Amos de Títeres

Robert A. Heinlein · Capítulo 31 de 35

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Amos de Títeres

Capítulo 31

El Patrón hablaba en serio. Me esforcé en hacerle comprender mi punto de vista pero no conseguí nada. Una conferencia de alto nivel fue convocada aquella misma tarde. Me lo comunicaron, pero no quise ir. A poco de comenzar, un cortés oficial femenino vino a decirme que el comandante me estaba esperando y que hiciese el favor de acompañarla.

Fui a la conferencia, pues, y traté de mantenerme al margen de la discusión. Pero mi padre tiene un modo muy especial de dirigir una reunión, aunque no esté en la presidencia de la misma. Simplemente, se dedica a mirar con un semblante lleno de expectación a aquel que desea oír. Es una treta muy hábil, pues los reunidos no se dan cuenta de que los lleva por donde quiere.

Pero yo sí lo sabía. Cuando las miradas de todos los presentes convergen sobre uno, resulta más fácil expresar una opinión que mantenerse callado.

Particularmente cuando uno se da cuenta de que tiene opiniones, como en mi caso.

Todos se lamentaban y rezongaban a causa de la imposibilidad de utilizar la fiebre de nueve días. Admitían que podía matar a las babosas, e incluso a los venusianos, que sobrevivían después de ser partidos en dos.

Pero era la muerte segura para los seres humanos; para casi todos ellos, por lo menos, aunque yo estuviese casado con una superviviente. De siete a diez días después del contagio, morían sin remedio.

—¿Decía usted, señor Nivens?

Era el comandante en jefe, que se dirigía a mí. Yo no había dicho nada, pero papaíto no me quitaba los ojos de encima, esperando que hablase.

—Creo que en esta reunión se han hecho excesivas manifestaciones de pesimismo —dije—, y se han expresado muchas opiniones basadas tan sólo en presunciones, que puede resultar que no sean ciertas.

—¿Por ejemplo?

Yo no podía presentar ningún ejemplo; me había marcado un farol.

—Verá, se han referido ustedes constantemente a la fiebre de nueve días como si esos nueve días fuesen algo irrebatible. Pero no lo son.

El comandante hizo un gesto de impaciencia.

—Es el promedio; suele durar nueve días.

—Sí, pero ¿cómo saben que dura también nueve días... para una babosa?

Por el murmullo con que fueron recibidas mis palabras, comprendí que había vuelto a dar en el blanco.

Se me invitó a decir por qué creía que la fiebre podía tener una duración diferente en las babosas, y qué importancia tenía este hecho. Yo me lié la manta a la cabeza y seguí:

—Por lo que se refiere a la primera cuestión —dije—, en el único caso que conocemos la babosa murió en mucho menos de nueve días. Aquellos de entre ustedes que han oído las grabaciones de mi esposa, y creo que todos las han oído, saben ya que su parásito la dejó, muriendo y cayendo de su espalda, según puede presumirse, mucho antes de que hiciese eclosión la crisis del octavo día. Si los experimentos lo confirman, entonces el problema es diferente. Un hombre víctima de la fiebre puede verse librado de su babosa en, digamos, cuatro días. Eso nos daría cinco días para encontrarlo y curarlo.

El general dio un silbido.

—Me parece una solución excesivamente heroica, señor Nivens. ¿Cómo se propone usted curarlo? ¿O siquiera localizarlo? Quiero decir que, suponiendo que provocáramos una epidemia en la zona roja, ésta avanzaría a una velocidad increíble. No tendríamos tiempo de acudir para localizar y tratar a más de cincuenta millones de personas antes de que muriesen, sin contar con la tenaz resistencia que nos ofreciesen, no lo olvide.

Yo les devolví la pelota, y me pregunté cuántos «expertos» se habían hecho un nombre pasando por pruebas semejantes.

—La segunda cuestión es un problema logístico y táctico, y por lo tanto es de su incumbencia. Por lo que se refiere a la primera, ahí tiene usted al

experto.

Y señalé al doctor Hazelhurst.

Éste resopló indignado, y comprendí cuáles eran sus sentimientos.

Insuficiencia de casos clínicos conocidos..., era preciso efectuar más investigaciones..., se requerían más experimentos... Le pareció recordar que se había tratado de obtener una antitoxina; pero la vacuna para la inmunización había resultado tan satisfactoria que no estaba seguro de que se hubiese obtenido aquella antitoxina. Concluyó diciendo mansamente que el estudio de las enfermedades exóticas de Venus estaba aún en su infancia.

El general le interrumpió.

