiese ni una sola vez.

Entonces llegó el turno de Mary. Se enredó tratando de explicar al Presidente por qué esperaba que los hombres normales reaccionasen al verla, cosa que no consiguió ni con los hermanos McLain ni con el sargento ni con Barnes. El Presidente la animó sonriéndole cordialmente y diciéndole:

—Mi querida señorita, la comprendo muy bien.

Mary enrojeció. El Presidente escuchó con gravedad hasta que hubo terminado, y luego permaneció callado durante algunos minutos. Por último habló dirigiéndose al Patrón.

—Andrew, tu Sección nos ha rendido unos servicios inestimables. Tus informes han inclinado la balanza en momentos cruciales de nuestra historia.

El Patrón refunfuñó:

—Eso quiere decir que no, ¿verdad?

—Yo no he dicho eso.

—Estabas a punto de decirlo.

El Presidente se encogió de hombros.

—Iba a sugerir que se retiren los agentes jóvenes. Andrew, eres un genio, pero incluso los genios se equivocan.

—Mira, Tom, yo ya preveía esto; por lo tanto, me he traído testigos. No se hallan bajo el efecto de drogas ni han recibido instrucciones en ningún sentido. Llama a tus psiquiatras; que traten de comprobar si lo que cuentan es cierto o no.

El Presidente movió la cabeza.

—Estoy seguro de que eres más listo que cualquiera de ellos. Ahí tienes a ese joven, por ejemplo... Está dispuesto a responder de una acusación de asesinato para ayudarte. Inspiras fidelidad, Andrew. Y por lo que se refiere a la señorita, realmente, Andrew, no puedo lanzarme a lo que es casi una guerra fiándome de la intuición de una mujer.

Mary dio un paso al frente.

—Señor Presidente —dijo muy seria—, es cierto, se lo aseguro. No puedo decirle por qué lo sé, pero aquellos hombres no eran normales.

Él respondió:

—No ha tomado usted en consideración una explicación muy sencilla..., y es que se tratara de verdaderos «eunucos». Perdóneme, señorita. Por desgracia existen tales infelices. Debido a las leyes del azar, usted se encontró con cuatro de ellos.

Mary se calló, pero no el Patrón.

—Maldita sea, Tom... —Yo me estremecí; aquél no era el modo de hablar al Presidente—. Te conocí cuando eras un senador que investigaba

y yo era un hombre de primordial valor en tus investigaciones. Ya sabes que no te traería este cuento de hadas si hubiese algún medio de explicarlo.

¿Qué era esa nave del espacio? ¿Qué había en ella? ¿Por qué no conseguí ni siquiera llegar al lugar donde aterrizó?

Sacó la fotografía tomada por el satélite artificial Beta y la puso bajo las narices del Presidente. Éste continuaba imperturbable.

—Sí, sí, Andrew, pero yo quiero hechos; tú y yo tenemos pasión por los hechos. Y yo dispongo de otras fuentes de información además de las que me suministran tus agentes. Mira esta foto. Tú hiciste hincapié en ella cuando me telefoneaste. Los límites y la extensión de la granja McLain, tal como están registrados en el catastro del condado, concuerdan con la latitud y longitud obtenida por triangulación del objeto que aparece en esta fotografía. —El Presidente levantó la mirada—. Una vez me perdí en mi propio barrio. Tú ni siquiera estabas en tu propio barrio, Andrew.

—Tom...

—Dime, Andrew.

—No fuiste tú quien efectuó esa comprobación en el catastro del condado, ¿verdad?

—Claro que no.

—Gracias a Dios, de lo contrario querría decir que llevabas kilo y medio de tapioca palpitante sobre tus hombros... Y entonces, ¡pobres de los Estados Unidos! Puedes estar seguro de una cosa: tanto el secretario del catastro como el funcionario que fue enviado allí llevan joroba en este momento. Sí, y el jefe de policía de Des Moines, así como los directores de periódicos, los expedidores, los policías..., toda la gente que tenga una misión de cierta importancia. Tom, ignoro con quién nos enfrentamos, pero ellos sí que saben lo que somos nosotros, y están inutilizando las células nerviosas de nuestra organización social antes de que haya tiempo de comunicar informaciones verídicas..., o bien recubren las verdaderas informaciones con otras falsificadas, como en el caso de Barnes. Como Presidente, tienes que ordenar una drástica cuarentena de toda esa zona.