—A ver, dígame: ¿cuánto tiempo cree usted que sería necesario para hallar esa antitoxina?

Hazelhurst dijo que primero tenía que celebrar una conferencia telefónica con un profesor de la Sorbona.

—Pues celébrela —dijo el comandante en jefe—. Puede usted salir ahora mismo.

Hazelhurst llamó a nuestra puerta a la mañana siguiente antes de desayunar. Salí al corredor para verle.

—Siento haberle despertado —me dijo—, pero tenía usted razón respecto a aquella antitoxina.

—¿Cómo?

—Me envían una pequeña cantidad desde París; espero que llegue en cualquier momento. Y creo que aún será activa.

—¿Y si no lo es?

—Bien, tenemos el medio de hacer que lo sea. Tendremos que hacerlo, desde luego, si se pone en práctica ese plan descabellado. Nos harán falta millones de unidades.

—Gracias por las noticias —dije.

Me disponía a despedirme, cuando él me detuvo.

—Oiga, señor Nivens. Por lo que se refiere a los portadores...

—¿Los portadores?

—Sí, los portadores de gérmenes. No podemos utilizar ratones ni ratas ni nada parecido. ¿Sabe cómo se transmite la fiebre en Venus? Por medio de un pequeño rotífero volador, el equivalente venusiano de un insecto.

Pero no tenemos nada parecido, y es el único medio que sirve para transportarlo.

—¿Quiere usted decir que no podría inoculármela si quisiera?

—Oh, sí, podría inyectársela. Pero soy incapaz de imaginarme a un millón de paracaidistas descendiendo en la zona roja para pedir cortésmente a la población dominada por los parásitos que se estén quietecitos mientras les ponen una inyección.

Hizo un gesto desvalido con ambas manos. Algo empezó a darme vueltas en la cabeza, de un modo muy lento al principio. Un millón de hombres, en una sola oleada.

—¿Por qué me lo comenta precisamente a mí? —dije—. Éste es un problema médico.

—Sí, sí, desde luego. Yo sólo pensaba..., bueno, parecía usted tener algo preparado.

Y se interrumpió.

—Es usted muy amable, pero... —dije distraído.

Mi cerebro luchaba con dos problemas a la vez, y el excesivo tráfico de ideas causó un embotellamiento en la circulación. ¿Cuántos habitantes había en la zona roja? ¿Cuántos médicos eran paracaidistas?

—Vamos a ver: suponiendo que usted tuviese la fiebre, ¿podría contagiármela?

—No sería fácil. Si yo tomase un cultivo y lo colocase en su garganta, podría usted contraerla. Si le hiciese una transfusión de mi sangre, es seguro que adquiriría la infección.

—Contacto directo, ¿eh? ¿A cuántas personas podía contagiar un paracaidista? ¿A veinte? ¿A treinta? ¿O tal vez a más? Si es eso lo que hace falta, no hay ningún problema.

—¿Cómo?

—¿Qué es lo primero que hace una babosa cuando se encuentra con otra que hace tiempo que no ha visto?

—Practicar una conjugación.

—«Conferencia directa» es como los titanes lo llaman, pero ellos no conocen el lenguaje científico. ¿Cree usted que eso serviría para transmitir la enfermedad?

—¿Que si lo creo? ¡Estoy completamente seguro! Hemos demostrado en el laboratorio que durante la conjugación existe intercambio de proteínas vivas. No podrían escapar al contagio; podemos infectar a toda la colonia como si fuese un solo individuo. ¿Cómo no se me ha ocurrido eso?

—No se enoje usted consigo mismo —dije—. Pero tengo la sospecha de que eso daría resultado.

—¡Claro que sí, claro que sí! —Se dispuso a irse, para detenerse luego

—. ¡Oh, señor Nivens! ¿Le importaría mucho?

—¿De qué se trata? Diga.

Yo me hallaba ansioso por desentrañar el otro problema.

—Bien, pues, ¿me permitirá usted que anuncie este método de transmisión? Me merece usted completo crédito, pero el general espera algo decisivo, y esto es lo único que necesitaba para completar mi informe.

Mostraba una expresión tan ansiosa que casi solté la carcajada.

—Pues claro, doctor —dije—. Es su departamento.

—Esa actitud honrada me parece muy propia de usted. Trataré de devolverle el favor.

Se marchó muy contento y yo me quedé igualmente satisfecho; me empezaba a gustar que me consideraran un genio.

Me detuve para meditar y trazar las líneas principales del gran lanzamiento de paracaidistas. Después entré. Mary abrió los ojos y me dirigió aquella larga sonrisa celestial. Me incliné y le acaricié el cabello.

—Hola. Esto está que arde. ¿No sabías que tu marido es un genio?

—Sí.

—¿Lo sabías? Nunca lo dijiste.

—Tú tampoco me lo preguntaste nunca.

Hazelhurst lo denominó «vectores de Nivens». Luego me pidieron que hiciese comentarios, aunque mi padre me allanó el camino antes.

—Estoy de acuerdo con el doctor Hazelhurst —empecé a decir—, siempre que se efectúe una confirmación experimental. Sin embargo, ha

dejado varios aspectos abiertos a la discusión, que son antes tácticos que médicos. Importantes consideraciones de tiempo, cruciales, diría...

Había preparado mi discurso de apertura, incluso las vacilaciones, mientras tomaba el desayuno. Mary no habla en la mesa, gracias a Dios.

—... que requieren que sean transportados desde muchos puntos focales.

Si tenemos que salvar un cien por cien efectivo de la población de la zona roja es necesario que todos los parásitos reciban la infección casi al mismo tiempo, con el fin de que las brigadas de salvamento puedan penetrar allí después de que las babosas dejen de suponer un peligro y antes de que ninguna de sus víctimas haya alcanzado un punto en el desarrollo de su enfermedad en que ninguna antitoxina podría salvarla. El problema es susceptible de análisis matemático («Sam, muchacho, hay que ver la cara dura que tienes; no serías capaz de resolverlo con un integrador electrónico ni después de sudar veinte años»), y debería pasar para su resolución a la sección analítica. Sin embargo, permítanme que describa a grandes rasgos todos los factores. Llamemos al número de portadores originales X, y al número de agentes de rescate Y. Se presentarán un número indefinidamente amplio de soluciones simultáneas, con la solución óptima dependiente de factores logísticos. Hablando por adelantado de un riguroso tratamiento matemático —había hecho todo cuanto había podido con la regla de cálculo, pero no mencioné este hecho—, y basando mis opiniones en mi conocimiento, por desgracia no muy profundo, de sus costumbres, yo calcularía que...

Se hubiera oído caer un alfiler al suelo..., si alguien de los reunidos en aquella asamblea de nudistas hubiese poseído un alfiler. El general me interrumpió una sola vez, cuando calculé una cifra demasiado baja para X:

—Señor Nivens, creo que puede usted contar con el número que quiera de voluntarios para transportar la infección.

Denegué con la cabeza.

—No podemos aceptar voluntarios, mi general.

—Creo comprender su objeción. Tendríamos que dar tiempo a que la enfermedad arraigase en el voluntario, y la diferencia de tiempo podría ser peligrosa. Pero creo que podremos resolver eso: empleando una cápsula de gelatina con antitoxina introducida entre los tejidos, o algo parecido. Estoy seguro de que los técnicos sabrán resolver esa dificultad.

Yo también estaba seguro de ello, pero mi verdadera objeción era una profunda repugnancia a ver un alma humana poseída por un titán.

—No debe usted utilizar voluntarios humanos, señor. El titán sabría todo cuanto supiese su víctima, y por lo tanto no efectuaría conferencia directa; se limitaría a advertir a sus semejantes de palabra. No, señor, será mejor que usemos animales: monos, perros, cualquier ser lo bastante grande para transportar una babosa, pero que no posea la facultad de hablar, y en cantidades suficientes para infestar al grupo entero antes de que ninguna de las babosas se aperciba de que está enferma.

Describí a grandes rasgos y rápidamente el lanzamiento final de paracaidistas, que denominé «Operación Salvamento».

—La primera oleada, que llamaremos «Operación Fiebre», puede empezar tan pronto como dispongamos de suficiente antitoxina para la segunda oleada. En menos de una semana no quedará una babosa viva en este continente.

Nadie aplaudió, para la aprobación a mis palabras se notaba en el aire.

El general se marchó apresuradamente para entrevistarse con el mariscal del Aire Rexton, y luego me envió a su ayudante para invitarme a almorzar. Yo le respondí que aceptaría con mucho gusto su invitación si ésta incluía también a mi esposa.

Mi padre me esperaba a la puerta del salón de conferencias.

—Bien, ¿qué tal lo hice? —le pregunté, más ansioso de lo que quería parecer.

Él movió la cabeza.

—Sam, te los has metido en el bolsillo. Siento deseos de hacerte firmar un contrato de seis meses en la televisión.

Mi padre trataba de no demostrar su satisfacción. Yo había logrado no tartamudear ni una sola vez en toda la sesión. Me sentía otro hombre.

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