No hay otra esperanza.

—Barnes... —repitió el Presidente suavemente—. Andrew, deseaba evitarte esto, pero... —Dio vuelta a una llave en su mesa de despacho—.

Póngame con la estación estereoscópica WDES, de Des Moines, con el despacho del director.

A los pocos instantes se iluminaba una pantalla sobre su mesa de despacho; pulsó otro interruptor y se iluminó una pantalla mayor sobre la pared. Estábamos contemplando la habitación donde habíamos estado pocas horas antes.

En ella se veía un hombre que ocupaba casi toda la pantalla: Barnes.

O su hermano gemelo. Cuando yo mato a un hombre, creo que lo menos que puede hacer es quedarse muerto. Me sentí impresionado, pero seguía creyendo en mí... y en mi pistola. Aquel hombre dijo:

—¿Preguntaba usted por mí, señor Presidente?

Parecía como si se sintiese ofuscado y confundido ante aquel honor.

—Sí, gracias, señor Barnes. ¿Reconoce usted a estas personas?

Él pareció sorprendido.

—Lo siento mucho, señor, pero ni siquiera los conozco.

El Patrón terció:

—Dile que llame a sus empleados.

El Presidente se lo ordenó, con aire zumbón. Todos se apretujaron para entrar, muchachas en su mayoría, y yo reconocí a la secretaria que estaba sentada junto a la puerta. Una de ellas chilló:

—¡Oh, es el Presidente!

Ninguna de ellas nos identificó, lo cual no era de extrañar, por lo que se refería al Patrón y a mí, pero Mary conservaba su mismo aspecto, y apostaría a que su imagen quedaría grabada en la mente de cualquier mujer que hubiese podido verla.

Sin embargo, advertí una cosa muy curiosa: todas esas personas eran algo cargadas de espaldas.

El Presidente nos despidió benévolamente. Puso una mano sobre el hombro del Patrón y dijo:

—En serio, Andrew, la República no está en peligro... Ya nos preocuparemos de que no lo esté.

Diez minutos después estábamos expuestos al viento furioso que soplaba sobre la plataforma de Rock Greek. El Patrón parecía abatido y envejecido.

—¿Qué hacemos ahora, jefe?

—¿Eh? Vosotros dos, nada. Estáis de permiso hasta que os vuelva a llamar.

—Me gustaría ir a echar otra mirada al despacho de Barnes.

—Mantente alejado de Iowa. Es una orden.

—Está bien, ¿qué va a hacer usted?

—Pienso irme a Florida a tomar el sol mientras espero que el mundo se pudra. Si os queda algo de sentido común, haréis lo mismo. Os queda poquísimo tiempo.

Se enderezó y se alejó renqueando. Yo me volví para hablar con Mary, pero había desaparecido. Miré en torno mío y no la vi en parte alguna.

Eché a correr y alcancé al Patrón.

—Perdóneme, jefe. ¿Adónde ha ido Mary?

—¿Cómo? De permiso, sin duda. No me fastidies.

Pensé en dirigirme a nuestras oficinas para seguir su huella, pero entonces recordé que no sabía ni su verdadero nombre ni su seudónimo más usual ni su matrícula. Pensé en dar su descripción a la Sección, pero era una idea estúpida. Sólo en los archivos del departamento de maquillaje se conservaba registrado el verdadero aspecto de un agente..., y esos archivos son inaccesibles. Lo único que yo sabía es que ella se me había presentado dos veces como pelirroja... y que era de las que quitan la respiración.

No era gran cosa para averiguar su número de teléfono. Me contenté con tomar una habitación de una sola cama en el primer hotel que vi.

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